El montículo de prendas sobre la cama crecía cada vez más. Una a una, pantalones, chaquetas y camisas, fueron arrojadas descuidadamente y descartadas sin piedad. Ash no entendía porqué le estaba tomando tanto jodido tiempo encontrar algo que ponerse. Tenía mucha ropa pero parecía que ninguna prenda era apropiada.

O tal vez no era la ropa.

El ojiverde se dejó caer frente a su armario, dejando que la alfombra amortiguara un poco su caída. En menos de tres horas tenía una reunión con el chico japonés y aún no estaba seguro de que asistir fuera buena idea. El rubio no sabía que había estado pensando cuando aceptó salir con él en primer lugar; si papá Dino se llegara a enterar, Eiji Okumura sería hombre muerto, por más que le jurara que sólo eran amigos.

El americano se puso de pie dispuesto a regresar todo al armario. No iría, definitivamente no lo haría y que Eiji lo disculpara, pero lo mejor era mantenerse lejos. Por su seguridad, por la de ambos. Ash no tenía idea de si tendría la oportunidad de disculparse después o si el pelinegro estaría tan enojado por haberlo plantado que simplemente no volvería a buscarlo jamás...

Con un suspiro, Aslan miró el montículo de ropa acumulado sobre su cama. No tenía ganas de poner todo nuevamente en su lugar así que tal vez simplemente la dejaría en el suelo cuando llegara la hora de dormir. Por el momento, lo único que deseaba era sacarse ciertos ojos negros y rasgados de la cabeza.

Desde su primer encuentro con el japonés, Ash supo que todo lo que traería serían problemas. El tipo era mayor que él y aun así no era capaz de defenderse a sí mismo. Lloraba fácilmente y se ponía nervioso con cualquier cosa. Era un pésimo mentiroso y a juzgar por su mirada y su sonrisa, no había tenido que lidiar ni con la octava parte de las dificultades a las que Ash se había tenido que enfrentar desde pequeño.

Eran de mundos tan diferentes y aun así Aslan sentía que lo entendía mejor que a nadie en el mundo. Era como si el chico pudiera ver a través de su alma y el rubio se sentía muy expuesto, temeroso de que viera toda la porquería de la que estaba hecho y lo odiara. Ash sabía que era absurdo, ilógico y casi idiota creer que eso era posible, que Eiji tuviera tal habilidad, pero eso no impedía que, de alguna manera, esos ojos negros como la noche derribaran todas sus barreras.

Recordaba perfectamente su primer encuentro con el ojinegro; su llanto tan ligero como la brisa de primavera había sido apenas audible, pero cuando Ash lo escuchó, toda su piel se erizó y fue suficiente para hacerlo abandonar a uno de sus clientes más importantes. Lo encontró siendo sometido por Martin, un tipo repugnante al que el ojiverde había deseado moler a golpes en varias ocasiones por su pésimo comportamiento. Usaba su propio peso pasa someter al japonés que imploraba en su idioma natal tal vez sin darse cuenta, y cuando Ash vio la primera lágrima escurrir por entre sus dedos que protegían su rostro de los golpes, algo dentro de él hizo erupción.

«Tengo que protegerlo». Había dicho una voz dentro de su cabeza y así lo hizo. No tomó mucho tiempo ponerlo a salvo. Martin estaba ebrio y en ese estado no era rival para Ash quien fue entrenado para defenderse a puño limpio por uno de los mejores.

Sin embargo, aun cuando el peligro ya había pasado, el pelinegro seguía protegiéndose el rostro con los antebrazos y se pegaba a la pared temblando como un conejito. Su ropa estaba completamente desarreglada y su cabello tan alborotado que, en otras circunstancias, Ash se hubiera reído.

Pero entonces Eiji se descubrió el rostro y el mundo de Ash cambió completamente.

Ojos rasgados y tan oscuros como la misma noche. Piel pálida pero enrojecida por el llanto y una expresión tan pura que, por un momento, Aslan no se sintió tan sucio. No era el chico más guapo que hubiera visto, eso seguro. De hecho, lucía tan aburrido y normal que el rubio aún no podía explicarse que fue eso que lo atrajo hacia él como un imán. Pero allí estaba y sólo esa mirada ingenua fue suficiente para saber que sería su perdición.

Eiji no lo miró con la lujuria a la que estaba acostumbrado. De hecho, sus ojos resplandecieron tanto al chocar con los suyos que se sintió avergonzado. El chico era tan franco y transparente con sus emociones que Ash casi pudo ver el «me gustas» tatuado en su frente y eso le conmovió a niveles que ni siquiera creía posibles. Era un «me gustas» completamente diferente, tan puro y blanco que no pudo más que tocar su nariz y asegurarse de que no estuviera rota. Aún con el rostro lleno de lágrimas, suciedad y sangre Eiji era... ¿cautivante? Algo en su presencia le traía una paz tan grande que no quería alejarse de él.

Sin embargo, así como empezó ese casual encuentro, terminó y Ash creyó que jamás volvería a verlo. Eiji había llegado a Downtown por accidente y dudaba que después de esa mala experiencia volviera, pero se equivocó y luego cometió uno de los peores errores de su vida al creer que el japonés era como el resto y sólo había vuelto por sexo fácil. ¿Quién habría imaginado que todo lo que deseaba era sacarle algunas fotografías?

La sesión había sido verdaderamente divertida. Ash jamás había hablado tanto en su vida como esa noche y es que el aura de Eiji era tan placentera que entrar en confianza era fácil. Tenía que admitirlo, se había dejado llevar y había reído, platicado, bromeado y posado para unas fotografías de un aficionado bastante talentoso. Y fueron en esas breves horas al amanecer en que su conexión con Eiji se hizo más fuerte. Más real.

Tal vez el amor a primera vista si existiera. ¿O era un asunto de almas gemelas?

Ash no lo entendía. Todo lo que sabía era que Eiji no lo había juzgado ni por un segundo. Ni cuando lo vio vestir esa chaqueta de cuero y esa camiseta demasiado transparente. Tampoco cuando lo llevó a su habitación 'especial' creyendo que todo lo que necesitaría para deshacerse de él sería una buena follada. Ni cuando lo vio del brazo de uno de sus clientes. Todo lo que pudo ver en el pelinegro fue la sincera expresión de alguien que quiere ayudar y no sabe cómo. Su impotencia y el desazón. No había decepción, ni ira o asco y eso, de cierta manera, trajo al rubio un alivio que no sabía que necesitaba. Era como si el japonés le dijera con el alma que todo estaría bien y en ese punto, a Ash no le importaba si estaba tomándose su encuentro con Eiji de manera demasiado poética o melodramática, su alivio era todo lo que necesitaba.

Por esa razón no podía acudir a su encuentro.

Su destino era permanecer solo por la eternidad, a merced de un hombre que le rodeaba de lujos, pero cuyo amor era tan enfermo que no le importaba entregarlo a otros hombres. Un hombre que lo tenía atrapado en una red de prostitución y del que sólo se libraría con la muerte. No había rincón en la tierra donde papá Dino no lo encontrara si decidía huir. Sabía que lo traería de vuelta en su obsesión por poseerlo y ni Eiji, ni nadie podría cambiar eso.

La culpa le comía, sin embargo. En sus retinas tenía tatuada a fuego la expresión de Eiji cuando le mintió en la cara y le dijo que sólo quería saludarlo cuando era obvio que estaba preocupado por él. Tenía grabada en la mente su sonrisa amplia y sus ojos brillantes cuando aceptó ir a Brooklyn con él. El chico era tan jodidamente honesto con sus propios sentimientos que Ash sentía un poco de envidia.

Pero era precisamente para proteger esa honestidad y esa pureza que el rubio no podía darse el lujo de ser egoísta y cambiar por un día de alivio la vida de un inocente extranjero que no tenía idea de donde se estaba metiendo.

El destino, después de todo, era una farsa y Ash no asistiría a esa cita.