La lluvia torrencial caía del cielo y empapaba la ciudad con sus gruesas gotas. Nubes oscuras eran agitadas por el viento y la gente en las calles corría en busca de refugio. El sistema meteorológico no había alertado sobre ninguna tormenta durante el fin de semana y sin embargo allí estaba, la naturaleza se abría paso y hacía su voluntad aun en contra de los deseos de los hombres; hombres como Eiji que, en espera de un día soleado y despejado, no había cargado más que una ligera chaqueta que a esas alturas estaba tan empapada como si se hubiera duchado con ella.

Eran las dos y cinco de la tarde. El muchacho había logrado refugiarse bajo la parada del bus después de haber soportado cuarenta minutos frente a la entrada del jardín botánico de Brooklyn y diez minutos bajo la lluvia. Habían pasado dos horas y siete minutos cuando se percató de que, tal vez, Ash lo había dejado plantado.

El corazón del japonés se estrujó y una horrible sensación se instaló en la boca de su estómago. Inconscientemente llevó sus manos hasta la parte baja de su chaqueta empapada y estrujó la tela con nerviosismo mientras sus dientes mordisqueaban su labio inferior insistentemente.

Se sentía un poco patético. Comenzaba a creer que el rubio había logrado ver su desesperación y había aceptado salir con él por pura lástima. No que su reunión fuera una cita o algo similar, todo lo que Eiji quería era acercarse a él y conocerlo un poco más, saber porqué siendo tan hermoso y carismático desperdiciaba su vida vendiéndose a hombres que no entendían lo valioso que era, lo lejos que podría llegar si se lo propusiera. Aquello no sucedería, por supuesto. Ash probablemente lo encontrara molesto, ¿y quién no lo haría? Eiji era sólo un extraño tratando de meterse en su vida sin una razón verdadera además de sentir que era lo correcto.

La lluvia pareció intensificarse. Las gotas que caían eran muchas y muy pequeñas, lo que sólo incrementaba la sensación de diluvio. El camión de la ruta cinco se detuvo en la parada y abrió sus puertas. Eiji miró al conductor, pero no se movió de su asiento y el hombre cincuentón arqueó una ceja con un poco de fastidio. Aparentemente el joven se había convertido en parte de sus problemas laborales.

—¿No subes? —le preguntó con voz cansada. El japonés negó con la cabeza. El chofer suspiró—. Escucha hijo. Este es el último autobús, la ruta se acortó por las inundaciones, deja de lucir patético porque tu novia te dejó y sube de una maldita vez, tu madre no estará muy contenta si pescas un resfriado.

—¡Mi novia no me dejó! —respondió Eiji indignado y con las mejillas encendidas de rojo. ¿Tan patético lucía?

—¿Entonces qué, te dejaron plantado?

Toda la energía que Eiji había reunido para defenderse se desvaneció. Su figura erguida rápidamente se encorvó y sus cejas se fruncieron en un gesto de tristeza. El conductor del bus pareció darse cuenta porque volvió a suspirar y le dijo:

—Vamos, sube ahora.

El japonés asintió poniéndose de pie. Acomodó su chaqueta empapada sobre sus hombros y su mochila también. Sus zapatillas deportivas hicieron un extraño sonido húmedo; estaban encharcadas, pero poco menos podía importarle. Su cabello se pegaba a su frente y escurría gotitas transparentes de lo que esperaba fuera agua y no sus patéticas lágrimas. El pecho le dolía más que cuando la primera chica que invitó a salir lo rechazó en frente de todo el colegio y era realmente patético porque esa relación que tenía con Ash, cualquiera que fuera, no era nada.

Eiji subió el primer escalón del bus y se detuvo junto a la maquina tragamonedas en busca de cambio, pero todo lo que encontró en sus bolsillos fue un par de billetes mojados y el chofer parecía haber agotado toda su paciencia con él, tanto que por un momento el chico creyó que lo bajaría a patadas de su autobús.

—Yo... no tengo cambio —dijo avergonzado y el hombre volvió a suspirar por milésima vez en esos tres minutos que llevaban de conocerse.

El conductor había estado a punto de abrir la boca para seguramente echarlo de allí cuando una voz a espaldas del ojinegro se hizo escuchar por sobre la lluvia.

—¡Eiji! —gritaba—. ¡Espera! ¡Eiji!

El conductor se inclinó hacia adelante sobre su asiento para poder mirar mejor la escena tras el japonés quien rápidamente dio media vuelta sobre sus talones, a punto de caerse torpemente del escalón del autobús.

—¿Ash? —preguntó Eiji incapaz de creer lo que estaba ocurriendo. El rubio llegaba más de dos horas tarde a su encuentro y aun así no se sentía capaz de mostrarse molesto, de sentirse mínimamente irritado, todo lo que importaba es que Ash estaba allí.

—¡Eiji, lo siento! Lo siento tanto.

El rubio se detuvo frente a la puerta del bus con la ropa empapada y el aliento entrecortado. Era obvio que había corrido hasta allí y el sudor había sido limpiado por la lluvia, no así el rubor de sus mejillas causado por el esfuerzo. Vestía unos jeans azul cielo y una camiseta de manga corta bastante sencilla que, en conjunto, resaltaban demasiado sus zapatillas color rojo. Su gesto era de pura preocupación.

Fue en el instante que en Ash miró a Eiji a los ojos que el sonido de la lluvia se disolvió hasta desaparecer y que el tiempo pareció detenerse para el japonés. Un dramático efecto causado por su propia mente, digno de una película romántica. Pero aunque Ash sí luciera como el protagonista, dudaba que un chico tan ordinario como él pudiera coprotagonizar nada y aun así se dejó cautivar por el momento.

Ash lucía hermoso bajo la lluvia.

—¿Van a subir o no? —el chofer del bus rompió la burbuja.

El ojiverde lucía avergonzado e indeciso, pero Eiji respondió inmediatamente:

—Sí. —Y tomó al rubio del brazo para hacerlo subir.

Había sido pura coincidencia que Ash encontrara en su chaqueta un par de monedas para pagar el pasaje. Ambos depositaron el cambio en la máquina y caminaron hasta el fondo del bus que estaba prácticamente vacío para sentarse en un silencio verdaderamente incómodo. Empapados y completamente sin palabras, ambos chicos se sentaron uno a lado del otro con un millón de palabras que se quedaban atoradas en sus gargantas.

Eiji sabía que tenía que decir algo, pero no tenía idea de qué.

—¿Esa chaqueta no es demasiado ligera? —fue lo primero que le vino a la cabeza preguntar y lo primero que soltó sin pensar.

A Ash debió parecerle divertido su comentario porque soltó una pequeña risita que hizo que Eiji frunciera el ceño, confundido.

—Eres tan raro —respondió el rubio con tono divertido—. ¿De verdad es todo lo que vas a decir? Oh, vamos. No hagas pucheros, no seas bebé.

—No lo soy —se defendió el pelinegro pero su tono de voz no había sido demasiado maduro.

Ash lo notó y soltó una carcajada.

—Tu chamarra no es mucho más gruesa que la mía y tampoco parece impermeable.

—En el clima dijeron que sería un día soleado.

—No confíes en todo lo que Google te dice. Es la primera regla de supervivencia.

—Lo tomaré en cuenta.

Ambos se quedaron en silencio. El paisaje corría rápidamente por las ventanas, cambiando apenas perceptiblemente. Eiji se quedó en su lugar junto al pasillo, deseando que sucediera algo que pudiera romper el silencio que, si bien ya no era tan incómodo, le hacia sentir de nervios. Justo cuando creía que no volvería a ver a Ash este había aparecido con algo que él sólo podía describir como desesperación plasmada en sus ojos. Tal vez había estado asustado de que Eiji se hubiera cansado de esperar. Tal vez sólo era su imaginación.

El bus se detuvo en la siguiente parada y un hombre en ropa deportiva subió y se sentó en la parte delantera. Eiji pensó que era maravillosa la forma en que su cerebro buscaba enfocarse en cualquier cosa menos en el joven sentado a su lado. La forma en que cualquier cosa parecía una buena distracción.

Fue después de un momento que Ash rompió el silencio.

—¿Eiji? —le llamó.

—¿Sí?

—Lo lamento.

Incapaz de mantener su mirada lejos un segundo más, el pelinegro posó sus ojos en su acompañante. El rostro de Ash se encontraba en dirección a la ventana, pero Eiji pudo ver en su reflejo el conflicto que se llevaba a cabo dentro de la mente del rubio. Lucía realmente preocupado. En realidad, realmente atribulado.

—¿Por haber llegado más de dos horas tarde?

El americano no respondió inmediatamente y hubo algo en su expresión que hizo que la piel de Eiji se erizara. De alguna manera el pelinegro intuía que las cosas iban más allá de su impuntualidad, pero su propia cobardía no le dejaba preguntar y fue por esa razón que aguardó pacientemente hasta que el ojiverde finalmente respondiera.

—Sí, lo lamento —dijo, pero a oídos de Eiji no sonó demasiado sincero. Era casi como si se hubiera estado disculpando por otra cosa—. Con esta lluvia es imposible llegar a cualquier parte.

—Lo entiendo. No tienes nada de qué preocuparte —intentó consolarle a pesar de sus propias inseguridades, de las dudas sobre sus palabras. Lo único importante era que Ash estaba allí, con él. ¿Verdad?

—Puede que te enfermes, estás empapado.

—Tú no luces mucho mejor.

El ambiente poco a poco se volvía más ligero y el japonés agradecía infinitamente que fuese así. No se sentía capaz de seguir soportando la tensión, no cuando sabía que, naturalmente, el aire entre él y Ash siempre era muy ligero.

—Pero yo aún soy lo suficientemente joven como para resistir —el rubio se burló.

—Ja ja muy gracioso. La próxima vez no voy a esperarte más de diez minutos.

—¿La próxima? —preguntó el ojiverde, como si no fuera capaz de creer que Eiji quisiera volver a reunirse con él.

—Claro. La próxima. Y para que lo sepas, pagarás la comida como compensación. Podría haber muerto de neumonía.

—Espero que te guste la mostaza.

—Ugh, claro que no.

—Bueno, será mejor que cambies de opinión, porque conozco un lugar donde venden unos hotdog deliciosos.

—Siempre haces lo que quieres, ¿eh?

—Lo intento —el autobús hizo otra parada—. ¿A dónde nos dirigimos?

—¿A dónde? Bueno... a la universidad, supongo. Ya que no podemos pasar el tiempo al aire libre, ¿qué te parecen unas películas, palomitas y ramen instantáneo?

—¿Los japoneses no lo consideran una ofensa? Al ramen, quiero decir.

—Soy un universitario de clase media, nada que pueda llenar mi estómago con poco dinero es una ofensa.

—Touché.

Ambos muchachos se miraron y soltaron a reír casi de inmediato, con la lluvia cubriendo un poco el sonido de sus risas. No hizo falta mucho más para que el ambiente se volviera tranquilo y agradable.

Justo como la vez de la sesión fotográfica, Ash comenzó a hablar y hablar mientras Eiji escuchaba y de vez en cuando aportaba alguna anécdota. Cualquiera que los viera pensaría que eran amigos de toda la vida, principalmente por su forma de mirarse y golpearse cariñosamente en el hombro. Incluso sus charlas fluían tan naturalmente que, cuando llegaron a su parada, estuvieron a punto de perderla.

El conductor abrió las puertas para ellos, pero Eiji no se perdió la forma en que le miró, casi como si supiera que Ash había sido la causa de su estado de humor tan negativo cuando le hizo la parada en el jardín botánico de Brooklyn. El japonés, sin embargo, decidió ignorar sus miradas y bajó del bus sin más.

Ambos jóvenes caminaron en silencio por el campus. Aún era de día, pero las nubes estaban tan oscuras que la luz se había reducido considerablemente. Algunas gotitas caían repentinamente del cielo, pero además de eso, parecía que la tormenta ya había pasado por esa zona y aunque no hubiera sido así, Ash y Eiji estaban tan empapados que si hubiera estado lloviendo, no lo hubieran sentido en absoluto.

Ambos se dirigieron al comedor, saltando entre los charcos que aparecían en su camino. A ninguno parecía molestarle empaparse más y Eiji se encontró divirtiéndose como en mucho tiempo no lo había hecho. Parecía que para Ash era lo mismo, si la brillante sonrisa en su rostro era una señal, así que no se detuvo incluso cuando ambos resbalaron a la entrada del comedor y una de las mujeres de la limpieza los regañó.

Eiji pidió amablemente a la única empleada de la cafetería un par de sopas instantáneas de tamaño grande y un paquete de palomitas de mantequilla que prepararon en el horno de microondas. No pasaron más de quince minutos allí, rápidamente llevaron todo hasta los dormitorios pese a las miradas desconfiadas de los guardias que no hicieron nada para detenerlos como mínimo pedir sus identificaciones como estudiantes de esa universidad.

—¿Estás seguro de que puedo estar aquí? —preguntó el rubio.

—Nunca dije que podías —respondió Eiji quien jamás se había sentido tan rebelde.

Ash sólo sonrió juguetonamente.

Finalmente, ambos llegaron a la habitación del japonés. Era un alivio que hubieran terminado de arreglar el ascensor porque hubiera sido un desastre intentar subir el ramen caliente por las escaleras sin derramarlo. Eiji hizo malabares con una mano y buscó las llaves dentro de su chaqueta. Ash se ofreció a sostener su ramen por él, pero el pelinegro estaba seguro de que no podría con todo.

Por fin introdujo la llave y la puerta se abrió.

—Déjame adivinar, tu cama es esa junto a la ventana —Ash la señaló con un movimiento de cabeza y Eiji entrecerró los ojos, suspicaz, antes de encender la luz.

—¿Cómo lo supiste?

—Todo está jodidamente ordenado. Los americanos ni siquiera tendemos la cama.

Eiji intentó cubrir su vergüenza con indignación. Sí, tal vez era un poco del tipo maniático del orden y la limpieza, pero sólo un poco. Aunque ahora que lo pensaba, si comparaba su lado de la habitación con la de Yut, realmente había una diferencia.

—Bueno, si todo estuviera desordenado no podría encontrar nada —se defendió.

—Por supuesto, onii-chan. —Ash dejó las palomitas y el ramen sobre el escritorio y se subió a la cama del pelinegro, desordenándola por completo. Sus ojos miraron por la ventana—. Tienes una buena vista. ¿Te gusta New York?

—Bastante.

—¿Más que Tokio?

—Ambas tienen su encanto. ¿Qué película te gustaría ver?

—¿Terminator?

—Hecho.

Eiji tomó la comida y se la entregó a Ash, luego volvió a su escritorio y tomó el portátil para buscar la película en su extensa biblioteca virtual.

Cuando finalmente la encontró, dio media vuelta dispuesto a acomodarse en el colchón, sólo para encontrarse con una escena completamente maravillosa y cautivante: Ash descansando con la espalda recargada en la cabecera de la cama, sus pies descalzos sobre el colchón y su boca llena de fideos. Lucía tan tranquilo que, por un momento, el ojinegro pensó que era imposible que fuera un chico de alquiler. Pero lo era.

—¿Qué ocurre? —le preguntó cuando se percató de que le miraba. Su voz sonó ahogada por la comida en su boca.

Ash era un chico común y corriente. Demasiado guapo e inteligente, pero un muchacho al fin y al cabo. Era doloroso para Eiji saber que en realidad su vida era todo menos normal.

—Tal vez quieras tomar una ducha o al menos cambiarte la ropa. Aún estamos empapados y podríamos enfermarnos.

No era eso lo que había querido decir, pero no tenía idea de como abordar el tema. ¿Y si Ash se enojaba y se iba? No tendría la oportunidad de hacerle entrar en razón después.

Ash se miró por un instante, tal vez dudando de sus palabras, tal vez no. Lo único que respondió fue:

—Oh...

Eiji dejó la portátil en la cama y fue hacia su armario para obtener las prendas más grandes que tuviera. Ash era mucho más alto que él y definitivamente no tan delgado. Sin embargo, no fue tan difícil encontrar algo, como creyó en un principio. Tenía entre sus cosas un conjunto deportivo que le habían regalado y que jamás había usado porque no le quedaba, pero que había guardado con la esperanza de crecer algún día. Esperanza que lentamente iba muriendo.

—Puedes usar esto —dijo entregándole el conjunto a su visitante—. Tal vez te quede un poco pequeño, pero no tengo nada mejor.

—Gracias —le respondió y Eiji volvió a su armario para buscar algo de ropa seca para él.

Por largos minutos, el japonés se preguntó si no luciría demasiado tonto en sus pijamas habituales; los chicos de su edad solían dormir con una camiseta simple y en calzoncillos, pero a él nunca le había gustado demasiado. Finalmente decidió que era idiota preocuparse por algo así y tomó sus pijamas sólo para encontrarse con Ash aún de pie junto a la cama, sujetando la ropa seca.

—¿Qué ocurre? —el ojiverde se sobresaltó y el pelinegro pensó que casi lucía nervioso.

—Yo... bueno... ¿el baño?

—Es esa puerta de allá —señaló.

Ash agradeció y se dirigió allí con la ropa en mano. Eiji sonrió dulcemente, el rubio era, por lo general, vivaz y desvergonzado, incluso un poco descarado y no concebía la idea de que le avergonzara cambiarse frente a él, quién lo último que haría sería juzgarlo, pero lo dejó ser y aprovechó para cambiarse también, aunque no dejó de pensar que era un comportamiento extraño para alguien que se dedicaba a vender su cuerpo.

Una vez que ambos estuvieron secos, Eiji puso las prendas húmedas en el balcón antes de acomodarse sobre la cama y reproducir la película.

—¿Tu compañero de habitación estará bien con esto?

—Dudo que vuelva esta noche. Pasa los fines de semana fuera, tal vez en su casa.

—¿Es un buen compañero?

—Bueno... sí, supongo que lo es. Aunque a veces es un poco extraño.

—¿Extraño?

—Bueno, no sé como explicarlo en realidad. Sólo es extraño.

Eiji mantenía la mirada fija en la pantalla de la portátil, lo único que se podía escuchar era el sonido de la comida siendo devorada y el sonido de las explosiones de la película durante las escenas de acción. Él y Ash no dijeron mucho más, ambos se vieron atrapados en la trama rápidamente.

Así que allí estaban, eran un par de chicos en pijamas cuyos rostros eran iluminados únicamente por el monitor del computador, con sus labios llenos de la sal de la mantequilla de las palomitas y dedos llenos de salsa. Por un instante vino a Eiji la idea de conseguir algo de beber, pero no. No necesitaba nada más.

El hecho de que ambos eran unos completos desconocidos comenzaba a evaporarse lentamente. Sus charlas y también sus silencios cerraban cada vez más esa brecha y de alguna manera esto hacía que Eiji se sintiera como en casa por primera vez desde que se había ido de su país. Tal vez finalmente había encontrado un buen amigo.

—¿Eiji? —el ojiverde interrumpió sus pensamientos.

—¿Sí? —se sentía como un deja vú. ¿No habían pasado ya por algo similar en el bus?

—¿Qué harías si un día despiertas y te encuentras con que Skynet ha dominado el mundo?

Eiji sabía, de alguna manera, que Ash estaba aplazando hacer la pregunta que de verdad quería formular, pero a él no le importó en absoluto. Estaba aprendiendo a conocer al rubio y sabía que darle tiempo era lo mejor que podía hacer.

—Lucharía antes que dejarme esclavizar.

—¿Cómo Sarah Connor?

—Sí. Aunque probablemente moriría al primer segundo, en mi vida he sujetado un arma.

—¿Nunca? —el tono de Ash era de verdadera sorpresa.

—En Japón no son legales... ¿tú sí?

—Bueno, sí...

El silencio que vino después fue breve. Los ojos de Eiji estaban clavados en la pantalla, pero su mente estaba en otro lado.

—¿Y alguna vez la usaste para matar a alguien? —preguntó casi sin darse cuenta. Las palabras simplemente habían salido de su boca. Durante el primer segundo después de haberla formulado se sintió aterrado, pero Ash no lucía enfadado en absoluto.

—¿Te asustaría si te dijera que sí? ¿Querrías dejar de ser mi amigo?

Eiji apartó su mirada del monitor y posó sus ojos negros en la figura del rubio quien fingía seguir viendo la película. El japonés se preguntó a si mismo sobre eso. ¿Dejaría de admirar a Ash si supiera que era un asesino? La respuesta no tardó en llegar: por supuesto que no. Ash lo había salvado de una violación y no lucía como alguien que hiciera daño simplemente porque sí.

—No, no querría.

Muy lentamente, el ojiverde despegó su mirada del filme y miró directamente a Eiji quién le sonreía. Ambos permanecieron en silencio hasta que el rubio asintió y volvió la mirada a la película. El japonés le imitó segundos después, la charla probablemente había terminado. O eso creyó.

—¿Eiji? —le volvió a llamar, esta vez mucho más inseguro que antes. Tal vez ahora Lynx se animaría a hablar de lo que realmente quería hablar. Eiji estaba un poco nervioso.

—¿Sí?

—Yo... me estoy divirtiendo. Me alegro de haber venido.

Eso fue algo que el pelinegro definitivamente no había esperado, pero le hizo tan feliz que su corazón se aceleró y retumbó hasta que fue todo lo que escuchó dentro de sus oídos. No sabía porqué Ash estaba tan inseguro de decir esas palabras y tampoco le importaba mucho, él también estaba muy feliz.

—Yo también me la estoy pasando bien, Ash. Me alegra que estés aquí —repentinamente una idea cruzó por la cabeza de Eiji, pero no estaba seguro de querer expresarla en voz alta.

—Hace mucho que no me divertía tanto, lo digo en serio.

—Yo tampoco. No tengo muchos amigos aquí... o en Japón.

—Imposible. ¡Eres muy entretenido, onii-chan! —Eiji comenzaba a creer que lo llamaba así sólo cuando quería aligerar el ambiente entre ellos y la verdad es que funcionaba muy bien.

—Me haces sonar como tu bufón personal.

—¿Y eso no está bien?

—De nuevo burlándote de mí, ¿eh?

—Sólo un poco.

Ambos rieron sin apartar la mirada de la pantalla.

—¿Ash? —ahora fue el turno de Eiji de dudar, pero tenía que decirlo.

—¿Qué ocurre? —le preguntó claramente más aliviado, metiendo un puño de palominas en su boca.

—Ahora que sabes dónde encontrarme, si en algún momento necesitas... ya sabes, un refugio o algo similar, no dudes en venir. Conseguiré una copia de la llave para ti y la colocaré en el jarrón junto al ascensor.

El rubio arqueó una ceja y le miró. Por un momento, el pelinegro creyó que le pediría no meterse en sus asuntos. La mirada de Ash era estoica y aguda y le hizo sentir como un mocoso entrometido. Sin embargo, después de un momento, lo único que dijo fue:

—Gracias, Eiji.

Ninguno de los dos dijo nada más. La película se terminó al igual que las palomitas, pero eso no fue impedimento para reproducir Back to the Future inmediatamente. El agradecimiento de Ash quedó flotando en la habitación y retumbó en la cabeza de Eiji sin piedad. Sonó tan sincero que el japonés se aterró del día en que realmente necesitara refugiarse allí, porque, aunque estaba comenzando a conocer a Ash Lynx, la verdad es que aún no tenía una maldita idea sobre el tipo de vida que llevaba. El tipo de vida que le había forzado a hacer uso de un arma de fuego y arrebatarle la vida a otro hombre.

Todo lo que sabía era que quería regalarle más días como ese, días llenos de lluvia, comida instantánea y películas ochenteras.