Interludio.
Eiji se miró en el espejo y acomodó nerviosamente su cabello que curiosamente, había amanecido más rebelde de lo normal. Los mechones iban en todas direcciones y se revolvían entre ellos de la misma manera en que lo hacían cuando recién despertaba. No era el caso, él se había levantado de la cama más de tres horas atrás e incluso había tomado un baño. Sólo estaba teniendo una pequeña racha de mala suerte.
O algo así.
El queso de su sándwich de jamón matutino estaba agrio, su cepillo de dientes cayó de cabeza en el inodoro, su cabello era un campo de guerra y su camisa color salmón tenía una mancha en el cuello. Y así había pasado una semana. Incluso había roto su lámpara de escritorio en medio de su mala racha y ahora tendría que comprar una nueva.
Su móvil vibró sobre la mesita de noche y cayó de lleno sobre la parte no alfombrada de la habitación con un golpe sordo. El japonés lo recogió, resignando a que las cosas seguirían así por un tiempo más. Era realmente malo que no hubiera un templo cercano dónde ir a rezar y obtener un amuleto. El único que tenía se lo había dado su hermana antes de partir. Era para «encontrar el amor» o algo así y definitivamente no funcionaba porque no había señales de que el amor estuviese tocando su puerta.
«Vuestro corcel se encuentra aquí, madame. Mirad por la ventana». Decía el mensaje en la pantalla. Era de Ash.
Eiji rodó los ojos, pero de todas formas se acercó a la ventana y retiró las cortinas con un sentimiento muy similar a la felicidad palpitando en su pecho. El rubio estaba allí y llevaba consigo una motocicleta roja que él sabía era de su amigo Shorter. Lucía tan atractivo como siempre pero el nipón no se permitió a sí mismo admirarlo demasiado. Ellos eran amigos, al fin y al cabo. Por muy atractivo que Ash fuera y por muy gay Eiji se sintiera.
El pelinegro le sacó la lengua a modo de juego, en respuesta a su tonto mensaje y luego tomó su chaqueta, dispuesto a bajar y a partir en dirección al centro comercial. Necesitaba reemplazar su lámpara lo antes posible o no podría trabajar por las noches, no sin molestar a Yut. Ash le ayudaría con eso, ya era costumbre para ellos encontrarse para hacer cualquier cosa juntos y estaba bien, porque el japonés sentía que, entre más tiempo pasaban juntos, el ojiverde tenía menos tiempo para encontrarse con extraños y meterse en problemas.
—Te ha tomado tiempo —dijo el rubio a modo de saludo.
—Podría haberte hecho esperar más —respondió el ojinegro.
Ambos muchachos sonrieron ampliamente y chocaron los puños. Una pequeña descarga eléctrica recorrió la espina dorsal del fotógrafo pero decidió restarle importancia y tomar el casco que su amigo le ofrecía, decidido a atribuirle ese sentimiento a la motocicleta. Era la primera vez que Eiji se subía a una cosa de esas y mentiría si dijera que no estaba nervioso. A su madre jamás le gustaron y en consecuencia, él no tenía permitido acercárseles. Pero su madre no estaba allí y quedar como un cobarde no estaba a discusión. Así que subió.
—Sujétate fuerte —le dijo el americano y con las manos un poco temblorosas, el moreno se aferró a la cintura de su amigo.
Ash era más delgado de lo que aparentaba. Su cuerpo emanaba calidez y olía bastante bien. Su esencia era varonil y sutil e hizo que el corazón del nipón se agitara violento contra su pecho.
No, no su aroma, la motocicleta.
Consciente de ello, Eiji intentó apartarse, pero fue detenido por las manos del rubio quien prácticamente lo obligó a sujetarse fuertemente de su cintura antes de acelerar.
¿No sería extraño que dos chicos viajaran de esa forma? El pelinegro intentó convencerse de que para un par de amigos estaba bien. Qué era lo normal y que él definitivamente, no estaba pensando las cosas demasiado.
La sangre bombeaba dentro de sus oídos y su corazón martilleaba fuerte contra su pecho. Todo a consecuencia del viaje. Sí, estaba nervioso por el viaje y nada más. Habían demasiados autos al rededor y Ash conducía demasiado rápido, así que sentirse exaltado era lo normal, ¿cierto?
Sí, lo normal.
El ojiverde estacionó la motocicleta en el área reservada para ese tipo de vehículos y descendió de un ágil salto hacia el pavimento. Eiji fue menos elegante. Sus rodillas temblaban, la cabeza le daba vueltas y su corazón no se había tranquilizado en absoluto, así que se tambaleó un poco al poner los pies en tierra firme.
—¿Te sientes bien? —preguntó Ash cuando le vio quitarse el casco.
—Perfectamente —respondió pero su estómago dio otro vuelco cuando sus ojos se encontraron con el rostro de su amigo—. ¿Nos vamos? —preguntó y vio con alivio que el rubio aceptaba.
No entendía qué le sucedía ese día, pero lo mejor sería no tocar el tema. Lo pensaría con calma después, en la soledad de su habitación.
O no.
Juntos, ambos chicos se dirigieron al ascensor del centro comercial, dispuestos a salir del estacionamiento subterráneo y dirigirse al segundo piso donde había una tienda de electrodomésticos. El plan era obtener la lámpara y charlar un rato, después de todo, estaban a finales de mes, la beca de intercambio aún no había sido depositada y tomar dinero de sus padres para cosas tan triviales no le parecía correcto.
El centro comercial estaba abarrotado de gente. Grupos de amigos, familias y parejas. Todos paseaban tranquilamente, mirando los escaparates y comentaban cosas que Eiji no era capaz de distinguir por la cantidad de ruido en el lugar. Sin embargo, algo de lo que sí pudo darse cuenta fue de lo mucho que Ash llamaba la atención de los presentes, especialmente de las chicas jóvenes que se sonrojaban con sólo pasar a su lado y cuchicheaban emocionadas entre ellas, haciendo que, por alguna razón, el corazón de Eiji se sintiera pesado y la boca le supiera ácida.
—¡Mira, onii-chan! ¿No te gusta? Creo que se vería perfecto en ti.
Eiji salió de sus amargos y extraños pensamientos y miró la vitrina que su amigo le mostraba con entusiasmo. Él parecía completamente ajeno a las miradas que le dedicaban y eso, por algún motivo, le hizo sentir tranquila satisfacción.
—Es una tienda de ropa infantil, Ash —puntualizó con falso fastidio, mirando el traje de marinero para niño de tres años en el maniquí.
—Eres tan pequeño que seguro te queda, ¿lo compramos?
—No sabía que tenías ese tipo de fetiches, Ash-kun —le respondió lo suficientemente alto para que todos alrededor escucharán.
Las madres le miraron de mala gana y alejaron a sus hijos. Las chicas que los acosaban dieron la vuelta asustadas y el japonés luchó por no soltar una carcajada mientras veía el rostro de su amigo pintarse completamente de rojo, tal vez las bromas sobre su estatura y su joven apariencia se reducirían considerablemente a partir de ese momento.
Aunque conociendo al rubio tampoco estaba tan seguro.
—Que sepas que esto no se va a quedar así —amenazó el americano, malhumorado. Retomando el camino a la tienda de artículos para el hogar.
—Quiero verte intentarlo —le retó y el lince lo aceptó con una sonrisa.
Esa, definitivamente, no era una buena señal.
Los muchachos se adentraron en la enorme tienda y sin perder el tiempo, siguieron las señales hasta la sección de artículos de decoración donde las lámparas, cuadros, jarrones, centros de mesa y esculturas rebosaban en cada esquina, todo al precio perfecto para un estudiante de intercambio becado.
Eiji no perdió demasiado tiempo y se dirigió directamente a su objetivo. Había visto algunas opciones por internet, así que tenía más o menos una idea de lo que quería comprar, pero los modelos únicamente disponibles en tienda también eran llamativos y estaba reconsiderando su decisión.
—¿Qué te parece ésta? —preguntó Ash señalando una moderna lámpara de pantalla semitransparente.
—Necesito una con pantalla sólida, así la luz sólo alumbrará mi parte de la habitación.
—Amm… ¿Qué tal está?
—Es muy pequeña. Busca una como la de Pixar. Lámparas de trabajo.
—¿La blanca que salta? ¿No te gusta esta con forma de pez?
Eiji sonrió complaciente y negó divertido antes de continuar su búsqueda. Si no encontraba una como la que quería tendría que ir a otra tienda, aunque probablemente el costo sería más alto. Estaban en uptown al fin y al cabo.
—¿Hay algo en lo que pueda ayudarle? —preguntó una agradable chica que parecía ser de su edad y vestía el uniforme de la tienda. Su sonrisa era enorme y era enmarcada por sus mejillas llenas de pecas.
—Buenas tardes —respondió Eiji, tranquilo. Tratar con chicas no era difícil para él que había crecido rodeado de mujeres—. Yo…
—Hola —interrumpió Ash en ese instante, colgando su brazo alrededor de su hombro y pegándose tanto a su cuerpo que la mente del japonés de repente se quedó en blanco—. En realidad, mi esposo y yo estamos buscando lámparas de trabajo.
El calor invadió rápidamente su cuerpo, tanto que, por un instante, Eiji casi sintió el vapor salir por sus oídos. ¿Había escuchado bien? ¿El rubio se había referido a él como su esposo? ¿Por qué? ¿En realidad no se había despertado por la mañana y aún estaba soñando?
—E-espo… —balbucearon el japonés y la empleada al mismo tiempo.
—¿Tienes de esas? —preguntó el americano como si nada.
—S-sí. Por aquí, por favor —respondió la chica.
—¿Escuchaste eso, sweet? Podremos llevar a casa tu lampara nueva. Los niños estarán encantados
¿¡Niños!? ¿¡La gente podía hablar de eso en América?! La cabeza de Eiji iba a explotar y la mano de Ash sobre su cintura no estaba ayudando en absoluto, le causaba un cosquilleo extraño allí en la piel que tocaba. De repente, el japonés era demasiado consciente de su cuerpo, de su cercanía y de que, en realidad, aquella tienda estaba llena parejas. Probablemente prometidos o recién casados. Gente que planeaba vivir junta. ¿Habían estado allí todo el tiempo? ¿Por qué no los había notado antes? ¿Estaba siendo paranoico?
—Tenemos estos tres modelos —dijo la encargada haciendo que Eiji se erizara cuando lo llevaron de vuelta fuera de su mente.
—¿Qué dices, cariño? La blanca combina con tu estudio —Ash volvió al ataque tan naturalmente que por un segundo, el nipón se preguntó si en realidad estaba viviendo esa vida y no lo recordaba—. Además es lo suficientemente pequeña para que pueda seguir sentándome en tu escritorio —agregó con un guiño y clara voz lasciva.
—¡Ash! —exclamó el japonés con el rostro imposiblemente rojo. No sabía qué sucedía, pero tenía que parar.
—¡Por favor, siéntanse libres de llamarme cuando se decidan por una! —dijo la vendedora, claramente ansiosa por marcharse de allí.
Cuando la mujer estuvo lo suficientemente lejos, el agarre de Ash se volvió flojo y segundos después, estalló en carcajadas. Fue allí cuando Eiji se dio cuenta de lo que sucedía. Por supuesto, aquella era su venganza por lo de antes y sí, seguramente fue divertido, pero por alguna razón, él sólo podía sentirse decepcionado. Lo que fuese que eso significase.
—Sí, sí. Muy gracioso —dijo en un intento de integrarse a la broma, pero cuando el cuerpo del rubio se alejó por completo de él, de repente se sintió demasiado solitario.
—Tu cara fue sensacional. Pero no tanto como la de ella.
—No tenías que involucrarla para completar tu venganza —le reprochó— Debió sentirse muy incómoda.
—Ese era el punto, onii-chan.
—Eres como un niño.
—Lo soy. Y aún así sigues saliendo conmigo.
—Creo que voy a replanteármelo —le respondió con los ojos en las etiquetas de precios de las lámparas. Sabía que si lo miraba, comenzaría a sentirse avergonzado—. Creo que llevaré está.
—De acuerdo, cariño. Llamaré a la vendedora. Seguro que ya se le han quitado las ganas de coquetear contigo.
—¿Disculpa? —preguntó el japonés incapaz de escuchar la última frase.
Ash sonrió amplia y dulcemente.
—Que le preguntaré por los descuentos. Démonos prisa. Te compraré un helado como compensación por la broma.
—¿Doble de menta con chispas con chocolate?
—Justo como te gusta, babe.
Eiji rodó los ojos y lo siguió incapaz de saber si la situación era a causa de su racha de mala suerte o no.
Una broma. Él sólo estaba jugando. Porque los amigos juegan de esa forma, ¿verdad?
