Era una tarde nublada de invierno. El sol salía a veces de entre las nubes y pintaba todo de dorado, pero el efecto duraba poco. El viento helado soplaba y hacía que la nariz de Eiji picara y se enrojeciera. Aún no había nevado, pero no faltaba mucho para que sucediera.

Ash y Eiji se habían reunido desde temprano aquel día. Se encontraban enfundados en sus chaquetas más calentitas, guantes y bufandas. La charla había cesado mientras el japonés montaba su equipo fotográfico. El silencio entre ellos era ameno y casual, por lo que la voz de Ash interrumpiéndolo fue una pequeña sorpresa para el pelinegro.

—Eiji, hay algo que debo decirte.

El japonés apartó la mirada de la cámara y parpadeó un par de veces. Sus ojos se dirigieron de inmediato hasta la figura alta de Ash quien, con un serio semblante, le miraba fijamente. Sus antebrazos recargados en la valla metálica con vistas a East River. Justo en ese momento, el sol apareció en el cielo, sus rayos golpearon el agua y esta los reflejó en la piel pálida del rubio y en sus profundos ojos de esmeralda para luego desaparecer tan repentinamente como llegó.

El asunto parecía verdaderamente serio. Así que Eiji se preparó.

—¿Qué ocurre? —preguntó intentando que su voz sonara lo más normal posible.

—Esto... verás... No es algo malo. No tan malo. ¿De acuerdo?

—¿Alguien te ha hecho daño? —preguntó repasando el cuerpo de su acompañante en busca de alguna marca, de evidencia de abuso. No sería la primera vez que algún cliente lo golpeara y que Ash no le dijera una sola palabra, pero Eiji ya no estaba dispuesto a soportarlo en silencio.

—Como si alguien pudiera —le respondió con esa seguridad tan característica de él. Esa que hacía que Eiji realmente creyera que todo estaba bien, aunque fuera mentira—. En realidad, es sobre mí. Yo... Eiji, escucha —el rubio se acercó hasta él y le sujetó por los hombros, mirándole directamente a los ojos. El entrecejo fruncido—. Te mentí.

—¿De qué estás hablando? —preguntó casi sin aliento. El corazón del ojinegro latía con fuerza y no estaba seguro de si era por las palabras del ojiverde o por su cercanía. Cualquiera que fuese el caso, sentía que vomitaría en cualquier instante.

Aquella mañana Eiji se había levantado dispuesto a reunirse con Ash para comer algunos perritos calientes y tomar fotografías para su tarea, como llevaban haciendo los últimos meses. No había esperado, en definitiva, que todo se convirtiera en una especie de drama show, de esos que solían pasar en la televisión. Aunque ahora que lo pensaba mucho mejor, Ash poseía un don innato para volver todo mucho más dramático. El japonés lo sabía y aun así su piel se erizaba y sus mejillas se enrojecían, como si fuese una quinceañera experimentando el primer amor. Lo que por supuesto no era el caso. Eiji era un adulto, un hombre adulto y él y Ash eran amigos.

—No te enfades, por favor. Quería decírtelo antes, no sé porqué no lo hice.

—Vamos, Ashuu, estás actuando como si fuera tu esposa y estuvieras a punto de confesarme que me eres infiel con tu secretaria.

—¿Con la mitad de tu edad y unas piernas de en sueño?

—Exactamente así.

La expresión de Ash se relajó al igual que su agarre sobre el delgado cuerpo del japonés. El ojinegro se sintió un poco más tranquilo conforme toda esa absurda tensión se esfumaba. Se preguntó hasta que punto sería efectivo bromear cuando un tema de esos llegaba a su conversación. Hasta el momento aún parecía funcionar.

El rubio tomó un poco de aire y durante esos breves segundos, Eiji sintió que perdió el aliento. Estaba nervioso, no iba a mentir. Así que cuando el americano abrió la boca para confesarse, el pelinegro solo puedo esperar lo peor.

—Eiji, mi verdadero nombre no es Ash Lynx —le dijo.

El japonés parpadeó un par de veces, el semblante del americano volvía a portar esa seriedad de muerte y se ensombrecía conforme pasaban los segundos y él no decía nada. ¿Había escuchado bien? ¿Ash realmente estaba confesando eso?

Eiji no pudo resistirse mucho más y echó a reír.

»¿Qué es tan gracioso? —demandó el rubio con un puchero infantil y el rostro rojo de vergüenza.

—Oh, Ash. Oh, Ash —respondió Eiji incapaz de dejar de reír. Los pulmones de dolían al igual que el estómago y sus ojos derramaban lágrimas de risa. Toda la tensión acumulada para nada en su cuerpo se desvanecía y no le queda más que seguir riendo. Ash era definitivamente una drama queen—. No puedo creer que de verdad pensaras que no lo sabía.

Una nueva ronda de risas estalló y el ojiverde se apartó de él con gesto de indignación. Parecía debatirse entre seguir con mal genio o reírse también. Su ceño se fruncía, pero también su boca, apenas crispada en un amago de sonrisa que sólo hizo que la risa de Eiji se intensificara.

—Ya es suficiente, onii-chan —dijo Ash con un puchero que le recordó a Eiji que, en realidad, ese muchacho era dos años menor que él.

—Lo lamento, de verdad —contestó, pero la risa no cesó.

—Si sigues burlándote no te diré cual es mi verdadero nombre —amenazó.

El japonés tomó una gran bocanada de aire y la aguantó en sus mejillas. Su boca aún estaba fruncida en una sonrisa y sus ojos seguían lagrimeando, pero resistió todo lo que pudo para no volver a romper en carcajadas. Ash le miró con los ojos entrecerrados y finalmente suspiró, rindiéndose, mientras el cuerpo de Eiji temblaba por la risa contenida.

—Cuánto más te conozco menos lindo te vuelves —comentó el rubio.

Eiji dejó salir el aire que había estado conteniendo con un soplido para poder responder.

—Soy un chico, no se supone que sea lindo.

—Como sea. ¿Quieres saber mi nombre o no? —Eiji asintió energéticamente, su oscuro cabello agitándose con el movimiento—. Aslan Callenreese, ese es mi nombre —dijo en apenas un susurro y las mejillas más encendidas que antes. ¿Estaba avergonzado? ¿de qué exactamente? ¿de haber estado encontrándose con él durante días y días y no haberlo confesado antes?

—Es un nombre hermoso y te pega bastante.

—¿Sí? —preguntó luciendo como un niño. Eiji asintió conmovido— Gracias. Mi madre lo eligió.

El pelinegro asintió en silencio. Ash no hablaba de su familia nunca. Al único que había escuchado nombrar alguna vez fue a su hermano mayor, Griffin, ya fallecido y nada más. Sin embargo, parecía que el rubio poco a poco abría su alma hacia el japonés quien siempre procuraba escuchar con atención.

—Debe quererte mucho.

—No lo sé, se fue de casa con otro hombre después de darme a luz, supongo que esa es la razón por la que mi padre me odia.

Eiji se mantuvo en silencio, viendo como el ojiverde volvía la vista hacia East River. No tenía idea de que decir. Quería consolarle, pero no sabía de la situación más de lo que le había dicho en ese instante. Comenzaba a darse una idea sobre la clase de vida que Ash había llevado, aunque aún no tenía del todo claro como es que había terminado trabajando en un burdel. Aún había tantos misterios sobre Aslan que Eiji quería conocer.

—Es una lástima. Tu padre realmente se está perdiendo de la compañía de un chico tan bueno como tú.

Ash apartó la mirada del rio y le miró. Cuando sus ojos se encontraron resplandecieron como si nunca le hubieran dicho algo similar, como si Eiji hubiera sido el primero en darle un consuelo verdadero y, además, sincero.

—Dudo mucho que le haga gracia saber que su hijo es una puta.

—No hables así de ti. Eres mucho más que eso, Ash. Eres mucho más que todo lo que haces por las noches —aseguró—. Lo sé, te he visto. Eres amable y bueno con todo el mundo. Me salvaste de ser violado, golpeaste a unos asaltantes la semana pasada y regresaste a la chica su bolso, tres días antes de eso ayudaste a una señora mayor con las bolsas de sus compras y las subiste siete pisos hasta su apartamento y sé también que destinas mucho de tu dinero a orfanatos.

—Esas sólo son tonterías.

—¿Te parece así? Yo no lo creo. Me salvaste de experimentar una de las cosas más horribles que podría pasarle a cualquier ser humano y eso para mí no es poco. Eres grandioso, Aslan.

Tal vez fue porque estaba cansado de discutir, o tal vez fue porque las palabras de Eiji realmente le golpearon, pero Ash no replicó absolutamente nada. Simplemente se quedó allí, con la mirada fija en el japonés como si por su mente pasaran un millón de cosas y a la vez ninguna. Era tan injusto que Ash no pudiera ver lo maravilloso que era. Eiji lo sabía, él lo veía, no sólo lo atractivo que era físicamente, sino lo inteligente y fuerte que era.

El ojinegro volvió a enfocarse en su cámara montada en el tripié, en el paisaje pintado frente a él, dispuesto a dejar que Aslan pensara un poco las cosas. Sabía que sus palabras no serían suficientes para convencerlo de su valor, pero esperaba que al menos fueran un poco de ayuda. Quien sabe, quizás con el tiempo lograría persuadir al rubio de que era más que un simple chico de alquiler.

Poco a poco. A paso lento.

Con el ojo en la mirilla de la cámara, Eiji se encargó de enfocar los edificios del otro lado del río. La luz del sol golpeaba directamente a la lente así que aprovechó el efecto para resaltar las siluetas de los edificios que se reflejaban en el agua mientras los pájaros volaban en el cielo y las nubes se movían con la fría brisa. El sonido del disparador se hizo escuchar y de inmediato el sonido del diafragma cerrándose lentamente mientras la luz entraba por el lente. Fue una suerte que ninguna nube cubriera el sol durante la fotografía, aunque sí había zonas que lucían mucho más luminosas pero que podían arreglarse durante el retoque digital.

—Creo que con esto será suficiente.

—¿Tienes todas tus fotografías? ¿Puedo verlas? —Eiji asintió y dejó a su amigo la cámara con la galería en la pequeña pantalla mientras él desmontaba el tripié—. Cuando me dijiste que eras un aficionado, realmente creí que lo eras, pero tus fotografías son jodidamente buenas, onii-chan.

—No sé si sentirme halagado o insultado.

—Halagado, por supuesto. ¿Qué han dicho de mis fotografías? Apuesto a que se han desmayado.

—¿No estabas depresivo hace sólo un instante?

—La vida es demasiado corta como para desperdiciarla entre lamentos. ¿Entonces?

Eiji resopló divertido y respondió:

—La hija del profesor está profundamente enamorada de ti y la modelo de la clase bastante celosa.

—Bueno, puedes agradecerme por tus buenas calificaciones con un café y un donut. Pero ¿estás seguro de que estás bien sólo retratándome a mí?

Eiji sintió su corazón detenerse. Rápidamente metió todas sus cosas dentro de su maleta, teniendo especial cuidado de no cruzar su mirada con la de Ash.

¿Cómo podía explicarle que la única razón por la que podía tomar buenas fotografías era porque él era el modelo? ¿cómo podía confesarle que lo había adoptado como su musa? Simplemente era imposible. Vergonzosamente imposible. Y repugnante. Eiji era repugnante.

—El profesor no tiene problemas y yo tampoco, pero si ya no quieres modelar para mí, puedo buscar a...

—¡No! —le interrumpió de golpe. El japonés se sobresaltó y lo miró. El ojiverde parecía genuinamente avergonzado por haber subido la voz—. Quiero decir... no es necesario, me gusta hacerlo. Es divertido.

—¿En serio? —Ash asintió y el japonés se sintió un poco aliviado—. Yo también me divierto mucho. Gracias por ayudarme.

—Eso es lo que hacen los amigos, ¿no?

Eiji sonrió y asintió tomando su cámara de las manos de Ash y guardándola también. Ambos muchachos permanecieron en silencio, con la vista en el paisaje que lentamente se volvía nublar. Estaban a principios de diciembre, después de todo y la primera nevada no tardaría en llegar.

Una vez todo estuvo empacado, ambos caminaron de vuelta a la estación del autobús, no sin antes adquirir un par de capuchinos que Eiji se vio obligado a comprar. Habían comido juntos y habían pasado un gran momento paseando entre fotografía y fotografía. Tal vez el pelinegro había retratado a Ash un par de veces por accidente y ya no había nada más que hacer. El japonés debía volver a la universidad a acomodar el portafolio que entregaría al día siguiente y Ash tenía trabajo por hacer.

¿Cuántas veces se habían reunido desde su primera y fallida cita? Eiji no podía contarlas, cualquier pretexto era bueno para encontrarse durante las tardes o las mañanas; sesiones fotográficas, comidas o una simple película.

Las charlas, por supuesto, también se habían vuelto parte de la rutina. A veces eran charlas sin sentido y a veces tan serias que deban miedo, pero era mucho el deseo de Eiji de conocer más a su nuevo amigo y tiempo era lo que menos tenía. Una cosa era clara, lo correcto era dejar que todo fluyera tan naturalmente como hasta ese momento. Lo demás vendría después.

—¿Nos vemos el miércoles para ir al cine? —preguntó el japonés.

Eiji y Ash se encontraban en la parada del autobús.

—Te llamaré. —El bus con la ruta del pelinegro se estacionó frente a ellos y abrió sus puertas.

—Claro.

—Cuídate, Ei-chan.

El japonés abordó el camión no sin antes dedicarle a su acompañante una pequeña sonrisa. Siempre era así, Ash lo contactaba antes de encontrarse con él sin que Eiji tuviera la posibilidad de llamarlo primero. Sabía que el rubio tenía sus razones para no darle su número o su dirección, pero tenía que admitir que era un poco decepcionante. Era como si estuvieran estancados en su relación por más pasos que dieran. Por más snacks o palabras que compartieran.

El muchacho se sentó al final del bus, en el único asiento disponible junto a una mujer embarazada y decidido a no darle más vueltas al asunto, sacó el móvil de la chaqueta para escribir a su hermana y a sus padres quienes seguramente no le responderían hasta después por la diferencia de horarios. Los extrañaba, mucho, especialmente a su hermana a quien era muy unido.

Sin embargo, la urgencia inicial de volver lo antes posible a Japón junto a ellos se había desvanecido en algún punto y eso le hacía sentir un poco culpable. A veces incluso creía que no quería volver.

El bus hizo una parada y Eiji levantó la vista al mismo tiempo que un hombre en ropas deportivas y lentes de sol subía. El muchacho sonrió y negó divertido por el déjà vu experimentado, pero no le dio muchas más vueltas. En su lugar, se concentró en enviar a su familia algunas fotos que había tomado con el móvil, teniendo especial cuidado con las fotos de Ash. Su hermana se había vuelto loca por el chico y lo último que el japonés necesitaba era que su propia hermana lo torturara con lo atractivo que era El Lince de New York. Él ya sabía lo atractivo que era, gracias.

Dos paradas después Eiji descendió del autobús, pero no se encontraba en la universidad, sino en el distrito comercial. Necesitaba una nueva memoria para su cámara y sabía exactamente donde conseguirla, así que simplemente se dirigió al local, la pidió y volvió a encaminarse hacia la universidad.

Aburrido de tomar el autobús, el pelinegro decidió que el metro era una buena opción para cambiar de aire. Había una estación no muy lejos del campus, después de todo.

El sonido metálico que acompañaba la experiencia de viajar en el subterráneo de New York se hizo presente en cuanto el ojinegro comenzó a descender las escaleras. Había un montón de gente caminando en todas direcciones, cargando portafolios, mochilas o cajas con varios e impredecibles productos.

El metro era una de las pocas cosas en las que New York no se parecía en nada a Japón; algunas de sus paredes estaban rayadas con grafitis y había basura en los andenes. Los trenes estaban algo viejos y había tanto ruido que era imposible para Eiji escuchar sus propios pensamientos. No estaba mal, pero era diferente.

El joven se dirigió a la taquilla y pidió un boleto. Eran pocas las veces que visitaba el subterráneo, pero había aprendido a moverse en él bastante bien. Después de obtener su pase, Eiji se dirigió a los torniquetes de entrada y finalmente al andén donde pacientemente esperó el próximo tren de pie junto a la pared.

—Eres el nuevo amigo de Ash.

El pelinegro se sobresaltó cuando la voz desconocida a su lado le habló en un susurro. Rápidamente, el muchacho llevó la vista a su costado donde se encontró con la figura bajita de un chico de pelo negro y pintas de pandillero. No le miraba y su semblante permanecía impasible, tanto que, por un momento, Eiji dudó de si realmente le había escuchado hablar.

—¿Disculpa? —se obligó a preguntar.

—Eres amigo de Ash Lynx. —No era una pregunta.

—Lo soy —respondió con inseguridad. La situación era bastante extraña.

El niño lo miró entonces, con el ceño fruncido y sus ojos rasgados destellando peligrosamente. ¿Cuántos años tendría? ¿quince, dieciséis? Era realmente joven.

—Escucha, no puedes ver a Ash de nuevo, ¿entiendes? Es muy peligroso.

—¿Quién eres? ¿De qué estás hablando?

—Eso no importa ahora. Él sospecha algo. Si realmente eres su amigo será mejor que no te involucres más.

—¿Él? ¿quién es él?

—Dino Golzine.

El muchacho se despegó de la pared donde hasta sólo hacía unos segundos había estado recargado y dio media vuelta dispuesto a marcharse sin dar más explicaciones.

El corazón de Eiji latía con fuerza y las rodillas le temblaban un poco, pero necesitaba saber qué diablos estaba ocurriendo. De repente, la idea de que Ash era un simple prostituto se desvaneció y la posibilidad de que estuviera involucrado en algo más oscuro se abrió.

—¿Quién te envía? —fue lo único que pudo preguntar. Su voz apenas un susurro entre el bullicio de la estación.

El joven se detuvo y apenas volteó a mirarlo. Sus manos dentro de los bolsillos de la chamarra donde parecía sujetar algo.

—Shorter Wong. Mi nombre es Sing.

A su mente llegó el recuerdo de su segundo encuentro con Ash en Downtown. Conocía a Shorter, el amigo de Aslan. Alto, con una mohicana de color morado. Intimidante. Bastante intimidante. Ash no lo mencionaba demasiado, pero Eiji sabía que era un gran amigo y camarada. La advertencia tenía que ser real. Durante su único encuentro con Wong, el japonés había advertido que se preocupada genuinamente por el rubio. Estaba tratando de protegerlo, pero ¿de qué? ¿de él? ¿era Eiji un peligro? ¿Golzine lo veía como tal?

—¿Qué es lo que está ocurriendo? —el miedo desbordó por su voz aun en contra de su voluntad, pero sus emociones no parecieron afectar en absoluto al mensajero de Shorter.

—Lo siento, no hay nada más que pueda decirte.

El niño continuó con su camino, adentrándose en la multitud y desapareciendo de la vista de Eiji tan rápidamente como un fantasma. No comprendía porqué habían tenido que ir a advertirle a él cuando era claro que Shorter podría hablar directamente con Ash. ¿Querían quitarlo de en medio? ¿al vez hacerle sentir miedo? ¿culpa? Probablemente, pero ¿por qué? ¿Quién era Dino Golzine? Ash no lo había mencionado nunca pero el nombre le sonaba de alguna parte, estaba seguro de haberlo escuchado antes pero no tenía idea de dónde.

El tren arribó a la estación y con piernas temblorosas Eiji subió. Su mente estaba hecha un mar de preguntas que no tenían respuesta y que probablemente jamás la tendrían. Sabía que Aslan nunca le hablaría sobre ello, aun si el pelinegro tocaba el tema. Y el chico... Sing, no había estado bromeando, Eiji lo supo en el momento en que lo miró a los ojos.

El pelinegro mordió su labio inferior con fuerza y cuando llegó a su parada simplemente descendió del tren y salió de la estación. La noche ya había caído y eso le ponía de nervios, deseaba llegar a su dormitorio lo antes posible y pensar con tranquilidad. Le parecía una exageración creer que le estaban vigilando y que por eso sabían de su amistad con el rubio, pero de alguna manera su cuerpo estaba alerta y más consiente del entorno; el hombre paseando a su perro, el hombre leyendo el periódico en la parada del autobús, la mujer con el bolso rojo.

De alguna manera, el japonés logró llegar hasta su habitación y, además, en tiempo récord. En menos de diez minutos había atravesado todo el campus hasta su facultad y una vez que había logrado entrar, había cerrado la puerta con llave para después soltar un suspiro de alivio. Definitivamente estaba entrando en pánico.

—Wow, ese fue un gran suspiro. ¿Ocurre algo? Luces como si alguien te persiguiera.

Eiji se sobresaltó al escuchar la voz a su espalda. La reconoció rápidamente como la voz de Yut-Lung a quien no había visto en su prisa por entrar a un lugar seguro. El joven estaba con la espalda recargada en la pared, con su portátil entre las piernas y su largo cabello recogido en una trenza. Aún llevaba puesta la ropa que usaba para sus entrenamientos.

—Estás aquí —dijo el japonés sin aliento.

—Esta también es mi habitación.

—Por supuesto. Yo... bueno, nunca vienes temprano.

—El día de hoy me apetecía. Me sorprendió no encontrarte aquí. Aunque ahora que lo pienso tampoco te veo mucho por las mañanas. ¿Encontraste novia o algo así?

Eiji sonrió nerviosamente en respuesta y caminó hasta su escritorio donde guardó la memoria que acababa de comprar. No se sentía capaz de editar sus últimas fotografías, aunque probablemente fuera una buena distracción.

—No, no. Nada de eso, sólo he estado ocupado tomando fotografías.

—¿De verdad es eso solamente? Vamos, puedes decírmelo. Yo te conté sobre el rector.

—No estoy mintiendo.

—De acuerdo.

—Es la verdad.

—Te creo, chico samurái. ¿Me dejarías ver esas fotos con las que has estado tan ocupado?

Eiji suspiró. No entendía como era que Yut siempre lograba meterlo en problemas emocionales con sólo tres segundos de convivencia.

—Por supuesto —accedió.

El chino se puso de pie y caminó hasta su lado. Eiji abrió las carpetas con su trabajo de paisaje y las dejó pasar una a una mientras el chico junto a él las observaba atentamente. No parecía especialmente sorprendido, su expresión era indiferente, pero todo cambió cuando la primera foto de Ash apareció en la pantalla. Fue sólo por un segundo, pero creyó ver que su boca se había fruncido al igual que la expresión en sus ojos. ¿O había sido su imaginación?

—¿Es el modelo de la clase? —Lee preguntó demasiado casualmente.

—No, es un amigo. Un chico que conocí en la ciudad.

—Ya veo... es guapo.

Yut-Lung se alejó de la computadora y volvió a su cama sin decir nada más. Eiji se tragó las ganas de preguntarle si él y Ash se conocían. Tenía miedo de que su paranoia hubiera llegado al punto de hacerle creer que su compañero de habitación de la universidad estaba involucrado en todas esas cosas oscuras que rodeaban a Aslan Callenreese. Porque era imposible, ¿verdad? Yut era un simple estudiante de danza.

Decidido a olvidarse de todo el asunto por el momento, Eiji abrió en su computador el programa de edición fotográfica y se dedicó al retoque de su trabajo hasta que estuvo lo suficientemente cansado como para no pensar en nada más. Ni en Ash, Sing o el misterioso Dino Golzine.