Cuando Eiji volvió a su habitación el sol ya había caído y la luna reinaba en el cielo. Estaba completamente exhausto y todo lo que deseaba era poder dormir un poco. Había pasado las últimas semanas sacando fotografías sin parar y retocándolas en el ordenador hasta que su vista se había nublado y no había podido continuar. ¿La escuela siempre había sido así de agotadora? No podía recordarlo, todo lo que su cerebro gritaba era que tenía sueño y lo demás no importaba.

El japonés arrojó descuidadamente sobre su escritorio los portafolios de trabajo que había entregado y habían sido aprobados. Aún tenía que hacer un par de correcciones, pero comparado con el trabajo de los últimos días, estaba seguro de poder hacerlas a la mañana siguiente, después de tomar un desayuno que no consistiera en sopa instantánea y atún. Tal vez podía olvidarse de su primera clase, no había faltado ni una vez y de todas formas ya había entregado todas sus tareas.

Sin molestarse en prender la luz, el muchacho se deshizo de su chaqueta y se dejó caer pesadamente sobre el mullido colchón que lo recibió amoldándose a su cuerpo y acogiéndolo como si fuera un bebé. Lentamente su cuerpo se relajó y su mente comenzó a navegar hasta que se quedó completamente en blanco. Su respiración se volvió lenta y rítmica y sus pesados párpados cayeron de tal forma que el pelinegro creyó que jamás sería capaz de volverlos a abrir.

Entonces, el móvil sonó.

El timbre fue estrepitoso en medio de la silenciosa habitación. El cuerpo de Eiji se sobresaltó y su corazón bombeó rápido y con mucha fuerza dentro de su pecho, hasta que el sonido se alojó en sus oídos, aturdiéndolo. Cansado como estaba, sólo atinó a buscar con frenesí el origen del ruido, cogerlo y pulsar el botón más llamativo que encontró.

Colgó la llamada.

Eiji parpadeó un par de veces. Su cansada vista no estaba siendo de mucha ayuda en ese momento, todo lo que podía ver era la borrosa pantalla de su móvil que de repente le pareció demasiado brillante. Cuando su cerebro medio dormido finalmente procesó que había rechazado una llamada sin si quiera mirar el remitente rápidamente se alarmó y volvió a mirar la pantalla, rogando por no haber perdido una llamada de Ash a quién no había visto en poco menos de dos semanas. No fue así, por supuesto. El móvil marcaba en la pantalla únicamente la llamada de un número privado.

Aún exhausto, pero sintiéndose incapaz de conciliar el sueño por el momento, el japonés giró para recostarse sobre su espalda, la mirada fija en el techo y el móvil aún en la mano. Se sentía un poco ansioso por la llamada, no era la primera vez que le marcaban de un número privado, pero en todas las ocasiones anteriores en que había contestado, no había escuchado mas que respiraciones terroríficas al otro lado de la línea.

Él lo sabía, estaba siendo intimidado.

Todo había comenzado el día después de haber conocido a Sing, uno de los chicos de Shorter Wong. La advertencia del muchacho había sido suficiente para hacerle sentir paranoico, pero cuando el acoso real comenzó, todo se volvió mucho más tangible. Había alguien que sabía de su amistad con Ash y no estaba para nada contento con ello.

Al principio fueron simples mensajes de advertencia dentro de su casillero, cosas como «aléjate de él» o «vuelve a Japón», cosas pequeñas que le ponían nervioso, pero no lo suficiente como para alertar a Aslan quien no parecía tener idea sobre lo que ocurría y seguía visitándolo en cada oportunidad que tenía.

Después dejaron de ser mensajes en su casillero y se volvieron fotografías extrañas en la bandeja de entrada de su correo electrónico. A veces parecía pornografía, otras veces era más como una escena del crimen. En cualquiera de los casos era imposible saberlo con certeza, las imágenes siempre estaban mal enfocadas o retocadas para que lucieran pixeladas. Eiji pensó que Shorter no tardaría en advertir a Ash, pero el rubio seguía tan normal como siempre, hasta que las llamadas a su móvil comenzaron y El Lince desapareció.

Con todos los proyectos que tenía por entregar y el estrés de la situación apenas había podido dormir nada y comer aun menos. Había estado tan tentado en ir a la policía o con las autoridades de la universidad, pero estaba demasiado asustado de que las cosas empeoraran y terminara involucrando a Ash en un problema peor, después de todo, la prostitución en New York era ilegal y fuertemente castigada.

Sin embargo, era un hecho que se arrepentía de no haberle dicho nada al rubio durante todas las oportunidades que tuvo bajo la tonta excusa de no querer causar problemas cuando la realidad era que no quería alejarse de él.

Eiji se preguntaba si la desaparición de Ash tenía que ver con la advertencia de Sing o si era pura coincidencia y simplemente no había tenido ánimos de encontrarse con él.

Tal vez estaba demasiado ocupado trabajando o tal vez se estaba viendo con alguien más. Alguien menos aburrido y simple que él. A Eiji le gustaba creer que eso no le molestaba, que prefería mil veces que fuese eso y no que algo malo hubiera ocurrido por haberse aferrado a su amistad con el ojiverde. Mientras Ash estuviera a salvo, él podría lidiar con las amenazas en su casillero y las llamadas intimidantes. O eso creía.

El peso de las arduas semanas de trabajo y estrés regresó a su cuerpo haciéndole sentir somnoliento. Tal vez lo mejor sería dormir un poco y pensar después. Había terminado ya con la mayoría de sus proyectos y podía tomarse la mañana siguiente para buscar a Ash en la zona donde él sabía que trabajaba. Con suerte se encontraría nuevamente con Shorter o Sing y alguien podría decirle algo, cualquier cosa.

Al día siguiente, tal cual había planeado, Eiji no asistió a la clase de la mañana y durmió hasta que no puedo hacerlo más. Aparentemente había dormido profundo, tanto que no se había movido en toda la noche y todo el costado izquierdo de su cuerpo estaba adolorido. Ni siquiera había sido capaz de escuchar cuando Yut llegó a la habitación por la noche y definitivamente no lo había escuchado marcharse por la mañana.

Con el cuerpo un poco entumecido, pero definitivamente más aliviado, el japonés tomó una ducha y se colocó ropa limpia con la disposición de ir a Downtown y asegurarse de que Ash estaba bien. Realmente deseaba que todo fuese parte de su paranoia y nada malo estuviese ocurriendo. Eiji se sentía completamente capaz de lidiar con el acoso, pero si algo le había ocurrido a Ash no creía ser lo suficientemente fuerte como para afrontarlo. Irónicamente, su convivencia con el rubio a lo largo de todos esos meses no sólo le había traído alegría sino dependencia también.

El muchacho salió de su habitación únicamente con su cartera en los pantalones y el móvil en la chaqueta. Era un día especialmente frío y nublado, pero aún no había señales de una próxima nevada. Los estudiantes recorrían la universidad a pasos apresurados con gorros de lana en sus cabezas y bufandas de casimir alrededor de sus cuellos. Algunos de ellos llevaban cubre bocas y tosían estrepitosamente mientras sus enrojecidas narices moqueaban. Era una suerte que con el clima y la cantidad de chicos enfermos en la universidad Eiji aún siguiera en pie.

—¡Oh! ¡Eiji! —le llamaron a su espalda justo cuando había abierto la puerta de cristal para salir de los dormitorios.

El pelinegro volteó instintivamente al escuchar su nombre, pero mantuvo la puerta abierta para que unos chicos que se disponían a salir detrás de él pudieran hacerlo. La persona que le había llamado era un chico de la facultad de diseño a quien conoció durante uno de sus últimos proyectos y con quién se llevaba bastante bien, pero cuyo nombre no podía recordar en ese instante. Lo que sí podía recordar es que su habitación se encontraba en el mismo pasillo, aunque rara vez coincidían.

—Oh, hola. ¿Qué sucede? —respondió con una sonrisa. Realmente avergonzado de no poder recordar su nombre. ¿James? ¿Peter?

—¿Cómo has estado? No te veo desde ese proyecto con el profesor Collins.

—Un poco estresado por las entregas, lo normal... Eh, disculpa, no quiero ser grosero pero la verdad es que tengo algo de prisa.

—Lo entiendo, no te preocupes. Sólo quería decirte que he pasado por los buzones y había un paquete para ti. Pensé que sí habías comprado algo por internet querrías recogerlo.

Eiji frunció el ceño.

—¿Era grande? —preguntó.

—No mucho.

—De acuerdo, gracias.

—Bien, nos veremos por allí. Tal vez después me dejes invitarte unos tragos.

Su compañero se despidió con una sonrisa y un guiño que Eiji ignoró de manera casi profesional. El japonés se preguntaba si se habían equivocado con el paquete y lo habían dejado en su buzón por accidente. Él no había encargado nada por internet, eso seguro y si recibía algún paquete desde Japón por parte de su familia iba directamente a la oficina de correos por él. Más curioso que cualquier otra cosa, el ojinegro cambió su ruta y rodeó el edificio hasta la parte trasera donde los buzones estaban instalados. Recogería su paquete y luego iría a la cafetería por algo de desayunar.

Cómo siempre, la zona de buzones estaba prácticamente vacía. Los estudiantes no solían recibir nada además de algunos papeles que la misma universidad les enviaba. Eiji localizó rápidamente su buzón usando su número de habitación y se dirigió a él para tomar el dichoso paquete.

Se trataba de una caja de cartón con la tapa sellada con un par de tiras de cinta adhesiva y nada más. Era pequeña y delgada, pero lo suficientemente gruesa como para evitar que la tapa del buzón cerrará completamente. No tenía una etiqueta que identificara al remitente y cuando Eiji la agitó apenas y se escuchó ruido dentro.

—No sabía que existía alguien que realmente usara este nefasto sistema de mensajería.

El japonés levantó la vista para encontrarse con la figura de su roomie enfundada en varias capas de ropa. El chino apenas le miró antes de caminar pasando por su lado hasta los contenedores de basura al fondo y depositar una bolsa negra dentro.

—Oh, Yut. Buenos días. Yo... no sé qué es.

—¿No tiene un remitente?

—No tiene nada.

—Tal vez sea de un admirador secreto.

Eiji se sonrojó.

—Eso es imposible —dijo ignorando el hecho de que Yut siempre se refería a sus intereses amorosos en masculino—. ¿Qué haces aquí?

—Mis clases de la mañana terminaron, así que pensé sacar la basura e ir a tomar el desayuno. ¿Vienes? Estás saltándote tu primera clase, ¿no es así? ¿qué clase de ejemplo es ese, onii-chan?

Atónito, Eiji parpadeó un par de veces y luego fijó su mirada en el muchacho más joven.

—¿Cómo me has llamado? —preguntó sin aliento.

—¿Irresponsable?

—No... me llamaste con una expresión que Ash...

—¿Ash?

Eiji admiró la expresión genuinamente confundida de Yut-Lung. Ojos abiertos de par en par, labios ligeramente apretados y cabeza ladeada. ¿Había sido su imaginación? No estaba seguro. No había razón para que Lee lo llamara de esa forma. La misma forma en que Ash solía llamarle para molestarlo o para jugar con él.

—No importa —se rindió—. ¿Vamos a la cafetería de la facultad de ingeniería? Tienen los mejores bollos.

El pelinegro miró la caja una vez más y la metió en su chaqueta. Fuese lo que fuese podía esperar hasta que hubiera conseguido algo de comer. Con todo lo que había pasado en los últimos días realmente le asustaba que el paquete estuviera relacionado con el creciente acoso que sufría y no quería que Yut-Lung fuera testigo de algo así. No quería tener que responder sus preguntas.

Ambos jóvenes se dirigieron al comedor e hicieron fila para ser atendidos. Sorprendente, Yut se adaptaba muy bien a la vida de estudiante, aunque era demasiado obvio para Eiji que no estaba del todo acostumbrado a tener que hacer cosas como filas y esperar turnos.

Finalmente, ambos pidieron un par desayunos con huevos, bollos y jugo de naranja y se sentaron en una mesa al fondo de la cafetería que por la hora no estaba tan llena como de costumbre.

—¿Y bien? ¿No piensas mirar el paquete?

Eiji tragó un bocado de huevo y se limpió la comisura de la boca con una servilleta mientras su mirada se dirigía a la de su acompañante quien también comía.

—Yo... sí, claro.

El japonés planeaba dejar morir el tema allí. Lee no tenía las mismas intenciones.

—Adelante. Quiero ver.

Eiji debió haberlo esperado, con lo impertinente que su compañero de habitación podía ser.

—Hace mucho que no desayunábamos juntos —intentó desviar el tema.

—Bueno, nuestros horarios son muy distintos. ¿Vas a abrirla o no?

Eiji suspiró y dejó el tenedor sobre el plato cuyo desayuno estaba a medio comer. Volvió a limpiarse la boca y dudando sólo por un segundo más, metió la mano en su chaqueta y extrajo la caja, rogando por no encontrar un dedo cercenado o algo similar.

Un poco asustado, pero decidido a no predisponerse, el japonés retiró la cinta adhesiva con ayuda de sus uñas mientras Yut continuaba con el desayuno con expresión indiferente, pero con los ojos aún sobre la caja. Cuando finalmente la tapa fue liberada, Eiji la tomó con dedos temblorosos y el corazón latiendo más rápido que de costumbre.

«Estás sobreactuando, Eiji. Es sólo una caja y no tienes pruebas de que esté relacionada con esos mails extraños o las amenazas en tu casillero». Intentaba tranquilizarse. Porque era la verdad, no tenía que estar relacionado un tema con el otro.

La tapa fue retirada y el contenido de la caja quedó a la vista. Eiji no se molestó en mirar a Yut-Lung para tratar de descifrar que es lo que pensaba, o si seguía curioso. Toda su atención estaba enfocada en los rectángulos de papel blanco dentro de la caja, apilados uno sobre otro. Por un segundo el japonés pensó que podría ser publicidad, hasta que tomó el primer trozo de papel.

Eiji lo reconoció al tacto. El grosor, la textura y el brillo. No podía ser más que papel fotográfico. Esos rectángulos eran fotografías colocadas boca abajo que el muchacho giró por instinto para revelar su contenido.

Se arrepintió de haberlo hecho de inmediato.

Fue como haber recibido un golpe en el estómago. Repentinamente, Eiji sintió todo el aire abandonar sus pulmones. Su boca se secó y su corazón dejó de latir mientras sobre sus retinas se plasmaban las escenas retratadas en aquellas fotografías que estuvieron a punto de caerse de sus manos temblorosas. Se sentía enfermo, su desayuno deseaba abandonar su estómago.

—¿Estás bien? Luces pálido.

Las palabras de Yut-Lung Lee lo trajeron de vuelta a la realidad, pero el asco que sentía no fue mucho menor. Eiji llevó su mano hasta su boca y sintió la primera arcada venir, pero se rehusó a vomitar. Él era más fuerte que eso. Tenía que ser más fuerte que eso.

—Tengo que irme —fue todo lo que pudo decir.

Yut no intentó detenerlo. Se quedó sobre su silla con un bocado de su desayuno aún en el tenedor y Eiji no se detuvo a descifrar que había sido esa sonrisa que creyó verle formada en la boca, simplemente se aferró con fuerza a la caja que le habían enviado como si no creyera que fuera real. No quería que lo fuese. Pero lo era y se sentía peor que mierda.

Mientras salía apresurado de la universidad, Eiji pensó que jamás había odiado tanto la fotografía como la odiaba en ese instante. Pensaba que jamás odió tanto ver a Ash como modelo como lo odiaba en ese momento.

Era ira y nada más lo que hacía que su cuerpo se moviera hacia adelante y avanzara en busca del degenerado que hizo eso con su amigo, Ash quien merecía más que ser el protagonista de una serie de pornografía infantil tan desagradable, tan desgarradora.

Eiji no quería siquiera pensar en la edad que tendría Ash en esas fotografías. No quería pensar en el sudor, en la sangre o en la piel llena de marcas rojas y moradas, tan diferente a la inmaculada piel que él mismo retrató durante una de sus sesiones con el rubio en el lago Séneca. Era triste y doloroso, pero había algo más, un sentimiento agrio y poderoso que hacía que Eiji viera todo de color rojo y que deseara derramar sangre para devolver a Ash el brillo que le fue robado.

Era furia. Era odio.

Jamás se había sentido así, pero también era cierto que jamás había tenido una razón para sentirse de esa forma. Pensaba que era injusto, pensaba que de todas las personas en el mundo, Ash era quien menos merecía haber sido tratado como lo retrataban esas asquerosas fotografías; como un simple objeto sexual sin emociones o sentimientos.

El sonido del claxon de un automóvil le hizo frenar en seco. El conductor le gritó un par de palabras altisonantes que no llegaron a sus oídos bloqueados por el ruido de su propia sangre burbujeando en ellos. En medio de su furia había intentado cruzar la calle y casi había sido atropellado. Necesitaba calmarse. Necesitaba pensar. Así no podría ayudar a Ash.

De pie junto a la avenida, Eiji sintió la primera lágrima escurrir por sus ojos; caliente y salada. Su cuerpo comenzó a temblar y los sollozos salieron de su garganta, incapaz de contenerlos mucho más. El ardiente deseo de encontrarse con Ash y asegurarse de que estaba bien creciendo dentro de su pecho. La ira rápidamente se transformó en impotencia y esa impotencia en miedo. La última fotografía no era antigua, bien podría haber sido tomada el día anterior y Ash podría estar herido.

Eiji tenía que hacer algo.

Impaciente, el japonés hizo la parada al primer taxi libre que encontró y se subió en él aún con las fotografías en la mano. Sin embargo, cuando el conductor le miró por el retrovisor y le preguntó a donde debía dirigirse, el pelinegro se percató de que no tenía idea. ¿Downtown? Por la hora, no existía mucha probabilidad de encontrarse con Ash o alguno de sus conocidos por la zona. ¿Entonces, tal vez, Chinatown? El rubio había mencionado en alguna ocasión que Shorter vivía allí.

Chinatown sería entonces.

El flujo del tráfico era constante. Eiji, acomodado en la parte trasera del taxi tenía los ojos clavados en las fotografías de Ash sin enfocarlas realmente. Un par de lágrimas cayeron sobre el papel fotográfico, creando pequeñas manchas oscuras sobre él. No podía creer que Aslan hubiera podido soportar tanto dolor desde tan temprana edad. Eiji sabía que su amigo no se dedicaba a la prostitución por gusto, pero ahora mirando esas fotografías, se daba cuenta de que estaba allí más bien por obligación. ¿Había sido su trabajo así siempre? Era difícil saberlo, Ash siempre se las arreglaba para recibirlo con una sonrisa en cada uno de sus encuentros. ¿Por qué no había pedido ayuda? ¿Por qué no le había dicho nada? «Tal vez porque no le diste la confianza para hacerlo».

Eiji resopló con frustración y se recargó en el asiento con la mirada puesta en el techo. Era verdad, había estado tan ocupado intentado pasar un buen rato con Aslan que las cosas verdaderamente importantes habían sido relegadas. Ver reír a su mejor amigo había sido el único objetivo y aunque Ash parecía cómodo sin ser forzado a comentar los detalles de su vida nocturna, Eiji no podía evitar culparse por no haber insistido un poco más y se juró que, si Ash estaba a salvo y podía verlo una vez más, haría lo que fuese necesario para arrancarlo de las garras de esas bestias, así tuviera detrás de él a toda la jodida mafia estadounidense.

El muchacho pagó la alta tarifa a Chinatown con lo último que le quedaba de efectivo y bajó del automóvil más decidido de lo que nunca había estado en su vida, pero después de dos largas horas de búsqueda comenzó a pensar que sus esfuerzos serían en vano. Nadie parecía conocer a la persona llamada Shorter Wong, no importaba cuantas veces Eiji insistiera en la mohicana de color púrpura o su resaltante estatura.

—Buenas tardes —dijo a un grupo de chicos reunidos muy cerca de un callejón—. Estoy buscando a alguien llamado Shorter, Shorter Wong. Más o menos de esta estatura y con una mohicana de color morada. Amigo de Ash Lynx. —No tenía idea de cuantas veces había repetido la misma frase, pero esperaba que pronto alguien le diera alguna señal.

—Shorter no... —comenzó a decir el que parecía el más joven de los chicos, pero fue interrumpido por otro de los muchachos.

—No conocemos a nadie con ese nombre —la respuesta fue definitiva, pero Eiji pensó que había algo extraño.

—¿Están seguros de ello? Esto es muy importante —insistió mirando al chico que había estado a punto de decir algo.

—Aquí no hay ningún Shorter Wong.

Eiji apretó la mandíbula con frustración. A ese paso tendría que ir a la policía con las fotografías.

—¡Por favor! —explotó. No podía rendirse—. ¡Mi amigo está problemas y sólo podré ayudarlo si hablo con Shorter Wong!

—¡Oye, tranquilízate! Ya te dije que no sabemos una mierda sobre...

—Está bien, Shui. Yo me encargaré de esto. —Todos los presentes miraron a espaldas del japonés, de donde provino la voz que interrumpió al tal Shui.

Eiji conocía esa voz.

—Sing —dijo al dar la media vuelta. No se equivocó, por supuesto, el joven chino estaba detrás de él con expresión seria y acompañado de unos muchachos mayores que él pero que parecían una especie de subordinados más que sus superiores—. Por favor, necesito hablar con Shorter, creo que Ash está en problemas.

Todas las miradas se encontraban sobre Sing quién únicamente le hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera. El resto del grupo se quedó de pie en el mismo lugar mientras ambos pelinegros atravesaban la calle y se adentraban a un edificio de ladrillo en deplorable condición.

—¿Shorter está aquí? —le preguntó al más joven mientras entraban a un departamento prácticamente abandonado.

—Primero que nada, debes dejar de ir por allí preguntando por él. Shorter está siendo perseguido por los hombres de Golzine, es peligroso.

—Mencionaste ese nombre antes, ¿quién diablos es Golzine? —Sing lo miró por un segundo, como si se preguntara si estaba hablando en serio.

—No sabes nada, ¿eh?

—Es por eso por lo que estoy aquí. Si Ash está en problemas yo...

—¿Vas a rescatarlo? ¿Tú solo? ¿Sabes si quiera como disparar un arma? —Eiji no respondió. Por supuesto que no sabía—. Te lo advertimos, ¿no? Que te mantuvieras lejos de él. Ahora por tú culpa no tenemos idea de donde se encuentran él o nuestro jefe y el dueño de la red de prostitución más grande de américa del norte está detrás de ellos.

Ahora Eiji podía recordar dónde había escuchado ese nombre, Dino Golzine. Había sido durante su primera noche en New York. El tipo que lo había intentado violar lo había mencionado.

«¿Extranjero? Golzine sí que tiene lo mejor de lo mejor. Vamos a divertirnos mucho. Tengo para pagar toda la noche, incluso te compraré algo de cenar, ¿qué dices?» Es lo que había dicho.

—¿Mi culpa? —fue lo único que pudo preguntar, sin embargo.

—A Golzine no le gusta que intenten arrebatarte a sus juguetes y Ash es su favorito.

—Yo no... nosotros no... Ash es mi mejor amigo.

—¿En serio? Los estuve observando. La forma en que lo miras lo hace todo demasiado obvio. Estoy seguro de que incluso Ash lo sabía y le daba pena rechazarte.

—¡Somos mejores amigos! —exclamó, pero esas apalabras sonaron falsas incluso a sus oídos, no sabía por qué si era la verdad—. Y si no puedes ayudarme a encontrarlo, entonces será mejor que me vaya.

Eiji dio media vuelta más alterado que antes. ¿De que diablos estaba hablando ese niño? No importaba, él encontraría a Ash por su cuenta y lo ayudaría, nadie más volvería a ponerle una mano encima.

—Heaven es el nombre del club principal de Dino, se encuentra en la zona alta de New York —dijo Sing cuando Eiji había abierto la puerta del departamento, listo para marcharse—. Estoy seguro de que escuché a Shorter decir que lo habían llevado allí. No intentes ninguna tontería si quieres seguir con vida.

Eiji se giró para encarar al muchacho. Expresión decidida y ojos fieros.

—Voy a ayudar a Ash a salir de todo esto sin importar las consecuencias —respondió y se marchó.