El Lince miraba hacia la puerta con los ojos entrecerrados y la respiración lenta, calculando la situación. Estaba seguro de que su habitación estaba resguardada por al menos cuatro hombres, todos armados. Dino no se daría el lujo de confiar en que sabría comportarse y Ash no lo culpaba. Él era un animal salvaje y el cautiverio lo volvía loco.

El muchacho escuchó ruido al exterior de la habitación. Risas y charlas amortiguadas por la gruesa puerta de madera. Lo estaban pasando de lo lindo allá afuera mientras él comenzaba a perder la cabeza. ¿Cuánto tiempo llevaba cautivo? No podía recordarlo. ¿Días? ¿semanas? Probablemente meses, pero se sentían como siglos. Le urgía salir de allí, pero no lo haría.

Por primera vez en su vida, Dino se había equivocado al creer que Ash intentaría escapar. Había sido en vano la instalación de todas esas cámaras, toda esa seguridad y los grilletes en sus tobillos cuyas cadenas apenas le dejaban moverse por la habitación. No era nada de eso lo que le mantenía en verdadero cautiverio; era el miedo, porque Ash sabía que, si se atrevía a escapar, Eiji estaría muerto.

Dino también lo sabía y estaba muriéndose de celos.

El bastardo estaba esperando a que Ash hiciera algo que le diera el pretexto de arremeter contra Eiji Okumura. Él sabía —porque los había estado observando— lo importante que era el japonés para él. Cuanto lo quería y todo era culpa suya. Había sido él y sólo él el que se había empeñado en mantenerse cerca del pelinegro a pesar del peligro y se había confiado tanto que en ningún momento se percató de que estaban siendo seguidos por los hombres de Golzone.

El amor lo había vuelto tonto y se sentía tan culpable.

Desde la primera vez que se había encontrado con Eiji supo que sería un problema. La conexión que había entre ellos era tan natural como respirar y el aura del mayor era tan atractiva que Ash rápidamente se había dejado envolver. Le transmitía una paz que jamás había sentido. Le hacía feliz y le ponía nervioso al mismo tiempo. Le hacía sentir como un chico normal y no como un hombre que se ganaba la vida asesinando y prostituyéndose. Como la basura que era en realidad.

Tal vez era porque Eiji no tenía idea. No del todo de todas formas. El sabía que el japonés le veía como la víctima y no como el idiota que se había llenado hasta el cuello de deudas con el hombre equivocado y del que no podría deslindarse jamás. Un error del que ni siquiera podía arrepentirse, lo había hecho por su hermano, por Griffin, que ahora estaba muerto y cuyas culpas no se había llevado a la tumba.

Los ruidos continuaron en el exterior, cada vez más fuertes. La mente del Lince comenzó a correr a gran velocidad, planeando un escape que no llevaría a cabo. No sería difícil en esa situación. Los guardias estaban eufóricos y si Ash les invitara a divertirse con él dentro de la habitación ninguno dudaría, después de todo, el rubio era uno de los prostitutos más caros del club y ninguno de ellos tendría otra oportunidad de tenerlo de otra forma.

Aprovechándose de lo idiotas que solían volverse los hombres cuando se trataba de sexo, Ash usaría las cadenas de los grilletes para asfixiar a uno de ellos y obtener su arma antes de que el resto pudiera reaccionar. Disparar tres veces le tomaría menos de dos minutos y deshacerse de los grilletes menos de cinco. Salir de la habitación antes de que llegaran los refuerzos y finalmente escapar menos de siete.

Tan fácil pero tan imposible.

El rubio suspiró y cerró los ojos con frustración. En el momento en que Eiji pusiera un pie fuera de Estados Unidos se daría a la fuga y jamás volvería. Dino iría detrás de él, eso seguro, pero Ash seguiría peleando por librarse del vejete hasta que no tuviera más fuerzas. Sus deudas morales y monetarias con él podían irse al diablo, sólo lamentaba tener que dejar atrás a sus amigos.

Los minutos pasaron lentamente con el tic tac del reloj de pared martillando profundamente dentro de la cabeza del Lince. El sol en la ventana se movía suavemente, haciendo que las sombras de los muebles rotaran y se acentuaran más conforme afuera todo se volvía de color naranja con la caída del sol.

Entonces la puerta se abrió.

—Buenas tardes, querido —le saludó aquel repugnante hombre. Ash no le respondió. Ser amable no estaba dentro del trato—. No has tocado tu comida. ¿La italiana ya no es de tu agrado? Creía recordar que era tu favorita. ¡Oh! Es verdad, ahora prefieres la japonesa.

Ash —que aún estaba sentado sobre la cama con la espalda recargada en la cabecera y los ojos clavados en el enorme ventanal de la habitación— se tensó. Apretó su mandíbula con fuerza y luchó por que la expresión en su rostro no fuera tan reveladora. Lo estaba fastidiando, sólo lo estaba fastidiando y no debía caer en su juego.

Así era Dino Golzine. Siempre se aseguraba de que sus palabras fueran certeras y concisas. Todo lo que decía tenía siempre una razón de ser y si no decía nada era simplemente porque no era el momento indicado. Era una serpiente sigilosa, lista para morder y soltar su veneno. Una horrible serpiente calva y gorda.

El vejete recorrió la habitación deteniéndose ocasionalmente y observándolo todo, como asegurándose de que no había una trampa esperando por él. Una vez que estuvo satisfecho con su inspección, simplemente dio media vuelta y se sentó junto al rubio quién no había dejado de observarlo, de analizarlo. Lo odiaba tanto. Odiaba la forma en que caminaba, la forma en que sus ojos pequeños se movían y lo miraban todo. Odiaba su boca apretada en una fina línea y odiaba ese ridículo bigote canoso. Odiaba sus manos regordetas llenas de anillos de oro y diamantes. Odiaba la forma en que sus pasos resonaban pesadamente aun sobre la alfombra. Lo odiaba por completo.

—Mis hombres dicen que te has portado muy bien. No haces ruido y permaneces en la cama por horas. Ah, si tan sólo hubieras sido así de obediente siempre —dijo con falso lamento—. Parece que el amor es capaz de domesticar hasta a la bestia más salvaje. No has intentado escapar ni una sola vez y eres tan dócil que no pareces tú mismo. Sinceramente estaba esperando tener un buen pretexto para enseñarle a ese niño japonés una lección, estoy algo decepcionado —masculló—. Debes estar muy desesperado por protegerlo. No te vi actuar así nunca, ni siquiera cuando te dije que asesinaría a la chiquilla esa con la que salías y de la que decías estar enamorado. Pero supongo que para todo hay una primera vez. Estoy realmente tentado a evitar que Eiji deje el país. Sí lo mantengo conmigo tu buen comportamiento debería estar asegurado, ¿no?

El corazón de Ash se detuvo abruptamente al igual que su respiración. Dino no podía estar sugiriendo lo que creía que estaba insinuando. Ese no era el maldito trato. Se suponía que mientras él se comportara Eiji estaría a salvo y podría llevar la vida normal a la que estaba tan acostumbrado. Iría a clases y continuaría captando preciosos paisajes con esa habilidad innata que el rubio sabía que poseía para la fotografía. El pelinegro, a diferencia de él, tenía un futuro brillante por delante y Dino Golzine no podía arrebatárselo. No lo permitiría.

»Mi informante me ha dicho que el muchacho se marcha en tres meses. Realmente creí que estaría buscándote por todas partes, pero parece que te superó rápidamente. Supongo que sólo estaba cautivado por tu bonito rostro y nada más. ¿Quieres saber lo que ha estado haciendo? Apuesto que a que sí. Mis chicos lo han seguido a todas partes y tengo algunas buenas fotografías —Dino metió la mano dentro de su gabardina y extrajo del bolsillo interior un sobre amarillo el cual agitó suavemente—. Parece que sólo se dedica a la universidad, eso es bueno. Ha hecho nuevos amigos. Parece que le gustan menores. Se trata de un chico del barrio chino, Sing, el protegido de tu amigo Shorter. ¿Aún sigue escondiéndose de nosotros? No nos atreveríamos a tocar a uno de los chicos de Lee, no cuando tan amablemente nos ha regalado una herramienta tan útil como su lindo hermano menor. ¿No dices nada? Bravo, Ash. Finalmente has aprendido a escuchar. Voy a regalarte esto como recompensa —el hombre arrojó el sobre amarillo a la cama—. Me voy, tienes que arreglarte para esta noche. Tendremos clientes realmente importantes el día de hoy.

Dino se puso de pie y salió de la habitación. Ash lo siguió con la mirada hasta que desapareció detrás de la puerta. Fue entonces que abrió la boca y un poco de sangre escurrió por la comisura. Se había mordido la lengua en un desesperado intento por no decir nada que pudiera echar a perder todo su progreso.

Dudando un poco, el muchacho tomó el sobre amarillo entre sus manos, tratando de convencerse de que no necesitaba ver esas fotografías. Estaba aterrado de sólo pensar que Eiji estaba siendo seguido a todas partes, porque eso significaba que, con sólo chasquear los dedos, Golzine podría hacerle daño. Sin embargo, una gran parte de él realmente deseaba verlo, simplemente mirarlo y asegurarse de que era real y no simplemente un producto de su solitario corazón.

Después de unos pocos segundos de duda, el muchacho finalmente abrió el sobre y extrajo las fotografías. Su corazón bombeó con fuerza y su estómago se revolvió agradablemente al ver a Eiji en esas poses tan naturales. No lucía preocupado y eso hizo que Ash se sintiera un poco triste. No quería pensar que las palabras de Golzine eran ciertas y que a su amigo no le había afectado en lo más mínimo su desaparición, pero las fotografías eran evidencia. Eiji llevaba una vida normal en la que Ash parecía nunca haber existido. Descansaba en su dormitorio, iba a clases, comía en el comedor de la universidad y salía a tomar fotografías muy frecuentemente acompañado de Sing Soo-Ling de quien Aslan definitivamente no estaba celoso. Había sido él en primer lugar quien le había pedido a Shorter proteger a Eiji y él había enviado al mejor de sus chicos, así que no podía estar celoso.

Pero lo estaba.

¿Se habrían hecho buenos amigos? ¿se llevaban bien? ¿Sing ya se habría dado cuenta del aura que Eiji emanaba y que hacía que todos quisieran protegerlo? No quería saber la respuesta a ninguna de esas preguntas, pero tampoco tenía el derecho de exigir que Eiji fuese sólo de su propiedad. Aunque le quisiera, ellos aún eran únicamente amigos y eso no cambiaría jamás. No si Ash quería que el japonés siguiera con vida.

Irritado por sus propios pensamientos, el rubio devolvió todas las fotografías al sobre con excepción de una donde Eiji se encontraba tomando una fotografía a un par de ardillas en lo que parecía Central Park. En su rostro se plasmaba una sonrisa pequeña pero genuina y sus ojos centellaban con pasión pura. Retrataba todo lo que a Ash le había cautivado de él; su personalidad simple, la felicidad que le causaban las cosas sencillas y la pasión que ponía en todo lo que le gustaba.

Sí, se quedaría con esa fotografía. Si no podía tener a Eiji, al menos quería tener algo de él que le recordara a los días que pasó a su lado visitando cada rincón de New York, simplemente charlando, jugueteando como los chicos que eran y comiendo todo tipo de platillos.

El tiempo en que fue genuinamente feliz.

La puerta se abrió una vez más y uno de los hombres de Dino apareció en su campo de visión, tomó las fotografías que Ash había devuelto al sobre y le quitó al muchacho los grilletes para que pudiera iniciar con su ritual de cada maldita noche; tomar una ducha, vestirse adecuadamente y bajar a la primera planta a esperar a que un cliente con mucho dinero pagara una noche con él. No estaba tan mal si lo comparaba con su antiguo trabajo, donde además de acostarse con hombres desconocidos, también los asesinaba por órdenes de Dino.

El guardia se sentó en la cama y apuntándole con su pistola se dedicó a observar a Ash mientras se desnudaba. Era bastante obvio que el tipo disfrutaba del espectáculo, pero eso no detuvo a Aslan para que continuara con su rutina y se adentrara al cuarto de baño cuya puerta ni cortina tenía permitido cerrar. Cuando salió, su traje de esa noche ya se encontraba planchado sobre la cama y, por supuesto, no había señal de algún tipo de ropa interior, como siempre.

A las nueve de la noche ya se encontraba bañado y perfumado en la primera planta del Heaven; un edificio de veinte pisos demasiado lujoso y que en apariencia era simplemente un salón de eventos para gente con dinero.

Al igual que él, un montón de chicos, todos ilegales, esperaban con una naturalidad aterradora su destino entre copas de champagne y candelabros de luces doradas. Estaban atrapados en una jaula mortal de oro y diamantes. Ninguno de ellos llegaría muy lejos; cuando fueran demasiado mayores, Dino se desharía de ellos, como se hubiera deshecho de Ash si no hubiese sido tan atractivo e inteligente como le había dicho.

El ojiverde suspiró y aguardó sentado en un sofá de terciopelo rojo. Simplemente esperaría a que Dino le llamara y le presentara a su cliente de esa noche. Charlarían de cosas sin sentido y casi de inmediato volvería a su habitación. Si el tipo no estaba demasiado ansioso, comerían algún manjar exótico previamente preparado e instalado en su habitación. Si lo estaba, Ash podría despedirse de su ropa en menos de diez minutos.

Con la mirada perdida en algún punto lejano, el rubio se preguntaba en qué maldito punto de su vida había dejado de preocuparse por ser tocado por hombres y mujeres que le repugnaban. En qué punto se había vuelto tan insensible. Con Eiji no se había sentido así. Durante todos esos meses a su lado se había sentido vivo y ahora volvía a ser el saco de huesos y carne que siempre había sido.

Patético.

Esa era su vida, su vida de verdad. La vida que había llevado desde que su hermano se había endeudado con Golzine para poder darle de comer y para poder darle una buena educación. La vida que había llevado desde que Griffin murió y Dino se cobró con su cuerpo todas las deudas que dejó atrás. Sabía que estaba mal desear más, que era imposible desear más, pero por un instante, cuando se encontró acostado con Eiji viendo una película o paseando con él en ferri mirando el agua azul fundirse con el cielo, realmente pensó que podría tener más. Tal vez por eso se había enamorado egoístamente del japonés, porque Eiji le hacía sentir una paz y una libertad que en realidad jamás podría tener.

—Ash —le llamó alguien sacándole de sus pensamientos. Tal vez era momento de dejar de pensar en Eiji, esa voz había sonado exactamente como la suya—. Ash —repitió sin embargo, más claro más fuerte.

Como si pensara que se estaba volviendo loco, Ash parpadeó y giró la cabeza hasta la fuente de aquel sonido. No podía ser él. No había manera de que fuera él.

Pero lo era.

Eiji se encontraba de pie junto a él, vistiendo el uniforme de los meseros; un traje de color blanco y corbatín acompañado de unas gafas de grueso armazón. Su expresión era tranquila, casi indiferente y no le miraba, mantenía los ojos clavados al otro lado de la sala y sostenía firmemente una charola con copas de champagne.

Ash entró en pánico rápidamente, debía estar volviéndose loco. No tenía idea de que mierda estaba ocurriendo, pero el japonés no podía permanecer mucho más tiempo allí, si los hombres de Dino lo descubrían sería asesinado en ese mismo instante y si no tenía tanta suerte, sería secuestrado, torturado y después asesinado y todo su esfuerzo por mantenerlo a salvo se iría al diablo. ¿No se suponía que estaba viviendo una vida normal? ¿Qué lo había olvidado? ¿qué salía a pasear con Sing?

—Sígueme —le dijo interrumpiendo su monólogo interno para después comenzar a caminar mientras sonreía naturalmente y repartía bebidas. Sin embargo, Ash podía notarlo, la forma en que sus manos temblaban ligeramente y lo tensa de su sonrisa que en nada se comparaba con su sonrisa natural.

Ambos chicos atravesaron el salón pasando por la barra dónde Eiji recogió más bebidas y luego por los baños donde ambos se adentraron. Ash cerró rápidamente la puerta desde dentro y se giró para encararlo, pero el pelinegro ya había desaparecido dentro de uno de los cubículos que claramente decían "fuera de servicio" para volver casi de inmediato con una maleta negra que dejó en sus brazos.

—Vamos, cámbiate rápido. Te voy a sacar de aquí.

—No, eres tú el que va a salir de aquí. —Con expresión seria, Ash le devolvió a Eiji la maleta—. ¿Qué diablos crees que estás haciendo aquí? Si te descubren eres hombre muerto.

—Hemos tomado muchas precauciones para que no sea así. Blanca se encargó de los detalles.

—¿Blanca? ¿cómo es qué...?

—Ash, hablo en serio cuando te digo que no hay tiempo para esto. Cámbiate la maldita ropa para que podamos irnos. Asegúrate de sujetar tu cabello y ponerte las gafas.

Aún desconcertado, Ash se dejó empujar dentro de uno de los cubículos con la maleta de Eiji de nuevo en las manos. Por un segundo, realmente pensó en pedirle nuevamente que se largara de allí, pero la peligrosa chispa de la esperanza volvía a latir en él y la voz dentro de su cabeza que le decía que podía ser libre si seguía a Eiji era cada vez más fuerte.

Así que se deshizo de su ropa y se puso lo que había dentro de la maleta. Era un uniforme de mesero y unas gafas bastante feas que se colocó de todas formas. Cuando salió del baño, Eiji tomó la ropa que se había quitado y la maleta y las arrojó fuera por una muy pequeña ventana que daba al exterior.

—Golzine no debe tardar en llegar, este es el plan. Voy a salir de aquí y tú vas a esperar hasta que escuches como las copas se caen al suelo. Cuando salgas vas a dirigirte directamente detrás de la barra y vas a decirle a cualquiera que necesitas ir al almacén por algo para limpiar el desastre, la llave está colgada cerca de la estantería del vodka. No tienes que preocuparte mucho por los guardias. Los chicos de Shorter se han encargado de ellos y han tomado su lugar. Una vez en el almacén vas a encontrarte con Sing. Has todo lo que te pida, ¿de acuerdo?

—¿Estamos en una maldita película de James Bond? —preguntó. Estaba aterrado. Aterrado de que todo saliera mal. Y como cada que estaba aterrado o tenso y Eiji estaba cerca, no podía evitar bromear.

El japonés pareció entenderlo porque le sonrió y le respondió:

—Tal vez.

El ojinegro salió del baño con la charola y el champagne. Las manos de Ash sudaban y se preguntaba si con todo el ruido del exterior podría realmente escuchar el cristal de las copas rompiéndose. Los segundos se le hicieron eternos, al punto de comenzar a creer que todo había sido parte de su imaginación, como le pasaba a Jack Torrance en The Shining. Pero no era así, el sonido del cristal quebrándose fue fuerte y claro cuando todo ocurrió, un par de minutos después.

Las piernas de Ash se movieron con voluntad propia fuera de los baños para caballeros y tal como Eiji le dijo, se dirigió sin voltear hacia la barra donde en apenas un susurro anunció que se dirigiría al almacén y tomó las llaves. Nadie pareció sospechar nada. Ni siquiera parecía que le estuvieran prestando atención, todos se encontraba con los ojos en el accidente que el japonés había causado y susurraban sobre ello como si fuera inaudito. Tal vez lo fuera. Los hombres de Golzine no tenían permitido equivocarse, nunca.

El rubio atravesó la puerta del salón y luego el gran pasillo de paredes grises con las rodillas temblándole un poco. Había pasado demasiado tiempo encerrado y ahora todo su cuerpo anhelaba un poco de libertad. Una vez que estuvieran lejos de allí, le diría a Eiji que le quería, tenía que decirle que le quería y que ahora le quería mucho más. Que le agradecería eternamente lo que había hecho por él. Todo probablemente a causa de la euforia del momento.

El camino hasta el almacén era de menos de dos minutos que para Ash fueron eternos. El pasillo parecía alargarse cada vez más y más y sus piernas se sentían algo débiles, probablemente porqué no había estado comiendo correctamente, o porqué estaba demasiado nervioso. Finalmente llegó a la puerta del almacén, la abrió con la llave y la atravesó, pero junto con el ruido metálico de la puerta, a su espalda se escucharon un par de disparos que le helaron la sangre.

Ash se paralizó por un segundo, pero al instante siguiente su cuerpo ya estaba listo para volver al salón. Sin embargo, fue detenido por un par de brazos que lo sujetaron con fuerza y lo arrastraron a través de otra puerta hacia la parte trasera del edificio. No obstante, los hombres de Shorter y algunos de sus amigos, aún enfundados en los uniformes de la seguridad privada de Dino, se dirigieron en dirección a los disparos, listos para actuar.

—¡Eiji! —gritó hasta que su garganta no pudo más.

Los disparos en el interior eran cada vez más.

—¡Es suficiente Ash! —le dijo Shorter. ¿O era Blanca? No lo sabía—. No lo arruines.

Pero Ash no estaba escuchando. Se sentía tan miserable, tan culpable. Nunca debió pensar que podría ser libre. Debió sacar a Eiji de allí en el instante en que lo vio. Si algo malo le había ocurrido, estaba seguro de que no podría soportarlo.

Dos pares de manos lo empujaron dentro de un automóvil desconocido. Por la ventana, vio la puerta trasera del edificio abrirse una vez más. Algunos de sus chicos volvían. Uno de ellos llevaba en la espalda el cuerpo inmóvil de un hombre enfundado en un traje blanco con una enorme mancha roja en la espalda, alguien que no podía ser más que Eiji. Estaba herido y todo era su culpa.

Su auto arrancó y los perdió de vista.

—Por favor, déjame ir con él —imploró como nunca en su vida había implorado—. Por favor.

—Cuando estemos en un lugar seguro podrás verlo.

—¡Podría estar muriendo ahora mismo! ¡Quiero verlo ya! —Sus ojos estaban llenos de amargas lágrimas y su voz se quebraba a cada palabra. Eiji volvía a hacerle sentir vivo, pero esta vez las emociones que le quemaban el pecho eran oscuras y agrias.

Nadie respondió a sus demandas. Shorter y Sing lo mantuvieron en su lugar y Blanca condujo lo más rápido que pudo mientras las sirenas de las patrullas arribaban al club Heaven.