Todo era oscuridad. No había otra manera de describirlo. Se encontraba en medio de una oscuridad tan profunda que ni siquiera podía ver la punta de su propia nariz. Esa oscuridad lo envolvía por completo, convirtiéndolo en nada. En ese instante no era un hombre, mucho menos humano y la única señal de que aún estaba vivo era el insistente ardor en alguna zona en medio de aquello que delimitaba su existencia.
¿Quién era? ¿dónde estaba? ¿qué había ocurrido? Todas esas preguntas flotaban junto con él en el extenso espacio de inmensa negrura. De alguna manera él sabía que conocía las respuestas, pero no podía recordarlas y se sentía tan frustrado.
«¿Quién soy? ¿dónde estoy? ¿qué ocurrió?» Se volvió a preguntar y nuevamente ninguna respuesta llegó a su memoria.
—Eiji, puedes escucharme, ¿verdad? —dijo una voz a lo lejos, rebotando por todas partes como un eco. Sonaba débil y un poco insegura.
Era una voz suave y gentil. Como el canto de un ángel al amanecer. Brillaba en tonos dorados en medio del abismo y lentamente tomabala forma de una esfera de luz que lo iluminaba todo y consiguió cegarlo momentáneamente. La oscuridad retrocedía ante la presencia de esa voz y le calentaba, volviéndolo humano nuevamente. O algo similar. ¿Había muerto?
Eiji, así le había llamado el ángel. Aquel era su nombre, ¿cómo lo sabía? ¿Sé conocían? Tal vez. Para él la voz era demasiado familiar.
—Me han dicho que puedes. Realmente espero que puedas y que esta no sea una broma vergonzosa que me esté dejando en ridículo.
Sí, ahora estaba seguro. Él conocía esa voz. Se trataba de Aslan Callenreese. Piel blanca y cabello rubio platinado. Tenía los ojos más bonitos que hubiera visto nunca. Verdes como un jade y tan brillantes como una noche estrellada.
Como si de un interruptor se tratara, aquellas palabras terminaron de encender la esfera dorada cuya luz le permitió a Eiji mirarse a sí mismo en medio de la brillante nada. Pudo ver sus pies descalzos y las palmas de sus manos. La punta de su nariz y las oscuras pestañas sobre sus ojos entrecerrados. Comenzó a sentir el palpitar de su corazón y el correr de su sangre por su cuerpo. Un insistente dolor punzante se instaló en su hombro derecho, incrementándose a cada segundo. Su piel se erizó y su boca comenzó a sentirse seca. Quería responderle, decirle que podía escucharlo, pero su voz había desaparecido.
—Lo lamento, Eiji. Todo ha sido culpa mía.
¿Por qué Ash sonaba tan triste? Eiji no lo sabía, pero lo odiaba. Le rompía el corazón escucharlo así.
—Por favor, no mueras. No me dejes.
¿Morir? ¿De que estaba hablando? Ah... ahora podía recordarlo. Le habían disparado. ¿Había sido tan grave? Lo último que recordaba era haber dejado caer un montón de copas de cristal. ¿Cómo había comenzado el tiroteo? Suponía que había sido descubierto en medio de su misión. Ash se había equivocado, no era una película de James Bond. O tal vez lo era y él no tenía otro papel más que el de un extra.
—Tienes que recuperarte. Dijiste que te quedarías a mi lado, onii-chan.
Por mucho tiempo, Eiji se había preguntado por qué Ash insistía en llamarlo de esa forma y ahora, de repente lo entendía. Llamarlo así lo convertía en un miembro de su familia. Lo convertía en su hermano mayor. En alguien en quien apoyarse, en alguien en quien confiar. Era un honor. Era más de lo que había aspirado y se sentía tan feliz. Él sería todo lo que Ash necesitara para ser feliz. Cualquier cosa.
De repente, el pelinegro sintió un cosquilleo en su mano y la cálida sensación de tacto también. ¿Aslan la sujetaba? ¿O tal vez la acariciaba? Debía estar muy preocupado.
El japonés realmente quería disculparse por hacerle sentir así. Se sentía tan culpable por su imprudencia, después de todo, había sido él quien había insistido en ir personalmente por Ash pese a las negativas bien fundamentadas de Shorter sobre su nula experiencia en espionaje y el manejo de armas de fuego. A él no le importó demasiado, tampoco estaba asustado, en todo lo que pudo pensar fue en rescatar a su mejor amigo.
—Blanca dice que vas a recuperarte, pero estoy tan asustado de que no sea así. Sé que me odiarías si te dijera que pienso que eres muy frágil, pero tu cuerpo no está acostumbrado a este tipo de cosas y no tendría porqué estarlo. Este no era tu mundo, Eiji. No lo era.
El ojinegro sintió algo cálido y húmedo caer sobre su mejilla. Su corazón se encogió y la tristeza volvió a mancharlo todo de negro. Eiji luchaba por decir algo, cualquier cosa que pudiera aliviar el dolor de ese chico que tanto quería. «No es tu culpa, no llores por favor».
No se suponía que las cosas fueran así. Se suponía que Ash sería libre y lo festejarían. Se suponía que los problemas terminarían. Se suponía que Eiji cumpliría la promesa de proteger a ese pobre muchacho que no había vivido más que desgracias y en cambio lo había hecho llorar. Él también lo había hecho llorar.
—Despierta, rápido. Por favor. Extraño demasiado el sabor de esos horribles sándwiches que solías preparar. No los he probado en semanas, ¿sabes? ¿No te preocupa que me muera de hambre?
Eiji sonrió y un par de lágrimas escurrieron por su rostro. Aun después de tanto tiempo seguía sorprendiéndole la forma tan positiva en que Ash solía lidiar con los problemas. Era admirable, pero también muy triste que estuviera tan acostumbrado al dolor.
Al despertar, tendría que recordarse agradecerle correctamente por su preocupación. No quería sentirse demasiado importante para él, pero dada la situación era inevitable. ¿Qué se suponía que pensara si Ash lloraba por él y le hablaba tan dulcemente? Los americanos eran muy extraños. Eiji casi podría comenzar a pensar que Ash sentía algo más por él. Una tontería. Era imposible. Sólo se trataba del reflejo de sus propios deseos ocultos queriendo convencerlo de lo contrario. Ash era su mejor amigo y manchar eso con otra cosa sería sacrilegio. Él no lo traicionaría. Se quedaría a su lado y lo apoyaría hasta no lo necesitara más. Hasta que encontrara a alguien que pudiera hacerlo verdaderamente feliz.
Tenía que apurarse a despertar. Sólo que no tenía idea de cómo hacerlo.
Ash se quedó a su lado en silencio. Sujetaba su mano y a veces la acariciaba. Eiji lo conocía lo suficientemente bien como para saber que había algo más que quería decirle pero aún no tomaba el valor para hacerlo. Debía ser algo importante. El rubio estaba buscando las palabras correctas y por suerte, tenía bastante tiempo para hacerlo.
Una nueva punzada de dolor se extendió por todo el lado derecho de su cuerpo pero ningún quejido salió de su boca. Comenzaba a sentirse más consciente de la herida de bala y del ardor infernal que le causaba. No era como ningún dolor que hubiera sentido antes. ¿Estaba recobrando la consciencia? Si ese era el caso realmente no quería. Dolía mucho. ¿Estaría en el hospital? Lo dudaba, no era seguro. Le había declarado la guerra a un mafioso de primer nivel quien seguramente ya estaría detrás de su cabeza.
Sin embargo, de alguna manera la voz de Ash volvió a abrirse paso hasta él en medio del dolor, aunque era un poco confusa. ¿Cuánto tiempo había permanecido en silencio junto a él? ¿minutos, horas? Eiji no lo sabía.
—Eiji, escucha atentamente porque no voy a repetirlo. —¿Escuchar? ¿No podía esperar? Realmente estaba sufriendo en ese instante y no podía pensar con claridad—. Cuando te conocí supe que no me traerías más que problemas. Eras demasiado inocente para esta asquerosa cuidad y tan confiado que nunca preguntaste nada sobre mi trabajo. Debo admitir que sentía un poco de envidia, pero también fascinación.
Eiji no estaba entendiendo nada. El rubio sonaba extraño. No recordaba haberlo escuchado hablar así nunca.
»Me estoy enrollando demasiado. Estoy nervioso, lo siento. —¿Ash Lynx nervioso? ¿Había muerto? ¿se podía sentir esa clase de dolor después de la muerte? ¿El corazón de un muerto podía latir así de rápido?
—Lo que quiero decir es que estoy muy agradecido por todo el tiempo que dedicaste a hacerme sentir cómodo. Por todas las tardes que salimos a pasear y todas las comidas que compartiste conmigo. Fue el mejor año de mi vida y aunque sé que lo hiciste únicamente porque no eres capaz de ignorar a una persona en problemas y que tus intenciones no eran tan sucias como las mías, Eiji, tengo que decirlo, estoy enamorado de ti. Te quiero tanto que duele. —Definitivamente había muerto y había ido al cielo. O tal vez estaba delirando. No había manera de que Ash estuviera diciendo eso—. Por eso, por favor, tienes que despertar. No me perdonaré jamás si algo malo te ocurre. No podré vivir con eso. Me encargaré de que vuelvas a salvo a Japón y acabaré con cualquiera que amenace con hacerte daño. No tendrás que preocuparte por nada más.
Ash tomó aire. Había hablado tan rápido y tan desesperadamente y cada una de sus palabras había hecho a Eiji más consiente del dolor y de su alrededor. Estaba acostado y hacía bastante calor. Había ruido de automóviles a la lejanía y la herida en su hombro le hacía sentir cada vez peor.
Estaba luchando con todas sus fuerzas para despertar y asegurarse de que esas palabras eran reales. Pero fue imposible. El dolor en su cuerpo se volvió insoportable, el tacto del rubio desapareció y su voz se desvaneció hasta que la oscuridad lo invadió nuevamente y perdió el conocimiento.
