—¡Ash, por aquí! —exclamó Shorter desde del asiento del conductor de un automóvil compacto bastante viejo.
El rubio, con el rostro lleno de tierra y sudor, acomodó el cuerpo de Eiji sobre su espalda. El estridente sonido de las balas chocando contra la pared del pasillo a su izquierda elevaba el nivel de adrenalina y hacía que su cabeza trabajara a toda velocidad. Tenía que salir de allí lo antes posible, pero con el peso extra del inconsciente japonés sobre su cuerpo era casi imposible que llegaran al automóvil sin un rasguño y arriesgar al pelinegro —que ya de por si estaba en una situación delicada— no era una opción.
Tenía que pensar. Tal vez, si encaraba a los matones de Dino y les plantaba una bala en la cabeza a cada uno podría ganar tiempo suficiente para que Sing recogiera a Eiji y se largaran de allí mientras él servía de distracción, pero después de que todos arriesgaran su vida por sacarlo del burdel de Golzine parecía una tontería simplemente sacrificarse, así que tendría que ser algo más.
Los brazos de Eiji rodeaban su cuerpo sin sujetarse realmente a él y su cabeza de cabellos negros se recargaba sobre uno de sus brazos, tapando la visión de la periferia izquierda del Lince. Los balazos se escuchaban cada vez más cerca, así como los pasos de sus agresores. Ash sujetó con toda la fuerza de su brazo derecho el peso del japonés y con la izquierda sujetó su revólver. No era tan bueno disparando con esa mano, pero prefería estar seguro de que Eiji no caería.
Las fuertes pisadas se acercaron cada vez más y Ash no dudó en saltar por la ventana desde el segundo piso. La caída fue dura y la lluvia de balas no tardó en llegar, pero la cobertura de sus chicos logró salvarle la vida. Una vez fuera, se puso de pie y comenzó a correr hasta el vehículo sin importarle el dolor en sus piernas. Una bala rozó el brazo con el que sujetaba al pelinegro pero sus dedos no flaquearon ni un poco, ni siquiera cuando Sing abrió la puerta trasera del coche y Ash se arrojó dentro, todo con Eiji aún en su espalda.
—¡Nos vamos! —ordenó el ojiverde a todos sus chicos y Shorter arrancó el auto a gran velocidad, haciendo que las llantas rechinaran y se quemaran un poco.
Suavemente, el rubio recostó al pelinegro en el asiento, teniendo especial cuidado con la herida en su hombro y luego se asomó por la ventanilla para comenzar a disparar a los hombres que aún arremetían contra ellos desde los edificios, hasta que los perdió de vista.
—¿Vienen tras nosotros? —preguntó Sing.
—No creo. Sus autos estaban del otro lado del edificio —respondió Ash—. ¿Puedes ir más rápido?
—Sé que te urge ponerte a salvo —respondió Shorter mirando por un segundo a través del retrovisor como el rubio tocaba suavemente la frente del japonés con el ceño fruncido—, pero no seas imprudente.
—La fiebre regresó. Necesitamos extraer la bala de inmediato. —La angustia en su voz era palpable, pero Shorter y Sing comenzaban a acostumbrarse a verlo actuar así por el chico japonés.
—Blanca está consiguiendo todo lo que necesitamos —le recordó el chico con el mohicano.
—Lo que no entiendo es cómo nos encontraron —dijo el menor de todos, claramente tenso.
—Hay una rata entre nosotros —respondió Ash con semblante serio. No era coincidencia que los hubieran encontrado por segunda vez y que los hubieran acorralado. Alguien estaba informando a Golzine sobre sus movimientos y su ubicación y Aslan creía saber de quien se trataba.
Shorter dio vuelta en la esquina y se dirigió lo más rápido que pudo por la avenida principal. El resto de los chicos les seguían de cerca, esperando nuevas órdenes, pero no parecía que el ojiverde fuera a decir algo pronto, por lo que lo único que pudieron hacer fue conducir lo más lejos posible.
Fue cuando estuvieron a punto de salir de New York que Ash finalmente habló.
—Detén el auto —dijo y Shorter obedeció—. Es demasiado obvio que uno de los suyos está filtrando información.
—¡¿Cómo te atreves...?!
—Silencio, Sing —le interrumpió Wong—. Ash tiene razón. Sus amigos más cercanos están en esto y ninguno de ellos le traicionaría. Tiene que ser uno de los nuestros, alguien que no está muy contento con que lo ayudemos. ¿Y bien, qué vamos a hacer? ¿Arriésganos y localizar a la rata?
—Creo que debemos separarnos.
—¿Planeas enfrentarte a Golzine tú solo? —preguntó Sing con indignación.
—No tiene caso seguir arrastrándolos conmigo a esto —le respondió.
—No voy a dejarte solo, eres mi mejor amigo —rebatió Shorter.
—Chinatown es un lugar seguro. Golzine no va a arriesgarse a meterse en el territorio de los Lee.
—¿Acaso escuchaste lo que dije? —intervino Wong ahora un poco irritado.
—Escucha, Shorter. Realmente necesito que vuelvas, lleves a mis chicos contigo y les proporciones un lugar seguro. Alex va a obedecerte sin parpadear, eso lo sabes.
El americano y el chino intercambiaron miradas por largos segundos. Era obvio el descontento de Shorter al quedar fuera de todo, pero en el fondo parecía entender las razones del Lince.
—De acuerdo —respondió finalmente el chico del mohicano—. Baja del auto Sing.
El menor los miró a ambos con resentimiento. Ash sabía que el chiquillo estaba al tanto de que estaba siendo excluido de las decisiones importantes, pero no podía culparlos, no cuando su hermano era el principal sospechoso como traidor por su comportamiento tan hostil hacia el rubio.
Después de unos segundos, Sing abrió la puerta del auto y salió de él con expresión enojada. El Lince lo vio caminar hasta los autos que estaban estacionados detrás de ellos. Algunos de los chicos se acercaron a preguntar que ocurría, pero él ni siquiera abrió la boca. Era confiable, Ash lo sabía, era una lástima tener que excluirlo.
—Cuando vuelvas a Chinatown necesito que averigües que estaba haciendo Yut-Lung Lee en la universidad de Eiji haciéndose pasar por un estudiante becado de danza.
—¿Crees que traicionó a su familia y ahora trabaja para Golzine?
—No lo sé. Pero en cuanto mencionaste que Eiji dijo que era su compañero de habitación supe que algo estaba mal. Mientras estuve cautivo, el viejo me dijo que tenía a alguien vigilándolo e incluso me mostró algunas fotografías de Eiji durmiendo en su habitación que debió tomar él. Sin embargo, dudo que su misión principal fuera atormentarlo. Lee estaba allí por algo más —informó con seguridad.
»Tal vez Eiji sepa algo. No hablamos mucho sobre el tema, pero sé que Yut se confió lo suficiente como para darle su nombre verdadero y no el falso con el que estaba registrado en la universidad —le dijo, hilando la información que tenía hasta ahora—. Eiji es extranjero, no sabe nada sobre la familia Lee. Yut debió pensar que no suponía peligro. Sea como sea necesito esa información.
—¿Por qué? ¿Planeas meterte en una pelea entre mafias?
—Algo así. Si logramos probar que Yut estaba trabajando a espalda de sus hermanos, aliándose con un rival, podemos usar esa información para chantajearlo y pedirle un par de favores.
—¿Un par de favores?
—Protección y un pasaporte falso para Eiji. Necesita volver a Japón sin ser detectado.
—Nada se te escapa. De acuerdo. Haré lo que pueda. ¿Vas a decirme dónde te vas a esconder?
—No. Y no por mi seguridad, sino por la tuya.
—Lo imaginé —Shorter miró a Eiji cuyo rostro se fruncía en dolor. Parecía estar sufriendo—. Entiendo porqué te has encariñado con él —dijo entonces—. Es un buen chico. Fue llorando por todas partes en busca de ayuda para salvarte. Incluso puso su vida en riesgo por ti.
—El probablemente no lo hubiera hecho si supiera quien soy en realidad.
—El sabe que te obligaban a prostituirte.
—Pero no sabe que me obligaban a asesinar a esos clientes para quitarlos del camino de Golzine.
—Él se preocupa genuinamente por ti y nada va a cambiar ese hecho. Sin embargo, deberías decírselo pronto. Eiji es inocente, pero no idiota y sospecha que las cosas van más allá.
—Estoy asustado —confesó y Shorter se quedó sin palabras.
En todos los años que llevaba conociendo a Ash Lynx, desde que se encontraron por casualidad en el reformatorio para menores, Shorter jamás le había visto hacer una expresión como esa, jamás le había escuchado decir algo similar. Ash se lanzaba al peligro sin parpadear una y otra y otra vez. Él era así y todos en la calle le respetaban por eso. Incluso Golzine lo sabía, por eso le dejaba vagar por New York y hacerse con sus propios aliados, aunque eso significase que podría enfrentarlo algún día.
Sin embargo, ahora era obvio que las personas a las que quería eran su punto débil. Primero su hermano y ahora ese chico que había llegado por accidente a aquel callejón donde Ash había estado esperando la llegada de un Congresista importante al que le habían ordenado eliminar. ¿O tal vez había sido el destino? Probablemente. Nada más podía explicar la conexión tan íntima entre esos dos. Ash incluso se había dejado capturar para mantener al japonés a salvo y la mirada que tenía siempre que hablaba de él confirmaba muchas cosas.
Shorter lo había sabido desde el principio, por eso les había advertido a ambos lo peligroso que era seguir frecuentándose y ninguno había querido escuchar.
—Sabes que Golzine va a utilizar a Eiji para destruirte, ¿verdad? Ya ha comenzado.
—No voy a dejar que le haga daño. Voy a sacarlo de aquí antes de que pueda tocarlo de nuevo.
—¿Y luego qué?
—Luego nada.
—¿Nada? ¿Vas a dejar que se marche así nada más? ¿No vas a decirle lo que sientes?
—No. —Aslan ni siquiera parecía sorprendido de que él supiera sobre sus sentimientos.
—¿Por qué?
—Porqué si lo hiciera, estaría condenándolo.
El rostro del rubio estaba lleno de aflicción y tristeza. Era obvio para Wong que no estaba hablando a la ligera. Tal vez él estaba siendo demasiado romántico. El ojiverde tenía razón, los chicos como ellos morían jóvenes y no tenían un final feliz.
Eiji, en cambio, lucía como el tipo de muchacho que llevaba una vida tranquila y normal, lejos de tiroteos o rodeado de pandilleros y siendo perseguido por la mafia. Era fácil visualizar al japonés yendo a la universidad, sacando buenas notas y sonriendo cálidamente, no retorciéndose de dolor y con una fiebre del demonio en el asiento trasero de automóvil robado.
—No mueras —fue todo lo que le dijo a su mejor amigo antes de bajar del automóvil y comenzar a dar órdenes a sus chicos, incluyendo a Sing que no dejaba de ver a Ash a través de la ventana.
Alex se acercó al rubio minutos después con una expresión preocupada, eran amigos al fin y al cabo y Ash no había tenido la delicadeza de explicarle lo que estaba ocurriendo ni lo que pasaba por su cabeza. Sabía que era egoísta, pero en todo lo que podía pensar era la seguridad de Eiji y lo demás era secundario.
—Shorter va a cuidar de ustedes, así que hagan todo lo que les pida —le dijo acomodando a Eiji en el asiento trasero y colocándose en el lugar del conductor—. Es muy peligroso que anden por allí solos, así que no lo hagan.
—¿Tú vas a estar bien?
—Volveré cuando encuentre un lugar seguro para Eiji. Por el momento todo lo que te pido es que mantengas a los chicos a salvo. Tengan cuidado con la rata entre los hombres de Shorter.
Ash vio en sus ojos los millones de preguntas que Alex quería hacerle pero que se guardó por respeto a su amistad. El castaño simplemente asintió y el rubio agradeció infinitamente que no le hiciera perder más el tiempo. Qué confiara en él lo suficiente como para obedecer sin hacer preguntas. Tal vez después, cuando todo estuviera más tranquilo, les diría a todos la verdad.
Qué se había enamorado de un hermoso extranjero que le había dado todo lo que siempre había deseado: una sonrisa sincera y cariño incondicional y que él lo había echado todo a perder.
Ash encendió el automóvil y se incorporó a la carretera, sus ojos firmes en el camino. La pequeña herida en su brazo comenzaba a arder, pero no tenía tiempo para para pensar en ello. El único lugar que podía ir en ese momento era su casa en Massachusetts. Nadie sabía de ella, ni siquiera Shorter. Era segura pero el viaje sería largo y además tendría que hacer una parada para hacerse con otro automóvil. Estaba seguro de que los hombres de Dino ya tenían identificados todos sus vehículos y era mejor no arriesgarse.
El Lince tomó la ruta 95 y condujo hasta que el sol salió en el horizonte. De vez en cuando, Ash dirigía su mirada al retrovisor sólo para encontrarse con la agonizante figura de Eiji cuya fiebre parecía no haber descendido nada.
¿Estaría alucinando? Probablemente. La fiebre alta solía causar ese tipo de reacciones. ¿Sentiría dolor? Eso era seguro. La bala no había atravesado por completo su hombro y aún estaba incrustada dentro de él. Sumando todo eso a la constante cacería de Dino, se podía decir que Eiji no había descansado de la manera correcta y su herida no estaba sanando en absoluto.
Una vez en Warwick, Massachusetts, Ash se deshizo del automóvil, cambiándolo por un Renault 5 mucho más nuevo y en mejores condiciones en uno de esos tantos lugares donde ni siquiera necesitabas papeles para hacerlo. El hombre que se lo cambió no preguntó siquiera por el inconsciente Eiji o la mancha de sangre en su ropa. Simplemente aceptó el coche viejo y la diferencia en efectivo y le dejó marchar sin más.
Para asegurarse de que nadie le estuviera siguiendo, Ash dio un par de vueltas por el pueblo y se detuvo para cambiar el vendaje de Eiji hasta que finalmente se encaminó sobre la ruta 195 que le dejaría directamente en su destino final; Cape Code. El lugar donde había nacido y había vivido hasta que su hermano se lo llevó a New York después de que el entrenador de la liga infantil de béisbol del pueblo abusara sexualmente de él y su propio padre no lo hubiese defendido. Odiaba ese lugar y deseaba no tener que volver a él nunca más. Pero lo haría, por Eiji.
Estacionó el automóvil justo frente a la pequeña casa de fachada azul que tantos malos recuerdos le traía y bajó de él. El lugar lucía igual que cuando lo había dejado. Sus interminables colinas verdes, las casas tan lejanas una de la otra, sus campos de trigo y maíz y la insoportable brisa que le daba una muy falsa sensación de paz y tranquilidad.
El sonido de una escopeta siendo recargada se escuchó a su espalda.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó la inolvidable voz de su padre.
—No te metas en mi camino. Dame las malditas llaves y no te vuelvas a aparecer por aquí —le respondió abriendo la puerta trasera del auto y cargando a Eiji entre sus brazos. Era ligero como una pluma y su tamaño era de gran ayuda.
—¿Quién es? —volvió a preguntar el hombre de manera hostil.
Ash, comenzando a perder la paciencia, se giró para encarar a su padre. Se había vuelto mucho más viejo y gordo. Aún se asemejaba un poco a su fallecido hermano, aunque no tanto. Parecía que su carácter de mierda seguía allí, intacto, la diferencia era que ahora Aslan había dejado de ser un niño llorón y asustadizo y podía plantarle la cara sin problemas.
Así que lo hizo. De su cinturón sacó su revolver y le apuntó directamente entre los ojos.
—Te dije que te limitaras a darme las malditas llaves y nos dejaras en paz. Este no es asunto tuyo.
Por un segundo, el rubio realmente creyó que tendría que disparar un par de veces cerca de su cara para asustarlo, pero antes de que pudiera hacerlo, el hombre ya le había arrojado las llaves y él había dejado caer el arma para atraparlas en el aire y así, sin más, se marchó por donde había llegado. Se fue sin preguntarle por Griffin, ni por el tipo de vida que habían llevado desde que se marcharon. Se fue dándole la espalada como siempre había hecho.
Un quejido saliendo de la boca de Eiji le hizo poner los pies sobre la tierra nuevamente. Le dijo que todo estaría bien y lo llevó dentro de la casa, más precisamente hasta su habitación. Ash no se detuvo a ver el interior de la casa ni si algo había cambiado. Se limitó a recostar al japonés sobre la aún tendida cama y a quitarle la camiseta para revisar la herida.
Sabía que en el baño había un botiquín con todo lo necesario para volver a limpiar la herida y vendarla. Con suerte también habría algo para la fiebre y el dolor, pero tendría que esperar a contactar con Blanca quien, se suponía, estaba consiguiendo de manera ilegal lo necesario para extraer la bala y los jodidos analgésicos.
—Vas a estar bien, ¿de acuerdo? Aquí nadie va a encontrarnos —le dijo al ojinegro y salió en dirección al baño donde obtuvo el botiquín y volvió de inmediato.
Eiji lucía pálido y sudoroso. Durante su escape había perdido algo de sangre. Ash había intentado detenerla cortando la circulación del hombro, pero parecía que no había sido suficiente. Un poco desesperado, el ojiverde comenzó a limpiar la herida con alcohol que, aunque no la cauterizaría por completo, si sería de ayuda. Finalmente vendó el hombro del japonés, ajustando fuertemente las vendas y volvió a recostarlo sobre la cama. Si Eiji sintió dolor o no, no lo supo, ningún sonido salió de su boca, simplemente se quedó allí, como un frágil muñeco de porcelana.
El lince se levantó de la cama y bajó las escaleras rumbo a la cocina para buscar algo donde poner agua y un trozo limpio de tela. Cuando se hizo de ambos objetos volvió a la habitación y se encargó de la fiebre de Eiji aplicando fomentos de agua sobre su frente incluso mucho después de que sus dedos sus dedos se volvieran arrugados. Parecía que funcionaba, Eiji lucía cada vez menos atribulado, pero aún debían cerrar correctamente la herida.
—Lo siento —se disculpó una vez más, como llevaba haciendo los últimos dos días—. Lamento haberte metido en esto. Lamento no poder llevarte a un hospital. Lamento haberme ido a encontrar contigo a Brooklyn aun cuando sabía que esto podía pasar.
Como era lógico, Eiji no respondió, pero para Ash ya era una costumbre hablarle incluso en ese estado. Le gustaba creer que Eiji podía escucharle y se sentía menos solo, pero tal vez sólo fuera su propio deseo de no sentirse abandonado reflejándose en él.
Estaba realmente perdido. Era la primera vez en su vida que le tocaba simplemente esperar y no entrar en acción. Estaba acostumbrado a ir acelerado, a disparar el gatillo y correr, pero en ese instante, estando todo tan tranquilo, su cerebro aprovechaba para atormentarle y culparle de todo, como si él no lo supiera.
La ansiedad se incrementó con el pasar de las horas. Blanca dijo que no tardaría, pero Eiji ya llevaba agonizando días enteros y él estaba perdiendo la paciencia. Ni siquiera tenía una intravenosa para alimentarlo y su apariencia era cada vez más grisácea y apagada. Casi como si estuviera muriendo.
Ya había anochecido cuando un horrible grito le despertó. ¿En que momento se había quedado dormido? Tal vez, más que quedarse dormido había perdido la conciencia. Hacía dos días, desde que los habían empezado a perseguir, que no comía ni dormía correctamente. Estaba tan ansioso que todo lo que entraba por su boca duraba en su estómago menos de cinco minutos por el temor de ser tomados por sorpresa y sus guardias nocturnas le habían privado del sueño. Lo que en parte no había estado mal, si tomaba en cuanta que gracias a eso habían podido escapar de los hombres de Golzine.
Alertado por el grito, pero aún medio dormido, Ash buscó desesperadamente su revólver en sus pantalones. No podía ver nada en medio de la oscuridad, pero sus instintos le decían que había alguien más allí, así que apuntó a ciegas, hasta que sus ojos lentamente se adecuaron a la penumbra.
—¿Estás despierto? —¿Era Blanca?—. Ayúdame a sujetarlo.
Ash no tardó en comprender que estaba hablando de Eiji y dejó las preguntas para después. Con el cuerpo entumecido se enderezó sobre la cama y se acercó hasta el japonés cuya respiración agitada se escuchaba por toda la habitación. Estaba sufriendo y Ash sufría con él.
—¿Qué le haces? ¿Por qué le duele tanto? —preguntó con aflicción.
—Los analgésicos que logré conseguir no fueron suficientes y tengo que extraer la bala. ¿Ash me estás escuchando?
—Sí, sí —respondió, pero no era del todo verdad. Sus oídos se sentían como si estuviera debajo del agua.
—¿Tienes alguna bebida fuerte que podamos darle? Dolerá menos de esa forma.
Sin responder, Ash fue en busca de las botellas que su padre solía guardar con llave en el salón principal. Por suerte aún estaban allí y el contenido de una de ellas sería suficiente para que Eiji pudiera beberlo. Como no tenía la llave del anaquel, simplemente se limitó a golpear el cristal con el puño sin detenerse a pensar en que probablemente saldría herido y con la mano sangrante tomó la botella de Ginebra y volvió a gran velocidad.
Blanca no cuestionó nada, simplemente tomó la cabeza del semiconsciente Eiji y le hizo beber más de media botella. El cambio en la actitud del japonés fue inmediata. Tal como Ash había sospechado desde siempre, Eiji no era del tipo que tolerara el alcohol y en ese instante era una buena noticia porque significaba que Blanca podría atenderlo.
El ruso alumbró la herida con ayuda de una pequeña lámpara y usando un escalpelo y unas pinzas se hizo minuciosamente cargo de la bala. La herida fue limpiada de nuevo, esta vez con artículos médicos realmente especializados para el tipo de herida, luego fue cerrada y vendada. Ash no estaba seguro de cuanto había durado la tortura. La sangre de Eiji lo manchaba todo, hasta su alma y el sonido de su piel siendo abierta retumbó incluso cuando Blanca terminó y le dijo:
—Conseguí estos analgésicos, asegúrate de que los tome correctamente. Este fresco contiene antibiótico y ayudará con la fiebre. Traje muchas más vendas, asegúrate de cambiarlas diario o tendremos que volver a abrir la herida si se infecta. Ya le he colocado la intravenosa así que no tardará en comenzar a recuperarse.
La cabeza de Ash estaba echa un lio. Sabía que debía sentirse aliviado, pero la sangre de Eiji empapando sus manos no era de mucha ayuda. Todo lo que pudo preguntar a Sergei fue:
—¿Cómo nos encontraste?
—Me hablaste de este lugar una vez. No has comida nada, ¿cierto? Y doy por hecho que tampoco has dormido. Te prepararé algo y luego te vas a la cama.
—Tuvo la bala incrustada por días.
—Aslan, sé que estás preocupado, pero si quieres protegerlo debes cuidar de ti. Confía en mí, sé cómo tratar con este tipo de heridas.
—¿Por qué estás ayudándome? Antes no te importó largarte y dejarme a merced del viejo.
El ruso no respondió de inmediato. Tal vez Ash estaba demasiado cansado, pero en sus ojos pudo ver algo similar a la culpa.
—Me dijeron que tenías algo importante que proteger. Quería verlo con mis propios ojos.
—Ya lo has visto. Ahora puedes volver tranquilamente al caribe.
—¿Qué planeas de ahora en adelante? Sabes que quedarte junto al chico puede ser peligroso.
—Lo sé, no soy idiota. Voy a mandarlo de vuelta a Japón en cuanto haya sanado.
—¿Y no querrás ir tras él?
—No mientras Dino aún esté interesado en mí.
—Eres demasiado valioso para él. Te educó y te entrenó durante años para convertirte en lo que eres. Sabes más sobre él que cualquiera de sus hombres. No va a dejarte ir con vida.
Ash frunció el ceño y abrió la boca para replicar que lo sabía, que estaba consiente de toda esa mierda. Pero al mirar los ojos de Blanca lo comprendió. Supo qué era lo que tenía que hacer.
Sí, él tenía que morir.
