El sol golpeó directamente en sus ojos, despertándolo suavemente. Sus delicados rayos acariciando sus mejillas y volviéndolo a la vida. El contraste entre su fría piel y el cálido clima era la gloria y aunque realmente hubiera deseado quedarse recostado así por más tiempo, sabía que era imposible, que era hora de levantarse.
El primer movimiento le costó la vida entera. Su cuerpo estaba tan entumecido que no podía sentir por completo sus extremidades y ordenarles que se movieran parecía una tarea imposible. Comenzó con algo sencillo, sus dedos de los pies. Los flexionó y los estiró todo lo que pudo hasta que comenzó a sentir las piernas. Pensó que si había funcionado con sus extremidades inferiores no tendría problema en mover los dedos de las manos, así que lo hizo, arrepintiéndose de inmediato. No había tenido problema con la mano y el brazo izquierdo, era el derecho el que dolía como el infierno.
De repente, la clara resolución de que le habían disparado y había sobrevivido le llegó como el golpe de un doloroso relámpago, pero contrario a las anécdotas que había escuchado, o las películas que había visto, él no se sentía como un hombre nuevo sino como uno moribundo. ¿Cuánta sangre había perdido? ¿cuánto tiempo había permanecido en ese estado? ¿qlgún día dejaría de doler? No tenía las respuestas, todo lo que sabía era que había sobrevivido y por el momento eso era suficiente. Sin embargo, sí había una pregunta de la que necesitaba una respuesta inmediata: ¿dónde estaba?
Todo a su alrededor era desconocido; el papel tapiz un poco descolorido por el tiempo, los muebles de madera despostillada y llenos de polvo, la enorme ventana con vista a las interminables colinas de un lugar que nunca había visto antes.
¿Había sido capturado? ¿Se había convertido en rehén de Dino Golzine? Eiji miró su propio cuerpo. Dudaba que los tipos malos se hubieran encargado de su herida o que lo tuvieran sin atar, a menos que creyeran que era lo suficientemente inútil como para confiarse. Lo cual no sería tan extraño considerando su patética participación en la fuga de Ash.
El japonés apoyó el antebrazo izquierdo sobre el colchón y lo usó de apoyo para levantarse. La herida de bala escoció, pero Eiji se forzó a sí mismo a no gritar por el dolor. Jamás había sentido algo así y era insoportable. La herida le quemaba como fuego. Era tan profunda.
Tambaleándose, el muchacho salió de la cama, teniendo especial cuidado en no mover el brazo herido. Fue entonces que se dio cuenta de que estaba conectado a una intravenosa con un líquido de dudosa procedencia del que se deshizo al instante. Forzó su débil cuerpo a mover las piernas hasta la puerta, pese a las vueltas que daba su cabeza. Realmente esperaba que estuviera cerrada, pero para su sorpresa, cuando tomó el pomo y la giró, no fue así. La puerta estaba abierta y además, no había ningún guardia en el pasillo. De hecho, ahora que el pelinegro miraba mejor, aquella casa lucía más como una residencia familiar y no como una base de operaciones de la mafia. Era demasiado pintoresca, demasiado cálida.
Ahora un poco más tranquilo y mucho más curioso, Eiji salió del cuarto y se adentró en el pasillo cuyas demás habitaciones estaban bajo llave a excepción del baño que, en apariencia, había sido usado recientemente si el agua en el suelo y el espejo empañado eran alguna señal.
Sin más por investigar en ese piso, el japonés se dirigió hasta las escaleras y las descendió lentamente. No tenía heridas las piernas, pero cada vez que bajaba un peldaño, por alguna razón, la herida del brazo punzaba y escocía como si alguien estuviese poniendo el dedo directamente en ella.
La primera señal de que no estaba solo llegó a mitad de las escaleras. Era el ruido metálico de unas cacerolas desde lo que él creía que era la cocina. Eiji intentó hacer memoria sobre lo que había ocurrido después de haber sido herido, pero todo lo que venía a su mente eran un montón de sueños extraños causados por la fiebre, todos ellos llenos del rostro y la voz de Aslan Caleenresse que le hicieron avergonzarse de sí mismo.
El japonés sintió su rostro arder de vergüenza. No era el momento de sacar a flote el amor secreto que mantenía por su mejor amigo. Había cosas más importantes de las cuales hablar, en las cuales pensar, como en si había tenido éxito y Ash había sido liberado. Si ambos estaban a salvo.
Eiji atravesó el corredor principal. La madera del suelo era cálida y hacía que le cosquilleara la piel desnuda de la planta de los pies. Había floreros vacíos, un anaquel de alcohol roto y un montón de fotografías colgadas en las paredes, mostrando las brillantes sonrisas de unos desconocidos bastante felices y un poco familiares. Había muebles de madera oscura y polvorienta, lámparas de pantallas desgastadas y un poco sucias. Incluso una chimenea con un reloj en la cima cuya hora marcaba el medio día, pero parecía no funcionar.
La puerta de la cocina estaba entreabierta, el pelinegro se percató de ello cuando estuvo lo suficientemente cerca. De ella, salía la cálida luz de lo que Eiji supuso era el sol del exterior que manchaba todo de dorado. Dentro se podía escuchar el chocar de algunos objetos de metal y algunos de cristal. La puerta de la nevera siendo abierta y cerrada, el rechinar del grifo del lavamanos y el leve tintinar de algunos cubiertos sobre la porcelana. También se podía percibir el leve pero apetitoso aroma del tocino y el huevo flotando en el ambiente, haciendo que el estómago del chico gruñera como si no hubiera probado bocado en días. Aunque tal vez fuese así.
Eiji se asomó entonces por la pequeña rendija lo más sigilosamente que le fue posible. Por muy acogedor que luciera todo, aún estaba en un lugar desconocido con un anfitrión sin rostro y ser precavido no estaba de más. Sin embargo, en cuanto sus ojos se acostumbraron a la luz y la escena dentro de la cocina golpeó directamente contra sus ojos, perdió el aliento y su corazón latió tan fuerte que pudo escucharlo.
¿Acaso existía escena más tierna que Ash Lynx intentando hacer un desayuno decente y fallando en el intento?
El ojinegro observó al americano en silencio, realmente conmovido por la forma tan torpe en que parecía pelearse con la estufa hasta que, repentinamente, una especie de recuerdo llegó a su mente. Era algo borroso y extraño, pero allí estaba.
Cuando tocó la superficie de su conciencia, su rostro se encendió en color rojo y la vergüenza le inundó hasta el punto de hacerlo sonreír nervioso. Aquello debió haber sido un sueño más que un recuerdo, porque simplemente era imposible que Ash hubiera dicho algo tan surreal como «te quiero» a él de entre todas las personas. Probablemente había sido una alucinación causada por el dolor y la fiebre... ¿verdad? Fuese como fuese, aquello fue suficiente para hacerle sentir mariposas en el estómago. Patético, pero real.
Eiji no comprendía cómo era posible sentirse tan atraído por una persona. Cómo podía quererle tanto a pesar de haberse prometido no llevar sus sentimientos en esa dirección. Él sabía, estaba consciente de que todo era unilateral, que para Ash era sólo un gran amigo, alguien a quien le confiaría su vida, pero no su corazón y no lo culpaba, su pasado era turbulento y él nunca sería suficiente para sanar esas heridas.
El japonés realmente había creído que con permanecer a su lado sería suficiente, pero cuando lo vio allí, con su cabello brillando con el sol y su rostro lleno de concentración mientras intentaba despegar el huevo de la sartén, supo que no sería así. Su corazón anhelaba algo más y eso, en contraste, le hacía sentir egoísta. Egoísta por desear secretamente imponer sus sentimientos sobre él, justo como todo el mundo hacía.
El pelinegro tomó la puerta con sus manos temblorosas y la empujó suavemente. Las bisagras rechinaron y Ash giró rápidamente en su dirección, con la mano en la cintura, donde Eiji sabía que guardaba el revólver. No le apuntó, pero en la expresión de su rostro se plasmó toda una historia que él no conocía, pero de la que sospechaba. Había determinación, furia. Era como un gato salvaje con las garras de fuera, listo para saltar a su yugular.
—Buenos días —fue todo lo que pudo decir y esas simples palabras le causaron tanto dolor en la herida que casi llora.
—Eiji... —respondió el rubio y su expresión se transformó.
La determinación se desvaneció y la furia también. En cuestión de segundos, Ash se convirtió en una persona completamente diferente. Cuando su mirada se posó en Eiji se volvió tan suave como un biscocho. El gato salvaje ahora era un gatito doméstico. El japonés podía decirlo con sólo mirarlo; la culpa, también el alivio que el rubio estaba sintiendo, pero sobre todo, la felicidad. Estaba realmente feliz de verlo.
El corazón del pelinegro se agitó y comenzó a latir tan fuerte que, por un momento, Eiji realmente temió que Ash lo escuchara aun a esa distancia y descubriera que estaba loco por él. ¿Por qué lo miraba así? No lo entendía, pero debía detenerse si no quería que comenzara a creer que había otro tipo de sentimientos detrás de esa mirada.
—Hola —respondió con una sonrisita nerviosa dibujada en su rostro.
«Vamos Eiji. No eres un adolescente, compórtate».
Ash soltó la espátula que tenía en la mano y la dejó descuidadamente sobre la encimera. Dio un pasó y por un segundo dudó antes de dar el segundo y el tercero. Al instante siguiente y sin que el japonés supiera como, el rubio ya se encontraba sobre él, abrazándolo tan suavemente que apenas lo sintió. Su cuerpo temblaba ligeramente y parecía que realmente luchaba por no estrujarlo. ¿Siempre había olido así de bien? ¿Su piel siempre había sido tan tibiecita? Probablemente sí, pero era la primera vez que Eiji podía sentirlo de esa forma. La primera vez que mantenían contacto físico tan íntimo. Un simple abrazo que apenas lo era y ya estaba perdiendo la cabeza.
—Gracias, Dios —escuchó que el ojiverde susurraba—. Gracias, gracias.
El rubor del pelinegro se incrementó en un doscientos porciento cuando los dedos pálidos y delgados del americano se enredaron en su cabello negro y lo acariciaron, lanzando una descarga eléctrica que recorrió su espina dorsal y que erizó toda su piel, haciéndole casi imposible controlar los sentimientos que con tanta maestría había aprendido a esconder.
«Te quiero, te quiero, no me sueltes» susurraba algo dentro de su cabeza y casi salió por su garganta.
Eiji tomó una bocanada de aire. El peso de Ash le impedía mantener el equilibrio, pero eso no lo detuvo a la hora de levantar sus brazos y rodear la espalda del chico. Era tan delgado que el japonés pudo sentir con facilidad sus omóplatos. Sabía que se estaba dejando llevar por sus sentimientos y que se estaba aprovechando de la preocupación de su mejor amigo, pero en ese momento, poco podía importarle. Pediría perdón a Dios después, pero tendría ese momento y lo sostendría hasta que la magia de desvaneciera como en el cuento de La Cenicienta.
—Yo también te extrañé —le dijo al americano en tono de broma, pero era completamente verdad.
—Idiota —le respondió y se animó a abrazarlo un poco más fuerte—. Creí que morirías.
Eiji sonrió dulcemente. Claro, estaba preocupado por él más de lo que había estado preocupado por sí mismo. Así era Ash.
—No soy tan débil como creías, ¿eh?
El americano se apartó de su cuerpo, apenas sujetándolo del hombro sano y Eiji echó de menos su calor de inmediato. La mirada del rubio era de preocupación y enojo a partes iguales. El japonés se sintió repentinamente avergonzado, en el mal sentido. Iba a ser regañado.
—No vuelvas a hacer algo así, nunca —comenzó el Lince y aunque su expresión era dura, su voz había sido muy suave—. Creí que de los dos, tú eras el chico sensato.
—Lamento haberte hecho pasar un mal momento, pero no me disculpo por haberte rescatado —replicó con determinación—. Ellos te estaban obligando a hacer todas esas cosas horribles, no podía quedarme de brazos cruzados. Me importas demasiado.
La expresión seria de Ash se desvaneció y dio paso a una mucho más adorable. Ojos grandes y mejillas ligeramente sonrosadas. Tal vez las palabras de Eiji habían sido demasiado vergonzosas, pero el pelinegro se obligó a mantenerse firme y a no darle tantas vueltas. Después de un momento, el rubio parpadeó desconcertado antes de sonreír.
—¿No lo entiendes? —preguntó demasiado divertido. No, por supuesto que el nipón no lo entendía—. Yo no necesitaba ser rescatado, yo estaba rescatándote a ti, tonto.
La pequeña risa de Ash rápidamente se transformó en carcajadas un poco histéricas. Eiji lo dejó ser, era obvio que necesitaba ese alivio después de tanto estrés, pero eso no impidió que se sintiera un poco ofendido. Él había dado lo mejor de sí para ayudar a su mejor amigo y que eso se volviera un chiste era irritante.
»¿Qué hay con esa cara, onii-chan? —continuó el americano, pinchando las mejillas hinchadas de Eiji—. ¿No eres demasiado viejo para hacer pucheros?
—Soy lo suficientemente viejo para hacer lo que yo quiera.
El ojiverde volvió a la carga con un nuevo ataque de risa, en esa ocasión, acompañado por el japonés. Ambos muchachos soltaron a reír, el de cabello oscuro conteniéndose por el dolor en su hombro que por un instante Ash le había hecho olvidar.
—¿Te duele mucho? —preguntó el rubio en cuanto la sonrisa del ojinegro se transformó en una mueca de dolor. Eiji negó con la cabeza, pero la verdad era otra—. Blanca trajo algunos analgésicos, pero tendrás que comer algo antes de tomarlos... ¡Mierda! El desayuno.
El pelinegro sonrió al ver al ojiverde correr hasta la estufa donde los huevos ya se habían quemado. Eiji tomó asiento frente a la barra de la cocina y miró al Lince tirar todo a la basura antes de comenzar a preparar todo de nuevo. Apiadándose de él, el nipón le ayudó dándole instrucciones desde su lugar y para su sorpresa, Ash lo escuchó diligentemente y aunque el resultado no fue perfecto, al menos era comestible.
Era como el primer desayuno de unos recién casados.
—¿Qué ocurre? —le preguntó el ojiverde. Eiji se sonrojó al ser descubierto en medio ese pensamiento—. ¿No sabe bien?
—No, no. Está bien. Sólo estaba pensando en lo que dijiste antes —Ash ladeó la cabeza, preguntando en silencio—. Dijiste que tú estabas rescatándome y no yo a ti.
El rubio bajó la cabeza, inclinándose para tomar un bocado de su desayuno, pero a Eiji le pareció que le había visto sonrojarse. ¿O había sido el efecto del sol sobre su piel?
—Bueno, es como dije —el japonés frunció el ceño—. Estabas en peligro.
—No entiendo.
Ash tomó una bocanada de aire y dejó el tenedor sobre la loza. Tomó la servilleta a su lado y limpió la comisura de su boca. Era obvio que se estaba tomándose tiempo para pensar en como decir lo que tenía que decir.
—Eiji, necesito que me digas todo lo que sabes sobre Yut-Lung Lee.
—¿Yut?
—Shorter dijo que lo conocías.
—Bueno, algo así. Éramos compañeros de cuarto. No era un estudiante universitario, estaba allí por una beca. Ni siquiera era mayor de edad. —Eiji frunció la boca en descontento. Casi un año de convivencia y eso era todo lo que sabía de Yut-Lung—. Por su apariencia puedo decir que su familia era de dinero, pero tampoco puedo estar seguro... no debes juzgar a un libro por su portada... O algo así —el japonés resopló—. En realidad, no sé nada de él, por eso me sorprendió cuando mencioné que podría preguntarse dónde estaba, cuando se diera cuenta de que ya no estaba durmiendo allí, ni asistiendo a clases y Shorter dijo conocerlo.
—¿Shorter te mencionó que el padre de ese tipo es el principal rival de Golzine? Llevan años peleando por el control total de la ciudad y sus redes de drogas y prostitución.
Eiji parpadeó un par de veces, intentando procesar esas palabras. Lo viera por donde lo viera, no parecía ser cierto. Yut-Lung Lee no era más que un chiquillo demasiado mimado, demasiado consentido y caprichoso, pero nada más. En todo caso, que su padre fuera así, no significaba que Yut estuviera involucrado en ese mundo... ¿o tal vez estaba siendo demasiado ingenuo?
—Yo... no tenía idea —respondió con sinceridad, pero lo que antes habían sido acciones sin importancia por parte del chino, para Eiji se volvieron repentinamente sospechosas—. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? —le preguntó al rubio, recordando—. ¿Recuerdas que te dije que llegué allí por accidente? Bueno, fue Yut quien me envió allí. No conocía la ciudad y él lucía demasiado amable así que no dudé cuando me dijo que en la zona encontraría una tienda de artículos de fotografía... ¿crees que él me envió allí a propósito?
Ash frunció el ceño.
—Él conoce la ciudad como si fuera su propia casa, no hay manera de que sea una coincidencia. Él sabe que esa zona es famosa por ser peligrosa y no me refiero sólo a algunos asaltos, sino a altos índices de violación y asesinato.
—Pero... ¿por qué? Quiero decir, acabábamos de conocernos —preguntó afligido. No entendía ese mundo.
—Hay muchos rumores sobre él, la mayoría realmente malos. Dicen que se dedica a limpiar el desastre de sus hermanos mayores, que se encarga de los asuntos más sucios. Qué es realmente despiadado. Tal vez lo hizo por diversión.
—Es sólo un niño... —La piel del ojinegro se erizó al pensar que durante noches enteras, había estado durmiendo en la misma habitación con un chico así de peligroso, con alguien que había jugado con su vida por «diversión» y de quién no había sospechado ni por un segundo, nunca. Incluso comenzaba a creer que era él quien había estado intimidándolo durante sus últimos días en la universidad.
Ash lo miró por un segundo antes de estirar el brazo y tomar su mano por sobre la mesa. Su tacto cálido le reconfortó un poco pero aún estaba asustado de lo podrido que podía estar el mundo. ¿Acaso podía confiar en alguien? Se sentía tan pequeño y tan vulnerable. Cuando tomó aquel avión desde Japón, jamás imaginó que terminaría involucrado en cosas tan turbias.
Todo lo que había querido era graduarse y trabajar para una buena revista. Mudarse, adoptar un perro y vivir tan tranquilamente como siempre había hecho. Ahora ese sueño parecía tan lejano y la mayor aspiración de Eiji en ese instante era poder salir de allí junto con Ash sano y salvo.
—Yut-Lung es parte del clan Lee, pero sospecho que ha estado trabajando con Golzine a escondidas —dijo Ash—. Mientras estuve cautivo, Dino me mostró algunas fotografías tuyas, las usaba como chantaje, eran una prueba de que te vigilaban de cerca, creo que Yut era su informante dentro de la universidad, pero fue sólo una desagradable coincidencia que se volvieran compañeros de habitación, Lee estaba allí por algo más. Necesito que pienses sobre eso, cualquier comportamiento sospechoso será un punto de partida.
—¿La prioridad no debería ser ponerte a salvo? ¿Golzine no te está buscando?
Ash le miró con ojos grandes. Lucía un poco conmovido por sus palabras, pero era obvio que tenía otros planes y simplemente escapar no era uno de ellos.
—Confía en mí, si podemos reunir la evidencia suficiente para extorsionar a Yut, entonces es probable que él nos ayude a llegar a Japón.
Eiji miró a su amigo con la esperanza floreciendo dentro de su pecho una vez más. Sin embargo, hubo algo en esas palabras que le hizo sentir terriblemente perdido. Ash había dicho «confía» y él quería hacerlo, pero no pudo evitar preguntarse si todo estaría bien.
—Era muy rara la ocasión en que permanecía en la habitación. Él solía decir que sus clases eran muy exigentes, pero ahora creo que sólo era un pretexto —dijo finalmente tratando de recordar todo lo que sabía y relegando al fondo de su mente la mala sensación que habían dejado las palabras de el rubio—. Nunca le vi hablar con nadie en el campus y él tampoco hablaba de nadie a excepción del rector de la facultad de Danza —Eiji parpadeó un par de veces y luego miró a Ash—. Dijo que eran amantes.
El rubio se puso de pie rápidamente haciendo que la silla donde se encontraba sentado chirriara contra la madera del piso de la cocina. El japonés lo vio dirigirse rápidamente hacia el salón principal y volver tan rápidamente como se había marchado. Cuando su figura apareció de nuevo en su campo de visión, lo hizo con el móvil en la mano.
—¿Sabes cual es su nombre? El del rector.
—Su apellido es Smith
—¿Sabes cómo luce?
—Probablemente, si lo volviera a ver sabría quien es. Los vi juntos una sola vez, muy cerca de los dormitorios, pero era de noche así que no lo sé.
Ash se sentó de nuevo frente a Eiji y tecleó furiosamente sobre la pantalla de su teléfono móvil. Sus ojos leían rápidamente lo que fuese que estuviese en pantalla, pinchaba en algunos enlaces y luego volvía a leer. Finalmente, cuando pareció encontrar lo que buscaba, le tendió al pelinegro el móvil y le preguntó:
—¿Es él?
Una fotografía con el rostro de un hombre maduro, cabello castaño oscuro, ojos pequeños y facciones duras. Apenas sonreía en el retrato con fondo blanco y vestía un traje del que sólo se veía parte de la camisa, el saco y la corbata. Sí, ese era el hombre. Pero lucía bastante diferente a como cuando estaba con Yut. Su nombre era Marcus Smith.
—Creo que sí.
—Este es el tipo que se encarga de que la mercancía de Dino se distribuya correctamente dentro de tu universidad. Solía ser el rector general hace un par de años, pero comenzaron a surgir rumores sobre ellos y Golzine se las arregló para que fuera relegado a la facultad de danza. Los estudiantes universitarios son una gran fuente de ingresos.
—¿Entonces no eran amantes?
—Yo no diría eso. Probablemente Lee lo estaba usando para obtener información sobre la red interna de Dino. Tal vez fue enviado por su hermano mayor. Lo que no entiendo es cómo se enteró de nuestra relación. Es imposible que me reconociera sólo por el nombre.
Eiji sabía que no era momento para sonrojarse, pero «nuestra relación», había sonado demasiado íntimo.
—P-probablemente fueron mis fotografías —dijo un poco avergonzando y no ocultándolo muy bien—. Le enseñé mi trabajo en alguna ocasión. ¿Se conocen?
—No en persona, pero él debe saber quién soy. Trabajo para Dino, al fin y al cabo.
Ambos muchachos se quedaron en silencio por un instante, cada uno perdido dentro de sus propios pensamientos. El desayuno a medio comer se había enfriado y la situación era un poco tensa. ¿Cómo es que todo había terminado así? Un americano y un japonés con una herida de bala en el hombro, prófugos de un grupo mafioso y desenmascarando a un miembro de otro.
Parecía que habían pasado mil años desde que, empapados, habían llegado a la habitación de Eiji con fideos instantáneos para ver Terminator. Parecía otra vida cuando se habían dedicado únicamente a divertirse y charlar por horas que parecían segundos, simplemente mirándose a los ojos y sonriendo como nunca antes lo habían hecho. Pero por mucho que Eiji deseara volver atrás, sabía que era imposible, que sólo le quedaba afrontar la realidad y seguir adelante.
—Todo va a estar bien —dijo en voz alta, aunque no estaba seguro de si era un consuelo para Ash o para sí mismo—. Mientras estemos juntos todo va a estar bien.
Ash lo miró con sus ojos de esmeralda brillando con el sol de medio día, lucía inseguro, apagado y preocupado, pero eso no menguó su belleza. Ahora Eiji estaba seguro, si estaba con él, seguramente todo saldría bien. Haría cualquier cosa por proteger a ese hermoso chico de cabellos dorados.
—Tienes razón —le respondió.
