El viento soplaba plácidamente alborotando el cabello de los dos jóvenes sentados a los pies de un frondoso árbol de hojas verdes. El sol brillaba en la cima del cielo azul y las pocas nubes que lo acompañaban se balanceaban tranquilamente. Era lo que muchos llamaban «un perfecto día de verano».
Eiji, con un libro en la mano, intentaba por todos los medios ignorar el hecho de que la cabeza de Ash Lynx se encontraba descansando sobre sus piernas; con las manos entrelazadas sobre su pecho, los ojos cerrados y los brillantes rayos del sol reflejándose en las hebras doradas que eran su cabello, misión que se volvió imposible en cuanto la brisa les rodeó y el olor de su champú mezclado con su sudor le golpeó directamente en sus fosas nasales.
Tal vez era idea suya, pero desde que había despertado, después de haber sido herido de gravedad, el comportamiento de Aslan se había vuelto extraño. No desagradable, pero si bastante surrealista. Era como si, de alguna manera, el rubio hubiera decidido romper una barrera que el japonés ni siquiera sabía que existía entre ellos a base de contacto físico. Mucho contacto físico.
Se trataba de cosas realmente pequeñas pero significantes para él; dedos tocándose accidentalmente al pasar la sal, roces de hombros al cruzarse por los pasillos, abrazos repentinos por los hombros y cercanía en momentos específicos como el que estaban viviendo en ese instante.
Eiji no sabía si Ash era consiente de su nueva actitud o si era simplemente consecuencia de su reciente experiencia cercana a la muerte, aunque probablemente fuese lo segundo lo que había transformado al furioso lince de New York en un gatito domesticado. Había estado tan temeroso de perder a su amigo que simplemente quería permanecer cerca. Muy cerca. Y no que al pelinegro le molestara en absoluto. De hecho, creía estar disfrutándolo demasiado. Más de lo que tenía permitido.
El nipón estaba consciente de que los sentimientos de Ash no se asemejaban a los suyos, que debía poner un alto si no quería salir lastimado emocionalmente, pero era tan fácil dejarse llevar por sus sonrisas, sus miradas y todos esos gestos que sólo hacían que se enamorara más y más de él. ¿Cómo decirlo? Ash era para Eiji una especie de hombre hecho a la medida, perfecto para él y cada día que pasaban juntos, en aquella casita en Cape Code, lo reafirmaba.
El estudiante suspiró pesadamente. Sus ojos habían estado en su libro, pero su cerebro no había captado más de tres palabras, demasiado concentrado en el calor y el peso de la cabeza de Ash sobre sus piernas. No podía seguir así, tenía que pedirle que se levantara o al menos darle una buena excusa para que se apartara. El chico tomó un poco de aire y con ello reunió algo de valentía para apartar el libro y mirar al rubio directamente, pero en cuanto abrió la boca para decir un par de palabras que rápidamente se borraron de su cabeza, su boca se secó.
Eiji lo había notado antes, pero no tan claramente como en ese momento. Las pestañas de Ash eran largas y naturalmente rubias, como su cabello. Se enroscaban perfectamente hacia arriba, haciéndolas lucir incluso más bonitas y sus labios, oh, sus labios, ¿siempre habían sido así de rosados? ¿O era por la limonada fresca que se terminaron minutos atrás? Su nariz era pequeña y respingada y su piel tan perfecta que no portaba ninguna mancha.
El japonés humedeció sus labios con la punta de la lengua, inconscientemente. Dentro de su cabeza, la sensatez le gritaba que apartara los ojos si no quería ser descubierto cuando su mejor amigo separara los párpados, pero había cierta magia en el rostro de ese chico que hacía que Eiji simplemente no pudiera hacer caso a la razón y lentamente se volviera loco por besarlo.
Al darse cuenta de sus pensamientos, el ojinegro frunció el ceño y en su pecho creció un agujero que comenzó a tragarse sus entrañas. Cerró los ojos con fuerza, hasta que fue doloroso hacerlo y respiró un par de veces antes de volver a abrirlos. No podía creer que había pensado eso. Se sentía tan ruin, tan injusto. Ash le había dado su mano en amistad y él simplemente lo había manchado todo con sus sucios sentimientos de amor.
El muchacho abrió los ojos de nuevo, dispuesto a ponerse de pie y volver a la casa para poner un poco de distancia, pero cuanto su mirada se posó de nuevo en el rostro de marfil de su acompañante, dentro de su cabeza se reprodujo de nuevo aquel sueño que había tenido mientras estuvo inconsciente y la voz de Ash diciéndole «te quiero» rebotaba en cada rincón de su cabeza, confundiéndolo.
«Sólo fue un sueño, Eiji. Un tonto sueño», se recordó.
—¿Te sientes mal? ¿Te duele el hombro?
Eiji parpadeó un par de veces, percatándose de que el americano había abierto los ojos y le miraba con preocupación. ¿Su gesto había sido tan doloroso? ¿Tan desesperado cómo para que Ash se diese cuenta?
—N-no —respondió y era verdad. Incluso si le doliera la herida de bala, estaba seguro de que sentiría menos que el dolor en su pecho—. Sólo necesito descansar.
—Oh... —el ojiverde apartó la mirada y susurró—: ¿Quieres que cambiamos? Puedes acostarte en mis piernas.
El corazón del pelinegro se aceleró, amenazando con salir de su pecho. Estaba realmente agradecido de que Aslan hubiera decidido no mirarlo en ese momento porque estaba seguro de que en su rostro estaban tatuadas todas las palabras que quería decirle y no se atrevía. «Te quiero»; «por favor, déjame quedarme a tu lado»; «sostenme para siempre»; «quedémonos así por la eternidad»; «déjame admirarte un poco más»
—No es necesario —dijo, sin embargo—. Iré dentro, tal vez duerma un poco.
Los ojos verdes del chico volvieron a posarse en él de manera repentina, mostrándole una expresión que Eiji no le había visto hacer nunca. Aparentemente se le estaba volviendo un hábito eso de enseñarle nuevas reacciones. Era una mezcla de muchas emociones y no todas negativas. Era como si quisiera decirle algo, como si estuviera preocupado, afligido, emocionado, confuso y aliviado, todo a partes iguales, pero había algo más, algo que no podía distinguir por mucho que lo intentara, un sentimiento que le hacía sentir inquieto brillando en sus ojos de esmeralda.
El nipón hizo el ademán de apartar al Lince y por un instante, creyó que le detendría. De alguna manera, la expresión en su rostro lucía como si quisiera hacerlo y, sin embargo, no dijo nada. El muchacho simplemente se levantó con una expresión calmada en su cara, apartó su cabello de su rostro con sus delgados dedos y le sonrió antes de decir:
—Olvidé que los mayores necesitan dormir mucho para reponer energías.
Eiji parpadeó un par de veces antes de fruncir el ceño y replicar:
—¡Tú estabas tomando una siesta hace un momento!
—Oh, no onii-chan. Eso no era una siesta, sólo estaba relajándome un poco, haciéndote compañía. Sé lo difícil que es mantener la vitalidad a cierta edad.
—Tú, pequeño hi...
—¡Onii-chan! ¡No! No debes decir ese tipo de palabras frente mí.
Uno de los párpados de Eiji se cerró nerviosamente, como una especie de tic. Una sonrisa juguetona se instaló en el rostro del americano. Sus ojos esmeralda brillaban con picardía. Era tan obvio que sólo estaba fastidiándolo y a pesar de saberlo, él estaba cayendo completamente en su juego infantil. No era que se preocupara especialmente por su edad, era sólo dos años mayor que el insolente Aslan Callenreese, pero él siempre lo hacía sonar como si fuesen siglos.
—Te voy a enseñar a respetar a los mayores —le amenazó entonces, olvidando completamente el asunto de la distancia entre ellos y lo que cercanía de su mejor amigo le hacía sentir en lo profundo del corazón.
Eiji tomó un puñado de césped y hojas secas que descansaban cerca de él y las arrojó al rostro del rubio quien de la sorpresa terminó con algunas en la boca. El japonés, divertidísimo por la imagen del siempre asombroso Ash Lynx tragando pasto, soltó a reír a carcajadas que se volvieron dolorosas debido a la reciente pero mayormente cicatrizada herida en su hombro.
El americano, más ofendido de lo que lo había visto nunca, se puso de pie con una expresión furiosa. El ojinegro se paralizó por un segundo antes de darse cuenta de que debía empezar a correr si valoraba un poco su vida o su dignidad, así que, apoyándose en su mano sana se puso de pie y corrió tan rápido como sus piernas se lo permitieron, mientras El Lince de New York iba tras él con un montón de hojas secas, césped y tierra entre los brazos.
—¡Detente, Ash! —le pidió entre carcajadas y sin aliento mientras se acercaba al lago. ¿Tanto había corrido?
—Lo siento, Eiji. Pero no puedo hacerlo.
El nipón volvió a romper a carcajadas. Ash sonaba tan serio que daba un poco de miedo, pero seguía siendo divertido. ¿Cuándo había sido la última vez que había corrido así? No podía recordarlo. Antes, durante la preparatoria, en su tiempo de saltador de pértiga solía hacerlo, correr hasta que sentía que sus pulmones estaban a punto de reventar.
—¡Me disculparé! —dijo cuando se percató de que la única manera de no terminar lleno de hojas y tierra sería saltar al lago.
—Es demasiado tarde, onii-chan. Afronta tu destino como el adulto que eres.
—¡Jamás!
Eiji atravesó a gran velocidad el viejo muelle de madera, con la cálida brisa dificultándole cada vez más poder tomar un poco de oxígeno. Estaba en su límite y aun así se negaba a rendirse. Sus fuertes pisadas llegaron al final de la pasarela de madera y se detuvieron en seco. Los pasos de Ash llegaron muy poco después. Suaves, sigilosos como una verdadera bestia al asecho.
—Este es el final, Eiji. Ríndete.
El japonés tomó una bocanada de aire, dispuesto a dar media vuelta y enfrentar su destino. Si Ash Lynx iba a llenarle hasta la ropa interior de tierra y pasto, que así fuera, él lo tomaría como un hombre. El muchacho infló el pecho y cuadró los hombros mientras que, con el gesto más solemne que tenía se giraba lentamente para encarar al gato salvaje. Cuando sus ojos se encontraron, Eiji sintió una extraña sensación recorriéndole todo el cuerpo. Un sentimiento que le hizo olvidar por completo que había estado huyendo de ese muchacho impertinente hasta que el rubio extendió sus brazos aún llenos de hojas y césped y el pelinegro cerró los ojos y la boca con fuerza, esperando el golpe.
Un golpe que nunca llegó.
Los segundos transcurrieron lentos mientras Eiji esperaba la sensación de la tierra en su piel y el cosquilleo de las hojas. Había cerrado la boca y los ojos y se había encogido de hombros pero todo lo que sintió fue la gentil mano de Ash acariciando su oreja derecha. El pelinegro abrió los ojos entonces, muy lentamente, temiendo que todo fuese una trampa, pero cuando lo hizo, Aslan no llevaba más el montón de hojas entre sus brazos, estaba a sus pies. Curioso, el ojinegro llevó su mano izquierda hasta su oreja derecha, donde se encontró con la suave textura de los pétalos de una flor de la que apenas podía ver de reojo su color rosa.
Rápidamente, el rubor en las mejillas de Eiji alcanzó sus orejas y su nariz. Sentía tan caliente el rostro que pensó que moriría. No entendía que estaba ocurriendo, ni porqué de manera tan repentina Ash había decidido que la mejor manera de terminar con esa batalla infantil era colocando una flor en su oreja de manera tan dulce.
—E-eh... —fue el balbuceo nervioso que salió de su boca.
Los ojos esmeralda de Ash le miraban intensamente, como la primera vez que sus miradas se encontraron, casi un año atrás. Eiji sabía que era imposible pero casi podía jurar que se habían vuelto más bonitos, más líquidos y brillantes. O tal vez era que ese amor a primera vista que había experimentado con él se había vuelto amor de verdad y era él el único mirándolo más hermoso.
El americano dio un paso adelante y el nipón uno hacia atrás. Estaba demasiado avergonzado. Aquella situación era casi como esos tontos manga para chicas que su hermana solía leer. El clima perfecto, el ambiente perfecto y el chico perfecto. Él era lo único fuera de lugar.
—¡Eiji, cuidado!
Escuchó demasiado tarde. El pequeño paso hacia atrás había sido suficiente para hacerlo perder el equilibrio y caer de espalda, directo al agua. La sensación fría y refrescante golpeó contra su piel. El agua del lago era muy limpia y cristalina por lo que fue fácil ver la figura de Ash arrojándose al agua, intentando alcanzarlo. Eiji lo vio tomar su muñeca del brazo sano y patalear hasta la superficie. Todo como si ocurriera en cámara lenta. El cabello de Ash flotando suavemente con el movimiento del agua, su expresión divertida y las burbujas que salían de su boca.
Cuando su cabeza rompió la superficie y sus oídos se despejaron, fue como su hubiera vuelto a nacer. Los colores eran más brillantes y el canto de los pájaros mucho más hermoso. Ahora no había manera de negarlo, ni de seguir resistiéndose. Estaba enamorado de Aslan Callenreese. Lo quería y ni siquiera la distancia de Japón y América sería suficiente para que esos sentimientos desaparecieran. Quería decírselo. Necesitaba sacarlo de su pecho o moriría.
—Debiste ver tu cara —dijo Ash después de una carcajada—. No me digas que no sabes nadar.
—Ash —llamó a su nombre y sonó y supo tan dulce en su boca que volvió a sonrojarse, pero ya no había vuelta atrás, las palabras que había querido decir durante meses palpitaban en su garganta al ritmo de su corazón y tal vez Ash sospechaba lo que quería decir porque su expresión se había vuelto repentinamente desconcertante; sus ojos estaban completamente abiertos y sus labios fruncidos en una pequeña «o». Sus mejillas sonrosadas y su mirada atenta. Aquel era el momento—. Y-yo, d-de ti, estoy e-e-enamo...
—¿Qué diablos? ¿sigues aquí, mocoso? —interrumpió una voz desde el muelle.
El corazón de Eiji se detuvo abruptamente. El susto que se llevó casi le hizo hundirse en el agua. ¿Quién era ese hombre? No importaba, de alguna manera le había salvado de cometer el más grande error de su vida. No podía darse el lujo de ser sentimental, no cuando eso podía significar perder la amistad del mejor amigo que hubiese tenido nunca.
—Métete en tus propios asuntos —le respondió el ojiverde—. ¿Puedes nadar hasta la orilla Eiji?
Y así como así la atmósfera romántica que le había puesto sentimental se había desvanecido. El nipón tardó un par de segundos en comprender el porqué de la pregunta. Había olvidado la herida en su hombro por completo, herida que, aunque con el pasar de las semanas había comenzado a sanar, aún era molesta.
—Yo... creo que puedo hacerlo con un brazo.
—No seas idiota, si necesitas ayuda sólo dilo.
El pelinegro frunció el ceño, desconcertado. Ash había sacado las garras de nuevo y por alguna razón, había decidió encajarlas en él. Estaba de mal humor, lo sabía, pero no sólo eso, era como si realmente lo estuviera pasando mal.
Eiji dirigió la mirada al hombre en el muelle. Ahora que lo pensaba detenidamente, creía haberlo visto en alguna parte. Era un hombre de cabello y barba canosa y un poco gordo. Su expresión era muy dura, miraba a Ash como si le juzgara por algo que él no comprendía. Vestía un atuendo de pescador, incluso llevaba consigo una cubeta con carnada y una caña de pescar. Sus pensamientos fueron interrumpidos por los brazos de Ash arrastrándolo hasta la orilla pese a las negativas de Eiji de ser ayudado. Sin embargo, ese tacto comparado con el de las últimas semanas no era ni mínimamente considerado. Estaba siendo rudo.
—Hey, ten cuidado, duele —le pidió en voz baja al llegar a la orilla.
El americano parpadeó un par de veces, aparentemente percatándose recién de su injusto comportamiento.
—Lo siento, Ei-chan. —¿Eh? ¿Cómo le había llamado?—. Volvamos a casa.
Sin mirar atrás, el ojiverde lo tomó de la muñeca, prácticamente arrastrándolo colina arriba. Su agarre era suave, demasiado, casi como una disculpa por su comportamiento anterior. Sin embargo, la tensión seguía allí.
—¡Eh, extranjero! —llamó el hombre, aún desde el muelle—. No te dejes engañar por su cara bonita, ese chico no trae más que problemas. Ya lo has comprobado, ¿no? —preguntó mirando su hombro vendado en el cabestrillo.
—No lo escuches, sólo vámonos de aquí —dijo el rubio, pero Eiji simplemente no podía «no escuchar».
El japonés se detuvo en seco, la sangre hirviendo dentro de sus venas. Había pasado meses enteros tratando de hacer feliz a su mejor amigo, tratando de convencerle de su valía más allá de su aspecto físico y ese viejo tonto no iba a arruinarlo. No iba a permitir que alguien hablara así de Ash, no del chico que se había arrojado a la boca del lobo para mantenerlo a salvo de la mafia.
El rubio le dirigió una mirada suplicante cuando Eiji se zafó de su agarre y dio la media vuelta. El japonés clavó sus ojos negros en la figura rechoncha del hombre, sabiendo lo hostil que debía mostrarse en ese momento. El señor, sin embargo, no cambió su expresión en absoluto y simplemente permaneció de pie, esperando las palabras que el pelinegro tenía para él, fuesen las que fuesen.
—Si no sabe de lo que habla, no abra la maldita boca para opinar —alzó la voz para que el viento y la distancia no se llevaran sus palabras. Hacía mucho que no se sentía así de enojado y estaba seguro de que era la primera vez en su vida que usaba expresiones de ese tipo—. Ash es el chico más genial y amable que he conocido en mi vida. Gracias por la advertencia, pero es completamente innecesaria. Voy a quedarme junto a él todo el tiempo que se me permita. Ahora si nos disculpa, tenemos cosas más importantes que hacer que escuchar su mierda. Vamos, Ash.
Eiji tomó la mano del rubio y partió en dirección a la casa tan dignamente cómo le fue posible y refunfuñando en voz baja. ¿Cómo se atrevía a decir algo como eso? ¿Cómo podía siquiera pensar que Ash era un problema? Ese tipo estaba loco, definitivamente. O era idiota.
Cuando los jóvenes llegaron a casa, sus ropas estaban a medio secar por la intensidad del sol pero los ánimos aún no se habían calmado. Eiji seguía despotricando en voz baja, resoplando y mostrándose indignado, comportamiento que aparentemente era muy gracioso, si las risitas de Ash eran una indicación.
—¿Qué te da tanta risa? —le preguntó el japonés con mal genio, después de cerrar la puerta principal.
—Sólo estaba pensando en que jamás te había escuchado hablar así. ¿Quién te ha enseñado semejantes palabras, onii-chan? Seguro que no fue Plaza Sésamo.
—¿Por qué estás de tan buen humor?
Ambos se quedaron de pie en el recibidor, frente a frente. El rostro del rubio parecía genuinamente divertido y eso sólo elevó la irritación del ojinegro. ¿Por qué era él el único ofendido?
—«¿Por qué?», preguntas. Bueno, estoy feliz.
—¿Feliz? —preguntó confundido. Últimamente no entendía muy bien al chico.
—Sí. Estoy feliz porque me defendiste. Parecías tan enojado. Jamás te había visto así y fue por mí —sonrió—. ¿Se me permite sentirme feliz por eso?
Eiji se sonrojó por milésima vez en ese día.
—Eres extraño —fue lo único que pudo decir.
—Gracias, Eiji. Nadie había hecho algo así por mí. Nunca.
—Tampoco es como si lo necesitaras, ¿verdad? Sabes cuidarte solo. Todo lo que hice fue hablar y ser altanero.
—Estuviste genial.
Eiji apartó la mirada y llevó su mano a su oreja para colocar un mechón de cabello detrás de ella, como parte de un gesto nervioso. Fue en ese momento en que se percató de que la flor que Aslan le había regalado seguía allí, no se había caído con el incidente del lago. Sin embargo, el japonés no tuvo mucho tiempo de pensar en ella, sus ojos se habían posado en una vieja fotografía sobre la chimenea cuyo cristal estaba polvoriento. Se encontró con un rostro conocido. El rostro del hombre del muelle, pero un poco más joven.
—¿Ese hombre...?
El rubio siguió su mirada, apretando los labios.
—Es mi padre —confesó.
Eiji miró con mayor atención las fotografías en el salón, pero por más que buscó no encontró una sola de Ash o de su madre, únicamente de un muchacho un poco parecido a él pero más similar a su padre. Ese debía ser Griffin.
—¿Cuál es su problema? Eres su hijo.
—Yo soy el problema. Me parezco demasiado a la mujer que lo abandonó. No pienses demasiado en ello, todo lo que hace es reflejar sus traumas en mí.
—¿Él sabe de Golzine?
—Por supuesto que no. Griffin y yo nos marchamos cuando tenía siete. No dejamos ni una nota y él tampoco nos buscó. No creí que volvería a este lugar. —Ash volvió a encararlo con una sonrisa, cambiando completamente de actitud—. ¿De verdad soy el chico más genial que has conocido? —le preguntó arrogantemente.
Eiji ya estaba cansado de sonrojarse. ¿Por qué no podía controlar sus emociones correctamente? No era un colegial, era un universitario, un adulto.
—¿Por qué mentiría? —respondió con otra pregunta, dando media vuelta y dispuesto a prender el televisor—. ¿Ya es hora de ese programa de chismes?
—¡Hey, no cambies el tema! Quiero que me hables de lo muy genial que crees que soy.
—Me retracto, de hecho eres muy molesto y cero genial.
—De acuerdo, de acuerdo. Si no quieres hablar de eso está bien. En su lugar di malas palabras, muchas malas palabras, como las que le dijiste a mi padre.
—Eso no tiene sentido. Tú no tienes sentido.
El japonés se sentó en el sofá frente al televisor.
—Vamos, di «mierda» de nuevo.
—Me niego.
—Mierda. Joder.
—Basta, no me dejas escuchar el televisor —se quejó.
—Mierda. Joder. Puta. Verga. Coño.
—Ash, por favor. Detente.
—¿Por qué, onii-chan? Tú estabas diciéndolo hace un momento —le respondió con gesto inocente. Como si tuviera cinco años y sólo fuera un niño repitiendo lo que su hermano mayor decía. Era molesto y admirable a la vez, que pese a todo, siguiera manteniendo ese espíritu.
El rubio se sentó a su lado en el sofá, con las piernas cruzadas sobre este. Estaba haciendo un puchero bastante gracioso ahora que el pelinegro había decidido no contestar. Si, definitivamente era un niño.
—Ese programa apesta —le dijo y Eiji suspiró.
—¿Quieres cambiarle?
—Quiero charlar.
El nipón apartó la mirada del televisor y la posó en el americano. Habían charlado mucho a lo largo de esas semanas, pero parecía que aún habían cosas que Ash quería decirle. Tal vez relacionadas a su familia. Él quería saber, por supuesto. Quería conocer más de la persona que amaba.
—De acuerdo —le respondió silenciando la tv con el control.
—¿Qué era eso que ibas a decirme después de que caímos al lago? —preguntó y Eiji palideció. ¿No lo había olvidado?—. Ya sabes, antes de que llegara el viejo.
—No sé. No recuerdo —mintió en automático, nervioso.
—¿Eh? Parecía importante —respondió un poco decepcionado.
—No realmente.
Ambos chicos se quedaron en silencio y después de unos segundos llevaron de nuevo su vista al televisor. Eiji subió el volumen casualmente, con el corazón golpeando su pecho con frenesí. Después, discretamente, el japonés llevó su mano hasta su oreja y se quitó la flor. Su corazón se aceleró pero intentó no pensar demasiado en ello.
De hecho, a partir de ese momento no pensaría en nada, pero guardaría aquella flor, únicamente como un recuerdo de aquel día de verano casi perfecto.
