El sonido suave de una voz femenina se escuchó a través de los altavoces del supermercado. Aparentemente un niño de nombre Jason se había separado de sus padres y ahora les estaban llamando. La mujer del micrófono se escuchaba demasiado monótona, como si aquello pasara al menos tres veces al día, el niño en cambio, lloraba desconsoladamente mientras llamaba a su madre.

—¿Deberíamos llevar cereal? —le preguntó Ash con una mano empujando el carrito de compras y sujetando la lista de lo que necesitaban en la otra.

El rubio vestía una camisa a cuadros de colores cálidos y un suéter gris sobre ella. Unos jeans de mezclilla clara y unos zapatos deportivos de color rojo. Su cabello se encontraba extrañamente peinado y su rostro era adornado por unas gafas de lectura de armazón grueso. No era su estilo de siempre, pero incluso así era atractivo. Era Eiji quien parecía haberse puesto lo primero que había encontrado; unos jeans y una sudadera roja y azul con las zapatillas de siempre. Su brazo se encontraba reposando en un cabestrillo, por lo que sólo tenía disponible el uso de su mano izquierda.

—No lo sé. Tú eres el único que se come ese cereal de arcoíris para niños pequeños.

—No espero que entiendas que compro ese cereal por el sabor y no por la forma —se defendió pero el nipón sabía que lo había hecho enojar.

—Por supuesto.

El ojiverde guardó la lista en sus pantalones y tomó el cereal sin decir nada más, lo arrojó dentro del carrito a medio llenar y continuó caminando lentamente por el pasillo lleno de estanterías.

—Todo lo que falta es la pasta de dientes y los artículos de baño.

—¿No crees que llevamos demasiadas cosas? ¿Tenemos dinero para esto? —el japonés preguntó con preocupación.

—Llevamos lo necesario. Si compramos lo suficiente no tenemos que venir a cada rato y exponernos innecesariamente en el pueblo —le respondió en voz baja—. Y sobre el dinero no tienes que preocuparte, no he tocado tu cuenta en absoluto.

—¿Entonces cómo vamos a pagar por esto?

Aquella era la primera vez que Eiji acompañaba a Ash a hacer las compras. Anteriormente no se lo había permitido debido a la herida en su hombro, pero ahora había cicatrizado casi por completo, al menos superficialmente y el japonés no había desperdiciado la oportunidad de salir de casa y recordar que existían más seres humanos sobre el planeta. No que estar a solas con Ash fuera molesto, todo lo contrario, pero el confinamiento, incluso voluntario, podía ser agobiante.

—Blanca me ha prestado un poco de dinero.

Eiji miró el carrito con el ceño fruncido. Aquello no era «un poco» de dinero. Además, si Ash no había tomado nada de su dinero, significaba que los servicios de la casa también los estaba pagando alguien más.

—Ahora que lo mencionas, no he visto a Blanca ni una sola vez desde que desperté. Dijiste que él se había encargado de mi herida, me gustaría darle las gracias.

El Lince se detuvo en el pasillo de las pastas y se introdujo en él para tomar algunas bolsitas con fideos y spaghetti. Eiji, quién tenía ganas de preparar lasaña, tomó un paquete de pasta para ello.

—No creo que nos visite pronto. Se encuentra con Dino, fingiendo que nos busca.

El japonés frunció el ceño, pensativo. Ahora que lo pensaba, no tenía idea de cuál era la relación de Ash con el ruso. Todo lo que sabía era que eran cercanos y por eso Shorter lo había ido a buscar cuando el rubio fue capturado por Golzine. Su relación debía ser verdaderamente estrecha, considerando todas las molestias que Blanca se estaba tomando para protegerlos; planes de escape, medicamentos ilegales sin receta, dinero y encubrimiento.

—¿...Blanca y tú...? —intentó preguntar, sintiéndose un poco celoso.

Se había dado cuenta antes, cuando intentó contactar con Shorter para el rescate del ojiverde. A pesar de las apariencias, Ash tenía un buen puñado de buenos amigos dispuestos a protegerlo y cuidar de él, pero Eiji había sido lo suficientemente engreído para creer que él era el único capaz de desvanecer su soledad con su amistad. Se sentía un poco tonto, pero durante el tiempo que pasaron juntos, realmente pareció que su presencia fue de ayuda.

—Eiji, hay algo que no te he dicho —dijo en respuesta.

El japonés sintió una extraña sensación en el pecho. Ash sonaba tan cauteloso que esperar algo malo realmente no parecía una locura. ¿Su relación con Blanca sería de ese tipo? La diferencia de edad no parecía un problema pero Eiji simplemente no quería saberlo. Un hombre mayor que hace tantas cosas por ti e incluso te da dinero sin ser tu padre era sospechoso, ¿verdad? O tal vez lo estaba pensando demasiado.

—Hablemos en casa, ¿de acuerdo? —contestó y se adelantó con el único propósito de que su expresión no fuera descubierta.

Eiji sabía que Ash no podía ser para él, pero no esperaba que el momento de afrontarlo llegara tan pronto.

Al terminar las compras, ambos jóvenes llevaron el carrito hasta el auto y aunque Ash subió la mayoría de las bolsas al maletero, Eiji se las arregló para ayudar con una sola mano. El silencio entre ellos estaba lleno de incertidumbre y por primera vez desde que se conocieron, el japonés no tenía idea de lo que su compañero estaba pensando.

El americano cerró la cajuela y el nipón se sentó en el asiento del copiloto antes de batallar con el cinturón de seguridad. Segundos después, Ash llegó a su rescate, colocándole el cinturón con delicadeza, rodeando el cuerpo de Eiji con su calor. El pelinegro sólo deseaba que todo terminara rápido, desde que había aceptado sus sentimientos por el ojiverde era más consciente de su presencia y de su cercanía y le hacía sentir un poco incómodo.

Finalmente, el lince arrancó el automóvil, quitó el freno de mano y condujo de vuelta a su casa en la colina. El silencio entre ambos únicamente amortiguado por la alegre tonada de Uptown Girl que salía de la radio.

Uptown girl

She's been living in her uptown world

I bet she's never had a backstreet guy

I bet her mama never told her why

El dedo índice de Ash se meneaba al ritmo de la música sobre el volante y sus labios rosados se movían cantando silenciosamente. La letra de la canción se colaba dentro de la cabeza de Eiji quien prácticamente ya dominaba el idioma después de un año de práctica. La historia de amor de un pandillero y una chica de clase alta. Demasiado cliché y demasiado familiar.

La melodía terminó y la voz del locutor salió a través de los parlantes, pero no fue hasta que el pelinegro escuchó su nombre que llamó su atención:

«A un mes y medio de la desaparición de Eiji Okumura, estudiante de intercambio japonés, las autoridades Neoyorquinas han encontrado una nueva pista sobre su posible paradero. Por el momento, toda la información se encuentra reservada, pero el gobierno reiteró su compromiso con la seguridad de los residentes extranjeros y reveló estar en constante comunicación con la familia del joven estudiante de fotografía y el gobierno nipón».

Eiji estrujó con nerviosismo sus manos. La culpa carcomiéndole lentamente. Su madre debía estar muy angustiada y ni que decir de su hermana o de su abuela. Él sabía que era inútil intentar ponerse en contacto con ellas, que dadas las circunstancias era muy peligroso, pero aun así sentía el remordimiento de saber cuántos problemas les estaba causando. Un día simplemente había dejado de asistir a clases y sus pertenencias se habían quedado en la universidad. No por decisión propia claro, Shorter le había dicho que si deseaba rescatar a Ash le sería imposible mantener el estilo de vida que llevaba en ese momento y tenía razón.

Eiji podía sentir los ojos de Ash sobre él, pero el ojinegro se negó a devolverle la mirada. No quería que su amigo pensara ni por un segundo que se arrepentía de haberle salvado; de haber sacrificado su vida por él, porque no era así. El japonés volvería a hacer lo mismo una y otra vez, incluso volvería a recibir un disparo si eso significaba que Ash podía ser libre.

Un nuevo tema musical sonó después de aquella breve sección de noticias y sirvió como distracción durante el camino. La tensión del «asunto» que Ash aún tenía que tratar con Eiji casi se había disuelto y había sido reemplazada por las preocupaciones personales del japonés con respecto a su familia. Una cosa tenía clara, sacar conclusiones apresuradas era en realidad un reflejo de su propia inseguridad y no debía hacerlo. Lo mejor sería esperar a que Ash hablara y dijera lo que tuviera que decir. Fuese lo que fuese, sabía que no lo querría menos. Lo de su familia, bueno, eso podría esperar.

El rubio detuvo el auto frente al semáforo en rojo.

—Cuando tenía catorce —comenzó sorprendiendo al japonés quien no había esperado escuchar su voz e se instante—. Dino contrató a Blanca para que fuera mi maestro —dijo e hizo una pausa, como buscando las palabras correctas—. Sergei es... es un mercenario y se le encomendó la tarea de enseñarme a matar —su voz temblaba al igual que sus manos sobre el volante—. Yo... lo que no te he dicho es que... Dios, ¿por qué es tan difícil? Escucha Eiji, yo no era un simple prostituto —confesó y parecía al borde de las lágrimas—. Mi trabajo era seducir a algunos enemigos de Golzine, acostarme con ellos y luego aniquilarlos sin dejar rastro.

Eiji parpadeó un par de veces. Su corazón pesado como el plomo. Ash permanecía con los ojos abiertos de par en par, con horror y clavados en el volante. Su cuerpo un poco inclinado hacia adelante y sus manos pálidas sujetándose con fuerza al volante.

El japonés estaba un poco asustado por la confesión, no tenía sentido negarlo. Todo ese tiempo había creído que Ash no era más que la víctima y escuchar de sus propios labios que también era un agresor era un peso que le costaba trabajo cargar.

Aun después de todo lo ocurrido le era casi imposible imaginarse al angelical Aslan Callenresse, desnudo y lleno de sangre, sin embargo, estaba consciente de que el rubio no había actuado por voluntad propia y que estaba muy arrepentido. Se avergonzaba y su expresión era la prueba de ello.

»Lo siento —dijo un segundo después—. Lamento no haberlo dicho antes, yo... estaba aterrado de que me odiaras. Yo... me aseguraré de que vuelvas a Japón a salvo así que soporta un poco más mi presencia. Te juro que yo jamás te haría daño, Eiji. Te lo juro.

La desesperación en su voz era tal que el nudo en la garganta del pelinegro se volvió más apretado y doloroso. ¿Esa era su razón? ¿Le había ocultado eso tan importante por miedo a ser juzgado por él? Eiji se sentía muy conmovido. Estaba consciente de que lo que El Lince había hecho estaba mal, muy mal, pero no lo odiaba, ni siquiera le asqueaba. En todo lo que podía pensar era en que pese a las circunstancias, Ash había sabido sobrevivir y ahora estaba allí y él le daría una segunda oportunidad, después de todo, el único culpable de todo ese desastre era Golzine.

—Una vez —respondió entonces, intentando aliviar la tensión—, en la escuela elemental, mis amigos me presionaron para robar el almuerzo de la cerebrito del salón para comérnoslo y lo hice. Ella lloró mucho.

—¿Eh?

Ash le miró entonces, por fin, y Eiji le sonrió.

—Pensé que estábamos confesando cosas horribles que nos habían obligado a hacer.

El nipón sabía que comparar el almuerzo robado con el asesinato y la prostitución era ridículo, pero no soportaba ver la culpa en el rostro de Ash. Él sabía, realmente sabía que había estado obligado a actuar así y no era justo.

—¿No estás asustado?

—¿De ti? No me hagas reír —se burló y la expresión de Ash fue de gran alivio.

—A veces no te entiendo en absoluto, onii-chan.

—Escucha, Ash. Sé que nada de esto es culpa tuya. Te conozco y sé que lo que más deseas es poder vivir sin causar problemas a otros. No voy a decirte que lo que hiciste estuvo bien, pero sé que de haber podido, te habrías rehusado, ¿o me equivoco? —Ash negó con la cabeza—. Eres un buen chico no lo olvides nunca.

Por un momento, realmente pareció que eso era todo lo que él necesitaba escuchar.

—Te llevaré a casa a salvo, lo prometo —dijo entonces—. Estarás de vuelta con tu familia tan pronto como sea posible.

Eiji sonrió.

—Tendrás que ayudarme a disculparme con mamá. Tiene mal carácter, pero es una buena persona.

El rubio no necesitó abrir la boca para que el japonés supiera que era lo que estaba pensando. «Igual que tú» era lo que quería decir. Estaba escrito en su rostro divertido.

El semáforo ya se había puesto en verde y pronto cambiaría de nuevo a anaranjado. Un automóvil detrás de ellos pitó y los rebasó por un lateral, maldiciéndolos por no moverse pero a ellos poco podría importarles. Todos los secretos habían sido revelados y ahora se sentía como si su relación se hubiese vuelto más estrecha.

O bueno, casi todos los secretos.

De camino a casa, aunque el ambiente se había vuelto tranquilo, Eiji no podía dejar de preguntarse si sería correcto confesarle a Ash sus sentimientos. El rubio, después de todo, se había armado de valor para decirle algo tan delicado a pesar de correr el riesgo de perder su amistad. Él no era tan valiente sin embargo y se odiaba por ello.

El automóvil subió la colina con facilidad y se estacionó frente a la puerta principal. Ash fue el primero en salir del auto. La brisa sopló y agitó su cabello dorado, despejando su rostro de piel pálida. Eiji se deshizo con un poco de dificultad del cinturón y finalmente descendió con la esperanza de al menos poder ayudar con una de las bolsas.

El japonés se encaminó a la parte trasera del automóvil.

—Yo llevaré todo adentro. ¿Puedes abrir la puerta? —le preguntó tomando con sus largos brazos algunas de las bolsas de compras.

—No seas ridículo —refunfuñó—. Puedo llevar algunas cosas.

—Que la herida ya no sangre no significa que se haya curado por completo, Eiji. No seas un bebé, haz lo que te digo.

El japonés dio media vuelta, indignado. La faceta sobreprotectora de El Lince era encantadora, pero sólo cuando no hacía que Eiji se sintiera como un completo inútil. Sin embargo, creía que no le costaría acostumbrarse a ello, a ser cuidado y protegido por ese muchacho y eso era peligroso.

El ojinegro buscó las llaves dentro de su chaqueta con la mano libre que le quedaba, tanteando por sobre los bolsillos hasta que las encontró, las sacó y luego las insertó en la ranura, equivocándose de llave una vez.

Ash, quién ya se dirigía a donde estaba, cargaba dos pesadas bolsas de papel usando ambos brazos. Su rostro no reflejaba esfuerzo en absoluto, pero el japonés suponía que el contenido debía pesar bastante.

El último pensamiento que tuvo Eiji antes de abrir la puerta fue que realmente deseaba quedarse de esa forma para siempre; en aquel paraíso de colinas verdes y viento cálido donde el atardecer lo pintaba todo de colores cálidos y las noches estrelladas se apreciaban con mayor claridad, como pequeños diamantes en el cielo.

En Cape Code dónde Aslan y Eiji no eran más que un par de muchachos demasiado desesperados por vivir, por sentir. Allí donde eran libres, dónde Ash podría ser lo que deseara. Dónde incluso Eiji podía darse el lujo de imaginar que estaban viviendo una vida de recién casados; compartiendo los desayunos, peleando porque la ropa no llegó al cesto, yendo juntos por las compras y leyendo a la sombra de un árbol junto al lago.

Demasiado bueno para ser verdad.

Lo primero que Eiji escuchó al girar el pomo de la puerta fue el grito de Ash a su espalda, llamando su nombre, seguido del ruido de las compras contra el suelo. Después de eso, las voces de hombres desconocidos proviniendo del interior de su pequeño refugio ahora descubierto y completamente destrozado.

El corazón de Eiji se detuvo por los siguientes segundos, mientras Ash corría en su dirección y le decía que se alejara de allí. Él, por supuesto, quería obedecer pero sus piernas se sintieron como plomo y cuando uno de dos hombres le golpeó en la cabeza con la parte trasera de una pistola no hubo nada que hacer. El dolor punzante atravesó su cráneo e hizo que todo se nublara y que los sonidos se volvieran graves e irreconocibles. Cientos de voces llegaban a él pero el significado de las palabras era difuso. En todo lo que podía pensar era en si Ash estaría bien.

¿Cómo los habían encontrado? No lo sabía pero estaba aterrado de haber sido atrapado con la guardia baja. Ash parecía haberse dado cuenta de los problemas aún desde el jardín y él, desde la puerta, no se había percatado de nada.

El japonés sintió un tirón en el brazo que le hizo ponerse de rodillas. ¿Había caído al suelo por el golpe? Aquel agarre era brusco y doloroso, para nada como el tipo de contacto que Ash solía tener con él. Tan gentil, tan amable.

—No te muevas, Lynxboy —dijo uno de los sujetos—. O el conejito muere.

El frío metal de la boca de una pistola se posó en su nuca, causándole escalofríos. Aún aturdido, Eiji intentó levantar la cabeza y averiguar cuál era el escenario. Si hubiese la más mínima oportunidad de que Ash pudiera irse de allí sano y salvó, él la tomaría sin dudarlo. Sin embargo las condiciones no eran favorables, había al menos una decena de hombres armados en el interior de la casa, todos apuntando al rubio a excepción del hombre detrás de él. Eiji estaba al borde de un colapso nervioso, incapaz de acostumbrarse a aquellas condiciones de vida. Estaba tan asustado que por un momento realmente creyó que comenzaría a hiperventilar.

Hasta que sus ojos se encontraron con los de Ash.

La mirada de ojos verdes eran toda una oda al terror. Lucía tan asustado y abrumado que Eiji rápidamente olvidó sus propios temores. De alguna manera, él sabía que Aslan no temía por su vida, que lo único de lo que estaba asustado era de perderlo, podía verlo en su mirada. Lo sentía en la piel y eso le rompió el corazón.

—Las manos detrás de la cabeza y de rodillas —Eiji sintió con más fuerza la presión del arma sobre su cabeza.

—Lo haré. Haré lo que sea pero por favor, déjalo ir. Él no tiene nada que ver con esto —respondió el rubio, obedeciendo casi de inmediato.

—Eso lo decidirá el señor Golzine.

Uno de los hombres se aproximó al ojiverde y lo revisó hasta que encontró su viejo revolver oculto en sus pantalones. Eiji no se perdió la repugnante forma en que tocó su cuerpo mientras fingía confiscar el arma, pero Ash no parecía abrumado por eso. Sus ojos seguían clavados en el hombre a su espalda y rogaban con desesperación.

Repentinamente, un disparo cortó el aire y el hombre junto al rubio cayó cual peso muerto en el césped. Todas miradas fueron de inmediato en dirección a la detonación, no así los ojos del rubio que fueron del nipón al arma junto al hombre abatido.

Eiji jamás lo había visto moverse tan rápido. Todo pasó en cuestión de segundos. Con gracia felina, el Lince tomó su revolver aprovechando la distracción y apuntó directamente a la cabeza de su captor. El japonés supo en el momento en que escuchó el disparo que debía volver junto al ojiverde, así que pese al mareo que aún sentía por el golpe en la cabeza, se puso de pie y corrió lo más rápido que pudo hasta el auto.

La lluvia de balas no se hizo esperar. El ojinegro logró llegar milagrosamente al vehículo donde Ash se resguardaba y disparaba a sangre fría y con tal determinación en la mirada que era aterrador. Aquella era la primera vez que Eiji lo miraba de esa forma, era como una verdadera máquina de matar. Disparaba sin piedad y a la cabeza, derramando tanta sangre como le era posible. En ese instante, la figura de Ash era como la de un Demonio, uno realmente hermoso.

—¡Enciende el auto!

El japonés salió de su trance y tomó las llaves que su compañero le arrojó, adentrándose en el coche. A su espalda, la persona que les había ayudado seguía disparando pero el nipón no se detuvo a mirar de quién se trataba. El lince subió en el asiento del copiloto y Eiji arrancó en reversa tan rápido como pudo mientras el sonido de las balas contra el metal del coche le destrozaban los oídos. La adrenalina era lo único que le mantenía en movimiento.

Los disparos a su espalda se detuvieron. Y Ash chasqueó la lengua con frustración mientras recargaba el revólver. Eiji se las arregló de alguna manera para girar el volante bruscamente aún con una mano y enfilarse hacia la carretera principal.

—No te detengas —le ordenó el rubio cuando vio sus intenciones de volver por el aliado que habían perdido.

—Pero quién sea que nos haya ayudado podría estar herido.

—¡Haz lo que te digo, mierda! Es imposible que el viejo siga vivo. Vi como recibió tres disparos en el pecho.

¿El viejo? ¿Se refería a su padre?

—Ash...

—¡Sólo sigue adelante, Eiji! Tal vez no te hayas percatado pero así es como funciona este mundo.

El japonés abrió la boca para replicar pero un fuerte golpe en la parte trasera del automóvil le hizo callar. Pensar que se librarían tan fácilmente de ellos había sido ingenuo, aparentemente. Ahora les seguían en automóviles y aunque no disparaban, si parecían decididos a sacarlos del camino. Eiji se percató por primera vez de que el objetivo de esos hombres no parecía ser el de aniquilarlos, sino el de capturarlos y Ash parecía comprenderlo también porque todo lo que hacía era pelear con dientes y garras para perderlos pero fue imposible.

Un auto más se alineó justo a su lado y se estrelló contra ellos, justo del lado donde Ash estaba sentado. El rubio arremetió con el revólver pero eso sólo lo empeoró todo. El conductor perdió la vida y el auto que manejaba perdió el control, estrellándose de lleno contra los jóvenes y sacándolos de camino, justo en dirección a un roble enorme.

Eiji intentó cambiar de dirección pero su limitada movilidad del brazo derecho no fue de ayuda. El golpe fue fuerte, seco y doloroso. El japonés sintió un tirón en todo el cuerpo y su cabeza golpear contra el volante mientras el cristal del parabrisas se hacía añicos y rasgaba pequeñas zonas de su piel.

Lo último que Eiji sintió fue la cálida mano de Ash sobre la suya y lo último que escuchó fue su voz rogándole que por favor soportara un poco más.