El frío hizo contacto con su piel y la atravesó hasta llegar a sus huesos, haciéndole temblar. Su cuerpo se agitó terriblemente y sus músculos se contrajeron dolorosamente.

Durante los primeros segundos de conciencia, Eiji no supo que había ocurrido ni dónde estaba, pero bastó con el incesante dolor en su cuerpo para hacerle recordar los últimos segundos de paz que había mantenido; Ash, la tarde de compras, el viaje de regreso a casa y luego la fatídica emboscada en la que habían caído como un par de ratones.

Aún con los ojos cerrados, el japonés intentó escuchar algo, cualquier indicio de que no estaba solo en aquel lugar. Tal vez dada la situación, lo mejor sería fingirse inconsciente un poco más, tantear el terreno o algo así. Algo era seguro, sus extremidades estaban atadas con tanta fuerza que apenas y podía sentirlas, no así la abertura en su cabeza por el golpe con el arma y posteriormente el volante del auto en el que habían chocado.

Extrañamente, su preocupación por conocer el paradero de Ash le ayudaba a pensar con calma. Había pasado lo mismo durante su infiltración al club de Golzine. Cuando se trataba de Aslan, su propia vida pasaba a segundo plano. ¿Era así como el amor debía ser? Porque así se sentía.

El pelinegro tomó aire y lo dejó salir lentamente de sus pulmones. La acción hizo que su cuerpo completo doliera como el infierno. Tal vez se había roto un par de costillas durante el choque... o tal vez se las habían roto a propósito. Fuese como fuese no tenía tiempo que perder, debía abrir los ojos.

Concentrando toda su fuerza en los músculos de sus párpados, Eiji intentó separarlos, pero grande fue su sorpresa cuando sólo logró despejar su ojo izquierdo. El lado derecho de la cara le ardía demasiado como para seguir intentándolo y de todas formas sospechaba que tenía ese ojo tan hinchado que sería imposible.

Ahora completamente consciente de su cuerpo y de todas las heridas en él, el pelinegro no pudo evitar soltar un pequeño quejido de dolor. Parecía que se habían divertido bastante con él, especialmente en la zona de su rostro y el tórax. No sabía si debía sentirse aliviado por estar inconsciente en el momento, pero en ese instante realmente quería morir. Las costillas rotas se le encajaban en el interior y podía sentir la sangre seca por todo su rostro.

Eiji logró levantar la cabeza lo suficiente como para mirar alrededor. El cuello lo tenía tan entumecido como las piernas pero no dejó que eso lo detuviera. Se encontraba sentado contra un pilar de concreto en una amplia sala de paredes de ladrillo, gris e insípida. Parecía el sótano de algún lugar desconocido, apenas iluminado por la pequeña línea de luz que pasaba por debajo de la puerta principal. Su cuerpo había sido atado con cuerdas gruesas, completamente inmovilizado, pero además, su tobillo se encontraba encadenado al pilar por medio de un grillete de metal.

El japonés suspiró. Deshacerse de las fuertes ataduras sería difícil, pero quitarse de encima el grillete sería imposible sin la llave. Bueno, tampoco era como si hubiera esperado que escapar fuese fácil. Estaba tratando con profesionales después de todo y aunque no quería perder la esperanza, aquel probablemente fuese el final.

¿Cuál era la posibilidad de que un tonto bueno para nada cómo él saliera bien librado de aquello? Ciertamente nula, pero lo único que lamentaba era no haber podido ver a su familia una vez más y pedirles perdón por los problemas. Explicarles que se había enamorado por primera vez en su vida y que eso lo había llevado a la perdición.

Eiji se preguntó cómo reaccionaría su madre si le hubiera dicho que se había enamorado de un hombre. Él, quién nunca se había interesado por nadie y quién jamás se había detenido a pensar sobre su sexualidad siquiera. Su enamoramiento con el Lince de New York había sido tan espontáneo que el que fueran dos chicos pasó a segundo plano. ¿Se decepcionaría? ¿O tal vez caería ante los encantos de Ash como hacía todo el mundo? Nunca lo sabría.

El pelinegro reprimió el dolor en su corazón que nada tenía que ver con los golpes que había recibido. Si seguía dándole más vueltas al asunto se deprimiría y no era el momento de ser débil, aún tenía que averiguar dónde estaba Aslan y sí se encontraba bien. No había señal suya en aquel almacén, de hecho, no había ni un alma aparte de él. ¿Los guardias estarían afuera? ¿O lo habían abandonado a su suerte en aquel lugar? Era probable que lo dieran por muerto y aun así se tomaran las molestias de atarlo para que no pudiera escapar.

El muchacho giró la cabeza un poco; primero a la izquierda y luego a la derecha. Su vista era reducida por la hinchazón en sus párpados pero alcanzó a ver una pequeña luz roja titilar en una esquina, probablemente de una cámara de seguridad. Para él era obvio que el juego no había terminado. Si seguía con vida era únicamente porque Golzine así lo quería, así que sólo le quedaba aguardar por nuevas noticias.

Los minutos se transformaron lentamente en horas y la fatiga en el cuerpo del nipón era cada vez más fuerte. Sus ojos se cerraban con lentitud y la fuerza en su cuello se desvanecía paulatinamente. El cansancio sólo era contrarrestado por la ansiedad y la preocupación. Ellos ya debían saber que estaba despierto, entonces, ¿por qué le hacían esperar? Tal vez era parte de la tortura psicológica.

En algún punto de la eterna espera, Eiji finalmente se rindió ante el cansancio y se arrastró hasta la inconciencia una vez más, hacia la nada. Sus párpados se volvieron tan pesados que fue imposible mantenerlos abiertos de par en par, al igual que sus maltrechos músculos, probablemente a causa de la gran pérdida de sangre que había sufrido. O por los golpes en la cabeza. Fuese como fuese, aquel descanso no duró demasiado. Había sido como un parpadeo. Durante un segundo, el japonés se encontraba completamente noqueado y al siguiente, un chorro de agua helada le había despertado a la fuerza.

Al haber sido tomado por sorpresa, el joven apenas tuvo suficiente fuerza para volver a abrir los ojos y levantar un poco la cabeza. El agua escurría goteando por su nariz y su barbilla. Su cabello sucio y desordenado pegándose a su rostro y por un instante, el nipón realmente creyó que volvería a perder el conocimiento pero un segundo chorro de agua se le impidió.

—Vamos, bella durmiente, es hora de despertar.

Aquella voz fue suficiente para que todos los sentidos de Eiji conectaran una vez más. De alguna manera, el balde de agua fría no había bastado para que comprendiera que no estaba solo y ahora sus nervios estaban a flor de piel.

Las borrosas siluetas que captaban sus ojos lentamente fueron definiéndose hasta que el pelinegro logró distinguir la figura de un hombre alto y de cabello rubio peinado en todas direcciones. Su expresión era de diversión pura, era obvio que de los dos, él era el único pasándolo realmente bien a costa del dolor del extranjero. Eiji no lo había visto nunca en su vida pero bastó con aquella primera impresión para saber que las cosas se pondrían peor para él.

»No puedes dormir ahora, estoy seguro de que quieres ver a Ash, ¿o me equivoco?

Todo el cuerpo del ojinegro reaccionó ante la mención de ese nombre. Como si hubiera recobrado milagrosamente algo de vitalidad.

—¿Dónde está? —preguntó con muchísima dificultad.

—Tranquilo, campeón, no te sobre esfuerces. Tienes dos costillas rotas y perdiste mucha sangre —le dijo con una sonrisa en los labios—. Pero tranquilo, estoy seguro de que mientras no te muevas demasiado, no perforará ningún órgano vital.

Eiji vio al rubio caminar de un lado a otro con total tranquilidad mientras jugueteaba con un cuchillo de combate que sólo había visto en las películas. Su peligroso filo brillando por el reflejo de la luz del pasillo. La puerta estaba abierta, pero el pelinegro no podía ver nada además de una sólida pared de concreto.

—Nos causaste muchos problemas, ¿sabes? Blanca es un profesional y aun así le tomó bastante tiempo dar con su paradero —¿Blanca? ¿Él había revelado su ubicación? ¿Los había traicionado?—. Papá está realmente furioso. El castigo no va a ser suave —el hombre lo miró como esperando una reacción de su parte, pero el nipón no le dio el gusto así que continuó con su monólogo:

»Estás haciéndote el valiente, que adorable. Me recuerdas al chico anterior, parece que Ash tiene gusto por los de cabello oscuro, aunque jamás nos había hecho ir tras un japonés. ¿Eres japonés, verdad? —Eiji no respondió. No tenía idea de que diablos estaba hablando aquel sujeto pero su rostro de confusión debía ser demasiado obvia porque le dijo—: No es la primera vez que Papá nos manda a la cacería de algún hombre con el que su putita se ha encaprichado. Generalmente el interés de Ash en alguien que no es el jefe no dura demasiado y le dejamos jugar por allí, pero Papá es un hombre celoso, como pudiste darte cuenta, y cuando cree que es suficiente interviene. Oh, por favor, no pongas esa patética expresión. No me digas que realmente creíste que lo que tenías con Ash era especial.

El rubio soltó una carcajada que resonó por toda la habitación mientras el corazón de Eiji se volvía cada vez más pesado. Aquello tenía que ser mentira, ellos ni siquiera tenían ese tipo de relación. Ash jamás lo miró de esa forma. Sin embargo, no pudo evitar pensar en la ocasión en que Aslan le había llevado hasta la habitación de un motel barato y había intentado seducirlo, después de que él quedará fascinado con su aura y fuese a buscarlo por primera vez para pedirle que posara para él. El ojinegro lo había detenido por supuesto, se había sentido tan incorrecto ceder a sus instintos pero, ¿aquello tenía algo que ver con las palabras del extraño?

—Bueno, algo está claro. De todos, tú has sido más ingenuo —dijo cortando el aire con el cuchillo. Luego de una pausa agregó con pesar—: Oh, no... No me digas. ¿Te contó el cuento del prostituto? ¿Te dijo que lo obligaban a tener sexo con todos esos tipos? ¿Te dijo que si aún seguía junto a Papá Dino era por una especie de deuda y no porque le encanta? —Eiji frunció los labios, al borde de las lágrimas. ¿Cómo sabía él todo eso?

—Mientes... —fue todo lo que pudo decir. Su voz quebrada y sus ojos nublados por el llanto. Lo dijo con toda la convicción que fue capaz de reunir. Ellos querían que dudara de Ash y no lo lograrían. No lo harían.

—¿De verdad? ¿No te pareció ni un poco sospechoso que, un chico cómo él, fuerte e inteligente siguiera a merced de un hombre que jura odiar pero al que deja que lo monte sin pedir nada a cambio?

—Él no... las cosas no son así —respondió pero la verdad era que no tenía idea. Siempre que preguntaba a Ash por qué no intentó escapar antes, respondía con un insignificante «porqué me encontraría de todas formas».

—Hombre, Eiji. No tienes por que llorar, no eres un bebé. Sé que te sientes patético, pero date un poco de crédito, amigo, esa perra es una gran mentirosa. No hubiera llegado a donde está de no ser así

—No hables así de él —escupió prácticamente.

No quería escucharlo, no quería saberlo. Quería creer en todo lo que Ash le había dicho. Todas esas palabras en su contra eran blasfemias, tenían que serlo, Eiji simplemente no podía concebir que la relación que había formado con Aslan fuera una mentira. Qué el ideal que tenía de él lo fuera. Qué el año que habían pasado juntos fuese una falacia.

—Veo que estás muy enamorado, no te culpo, pese a mi odio por él, admito que es bastante atractivo.

—Te equivocas —le interrumpió.

—¿Disculpa?

—Ash no es... Él es más que su físico, él es... Él es...

Su voz terminó de quebrarse y sus ojos derramaron las primeras lágrimas. Ash era más que un chico atractivo; para él, era la persona más maravillosa que había conocido nunca. Era divertido, inteligente y audaz. Su gran carisma le había ganado grandes amigos y su enorme corazón los había mantenido a su lado. Comprendía a Eiji como nadie más. Con él, el japonés no tenía miedo de ser el jodido chico aburrido con el que nadie quería pasar el rato, pero Ash sí quería y además lo disfrutaba.

Tras esa resolución, deseaba verlo con más ahínco. Realmente quería verlo. Si iba a morir, lo último que quería guardar en su mente mortal era su bonito rostro lleno de luz. Aquellos ojos esmeralda que le habían robado el aliento desde el primer segundo.

—¿Dónde está? Quiero verlo —exigió

El rubio le sonrió y luego cortó su mejilla con el cuchillo en su mano, haciéndolo sangrar, pero el nipón ya no podía sentir más dolor.

—¡Esa actitud me gusta más! Bien, chico samurái, haré tus deseos realidad así que será mejor que estés agradecido. Cuando llegues al infierno, no olvides hablar bien de Arthur —dijo con un guiño antes se arrodillarse a su lado y deshacerse de las cuerdas y los grilletes.

El peso extra de las ataduras desapareció rápidamente, haciendo que su cuerpo se sintiera ligero y sin embargo, también lo hizo más consiente de todos los golpes que había recibido. Arthur, como se había llamado a sí mismo aquel tipo, parecía realmente divertido con su agonía.

»Vamos, vamos. No hay tiempo que perder —le incitó a ponerse de pie.

Eiji lo miró por un instante antes de apoyar las manos en el suelo e intentar levantarse. Rápidamente se percató de que una de sus muñecas estaba demasiado hinchada, probablemente a causa de un esguince o algo similar. Sus piernas no estaban en mejores condiciones y Arthur lo sabía porque cuando el ojinegro intentó apoyarse en ellas comenzó a reír tan fuerte que realmente parecía al borde de las lágrimas.

El nipón cayó de lleno contra el suelo, incapaz de sujetarse a sí mismo. El dolor en sus costillas fue tan intenso que durante unos segundos todo lo que pudo ver fueron manchas negras. Repentinamente, en medio de ese dolor, sintió el tirón de sus brazos a su espalda y aquello le hizo gritar. Arthur lo había esposado.

—¿Dónde quedó toda esa resolución de hace unos segundos? —se burló—. Si te desmayas de nuevo no podrás ver a tu noviecito. Vamos, homo de mierda, no te rindas ahora.

Eiji sintió un tirón en todo su cuerpo. El rubio le estaba ayudando a levantarse con la menor delicadeza posible. Incluso creía que la herida de bala en su hombro se había abierto de nuevo, aunque sabía que eso era imposible. El japonés decidió que no se concentraría en el dolor, mantendría la mente en Ash.

Salir de aquel sótano fue toda una proeza, pero no tanto como subir las escaleras hasta la planta baja. A cada paso que daba, el pelinegro creía estar un poquito menos vivo. Jamás había experimentado tanto dolor y aun así no se explicaba como podía mantenerse de pie. Arthur prácticamente lo arrastraba por toda la casa de pasillos aparentemente infinitos que Eiji no pudo apreciar en absoluto. Todo lo que supo fue que salieron, caminaron y luego de vivir el infierno en carne propia se detuvieron frente a una enorme puerta de madera tallada.

—Ash está del otro lado —le dijo en un susurro confidencial—. ¿Puedes escucharlo?

Eiji pasó saliva con dificultad y se concentró en todos los sonidos provenientes del otro lado de la puerta. Su corazón latía con fuerza y sus manos sudaban mientras rezaba por no escuchar los gritos de dolor de la persona que amaba. Si le estaban haciendo daño no lo soportaría.

Pero no fue así, fue peor.

El nipón se paralizó y todo el dolor se desvaneció. Su mente se puso en blanco y la puerta frente a él se desdibujó mientras esos sonidos atravesaban sus tímpanos y le rompían el corazón.

—Parece que se están divirtiendo —comentó Arthur con falsa indiferencia—. Me pregunto si Papá Dino lo ha puesto en cuatro, o si se lo está follando de frente para poder ver su lascivo rostro.

El pelinegro no estaba escuchando realmente. La adrenalina recorría su cuerpo y su roto corazón había dejado de latir. En ese instante, no era más que un cuerpo vacío que lentamente se llenaba con desesperación y tristeza. Quería que se detuviera, no quería escucharlo más.

Los gemidos de Aslan atravesaban la puerta y martilleaban sus oídos al punto de creer que le sangrarían. Eiji no podía distinguir si eran de placer o de dolor, su cabeza punzaba dolorosamente y se sentía tan mareado que creía que vomitaría.

—¿Ash? —llamó con voz temblorosa y quebrada. No sabía que esperaba al hacer eso, pero su boca se había movido por voluntad propia, su alma llamando a aquel chico que le había robado la vida entera.

Los ruidos en el interior de la habitación se detuvieron por un instante y de alguna manera, el japonés sintió algo similar a la esperanza. Si Ash sabía que estaba allí, entonces pediría ayuda y él sabría que todo eso no era más que un asqueroso malentendido.

»Ash —llamó con más fuerza. Pero se sentía tan débil.

El silencio que reinó al instante siguiente le consumió por completo, llenándolo de vacía oscuridad.

—¿Lo escuchas, Ash? —intervino Arthur entonces, prácticamente gritando—. Tu amigo japonés está de visita. ¿Quieres que lo deje pasar?

—¡No! —espetó el rubio con desesperación, seguido de un sonido de forcejeo —¡Eiji, no! ¡Vete de aquí!

El pelinegro intentó apartarse de su captor y dirigirse hacia la puerta pero aquello le fue impedido con un simple y débil agarre contra el que no podía pelear dada su condición.

—¡Ash! —gritó usando todas sus fuerzas, que no eran muchas. Sus pulmones ardieron igual que su boca, pero ya no importaba. Sin Aslan nada importaba.

—¡Eiji! ¡Eiji, por favor! ¡No entres! —le imploraba con toda el alma—. ¡No me mires! ¡No me mires! Por favor, perdóname.

Los gemidos se volvieron más fuertes y el sonido de la piel contra piel más intenso. El joven fotógrafo cayó de rodillas, incapaz de sostenerse más tiempo y vomitó el desayuno del día anterior, manchando la alfombra hasta que no quedó nada. Arthur reía complacido a su espalda y Dino Golzine exigía a Ash que dijera su nombre con brutalidad.

Eiji se arrastró hacia adelante, intentando alcanzar la puerta antes de que Arthur pisara su mano y se lo impidiera, arrastrándolo de vuelta al frío cautiverio de la sala de ejecución en el sótano.

Cada que cerraba los ojos podía imaginar el rostro lloroso del chico que amaba, sus mejillas rojas y su boca seca, suplicándole que no lo viera, lleno de vergüenza, de desesperanza. Más que el dolor físico, Eiji se sentía destrozado emocionalmente al punto de desear la muerte. Quería que todo terminara rápido.

Eiji se sumergió en la oscuridad de su prisión, sintiéndose uno con ella. Su cuerpo apenas funcionaba y estaba tan angustiado que no podía y no quería pensar en nada. No quería arrepentirse del largo camino que había recorrido para llegar allí, pero cada vez era más difícil. Él era humano después de todo y sentía dolor, mucho dolor.

El tiempo no parecía correr en aquel lugar. No había luz de sol que le indicara si era de día o de noche, si habían pasado minutos, horas o segundos. Era como estar atrapado en la inmensidad de la eternidad. Eternidad que se desvaneció cuando las luces se encendieron, al igual que su mente.

Un reflector de luz amarilla brilló sobre él, deslumbrándolo, pero el nipón no tenía la fuerza para levantar la cabeza. Todas sus extremidades pesaban como el plomo y la poca energía que le quedaba apenas lo mantenía con los ojos abiertos.

La puerta metálica se abrió y una figura la atravesó, dirigiéndose en su dirección. La resolución de que, tal vez aquel era el final, le trajo un terror que jamás pensó que sentiría. No estaba asustado de la muerte, estaba aterrado de la idea de no poder ver a Aslan Callenresse nunca más, de no haber podido decirle cuánto significaba para él y se odiaba por no haber podido protegerlo. ¿Qué importaba si Ash era el amante de Golzine o de Blanca? Eso no volvía sus sentimientos menos reales. Él aún lo amaba.

Y él nunca lo sabría.

En su campo de visión, un par de zapatos de cuero café aparecieron. Eiji se preguntó si suplicando le dejarían ver al rubio una vez más. No conciliaba la idea de que su último encuentro con él hubiese sido ese tan desastroso y en ese punto perder la dignidad era lo de menos, el problema sería encontrar las fuerzas para hablar.

—Lo has hecho bastante bien, Eiji —dijo un hombre pero el japonés no pudo darle un rostro hasta que lo tomó de la barbilla y le ayudó a levantar la cabeza.

Era enorme a pesar de estar de cuclillas frente a él. Cabello marrón oscuro al igual que sus ojos. Piel clara y un acento extraño. Vestía un traje blanco con un sombrero a juego que parecía costoso y tal vez lo fuera. Estaba siendo cuidadoso al tocarlo y su mirada no era para nada hostil. Eiji lo conocía, era Blanca, pero su cerebro había tardado un poco en procesar la información.

—Sé que duele, pero pronto todo va a terminar.

La furia invadió su cuerpo por completo, quería gritarle a la cara que era un maldito traidor pero todo lo que pudo hacer fue mirarlo con todo el odio que fue capaz de reunir.

Blanca sonrió.

—Tranquilo, no tienes que mirarme así. Estoy aquí para ayudar. Sé que estás enojado, pero era la única manera en que Ash sería perdonado por el señor. Tal vez no lo entiendas, pero no habían muchas opciones. Si él seguía perdiendo el tiempo contigo, tarde o temprano sufriría las consecuencias y yo lo aprecio demasiado como para verle perder la vida por algo tan vano como una amistad. No es nada personal, Eiji.

—Tú... nos ayudaste a liberarlo.

—Oh, sí. Lo hice. Tonto y sentimental de mi parte. Estoy tratando de remediar ese error. ¿Me ayudarías? —el japonés lo miró en silencio—. Verás, mientras tú existas, Aslan no dejará de anhelar la libertad y ese deseo tonto carece de valor en este mundo. Él no necesita libertad, el necesita poder y fuerza y estando a tu lado pierde ambas cualidades por completo. Entonces, Eiji-san, sé que estás enamorado de él y que dejarlo ir será complicado pero, ¿podrías usar ese amor para entender qué es lo mejor para él? ¿Lo entiendes verdad? Ya lo has visto, el señor Golzine realmente está celoso de ti y seguirá castigando al Lince por tu existencia que es un inconveniente para él. No podrás volver a casa con él detrás de ti, ya no hablemos de reunirte con tu familia.

La boca de Eiji se sentía seca y pastosa, su corazón bombeaba con tal fuerza que era doloroso. ¿Aquello era verdad? ¿todo era su culpa? ¿de qué manera podía arreglo? No quería que su familia sufriera las consecuencias de sus decisiones, ni que Ash muriera por su culpa.

—¿Qué es lo que tengo que hacer? —preguntó, cansado y asustado—. Haré lo que sea por él.

—¿Lo que sea?

Eiji apenas pudo asentir. Él lo había prometido, que lo protegería, no le fallaría.

—Mientras tú existas, Ash no podrá vivir tranquilo. ¿Entiendes lo que eso significa?

Él lo sabía.

Blanca rodeó su cuerpo y se deshizo de las esposas en sus muñecas. Eiji se apoyó en ellas contra el suelo y vio el pequeño frasco de cristal que el ruso dejó destapado frente a él y que había extraído de su gabardina.

—Si lo bebes, Ash será perdonado por lo que hizo y tu familia no será perseguida.

Sin dudarlo, Eiji lo tomó entre sus maltrechos dedos.

—Por favor, no le digas que estoy enamorado del él —le pidió como última voluntad—. Sería injusto que viviera con esa carga.

—De acuerdo.

El japonés sonrió débilmente y puso el frasco en su boca para beber todo el contenido del frasco. Segundos después, su cuerpo cayó inherente sobre el frío y duro suelo de concreto. La imagen de Ash leyendo junto al lago en Cape Code fue la última en su mente. Tan tranquilo. Tan feliz.

Morir, sorpresivamente, no había sido doloroso.