Ash se encontraba tendido en la cama con las piernas temblorosas y el cuerpo cubierto de sudor. Su cabeza palpitaba con fuerza, amenazando con reventar en cualquier momento. No estaba seguro de poder moverse en los próximos minutos, pero todo lo que deseaba hacer era ponerse de pie e ir junto a Eiji, su preciado Eiji.

Habían pasado un par de horas desde que había escuchado su voz a través de la puerta y aún no podía superar la sensación de suciedad que le había hecho sentir el saber que él sabía lo que estaba haciendo. Jamás se había sentido tan patético ni humillado como en ese instante y la vergüenza era tanta que realmente deseaba morir.

Escuchar la voz de la persona que amaba mientras el pene de otro hombre lo corrompía había terminado por romper su alma. En todo lo que podía pensar era en si Eiji lo odiaría, si querría verlo. Si le creería cuando le dijera que le amaba y que no quería estar con nadie que no fuera él, que si lo había hecho con Dino era para mantenerlo a salvo.

El rubio sintió el colchón hundirse a su lado y automáticamente se acurrucó entre las sábanas, cubriendo su cabeza y sintiéndose como cuando era pequeño y lo obligaron a hacer todas esas cosas sucias con hombres mayores por primera vez.

Golzine acarició suavemente su cabello y su cuerpo comenzó a temblar. Le repugnaba que fuera capaz de tratarlo con tanta dulzura cuando segundos antes lo había follado hasta hacerlo sangrar.

Antes de conocer a Eiji, el sexo no había significado tanto problema, casi podía decir que se había acostumbrado. Bastaba con que se acostara, abriera las piernas y cerrara la boca. Pero las cosas cambiaban cuando uno se enamoraba y quería entregar su cuerpo a esa persona especial. ¿No era irónico que no hubiera podido obtener ni un beso del chico que amaba, pero que el hombre al que detestaba pudiera marcarlo hasta las entrañas? Ash jamás creyó que la vida pudiera ser tan injusta.

Pero lo era.

Las suaves caricias en su cabeza pronto se detuvieron al no recibir una respuesta positiva, pero el ojiverde sabía que no debía cantar victoria. Dino Golzine siempre obtenía lo que deseaba y nada ni nadie era impedimento. Las pocas personas que habían tenido el coraje de oponerse a él habían terminado muertos por sus propias manos; a veces envenenados, a veces asfixiados. Ash sabía a la perfección lo que le ocurría a la gente que le llevaba la contraria, porque él había sido su más grande verdugo.

La sábana sobre su cuerpo fue arrancada repentinamente con rudeza, dejando al descubierto su magullado cuerpo de piel lechosa lleno de sudor, mordidas, hematomas y semen mezclado con sangre seca entre sus piernas. Rápidamente, el chico llevó sus manos a su miembro y a sus tetillas imposiblemente enrojecidas e hinchadas, intentando cubrir su desnudez y ganándose una risa de burla por parte del hombre que lo había mancillado.

—No sabía que un sinvergüenza como tú supiera lo que es el pudor.

—No me toques —respondió como un animal que ha sido herido y ahora ha sacado las garras para defenderse.

Dino soltó una carcajada más, haciendo que su pecho con vellos canosos se inflara. Al igual que él, estaba desnudo a excepción de la toalla blanca enredada en sus caderas. Lucía bastante satisfecho de sí mismo, como si hubiera ganado un juego que Ash no sabía que estaban jugando y que incluso así le dolía perder.

El Lince tomó una de las almohadas en la cama y se cubrió con ella, incapaz de soportar estar expuesto un segundo más. Durante casi todo el año que había estado con el japonés se las había arreglado para relegar su trabajo a otros de los hombres de Dino, cediendo su paga también, así que estaba completamente deshabituado a recibir ese tipo de mirada; como si quisieran comérselo vivo.

—Vamos, Ash, pórtate bien. Ya sabes que si me haces enojar tu amigo el japonés pagará las consecuencias. Ya está bastante delicado y no me gustaría tener que darle el golpe de gracia.

Los ojos del rubio se llenaron de lágrimas y su corazón se hizo trizas. Llevó sus manos hasta su rostro y se negó a mostrarle su llanto a aquel monstruo. Se sentía tan culpable, tan mal por no haber rechazado a Eiji cuando le pidió que se encontraran una vez más. Él sabía que algo así podría pasar y aun así se había dejado llevar por la curiosidad que le infundaron aquellos profundos ojos negros tan opuestos a los suyos.

Si algo le pasaba a Eiji todo sería culpa suya. Suya y de nadie más.

Ash sintió un fuerte tirón en el cabello que le hizo sentarse sobre el colchón. Su cuero cabelludo ardió, pero no tanto como su baja espalda. El viejo le sujetaba del cabello con una expresión iracunda en su rostro; sus pequeños ojos desorbitados y sus delgados labios apretados en una línea recta. El agarre se hizo más fuerte cuando la primera lágrima rodó por su mejilla.

—¡Deja de llorar! —le ordenó con voz gruesa que retumbó en toda la lujosa habitación, pero en vez de calmarse, las lágrimas escurrieron una tras otra sin detenerse.

Dino lo soltó haciéndolo caer bruscamente en la cama. Ash sintió su peso sobre su cuerpo y luego sus manos regordetas alrededor de su delgado cuello, apretándolo y dejándolo sin aire. Envuelto en la histeria del momento, Aslan lloraba y repetía con su último aliento el nombre de Eiji con ronca voz mientras aquellas manos se cerraban cada vez más sobre él, asfixiándolo y arrancándole la vida lentamente.

—Eiji... Eiji... —murmuró una y otra vez, como si se tratara de una especie de plegaria. Como si al repetirlo Dios fuese a perdonarlo por todo lo que había hecho a lo largo de su vida.

—¡Cállate! —exigió Golzine—. ¡Cállate maldita sea! ¡No digas ese nombre! ¡Tienes prohibido hacerlo!

—Eiji... Eiji... Eiji... —las lágrimas escurrían de sus ojos y rodaban hasta su barbilla mientras todo se volvía cada vez más oscuro—. Te amo, Eiji. Te amo.

El agarre en su cuello se hizo cada vez más flojo y el aire comenzó a circular por sus pulmones. Ash tosió sin control y llevó sus propias manos a su cuello sintiendo las marcas de los dedos ajenos sobre él. Estaba perdiendo la razón por el dolor, estaba volviéndose loco por encontrarse con Eiji una vez más, pero sabía que si quería que el japonés saliera con vida de allí sería imposible.

—¡Lo amo! ¡Lo amo! —gritó desesperadamente. Ahora que lo había dicho en voz alta no se sentía capaz de callarlo nunca más.

—No me hagas reír, pequeña mierda —dijo Golzine antes de silenciarlo con una bofetada bastante efectiva.

Ash se quedó allí, inmóvil con el rostro empapado y la garganta seca. De repente su mente se había puesto en blanco y no podía pensar en nada más que la desesperada voz de Eiji llamando su nombre del otro lado de la puerta.

—Por favor, deja que se vaya a Japón. No intentaré escapar de nuevo, así que...

—¿Y por qué crees que perdería la oportunidad de castigarte asesinándolo frente a ti? —le interrumpió. Ash giró rápidamente la cabeza para mirarlo con horror—. Mírate, luces realmente patético. No queda nada del muchacho bravo que tanto me encendía. Tu amor me repugna y me hace enojar. Nunca creí que llegaría el día en que dirías esas palabras. Ciertamente creí que te había criado para no albergar ese tipo de sentimientos que sólo los débiles portan, pero me equivoqué. Blanca tenía razón. Mientras ese mocoso japonés exista, tú no volverás a ser el mismo y en tu estado actual no me sirves para nada.

Ash tragó saliva pesadamente, el conocía el significado de esas palabras. Dino se levantó de la cama y se dirigió al armario en busca de ropa.

El rubio miró a su alrededor en busca de algo que le ayudara a acabar con Golzine de una vez por todas. Pero todos los artículos pesados con los que podría golpearlo en la cabeza habían sido ocultados. Tal vez, si conseguía reunir un poco de fuerza podría ahorcarlo con las sábanas, pero si el viejo lograba gritar una sola vez sus guardias lo estarían acribillado en cuestión de segundos. Si pudiera tener una oportunidad, por más pequeña que fuera para asesinarlo antes de que pudiera poner una mano sobre Eiji, lo haría.

—Vístete —dijo el hombre, de repente—. Te llevaré a ver a tu querido Eiji por última vez. Tendrás toda tu vida para agradecerme.

La piel de Aslan se erizó y su corazón bombeó con fuerza mientras su mente iba a toda velocidad. Dino no lo estaba llevando con Eiji por misericordia o empatía, lo estaba llevando para presenciar su castigo y aquella idea se reafirmó cuando, una vez se vistió y salieron de la habitación —él con las manos esposadas a la espalda—, lo llevó en dirección al sótano. Su sala de juegos, su salón de ejecución.

Ash sabía que si quería hacer algo tendría actuar rápido. No tenía un arma, sus piernas se sentían como gelatina y sus manos estaban esposadas pero tenía que existir algo que pudiera hacer, ¿verdad? Dino se enojaría con él si se arrastrara y suplicara por la vida de Eiji, no le creería si le dijera que él mismo acabaría con la vida del japonés y definitivamente no le dejaría tomar el lugar de Eiji en la ejecución.

Ambos hombres bajaron las escaleras hacia el sótano, acompañados de un par de guardias y pasaron de largo la puerta principal para entrar por otra más pequeña. Subieron las cortas escaleras detrás de ella y se instalaron en el balcón que tenía vista a la sala y cuyo cristal estaba polarizado para evitar que las personas en el balcón expusieran sus rostros. Las manos de Ash sudaban en exceso y su corazón martilleaban en sus oídos. Dino lo sentó en una de las sillas al frente y él tomó el lugar a su lado como si estuvieran asistiendo a la ópera y nada más.

Nervioso, el rubio intentó ver a través de la oscuridad pero no podía distinguir nada. Aquel era el momento, aún podía salvar a Eiji. Si pudiera ponerse de pie lo suficientemente rápido podría usar sus propias esposas para estrangular al viejo, pero no sabía si tendría tiempo suficiente para sortear a los guardias y llegar hasta el japonés. Sin embargo, no había tiempo para pensar. No había tiempo para perder.

Ash se puso de pie rápidamente y las luces en la sala se encendieron dejándolo petrificado. Ahí, atado a un pilar de concreto se encontraba alguien muy parecido a Eiji pero con el rostro tan golpeado que era imposible saberlo. Su cara estaba llena de sangre y su expresión denotaba un profundo sufrimiento. Se encorvaba sobre sí mismo como si todo su cuerpo estuviese hecho polvo y sus ojos se encontraban clavados en el sueño con gesto perdido. No reaccionó con la luz, ni tampoco cuando Blanca apareció por la puerta principal y se acuclilló frente a él. Estaba tan cansado que el ruso tuvo que ayudarle a levantar la cabeza.

Ash jadeó y sus pies lo llevaron hasta el cristal donde recargó la frente para poder ver más de cerca. No había visto a Eiji desde que los habían capturado. Había perdido la conciencia después del choque y había despertado desnudo en la cama de Dino. Estaba realmente herido, tan herido que se sintió avergonzado de haber llorado por una tonta violación. El japonés no merecía nada de lo que le habían hecho, era un simple muchacho universitario que quería convertirse en fotógrafo. No podía permitir que arrancaran ese futuro de sus manos. No podía.

—Por favor. No le hagas daño —imploró a pesar de que dijo que no lo haría—. Haré lo que quieras, pero por favor, no le hagas más daño.

—¿Estás realmente dispuesto a sacrificarte por ese bueno para nada?

—Él es... él es especial.

—Lo sé. Por eso no lo dejaste ir, incluso cuando te lo advertí. Ahora conocerás las consecuencias de tu necedad. No puedo permitir que en tu vida exista un hombre más importante que yo. Creí que había quedado claro con la muerte de tu hermano.

Ash se quedó sin aliento. Apartó la mirada de Eiji para llevarla a Golzine quien, impasible, miraba la escena en la sala de ejecución. ¿Su hermano no había sido asesinado por un grupo enemigo? ¿Ese bastardo lo había asesinado?

Lo has hecho bastante bien, Eiji. —La voz de Blanca llegó a través de los parlantes instalados en el balcón, pero no fue suficiente para distraer el furioso lince—. Sé que duele, pero pronto todo va a terminar.

—Asesinaste a mi hermano... —dijo con un gruñido.

—Él no me hubiera dejado ponerte una mano encima.

—¡Eres un monstruo!

—¿Con qué derecho te atreves a decirlo? Tus manos están tan manchadas como las mías. Cuando asesinaste a todos esos hombres no te detuviste a pensar en sí tenían una familia; quizás tenían hijos, una esposa o un hermano esperándolos en casa. Te deshiciste de ellos bajo tu propia conveniencia.

—¡Tú me obligaste a hacerlo!

—¿De verdad? Pudiste haberte negado de la misma forma en que tu hermano se negó a entregarte y morir, pero estabas demasiado asustado para ello. Tu egoísmo te ha llevado a cometer los peores errores de tu vida. Arrastraste a ese inocente fotógrafo a toda esta porquería porque no querías sentirte solo. Pudiste haber dejado de frecuentarlo, él no tenía manera de encontrarte, ni siquiera sabía tu nombre real y aun así volviste al lugar donde lo conociste por primera vez, con la esperanza de verlo una vez más. Tú le llamas amor. Para mí no es más que satisfacción propia.

—¡Eso no es verdad! —gritó con los ojos enrojecidos pero ninguna lágrima en ellos.

—¿De verdad? ¿entonces qué? ¿Lo hubieras dejado volver a Japón así como así?

Ash apretó la boca con frustración. Por supuesto que él quería dejarlo volver a casa. La verdadera cuestión era si podría hacerlo. Tal vez Golzine tenía razón. Tal vez no sería capaz de dejarlo ir nunca, pero eso no significaba que no lo amara, sino todo lo contrario.

Mientras tú existas, Ash no podrá vivir tranquilo. ¿Entiendes lo que eso significa? —Ash llevó la mirada en dirección al cristal otra vez. Su alma completamente debilitada por la verdad que debía afrontar—. Si lo bebes, Ash será perdonado por lo que hizo y tu familia no será perseguida.

—¿Qué está haciendo? —preguntó en un susurro débil que rápidamente se volvió desesperación pura—. ¿¡Qué hace?! —exclamó intentando golpear el cristal con los puños pero siendo detenido por las esposas.

Eiji sujetaba entre sus manos temblorosas un pequeño frasco de cristal que contenía un extraño liquido de dudosa procedencia. Estaba tan débil que parecía que lo dejaría caer en cualquier momento.

—El chico está tomando la responsabilidad de tus acciones —respondió Golzine con calma.

La adrenalina subió por todo su cuerpo haciéndolo perder el control. Ash rápidamente comenzó a estrellarse contra el cristal usando sus hombros. Los guardias de seguridad entraron y le apuntaron pero no dispararon por orden de Golzine quien simplemente le veía arremeter cual animal salvaje dentro de su jaula.

—¡Eiji, no! —gritó intentando detenerlo, pero era inútil. No sería escuchado por mucho que levantará la voz—. ¡Eiji! ¡Por favor! ¡Yo lo haré! ¡Déjame tomarlo en su lugar! ¡Es mi culpa! ¡Déjame tomar la responsabilidad!

Los guardias se acercaron a él y lo sometieron contra el suelo. Ash perdió de vista la silueta de Eiji y luchó con todas sus fuerzas para deshacerse del peso extra en su cuerpo pero fue inútil. No sabía que estaba ocurriendo y la incertidumbre lo estaba matando.

Por favor. —La voz del japonés fue suficiente para que el Lince se calmara. Como si se tratara de un analgésico, todos sus músculos se relajaron. Sonaba tan rota y tan cansada. Ash no lo soportaba más. No quería escucharlo así—. Por favor no le digas que estoy enamorado del él. Sería injusto que viviera con esa carga.

Una solitaria lágrima escurrió por su rostro y su corazón terminó de marchitarse. Eiji dijo que lo amaba. No podía creer que todo ese tiempo había estado viviendo con el temor de tener un amor unilateral y en el peor de los momentos, la verdad habia sido revelada. ¿Era aquello lo que había querido decirle en lago, semanas atrás? Quería escucharlo de nuevo, que se lo dijera de frente, pero de alguna manera, cuando el sonido de la botella de cristal chocando contra el suelo se escuchó en los altavoces, haciéndose añicos, supo que sería imposible.

—El espectáculo terminó, volvamos a la habitación —dijo Golzine.

Al final, no había podido salvar a la persona que amaba.

Los guardias se separaron lentamente de él, pero dentro de Ash toda la calma se había vuelto un infierno. Su alma clamaba por venganza y no había fuerza en el universo que lo apaciguara.

Dino salió de la sala en compañía de un guardaespaldas y el ojiverde fue obligado a levantarse por otro. El viejo se había confiado creyendo que lo había destruido y pagaría por ello. Silencioso como un felino al acecho, se las arregló para derribar al guardia restante y estrangularlo aún con sus manos en la espalda. Tan rápido como pudo, pasó sus brazos por sus piernas para que quedarán al frente y hurtó el arma del hombre en el suelo antes de salir, dispuesto a disparar a quemarropa sin importarle morir en el proceso.

Sin Eiji, vivir no era la prioridad.

El guardia que acompañaba al viejo se percató de su presencia y lo encaró mientras Golzine huía hasta la planta superior, atónito. Ash disparó directamente a la cabeza de su oponente pero aquello bastó para llamar la atención del resto.

Las alarmas se dispararon y en menos de un minuto decenas de hombres estaban tras él. Ash recorrió la casa entre disparos, recogiendo las pistolas de los cuerpos cuando se quedaba sin munición. Con la mente completamente en blanco y fuera de control, su cuerpo se movía por voluntad propia y se deshacía de cualquier obstáculo que se planteará frente a él; como la perfecta máquina de matar que Golzine siempre deseó que fuera.

La sangre rápidamente manchó las alfombras y las balas desgarraron el papel tapiz volviéndolo todo un festival de muerte y destrucción. Todo lo que Ash podía sentir era furia implacable que no terminaría hasta haber aniquilado a Dino Golzine.

El rubio recorrió la casa de arriba abajo, siendo herido en más de una ocasión pero ignorándolo por completo cual robot. Eiji había resistido más que unas cuantas heridas de bala y aun así había tenido la fuerza para pensar en él. Ash no iba a decepcionarlo.

El rubio encontró a Dino en los jardines. Se dirigía al estacionamiento donde su auto lo esperaba. Iba acompañado de cuatro hombres de los que se deshizo únicamente con tres disparos, atravesando a dos de ellos con una sola bala de revólver. De haber sabido que acabar con Golzine sería tan fácil lo hubiera hecho antes, sólo que en el pasado no había tenido una verdadera razón para enfrentarlo.

—Debiste haberme matado —le dijo apuntando directamente a su cabeza, a tres metros de distancia—. Eiji se hubiera marchado sin causar más problemas. ¿Creíste que me habías roto? ¿qué me tiraría a llorar y que no lo vengaría?

—No puedes ganar este juego, Ash —le dijo entonces y un pequeño punto rojo de luz se plantó en su pecho. Era un francotirador—. Te olvidaste de mí mejor hombre. En cuanto intentes jalar el gatillo, Blanca se ocupará de ti.

—Te equivocas, Papá. Tal vez no tengo nada que ganar, pero sin Eiji tampoco tengo algo que perder.

—Asesinarme no va a traerlo de vuelta. Ni a él ni a tu hermano.

—Ya lo has dicho antes. Soy una perra egoísta y esto lo hago por el simple placer de saber que puedo.

Ash flexionó el dedo y jaló del gatillo. El sonido del disparo rompió el aire y resonó por todo el terreno, haciendo eco. La bala se plantó directamente en la frente de Golzine quien había intentado sacar su propia arma del saco y no había podido. La munición atravesó limpiamente su cráneo. Aquel cuerpo que tanto dolor le había causado cayó de lleno contra el suelo y cuando la sangre empezó a mancharlo todo de rojo, los ojos de Ash se llenaron de las lágrimas que no había podido derramar por Eiji.

Un grito desgarrador provino de su garganta. Sus piernas ya no tenían fuerza pero de alguna forma aún se mantenía de pie. De repente, todo su cuerpo se sentía sucio; sus manos, su espalda, sus piernas, su corazón y la tristeza era tanta que si no la sacaba de su cabeza se volvería loco.

La sonrisa de Eiji se pintó detrás de sus párpados; cálida y amable como siempre había sido. Ash escuchó su voz diciéndole que lo amaba al tiempo que la boca de su pistola se posaba en su sien. Podía ver sus ojos rasgados y llenos de luz, sus manos de dedos pálidos sujetando su cámara fotográfica. Podía escuchar su risa burlona y sus gritos furiosos. Podía ver la mueca que hacía al comer algo con demasiada mostaza y el gesto que se formaba cada que algo lo tomaba por sorpresa; como cuando colocó esa flor detrás de su oreja en un gesto inconsciente de cariño.

¿Eiji se enojaría mucho si supiera que su sacrificio fue en vano? ¿qué le amaba tanto que todo lo que deseaba era alcanzarlo, allá donde estuviera? Bueno, le pediría disculpas después. Pensó al tiempo que jalaba del gatillo sin pensarlo más.

El disparo seco ahuyentó a algunas aves que levantaron vuelo mientras expresaban su descontento piando lejos de allí. Ash cayó al suelo de rodillas aún con la mano cerca de la cabeza pero con el arma en el suelo, a al menos dos metros de él.

Los dedos le dolían. El idiota de Blanca había disparado a la pistola y se la había arrebatado. Cualquier otro le hubiera arrancado los dedos en el proceso, pero él, con todo su profesionalismo, sólo le había arrancado las esperanzas de reunirse con el hombre que amaba.

—¡Sólo déjame morir de una vez! —le imploró pero ya no tenía las fuerzas para levantarse a por la pistola.

—Guarda silencio, no sabemos si aún queda alguno de los hombres de Dino con vida. —Blanca salió por la puerta principal y caminó hasta él, aún sosteniendo su arma—. ¿Puedes levantarte?

—Déjame solo, maldito traidor —dijo con voz ahogada y la vista nula a causa de las lágrimas.

—Si mueres aquí no podrás ver a Eiji. Al menos dame las gracias.

Ash se giró y tomó al hombre por la ropa, halando amenazadoramente. Frente contra frente.

—No jodas conmigo, Sergei.

—Whoa, eres aterrador. Pero supongo que no es para menos y tampoco tiene caso seguir dándole vueltas. Ash, tu amado Eiji sigue con vida.

—¿Qué?

—Sólo le hice creer a Dino que había sido envenenado. En realidad planeaba hacerle creer que ambos habían sido envenenados para que los dejara en paz, pero tú perdiste la cabeza y comenzaste a disparar a todo el mundo así que tuve que ayudarte. Supongo que ambos creímos que estarías tan triste que te quedarías llorando sin hacer nada. Absurdo ahora que lo pienso mejor.

—Eso quiere decir que... —Ash se puso de pie de un alto, su corazón volviendo a la vida una vez más—. ¿Dónde está? ¡Eiji! ¡Eiji!

—Hey, tranquilo. Te dije que aún no era seguro hacer tanto ruido. Shorter lo ha sacado de aquí en uno de los automóviles blindados de Yut-Lung y los doctores de la familia Lee lo están atendiendo. Tenías razón, el pequeño Yut estaba jugando a espaldas de su familia y el chantaje funcionó a la perfección.

—Entonces él... ¿está a salvo?

—Lo está y lo estará ahora que Golzine ha muerto. Creo que podrá volver a Japón por la vía legal. Y tú podrás acompañarlo si así lo deseas.

Ash asintió pensativo. Se sentía feliz pero por alguna razón no estaba tranquilo y pronto supo porqué.

—Aún no le he dicho que lo amo —dijo y por primera vez en su vida se sintió con la libertad de expresarlo abiertamente.

—Bueno, entonces curemos esas heridas y no perdamos más tiempo.