Ash caminaba de un lado a otro, nervioso. Sus manos estrujando el papel de decoración que envolvía el ramo de rosas que había comprado un par de horas atrás y sus rodillas amenazándolo con dejarlo caer.

Sería la primera vez que se encontraría con Eiji desde el incidente con Golzine. Con Eiji consciente, en realidad. Había pasado las últimas dos semanas esperando a que despertara, alternándose con su madre para cuidarlo en el hospital y asegurándose de que ninguno de los más allegados al viejo quisiera tomar venganza, pero Arthur, quien era el que más le preocupaba, había tomado todo su dinero y se había largado a Sudamérica por temor a que lo relacionaran con el caso de tráfico de drogas y prostitución que se había abierto tras el fallecimiento de Dino.

Parecía que todo estaría bien, desde es momento en adelante, Eiji y su familia sólo tendrían que preocuparse de su recuperación. Yut-Lung Lee se había encargado de limpiar todo rastro de su colaboración con Dino, haciendo pasar por muerto a Ash Lynx "El Lince de New York" y había arreglado todo para que el caso del japonés estuviera únicamente ligado a la trata de personas y no a una venganza personal. Les había proporcionado seguridad privada con el pretexto de su amistad en la universidad con Eiji y se había encargado de que su «amigo» recibiera la mejor atención médica en el mejor hospital de la ciudad porque «es algo que los amigos hacen, ¿no?».

Por supuesto que aquello no era más que un pequeño favor a cambio de mantener su silencio. Shorter había usado todas sus conexiones para reunir evidencia de la traición del menor de los Lee y era tan contundente que poco más había podido hacer. Yut había hecho una rabieta y había intentado comprar a Shorter y a sus chicos inútilmente, al final había tenido que cooperar y además gastar muchísimo dinero. Al principio no estaba en los planes de Aslan sacar tanto beneficio de él, pero después de recordar que había sido él el que había estado intimidado a Eiji en la universidad, por órdenes del viejo, no se tentó el corazón. Incluso había hecho que le consiguiera el montón de documentos legales que su padre jamás se molestó en proporcionarle para ser un miembro de la sociedad.

—Llegas temprano, Ash —dijo la amable voz de la madre de Eiji.

El rubio sonrió en su dirección y se acercó para besar su mano amablemente. La mujer, quien vestía un vestido holgado y largo junto con un suéter tejido, se sonrojó y sonrió aun más ampliamente. Eiji se parecía a ella, definitivamente. Tenían los mismos ojos redondos y las mismas pestañas oscuras y gruesas. Su aura también era muy similar, por lo que Ash se había acostumbrado a su presencia rápidamente y ella parecía haberle tomado bastante afecto.

—Sí, estaba un poco nervioso y terminé madrugando —confesó.

—Puedo verlo. Son unas lindas flores. ¿Tsubakis y Sumires?

—Sí —respondió con las mejillas sonrosadas—. Pensé que a Eiji le gustaría ver algo de su país después de tanto tiempo.

—Es un detalle muy lindo de tu parte. Gracias por cuidar de Eiji todo este tiempo, pero no deberías exigirte demasiado. Tú también fuiste lastimado y deberías cuidar mejor de tu salud. Eres joven pero dos heridas de bala no son poca cosa.

—Eran bastante superficiales así que estoy bien —respondió tragándose el nudo en la garganta por la culpa. No merecía recibir el mínimo de preocupación—. De todas formas, lo mío no fue nada comparado con todo lo que le hicieron pasar a él. Me preocupa que no vuelva a ser el mismo.

—Sé que Eiji puede aparentar ser un muchacho débil pero tiene bastante espíritu. Va a recibir toda la ayuda necesaria y nos tiene a todos nosotros para ayudarle a seguir adelante. Tal vez sería buena idea que también fueras a terapia. No debe ser fácil para ti tampoco.

Ash se mordió el labio inferior. Tanto ella como la policía creían que no era más que un muchacho abusado sexualmente al que Eiji había intentado ayudar. No parecía que nadie le culpara por como había terminado aquella situación y después de los exámenes a su cuerpo no hicieron más preguntas, pero aun así, el rubio no podía evitar sentirse culpable por mentir. Él era más que el papel de víctima que Blanca le dijo que sería mejor que interpretara si quería tener la oportunidad de ver a Eiji con total libertad. El que tendría que interpretara si quería que Aslan Callenresse tuviera la oportunidad de redimirse.

—No lo sé. No estoy muy seguro de querer hablar sobre todo esto con un extraño.

Ella se rio.

—Creo que nadie querría. Pero piénsalo, es por tu salud emocional.

Ash le sonrió de vuelta y la acompañó hasta los asientos en la zona de espera. Se suponía que a las siete de la mañana los doctores darían una última revisión al japonés para cerciorarse de que sacarlo del coma inducido era seguro, a las ocho y media, si todo estaba en orden, interrumpirían la aplicación de somníferos y para las once de la mañana Eiji debía ser capaz de recibir visitas. Había sufrido facturas en las costillas y múltiples esguinces. Su cuerpo presentaba una cantidad enorme de golpes, siendo los más importantes los infligidos en la cabeza. Ahora, después de dos semanas de atenciones y descanso, los médicos aseguraban que Eiji despertaría sin secuelas, aunque debían estar preparados por si una pequeña pérdida de memoria se presentaba, principalmente por el trauma.

El móvil de Ash sonó. El chico lo extrajo de su chamarra de jeans y miró la pantalla. Se trataba de Shorter.

Hey, budy. ¿Qué ocurre? —contestó.

Sólo quería preguntar por el estado de Eiji.

—Aún no tenemos noticias pero su madre y yo estamos esperando.

Espero que los doctores de Lee estén siendo amables y discretos o tendré que volver a chantajearlo.

Ash soltó una carcajada.

—Oh, están siendo muy amables. Gracias por preocuparte.

Te escuchas nervioso.

—Lo estoy.

¿Vas a decirle que estás enamorado de él? —preguntó y todo el rostro de Ash se pintó de rojo. Para evitar que la madre de Eiji lo viera, se giró un poco.

—Por supuesto que no —susurró violentamente—. Primero necesita descansar y aclarar sus ideas. No puedo simplemente bombardearlo con algo así.

Yo creo que es un buen momento. Bastante romántico. El héroe y la chica se reúnen después de una experiencia cercana a la muerte y confiesan sus sentimientos mientras Whitney Houston suena de fondo.

—En realidad sólo tengo una pregunta sobre esta película mental que te has montado en la cabeza.

¿Cuál?

—¿Yo soy la chica?

Shorter rompió a reír a través del auricular, contagiando al Lince un poco de su buen humor.

Vamos, amigo. Vas a estar bien. Sabes que sus sentimientos son mutuos. A estas alturas no tienes nada que perder y todo por ganar.

—Jamás me había sentido tan aterrorizado en mi vida. Incluso compré flores.

Joder, ahora sí que ya lo he vivido todo. Es imposible que Eiji Okumura deje ir a un bombón cómo tú que es guapo, acabó con toda una organización criminal por él y además le lleva flores. Pero si lo hace, avísame para presentarte a mi hermana. Necesita uno como tú.

—Idiota.

Ánimo campeón. Consigue esos besitos japoneses.

—Voy a colgar —le advirtió medio divertido, medio avergonzado.

Todos te desean suerte. Excepto Sing que está un poco celoso. Le gusta el chico samurái.

—¡Eso no es verdad! —exclamó el mencionado al fondo.

Ash sonrió agradecido con su mejor amigo. Shorter siempre lograba ponerlo de buen humor aun en las situaciones de mayor tensión. El chino no había dicho nada que Ash no supiera, pero de alguna manera, realmente había necesitado escucharlo. Escuchar que al despertar, Eiji seguiría queriéndolo como había dicho que hacía. Muy en el fondo, más que nervioso por confesarse, Ash estaba asustado de que el japonés le odiara por haberle hecho pasar tantas penas. Preferiría la muerte a su desprecio y no era una alegoría.

—Señora Okumura, buenos días —saludó el doctor encargado de Eiji.

Ash se despidió rápidamente de Shorter mientras el médico explicaba algunas cosas a la madre de su amigo. El muchacho se puso de pie junto a ellos, fingiendo que escuchaba pero todo lo que sus oídos eran capaces de captar era el sonido de su propia sangre burbujeando en ellos. Sus rodillas temblaban y sus manos habían vuelto a aferrarse al ramo de flores con fuerza.

Después de unos minutos, en los que el rubio apenas fue consiente de su propia existencia, siendo el nipón lo único en su mente, el médico comenzó a caminar junto a la señora Okumura mientras seguía explicando un montón de cosas más.

Los pasillos blancos parecían realmente largos y estrechos. Las luces se veían demasiado brillantes y las puertas de las habitaciones privadas infinitas. El corazón de Ash latía como hacía sólo en presencia de Eiji. Su cuerpo se había vuelto de gelatina repentinamente y sus pulmones no parecían capaces de contener el aire de la emoción. Ash se preguntaba si lloraría al verlo o si reiría hasta perder la conciencia. Se sentía como si pudiera hacer las dos cosas al mismo tiempo.

Finalmente se detuvieron frente a la habitación número dieciocho. La madre de Eiji hizo una pequeña reverencia en agradecimiento al médico quién sonrió antes de abrirla y revelar el interior. El cuarto igual que la última vez que lo habían visitado; demasiado blanco, demasiado limpio. Eiji se encontraba recostado en la cama con la mayoría de los moretones y cortes apenas visibles en su pálida piel. Sus ojos estaban cerrados y Ash se preguntó si realmente había despertado.

—Eiji reaccionó cuarenta y dos minutos después de haberlo despertado del coma —comenzó a explicar el doctor con voz muy bajita—. Le hicimos algunas preguntas para asegurarnos de que su estado mental era estable y para identificar las zonas aún sensibles en su cuerpo. Respondió todo sin problemas pero parecía un poco confundido y muy cansado. Así qué tal vez esté durmiendo, pero pueden quedarse un momento, si lo desean.

Ambos asintieron y el médico se marchó no sin antes recordarles que podían llamarle en cualquier momento usando el botón junto a la cama. El rubio dejó que la mujer se sentara lo más cerca posible de su hijo. El muchacho se dirigió a la mesita junto a la cama y colocó las flores en el jarrón que él mismo había preparado antes. Al darse la vuelta para sentarse también, pudo apreciar como la señora Okumura había tomado la mano de su hijo y la acariciaba con mucha dulzura. Ahora entendía mucho mejor el contexto en el que Eiji había crecido y el porqué de su brillante personalidad. A diferencia de él, el japonés había crecido en una familia amorosa que le había brindado todo lo que estuvo a su alcance para verlo triunfar.

—¿Crees que se molestará si lo despierto de esta forma? —le preguntó la mujer incapaz de contener las lágrimas por más tiempo.

—Nadie podría enojarse —le respondió.

Ambos permanecieron el silencio, simplemente mirando al chico en el la cama y perdidos en sus propios pensamientos. Ash sabía que no debía ser fácil para ella y aun así había abandonado su país con los pocos ahorros que tenía su familia para ir por su hijo. Importándole poco su casi nulo conocimiento del idioma o el que no contara más que con unos cuantos yenes para su estadía.

Los minutos transcurrieron en silencio hasta que la señora Okumura finalmente pudo dejar de llorar y se ofreció a comprar un par de tazas de café para beber mientras esperaban, aunque la esperanza de que Eiji despertara pronto cada vez se volvía más lejana. El rubio le ofreció un billete de veinte dólares pero ella lo rechazó casi de inmediato. Estaba bien, ahora tendría un pretexto para comprar el almuerzo.

Aprovechando la ausencia de la mujer, el ojiverde se cambió de silla para poder estar más cerca del japonés. La diferencia no era mucha pero allí al menos podía sujetar su mano. Fue un gran alivio para él darse cuenta de que no había expresión de dolor en su rostro y que incluso parecía tener un buen sueño. Ash suspiró, perdiéndose en su carita redonda y en sus pobladas cejas de oscuro vello. No sabía cómo en el pasado se había atrevido a decir que Eiji no era el chico más hermoso que hubiera visto, porque había estado equivocado, lo era.

El pitido del monitor cardiaco era todo lo que se escuchaba en la sala. Ash observó con fascinación la forma en que el pecho del ojinegro subía y bajaba tranquilamente, como exhalaba por la su boca entreabierta y como sus ojos se movían por debajo de sus párpados, como si estuviera viendo algo realmente interesante y estaba tan absorto que, cuando su respiración fue más frecuente y sus párpados se apretaron con fuerza, intentando ser abiertos, lo tomó por sorpresa.

Ash se quedó inmóvil, conteniendo el aire dentro de sus pulmones mientras Eiji luchaba por abrir los ojos. Por un instante, la idea de ir a buscar a su madre cruzó por su mente pero simplemente no pudo apartarse del muchacho frente a él y tal vez no podría hacerlo nunca.

—¿Estoy muerto? —preguntó débilmente, intentando enfocar el rostro de Ash quien sonrió.

—Sé que es fácil confundirme con un ángel, onii-chan, pero no es para tanto —Eiji le sonrió de vuelta.

—¿Ángel? Creí que había sido enviado al infierno.

—Parece que te has recuperado exitosamente.

—Mi buen sentido del humor no está relacionado en absoluto con mi condición física. Aún me siento como la mierda.

—Cuidado, tu madre podría entrar en cualquier momento y no quiero tener que explicarle que un día simplemente comenzaste a hablar así.

—¿Mi madre está aquí? —la expresión relajada del muchacho pronto se tornó en angustia.

—Por supuesto, ¿el doctor no te lo dijo? Vino desde Japón en cuanto la policía le notificó que te habían encontrado.

—¿Y ella sabe? ¿sabe todo lo que ocurrió? —exclamó—. ¿Qué sucedió con Golzine? —preguntó aterrado.

—Hey, tranquilo. Todo está bien, Eiji. Nos hemos encargado de todo. Sólo tienes que preocuparte por recuperarte. Nadie va a venir tras de ti o de tu familia. Nadie más va a hacerles daño.

—¿Y tú? ¿tú vas a estar bien? No quiero que tengas que volver a irte con él sólo porque yo...

—Te he dicho que todo está en orden. ¿Puedes confiar en mí?

Eiji frunció el ceño.

—¿Vas a dejarme otra vez?

Ash sonrió.

—Nunca.

—Aún tengo demasiadas dudas.

—Lo sé y te prometo que lo explicaré todo cuando te den de alta.

Eiji asintió no muy convencido y el silencio no tardó en llegar. No era incómodo, pero estaba lleno de palabras que querían ser dichas. Ash culpaba completamente a Shorter por haber mencionado que aquel podía ser un buen momento para confesar sus sentimientos. Ahora estaba nervioso y ansioso y eso lo volvía todo mucho más extraño. Se preguntó si Eiji lo percibiría.

—¿Te duele algo? —preguntó el americano en un intento por enfocarse en una charla lo más neutral posible—. El doctor dijo que podíamos llamarlo en cualquier momento.

Él no respondió. Mantenía sus ojos clavados en su propio pecho y parecía estar pensando en algo muy seriamente. Ash, por su parte, no podía apartar de su mente la idea de simplemente confesarse, pero incluso sabiendo que el nipón sentía algo similar por él estaba aterrado. ¿Debería simplemente soltarlo? ¿o quizá preparar el terreno?

Decidió que lo mejor sería terminar con el sufrimiento lo antes posible. Él no era un cobarde.

—Escucha, Eiji...

—Ash, yo...

Ambos hablaron al mismo tiempo y se interrumpieron. Los chicos se miraron en medio de la confusión con el entrecejo fruncido antes de soltar una sonora carcajada que les ganó una amonestación por parte de una enfermera que iba pasando.

—Creí que esto sólo pasaba en las películas —dijo el rubio aún riendo.

—Yo también —respondió el ojinegro, divertido—. ¿Por qué no lo arreglamos como en las películas? —Ash lo miró sin entender—. Ya sabes, ya que tenemos algo que decir —comenzó a explicar—, simplemente lo decimos al mismo tiempo.

—Oh... —expresó el ojiverde. Las mejillas de Eiji habían tomado un poco de color y estaba seguro de que la suyas estaban igual—. De acuerdo, ¿a la cuenta de tres?

Eiji asintió y dijo:

—Uno.

El corazón de Ash era como tener dentro del pecho a la estampida de Jumanji corriendo en todas direcciones.

—Dos.

Sus manos comenzaron a temblar y temeroso de que el nipón se percatase de ello, se aferró con más fuerza a él. Pero fue inútil, no se detenía.

—Tres.

La voz de Eiji resonó por toda su cabeza mientras la «ese» se deslizaba por su rosada boca. Lleno de pánico e incapaz de hacer que las palabras vinieran a él, el rubio soltó la mano de su acompañante y se puso de pie. No sabía que estaba haciendo, su cuerpo se movía por iniciativa propia y Eiji parecía tan confundido que no lo detuvo cuando plantó sus manos suavemente en sus mejillas y lo besó.

Más que un beso, fue un choque descuidado de labios contra labios. Ash pensó que así debía sentirse un primer beso entre adolescentes; el beso que él no había podido experimentar y que Eiji le estaba regalando en ese momento con sus labios un poco secos e hinchados.

El rubio mantuvo los ojos cerrados con fuerza, con las manos aún temblando y sin aliento. Sorpresivamente, Eiji abrió un poco la boca y suspiró como si ese beso hubiera sido todo lo que deseaba, su aliento chocando contra el rostro del Lince. Era tan cálido y reconfortante que Ash no puedo evitar acariciar los labios del nipón con los suyos, moviéndose suavemente. Era un movimiento torpe, inexperto, tan puro que su alma descansó por ese breve instante. Shorter no se había equivocado, Whitney Houston no sonaba de fondo pero las campanas y los fuegos artificiales estaban allí, entre sabor a fresa y nata que terminó cuando el aire fue insuficiente.

Ash se apartó lentamente, aún con los ojos cerrados. Temía que al abrirlos toda la magia se terminara.

—Ash, mírame —le pidió el japonés con voz ronca.

El americano se mordió el labio inferior y obedeció abriendo uno primero y luego el otro. El rostro de Eiji se dibujó frente a él, sonriente y radiante. Estaba demasiado cerca así que fue fácil apreciar el casi invisible lunar junto a su ojo y el rubor de sus mejillas formando pequeñas manchitas. Estaba tan enamorado que era vergonzoso.

—¿Por qué tardaste tanto? —le reclamó y los ojos de Ash se llenaron de lágrimas que no derramó.

—Estaba asustado.

—¿De mí?

—De no ser suficiente para ti. De que salieras dañado por mi culpa y así fue.

—A mí nunca me importó ser lastimado. Todo lo que quería era hacerte feliz.

—Casi mueres por ello.

—Y lo hubiera hecho si eso significaba que tú podías vivir feliz.

—Jamás hubiera podido ser feliz sin ti, Eiji. Cuando creí que te había perdido me volví loco —dijo con voz rota y una solitaria lágrima escurriendo por su mejilla.

—Hey, tranquilo. Estoy aquí, no llores —le pidió con voz dulce y amable pero él también había comenzado a llorar.

Ambos chicos se abrazaron con fuerza y sollozaron en brazos del otro.

—Te amo, Eiji. Te amo tanto.

—Yo también, Ash. Yo también te amo.

Susurraron entre lágrimas de alivio y felicidad.

Desde la puerta, la señora Okumura los miraba con una enorme sonrisa en los labios y lágrimas en los ojos.

Diez meses después.

Eiji se miró en el espejo una vez más, alisando su suéter azul marino y acomodando el cuello de su camisa. Peinó su cabello pasando sus dedos por las hebras oscuras y miró sus zapatos para asegurarse de que los había lustrado correctamente.

Una vez seguro de que todo estaba en orden, salió de su habitación y bajó las escaleras de dos en dos con demasiado entusiasmo, incapaz de contener la emoción.

—¡Mamá, Eiji está corriendo en las escaleras! —exclamó su hermana menor desde el comedor y el mencionado se vio obligado a reducir la velocidad. No importaba cuántos años tuviera, no tenía permitido correr en ellas.

—¡No es verdad! —se defendió como si fuera un niño y tomó de la mesa un par de jugosos duraznos del frutero.

Pasaba los fines de semana en la casa de sus padres, cuando no tenía que ir a la universidad en Tokio, dónde rentaba una pequeña habitación. Llegaba los viernes por la tarde y se marchaba los lunes por la mañana.

—Mírate, estás tan guapo —halagó su abuela con dulzura y él se sonrojó—. ¿Por fin conseguiste novia?

Eiji frunció el ceño con indignación e hizo un puchero, sin embargo, no pudo evitar pensar que aquello no era del todo falso. Él había conseguido novio.

—Está entusiasmado porque hoy su amigo de América viene de visita —intervino su madre con una pequeña bolsa de papel entre manos.

—¿El modelo? —preguntó su hermana ahora claramente más interesada que antes—. ¿Está soltero?

—¡No! ¡No lo está! —exclamó, celoso, pero para cuando se dio cuenta de que había reaccionado exageradamente ya era demasiado tarde y su rostro se volvió tan rojo que creyó que estallaría—. Y no es modelo.

No había hablado con su familia sobre su relación con Ash, ambos habían acordado esperar a que el rubio se estableciera en Japón para decirlo. Sin embargo, Eiji sospechaba que su madre sabía algo, después de todo, los había sorprendido abrazándose en el hospital y susurrándose ñoñerías amorosas.

—Toma, cariño. —Su madre salvó el extraño momento extendiéndole la bolsa de papel—. Preparé algunos biscochos para el regreso. Estoy segura de que Ash estará hambriento. Asegúrense de volver a tiempo para la cena, tu padre está ansioso por conocerlo.

Eiji asintió y tomó el paquete con una sonrisita nerviosa antes de despedirse y salir de la casa. El camino al aeropuerto internacional de Tokyo sería largo, pero valdría la pena recorrerlo para reencontrarse con la persona que amaba.

Habían pasado varios meses desde el incidente en New York y Eiji había tenido que volver a Japón no sólo para su recuperación, sino para poner en orden sus papeles de la universidad. Debido a todos los acontecimientos al final de su intercambio, había perdido prácticamente la mitad la del último trimestre y sus calificaciones se habían visto comprometidas. Sin embargo, gracias a su desempeño a lo largo del año, no había reprobado. Lo que no significaba que sus calificaciones hubieran sido buenas.

Ash no había podido acompañarlo, había tenido que arreglar algunos papeles antes de salir del país y además, el asunto de una cuenta bancaria con dinero sucio que no quería conservar. A Eiji no le molestaba demasiado, aunque sí era un poco extraño saber como había obtenido ese dinero. Sin embargo, el rubio había insistido en que quería comenzar desde cero e incluso había estado trabajando en el restaurante de la familia de Shorter como mesero para ahorrar para su boleto de avión y las clases de japonés para las que había resultado realmente bueno.

Ahora Eiji estaba a punto de graduarse y Aslan le había prometido estar allí para la ceremonia, así que estaba de camino y el japonés no podía esperar.

Sólo sería cuestión de tiempo para que él se independizara. Ya tenía un trabajo de medio tiempo sirviendo como asistente de fotógrafo del profesor Ibe Suinchi y había ahorrado bastante para comenzar a rentar un apartamento.

Eiji se preguntó si Ash querría mudarse con él después de la graduación o si estaba yendo demasiado rápido. No se sentía así, no después de todo lo que habían tenido que pasar para estar juntos.

El taxi arribó al aeropuerto, Eiji descendió de él y pagó la tarifa. Esquivó a los cientos de usuarios con maletas y levantando el rostro, ubicó las señalizaciones que le indicaban cómo llegar a la puerta «N» donde aterrizaría el vuelo del rubio.

El japonés esperó pacientemente, mirando de vez en cuando la pantalla electrónica que indicaba las salidas y llegadas de los vuelos, siendo el procedente de New York el más próximo.

Cuando la pantalla mostró que el vuelo 277 por fin había aterrizado, su corazón se aceleró y sus ojos comenzaron a buscarlo a través de la multitud mientras sus manos extendían el cartel de bienvenida que él mismo había preparado. Eiji creyó que sería fácil identificarlo. Era demasiado alto para el japonés promedio y su cabello rubio era único, pero los minutos pasaron, todos los pasajeros descendieron lentamente y ninguno era Aslan Callenresse.

Una sensación extraña creció en el estómago del muchacho quién se preguntó si acaso se había equivocado de día, o de vuelo. Frenéticamente, Eiji dejó caer el letrero y revisó su móvil esperando que así hubiera sido y que Ash simplemente fuese a llegar después. Sin embargo, mientras buscaba entre sus mensajes de texto, su mente le hacía pasar malos momentos recordándole que aún había gente en New York que quería tomar venganza por el asesinato de Golzine y que algo malo podría haber ocurrido.

Una lágrima se estrelló contra la pantalla de su teléfono. No había error, aquel era su vuelo. Ash debía estar allí, con él, pero no lo estaba.

—¡Eiji! —dijo su voz repentinamente.

El nipón levantó la cabeza y buscó su silueta con los ojos llorosos y el alma en un hilo. Sus ojos negros se encontraron con los verdes y de repente el resto del mundo se desvaneció a su alrededor. Ahora sólo existía Ash, sobre quién se hubiera arrojado al instante de no ser por el enorme oso de felpa que cargaba junto con sus maletas.

—Lo siento, lo habían extraviado y tuve que ir a reclamar, ¿puedes ayudarme? —explicó mientras se acercaba, pero su expresión se volvió increíblemente dura cuando vio su rostro—. ¿Qué ocurre? ¿Estás bien? —preguntó, sus ojos analizando la sala, en busca del peligro.

Eiji negó con la cabeza.

—Yo... —intentó decir pero su garganta aún estaba cerrada—. Pensé que no vendrías.

Ash parpadeó un par de veces y sus ojos se dirigieron a sus pies donde su letrero de bienvenida descansaba. El ojiverde dejó al oso sentado sobre su maleta y lentamente se agachó para recogerlo y sacudirlo antes de enrollarlo y ponerlo bajo su brazo. Eiji se sentía muy avergonzado por haber entrado en pánico tan rápido, todo parecía tan perfecto que temía que su felicidad le fuese arrancada en el último instante. No fue así por supuesto, Ash estaba allí. Realmente estaba allí sano y salvo.

Incapaz de mirarlo a cara, el ojinegro mantuvo la cabeza agachada hasta que sintió las manos del rubio acariciarle el cabello tiernamente.

—Realmente quiero besarte —le dijo y Eiji se ruborizó.

«No pueden», le dijo una vocecita dentro de su cabeza. «Hay demasiada gente y esto no es América».

El japonés levantó la cabeza y sus ojos se volvieron a encontrar con los del Lince, causando una chispa electrizante que recorrió todo su cuerpo y que le empujó hacia adelante para besarlo sin importar nada más.

Fue un beso suave pero profundo en el que estuvo más implicada el alma que el cuerpo. Los labios de Ash sabían cómo cereza, eran tan frescos como un helado en verano y como la primera vez, también hubieron fuegos artificiales. Hubiera sido fácil perderse en ellos, de no ser porque el oso de felpa se deslizó de la cima de la maleta, amenazando con caerse.

Un poco avergonzados, ambos muchachos se separaron, se miraron con un par de enormes sonrisas en sus rostros y las mejillas demasiado enrojecidas.

Ash tomó el oso y se lo entregó.

—Es para ti —le dijo—. Lo compré con mi primera paga.

Eiji lo aceptó con el corazón a tope. Jamás le habían dado un detalle así y a pesar de ser un chico realmente le gustaba.

—Mamá mandó algunos aperitivos. Son bizcochos. Están rellenos de chocolate porque sabe que te gustan. —Ash tomó la pequeña bolsa de papel—. Será mejor que vayamos de vuelta. La casa de mis padres queda en Shiname y el viaje es largo.

Ash tomó su maleta con una mano y sostuvo su mano con la otra antes de que ambos comenzarán a caminar hasta la salida.

—Mejor si es largo. Tengo muchas cosas que contarte. ¿Te dije que Shorter se dejó crecer el cabello?

—¡Imposible!

—¡Y volvió a teñírselo de morado! Además, no vas a creerlo. Sing realmente creció.

—Bueno, no iba a quedarse así para siempre.

—Pero realmente creció, Eiji. Es aterrador.

El japonés soltó una carcajada y entrelazó sus dedos con el americano mientras sus pies los guiaban a casa y pensaba que realmente era afortunado de poder amar y ser amado por ese hombre.

Aquel viaje a América le había dado más que simples oportunidades académicas. Le había dado una musa que podría inspirar el trabajo de toda una vida. Le había entregado a alguien con quien quería estar para siempre. Le había dado a Ash Lynx y eso era más de lo que hubiera deseado nunca.

Ahora sería el turno de Japón de brindarle un futuro junto a la persona que amaba.

FIN


Notas finales:

El ramo de flores que Ash lleva al hospital está conformado por dos tipos de flores japonesas que significan «amor»

El vuelo en el que Ash llega a Japón es el mismo que se ve en el ticket de la animación antes de que lo asesinen.

«Mousai» es Musa en griego antiguo