Minie le dirigió una sonrisa tranquila mientras tomaba el lugar de Draco detrás de la caja. El rubio se dirigió a la trastienda apenas intercambiando una mirada con Connor, otro de sus compañeros de trabajo, el cual le guiñó un ojo en un gesto que intentaba ser coqueto y que más bien se semejaba a un extraño tic en el párpado. El chico tic llevaba tras de él el mismo tiempo que Draco llevaba trabajando en aquella florería. Connor era insistente, no había tarde que no aprovechara para coquetear con él descaradamente. Y no que Connor no fuera atractivo, era más bien que Draco no estaba interesado.
Draco sonrió apretadamente, evadiendo el coqueteo y entrando rápidamente a la parte trasera del local. Abrió su pequeño casillero y dentro dejó todas sus herramientas de trabajo; algunas pinzas, un par de guantes amarillos de látex y unas tijeras enormes. Inmediatamente después se deshizo de su delantal verde, el cual también arrojó dentro del casillero justo después de haber tomado su morral de cuero.
Revisó que todas sus pertenencias estuviesen dentro, ya antes le había pasado que se había dejado el móvil o la cartera en el mostrador y ese día no tenía tiempo de volver a la florería una vez se hubiese marchado. Cuando confirmó que todo estaba en orden, tomó su chaqueta de cuero negro de la puerta del casillero y su bufanda color café a cuadros.
Miró una vez más su morral y finalmente dio una última despedida a sus compañeros de trabajo. Minie, quién se encontraba cobrándole a un cliente solamente asintió con una sonrisa y Connor atacó de nuevo con su tic y una sonrisilla demasiado encantadora como para ser real.
Draco se ajustó la chamarra y la bufanda cuando el frío viento de otoño le golpeó en el rostro, la brisa colándose por entre sus mechones de cabello rubio. Miró el cielo, esperaba que no lloviera pronto, no había llevado un paraguas y no le apetecía empaparse, la última vez que la lluvia lo había tomado desprevenido había terminado en cama, con fiebre y demasiados gastos médicos. Draco siempre había sido demasiado delicado de salud para su gusto y debía cuidarse más que el resto de la gente.
Caminó por las concurridas calles de Londres, con la vista en algunas de las vidrieras de los locales más llamativos. Draco, al haber crecido dentro de una familia adinerada, siempre había sido adepto a las compras casi descontroladas. Le gustaban las cosas bonitas y de calidad y desde siempre había destinado cantidades absurdas de dinero en sólo lo mejor de lo mejor del mercado. Por supuesto que en ese momento, con su nueva posición, un joven de veinte años sin estudios ni padres que le ayudaran económicamente, era obvio que los lujos se reducirían a cero. No que Draco estuviera encaprichado, de hecho llevaba bastante bien su nueva vida y siempre que lograba hacerse con algún objeto que realmente deseaba se sentía orgulloso de haber trabajado arduamente por ello.
La chaqueta de cuero que llevaba encima le había costado casi tres meses de trabajo de tiempo completo, tiempo extra y fines de semana incluidos. Y sus zapatos, unos elegantes mocasines de cuero café habían sido adquiridos con otro tanto de lo mismo, sólo que cuando había terminado de juntar el dinero se encontró con que el calzado estaba en oferta. Jamás había estado tan feliz por las rebajas.
Una pequeña gota de lluvia cayó sobre su perfecta y respingada nariz, haciéndolo arrugar la nariz de manera tan divertida que un pequeño bebé que iba con su madre, por delante de él, soltó una carcajada. Draco jamás había sentido tanta simpatía por los niños, pero aun así le sonrió, un tanto conmovido y volvió a arrugar la nariz sólo para hacerlo reír. El bebé le imitó y soltó una carcajada aún más ruidosa que hizo que la madre volteara a ver qué ocurría. Draco se sonrojó, ligeramente apenado por haber estado enseñando al infante a hacer una mueca que él estaba consiente, bien podía ser usada como una grosería (era la misma mueca que años usó para burlarse de sus compañeros en el colegio). Pero la madre no se ofendió, solamente le dirigió una pequeña sonrisa y siguió con su camino.
Draco dobló en una esquina, apartándose de la avenida principal y yendo calle arriba. Era miércoles por la tarde y los oficinistas parecían estar saliendo de sus trabajos como era la costumbre. Algunos salían de dentro de algunos edificios y otros surgían del subterráneo donde Draco tuvo cuidado de no cruzarse y ser arrollado por la multitud de hombres y mujeres enfundados en trajes perfectamente planchados.
Finalmente y luego de una no muy larga caminata, Draco divisó su destino. Cruzó la calle cuando el semáforo peatonal se puso en verde, cruzando entre una multitud ajetreada, todos ansiosos por volver a casa después de una larga jornada. Una especialmente malhumorada señora le pisó con sus zapatos de tacón, haciéndolo ahogar un gritito poco digno de él, la mujer siguió su camino sin si quiera murmurar una disculpa y Draco rápidamente se encontró despotricando contra ella y con un dolor punzante en el pie.
Se detuvo frente a la cafetería donde había quedado con Pansy para una pequeña reunión entre amigos. Divisó su cabello negro perfectamente alisado y brillante en una de las mesas cerca de las ventanas. Ella lo vio fuera y le saludó con un movimiento de manos demasiado efusivo para una ex novia, pero perfectamente adecuado para una mejor amiga, que era lo que ella era.
Draco entró a la cafetería, estaba repleta de gente por todas partes. A Draco por supuesto no le sorprendió demasiado, el lugar era bonito, su café era excelente y sus precios accesibles. Era allí donde generalmente se reunía con Pansy, así que solían saber los horarios en que la gente se dejaba venir y simplemente procuraban llegar antes, táctica por la que al parecer la pelinegra había logrado adueñarse de una mesita para dos personas.
Draco esquivó algunas mesas y a algunas personas que de pie esperaban encontrar entre la multitud alguna mesa milagrosamente desocupada. Pisó algunos pies y tropezó con las correas de algunas bolsas y morrales en el suelo. Se golpeó la cadera con las esquinas de algunas mesas al menos tres veces y estuvo a punto de derramar al menos dos bebidas en todo su camino hasta la mesa prometida.
Uno pensaría que era molesto, pero la realidad era que, en cuanto la multitud se rindiera y marchara, los corredores entre las mesas quedarían despejadas y entonces el café volvería a ser un lugar agradable para tener una charla.
Cuando Draco finalmente logró su cometido y colocó sus posaderas en la lisa silla de madera, no pudo haces más que suspirar. Estaba sudando y no era una exageración. Se deshizo de la bufanda y casi inmediatamente después de la chaqueta de cuero, quedando únicamente en una camiseta blanca de cuello redondo y manga corta y unos jeans de color negro que se amoldaban perfectamente bien a sus largas y estilizadas piernas.
Pansy dijo:
—Estás perdiendo la condición física, Draco, a este paso vas a terminar tan gordo como Abraxas Malfoy.
—Intenta pasar entre aquella multitud sin derramar ni una gota del café ajeno.
—¿Imaginas que lo hubieras derramado sobre un chico especialmente guapo? Hubiera sido como en esas películas románticas —dijo juguetona. Draco frunció el ceño.
—Esas películas son basura, Pans, puras falacias, si me permites opinar.
—Estás especialmente amargado el día de hoy, querido ¿la relación con tu mano se ha ido por la borda?
—JA JA Muy graciosa, en serio, Pansy, ahora entiendo porque todos en Hogwarts te consideraban la chica más carismática de nuestra generación —le respondió con sarcasmo y ella frunció el ceño como tratando de adivinar si Draco estaba siendo sincero o no, sus ojos verdes brillando de concentración.
—Vale, lo he entendido —respondió finalmente—. Sarcasmo —Draco levantó una ceja divertido.
Draco adoraba a Pansy, era su mejor amiga, pero él sabía que ella nunca había sido especialmente inteligente. Era bonita, adinerada y de sangre pura y en el pasado aquellas características habían sido suficientes para que Draco se fijara en ella, además, por supuesto, de su escalofriante parecido con cierto salvador del mundo mágico.
Pansy no había sido exiliada del mundo mágico como él, ella jamás había tomado la marca oscura y aunque sus padres si habían sido encerrados en Azkaban, su fortuna no le había sido arrebatada por completo y le habían permitido volver al colegio a terminar sus estudios. Había sido ella quién le había dado a Draco el oros suficiente para subsistir los primeros meses de su vida en el exilio. Él, por supuesto, había ido pagándole aquel dinero cada mes pese a las insistencias de la chica de dejarlo como una muestra de su amistad. El viejo Draco se habría aprovechado de eso, el nuevo Draco le pagaría hasta el último centavo.
—¿Sigues acosando a Potter? —le preguntó ella finalmente, con sus ojos verdes clavados en él, ansiosa por algo de cotilleo.
—Yo no estaba acosando a Harry —respondió escondiendo su cabeza dentro del menú que se encontraba sobre la mesa, completamente sonrojado—. Potter, quise decir, sólo... era agradable ver un rostro conocido de vez en cuando.
—Cada martes a las doce en punto —preguntó con voz juguetona. Draco se sonrojó mucho más.
—Cada martes al medio día —corroboró, intentando minimizar la situación—. De todas formas lo he dejado de lado, hace un mes que no voy a esa librería.
—¿En serio? Creí que le agradecerías por haber testificado a tu favor.
—E iba a hacerlo, pero luego, bueno, no lo hice y decidí dejar de ir a esa librería, no es como si tuviera dinero para libros de todas formas... —suspiró—. ¿Has decidido lo que vas a pedir?
—¿Estás teniendo problemas de dinero? —preguntó preocupada.
—Para nada... ¿Está bien si compartimos la tarta de chocolate y pedimos un par capuchinos? Están al dos por uno.
Pansy lo miró con sospecha pero rápidamente dirigió su mirada a su propio menú antes de responder:
—Por supuesto, sí. Iré a pedirlos al mostrador ahora que parece haber menos gente y cuando vuelva, puedes mostrarme ese catálogo de flores que habías prometido —le sonrió y Draco le correspondió.
Pansy se puso de pie y Draco la vio marcharse en dirección al mostrador donde preparaban las bebidas y entregaban los postres, completamente aliviado de que Pansy no insistiera con el tema del dinero. Era verdad que no le estaba yendo del todo bien, el negocio de las flores parecía estar subvaluado últimamente y no tenían los clientes suficientes para sacar dinero de las comisiones de venta. En las últimas semanas al menos dos de su compañeros habían sido liquidados y Draco sospechaba que, de seguir así, sólo quedarían Minie y Connor en la tienda, que eran los empleados con mayor tiempo de antigüedad.
El romance parecía estar muriendo. Ya nadie regalaba flores.
Había trabajado algunas horas extras, todas las que su jefe le había permitido con tal escases de clientela y había tenido descartar de su lista de compras cosas poco importantes como su cereal arcoíris y la leche de fresa con la que siempre se lo comía para pagar la renta del mes. Por supuesto, Draco ya se encontraba viendo la posibilidad de encontrar un segundo trabajo durante la noche; dormir parecía más prescindible que comer y tener un techo donde refugiarse.
En eso se encontraba pensando cuando sintió que su ropa se empapaba repentinamente, por todo el pecho. Saltó de su asiento de la sorpresa, poniéndose de pie rápida y repentinamente. La tela de su camiseta se le pegaba al abdomen y se transparenta ligeramente mientras el blanco pulcro de la camiseta se manchaba de color grosella. El líquido estaba realmente frio, incluso podía sentir los trocitos de hielos adheridos a la tela los cuales se sacudió agitándola he intentado separarla de su sensible piel.
—Oh, Dios, Oh, dios, lo siento tanto —le dijo el culpable del desastre mientras su manos intentaban alcanzar la camiseta de Draco, como si aquello fuese de ayuda—. Fue un accidente, juro que lo fue, estaba tratando de llevar esto a mi mesa y me empujaron y... —Draco estornudó—. ¡Oh, Dioses! De verdad lo lamento, Draco, lo siento tanto.
Draco separó su vista del desastre de grosella en el suelo y de su para siempre arruinada camiseta de trabajo la cual tendría que volver a comprar aparentemente. Sus ojos grises enfocándose en el culpable que aún intentaba inútilmente secar la mancha de su camiseta con un montón de servilletas hechas bolitas. Cabello negro y preocupados ojos esmeraldas enmarcados por un par de gafas. Labios rojos, piel morena y un conjunto de ropa muggle especialmente mal combinada pero que, una vez más, le quedaba como anillo al dedo.
—...Harry...— dijo entonces, tomando suavemente las manos de Potter entre las suyas, apartándolas de su camiseta —. Está bien.
—No seas condescendiente conmigo —le respondió con preocupación, volviendo a la tarea de secar su al parecer, té helado de fresa.
—No estoy tratando de serlo, sólo fue un accidente —dijo, apartándole las manos una vez más, con el único pretexto de tener contacto con él, aunque fuese de esa manera.
Harry dejó que Draco sujetara sus manos entre las suyas. Era cálido y suave y Draco sintió un cosquilleo que iba de los dedos de sus pies hasta su nuca, erizándole todos los vellos del cuerpo. Tocar a Harry era como recibir un agradable choque eléctrico y fundirse en sus iris de esmeralda era como volver a la vida. Draco no sabía que lo había extrañado tanto durante el tiempo en que había decidido no espiarlo más en la librería. Aunque probablemente decirlo en voz alta podía ser contraproducente. Y extraño. Estaba seguro de que Harry no querría oír que había tenido alguna vez un acosador.
Draco hubiera querido sentir vergüenza de sí mismo por tales acciones pero simplemente no podía importarle menos, ver a Harry cada martes escogiendo un nuevo libro de jardinería le había hecho sentir vivo cuando nada parecía valer la pena y la pérdida de tener que dejarlo ir había reabierto en él el mismo vació y misma la incertidumbre que había sentido cuando se había dado cuenta de que no pasaría el resto de su vida en prisión.
Las mejillas de Harry estaban encendidas de la vergüenza, Draco no sabía si se debía al reciente accidente o algo más, lo único que sabía era que deseaba que Harry le mirara de esa forma para siempre. De esa forma que le hacía olvidar todos sus problemas.
De repente, parecía que afuera había dejado de llover y el sol había salido nuevamente, mostrando un atardecer brillante y hermoso que se reflejaba contra la silueta de Harry quién no dejaba de mirarlo. El mundo parecía haberse detenido y el local se había vaciado de repentinamente, no habían voces o cuchicheos y lo único que Draco podía escuchar era el palpitar descontrolado de su corazón que, de haber podido, hubiera saltado del pecho del rubio hasta las manos de Harry. Dónde no sabía si sería bien recibido y de todas formas quería arriesgarse.
Con eso en mente el rubio se aclaró la garganta y dijo:
—Tú bebida... no podrás beberla, déjame invitarte otra.
Harry agachó la mirada, completamente atribulado.
—No deberías, quiero decir, fui yo el que arruinó tu camiseta —Draco le sonrió y Harry pareció aún más miserable. Los Gryffindor no parecían realmente buenos sobrellevando la culpa.
—Tal vez podrías compensarlo saliendo conmigo alguna vez ¿Qué dices?
Harry parpadeó un par de veces, confundido.
—¿Cómo... en una cita? —preguntó y Draco sintió que su rostro se sonrojaba.
—Cómo en una cita, si así lo quieres, sí.
Harry le dedicó una sonrisa. Una sonrisa amplia de brillantes y perfectos dientes blancos que llegó hasta sus ojos que parecieron cobrar vida. Nunca antes la metáfora de sus ojos esmeralda había sido tan real.
—Sí, quiero decir, claro que sí, lo que quiero decir es... por supuesto, Draco, me encantaría —pasó una mano por su rebelde cabello negro, nervioso.
La sensación del líquido frio escurriendo por su abdomen le hizo volver a la realidad. Parpadeó un par de veces sólo para encontrarse con que estaba de pie frente a su mesa, con el mismo desastre color rojo en su camiseta y en suelo, el hielo picándole la piel y Harry Potter tratando de limpiar el desastre con manos torpes y temblorosas.
Harry sostenía entre sus manos un montón de servilletas teñidas de rojo y sus mejillas estaban imposiblemente rojas de la vergüenza. No miraba a Draco a los ojos, y se mordía el labio inferior como si definitivamente hubiese hecho la peor tontería de la historia. Balbuceaba algo similar a "un accidente" y "lo siento tanto". Pero Draco se encontraba completamente perdido, ¿estaba fantaseando de nuevo? ¿De verdad Harry Potter, precisamente Harry Potter estaba allí, en su cafetería favorita, coprotagonizando con él lo que probablemente era el cliché más gastado de las películas románticas?
Aparentemente sí.
Las manos de Harry se sentían tibias sobre la piel helada de su abdomen mientras intentaba quitar los residuos de su bebida derramada, sus ojos estaban apagados por la preocupación y Draco no podía encontrar su voz para decirle que todo estaba bien, que no debía preocuparse de nada. En su lugar, comenzó a sentir que las piernas le temblaban y que el mismo tic que aquejaba a Connor se apoderaba de su párpado.
Pero Harry no parecía darse cuenta de lo patético que lucía Draco en ese momento, tan nervioso como un colegial de quince años por el repentino contacto con el que claramente era el amor de su vida, el chico del que llevaba enamorado desde el colegio. Estaba demasiado ocupado enmendando su error, secando lo mejor que podía la camiseta del rubio y lamentándose entre murmullos tan patéticos que parecían adorables.
Draco levantó la vista, como esperando una señal divina o una fuente de fortaleza proveniente de algún dios que quisiera apiadarse de él y hacerlo un poquito menos cobarde. Sus ojos se encontraron con los de Pansy quién se había llevado ambas manos a la boca y luego había levantado ambos pulgares en señal de apoyo. Parecía que estaba sumamente emocionada, con la boca abierta de la emoción y sus ojos como no creyendo la buena suerte de su amigo.
Draco casi podía escucharla chillar y decir: "¡Así empiezan las mejores historias de amor!"
Eso sólo lo puso más nervioso.
Su mente parecía gritarle que no echara a perder el momento, que hiciera algo, que dijera algo, cualquier cosa que no fuera total y completamente estúpida. Draco miró a Pansy de nuevo, con tanta aflicción en su rostro que ella sólo pudo dirigirle una mirada que decía que no entendía cuál era el maldito problema. Draco cerró los ojos dolorosamente, esperando que aquello fuera suficiente para que ella entendiera que había entrado en pánico y que ni si quiera podía recordar su maldito nombre.
Parecía que la fantasía vivida minutos atrás había sido borrada de su mente con un obliviate. Por más que intentaba recordar que había hecho para que las cosas tuvieran un final feliz no podía y ya parecía que Harry Potter tomaría la iniciativa. Draco estaba casi seguro de que entre los dos, él era único con sentimientos, él único que podría dar un paso e iniciar algo, cualquier cosa. Pero estaba tan, tan aterrado.
—Oh, dios, estás molesto —dijo Harry entonces.
Los verdes orbes del salvador del mundo mágico se habían clavado en su rostro y había dado por hecho que Draco estaba sumamente enojado por el inconveniente.
Draco gritó:
—¡NO! —abruptamente. Presa de los nervios. Lo que claramente pudo haberse malinterpretado por su tono de voz demasiado elevado.
Y Harry se apartó de un brinco, dejando caer de sus manos el montón de servilletas que rápidamente fueron a aparar al charco de té a los pies del ex Slytherin. Harry no parecía para nada asustado, parecía más bien sorprendido por la brusca aparición de la voz de Draco.
Entonces Ron Weasley apareció en el campo visual de Draco, de sólo merlín sabía dónde, tan oportuno como toda su maldita vida, desde que había aparecido en la vida de Harry, en aquel compartimento de tren y reclamó:
—¿Cuál es tu problema?
Y miraba a Draco como si fuese el ser sin alma ni corazón más despiadado del planeta por haber osado gritarle a su mejor amigo, el salvador del mundo mágico, el niño dorado que vivó más veces de las que alguien haya querido ponerse a contar, el mismo Harry que le había salvado la vida en la sala de los menesteres, el que le había salvado de una condena segura en Azkaban.
—Sólo estaba tratando de arreglarlo —agregó Weasley, con sus cejas pelirrojas aún más fruncidas que antes— Vámonos Harry.
Ronald tomó a Harry por los hombros y se lo llevó hasta la salida antes de que si quiera Draco o el mismo Harry pudiera replicar. Fue entonces que Draco se percató de que ahora había poca gente dentro del local y que los que habían alcanzado alguna mesa le miraban curiosamente. Draco dio un paso hacia la puerta y luego retrocedió sintiéndose miserable.
No podía, simplemente no podía, su instinto de auto conservación Slytherin era demasiado fuerte como para intentar actuar como un Gryffindor y lanzarse tras Harry, aún si éste era la persona que amaba. Draco pensó que las cosas hubieran sido más sencillas si él hubiera sido un poquito menos cobarde, su hubiera tenido menos miedo de terminar con el corazón roto.
En su mente siempre parecía tan fácil comenzar una historia de amor con Harry que, cuando llegaba el momento y se daba cuenta de que no era para nada el tipo seguro que fingía ser dentro de su imaginación, se sentía terriblemente devastado. ¿Qué tan difícil podía ser decirle una palabra? ¿Qué tan difícil podía ser invitarlo a salir? ¿Qué tal difícil hubiera sido decirle que estaba bien que no estaba enojado? Ciertamente en su momento pareció una tarea imposible.
Draco jamás se había sentido tan resentido con sus padres por no haberle enseñado a lidiar con ese tipo de sentimientos.
—¿Todo en orden? —preguntó Pansy con un tono tan lleno de lástima que Draco sólo sintió ganas de llorar.
Ella puso la charola con los dos capuchinos y el pastel de chocolate en la mesa.
—Lo eché a perder... era mi oportunidad y no pude decir nada...
Pansy tomó su mano por sobre la mesa y le dio un apretón consolador.
—Está bien, Draco, estabas nervioso.
—No sólo estaba nervioso, estaba siendo patético. ¿Por qué no puedo ser como esos tipos de las películas? Tan seguros de sí mismos y carismáticos... —se lamentó—. Ya ni si quiera recuerdo cómo usar mi máscara burlona y bravucona del colegio que es menos patética que lo que soy ahora...
—No creo que a Harry le gustara ver esa cara tuya de nuevo. Está bien, Draco...
—No lo está, nunca va a fijarse en mí.
—Tal vez deberías hablar con él... sé que nunca has sido del tipo que habla de sus sentimientos, pero tal vez...
—No.
—...Draco...
—No, Pansy, él... yo... no.
Ella lo miró con seriedad y él evadió el regaño silencioso acercando su taza de café y poniéndole un par de sobrecitos de azúcar.
—Si quieres algo debes ir y tomarlo, Draco, no esperar a que te caiga del cielo —Draco no respondió. Pansy suspiró—. Muestréame ese catálogo, apuesto a que encontraré sin problemas algo para adornar mi negocio. ¿Dijiste que me recomiendas narcisos? Yo estaba pensando en algo más colorido, pero tú eres el experto.
Draco tomó su morral y sacó el catálogo de arreglos florales, pero su mente seguía repitiendo una y otra vez la verdad en las palabras de su amiga. Jamás tendría a Harry si no hacía algo al respecto. Lo que no sabía era si tendría el valor de hacer algo al respecto.
