Ajustó su abrigo alrededor de su pecho con un gesto casi exagerado cuando una brisa le golpeó directamente. Sacó de su mochila la bufanda que se había quitado momentos antes y la enredó alrededor de su cuello con prisas, haciendo que el tejido se le resbalara de uno de los extremos y sus piernas se enredaran alrededor de él, haciéndolo tropezar cómicamente pero no caer.
Draco pensó que hasta parecía una metáfora de su vida.
Recuperó ambos extremos de la bufanda y deteniéndose en una esquina especialmente iluminada se la colocó alrededor del cuello. El tejido rápidamente se amoldó a su piel y le proporcionó el calor suficiente como hacerle temblar de nuevo, ésta vez de satisfacción al saberse abrigado. Draco no pudo evitar pensar en lo fácil que hubiera sido mantenerse calentito de haber contado con su varita mágica, pero rápidamente deshechó el pensamiento, recordándose que, de tener su varita, seguramente tampoco hubiera estado en el mundo muggle, tratando de encontrar un segundo trabajo.
Hizo una mueca de resignación mientras se acomodaba las asas de la mochila sobre sus hombros y ajustaba su bufanda una vez más. Sacó de las bolsas de su abrigo de lana un par de guantes y se los puso también mientras retomaba su camino de vuelta a casa.
Era tarde, demasiado, la calle completamente vacía bajo el cielo nocturno y despejado de Londres. No llovía, pero el viento era tan fuerte que había apartado todas las nubes, dejando que las estrellas y la luna brillaran con total intensidad y ni las luces de los edificios y los semáforos lograban opacarlas.
Una brisa helada más sopló contra su cara y Draco no pudo hacer más que mirar el cielo en busca de su propia constelación. Estaba allí, por supuesto, no iría a ninguna parte y Draco suspiró con añoranza recordando las noches en Malfoy Manor, cuando su madre iba a darle su besito de las buenas noches, cuando esa misma constelación se filtraba por su ventana, enorme y brillante.
Aferró entre sus dedos enguantados el folder de papel color paja rebosante de algunas hojas de periódico que anunciaban algunos empleos que Draco se había tomado la molestia encerrar con un círculo rojo, su currículum y algunas referencias de sus compañeros de trabajo y su jefe que seguramente serían de utilidad.
Draco sabía lo difícil que podía ser conseguir trabajo. No en balde había pasado los primeros meses en libertad batallando para encontrar el que tenía en la actualidad. Sin embargo y pese a la cantidad de anuncios que habían en el periódico, lo cierto era que Draco no tenía demasiada experiencia. Sabía cómo atender al cliente y sabía cómo manejar una caja registradora, pero aquello no parecía suficiente para los dueños de locales como bares o clubes dónde Draco se había postulado. Él nunca había sido mesero y jamás había preparado bebidas, de la misma manera en que nunca había armado un bouquet de flores, la diferencia era que en la florería le habían dado la oportunidad de aprender y ahora simplemente le habían despedido con el clásico nosotros te llamaremos.
Llevaba al menos un par de semanas yendo a entrevistas nocturnas sin resultado alguno. Había habido un club, muy cerca del callejón Diagon para su gusto, donde la dependienta le había recibido con una sonrisa extraña en los labios mientras le examinaba de pies a cabeza y soltaba carcajaditas de alegría. El neón rosa, los chicos trabajando en ropa interior y los cuartos privados anexos al local fueron suficiente para que Draco comprendiera que el trabajo no comprendía únicamente ser mesero y que las cosas iban hacia un rumbo mucho más ilegal. Había dejado que la mujer hablara sobre el maravilloso sueldo y las excelentes comisiones antes de inventarse un pretexto poco convincente con el que prácticamente huyó para inmediatamente después tachar el anuncio de Lonely Hearts Night Club de sus posibles futuros trabajos.
Y ya comenzaba a cansarse pero no podía darse el lujo de dejar pasar una mensualidad de la renta, no a menos que deseara llegar una tarde de la florería y encontrar todas sus pertenencias en la calle. Y estaba desesperado, no lo suficiente como para prostituirse en algún club nocturno para hombres, pero estaba lo suficiente desesperado como para encontrarse a altas horas de la madrugada, deambulando por las oscuras calles de Londres en busca de una oportunidad.
Acababa de salir de un bar cuyo anunció decía que solicitaban cajero, el dependiente había sido muy amable y hasta sincero cuando le dijo que habían chicos con mayor experiencia solicitando el puesto, pero asegurándole que había una posibilidad. Draco quería aferrarse a ese pequeño rayo de luz pero ciertamente parecía poco probable que las cosas salieran como deseaba. A Draco Malfoy jamás le salía nada de la forma en que él esperaba.
Una ráfaga de viento más amenazó con arrancarle de las manos el folder con el montón de papeles que tenía entre manos. Draco lo aferró con fuerza y siguió caminando. Debía llegar a su apartamento a pie, era verdad que estaba demasiado lejos y era bastante peligroso pero tampoco era como que tuviera el dinero para pagar un taxi y la ruta del bus que lo dejaba a dos calles de su casa hacía un par de horas que había cerrado.
Apresuró el paso cuando el clima amenazó con volverse aún más frio y ventoso que segundos antes, anhelando nuevamente su antigua vida, en la que en una situación así, hubiera podido aparecerse sin problemas. Las luces de la farola le golpeaban el cuerpo cuando pasaba debajo de ellas y el único ruido era el de algunos locales siendo cerrados por pesadas cortinas metálicas.
Caminó un par de calles y luego dobló en la esquina, adentrándose a una calle especialmente oscura por la que estaba obligado a pasar. La única farola que funcionaba iluminaba tan tenuemente que casi era como estar a oscuras y Draco, cobarde como siempre había sido, apresuró el paso, con sus ojos fijos en el otro tramo de la calle que se encontraba perfectamente bien iluminado.
Unos pasos poco sigilosos se escucharon a su espalda, provenientes de una calle a su izquierda. Draco no se molestó en voltear, simplemente caminó más rápido, tal vez entrando en pánico sin fundamentos, pero la oscuridad y lo soledad hacía todo mucho más aterrador.
Faltaba muy poco para llegar a la avenida iluminada donde algunos automóviles aún pasaban cuando una voz detrás de él dijo:
—¿A dónde con tanta prisa, rubito?
Draco no respondió, en su lugar continuó adelante, esperando encontrar alguna tienda de autoservicio de veinticuatro horas abierta donde refugiarse. Sólo esperaba que, quienquiera que estuviera detrás de él no fuese lo suficientemente descarado como para seguirlo dentro de la tienda o esperarlo fuera.
Sintió una mano aferrarse a su antebrazo con brusquedad y girarlo con la misma insensibilidad. Draco soltó un gemido de sorpresa y miedo mezclados mientras su corazón comenzaba a palpitar rápidamente. Sabía que no debía tener miedo, que había pasado por peores cosas pero no podía evitarlo, simplemente estaba aterrado. Intentó recordarse a sí mismo que había sobrevivido a una guerra, a tener al mago oscuro más aterrador del mundo viviendo en su casa y a casi morir por fuego maldito. Pero nada parecía funcionar, Draco estaba tan indefenso sin su varita que cualquier muggle, especialmente alguno con malas intenciones, realmente podía dañarlo.
—¿No me has escuchado? ¿O es acaso que simplemente me ignoraste? —preguntó el desconocido.
Cuando la vista de Draco, nublada por el miedo, finalmente se aclaró, pudo distinguir dos siluetas en la oscuridad. Un par de hombres no demasiado viejos, pero definitivamente no tan jóvenes como él. Vestían casualmente y no había nada en ellos que le hiciera sospechar al rubio que tenían malas intenciones, a excepción de la forma en que lo miraban y la forma tan brusca de hablarle.
Uno de los hombres, el que no le tenía sujetado y el más bajito, sacó de entre sus pantalones una navaja que reflejó la poca luz que daba contra ella en la oscuridad. Draco abrió los ojos con pánico y sus piernas comenzaron a temblar. El hombre que aún sujetaba su brazo afianzó el agarre, haciéndolo doloroso.
—La cartera —le dijo el hombre que lo sujetaba, el más alto.
Draco no tenía una.
—N-no tengo —dijo con la voz llena de pánico, sus oídos agudos en todo momento, por si alguna patrulla de policía pasaba cerca.
—No te hagas el tonto rubito, la maldita cartera —le amenazó el hombre más bajito y Draco cerró los ojos, soltando un chillido de miedo —. ¡El maldito dinero!
El hombre más alto lo soltó y Draco trastabilló hacia atrás instintivamente. No planeaba huir, por supuesto, no cuando claramente tenía las de perder si ambos hombres decidían seguirlo. Rápidamente llevó sus temblorosas manos a las bolsas de su pantalón donde sacó todo lo que tenía: un único billete de diez libras.
El hombre con la navaja bufó fastidiado y el hombre más alto volvió a tomarlo del brazo por la fuerza, sacudiéndolo violentamente mientras exclamaba:
—¡No estamos jugando! ¡Danos todo el maldito dinero!
Draco solo pudo balbucear:
—E-es todo lo que tengo, lo juro.
Furioso, el hombre más alto lo empujó con tanta fuerza que Draco cayó dolorosamente de espaldas, el folder que había estado sosteniendo cayendo junto a él, dejando salir los papeles que contenía. Ambos sujetos se pararon frente a él, le habían arrebatado su único billete y ahora parecían tan furiosos que cuando Draco vio que uno de ellos levantaba el puño dispuesto a golpearlo sólo pudo cerrar los ojos con fuerza y apretar la mandíbula.
Pero el golpe nunca llegó.
Draco se tomó algo de tiempo antes de abrir los ojos nuevamente. No escuchó pasos, por lo que era improbable que los tipos se hubieran marchado. Intentó identificar algún otro sonido, pero sólo podía escuchar los latidos de su corazón dentro de sus oídos. Burbujeando.
A lo lejos, una voz se abrió paso hasta sus bloqueados oídos diciendo:
—¿Qué nadie les dijo que robar y golpear es malo?
Draco conocía esa voz.
Ninguno de los asaltantes dijo nada y Draco abrió los ojos lentamente.
Por supuesto no se había equivocado al identificar aquella voz tan conocida. Harry Potter se encontraba allí, con sus ojos esmeralda brillando de furia, sosteniendo el puño en alto del sujeto que había estado a punto de golpearlo con tanta fuerza que sus nudillos estaban completamente blancos. Draco observó que el segundo asaltante, el de la navaja, se encontraba inconsciente en el suelo, seguramente víctima de algún hechizo aturdidor, aún con su regordeta mano alrededor del billete de Draco.
El asaltante más alto intentó forcejear con Potter quién era claramente más fuerte. Draco incluso podía sentir su aura mágica en el aire, haciéndole cosquillas en la nuca. Había pasado realmente mucho tiempo desde que había visto esa expresión en el rostro de Harry, era la misma que había usado para derrotar a Voldemort, llena de valentía y coraje, dos características de las que Draco siempre había carecido, misma razón por la que adoraba verlas en el salvador del mundo mágico, su salvador.
Draco soltó un suspiro involuntario cuando Harry derribó al hombre con su propio cuerpo, sin hacer uso de una sola pizca de magia. Se preguntó si Harry en realidad había entrado al cuerpo de aurores (cómo había dicho que haría cuando estudiaban) y había aprendido esa manera de someter en el entrenamiento. Fuese como fuese, le gustaba el Harry Potter peligroso como un león, fuerte y poderoso, hacía que todo su cuerpo temblara de admiración y excitación.
Finalmente su agresor terminó en el suelo completamente sometido por Harry quién le miraba con severidad y le daba un largo discurso sobre los valores, la moral y lo muy disgustada que estaría su pobre madre si supiera lo que el hombre hacía por las noches cuando decía que iba a trabajar.
Draco se permitió sonreír ante la escena, admirando cada facción de Harry que aún en la oscuridad brillaba.
Harry se apartó de los asaltantes después de haberlos atado con un encantamiento no verbal y de haberlos dejado inconscientes usando magia. Draco lo vio inclinarse hacia ellos y recuperar su billete, para inmediatamente después acercarse al rubio y tendérselo con una mano temblorosa.
—Creo que esto es tuyo —dijo con un ligero sonrojo en sus mejillas, sonrojo que no le hacía ver menos poderoso o valiente.
—Me salvaste... —fue lo único que Draco pudo murmuran, sin molestarse en tomar el billete.
El sonrojo de Harry solo se intensificó y Draco se regocijó al verlo genuinamente avergonzado. De haber sido él el salvador (en alguna clase de mundo paralelo), Draco no habría parado de lucirse frente al moreno, pero así era Harry, un segundo era un súper héroe y al segundo siguiente era un muchacho que no deseaba recibir crédito en absoluto por sus acciones.
—Yo... supongo —le respondió y luego soltó una risita que a Draco le sonó como la mejor de las sinfonías.
El rubio se puso de pie con mucho cuidado. Harry, rápidamente, le extendió la mano, ahora más avergonzado por no haberlo ayudado a levantarse antes. Draco tomó su mano con cuidado, procurando saborear cada segundo que aquel rose durara. Harry seguía siendo suave y cálido como la vez que le había dado a Draco la mano en la sala de los menesteres para sacarlo del fuego. Sus dedos fuertes y a la vez tan delicados y cuidadosos. Las mismas manos que habían acabado con Voldemort, las manos que le habían salvado la vida.
—Gracias —dijo Draco dedicándole a Harry una sonrisa tímida—. Yo... de verdad gracias.
—No tienes que darme las gracias, en serio, no podía permitir que esos te hicieran daño, estás completamente indefenso sin tu varita... nunca fuiste un chico de puños...
—No, nunca lo fui, tienes razón —se miraron en silencio por unos momentos—. ¿Hay algo que pueda hacer para agradecerte? Quiero decir... no sólo por esto, sino por todo...
Harry abrió los ojos con sorpresa y respondió:
—No me debes nada, Draco. Nunca me has debido nada.
—Lo sé... es sólo que yo...
Las palabras se le atoraron en la garganta. Estaba nervioso.
—Una cita —dijo Harry entonces —Vamos a comer, a tomar un café, tal vez... —Lo había dicho con tal seguridad que Draco no lo dudó más. Todos sus sueños se estaban haciendo realidad en ese mismo instante y no había tiempo que perder.
Iba a abrir la boca para aceptar cuando un dolor punzante en el estómago le hizo doblarse. La imagen de Harry sonrojado y pidiéndole una cita se desdibujó frente a él y de repente ya no se encontraba de pie, sino tendido en el suelo en posición fetal, con el labio roto, el ojo hinchado y un golpe en el estómago que le produjo nauseas.
Demasiado bueno para ser verdad. Pensó al tiempo que intentaba sentarse sobre el pavimento.
Probablemente había perdido la conciencia a la mitad de la paliza y había comenzado a delirar entre sueños. De repente Draco había dejado de culpar a las películas románticas de sus alucinaciones y había comenzado a culparse a sí mismo por su ingenuidad. Las posibilidades que ser salvado por el hombre de su vida en medio de la noche parecían completamente nulas y aun así Draco se había dejado por la ilusión de sentir que el destino le estaba sonriendo. A Draco el destino nunca le sonreía.
Se levantó con mucho cuidado percatándose de que los ladrones se habían llevado su mochila, dentro no tenía nada más que uno de los catálogos de la florería y una botella de agua vacía. Era una suerte que los tipos no hubiesen querido revisarle los bolsillos de la ropa, ahí tenía el móvil que Pansy le había dado para poder mantenerse en contacto ahora que Draco no podía enviar lechuzas ni usar la red flu.
Por un momento pensó en llamar a su mejor amiga, pero conociéndola rápidamente entraría en pánico y la verdad era que Draco no se encontraba tan mal como seguramente aparentaba. Descartó la idea de llamar a Pans y ayudándose de sus manos y de toda su fuerza de voluntad se puso de rodillas.
Algo debajo de él crujió.
Draco gruñó cuando vio su folder con todos sus papeles regados por el suelo, llenos de tierra y bastante arrugados. Las blancas hojas con marcas de pisadas sobre ellas. El rubio estiró sus manos para recogerlas con mucho cuidado, le dolía todo el cuerpo, lo que sólo quería decir que le habían dado la paliza de su vida. Una a una fue reuniendo las hojas, en la oscuridad de la calle. Ya ni si quiera le importaba que otro grupito de matones se acercara para intentar robarle nuevamente ya se habían llevado su último billete y seguramente que nadie sería tan desgraciado como para golpearlo aún más en ese estado. O tal vez sí pero Draco quería ser positivo.
Una gotita de sangre cayó de su nariz hacia la hoja de papel frente a él y Draco frunció el ceño. Se sentía desgraciado y no solamente por su mala suerte. Estaba seguro de que en ese estado jamás podría ir a pedir empleo y sin magia, las heridas tardarían siglos en sanar hasta darle una apariencia más o menos decente.
Suspiró.
Estiró una mano para recoger la última de las hojas y cuando lo hizo, sus dedos hicieron contacto con una mano ajena que, al igual que él, había intentado recoger la hoja de papel. Draco apartó la mano rápidamente, por puro acto reflejo y la mano del otro individuo levantó el papel con sumo cuidado antes de decir:
—Dios... Draco... —dijo la voz de Harry y Draco se preguntó si había comenzado otro de sus episodios de alucinaciones románticas. No sería la primera vez que soñaría despierto con Harry más de una vez en el día, solo pensaba que era un mal momento—. ¿Qué ocurrió? No, no importa, ven, te llevaré a que te curen estas heridas.
Harry no esperó a que Draco respondiera, simplemente se agachó para pasar uno de sus brazos por sus hombros y sujetarlo de la cintura. Se le notaba incómodo, que Draco fuese más alto que él no estaba ayudando en el transporte en lo más mínimo.
—No puedo ir a San Mungo —fue todo lo que Draco pudo decir, dejándose llevar por su nueva ilusión mental.
—Puedo curarte sin problemas, iremos a tú casa ¿de acuerdo? —Draco asintió, algo mareado por los golpes que había recibido en la cabeza.
Harry lo agarró con fuerza y se apareció con Draco dentro de su apartamento. El rubio ni si quiera se preguntó cómo era que Harry sabía dónde vivía, la respuesta parecía demasiado tonta, porque aquel no era Harry, bueno, lo era, era el Harry imaginario de Draco, él que correspondía sus sentimientos y lo adoraba de la misma manera en que Draco lo adoraba a él. Él que le miraba con amor y ternura, con el que Draco siempre tendría un imaginario final feliz.
—¿Dónde te duele? —le preguntó sentándolo en su sofá.
—En todas partes —respondió sincero.
—De acuerdo, comenzaré con el rostro, puede ser algo incómodo, pero te prometo que no duele demasiado.
Draco asintió y vio a Harry apuntarle hacia el rostro con su varita. Inmediatamente después, el pelinegro susurró un conjunto de encantamientos. Draco sintió que el rostro se le deshinchaba y que la nariz se le enderezaba, sintió que su ojo dejaba de doler y que su párpado podía abrirse de nuevo completamente. Harry no había mentido, había dolido un poco pero el alivio había sido casi inmediato.
Después de que Harry le curara y le limpiara el rostro con magia, le hizo quitarse el abrigo y levantarse la camiseta. Draco lo vio tragar duro, sus mejillas volviéndose rojas de repente y su mirada brillando con algo que Draco creyó que era deseo. Claro, el Harry imaginario lo deseaba, porque era lo que Draco deseaba, que se fijara en él y era su mente después de todo, así que estaba completamente bien si Draco se lucía un poquito ¿no?
—¿Todo en orden? —preguntó con descaro, coqueto.
Harry apartó la vista de su torso rápidamente y balbuceando dijo:
—S-sí, y-yo, bueno, tienes algunos golpes, v-voy a curarlos.
Y Harry lo hizo. Curó todos los golpes en el cuerpo de Draco, incluyendo algunos en las piernas e incluso, había limpiado sus ropas y su rostro con un fregotego. Draco se sentía tan, pero tan casado que cuando Harry le preguntó dónde estaba su habitación y le llevó hasta ella para arroparlo ya estaba más dormido que despierto.
—Pudiste haber llegado antes, héroe —le dijo con voz somnolienta, mientras Harry le cubría con una manta.
—Lo sé, lo siento —le respondió y sonaba sincero.
—Se llevaron mí último billete —agregó pero no para hacerlo sentir culpable, sino para no tener que dejar de hablar con él, para no tener que volver a la realidad—. Probablemente no comeré mañana. Odio a esos tipos.
—¿No tienes dinero? —le preguntó entre preocupado y sorprendido.
Draco estaba hablando con un Harry imaginario así que no le dio vergüenza admitir la verdad.
—Ni un centavo, probablemente sólo para el bus que me lleva al trabajo. Tranquilo, me ha pasado antes... que me quedo sin comer, por supuesto, no que me hayan dado una paliza. Sobreviviré, siempre lo hago.
—Eso no está bien, Draco, no puedes pasar un día entero sin comer e ir a trabajar así.
—Es lo que hay, no me quejo, en Azkaban pudo haber sido peor, probablemente ya estaría muerto.
Harry frunció el ceño, no muy convencido, en un gesto que lo hacía lucir completamente adorable, tan adorable que Draco solo quería comérselo a besos. De hecho, eso es lo que haría, porque éste era su sueño y podía hacer lo que se le diera la gana. Tenía derecho a tener un pequeño mundo feliz dentro de su mente, donde no hubiera sido golpeado, donde no le hubieran asaltado, donde pudiera pagar la renta y tener a Harry Potter.
—Bésame —le pidió entonces y Harry se mordió el labio inferior.
—Te golpearon duro en la cabeza ¿eh?
Pero Draco ignoró completamente la pequeña broma y haló de Harry hasta que sus rostros estuvieron a centímetros de tocarse. Harry olía como en todas sus fantasías; a madera, a canela y a cera para escobas. El rubio cerró los ojos disfrutando del calor de la cercanía de Harry que no se resistía al contacto. El Harry imaginario por supuesto, porque el Harry real, pensaba Draco, jamás le hubiera permitido acercarse a él de aquella manera.
Y era tan perfecta la forma en que sus cuerpo encajaban, la manera en que sus respiraciones y corazones se sincronizaban que Draco creía que podría morir allí mismo, en medio de ese sueño perfecto y no le importaría en lo más mínimo. Allí, en ese mundo ideal no tenía nada de qué preocuparse, tenía a Harry y Harry se preocupaba por él, por si comía, por si tenía el dinero suficiente para hacerlo, por sus heridas las cuales había curado personalmente.
En ese momento no importaba si Draco despertaba a la mitad de aquella oscura calle muggle nuevamente, con una contusión severa en la cabeza y la nariz aún rota, con su currículum hecho un desastre debajo de su cuerpo
Entonces cuando Draco iba a levantarse un poco de entre sus sábanas para besarle, Harry lo tomó de los hombros, apartándole sutilmente y dijo:
—Duerme, Draco.
Y se apartó de él lentamente, como si en verdad le estuviese constando demasiado trabajo alejarse de él. Draco suspiró con pesar, ni si quiera en sus fantasías podía obtener sus pequeños caprichos emocionales, pero en realidad ya no le sorprendía.
Escuchó la puerta de su habitación cerrarse con cuidado y luego vio la luz del pasillo apagarse, dejándolo todo en cómoda oscuridad. Draco cerró los ojos, esperando el momento en que la fantasía terminara y se encontrara a sí mismo en la puerta de su casa aún golpeado y batallando por encontrar las llaves de la puerta. Escuchó la puerta principal abrirse y luego de unos segundos en total silencio, cerrarse.
Draco siguió esperando a que la fantasía terminara, pero en lugar de eso, cayó profundamente dormido.
