El año escolar pasó rápidamente. En una muestra de discreción poco característica de él, Dudley mantuvo su palabra y no les dijo nada a sus padres sobre lo que había sucedido el primer día de clases. Dudley incluso dejó a Harry tranquilo la mayor parte del tiempo, en casa y en la escuela. Draco y la señora Malfoy pasaron la Navidad con algunos familiares, por lo que Harry y Draco no se vieron durante casi dos semanas. Las vacaciones de Navidad siempre fueron un momento estresante en la casa de los Dursley y Harry usualmente pasaba más tiempo en su habitación que fuera de ella. Esas vacaciones no fueron una excepción.
El semestre de primavera en la escuela Bennington-Bright había progresando tan bien como lo había hecho el de otoño. Draco y Harry eran inseparables y los amigos de Draco lo trataban como si fuera una extensión de Draco. Nadie hizo el intento de hacerse amigo de Harry fuera del espectro de la amistad de Draco, lo cual se debió en parte a la abrumadora timidez de Harry. Eso no significaba, por supuesto, que no había tenido muchos momentos maravillosos de tranquilidad y juego. Él y Pansy Parkinson encontraron un amor mutuo por los libros lustrados de plantas de Harry. Harry los amaba por las plantas, Pansy los amaba por las flores, decía que ya estaba planeando su ramo de bodas. Harry pensó que era demasiado extraño y se preguntó si alguna vez entendería a las chicas. A Pansy le pareció extraño que le gustaran las plantas solo porque eran plantas. En sus palabras, "Pero, Harry. No hacen nada excepto crecer", dijo un día exasperada. Harry asintió con la cabeza y dijo que eso era exactamente por lo que le gustaban.
Si los otros niños en su clase lo encontraron extraño, no lo comentaron. Del mismo modo que no comentaron nada sobre el hecho de que leía libros durante el recreo y con frecuencia faltaba a la escuela. Según Draco, la señora Lopp le había dicho a la clase que no molestaran a Harry por faltar a clases o por no jugar en el recreo, que era un niño "especial" que no podía jugar como los otros niños. Harry casi se rio de eso. Sí, él era especial, estaba bien; su familia le decía con frecuencia lo extraño que era.
Y ahora estaban en el tradicional descanso de Pascua. Los Dursley habían decidido llevar a Dudley a la playa como un regalo por haber pasado sus clases. No se había hecho ninguna mención a las calificaciones casi perfectas de Harry. A Harry no le importaba no ir a la playa. Iba a pasar la semana con Draco. No podía esperar.
Dos días antes de que los Dursley se prepararan para irse, Harry comenzó a sorber y estornudar. Tía Petunia lo agarró y lo zarandeó con el primer sonido de sus sorbidos, diciéndole que parara sus respiraciones de inmediato.
—No voy a dejar que arruines nuestras vacaciones, pequeña bestia viciosa—, le había dicho mientras lo sacudía con fuerza, haciendo que su cabeza golpeara contra la pared detrás de él.
Él asintió con la cabeza, retenido en un estornudo, corrió a su habitación, cerró la puerta y se dejó caer en su pequeño catre para echar una larga siesta.
La mañana que los Dursley se fueron a su viaje, Harry se despertó cansado y caliente. Su respiración no estaba mejor y le dolía la cabeza.
—Arriba, ARRIBA, chico—, espetó tía Petunia mientras golpeaba con sus nudillos afilados la puerta de la habitación de Harry.
Harry gimió y se levantó de la cama, se vistió cuidadosamente y terminó de empacar su pequeña mochila. Bajó con dificultad las escaleras y encontró a los Dursley esperándolo, despreciándolo.
—Mami, me quiero ir, ¡ahora!— Dudley se quejó, comprendiendo que ya no estaban yendo apresuradamente hacia la playa.
—Pronto, Diddums, pronto. Solo tengo que llevar al niño a los Malfoys y luego nos iremos. Quizás papá pueda comprarte un helado de limón antes de que nos vayamos, —dijo Petunia, mientras miraba a Harry con ojos acusadores.
—Pero no quiero un helado de limón. ¡Quiero una bomba de choco-chocolate!— Dudley gimió.
—Bien, bien. Vámonos Dudders. Obtendremos tu helado de chocolate y volveremos por tu mamá—, dijo Vernon, guiando a Dudley al auto y gruñendo a Harry por angustiar a su hijo.
Harry suspiró y continuó bajando por las escaleras. Tan pronto como bajó del rellano, Petunia lo agarró por la parte superior del brazo y lo arrastró fuera de la casa a una velocidad vertiginosa. —Cuida tus modales, muchacho—, dijo en un gruñido bajo. —¿Sigues sorbiendo?.
—Sí, señora—, dijo Harry con voz entrecortada.
Petunia suspiró. —¿Siempre debes ser tan difícil?—, escupió. Su mano huesuda se curvó más fuerte alrededor del brazo de Harry mientras lo arrastraba hacia la casa de Draco. Llamó a la puerta con impaciencia, mordiéndose el labio y lanzando una mirada brillante hacia Harry.
Momentos después, la puerta se abrió y Harry casi cayó hacia atrás. Jadeó. En lugar de la señora Malfoy o Draco, había un hombre alto y aterrador vestido de negro de pie en la puerta. Estaba frunciendo el ceño. Ante el jadeo sorprendido de Harry, una ceja aristocrática se arqueó con desdén mientras sus brazos caían en un elegante pliegue. —¿Puedo ayudarte?— preguntó en tono aburrido.
Petunia, afectada de manera similar por el comportamiento severo e imponente del hombre, se tomó un momento para encontrar su voz. —Sí, lo siento. Soy Petunia Dursley y este es mi sobrino, Harry Potter. Se supone que se va a quedar aquí por una semana. ¿No hay problema, espero?— preguntó, la desesperación clara en su voz. Petunia se negaba a llevar a Harry a las vacaciones familiares en la playa.
El hombre la miró con sus ojos negros como escarabajos, antes de volver su mirada hacia Harry. Cuando Harry sorbió y se secó la nariz con el dorso de la mano sin pensarlo, la cara del hombre se contorsionó con disgusto, causando que Petunia agarrara a Harry bruscamente y lo amonestara por su comportamiento tan grosero.
—Soy Severus Snape, el padrino de Draco—, dijo el hombre, cortando la diatriba de Petunia. —Narcissa mencionó que otro niño se quedaría con Draco durante las vacaciones. Desafortunadamente, fue llamada por negocios familiares algunos días. Yo cuidaré a los niños durante ese tiempo.
Harry tragó saliva con miedo mientras Petunia casi se desmaya de agradecimiento. —Un placer conocerlo, señor—, dijo. —Tendrá que disculpar a Harry. Es una pequeña cosa maleducada. Es muy amable de su parte cuidar de él.
Severus arqueó las cejas de nuevo. —De hecho, ¿Madame? ¿Mal educado, dice? ¿Qué podría decir eso de usted?— arrastró las palabras.
Petunia parpadeó mientras luchaba por determinar si acababa de sentirse insultada.
Harry volvió a sorber por la nariz, sin atreverse a levantar la mano como lo había hecho antes.
—El niño está sorbiendo. ¿Por qué está sorbiendo?— Severus preguntó con aspereza.
Petunia le lanzó otra oscura mirada a Harry. —Alergias—, dijo en tono duro, desafiando a Harry a contradecirla.
—Ya veo—, dijo Severus. —Bueno, entra muchacho, Draco sin duda estará preguntándose dónde estás.
—Gracias, señor—, murmuró Harry mientras se abría paso alrededor de Severus y subía corriendo las escaleras hacia la habitación de Draco.
—¡Harry!— Gritó Draco, mientras se ponía de pie. Estaba viendo una película, notó Harry. Sentado y viendo una película, acurrucado con una manta, sonaba como una gran idea para Harry.
—¿Cuál es la película?— Preguntó Harry, mientras sorbía una vez más.
—¿Eh? Oh, Aladdin,— dijo mientras agarraba la mano de Harry. —¡Vamos! ¡Han pasado años desde que jugamos afuera!.
Harry se resistió y retiró su mano. —No, no es cierto—, dijo un poco bruscamente. —Construimos un fuerte la semana pasada.
Draco se volvió, abrió la boca con sorpresa. Harry nunca antes lo contradicho. —La semana pasada fue hace años—, dijo, pensando que Harry simplemente había malentendido.
—Yo... esperaba que pudiéramos ver la película—, dijo Harry, haciendo un vago gesto hacia la imagen congelada de un genio azul en la tele. —Siempre quise ver, er, Aladdin.
Draco puso los ojos en blanco y bufó. —Podemos hacer eso más tarde. ¡Vamos!— ordenó, agarrando la mano de Harry y arrastrándolo escaleras abajo.
Harry suspiró y, como siempre, hizo lo que Draco quería hacer. Llegaron a la cocina antes de que la voz amenazadora y oscura de Severus Snape los detuviera en seco.
—¿A dónde creen que van?— preguntó.
Draco se detuvo a mitad de camino y se giró, tirando de Harry con él.
Severus estaba sentado en la mesa de la cocina. Tenía una serie de libros abiertos, así como un pequeño bloc en el que había estado tomando notas. Harry pensó que vio los contornos vagos de una hoja en una de las notas. Dio un paso adelante para ver mejor.
Draco, por otro lado, dejó escapar un suspiro. —Vamos afuera, tío Severus. Para jugar.
—¿Dónde están sus chaquetas? Me parece que hace demasiado frio afuera. No quiero tener que atender niños pequeños y enfermos porque no fueron lo suficientemente responsables como para usar la vestimenta adecuada.
—Bien, bien—, dijo Draco, caminando hacia la sala de estar, buscando su chaqueta.
Harry no se percató de nada, demasiado curioso por descifrar por qué el señor Snape dibujaba hojas.
—Tú, muchacho, ¿dónde está tu chaqueta?— Severus espetó, un poco nervioso por el pequeño y desaliñado niño que miraba frente a él. Cuando Harry no hizo ningún movimiento que indicara que lo había escuchado, Severus suspiró exasperado y se inclinó para tocar el hombro de Harry. Con un ligero toque, nuevamente le preguntó a Harry sobre su chaqueta.
Asustado por el toque, Harry se tambaleó hacia atrás. —Lo siento, señor—, dijo con un movimiento de cabeza hacia arriba al final, dejando en claro que no había escuchado lo que Severus había dicho.
La mirada de Severus se estrechó. —¿Qué te pasa, chico tonto? Eres tan asustadizo como un conejo salvaje. Y, por última vez, ¿dónde está tu chamarra? No me agradan los pequeños y desaliñados niños que me ignoran.
Harry sorbió. Levantó la mano para limpiarse la nariz y se detuvo a mitad de camino al ver la mirada atronadora de Severus. Rápidamente dejó caer su mano y comenzó una pequeña ráfaga de sorbidos antes de que Severus dejara escapar un suspiro de exasperación, se levantara bruscamente y le tendiera a Harry un pañuelo de papel.
—Lo siento, señor—, murmuró Harry alrededor del pañuelo mientras se sonaba la nariz.
—¿Y bien?— Dijo Severus, parado frente a Harry, con los brazos cruzados, esperando una respuesta.
Harry se quedó allí, su mente corriendo. Su boca se abrió y se cerró varias veces.
—Tu chaqueta. ¿Dónde está tu chaqueta?— Severus siseó con los dientes apretados.
—¡Oh! Lo siento, señor—, dijo Harry por tercera vez. —Yo, eh, es decir, no tengo, no traje una. Y no tengo... No tengo una llave de la casa de los Dursley... Me refiero a mi casa.
Severus miró duramente a Harry por un largo rato. —Draco, —gruñó, haciendo que Harry jadeara y diera otro paso hacia atrás.
Segundos después, Draco apareció en la cocina, vistiendo una elegante chaqueta que le quedaba perfecta. —Sí, tío Severus—, dijo con una ligereza que le hubiera costado a Harry un golpe en el costado de la cabeza si le hubiera hablado de esa manera a su tío.
—Tu amigo olvidó su chaqueta. Imagino que tienes una lo suficientemente pequeña para él. Ve a buscarla. Ninguno de los dos saldrá sin una chaqueta, ¿está claro?.
Draco miró a Harry con curiosidad. —Umm, claro. Iré a ver qué hay en mi armario.
Draco subió las escaleras, mientras Severus volvía a sus libros, sin prestarle atención a Harry. Pasaron los minutos y Harry todavía estaba de pie mientras Severus leía. Harry quería saber desesperadamente lo que Severus estaba leyendo. Su curiosidad incrementó cuando vio a Severus dibujar una nueva hoja.
—Señor—, dijo, dando algunos pasos tentativos hacia adelante.
Severus levantó la vista, esperando a que Harry hablara de nuevo. Cuando Harry no lo hizo, Severus cerró los ojos y se pellizcó el puente de la nariz. —Si tienes algo que preguntar, hazlo.
Harry asintió y se acercó, lamiendo sus labios nerviosamente. —Me preguntaba, señor. ¿Por qué dibuja una hoja?.
Severus miró a Harry, su mirada calculadora. En un movimiento brusco (que Harry estaba empezando a creer que eran los únicos tipos de movimientos que Severus Snape podía hacer), giró el dibujo hacia Harry. —¿Qué te parece esto?.
Harry se acercó y estudió la imagen. Parecía una hoja que había visto antes. En sus libros ilustrados en la escuela. —Se parece a una hoja de árbol de arce. Señor—, añadió apresuradamente.
—Sí, sí. Una hoja de arce. Puntos para ti—, se burló Severus, —pero, ¿qué tipo de arce?— preguntó. Su expresión era engreída. Si sus alumnos no lo sabían, tampoco Harry lo haría. Ese fracaso, por supuesto, le permitiría a Severus reprenderlo y permitirle un poco de paz y tranquilidad.
Harry vaciló y lanzó una cautelosa mirada a Severus antes de contestar. —Es, parece un arce americano, señor—, susurró.
Severus le arrebató el dibujo y lo acercó a su cara antes de parpadear y mirar a Harry, su rostro lleno de incredulidad. —¿Cómo lo supiste?— espetó, sus ojos recorriendo sus libros abiertos preguntándose si la respuesta estaba en alguna de las páginas.
Harry dio un paso atrás. —No me permiten jugar en el recreo. Me gustan las plantas y esas cosas. Tengo un libro especial con muchas fotos de plantas. Solo recuerdo haberla visto. Eso es todo.
Severus miró al niño frente a él con mayor interés. Lo diseccionó como lo haría con uno de sus retoños. Tal vez Harry era uno de los pocos niños que no eran inútiles, cretinos huecos. —¿Qué sabes sobre plantas, muchacho? Y, ¿por qué no te permiten jugar en el recreo?.
—Yo-yo trabajo en el jardín, en casa, quiero decir. Soy responsable de cuidar las plantas. Y en el recreo, me enfermo mucho y,... me enfermo mucho—, dijo, no muy seguro de cómo responder las preguntas del extraño hombre.
Draco apareció en ese momento, salvando a Harry de cualquier interrogatorio. —Aquí. Esto debería quedarte—, dijo empujando una chaqueta en las manos de Harry. —Nos vamos ahora, tío Severus.
—Con cuidado—, dijo Severus, mientras miraba a Harry. —Sin juegos rudos ni carreras.
Draco rodó los ojos y tiró de la mano de Harry hacia afuera.
Por cuarta vez en las últimas tres horas, Severus estaba mirando por la puerta trasera, viendo a su ahijado y a su pequeño amigo, Harry, jugar. Estaban jugando a algún tipo de juego que involucraba patear una pelota de un lado a otro. Severus no veía utilidad en eso, pero se sentía así por la mayoría de los juegos. El chico, Harry, se veía pálido en opinión de Severus. Estaba respirando con dificultad, tenía la cara sonrojada y parecía mucho menos entusiasta en su juego que Draco.
—¡Vamos, Harry! Ni siquiera lo estás intentando—, se lamentó Draco cuando la pelota se deslizó más allá del lento pie de Harry una vez más.
Una mirada de enojo cruzó por el rostro de Harry quien abrió la boca para decir algo mordaz, de eso Severus estaba seguro. Decidió que los niños pequeños peleando no eran algo con lo que él quisiera lidiar, Severus decidió que era necesario un descanso.
—Aleja esa pelota ridícula—, murmuró a Draco mientras caminaba por el patio trasero y fingía estar fascinado por los montones de cardos que se desbordaban en el jardín de Narcissa.
Draco hizo un ruido de frustración, no obstante, se alejó con la pelota.
—Ven aquí, muchacho—, Severus le dijo a Harry mientras veía a Draco jugar solo por un rato. Severus quiso decir lo que había dicho antes. No tenía intención de hacer de niñera a niñitos enfermizos, especialmente a los que no conocía. No, él cortaría el exceso de esfuerzo de raíz y hablaría con el niño.
Harry sorbió y se apartó el sudoroso cabello de la frente. Sus pasos fueron lentos mientras se dirigía a Severus. Se detuvo a varios metros de distancia.
Severus se inclinó y sacó una pequeña navaja. Cortó varios de los cardos y los miró a cada uno de ellos, como si tratara de descifrar sus secretos. Sintió que Harry se acercaba, aunque el ruido de sus jadeos habría sido suficiente para alertar a los sabuesos de toda la calle. Después de varios largos momentos, Harry habló.
—Eso es un cardo, señor—, murmuró Harry, sin estar seguro de que más decir.
Severus se resistió a la abrumadora necesidad de poner los ojos en blanco y decirle al muchacho que era consciente de que tenía un cardo en sus manos. Quería que el chico hablara primero, después de todo. Entonces, en cambio, miró al niño y dijo: —Cirsiumlecontei.
—¿Qué?— Harry dijo, arrastrándose más cerca.
—Cirsiumlecontei es el nombre de este cardo en particular.
—Oh—, dijo Harry, sin estar seguro de lo que el señor Snape acababa de decir. —Cirs-cirs-u-mum la-cor-te—, tartamudeó, tratando de copiar las palabras que usó el señor Snape.
—¡No, no, no! Cir-si-um le-con-tei—, pronunció de nuevo por Harry.
—Cir-si-um le-cort, lo siento, le-con-tei—, murmuró Harry, mirando estupefacto hacia el cardo.
—Mejor—, dijo Severus mientras se sentaba en el suelo y le indicaba a Harry que hiciera lo mismo.
Harry volvió a sorber y se sorprendió cuando le arrojaron un pañuelo. —Gracias Señor.
—¿Cómo puedes cuidar plantas con estas horribles alergias tuyas, chico?.
Esta era la tercera vez que Harry había escuchado la palabra "alergia", y todavía no estaba seguro de lo que significaba. Se encogió de hombros e intentó redirigir la atención del señor Snape. —¿Por qué no llamarlo cardo, señor? ¿Por qué las palabras divertidas?.
—¿Palabras divertidas? ¿Palabras divertidas?— Severus repitió, horrorizado. —No son palabras divertidas, muchacho, estaba hablando en latín—. Severus miró a Harry haciendo que Harry retrocediera. —¿Qué te están enseñando en esa escuela?— murmuró.
Harry tragó saliva y asintió, vaciló, sacudió la cabeza, y luego cargó con la mirada desesperada de confusión que solo el señor Snape le podía causar.
Severus empujó uno de los tallos de cardo en la mano de Harry. —Hay muchos, muchos tipos de cardo. El latín, o 'palabras divertidas' como las llamaste tan irrespetuosamente, conforman el nombre botánico de este cardo en particular.
Harry inclinó la cabeza hacia un lado y dejó que su pequeña boca se abriera. No tenía idea de qué estaba hablando el señor Snape.
Severus suspiró y tiró de su cabello con irritación. —Dime, chico, ¿cómo distinguirías a este cardo de otro?.
—¡Oh! Eso es fácil—, dijo Harry. —Esto es cardo rosado. He visto púrpuras y blancos y...—
—¡Precisamente!— Severus dijo triunfalmente.
—¿Huh?— Preguntó Harry.
—¿Sabes que este cardo es diferente de otros tipos de cardo, correcto?.
Harry asintió.
—No podemos ir por ahí llamando a todo cardo, cardo. Tenemos que ser capaces de notar la diferencia. Los nombres botánicos nos permiten hacer eso.
Harry asintió de nuevo y miró fijamente su cardo. —¿Por qué no simplemente llamarlo cardo rosado, entonces?.
Los labios de Severus se fruncieron en una línea delgada e implacable. —Porque no—, dijo con los dientes apretados, comenzando a cambiar su opinión sobre la inteligencia del chico.
Harry pensó en eso por un minuto. Tenía sentido, pensó. Le gustaba que las plantas tuvieran nombres especiales. Nombres secretos y especiales. —Está bien—, dijo, aceptando el "Porque" de Severus—. ¿Cómo se llama ese de allí, entonces?— dijo, señalando el seto que separaba el patio trasero de los Dursley del de Draco.
Severus se giró y miró el seto de aligustres japonés. Tal vez había esperanza para el chico después de todo. "Ligustrumjaponicum", dijo con un ligero floreo.
Harry soltó una risita. Esas palabras fueron más divertidas que las variedades de pittosporum. —Ligus-ligus-trum ja-pon-i-cum—, dijo, exagerando cada sílaba.
—Pasable—, dijo Severus.
Draco estaba empezando a hacer su camino de regreso. Estaba frunciendo el ceño, notó Severus, luciendo como si Severus se hubiera llevado su juguete favorito. Y, en cierto sentido, Severus lo había hecho. Si podía creerle a Narcissa, de todos modos. —Si quieres, puedo mostrarte otras cosas más tarde, pero creo que a Draco le gustaría jugar un poco más.
Harry sonrió. —Me gustaría eso, señor—, dijo con voz suave y respetuosa.
Severus casi sonrió, pero se detuvo justo a tiempo.
