Narcissa cerró el periódico de la mañana y lo arrojó al cubo de basura. La ansiedad, una compañera últimamente siempre presente, se acumuló en su pecho y se ajustó en un nudo apretado y ardiente por el más reciente artículo sobre Trotter Blackmun. Se pasó las manos por el cabello y dejó escapar un suspiro tembloroso. Algo llamó su atención afuera. Se levantó bruscamente y se acercó a la ventana, estirando y retorciendo el cuello de un lado a otro en un esfuerzo por ver qué, o mejor dicho quién, estaba allí afuera. Un pequeño zorzal pasó volando antes de aterrizar en la rama en un árbol cercano. Narcissa parpadeó y negó con la cabeza. Todo se le estaba yendo de las manos, pensó para sí misma, como la tenue luz de la mañana que se filtraba por la ventana y lavaba la cocina en tonos grises oscuros.
Si los periódicos eran de confianza, Blackmun ahora vivía en Little Whinging y lo había estado haciendo durante varios meses. Narcissa estaba segura de que él tenía la intención de hacer algo. Esperarlo le estaba deshaciendo. Se había vuelto distraída, enojona y de mal genio. Miraba por encima de sus hombros cada vez que salía. Se había vuelto realmente sobreprotectora con Draco, manteniéndolo dentro, lejos de extraños y amigos por igual. Las ruidosas peleas entre ellos ahora eran acontecimientos cotidianos. Draco no entendía por qué no podía jugar con Harry todo el tiempo y Narcissa no se atrevía a explicarle la verdad.
Cuando las llamadas telefónicas comenzaron hacía casi un mes, en las que solo se encontraba con silencio al otro lado de la línea, Narcissa llamó a Severus y solicitó folletos de Wolsford. Dos días después, pagó el depósito del año siguiente y presentó la solicitud de Draco. No estaba mal estar preparada. Draco fue aceptado de inmediato. Era de esperarse, por la enorme cantidad de dinero del cheque de Narcissa. A pesar de todo, en ese momento Narcissa todavía no estaba convencida de que enviar a Draco a un internado fuera lo mejor. Hasta el día anterior.
Se había estado preparando para la fiesta de cumpleaños de Harry cuando vio una nota escrita en papel fino sobre la mesa de su cocina. Había estado demasiado ocupada con decoraciones, regalos y otras cosas y no le había dado una segunda mirada. Mientras arreglaba la cocina más tarde esa noche, mientras los chicos y Severus jugaban uno de los nuevos juegos de mesa de Harry, ella había encontrado la nota de nuevo. "Te estoy mirando a ti y al chico. Se parece mucho su padre, ¿no es así? No puedes mantenerlo adentro para siempre", decía en un garabato poco elegante. Era de Trotter Blackmun, estaba segura. Una sensación de frío terror la invadió. ¿Había estado en la casa? ¿Había estado allí? ¿Los había visto a todos fingiendo que nada importaba?. Con las rodillas débiles, se dejó caer en la silla más cercana, jadeó y dejó que las lágrimas que le picaban en las comisuras de los ojos cayeran. No correría más riesgos con la seguridad de Draco. Wolsford sería. Era lo mejor. Draco estaría a salvo en la escuela, Severus podría cuidarlo, y ella podría mudarse a una de las comunidades cerradas más nuevas y cercanas al internado. Sería un nuevo comienzo para los dos, uno sin el espectro de Trotter Blackmun amenazando sus espaldas.
El zorzal se fue volando, sacudiendo a Narcissa de sus pensamientos de madrugada. ¿Cuánto tiempo había estado allí? —Esto tiene que parar—, susurró en voz alta mientras abría el cajón de los cubiertos, buscaba y retiraba los folletos de colores brillantes de Wolford que había escondido en la parte de atrás. Se mordió el labio mientras se sentaba y los leyó por enésima vez.
—Mamá—, llamó una voz soñolienta desde la puerta de la cocina, rompiendo los oscuros pensamientos de Narcissa. —¿Qué estás haciendo?.
Narcissa cerró los ojos, se armó de valor, y se aferró al folleto lleno de bellas imágenes del campus y los rostros de jóvenes estudiosos, frescos y sumidos en pensamientos profundos. Se volvió y sonrió ante la imagen que su hermoso niño en pijama. Su sedoso cabello rubio estaba desordenado y su rostro todavía estaba sonrojado por el sueño. Encajaría bien en Wolsford. Era la decisión correcta. Estaba segura de eso, aunque no entendía por qué su mano temblaba. —Buenos días, Dragón. ¿Dónde está Harry?.
—Todavía durmiendo—, dijo Draco bostezando mientras se arrastraba hacia la mesa de la cocina. —Creo que lo cansamos.
—Bueno, no todos los días un joven cumple once años. Creo que disfrutó mucho de la fiesta.
Draco asintió. —Era como si fuera su primera fiesta de cumpleaños, o algo así. A veces es muy divertido—, dijo Draco, distraído mientras repasaba los pasteles del desayuno y la ensalada de frutas en la mesa.
—Draco, ¿cómo te sentirías si fueras a la escuela del tío Severus?—Narcissa soltó. Hizo una mueca cuando las palabras salieron de su boca. Habría querido aligerar la conversación.
La mano de Draco detuvo su recorrido hacia el desayuno. Levantó la cabeza. —¿Por qué iría allí? Me gusta Bennington-Bright—, respondió, la inquietud clara en su voz.
—Sí, lo sé. Pero estaba pensando que lo pasarías mejor en Wolsford. Podías montar a caballo todos los días, ver a tu padrino, conocer a otros niños de todo el mundo. ¿No sería encantador?—Sus ojos brillantes de emoción hicieron que Draco entendiera, que aceptara.
La mirada de Draco cayó sobre la mesa. —¿Qué hay de Harry? ¿Puede venir también?.
Narcissa se mordió el labio. —Bueno, eso depende de los Dursley, me temo. De no ser así, podrías verlo durante todas tus vacaciones. Pueden escribirse. Quizás puedan verse algunos fines de semana, de vez en cuando. No va a ser tan diferente de como es ahora.
Draco trazó pequeños círculos sobre la mesa con su dedo índice. —No quiero—, dijo con voz suave y tenue. —Quiero quedarme aquí. Contigo. Con Harry y todos mis otros amigos.
—No seas tan infantil—, resopló Narcissa, lamentando las palabras tan rápido como habían salido. Sus nervios estaban demasiado desgastados por la situación. Pero no había nada que hacer, había llegado muy lejos. —No me mires de esa manera—, dijo ante la mirada petulante de Draco. —No es tu decisión, en realidad. He decidido que irás. Es una buena oportunidad para ti y no voy a dejar que la desperdicies.
—¿Entonces por qué me lo preguntaste?— Preguntó Draco, su voz se alzó cuando la ahora familiar sensación de ira lo recorrió. —No es que realmente me preguntes sobre nada. Prácticamente no me has dejado salir de la casa. Ya casi no puedo jugar con Harry. No me dejas hacer nada—, gritó. —No quiero ir. No puedes obligarme.
—Oh, puedo—, susurró Narcissa, preguntándose cómo diablos todo se le había ido de las manos. —Irás. Dentro de dos semanas, tú y tu padrino estarán de camino a Wolsford. Es definitivo. No es tu decisión.
Draco frunció los labios y apretó las manos en puños. —¡Te odio!—Siseó antes de girar sobre sus talones y subir corriendo las escaleras hacia su habitación.
Narcissa jadeó. Las lágrimas picaban en las comisuras de sus ojos. —Prefiero que me odies a tenerte muerto—, susurró.
Draco estaba furioso mientras corría a su habitación. ¿Cómo podía su madre enviarlo lejos? ¿Cómo podía? Por su vida, no podía entender lo que había hecho mal. Y ahora, ella lo estaba obligando a irse. Tendría que hacer nuevos amigos y encontrar nuevos lugares para jugar. Peor aún, no parecía que Harry pudiera estar con él. Su leal y fiel amigo no estaría con él. Él la odiaba. La ODIABA.
Draco entró en su habitación, cerró la puerta de un golpe y buscó algo que arrojar contra la pared que tuviera la garantía de hacer un ruido espectacularmente fuerte. Miró su gran alcancía. Con una sonrisa llena de tanta frustración como ira, la colocó sobre su cabeza y se preparó para arrojarla.
—¿Draco?—murmuró una voz soñolienta, deteniendo a Draco.
Draco estaba parado allí, jadeando y con la cara roja, sosteniendo la alcancía sobre su cabeza, mirando a Harry. Harry estaba enterrado bajo las sábanas, de modo que solo se veía un mechón de cabello negro y salvaje. Rodó y lentamente sacó su cabeza, como una tímida tortuga que sale de su caparazón protector. Los soñolientos ojos verdes se encontraron con los grises furiosos. Draco jadeó, lleno de una emoción que no podía definir, dejó caer sus manos, permitiendo que la hucha aterrizara con un ruido suave sobre la gruesa alfombra. Se dio cuenta en ese momento que en dos semanas se iba a irse de su casa, dejando a su amigo. Una alcancía rota no cambiaría eso. Echó un vistazo a la fotografía de él y Harry apoyada en su tocador a un lado de dos piezas de oro falso. Su brazo colgaba del hombro de Harry, ambos resplandecientes de victoria después de haber encontrado el tesoro de cumpleaños que Harry había escondido para él. La mirada de Draco regresó a Harry. A pesar de lo rápido que había llegado, su ira disminuyó. Una alcancía rota no cambiaría las cosas. Sonrió y tomó una decisión. Habría un último hurra para Draco y Harry, una última aventura. Una última búsqueda.
—¿Qué estás haciendo?—Preguntó Harry mientras se sentaba y se estiraba. —¿Por qué me miras así? ¿Pasa algo?—preguntó mientras giraba hacia un lado y hacia otro para ver si su pijama estaba al revés.
—Levántate y vístete. Vamos a cazar—, dijo Draco.
Harry ladeó la cabeza —¿Seguro? Pensé que tu mamá estaba siendo rara con el asunto de salir de casa—, dijo bostezando.
—Tenemos permiso para esto, pero nos estás retrasando. He estado esperando una eternidad para que te levantes y podamos irnos—, Draco resopló.
Harry miró su regazo y se mordió el labio. —Pero los Dursley podrían regresar hoy en cualquier momento. No quiero dejarlos esperando.
Draco despreció ese argumento con un gesto de mano. —No volverán hasta esta noche. Escuché a mamá decírselo a tío Severus durante tu fiesta. Ahora vamos, Harry. ¡Date prisa!.
—Estás de buen humor—, gruñó Harry mientras se levantaba y buscaba ropa limpia.
—Sí, y si te apuras, no tendrá que empeorar.
—Bien, bien—, farfulló Harry mientras se vestía y se pasaba las manos por el pelo en un intento de domarlo.
Mientras Harry se vestía, Draco llenó una pequeña mochila con cosas que pensó que podrían ser útiles durante el día. —Pensé que podríamos ir a al lago Howlflax —, dijo Draco con indiferencia mientras empacaba unos dulces que había escondido hacía varias semanas.
—¿Howlflax Lake?—Preguntó Harry mientras se detenía y se volvía para enfrentar a Draco. —Eso está a por lo menos a dos kilómetros de distancia. ¿Estás seguro de que tenemos permiso para ir?.
—¡Sí!—Draco estalló. —¿Por qué estás tan preocupado, de todos modos? ¿Qué eres, una chica o algo así?
Ira y dolor recorrieron a Harry. Cogió su pequeña mochila, deshilachada por años de uso, y se puso las zapatillas con unos pocos tirones rápidos y ásperos. —Jódete—, gruñó, sorprendido por su audacia. Había escuchado a los chicos mayores en la escuela decir eso cuando estaban molestos. Esta parecía la situación ideal para usarla. Su mano agarró el pomo de la puerta. —Y no soy una maldita niña—, dijo por encima de su hombro mientras abría la puerta, con la intención de irse.
—¡No te vayas!—Draco suplicó mientras empujaba la puerta y jalaba a Harry. —Lo siento—, susurró.
Harry levantó la vista con ojos cautelosos y miró a Draco, quien le devolvió la mirada con arrepentimiento y suplicando silenciosamente. Harry suspiró. —No soy una maldita chica. No vuelvas a llamarme así.
Draco asintió. —Lo siento—, dijo de nuevo. —Es solo que tenemos que irnos ahora, Harry. Tenemos que hacer esto hoy.
Harry ladeó la cabeza. —Draco—. Dudó. —¿Que esta pasando?.
—Yo solo...—Draco negó con la cabeza. Tenía dos semanas para decirle a Harry que se iba. No era el momento. —Solo quiero ir a jugar. Han pasado años desde que salí. Además, es solo el lago.
Harry se mordió el labio inferior. Asintió.
—Brillante—, dijo Draco, agarrando la mano de Harry y jalándolo por las escaleras. —Espera aquí—, dijo una vez que llegaron al vestíbulo. —Solo le diré a mamá que nos vamos.
—Sí, vale.
Draco caminó hacia la cocina. Alzó su barbilla y cruzó sus brazos sobre su pecho. —Mamá, Harry y yo saldremos a jugar. Vamos a jugar en su patio trasero todo el día.
Narcissa tragó ante el desafío en los ojos de su hijo. No quería que se fuera en absoluto, pero después de la desastrosa mañana que habían tenido, tal vez era mejor para ambos poner algo de distancia entre ellos. —No tomes ese tono conmigo, Draco.
Draco puso los ojos en blanco y bufó, pero sus ojos suplicaban que lo dejara salir.
—Bien. Tú y Harry pueden jugar afuera.
—Almorzaremos en la casa de Harry. No tiene sentido que nos llames.
—Yo...—no creo que sea una buena idea, pensó Narcissa. Pero cuando Draco frunció los labios y enroscó sus pequeñas manos en pequeños puños, cedió. No podía soportar otra pelea esa mañana. —Eso debería estar bien—, susurró. Ella sonrió, esperando que Draco le devolviera la sonrisa. No fue así. Draco dio vuelta para irse, pero Narcissa lo detuvo. —Lo siento por lo de esta mañana, pero es realmente lo mejor.
Draco la miró fijamente antes de darse la vuelta y marcharse.
(...)
—De ser posible, al director le gustaría que se lo enviara por fax hoy, Cissa—, dijo Severus, dejando caer el cuestionario de los estudiantes frente a ella.
Narcissa suspiró. Miró hacia el reloj. Era poco más de mediodía. Se había pasado toda la mañana trabajando con Severus para completar todos los formularios de la nueva escuela de Draco. —Bien—, dijo ella. —Severus, ¿vas a recoger a los chicos? Deberían estar almorzando en casa de Harry. Draco está terriblemente enojado conmigo sobre esto. Creo que sería mejor si lo trajeras de regreso.
Severus asintió. —¿Y qué hay del señor Potter?.
—Tráelo también, por supuesto. No lo podemos dejar solo en esa casa—. Ella sacudió su cabeza. —Todavía no puedo creer las agallas de los Dursley: decidir irse de vacaciones solo dos días antes del cumpleaños de Harry.
La expresión de Severus permaneció impasible. —Realmente son del peor tipo—, juró por lo bajo.
Narcissa sonrió. —Cuidado, Severus. Estás dejando que tu compasión vuelva a manifestarse. Alguien podría pensar que realmente te importa el bienestar de Harry.
Severus le dio una mueca burlona que podría haber hecho que la crema se cortase antes de ir en busca de Draco y Harry. Narcissa rio disimuladamente y continuó revisando los formularios de la escuela que necesitaba preparar.
Un golpe en la puerta la sobresaltó. Pensando que tal vez los Dursley habían llegado a casa antes de lo esperado, maldijo por lo bajo, preguntándose qué era lo que estaba manteniendo ocupado a Severus y los chicos.
—No te esperaba tan temprano—, comenzó mientras abría la puerta. Las palabras murieron en sus labios cuando un par de ojos color avellana miraron sus suaves ojos azules. Narcissa jadeó, dio un paso atrás e intentó cerrar la puerta.
—Tranquila, amor—, dijo Trotter Blackmun mientras forzaba la puerta para que permaneciera abierta. —¿Dónde está esa famosa cortesía Malfoy de la que he oído tanto?
—¡Vete de aquí!—Narcissa gritó mirando a través de la puerta, buscando a Severus y a los chicos.
Trotter se dio vuelta y se rio. —¿Qué estás buscando, amor? ¿A ese pequeño niño tuyo y a su amiguito de pelo negro? ¿Harry es su nombre, cierto? Turbios como ladrones, esos dos. Casi como yo y Lucy. Por un tiempo, de todos modos. Pobre, pobre Lucy... una vergüenza lo que sucedió con él. Debería haberlo sabido mejor —gruñó Trotter.
El corazón de Narcissa latía salvajemente y sus miembros se sentían como si se hubieran convertido en piedras. Ella no podía respirar. No podía pensar. —¿Qué es lo que quieres?—preguntó en un susurro áspero.
—Solo vine para una visita amistosa, lo juro. Pensé que podría ser un buen amigo para el joven Malfoy. Contarle sobre su viejo padre, la verdadera historia. Decirle la verdad en vez de los cuentos de hadas con los que sin duda le has estado llenando la cabeza.
La cabeza de Narcissa se movió violentamente, desesperada por cualquier señal de Draco y Harry. Su mano se aferró a la puerta, incapaz de moverse. —¿Qué has hecho? ¿Dónde está mi hijo?.
Trotter se inclinó con una mirada maliciosa. —Oh, oh, Cissa. ¿Qué clase de madre eres? No sabes dónde está tu chico, ¿verdad? Si yo fuera tú, estaría vigilando mejor al pequeño Draco.
Un grito estrangulado salió de los labios de Narcissa.
Trotter se rio, le guiñó y saltó del porche, huyendo. Narcissa lo siguió, pero no sirvió de nada. Trotter saltó al asiento del copiloto de un automóvil que estaba esperando. Los neumáticos chirriaron cuando arrancó, el cacareo malicioso de Trotter flotando en el aire. Narcissa gritó y corrió hacia el auto, segura de que Trotter Blackmun le había hecho algo horrible a Draco.
—¡Narcissa!—Dijo Severus, mientras corría hacia ella. La agarraba por la cintura y la abrazaba con fuerza mientras ella luchaba por escapar. —Narcissa—, llamó de nuevo. —¡Detén tus ataques de histeria en este instante! ¿Qué sucede? ¿Qué pasó?.
Narcissa cayó inerte en los brazos de Severus. Él relajó su agarre y ella se giró y agarró su cara con sus manos, haciendo caso omiso de su siseo mientras movía su cabeza hacia adelante. —Dime que los has encontrado. Dime que estaban jugando en el jardín trasero. Dime que los tienes—, gritó mientras lo sacudía con fuerza.
Con gran esfuerzo, Severus apartó las manos de Narcissa, la giró y tiró de ella, volviendo a la casa. Notó a algunos vecinos curiosos mirándolos. Los miró desprecio antes de susurrarle a Narcissa: —Deja de hacer una escena. No estaban allí. Tampoco en la casa. ¿Qué te pasa?.
—Trotter Blackmun, —jadeó. —Él los tiene.
—¿Qué?—dijo Severus, deteniéndose. —¿De qué estás hablando?.
—Blackmun. Vino a la casa. Dijo que quería contarle a Draco todo acerca de Lucius. También sabía sobre Harry. Sabía su nombre, Severus. ¡Él los tiene! ¡Los tiene a los dos!.
Severus tragó saliva y cerró los ojos. Asintió y apretó a Narcissa contra él. —Esto es lo que vamos a hacer. Vamos a entrar. Voy a llamar a la policía. Vas a contarles todo lo que sabes con un mínimo de histeria. Tenemos que contarles todo lo que podamos, Narcissa, sobre los chicos y Blackmun. Necesito que recuerdes lo que llevaba puesto, cuánto tiempo estuvo aquí, cómo se fue. ¿Puedes hacerlo?
Narcissa sorbió y asintió.
—Vamos—, dijo Severus mientras empujaba a Narcissa hacia la casa.
—¿Crees que las personas pueden seguir siendo amigos desde lejos?—Draco preguntó mientras sus pies formaban perezosos círculos en el lago. Pasaron todo el día explorando senderos y pequeños agujeros alrededor del lago. Habían jugado a las escondidas en el pequeño bosque que rodeaba el lago, habían tenido peleas de espadas con palos mientras fingían ser valientes caballeros luchando contra enemigos invisibles, y habían trepado a los árboles fingiendo ser piratas, el suave sotobosque su barco, los árboles sus mástiles. A última hora de la tarde se encontraban encaramados en un viejo muelle, disfrutando de algunos sándwiches que Draco les había comprado más temprano ese día. El sol colgaba pesado y anaranjado en el cielo.
—Esa es una pregunta extraña—, murmuró Harry mientras tragaba un bocado de su emparedado.
Draco se encogió de hombros, su perezoso gesto desmintiendo la tensión de su cuerpo y la sinceridad de su pregunta. —Aun así, responde—, dijo.
Harry pensó en la pregunta. —Sí, supongo. Es decir, puedes escribir cartas y llamar a la persona cuando quieras hablar. Y siempre hay visitas. ¿Por qué preguntas?.
Draco se encogió de hombros de nuevo. —No hay razón—, murmuró. Harry no dijo nada a cambio. El silencio era más cómodo de lo que debería haber sido, pensó Draco. Se extendió sobre el muelle, permitiendo que sus dedos rozaran el agua, su cabeza se hundió mientras miraba el suave chapoteo del lago. Cogió un pequeño palo que pasaba a la deriva y comenzó a arrastrarlo de un lado a otro en el agua.
Harry suspiró. —Has estado molesto todo el día, ya sabes. ¿Es porque no encontramos ningún tesoro?.
Draco dejó caer el palo y se arrodilló. Tomó las manos de Harry. —Hoy ha sido brillante.
Harry rio nerviosamente y tiró de sus manos. —Eres muy extraño, Draco Malfoy—. Harry apartó la mirada de la intensidad de la mirada de Draco. Sus ojos se movieron hacia el sol. —Vamos. Deberíamos regresar. Los Dursley probablemente regresen en unas horas.
Draco asintió y observó mientras Harry se ponía de pie. Sin embargo, no estaba listo para que esa aventura terminara. Era la última que tendrían, estaba seguro de eso, como solo podría estar un niño de once años. Cuando Harry se inclinó para recoger su envoltura de sándwich, Draco tuvo la idea más perversa. —¡Sí, pero no antes de nadar!—él dijo. Con una sonrisa, empujó a Harry, quien perdió el equilibrio y se inclinó sobre el costado del muelle, aterrizando en el lago con un chapoteo fuerte.
Unos segundos más tarde, con los brazos y las piernas batiéndose y agitándose, Harry rompió la superficie del agua. Estaba farfullando. Sus gafas estaban torcidas y su rostro estaba rojo de vergüenza.
Draco no pudo dejar de reírse al verlo. Se abrazó y rio como no lo había hecho en mucho tiempo. Por lo tanto, no estaba preparado para el fuerte tirón en sus tobillos, ladeándolo hacia el lago también.
—¿Qué ...?—Farfulló Draco antes de aterrizar en el agua.
Harry rio cuando la cabeza de Draco se disparó a través del agua. —Tienes razón. No podemos ir a casa antes de nadar.
—¡Voy a atraparte por eso!—Gritó Draco, despegando después de Harry.
Harry se rio y nadó lejos de Draco. Pronto, ambos muchachos luchaban en el agua, sumergiéndose y nadando de un lado a otro. Se rieron y se burlaron y por un momento, Draco olvidó que pronto estaría abandonando a su mejor amigo.
Nadaron y jugaron durante casi una hora antes de salir exhaustos del agua y tumbarse en el muelle, dejando que el calor de las tablas y el sol mantuvieran a raya el frio. Ambos estaban empapados, cubiertos de barro, se habían raspado las rodillas y tenían quemaduras solares, pero estaban delirantemente felices. Se quedaron allí un rato, cada uno perdido en sus propios pensamientos, Harry dijo antes de sentarse: —Realmente tenemos que regresar—, triste de ver la magia del día menguando.
Draco asintió. Se sentó y miró con fijeza hacia el lago, no listo para irse, pero sabiendo que era hora de hacerlo. Se levantó y ayudó a Harry a ponerse en pie. —Sabes que eres mi amigo, ¿verdad?—Draco preguntó.
Harry lo miró con curiosidad. —Sí. Lo sé, idiota.
—Nada va a cambiar eso—, dijo Draco en voz baja.
Harry tragó saliva y asintió. La intensidad de la mirada de Draco lo hizo sentirse incómodo de nuevo. Miró hacia atrás sobre el lago antes de golpear suavemente a Draco en el brazo. —¿Ahora quién es la maldita chica?
Ambos muchachos se soltaron, la gravedad del momento pasó, y emprendieron el camino a casa.
No se había visto a Blackmun desde que había dejado Magnolia Crescent esa misma tarde. No se había visto a Draco ni a Harry desde esa mañana. El sol finalmente se había puesto. La esperanza estaba menguando. Narcissa se acurrucó en el sofá, mirando la alfombra persa bajo sus pies. Recordó el día en que ella y Lucius la habían comprado. Habían peleado por la extravagancia de poseerla. Pero Narcissa la quería. Ella insistió en que la necesitaban. Lucius había abogado por la imitación menos costosa, citando que nadie sería capaz de notar la diferencia. "Sabré la diferencia", había dicho ella, seguido del recordatorio de que eran Malfoys y los Malfoys tenía ciertas apariencias que mantener. Lucius había cedido y se la había comprado, como lo había hecho con todo lo que Narcissa insistía en que necesitaban.
Los colores de la alfombra sangraban ante sus ojos. Los patrones giraban en una parodia grotesca. Odiaba esa alfombra. Esa alfombra, y todas sus otras cosas caras, habían llevado a Lucius a poner su vida en Blackmun, Narcissa estaba segura de eso. Por la gloria de esas cosas, de esas posesiones, ella podía perder a su hijo. Sus ojos se cerraron mientras la culpa y la bilis se elevaban en su garganta.
El reloj hizo tictac sin descanso en la esquina. Severus estaba en la otra habitación haciendo llamadas, gritando ocasionalmente, describiendo a los niños a la persona al otro lado de la línea. Pero fue el bajo murmullo de risa de los detectives restantes apoyados contra la pared frente a ella lo que llamó la atención de Narcissa. Su mirada, filosa y feroz, intimidó a los jóvenes detectives. Con una sonrisa avergonzada, se mudaron a la cocina, tal vez para reírse con menos culpa.
El frenesí inicial de actividad e investigación se había reducido a ella sentada en el sofá lamentando las compras que había hecho alguna vez, Severus gritando de frustración, jóvenes detectives y oficiales riendo en la cocina por algo no relacionado. ¿Y por qué no deberían reírse de cosas sin importancia? Esa no era su casa, ni su hijo, o su culpabilidad sobre las malditas alfombras. Nunca debió haber dejado ir a Draco afuera. Nunca debió haberlos dejado solos por tanto tiempo. ¿Qué clase de madre era?. Ella había preferido alfombras por sobre los niños. Había anhelado la aceptación de Draco a cambio de protegerlo.
Su mirada regresó a la alfombra mientras repasaba el intrincado patrón una y otra vez. Cualquier cosa, ella habría dado cualquier cosa, hecho cualquier cosa, por ver a Draco entrar por la puerta principal. Vivo.
Draco y Harry casi estaban en casa. A pesar de que estaban cansados, hambrientos, helándose y un poco desgastados, estaban de buen humor mientras bromeaban sobre las aventuras del día. Cuando doblaron la esquina, el destello de las luces de los patrulleros frente a la casa de Draco los detuvo.
Draco sintió el miedo repentino e infatigable de que su madre había muerto, igual que su padre. —Mamá—, dijo en un susurro estrangulado, antes de salir corriendo. Harry lo siguió, solo unos pasos atrás.
—¡Mamá!—Draco gimió cuando se acercó. ¿Cómo pudo haberse ido sin decírselo? ¿Por qué había sido tan maleducado y grosero con ella? No podía perderla. Iría a esa maldita escuela. Incluso fingiría estar feliz por ello. Él simplemente no podía perder a su mamá.
—¡Mamá!—lloró cuando sus pies subieron los escalones y abrió la puerta principal.
—¡MAMÁ!—gritó mientras entraba a la casa, jadeando, con los ojos desorbitados y buscando a su madre.
—¡Draco!—Narcissa lloró cuando un borrón rubio irrumpió por la puerta principal. Ella no podía creerlo. Draco estaba en casa. ¡Estaba en casa!. Corrió hacia él, lo tomó en sus brazos y lo abrazó con fuerza. —Draco, Draco, Draco, —susurró una y otra vez mientras se sentaba y lo colocaba en su regazo. Severus corrió a la habitación y comenzó a ladrar preguntas, al igual que los detectives. Draco y Narcissa le daban poca importancia. Lo único que les importaba era que el otro estaba a salvo.
Durante toda la conmoción, Harry, jadeando por correr detrás de Draco, se deslizó a través de la puerta abierta. Al ver a Draco y la señora Malfoy acurrucados en el suelo, al señor Snape inclinándose sobre ellos mientras gritaba preguntas y se aferraban a ellos, y a los policías pululando por todas partes, Harry palideció y se dirigió al rincón más alejado de la habitación, ocultándose en el silencio y en las sombras. No le gustaban todos los gritos, todo el llanto. Se estremeció y se abrazó a sí mismo, viendo la escena desarrollarse.
—Severus, trata con los policías,—espetó Narcissa, finalmente convencida de que Draco estaba en casa.
Severus dijo algo, haciendo que los detectives retrocedieran y detuvieran su rápido interrogatorio.
Narcissa se apartó de Draco, notando por primera vez que estaba mojado y sucio, tenía el pelo revuelto y tenía rasguños en los brazos. —¿Qué pasó, Dragón? ¿Cómo te escapaste? ¿Te lastimó? ¿Te lastimó ese hombre horrible?.
—¿Qué hombre?—dijo Draco, sin comprender lo que estaba ocurriendo.
Uno de los policías dio un paso adelante y se agachó antes de que Severus pudiera detenerlo. —Draco, soy el oficial Phillips. Cuando tu madre no pudo encontrarte, nos llamó para ayudarla.
Las mejillas de Draco se tiñeron de color y bajó la mirada, habiéndose dado cuenta de lo que había sucedido. —Oh—, dijo.
El oficial Phillips sacó una foto de su bolsillo. —Draco, ¿este hombre te tomó a ti y a tu amigo? ¿Te hizo daño? Esto es realmente importante, Draco. Necesito que me digas la verdad.
Draco miró la fotografía. Tragó saliva y negó con la cabeza. —No, señor—, susurró.
—Pero estás herido, frío y sucio. ¿Qué pasó? ¿Dónde has estado?—Narcissa se inquietó mientras pasaba sus manos sobre Draco, evaluando las heridas. —Fueron sus secuaces, entonces—, le ladró al detective. —Está herido, ¿no puedes ver que obviamente alguien se lo llevó?. ¿Por qué estás aquí? Deberías estar buscando a los hombres que hicieron esto—. Narcissa, sin permitirle al detective la oportunidad de responder, se volvió hacia Severus mientras jalaba a Draco aún más cerca. —Eso es todo. Llamaré al abogado mañana. Vendré esta maldita casa y me mudaré a Kilcrestly Estates de inmediato—. Finalmente, se volvió hacia Draco. "Ahora, debes decirnos, Draco. ¿Qué pasó? Los detectives necesitan saber todo.
—Er—, dijo Draco, sus mejillas se tiñeron más. —Nadie nos secuestró, mamá. Lo juro.
—¿Dónde has estado entonces? ¿Por qué no estabas en el patio trasero?
—Fuimos al lago—, dijo Draco en un susurro.
El silencio que siguió fue repentino y total.
Narcissa se puso rígida. —Ya veo—, dijo después de un largo rato.
El oficial Phillips se giró e intercambió una mirada con Severus. Severus asintió ante la pregunta no formulada. —Chicos, parece que todo va a estar bien por aquí. ¿Por qué no nos despedimos?—, Phillips dijo a los policías restantes. Hubieron algunos murmullos generales de asentimiento cuando los otros oficiales reunieron sus pertenencias, hicieron llamadas al cuartel general y comenzaron a irse. Phillips se levantó y se llevó a Severus a un lado mientras Narcissa y Draco intercambiaban susurros. —Parece que ya no hay motivos para preocuparse. Creo que los muchachos se han ido a jugar y no han dicho nada, dijo Phillips.
Severus asintió. —En efecto.
Phillips le entregó la imagen. —Tengo lo que necesito de Draco. Pero, mientras esté aquí, debería hablar con el joven parado en la esquina de allí. ¿Es suyo?
La cabeza de Severus se dirigió hacia la esquina a la que Phillips gesticulaba. Harry estaba de pie, con la cabeza gacha, temblando y con los brazos fuertemente apretados alrededor de él. Sus rodillas estaban raspadas y ensangrentadas. Montones de tierra cubrían sus piernas y brazos. ¿Cuándo había entrado? ¿Cómo es que no lo había notado? —No, no lo es, —susurró Severus. —Es el vecino. Desafortunadamente, sus parientes están fuera de la ciudad hasta mañana.
Phillips asintió. —De acuerdo. No hay necesidad de hablar con él realmente. Me alegro de que los chicos estén en casa seguros.
—Sí, también lo estamos—, dijo Severus, agradeciendo al detective mientras lo despedía.
Regresó a la sala de estar unos minutos después, para ver que Harry se había movido de la esquina y que ahora estaba parado junto a Draco. Ambos muchachos tenían la cabeza baja mientras Narcissa se paseaba de un lado a otro.
—¿Qué estabas pensando, huyendo así?—Narcissa estalló. El shock había desaparecido, al parecer.
—Lo siento mamá,—dijo Draco lastimosamente.
—Lo siento señora Malfoy—, murmuró Harry, mientras le lanzaba a Draco una fea mirada. Estaba furioso con Draco.
—Decir lo siento no suficientemente—, siseó Narcissa. —¿Tienes alguna idea de lo preocupada que estaba, Draco? ¿La tienes?—Gritó mientras jalaba a Draco hacia ella otra vez y lo abrazaba cerca. —Estoy muy decepcionada de ti—, dijo.
Draco sorbió por la nariz. —Lo siento—, gimió. —No quise asustarte. Yo... nosotros... Harry nunca había estado en el lago— . Draco le lanzó a Harry una breve mirada antes de continuar. —Él realmente quería ir, me lo suplicó, ¡y tú hubieras dicho que no!.
—¡Qué! —Exclamó Harry, furioso de que Draco hubiera mentido. Era como tía Petunia, pensó Harry.
La mirada de Narcissa interrumpió a Harry en ese momento. Estaba segura de que Harry no había tomado parte en la decisión de ir al lago. La expresión venenosa en su rostro mientras miraba a Draco lo confirmaba. Lo mejor era mantenerlos separados, decidió.
—Bien—, dijo ella. —Arriba y al baño de inmediato—, le dijo a Draco con un golpe firme en el trasero. —No haré que atrapes tu muerte justo cuando te he recuperado. Te arreglaré y te meteré en la cama. Discutiremos tu castigo por la mañana.
Draco asintió mientras lágrimas gordas rodaban por sus mejillas. Se giró para caminar penosamente escaleras arriba. Antes de que pudiera llegar demasiado lejos, Narcissa lo empujó hacia atrás y le dio un abrazo feroz, besándolo en la cabeza y murmurando cuánto lo amaba y lo asustada que había estado antes de dejarlo ir.
—Severus,—dijo Narcissa. —¿Podemos hablar?, por favor.
Severus y Narcissa salieron de la habitación, dejando a Harry allí de pie, con la cabeza gacha y temblando. —Quiero que te lleves a Draco mañana contigo. Creo que es lo mejor. Por favor, no discutas conmigo—, dijo, evitando la objeción de Severus. Ante su asentimiento reacio, ella continuó. —Por favor, ayúdalo allá arriba. Tiene un horrible rasguño en el brazo. Empacaré lo necesario para una semana y enviaré sus otras cosas por correo—. Severus asintió y se giró para subir las escaleras. Narcissa dejó escapar un suspiro de alivio. No creía poder confiar en sí misma para no romper en una masa de lágrimas si hubiera ido a ayudar a Draco.
Harry, sin tener idea de qué hacer mientras la señora Malfoy y el señor Snape estaban hablando, solo siguió mirando la alfombra. Esperaba en Dios que no hubiera dejado huellas de barro encima de todo lo demás. Más allá de eso, estaba enojado con Draco. Realmente, realmente enojado. ¿Cómo pudo Draco haberle hecho eso? ¿Por qué lo había culpado de todo? Harry estaba seguro de que la señora Malfoy le creía a Draco. Eso era probablemente lo que ella y el señor Snape estaban discutiendo. Su castigo; quizás incluso estaban hablando sobre la mejor manera de contarles a los Dursley. Al sentir el suave apretón de Narcissa sobre su hombro, jadeó y levantó la vista.
—Harry—, susurró Narcissa. —Necesito hablar contigo sobre algo y luego te limpiaremos, ¿de acuerdo?.
Harry asintió, temiendo lo peor.
Narcissa comenzó a caminar de nuevo. —Harry, no podrás visitarnos más.
La boca de Harry se abrió. Un frío escalofriante lo atravesó y su estómago se desplomó. ¿Todo por el lago?
Narcissa continuó, sin darse cuenta de la angustia de Harry. —Estoy segura de que Draco te ha dicho que se irá a un internado. Después de lo que sucedió hoy, he decidido que debe irse de inmediato.
—¿Qué?—dijo bruscamente. La señora Malfoy no pareció escucharlo. Estaba caminando de un lado a otro como lo había hecho antes, sin prestarle realmente atención a Harry. Se sintió un poco entumecido. Draco iba a irse. ¿Era por Harry? ¿Tenía que irse antes por lo que Harry supuestamente había hecho? Espera, Draco lo sabía. Sabía que se iba y no le había dicho ni una palabra a Harry. ¿Cuánto tiempo lo había sabido? ¿Lo había sabido desde el final de la escuela? ¿Lo había sabido el día anterior durante la fiesta de cumpleaños de Harry? La traición y el dolor se unieron a la rabia persistente, que se filtraba a través del frío y hacía que sus mejillas se quemaran y sus manos se curvaran en pequeños puños.
—Temo que no habrá tiempo para un adiós apropiado mañana. Por supuesto, puedes despedirte esta noche—, continuó Narcissa, ajena a Harry.
—No—, espetó Harry, cegado por su ira.
Narcissa dejó de caminar y miró al chico. Seguramente no había oído bien. —Pero, Harry...
—No—, susurró.
Narcissa suspiró. No estaba de humor para discutir con un adolescente histérico. Harry necesitaba un baño caliente, ropa calentita y una buena comida. Estaba segura de que cambiaría de opinión una vez que no se viera y se sintiera como un gato callejero. —Vamos a sacarte esa ropa fría y mojada y vamos a limpiarte. Parece que trajiste la mitad del lago contigo.
Harry sintió un dolor punzante. Era por él, entonces. Ella le había creído a Draco.
—Podemos usar el baño de aquí abajo. ¿Tienes una muda limpia de ropa?.
Harry negó con la cabeza 'no'.
—Voy a correr arriba y a conseguir algunas cosas, entonces.
Harry asintió. Regresó su mirada a la alfombra. Estaba confundido y herido. Más que eso, estaba avergonzado de que la señora Malfoy creyera lo que Draco había dicho. Draco no era su amigo después de todo, al parecer.
—¿Harry?.
Harry levantó la vista otra vez y parpadeó. La señora Malfoy tenía toallas, lo que parecía un pequeño botiquín de primeros auxilios y una muda de ropa en sus manos. ¿Cuándo se había ido?
Narcissa se mordió el labio. Harry se veía terriblemente pálido y desorientado. Tal vez eso explicaba su extraña reacción a despedirse de Draco. Preocupada porque estuviera en una especie de shock, lo rodeó con un brazo y lo llevó al baño de la planta baja. —Ven, Harry. Vamos a limpiarte, ¿de acuerdo?.
Harry asintió mientras se dejaba llevar. Escuchó a la señora Malfoy abrir el grifo del baño y olió el jabón líquido perfumado con manzana que ella agregó al agua. El vapor perfumado de manzana creció en la pequeña habitación, tomando parte del frío exterior.
Sintió que ella le quitaba las gafas y lo sentaba en un pequeño taburete mientras le quitaba los desgastados zapatos deportivos y los calcetines. Pero no fue hasta que sintió que le levantaban la camisa y le cubría la cabeza que su cerebro finalmente se dio cuenta de lo que estaba sucediendo y por qué no era una buena idea.
—No—, gimió mientras luchaba por bajarse la camiseta. A la expresión atónita de la señora Malfoy, Harry agregó. —Yo... yo puedo... no tiene que ayudarme. Estoy seguro de que Draco la necesita—, espetó mientras intentaba quitar la camisa de su agarre. —Gracias por las toallas y la ropa limpia. No tiene que quedarse.
—No seas tonto, Harry. Severus está ayudando a Draco y yo te estoy ayudando. Me atrevo a decir que no estás en condiciones de hacerlo y quiero asegurarme de que no estés herido en ningún lugar que no pueda ver. Ahora, quítate la camisa y métete a la bañera, ¿sí? —dijo mientras tiraba de la camisa y comenzaba a quitársela.
—No, por favor—, dijo Harry mientras luchaba por evitar que la señora Malfoy le quitara la camisa. Sin embargo, no sirvió de nada. Sintió que la camisa salió. Por unos momentos, pensó, tal vez, que ella no se daría cuenta. Ante su jadeo, cerró los ojos, sabiendo lo que ella veía. Sabía que los pequeños anillos de moretones alrededor de la parte superior de su brazo derecho todavía estaban allí. Estaba seguro de que ella había visto también aquellos que comenzaban a desvanecerse y que decoraban su clavícula en ambos lados. Ese día no podría haber empeorado. La señora Malfoy no solo pensaba que él era una especie de rufián cuyo comportamiento requería que enviara a su hijo a un internado de inmediato, ahora también sabía de sus castigos. Sabía que él era tan horrible como ella pensaba.
Sintió su toque vacilante y soltó: —Me caí— . Abrió los ojos, la miró fijamente y dijo de nuevo: —Me caí—, desesperado porque le creyera, esperando que ella pensara en algo más que no fuera que él era un problemático alborotador.
Narcissa retiró su mano. Ella sabía que esos moretones no eran causados por una caída. Mirarlos directamente eran la prueba de lo que ella sospechaba desde hacía mucho tiempo. El momento no hubiera podido ser peor.
—Me caí—, dijo Harry de nuevo, aunque más suavemente esta vez.
Narcissa cerró los ojos. Tenía que tomar una decisión en ese momento, una de la que ella no comprendería todas las implicaciones hasta años más tarde. Negó con la cabeza, decisión tomada. Draco debía ser su prioridad en ese momento. Ella no debía preguntarle nada a Harry sobre los moretones o decirle que lo sospechaba desde hacía mucho tiempo. No, ahora solo tenía la capacidad de mantener a salvo a un niño y ese era Draco. Una vez que Draco estuviera fuera de peligro, se mintió a sí misma, se enfrentaría a los Dursley.
—Me caí—, dijo Harry de nuevo en un susurro
Su voz le rogaba que le creyera, pero algo completamente diferente brillaba en sus ojos, traicionándolo. Narcissa tuvo que apartar la mirada mientras aceptaba con la cabeza su mentira. —Deberías ser más cuidadoso—, dijo vacilante antes de volverse hacia él. Sus ojos habían perdido brillo, notó. La traición de un tipo diferente residía allí. Por un momento, al menos, y luego desapareció. Narcissa se convenció a sí misma de que estaba viendo cosas. Se convenció a sí misma de que los moretones no eran tan malos; que, dada la tez pálida de Harry, podría haberlos obtenido de alguien que lo ayudó a levantarse cuando se había caído.
—Vamos a llevarte a la bañera—, susurró. Necesitaba estar fuera de esa habitación. —¿Puedes lavarte por tu cuenta, entonces?
Harry abrió la boca para preguntar por qué no se quedaba, pero la cerró de nuevo. —Sí, señora—, dijo en voz baja, mirándola mientras ella se ponía de pie. Parecía luchar consigo misma por algo antes de deslizarse por la puerta y cerrarla detrás de ella.
Harry se hundió en el agua, esperando sentirse satisfecho. Ella le había creído. En cambio, se sintió frío y un poco vacío. El grifo goteó, los sonidos del agua salpicando en el pequeño espacio. Miró la puerta cerrada. Por qué no podía mirar hacia otro lado, él no lo entendía.
Harry salió del baño limpio, seco y vestido con ropa calientita. Puso pomadas en algunos de sus rasguños y dejó el resto solos. Sacó su ropa mojada, la hizo bolita, lista para lavarse. La señora Malfoy estaba en la cocina, mirando por la ventana.
—¿Señora Malfoy?—murmuró.
Ella se volvió hacia él, como sacudida por algo. —Los Dursley están en casa. Te acompañaré—, dijo con voz dura, olvidándose de convencer a Harry para que se despidiera de Draco.
Harry tragó saliva. Parecía enojada. Finalmente, ella parecía enojada. Lo había esperado. Bajó la cabeza y asintió.
Cuando llegaron con los Dursley, Narcissa se volvió. Sus ojos se encontraron con los de Harry por un momento y luego, como disgustada, volvió su mirada hacia un punto justo encima de él y hacia la izquierda. Tía Petunia abrió la puerta, hablando efusivamente con Narcissa e ignorando a Harry. Harry no le prestó atención a eso, sin embargo. Su mirada estaba firmemente fija en la señora Malfoy. Parecía querer decirle algo a tía Petunia, pero no lo hizo. Harry no entendía por qué ella no le había contado a su tía la clase de chico tan horrible que había sido: metiendo a Draco en problemas, arrastrándolo al lago e involucrando a la policía. Pero ella no lo hizo, aunque tampoco se atrevió a mirarlo. Eso era todo, entonces, ella no iba a tomar la responsabilidad sobre Harry. No le había creído acerca de la caída después de todo. Harry bajó la cabeza.
—Petunia—, comenzó Narcissa, como si tuviera la intención de anunciar algo.
—Narcissa—, respondió Petunia, arqueando una ceja, esperando lo que fuese que Narcissa iba a decir.
Narcissa se lamió los labios y su mirada cayó hacia Harry una vez más. Por un instante, pensó en decirle a Petunia lo que vio, lo que sospechaba. —Yo... los niños... hoy jugaron en el lago. Harry se golpeó un poco. Algunos moretones y esas cosas—, dijo, mirando significativamente a Petunia.
—¿Sí?—Petunia preguntó, su rostro no traicionaba nada.
Narcissa tragó saliva. —Nada... Yo... solo quería hacerte consciente—, murmuró. Ella los confrontaría más tarde, se dijo a sí misma; cuando hubiera más tiempo, cuando no tuviera que preocuparse por Draco.
—Gracias por tu preocupación—, dijo Petunia con voz tensa mientras su mano agarraba el hombro de Harry y lo arrastraba a la casa.
Harry no levantó la mirada; estaba esperando lo que la señora Malfoy iba a decir a continuación.
—Bueno, debería volver—, dijo Narcissa mientras giraba y se iba, el clic de la puerta de los Dursley cerrándose gritándole su silencio.
Harry estaba detrás de los arrayanes que dividían el césped de los Dursley de los de Draco. Era temprano, la luz pálida coloreaba todo en tonos de violeta pálido y azul helado. Tenía una pequeña pala en su mano y había puesto otros artículos de jardinería a un lado de él. Se mordió el labio mientras miraba hacia la casa de los Dursley. Estaba seguro de que todavía estaban dormidos, pero había preparado la estratagema de comenzar temprano sus tareas de jardinería en caso de que alguno de ellos saliera de paseo. Había estado allí durante casi media hora. Estaba seguro de que Draco aún no se había ido: los autos de la señora Malfoy y el señor Snape todavía estaban en el camino.
Por qué estaba allí afuera, posado en este ridículo medio agachado, con una pala en la mano, revoloteando, todavía no terminaba de comprenderlo. Le dolía la cabeza por toda la confusión. Estaba enojado con Draco. Estaba herido. Estaba avergonzado de lo que la señora Malfoy pensara de él. Pero iba a extrañar a Draco. Por una perversa sensación de voyeurismo, tenía que ver a Draco partir. Quizás Draco lo vería de pie allí, correría hacia él y le diría cuánto lo lamentaba. Tal vez Draco le diría a su madre que no podía irse. Tal vez la señora Malfoy lo abrazaría como lo había hecho con Draco la noche anterior y le diría que él... no... Harry ni siquiera se permitió soñar con tales posibilidades.
El chasquido familiar de la puerta trasera de los Malfoy hizo que Harry volviera al presente. Se arrastró más cerca, su pequeña cara hurgando entre los arbustos. Draco parecía somnoliento mientras se arrastraba hacia el asiento trasero del auto del señor Snape. El señor Snape y la señora Malfoy estaban diciendo algo, Harry no podía entenderlo. Las maletas se pusieron en el maletero. La señora Malfoy atrajo a Draco en un abrazo feroz, lo besó en la cabeza y le murmuró algo. Ella lo soltó y lo condujo al asiento trasero. Draco miró hacia la casa de los Dursley. Harry se quedó sin aliento en la garganta. Reunió todo su coraje y estaba a punto de salir de detrás de los arbustos, para mostrarle a Draco que estaba allí, pero antes de que pudiera, Draco se giró y se sentó en el asiento trasero. Harry casi se arrojó desde detrás de los arbustos de todos modos. ¿Tal vez solo debía ir hacia Draco? Para cuando reunió su coraje, sin embargo, ya era demasiado tarde. El auto arrancó y comenzó a alejarse.
Narcissa y Harry observaron mientras el señor Snape y Draco conducían lejos de Magnolia Crescent. Ambos estaban pensativos y tristes, y no por razones diferentes. Pero cuando ella vio una puerta hacia una oportunidad, él la vio cerrada; firmemente cerrada esta vez.
