Cuatro años después.

Draco Malfoy estaba agradecido por dos cosas en ese momento, aspirinas y lentes de sol. Padecía una terrible resaca y tenía que ver a su madre en menos de diez minutos. No era una buena combinación, pensó mientras se dirigía al reclamo de equipaje, mirando por sobre el hombro a sus cansados compañeros de viaje e inmediatamente clasificándolos en función de su ropa y el desaliño relativo de su equipaje. A los quince años, Draco apestaba a la joven e intemperante aristocracia que solo se podía cultivar a través de años de asistencia a un internado de élite. Tomó de su jersey de cashmere una pelusita invisible mientras revisaba su reloj vintage por tercera vez. Había sido de su abuelo o de su tío abuelo, o algo así. A Draco no le importaba demasiado, solo sabía que era distintivo, raro y costoso.

Una voz fuerte y confusa en el sistema de megafonía hizo que su resaca se intensificara. Hizo una mueca y apretó más su valija de cuero suave como la mantequilla. Sonrió, aunque un poco sombrío, ante los recuerdos de la noche anterior. Había sido el final del período en Wolsford y él y sus compañeros de dormitorio habían dado una fiesta espectacular, como era tradición. Ayudó, por supuesto, que los padres de Blaise poseyeran una pequeña cabaña cerca de Wolsford y ese año muchos alumnos habían tenido el permiso de ir fuera del campus. De lo contrario, su consumo de alcohol habría sido casi nulo. Había sido incluso mejor el hecho de que su padrino ya se había ido a una conferencia de tres semanas sobre botánica a Chile, así que no había habido nadie mirando para asegurarse de que no se estaba metiendo en problemas. No es que eso realmente lo hubiera detenido alguna vez, simplemente no había tenido que ser tan cuidadoso.

Draco suspiró. Ya echaba de menos a sus amigos. Había sido una fiesta brillante. Draco sonrió mientras recordaba haber visto a Ron manoseándose con la mandona de Hermione Granger. En realidad era encantador, la forma en que tartamudeaba y se ponía rojo cada vez que estaba cerca de ella. Por supuesto, cualquiera era mejor que Lavender labios-demasiado-brillantes Brown, con ese perfume que hacía que uno se ahogara, con esos pechos anormalmente grandes, y una risa que haría llorar a una hiena. Draco se estremeció. Las chicas así le hacían pensar en posponer el sexo para siempre.

Gracias a Dios que él había encontrado a Jordan Richcourt. De lo contrario, sería un virgen idiota preguntándose de que iba todo el escándalo del sexo. Elegante y atlética, cabello negro, corto y descarado, pechos pequeños. Jordan era sencilla, confiada y no estaba interesada en los chismes. Salvaje en la cama, no necesitaba juegos previos y nunca le hacía participar en sentimentalismos ridículos o declaraciones de amor llenas de lágrimas después del sexo, como las Lavender Brown del mundo. Jordan había sido la amiga perfecta para follar cuando estaba de ánimos para hacerlo. Era una lástima que hubiera dejado Collenton, la escuela hermana de Wolsford, para irse a algún internado exclusivo en Suiza. No habían muchas chicas como ella. Draco sospechaba que su actividad sexual estaba a punto de entrar en un período de sequía prolongado.

Miró su reloj de nuevo. Casi era hora, entonces. No estaba seguro de por qué había aceptado volver a casa durante el verano. No, no era cierto. Había extrañado a su madre. La había visto cuando había ido de visita el día de los padres y durante los veranos para sus extravagantes vacaciones, pero no había vuelto a casa antes. Sintiéndose un poco nostálgico, sonrió a un niño con cabeza de estopa que pateaba el suelo y exigía algo a su madre. Sus ojos se desviaron hacia un hombre joven y taciturno apoyado en una de las paredes de ladrillo. Su suéter combinaba perfectamente con sus ojos, pensó Draco, y hacía que su piel brillara, aparentemente. El hombre atrapó a Draco mirando y sonrió. Draco le devolvió la sonrisa, luchando contra el impulso de acercarse y darle al hombre un cumplido por su jersey. Obviamente había sido hecho a su medida, para mostrar sus mejores atributos. Pensó en pedirle al hombre el nombre de su sastre, pero el hombre se alejó después de sacar su equipaje del carrusel automático y salir caminando del aeropuerto. Draco lo observó todo el camino, diciéndose a sí mismo que el hombre era muy afortunado de tener un sastre tan talentoso.

El altavoz llamó su atención nuevamente. Suspiró y miró su propia colección coordinada de equipaje. Cuando se acercó el momento de la llegada de su madre, deseó haber accedido a encontrarse con ella en algún lugar menos llamativo. Sabía que armaría una escena tonta como abrazarlo y llamarlo dragón. Se estremeció y arrastró los pies por el suelo en una exhibición de mal humor antes de recordar quién era. Se enderezó y miró a su alrededor, asegurándose de que nadie le hubiera dado importancia a su fallo momentáneo.

-¡Ahí estás! Mi dragón-, dijo Narcissa efusivamente mientras levantaba a Draco en sus brazos y le daba un fuerte abrazo.

Sobresaltado, Draco intentó alejarse. -Mamá, por favor-, dijo mientras miraba alrededor con timidez.

-Oh, detente-, dijo Narcissa, negándose a dejarlo ir. -Han pasado meses desde que te vi. Echemos un vistazo, entonces-, dijo mientras sostenía a Draco y lo miraba de arriba abajo. -Has crecido mucho. No puedo creer cuanto has crecido.

Draco puso los ojos en blanco y suspiró. -Mamá, por favor-, susurró de nuevo, un leve rubor se arrastraba sobre su pálida piel.

-Oh, está bien. Vamos a llevarte a casa-, dijo Narcissa con una sonrisa.

-Bien-, dijo Draco, admirando su nueva casa. Bueno, no tan nueva, pero era la primera vez que Draco la veía. Se habían mudado de Magnolia Crescent justo después de irse a Wolsford. Él nunca había entendido la repentina necesidad de mudarse. Recordaba algo sobre un hombre loco yendo por allí secuestrando niños, pero eso nunca había explicado la mudanza, especialmente después de que había sido enviado a Wolsford el día después del incidente en el lago. Sintió una puñalada en sus entrañas por eso. No había pensado en el lago en años. Cristo, le dolía la cabeza.

-Tu habitación está subiendo las escaleras y hacia la izquierda. Sé que acabas de llegar a casa, Draco, pero hay varias cajas llenas de tus cosas viejas. No estaba segura de qué hacer con ellas. Tenía la esperanza de que tú lo resolvieras.

Draco suspiró. Quería una siesta, no la tarea de clasificar cajas de basura vieja que ni siquiera recordaría. -¿No puede esperar, mamá?.

-Claro- dijo Narcissa alegremente. -Pero tendrás que dormir en el suelo hasta entonces.

Draco puso los ojos en blanco y murmuró por lo bajo mientras subía las escaleras.

Su habitación estaba bien, tal vez un poco estéril. Habían dos cajas prolijamente empacadas sobre su cama. Supuso que podía simplemente moverlas a un lado, pero pensó que valía la pena hacer el trabajo de inmediato.

-Está bien-, se dijo a sí mismo. -Clasificaré basura sin valor que no recordaré en absoluto, no puedo esperar. -Agarró la primera caja y comenzó a hurgar. Como sospechaba, estaba llena de basura. Juguetes que ya no deseaba, libros que no quería leer, documentos escolares olvidados y dibujos. Rápidamente se deshizo de la primera caja y se metió en la segunda, encontrando las mismas cosas. Suspirando irritado, movió una de las cajas, solo para dejarla caer al piso y haciendo que el contenido se vaciara.

-Jodido Cristo-, murmuró en voz baja, su dolor de cabeza ahora palpitando y su paciencia agotada.

Se inclinó y comenzó a empujar las cosas dentro de la caja antes de detenerse. Debajo de un fajo de papeles viejos había una pequeña lata con tapa bastante familiar. Su pintura dorada ahora estaba astillada y descolorida en algunos puntos, pero aún susurraba secretos y tesoros. Draco levantó la lata y se sentó en su cama por varios segundos antes de abrir la tapa. Primero el lago y ahora eso. Draco miró al techo y murmuró algo bastante desagradable a Dios, el destino y la casualidad.

Suspirando, volvió su atención a la lata. Había poco adentro, pero lo que había le trajo un torrente de recuerdos que había guardado hacía mucho tiempo. Su dedo se deslizó sobre una vieja foto de dos niños sonrientes, sucios, raspados y victoriosos. Draco, el más alto de los dos, tenía su brazo envuelto protectoramente alrededor del niño más pequeño y descuidado. Harry. Draco fue asaltado con recuerdos de días de juegos, búsquedas del tesoro, desayunos de panqueques con trocitos de chocolate, pijamadas y secretos. De la sonrisa tímida de Harry, sus extraños caprichos y su desordenado cabello negro. Recordó esos brillantes ojos verdes que no se parecían a ningunos que hubiera visto antes o desde entonces. No tanto por su color, pensó Draco, sino por lo que eran capaces de expresar.

Debajo de la imagen estaba el verdadero tesoro, sin embargo. Una pequeña piedra gris, gastada con el tiempo, yacía acurrucada entre los pedacitos de oro falso que Harry había amontonado en la pequeña lata como regalo de cumpleaños de algún año. Draco se aferró a la pequeña piedra gris y cerró los ojos. Había pensado en Harry tan a menudo ese primer año en que se distanciaron. Si era sincero, muchos de esos pensamientos, al menos al principio, habían sido muy, muy desagradables. Con el tiempo había superado el dolor y le había escrito un montón de estúpidas cartas que nunca fueron respondidas. Eventualmente, hizo nuevos amigos, tuvo nuevas experiencias y olvidó a Harry Potter. Era increíble que, incluso en ese momento, después de tanto tiempo, todavía doliera que su mejor amigo no se hubiera despedido de él.

Draco suspiró y arrojó la piedra a la lata con tapa. -Hoy no. No puedo lidiar contigo hoy-, dijo mientras metía la lata en la caja de embalaje y se dejaba caer sobre su cama.

-Draco, haz algo con esas cajas. Tu padrino llegará dentro de dos días y no quiero que esté saltando las cajas con tus cosas que has metido en la habitación de invitados en lugar de tirarlas o algo.

Draco puso los ojos en blanco y suspiró. -Sí, mamá-, dijo mientras su tenedor se arrastraba a través de sus huevos revueltos.

-¿Cuándo empezaron a gustarte los huevos revueltos?- Preguntó Narcissa de espaldas a Draco mientras hacía un omelett.

-Wolsford,- dijo Draco entre bocados. -No hay panqueques con trocitos de chocolate allí-, añadió con una sonrisa irónica.

-Eso lo explica, supongo-. Se giró rápidamente, la espátula todavía en su mano. -¿Hubieras preferido los panqueques con trocitos de chocolate? Todavía puedo prepararlos.

Draco arrugó la nariz con disgusto. -Esos son para bebés-, dijo antes de tomar otro delicado bocado de huevos.

Narcissa suspiró y volvió a su omelett. Una vez terminando de cocinar, se unió a Draco en la mesa y abrió el periódico. -Bueno, ¿qué te gustaría hacer hoy?- ella preguntó mientras miraba la sección de sociedad.

Draco solo había estado en casa una semana. En ese momento, había conseguido un nuevo guardarropa de verano y otoño, habían visitado a los padres de Pansy y Michael Parkinson y habían ido a una excursión de fin de semana a Bath. Realmente no quería hacer mucho de nada en absoluto.

-¿Por qué no podemos quedarnos aquí? Ordenaré las cajas y tú podrás... ya sabes... hacer lo sea que haces todo el día.

El papel se cerró de golpe. -¿Disculpa?-, espetó Narcissa, con fastidio reflejado en sus ojos.

Las mejillas de Draco se tiñeron de color y agachó la cabeza. -Lo siento, mamá-, murmuró, mortificado de que su madre todavía pudiera intimidarlo tanto.

El papel crujió y se desdobló de nuevo. -Así está mejor-, dijo Narcissa. -Ahora, como estaba diciendo, antes de que el pequeño Lord Malfoy hiciera su aparición, ordena las cajas y luego ven conmigo a hacer algunos recados. Tengo que conseguir algunas cosas antes de que llegue Severus.

Draco puso los ojos en blanco, agradecido de que su madre no lo hubiera visto. Más compras. Realmente brillante. -Sí, está bien-, murmuró mientras se ponía de pie y llevaba su plato al fregadero antes de subir las escaleras.

Draco se echó hacia atrás su cabello sudoroso. Había terminado de revisar las cajas, arrojando a la basura la mayor parte de su contenido. El resto lo había empaquetado en una caja mucho más pequeña para almacenamiento. -Nos vamos al ático-, murmuró mientras se paraba, caja en mano. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no había hecho nada con la pequeña lata con tapa, depositada en el suelo. No tenía el corazón para tirarla, pero tampoco quería guardarla. La miró, arrastrando los pies hacia adelante y hacia atrás, antes de jadear y caminar hacia el ático.

Regresó a su habitación varias horas después. La lata, por supuesto, todavía estaba allí. Aun así, Draco estaba un poco sorprendido, como si hubiera esperado que desapareciera y lo relevara de la responsabilidad de decidir qué hacer con ella.

-Esto es ridículo-, murmuró en voz alta antes de tomar la lata y sentarse pesadamente en su cama. -¿Cuál es el problema, de todos modos?- se preguntó a sí mismo.

Abrió la lata y tocó el contenido, su mano descansando en la pequeña piedra gris. Draco sintió un repentino y ardiente deseo de saber qué había sido de Harry. Se preguntó de nuevo por qué Harry nunca había respondido a sus cartas. Había encontrado otros amigos, supuso.

Draco dio vuelta a la piedra una y otra vez en su mano mientras se preguntaba acerca de las cosas más extrañas, como si Harry todavía le tenía miedo a las ventanas o si alguna vez había crecido. Se preguntó si todavía se enfermaría, si todavía pasaba el tiempo merodeando entre plantas, si había seguido aprendiendo latín. Se preguntó si Harry tenía un nuevo mejor amigo. Dejó la piedra por un momento, trazando sus bordes con un dedo. Pero de todas las cosas extrañas que se preguntaba, la que más quería saber era por qué Harry nunca se había despedido. Cogiendo la piedra en su mano, Draco bajó las escaleras.

-Mamá, ¿sabes lo que le pasó a Harry?.

Narcissa se puso rígida. -¿Quién, querido?.

Draco suspiró. -¿Harry? ¿Harry Potter? ¿El chico que prácticamente vivió con nosotros durante tres años?.

Narcissa mantuvo sus ojos en la sección de jardinería del periódico. -Sí, por supuesto. Harry. No tengo idea, Dragón. ¿Por qué?.

-Por nada. Estaba revisando las cajas como me pediste. Encontré algunas cosas viejas. Me hicieron recordar algunas cosas, ¿sabes?.

-Hmm-, dijo Narcissa.

El silencio se asentó por unos momentos. Narcissa parecía incómoda por alguna razón que Draco no podía entender. -¿Crees que todavía vive en Magnolia Crescent?- preguntó Draco, esperando iniciar la conversación de nuevo.

Narcissa arrugó el papel y se removió en su asiento. -Te lo dije, no sé- dijo, una acidez inusual en su voz.

-Me gustaría saber. ¿Me llevarías?. Está de camino a las tiendas.

Narcissa suspiró. -No creo que sea una buena idea.

-¿Por qué?- exigió Draco.

-Porque no lo es-, dijo Narcissa, crujiendo el papel una vez más.

-¿Qué sucede contigo?- Draco estalló.

Narcissa cerró los ojos y respiró hondo antes de doblar el papel cuidadosamente y colocarlo sobre la mesa. -Es terriblemente grosero aparecer sin ser invitado-, respondió.

-Tomaré el riesgo,- dijo Draco, su resolución de ver a Harry aumentando ante el extraño comportamiento de su madre.

-Quizás deberías llamar primero- Narcissa evadió.

Draco pensó en eso y casi se rio. Nunca había sabido el número de teléfono de Harry. -Solo hay que intentarlo. Si él no está allí, haré los recados contigo. Siempre puedo ir a otro día.

Al darse cuenta de que Draco no iba a dejarlo pasar, Narcissa cedió. Después de todo, a ella no le importaba tener una pequeña medida de paz sabiendo que Harry estaba bien. -Conseguiré mis llaves, entonces-, dijo, todavía negándose a mirar a Draco.

El viaje fue silencioso. Se detuvieron frente a la casa de Harry y Draco salió del auto. -Si él no está, volveré enseguida. Si agito la mano, ve a hacer tus recados. Llámame al móvil cuando vengas de regreso.

Narcissa asintió, con una sonrisa tensa en su rostro.

Draco caminó hasta la puerta de Harry y llamó. Esperó por unos segundos. Creyó oír ruido adentro, así que volvió a llamar. Justo cuando estaba a punto de golpear por tercera vez, la puerta se abrió de golpe. Bajó la mirada hacia una desaliñada cabeza de cabello negro salvaje y sonrió a su pesar.

-¿Qué?- la melena negra ladró antes de finalmente mirar hacia arriba.

La sonrisa de Draco decayó ante los ojos cerrados y el gesto ceñudo con el que lo habían recibido. Había un moretón difuminado en lo alto de la mejilla de Harry. Su labio inferior mostraba evidencia de haber sido roto recientemente. Una extraña sensación de protección lo recorrió. -¿Qué demonios te ha pasado?- Draco soltó sin pensar.

Los ojos cerrados se abrieron de par en par con miedo e incredulidad mientras recorrían al pálido y aristócrata rubio frente a él. Harry jadeó cuando se dio cuenta de quién era la persona frente a él. ¿Por qué diablos estaba Draco Malfoy de pie en su pequeño porche? ¿Qué coño creía que estaba haciendo allí, después de todos esos años?. Años de ira y dolor reprimidos atravesaron su piel, dejando un rastro rojo y caliente a su paso, haciendo que el moretón que sabía que Malfoy estaba mirando destacara aún más. El hecho de que pudiera haber un poco de vergüenza entremezclada con esa rabia y dolor (que Draco Malfoy tuviera que verlo así) hizo que Harry se enfadara aún más. No le importaba lo que nadie pensara de él. ¿Por qué demonios debía importarle lo que Draco Malfoy (quién lo había traicionado, lo había dejado sin decir una palabra, y quien ni siquiera había podido escribir una maldita carta en cuatro años) pensara de él?

Harry miró hacia abajo y luchó para ordenar sus emociones. Cuando sintió que la fachada que había creado hacía tanto tiempo finalmente se tomó su lugar, levantó la vista con una expresión presumida en su rostro. -Entonces- su lengua ácida deslizándose. -Draco Malfoy. El hijo pródigo ha regresado.

Draco estaba allí, con la boca abierta, mirando a su amigo de la infancia preguntándose qué diablos le había pasado. Su ropa era tan raída y tan grande como él recordaba, pero el corte, el moretón, el estado general de... la rabia que podía sentir en Harry era diferente de todo lo que podía recordar. Draco podía verlo en las manchas de sonrojo en las pálidas mejillas de Harry, en la forma en que sus ojos brillaban como botellas de verde desafío, y en la forma en que se mantenía en una línea defensiva de músculos ágiles. Los labios demasiado rojos de Harry se fruncieron cuando miró a Draco hacia abajo. A pesar de estar cerrados, todavía parecían hinchados, como picados por abejas, notó Draco. Se preguntó si siempre habían estado tan llenos o si tenía algo que ver con la herida en ellos. Una sensación desconocida resonó a través de él que él calificó de irritación e inquietud.

Inquieto por el escrutinio de Draco, Harry espetó. -Cristo, Draco. ¿Qué? ¿Qué diablos estás haciendo aquí? ¿Qué es lo que quieres?- preguntó.

-¿Qué te ha pasado?- Repitió Draco, como si todavía estuviera atrapado en el momento en que se abrió la puerta. Por instinto, extendió la mano para tocar la cara de Harry.

Harry retrocedió y siseó. -No me toques.

-Sólo dime que fue lo que te pasó-, exigió, cayendo inmediatamente de nuevo en el papel de protector que había jugado voluntariamente todos esos años en el pasado.

Harry lo miró con dureza. Sus labios se torcieron en una sonrisa irónica. -Me caí-, dijo, recordando haber dicho esas mismas palabras a otra rubia aristócrata. -Ahora, si terminaste de quedarte boquiabierto, puedes jodidamente marcharte-. Harry hizo ademán de cerrar la puerta.

-¡Espera!- Draco dijo, finalmente volviendo en sí. -Quería hablar contigo. Saber cómo estabas. Acabo de llegar a casa. Quiero decir, la semana pasada.

Harry bufó. Miró a Draco de arriba abajo. -¿Y querías verme? Que generoso.

Draco no sabía de dónde había venido ese hosco y sarcástico... gamberro. ¿Adónde se había ido Harry? ¿Adónde se había ido su pequeño león desaliñado? Envió a su madre la señal con la mano, impaciente, mientras le suplicaba a Harry. -Por favor. Yo-yo solo quiero hablar. Ponernos al día un poco, ¿sí?.

Harry lo miró por unos segundos, mirando nerviosamente por la puerta antes de suspirar, poniendo los ojos en blanco y abriendo la puerta lo suficiente para que Draco entrara.

Draco siguió a Harry a la cocina. Harry estaba de pie junto al fregadero, con los brazos cruzados y el cuerpo encorvado como si se estuviera protegiendo. Draco no estaba seguro de si sentarse o quedarse de pie, así que se apoyó en la pared mientras trataba de decidir qué hacer con los pies, las manos y los brazos. No recordaba una vez en que se hubiera sentido tan incómodo. Todo era completamente silencioso.

-Eres más alto-, dijo Draco, con la esperanza de aligerar el ambiente en la pequeña casa. El sonido de su voz parecía demasiado ruidoso y apretado.

-Tengo catorce.

-Correcto...-. Draco se detuvo. Jugueteó con su suéter. Miró su reloj antes de mirar sus zapatos. -¿Así que... cómo has estado?.

-Fantásticamente-, Harry respondió sarcásticamente.

Draco luchó por encontrar algo que decir. -¿Aún estudias en Bennington-Bright?.

Harry jaló sus brazos un poco más. -No. Voy a una escuela privada calle abajo. Más cerca y esas cosas.

Draco asintió. Echó un vistazo alrededor de la cocina. Todo estaba limpio y ordenado. Habían fotos en la nevera. Ninguna de Harry, se dio cuenta. -Mamá dice hola-, dijo Draco mientras sus ojos seguían vagando por la cocina.

-¿Lo hace?- Preguntó Harry, el trasfondo de algo bastante malo en su voz.

Draco se sorprendió. -Se preguntaba cómo te estaba yendo.

-¿En serio? Dile que puede ir y...- Harry se detuvo. Se pasó las manos por el cabello y cerró los ojos. -No importa. No importa-, murmuró.

Las cosas se estaban volviendo extrañas rápidamente, pensó Draco. Se aferró a su último movimiento. -Entonces, estaba ordenando una caja de cosas viejas. Nunca adivinarás lo que encontré.

Harry solo lo miró fijamente, sin dar ninguna indicación de que estuviera interesado en lo que Draco tenía por decir.

Draco se aclaró la garganta, decidiendo no continuar con la historia de su descubrimiento. Harry parecía haber perdido el aprecio por los cuentos narrados de Draco. En cambio, sacó la pequeña piedra y la puso en el mostrador de la cocina. Observó cómo Harry la miraba, parpadeaba y luego miraba a Draco como diciendo: -¿Y qué?.

Malentendiendo, Draco trató de explicar. -Es la piedrita que...

-Sé lo que es-, interrumpió Harry.

-Oh-, dijo Draco, sintiendo como si hubiera entrado en una conversación ya en progreso, una a la cual no podía seguirle el hilo.

-¿Recuerdas todas esas búsquedas del tesoro que hicimos? No puedo creer cuántos agujeros cavamos-, dijo, haciendo un último esfuerzo en la conversación.

Harry, sin embargo, no estaba de humor para recordar. -Draco-, dijo con un suspiro. -¿Por qué estás aquí? ¿De verdad? ¿Qué es lo que quieres? Quiero decir, han pasado cuatro años. Nunca te importó hablar conmigo durante ese tiempo, ¿por qué ahora?.

La boca de Draco se abrió. -Tú eres el único que no fue capaz de aparecer para decir adiós. Ni siquiera respondiste mis cartas- gruñó, con la cara sonrojada por la indignación. Dio un paso hacia delante. No estaba seguro de por qué se había enojado tanto, tan rápido.

Harry resopló de nuevo. -¿Decir adiós? ¿Estás enojado porque no me despedí? ¡Me traicionaste, jodido mocoso sin valor! ¿Y qué cartas? Nunca recibí ninguna carta tuya.

Las manos de Draco se curvaron en puños. -Eso es mentira-, gruñó, esquivando cuidadosamente el asunto del lago. Dio otro paso adelante y se inclinó.

Harry se apartó del mostrador contra el que había estado descansando. Sus manos cayeron a su lado mientras cruzaba la cocina. Sus manos se cerraban en puños mientras se acercaba lo más posible a Draco. -No me llames mentiroso, tú pequeño engreído gilipollas-, gruñó. -¡Tú eres el mentiroso! ¿Por qué estás aquí?- espetó mientras distribuía su peso, listo para defenderse si era necesario. -No pensé que alguien como yo estuviera a la altura de los estándares de los Malfoy-, gritó mientras miraba a Draco de arriba abajo, con los ojos fijos en su jersey de diseñador.

-Solo quería hablar contigo, mugriento cabrón -, gritó Draco mientras miraba a Harry, un destello de ira al rojo vivo lo envolvía. ¿Qué había causado que Harry perdiera el control de sus emociones de esa manera? Nadie le hablaba como lo había hecho Harry Potter. Dio un paso atrás y desenroscó sus puños. El punto álgido de su ira desapareció. Se apoyó en la pared de nuevo, dejando que sus brazos cayeran sueltos a los costados.

Harry observó a Draco con cuidado. Cuando lo vio apoyarse contra la pared, él respondió amablemente, dando un paso atrás. Volvió a su lugar junto al mostrador, envolviendo sus brazos alrededor de sí mismo otra vez.

Draco estaba jadeando mientras miraba a Harry. Pero Harry no lo estaba mirando; estaba mirando a lo lejos.

-Supongo que estoy un poco mugriento-, murmuró Harry con una risa oscura mientras la ira le hacía sangrar. Se volvió y cubrió a Draco con su mirada de ojos verdes, diciendo mucho, pero nada que Draco pudiera entender.

Draco tuvo que apartar la vista. La intensidad de su mirada era demasiado. Escuchó a Harry suspirar varios momentos después.

-Mira, así está la cosa, Draco, estoy bien, estás bien, dejemos los recuerdos en el pasado y volvamos a nuestras vidas, ¿de acuerdo? Si tú... quiero decir, si crees que estoy enojado o cualquier cosa, no es así. Lo que está hecho, hecho está. Tú tenías once años, estabas confundido y... lo que sea. Tenías once. Tenía once. Ahora tienes tu cierre, puedes seguir adelante.

-No es por eso por lo que estoy aquí-, espetó Draco, la desconocida agitación de la emoción se alzaba dentro de él.

-¿En serio? ¿Por qué más habrías venido?- Harry se burló.

Draco se rehusaba a caer en su juego. Tragó saliva y respiró hondo, tratando de controlar sus emociones. Era hora de dejarlo salir todo, entonces. -Encontré la piedrita. Me hizo pensar en ti. Yo-yo solo quería saber cómo estabas, supongo. Quiero decir, sé que ha pasado mucho tiempo y todo, pero, la cosa es, Harry, que fuiste mi mejor amigo alguna vez. No era mentira lo que dije en el muelle ese día.

Harry lo miró, realmente lo miró y dio un paso adelante. Se pasó las manos por el pelo, un gesto nervioso, notó Draco. Abrió la boca para decir algo. En ese momento, el móvil de Draco sonó, el estridente sonido los sorprendió a ambos.

-Es mi madre-, dijo Draco mientras miraba su móvil. -Está esperando fuera. Déjame decirle que necesito un poco más de tiempo-, dijo mientras abría su pequeño teléfono, el estridente ring terminando tan abruptamente como había comenzado.

Harry bufó y negó con la cabeza. -No, no es necesario. Me has visto. Estoy vivo. Más alto y todo eso. Es hora de que te marches, entonces.

Draco se dio por vencido. -Uh, sí. De acuerdo-, dijo. Se giró para irse cuando Harry le tocó el hombro y le tendió la piedra. Draco no supo lo que lo poseyó, pero tuvo la abrumadora necesidad de tocar a Harry. Agarró su mano y la cerró apretadamente alrededor de la piedra. Incluso cuando Harry siseó e intentó apartar su mano, Draco se aferró. -Quédate con ella-, dijo.

Harry finalmente se liberó, dejando la piedra en manos de Draco. -Es solo una piedra, Draco. Una pequeña piedra de río, estúpida y común, que encontré un verano. No tiene nada de especial. Nunca lo tuvo.

Las palabras de Harry picaron. ¿Qué demonios había pasado en cuatro años?. Sí, claro, las cosas se habían ido en picada antes de que se fuera. Pero eso era parte del pasado. No explicaba la actitud hosca de Harry en el presente, ¿o sí? ¿Podía? Incluso mientras lo sacaban de la casa, las palabras de Harry siguieron sonando en sus oídos.

-Nos vemos-, dijo Harry antes de cerrar la puerta sin ceremonias, dejando a Draco de pie en el porche, solo. Draco bajó la vista hacia la piedra, todavía apretada en su mano, y se preguntó si Harry había estado hablando de la piedra o de otras cosas.

Harry tomó aire, tembloroso, una vez que estuvo seguro de que Draco se había ido. De todas las cosas que Harry había esperado que ocurrieran, encontrar a Draco Malfoy, luciendo perfecto y adinerado y... perfecto, parado en su puerta no era una de ellas. Y por supuesto, él tenía que lucir como algún tipo de rufián de la calle: su ropa, su cabello... su cara. Harry no había creído ni por un segundo que Draco había escrito alguna carta, o que había aparecido, de la nada, solo porque deseaba renovar su amistad con Harry. Harry no podía entender por qué Draco había estado allí, desenterrando recuerdos hace tiempo muertos, desenterrando tesoros olvidados de su bolsillo.

Harry se esforzó en convencerse a sí mismo de que no le importaba Draco Malfoy en absoluto, mientras se frotaba los ojos con los puños y rozaba el moretón en su mejilla. Hizo una mueca. Lo volvió a tocar, ahora intencionalmente, presionando un poco, negándose a morderse el labio de dolor. Al menos se había desquitado esa última vez. Vernon lo había golpeado la semana pasada y Harry le había dado un poco de su propia medicina; una rápida patada en la ingle había dejado a su tío en el suelo, gimiendo como un bebé. Había evitado a Harry desde entonces. Sonrió y se preguntó cuánto duraría el alivio.

Tío Vernon había dejado de ser cuidadoso con él hacía mucho tiempo. Especialmente ahora que Harry era mayor y asistía a una abarrotada escuela privada. Los profesores de Bennington-Bright se habían vuelto demasiado desconfiados acerca de los análisis que tío Vernon y tía Petunia les habían entregado, preguntando por qué Harry no había sido llevado a un especialista, por qué no tomaba medicamentos especiales, preguntando demasiadas cosas. Antes de que la señorita Poppy pudiera exigir un examen físico completo, lo habían sacado de esa escuela y lo habían recluido en la secundaria privada local. Ahí no les importaba mucho si Harry aparecía con un hematoma aquí o allá o algún labio roto ocasional.

Vernon hizo un gran espectáculo el primer día de clases con el nuevo director de Harry, hablando sobre cómo Harry era el blanco frecuente de una pandilla de matones, cómo se negaba a protegerse siguiendo sus reglas, cómo tenía un desagradable mal genio que lo metía en problemas, y cómo necesitaba rigurosa supervisión en la escuela. Vernon incluso había dicho que Harry era la "pequeña bestia de lengua afilada" que era porque había sido un niño realmente enfermizo. Era una excusa conveniente y creíble. Pasado el punto de cuidado, Harry había sido cómplice del engaño. Después de una advertencia severa a Harry, se hicieron las anotaciones apropiadas en su archivo, archivo que nunca se volvió a abrir. Eso había sido dos años atrás.

A pesar de todo, Harry todavía recibía calificaciones casi perfectas, no es que nadie lo notara o le importara. No hablaba con nadie, evitando así tener que contar mentiras elaboradas. No es que a alguien le importara eso tampoco.

Harry pasó sus dedos por su mejilla otra vez. Se consideraba afortunado. No era frecuente que Vernon fuera más allá de jalarle las orejas, de darle una bofetada con el revés de la mano o el maltrato general. Por supuesto, se preguntó qué rumbo tomarían sus pequeños juegos ahora que Harry había demostrado que se defendería. Sonrió al recordar a Vernon revolcándose en el piso como una morsa varada.

El reloj de la sala sonó a las seis en punto. Harry sonrió de verdad. Los Dursley estaban ausentes el fin de semana, lo que significaba que podía usar su tiempo libre como quisiera. Salió corriendo por la puerta trasera y se dirigió hacia la pequeña planta de sombra en medio de un círculo de grandes árboles en la parte posterior del jardín. Petunia nunca iba tan lejos y los Dursley habían estado ausentes con tanta frecuencia durante la primavera y el verano que Harry había tenido tiempo de construir su pequeño Edén sin interferencia.

Recientemente se había sentido fascinado con las plantas nocturnas. El señor Wells, el dueño del criadero local y su jefe durante el verano y los fines de semana, le había permitido encargarse de algunas plantas que había cultivado y atendido durante las últimas diez semanas. Solo esa semana habían comenzado a crecer las tímidas flores nocturnas. El libro que el señor Snape le había dado hacía tantos años (aún su posesión más preciada) le había dado la idea para el diseño de la plantación.

Entró en su pequeño Edén. La tensión del día se desvaneció como lo había hecho tantas veces antes. Eso era lo que lo había mantenido cuerdo, atender a sus plantas. Allí, en ese pequeño enclave, no habían Dursleys con los que lidiar ni visitas sorpresa de parte de Draco Malfoy. Miró hacia el cielo, sonriendo por la forma en que estaba surcado de morados, rojos y azules. La oscuridad subiendo, el crepúsculo brillando.

-Hola mis amadas-, susurró, mientras observaba su obra. Sus dedos se deslizaron sobre las flores pequeñas, blancas y cerosas de jazmín que florecía en la noche sobre la pequeña arboleda que había formado a partir de trozos de madera que había encontrado en el garaje. -Cestrum nocturnum-, murmuró mientras cerraba los ojos e inhalaba bruscamente. El aroma del jazmín colgaba pesado, casi empalagoso, en la leve brisa que giraba a su alrededor.

Se giró hacia las flores gordas y desparramadas de su izquierda. Cambió su peso hacia adelante y hacia atrás con mareada anticipación cuando las bulbosas flores se hincharon y, con una suave bocanada, se abrieron y se acomodaron en una brillante exhibición de color y movimiento. -Mirabilis jalapa-, dijo en un melodioso susurro mientras sus dedos trazaban los bordes de varios de los capullos.

Con un suspiro, se volvió hacia sus favoritas. Las enormes flores de luna se balanceaban y se mecían, guiñándole un ojo con buen humor. Se inclinó e inhaló su fragancia suave y picante antes de arrancar una y acostarse sobre la suave hierba. La miró, girándola de un lado a otro, antes de trabajar en el nombre botánico. Ese todavía era un poco difícil para él, pero estaba decidido a hacerlo bien. -Ip-Ipomo-I-pom-o-e-a alba", dijo finalmente, repitiéndolo hasta que se le escapó de la lengua con facilidad.

Permaneció allí hasta mucho después del crepúsculo, hasta mucho después de que la noche se despejara y compartiera el deslumbrante cielo nocturno con él. Levantó flor de luna que aún tenía en la mano y la comparó con la luna que se sentaba gorda entre las estrellas, olvidándose por un momento de su vida, de la súbita reaparición de Draco Malfoy y las estúpidas piedras del río.