Harry se limpió las manos en el frente de sus jeans. Sus palmas estaban sudorosas. Odiaba cuando sus palmas estaban sudorosas. Respiró hondo y levantó la mano para llamar a la puerta. Su mano vaciló y cayó. "No, todavía no estoy listo", pensó para sí mismo.
Miró por encima del hombro y vio al señor George en el carrito motorizado que estaba en marcha sobre la calle. El señor George tenía una expresión curiosa en su rostro, una que parecía preguntarle a Harry si necesitaba ayuda. La cabeza de Harry volteó hacia la puerta antes de que su expresión pudiera darle una respuesta. Una pequeña voz en su cabeza lo instó a irse, caminar el medio kilómetro hasta la parada de autobús más cercano y tomar el autobús Knight número cuatro que iba directamente a Magnolia Crescent. Sacudió la cabeza y se ajustó las correas de la mochila gastada que colgaba de su hombro. ¿A quién estaba engañando? Los Malfoy ya sabían que él estaba allí. Había tenido que registrarse en la puerta de guardia mientras el pequeño vigilante lo miraba de arriba abajo como si fuera un corriente delincuente.
Harry se limpió las manos a través de sus jeans otra vez, más para darles algo que hacer en lugar de hacerlo por necesidad. Tomó un aliento tembloroso y miró por sobre su hombro otra vez. Esta vez, preparado para la mirada de Harry, el excesivamente alegre señor George le dio un saludo agitando su mano, lleno incertidumbre. Harry devolvió el saludo con un poco más de fuerza de lo que había querido y el hombre le regresó una expresión deslumbrante y una sonrisa. No sabía por qué simplemente no había caminado hasta la propiedad de los Malfoy desde la entrada, pero el señor George había insistido en llevar a Harry en ese carrito ridículo. La mente de Harry se había quedado en blanco mientras lo condujo a través del elegante vecindario lleno de idílicas colinas onduladas, pequeñas haciendas con pasto verde jade, y gente demasiado exitosa haciendo cosas exitosas e importantes mientras sonreían perfectamente y vivían vidas perfectas. Harry no era ajeno a las trampas de la riqueza -los Dursley no eran pobres de ningún modo-, pero había algo tan perversamente inocente en ese lugar que hizo que la piel de Harry se erizara. La inocencia era una farsa.
El señor George, por supuesto, había charlado sin cesar sobre la gracia y la clase de la señora Malfoy, la generosidad de la señora Malfoy y la suerte que un chico como Harry tenía por poder trabajar para la señora Malfoy. Harry frunció el ceño ante eso. Él no había dicho nada sobre estar allí para trabajar. Sin embargo, con su camiseta gris descolorida, demasiado grande, jeans desgastados y su mochila desgastada llena de herramientas de jardinería bien usadas, ¿cómo podría estar allí para cualquier otra cosa? Dudaba que alguien pudiera confundirlo con uno de los elegantes amigos de Draco. Y ahora estaba parado en los escalones de la casa de Malfoy, con la mano lista para golpear una puerta que nunca pensó que volvería a atravesar, el señor George y su carrito todavía detrás de él, mirando.
—Esto es una tontería—, murmuró Harry para sí mismo. Reuniendo su coraje, llamó y esperó. Medio esperaba escuchar el estruendo de los bulliciosos pies de un niño pequeño que saltaban hacia la puerta, como lo había hecho tantos años atrás. No sucedió. Sin embargo, la situación no era del todo desconocida. No tenía una piedrita, ni flores, eso era cierto, pero estaba plagado de la misma abrumadora sensación de inseguridad que casi lo había deshecho a la edad de siete años. Con casi quince años, se creía demasiado viejo para tales cosas, lo que hacía que su inseguridad fuera mucho más exasperante.
Antes de que Harry tuviese que aguardar demasiado tiempo, la puerta se abrió, revelando a Draco. Sus ojos parecieron iluminarse un poco al ver a Harry. Hubo un casi ademán de una sonrisa radiante y el aborto de la misma antes de que Draco se enderezara y recordara quien era, permitiendo que su sonrisa se desinflara. —Harry—, dijo, su voz era culta y vacilante mientras su mirada recorría la cara de Harry, deteniéndose donde había estado el moretón.
—Draco—, Harry reconoció mientras reajustaba la correa sobre su hombro.
Draco miró por la puerta, mirando por encima de la cabeza de Harry. —Ah, veo que has conocido al señor George—, dijo mientras enviaba al pequeño hombre en el carrito una sonrisa y un saludo crispado.
Harry se giró y miró el carrito de golf. —Er, sí—, dijo mientras movía su peso de un lado a otro.
—Es un hombrecillo extraño. Está aquí todo el tiempo, ofreciendo ayudar a mamá con todo tipo de cosas. Siempre refiriéndose a sí mismo en tercera persona, también. Creo que se cree un lord, con su mini carro y todo. Alégrate de que no fuera el "día púrpura", tiene unos pantalones, ya sabes... pantalones púrpuras, — Draco arrastró las palabras mientras miraba al señor George y su a carrito de golf.
El estrés de la situación había invadido a Harry. Nada más explicaba la breve carcajada que se le escapó al pensar en el señor George como un lord arrogante, vestido con pantalones de color púrpura a rayas y un chaleco de terciopelo morado. Draco se giró hacia la risa de Harry, su mirada cálida y su sonrisa genuina. La familiaridad de eso hizo que Harry se sintiera muy caliente en la cara. Su estómago se sacudió un poco. Se aclaró la garganta y ajustó la correa de su mochila una vez más.
Animado por la risa, Draco salió al porche, rodeó a Harry y se detuvo frente a la mochila. —¿Todavía tienes esa cosa?— dijo mientras tiraba de la correa de la mochila.
Harry resistió el impulso de apartarse de Draco. Ajustó su agarre en la correa y se encogió de hombros. —Todavía sirve—, murmuró, odiando el extraño tipo de limbo relacional en el que se encontraban. Harry conocía a Draco, justo como Draco lo conocía, solo que él no conocía a Draco, ya no. También había estado seguro de que no quería conocerlo. Pero luego, el señor Snape había ido a su casa y había puesto toda clase de ideas extravagantes en su cabeza, incluyendo que Draco todavía quería ser su amigo si Harry lo dejaba.
Un incómodo silencio pasó entre ellos. Todavía podían oír el carrito de golf a lo lejos. Draco se aclaró la garganta. —Supongo que te gustaría comenzar—, murmuró.
—Er, sí...— Dijo Harry, deteniéndose, sin saber qué más decir.
Draco suspiró de una manera que hizo que Harry se preguntara qué había querido decir en su lugar. —Entra, entonces. El tío Severus ya está afuera. Murmurando sobre el drenaje del suelo o algo por el estilo. Mi mamá se ha ido por el día, así que solo somos nosotros, me temo—. Draco notó los hombros de Harry relajándose mientras decía eso. Malinterpretando, sonrió de nuevo, pensando que había superado la incomodidad inicial con su respuesta ingeniosa.
—En realidad, el drenaje del suelo es realmente importante—, dijo Harry, contento de tener un tema de conversación sobre el que pudiera hablar sin temor a desviarse hacia algo incómodo. —Afectará el crecimiento y la floración, ¿sabes?. Algunas plantas realmente lo hacen muy bien en suelo pantanoso, pero no todas. No creo que el señor Snape comprara ninguna que lo hiciera, sin embargo. De hecho, debes ser muy cuidadoso con los Acers... er... losarces japoneses, —continuó mientras caminaban por la casa hacia la parte trasera.
Draco puso los ojos en blanco. —Suenas igual que él—, bromeó.
—¿Qué está mal con eso?— Harry espetó, con los nervios de punta. —Además, estoy aquí para trabajar, ¿no? No para tomar el té.
Draco hizo una mueca. —Bien—, murmuró. Pasó una mano por su cabello. —Bueno... te dejo en ello—, dijo, su voz temblaba un poco, al igual que sus pies, que no habían decidido si quedarse o irse y mantenían un vaivén nervioso.
La vergüenza se apoderó de Harry. Draco solo había intentado ser agradable. Tal vez esa era la razón por la que Harry sentía esos nudos en el estómago. Por lo que Harry sabía, no le había dado a Draco ninguna razón para ser agradable con él. Harry maldijo a Severus Snape una vez más. El hombre estaba deshaciendo su pulcra y pequeña vida y Harry no estaba contento. Su mirada cayó al suelo y se centró en los pies de Draco que se arrastraban nerviosamente. Eran la única parte de él que parecían sentirse igual que Harry. Cuando los pies finalmente decidieron hacia dónde ir, Harry levantó la mirada. Una abrumadora necesidad de decir algo, de cerrar la conversación con una nota menos agria lo venció. —Gracias—, espetó mientras Draco entraba de nuevo a la casa.
Draco se giró, su mirada inquisitiva.
—Gracias por... eh... gracias por darme una vuelta por la casa—, dijo Harry, haciendo una mueca por lo ridículo que sonaba.
Draco no pareció darse cuenta. Sus ojos eran cálidos otra vez y esa misma sonrisa amplia había regresado, la que hizo que el rostro de Harry se sintiera completamente caliente. —Cuando quieras—, murmuró, antes de entrar.
Harry se pasó la lengua por los labios y se limpió las manos en los pantalones vaqueros durante lo que se sintió como la centésima vez mientras miraba fijamente la puerta de vidrio del jardín que Draco acababa de cerrar. No mucho tiempo después, una mano pesada y cálida se cerró sobre su hombro, haciendo que Harry se sobresaltara.
—Buenos días, señor Potter,— murmuró Severus, divertido por la interacción entre los chicos.
—Buenos días, señor—, dijo Harry mientras giraba y dejaba caer su mochila.
—Has traído tus propias herramientas, ya veo.
—Er, sí señor. Espero que eso no sea un problema. Estoy acostumbrado a mis propios guantes y cosas.
—No es un problema en absoluto. Es un cambio bienvenido, te lo aseguro.
Harry asintió mientras comenzaba a sacar sus cosas.
—¿Has pensado sobre Wolsford?.
—Realmente no se rinde—, dijo Harry con una risa sin alegría. —No llevo aquí ni media hora y ya ha comenzado. ¿Por qué no lo deja ir?.
—Creí que ya habíamos cubierto ese punto, Harry. Trate de mantener el ritmo. No servirá de nada recomendar a alguien para una beca cuando esa persona no puede ni mantener el hilo de una conversación reciente.
—¿Recomendar? Nunca dijo nada sobre recomendaciones. Ni siquiera me conoce.
—Te conozco mucho mejor de lo que piensas. Además, persuadí a esa mujer sapo de tu escuela, ¿cómo se llamaba? Ah, sí, Dolores Umbridge, para que me diera una copia de tus registros escolares. Te gusta esconder tu luz a todo el mundo ¿no es así?
Harry farfulló y se sonrojó —¿Mis registros? ¿Qué no son privados? ¿Cómo se atreve a obtener mis registros?— gritó, su mente corriendo hacia la información que podía haber estado allí, qué más podía haber averiguado de él el señor Snape.
—Cálmate, niño tonto. Solo pedí tus registros académicos, que son bastante respetables, señor Potter. No decían nada de tu deplorable vida hogareña.
—¡Mi vida hogareña no es de tu incumbencia!— Harry gruñó.
Severus bufó y se acercó más mientras se inclinaba. Harry tuvo que inclinarse hacia atrás para mantener el contacto visual.
—Lo estoy haciendo asunto mío—, susurró Severus con una voz que sonaba como el viento golpeando una pared de hierro. —Debería haberlo hecho antes, y siempre me arrepentiré de ello. Pero no importa, voy a ayudarte, ya sea que quieras o no.
—No te necesito—, dijo Harry, sus ojos brillando con furia y su voz tan suave, tan firme como la del señor Snape.
—Empuja todo lo que quieras, Harry. No voy a irme. Draco tampoco lo hará—. Severus casi agregó a Narcissa a esa lista, pero no lo hizo. A pesar de ser cierto, sabía que mencionar su nombre solo aumentaría la furia de Harry.
Harry sintió la punzada de algo bastante desconcertante en el centro de su pecho. Por alguna razón completamente desconocida para Harry, el señor Snape, un virtual desconocido, le había dicho que no se iría, sin importar lo que Harry hiciera. Lo más extraño era que Harry le creía. Casi jadeó cuando el... algo en su pecho, realmente no sabía lo que era, lo invadió y le quitó el aliento. Se negó a escuchar a la voz que le decía que el señor Snape estaba mintiendo, que el señor Snape se cansaría de él, o que el señor Snape quería algo de él. No podía soportar no creerle.
Severus se aclaró la garganta. —No tengo el hábito de esperar respuestas significativas a mis preguntas. ¿Cuál es el estado de su solicitud a Wolsford?.
Harry se mordió el labio y miró hacia el patio de losas. —Yo he...— comenzó. Bajó la mirada y tragó saliva. —He escrito el ensayo—, dijo en la voz más pequeña que pudo reunir. Con los ojos firmemente fijos en las rocas escarpadas bajo sus pies, hizo a un lado el orgullo y la exultación que se extendieron por el rostro de Severus un instante antes de que se volviera tan inexpresivo como antes. —No he decidido aplicar todavía, ya sabes—, dijo Harry con el ceño fruncido.
—Decide más rápido—, dijo Severus antes de pasar a la tarea del día. —Vamos, tenemos mucho que hacer—, dijo, complacido de que parte de lo que le había enseñado a Harry fuera a dar frutos.
Harry nunca lo hubiera creído, pero estaba disfrutando del trabajo en el jardín de los Malfoy. Estaba en su elemento mientras sus manos trabajaban en el suelo húmedo y amontonaba la tierra protectoramente alrededor de las nuevas plantas. El señor Snape estaba trabajando en el otro lado, Había dejado a Harry con su copia del plan de paisaje y sus plantas asignadas. Le sorprendió que el señor Snape no hubiera hecho nada más que algunas inspecciones rápidas, y muy pocos comentarios. Había ofrecido algunas sugerencias aquí y allá, que Harry había estado feliz de tomar. Al ritmo en que estaban trabajando, tendrían la mayor parte de la plantación de cimientos hecha ese primer día. Estaba plantando su último acebo cuando sintió que alguien se acercaba detrás de él. El sol que había estado latiendo a su espalda ahora estaba ensombrecido.
—Hay almuerzo, si estás interesado—, dijo Draco.
Harry miró al sol, sorprendido de ver cuánto tiempo había pasado. En ese momento, su estómago retumbó. —Genial. Gracias—, dijo mientras se ponía de pie. Dejó caer sus guantes de jardinería sobre la hierba y siguió a Draco al patio. Había una gran variedad de sándwiches pequeños, rodajas de fruta y galletas en la mesa del patio. Una jarra de limonada helada estaba a un lado. Sin más invitación, Harry tomó varios sándwiches, unas rodajas de naranja y algunas galletas de chocolate.
—Todavía te gusta el chocolate, por lo que veo—, dijo Draco riéndose mientras preparaba su propio plato de sándwiches y galletas.
—Sí, aún me gusta—, dijo Harry entre bocados de su sándwich de ensalada de huevo. —No tienes que sentarte aquí conmigo, lo sabes—, dijo, sintiéndose incómodo. Harry estaba sentado en el suelo, con las piernas extendidas y dobladas, los antebrazos apoyados en las rodillas.
Draco vaciló por un momento. —Quiero—, dijo encogiéndose de hombros. —Pensé que podría darnos la oportunidad de ponernos un poco más al día.
—Como sea—, dijo Harry mientras jugueteaba con la corteza de uno de los sándwiches. Draco tenía esa mirada pensativa e inquisitiva que significaba que quería hacer preguntas profundas y significativas. Harry estaba bien familiarizado con esa mirada, aunque no de parte de Draco. Miró a su alrededor en busca de Severus. Su ausencia era demasiado conveniente, pensó Harry. —¿Dónde está el señor Snape?.
—Ya ha comido, tenía que hacer un recado. Dijo algo sobre el fosfato, o algo así.
Harry asintió, maldiciendo mentalmente a Snape y su evidente intromisión. Entrando a la fuerza en su casa, acosándolo en el trabajo, robando sus registros escolares. Incluso ese conveniente almuerzo tenía toda la evidencia de ser una trampa de Snape.
—Es para plantar algo—, Harry dijo finalmente en explicación antes de pellizcar un poco más de sándwich. Masticó lentamente mientras miraba a Draco por el rabillo del ojo. Draco estaba jugueteando con su propio sándwich. Harry se preparó.
—Entonces... el tío Severus dijo que eres muy bueno con las plantas.
Bien, esa era fácil. Harry podía responder eso sin pensarlo demasiado. Se encogió de hombros. —No tengo idea. Me gustan, eso es todo.
—Lo recuerdo. Que te gustan las plantas, quiero decir—, dijo Draco.
Harry no dijo nada a cambio mientras tomaba otro bocado de su emparedado, esperando que estuviera siendo lo suficientemente grosero como para que Draco se diera por vencido y se fuera. Sin previo aviso, las palabras del señor Snape de que ni él ni Draco se irían, sin importar lo que Harry hiciera, regresaron. ¡Demonios, esa extraña sensación en su pecho había regresado!
—¿Recuerdas todo ese tiempo que pasamos en tu jardín al principio?.
Harry pellizcó otro bocado de sandwich y se lo metió en la boca, luchando por parecer indiferente. —Recuerdo—, comenzó mientras tragaba, —un pequeño idiota de cabello rubio que me siguió todo el día charlando sobre gatos mientras trabajaba en mi jardín—. Seguramente eso había sido suficiente para hacer que Draco se fuera, pensó Harry.
La mirada de Draco cayó a su plato. Harry pensó que lo escuchó murmurar algo acerca de que Harry era el idiota y no él. Harry casi sonrió por eso. Tal vez no podía deshacerse del señor Snape, pero sabía cómo llegar a Draco. Draco se daría por vencido pronto y volvería a la casa y haría lo que fuese que hiciera en esos días, Harry estaba seguro de eso.
Pero Draco no se fue. Él no se dio por vencido. Cuando terminaron sus sándwiches en silencio, Harry se dio cuenta de que la terquedad de Draco estaba acorde a la suya.
—¿Y qué haces para divertirte?— Preguntó Draco, luchando por comenzar la conversación una vez más.
Al darse cuenta de que Draco no se iría pronto, Harry se encogió de hombros y tomó un largo trago de limonada antes de tomar una galleta de chocolate de su plato. Eran unos realmente buenas, lo sabía. Tomó un pequeño bocado. Sus ojos se cerraron de gusto. Saboreó mientras pensaba sobre cómo responder a la pregunta de Draco. —No hago mucho más que ir a la escuela y a trabajar—, dijo, antes de tomar otro bocado.
—¿Qué hay de tus amigos? ¿No haces cosas con tus amigos?.
Harry se encogió de hombros, manteniendo su mirada distante. No iba a dejar escapar que no tenía amigos.
—Suena aburrido—, dijo Draco. Antes de que pudiera decir algo más, Harry tomó otro bocado de su galleta de chocolate. Sus ojos se cerraron de nuevo y un pequeño gemido escapó de su boca. Draco estaba paralizado. Por un segundo, vio al Harry que conocía: el pequeño y delgado muchacho con una melena de salvaje cabello negro; el chico que amaba los panqueques con trocitos de chocolate, los éclairs de chocolate y las galletas de chocolate; el niño que se reía con él y con el que había ido de aventuras, el que era su amigo. Sin decir una palabra, pasó sus galletas de chocolate al plato de Harry.
Ante el suave ruido de las galletas, Harry abrió los ojos y miró hacia abajo para ver algunas más en su plato. Parpadeó mientras comprendía cómo habían llegado allí. —Gracias—, dijo, preguntándose a qué estaba jugando Draco.
—No hay problema. Entonces, um, ¿cómo es tu escuela?.
—Es una escuela. No hay mucho que decir, realmente. Maestros aburridos, estudiantes aburridos, paredes beige aburridas—, dijo Harry mientras trataba de entender por qué Draco le había dado las galletas.
Draco asintió y se mordió el labio. Parecía tan triste que Harry casi le devolvió sus galletas. Suspiró y cedió solo un poco. —Er, entonces vas a Wolsford, ¿verdad?.
Draco levantó la mirada, sus ojos brillantes. Se inclinó un poco hacia adelante. —Sí. ¿Has oído hablar de él? Es fantástico.
—¿Cómo es?.
—Para empezar, es un castillo. Hay muchas clases y profesores interesantes, todos los deportes que puedas imaginar. Es genial.
Harry asintió. —Suena genial—, dijo.
Hablaron durante bastante tiempo sobre Wolsford, Little Whinging y el señor George y sus pantalones morados. Fue muy agradable, pensó Harry, mientras se relajaba un poco. Cuando lo hizo, notó algo muy curioso. Cuanto más relajado se volvía Draco, más del "Draco" que Harry recordaba emergía. Estaban en medio de una historia sobre el amigo de Draco, Blaise y alguien llamado señor Filch. La historia, por alguna extraña razón, también incluía un gato y un cubo lleno de líquidos de limpieza volcado. Fue durante la parte donde el cubo de la fregona y el gato se encontraron en circunstancias bastante desafortunadas -circunstancias que de alguna manera involucraban al chico Blaise- que Harry lo notó. Se dio cuenta de que conocía a la persona frente a él; realmente lo conocía. Descubrió que lo había extrañado. Draco estaba encorvado hacia adelante, sus ojos brillaban con malicia, y sus manos gesticulaban de un lado a otro mientras contaba su historia. Su cabello había caído en sus ojos, ya no estaba perfectamente arreglado. Su voz, aunque más profunda y madura, ahora, todavía tenía la misma cadencia y estilo que había usado cuando contaba historias hacía tantos años. El golpeteo y el balanceo de sus movimientos eran ahora tan fascinantes como lo habían sido entonces. Se sintió atraído por la apertura de Draco, su enfoque inquebrantable de la vida. Harry descubrió que realmente había extrañado eso. Era un sentimiento bastante profundo.
Justo cuando Harry llegó a esa conclusión, se dio cuenta de que un incómodo silencio había descendido entre ellos. Se había perdido el final de la historia, al parecer. No tenía idea de qué había sido del gato o del cubo. No que Draco lo hubiera notado. Se había vuelto pensativo otra vez.
—¿Puedo... puedo hacerte una pregunta?— Draco preguntó.
Harry se tensó. Había estado esperando todo el día por eso. Admiraba la autocontención de Draco. El viejo Draco habría exigido respuestas de Harry en el momento en que apareció en su casa esa mañana.
—Um, claro—, dijo Harry, desplazándose a través del catálogo mental de respuestas que se sentía cómodo dando a la pregunta que estaba seguro de que Draco estaba a punto de preguntar.
—¿Por qué no dijiste adiós?— Draco soltó.
Harry parpadeó cuando su búsqueda en el catálogo mental se detuvo abruptamente. Esa no era la pregunta que había esperado en absoluto. —¿Disculpa?.
—Cuando me fui al internado. ¿Por qué no fuiste a despedirte?.
—¿En serio? Esa es tu pregunta?.
—Sí. ¿Por qué no lo sería? Realmente me dolió, ¿sabes?.
La boca de Harry se abrió con incredulidad. Por supuesto. ¿Cómo pudo haberlo olvidado? Todo era siempre sobre Draco, lo que lastimaba a Draco, lo que Draco quería. La ira apuñaló a Harry y lo golpeó con sus pesados puños. Era una sensación bastante diferente de la que se había formado antes en el centro de su pecho. —¿Dolió? ¿Realmente te dolió? Dios, Draco, ¡eres un idiota!— Harry soltó, sintiéndose traicionado de alguna manera, como se hubiera sentido de pie en la sala de estar de los Malfoy cuatro años atrás, viéndose a sí mismo desprendiéndose más y más de sus vidas mientras se empujaba hacia las sombras.
Draco se puso de pie y se pasó la mano por el pelo. —¿Qué te pasa?— gruñó. —He sido agradable, complaciente, intenté tener una conversación contigo y todo lo que haces es... actuar así—, dijo mientras agitaba las manos como si lo abarcasen por completo.
Los puños golpearon más fuerte, el apuñalamiento ahora más insistente. —¿Que pasa conmigo?— Harry espetó mientras se levantaba y atacaba a Draco. —No hay nada de malo conmigo. Tú eres el que intenta fingir que los últimos cuatro años no han pasado. ¿Quieres saber por qué no me despedí? Porque eras un cobarde. Mentiste, Draco. Mentiste sobre mí para salvar tu trasero. Me lastimaste, Draco. ¡Me traicionaste! Si había alguien que yo nunca pensé que... ¡No suponía que tú... Maldita sea, Draco!— Harry salió corriendo del patio.
—Oye, espera un segundo. Harry... espera—, llamó Draco, mientras corría para alcanzarlo. Agarró el hombro de Harry, diciendo, —Espera un segundo—, antes de que Harry girara y apartara su mano.
—¡No me toques!— Harry siseó mientras se alejaba apresurado, sorprendido por el toque de Draco.
Los ojos de Draco se abrieron de par en par. —Lo siento, lo siento—, dijo Draco. —No estaba... No quise... No estaba tratando de asustarte.
Harry dio otro paso hacia atrás. Clavó el talón de zapatillas deportivas en el suelo. Agachó la cabeza al sentir el calor de la vergüenza que cubría su piel. Asintió. Conocía esa mirada de ojos ensanchados. Era la que la daba siempre una persona que pensaba que era maltratado regularmente, o alguna cosa ridícula como esa. Era tratado como un potro asustadizo.
—Mira, ¿podemos hablar de esto? Realmente quiero hablar contigo, Harry. Quiero saber qué te ha sucedido. Y sí, me dueles. Quiero hablar sobre eso también. Y si te he lastimado, bueno... Quiero hablar sobre eso más que nada, —susurró.
Harry torció los labios y se mordió el interior de la mejilla mientras el talón de su entrenador continuaba cavando, formando un surco poco profundo en el suelo.
—Lamento haber mentido— , Draco susurró. —No sabía que te lastimaría tanto. Es solo que... pensé que mi madre había muerto, ¿sabes? No podía soportar verla enojada conmigo.
—¿Y eso se supone que te excusa?— Harry gruñó, antes de agachar la cabeza nuevamente y regresar a la fascinante tarea de hacer agujeros en el suelo.
—No. No, no lo hace. Es solo una explicación, Harry. Y fue hace cuatro años. ¿No fue suficiente tiempo?.
Harry se mordió el interior de la mejilla otra vez. ¿Dónde demonios estaba Snape? Pensó en exigir el pago por riesgo: uno no debía estar sujeto a tanta agitación emocional en el transcurso de un día. —Está bien, sí, está bien. Lo entiendo, Draco. Solo... déjame en paz.
Harry giró y cayó de rodillas, poniéndose los guantes de jardinería. —No—, oyó detrás de él. Harry se giró. —¿Qué?.
—Dije que no. Simplemente no voy a dejarte solo. También tengo preguntas, lo sabes—. Cuando Harry no dijo nada, Draco resopló. —¿Y bien? ¿Qué estás esperando? Me debes muchas explicaciones.
Oh, cómo lo golpeó la ira en ese momento. Los puños metafóricos volaron sobre su corazón y lo golpearon en los ojos, cegándolo. Harry se puso en pie de un salto, dio media vuelta y se enfrentó a Draco, sus ojos eran de un verde venenoso. —No te debo nada—, siseó. —En todo caso, tú me debes a mí. Tomé la culpa por ti esa noche, por si no lo recuerdas—, dijo, levantando la voz. —Pero mamá, Harry quería ir al lago, me suplicó que fuéramos al lago. Me obligó a llevarlo al lago—, dijo Harry en una voz quejumbrosa y cantarina, destinada a imitar a Draco a los once años. —Fuiste tú quien quería ir a ese maldito lago, no yo—, gruñó Harry con voz grave mientras daba un paso adelante, —Fuiste tú quien nos arrastró todo el día. Siempre fuiste tú, Draco. Yo tomé la culpa. No dije nada, ¿o lo hice? ¿Y qué hiciste tú? ¿Eh? ¿Qué hiciste? ¡Me abandonaste!— Harry gritó antes de ahogarse en sus palabras. La ira se retiró, dejando atrás el tipo de presciencia que solo podía dejar una coalición. Jadeó cuando se dio cuenta de todo lo que acababa de decir. No había querido decir eso. ¡Maldito jodido Malfoy! Harry tenía que salir de allí. —¡Fuera de mi vista! ¡No te debo una maldita cosa!— Harry rugió mientras trataba de empujar a Draco hacia un lado y alejarse.
Draco sonrió con esa cálida y ahora exasperante sonrisa mientras esquivaba a Harry. —Quizás no me debas nada, pero al menos ahora me estás hablando—, dijo mientras agarraba la muñeca de Harry y evitaba que corriera.
—¿Qué?— Preguntó Harry mientras se detenía a medio empujón, demasiado desconcertado como para darse cuenta de que Draco estaba ignorando la regla de no tocar, y demasiado desconcertado para recordar que, en ese momento, odiaba a Draco Malfoy.
—Traté de ser amable, pero parece que la mejor manera de hacer que me hables es irritándote. Mmm... Tal vez tío Severus tenía algo de razón después de todo.
—Perdiste la cabeza—, soltó Harry, sintiendo como si el mundo se hubiera caído y se hubiese vuelto loco. Draco sonrió de nuevo. Harry tuvo la repentina urgencia de quitar esa expresión de la cara petulante y angulosa de Draco. —Detén esa maldita sonrisa—, dijo Harry frunciendo el ceño mientras liberaba su mano. —Te hace ver como un maldito idiota.
Draco se rio, como si no hubiera escuchado a Harry en absoluto. —Deberías verte a ti mismo. Saltando, gruñendo y chasqueando, ese mechón de cabello volando—. Draco ladeó la cabeza. —Todavía me recuerdas a un pequeño león, ya sabes. Lo he echado de menos, el niño que solías ser. ¿Qué le ha pasado? ¿Y por qué nunca me dijo lo que... bueno, ya sabes?. Solo quiero ser tu amigo, Harry. Déjame serlo. Por favor.
Harry miró hacia otro lado. Se sentía apenado. Parecía que Draco había heredado la inclinación de su padrino por las sacudidas y los giros emocionales. Quería ser amigo de Harry, incluso sabiendo lo que pasaba con él, Draco aún decía que quería ser su amigo. No tenía ningún maldito sentido. Debería estar huyendo de él, no yendo hacia Harry. Todo el desorden sórdido era abrumador y, sin embargo, ese peso estaba de nuevo en el centro de su pecho, sus bordes estaban más definidos. Apestaba a esperanza y eso le asustaba a Harry. —No puedo hacer esto ahora—, susurró.
Draco asintió. —Lo entiendo—, murmuró. —Solo quiero ayudarte. No entiendo por qué no quieres mi ayuda. Por qué no quieres la ayuda de nadie.
Harry negó con la cabeza. Tenía que elegir, lo sabía, era algo que tenía que hacer en ese mismo momento. Cerró los ojos e hizo algo que nunca había hecho. Se arriesgó.
—Has estado en casa, ¿qué, una semana o dos? Esto es... déjame pensar un poco las cosas, ¿si? Simplemente no puedo... no puedo pretender que no he visto ni oído de ti en cuatro años.
—Te escribí...
—Tranquilo. Te creo, ¿de acuerdo? Estoy seguro... estoy seguro de que los Dursley tuvieron algo que ver con las cartas. Pero eso no cambia las cosas. Solo... solo dame un poquito de tiempo para resolver todo esto.
Draco estudió a Harry por unos momentos antes de asentir. —¿Y ahora qué?.
Harry sonrió. Era tan poco frecuente que lo hizo, la piel se sintió extraña estirándose sobre sus dientes de esa manera. —Necesito ayuda con el ligustre.
Draco resistió el impulso de estremecerse. Las plantas realmente no eran lo suyo. Pero, por alguna razón desconocida que él simplemente no podía descifrar, Harry si lo era, y, por el momento, quería ayuda con las plantas. No era mucho, pero era un comienzo, y eso era suficiente. —Comencemos entonces.
