Fajos de papel yacían en ordenadas pilas sobre la mesa del comedor de los Dursley. La aplicación a Wolsford estaba casi terminada. Harry se mordió el labio y miró la aplicación nuevamente, revisando por si se había perdido algo. Había, por supuesto, una omisión evidente: no había ninguna firma del "padre o tutor" de Harry. Harry resopló ante la idea de los Dursley protegiéndolo o procurándolo como haría un tutor cualquiera. Los Dursley no sabían nada de Wolsford, y Harry esperaba mantenerlo así. Sin embargo, no estaba seguro de cómo cumplir con el requisito de la firma. El señor Snape había bufado cuando se lo había comentado y le había dicho que se encargaría de eso.

Todo lo que quedaba era que Harry plasmara en el documento su propia firma. Tomó el bolígrafo. Dudó. Después de unos momentos, dejó la pluma de lado. —Todavía no—, se dijo mientras se levantaba y se acercaba a la nevera, examinando sus opciones de cena. —Sobras de Curry o una lechuga oxidándose. Caramba, Harry, ¿qué elegirás?—, Murmuró para sí mismo con un suspiro exasperado.

Harry salió de la cocina y se tiró en el sofá. Pasó una cantidad desorbitada de tiempo meneándose sobre su cómodo lugar simplemente porque podía. No era frecuente que le dejaran sentarse sobre los buenos muebles y estaba malditamente disfrutando de ello mientras podía. Los Dursley estaban de vacaciones y lo habían dejado a su suerte. A Harry no le había importado en lo más mínimo. Vernon había acumulado demasiados días de vacaciones en el trabajo y le había "sugerido" a su familia que tomaran unas largas vacaciones de verano para deshacerse del exceso de sus días acumulados por ley. Harry más bien pensó que tenía algo que ver con esa secretaria de la que Vernon parecía no podía apartar sus manos, si los agudos y chillones monólogos de tía Petunia eran alguna pista sobre eso. Demasiado ocupado con otras cosas, y fuera de algún golpe ocasional, un fuerte empujón o un manotazo, Vernon lo había dejado en paz.

Su ausencia era más bien una bendición, pensaba Harry, mientras se retorcía e inspeccionaba las pilas de ensayos revisados para la solicitud, los exámenes de ingreso de opción múltiple, las páginas de solicitud fotocopiadas y sus fallidos intentos de explicar su fantástico desempeño académico, su completa falta de actividades curriculares destacables (dudaba que el tejido se considerara deporte), y el sello ministerial que lo marcaba como una víctima de hostigamiento de manera vaga y políticamente correcta. Apartó la vista. No, no iba a pensar en Wolsford en ese momento. No había hecho nada más que pensar en Wolsford durante días enteros. Encendió la televisión.

Después de una hora o más de fingir ver un ridículo programa de variedades, Harry se dio cuenta de que se estaba mordiendo el interior de la mejilla y estaba pensando en Wolsford. —Es una tonería—, dijo rodando los ojos. Se giró de nuevo y miró las pilas de papeles, burlándose de él con su silencio. —No pueden obligarme—, escupió Harry antes de encorvarse y pasar sus manos por su cabello. —Diablos, ahora estoy hablando con el papel—, dijo. Se puso de pie y caminó hacia la mesa. Se sentó y tomó el bolígrafo una vez más. Con movimientos eficientes y centrados, se dirigió a la página posterior de la aplicación, alisó el papel y colocó la pluma en el borde de la línea de la firma. Respiró hondo y... vaciló. De nuevo. Arrojó el bolígrafo sobre la mesa, mirándolo balancearse un poco antes de detenerse. —Maldita sea—, juró, la fuerza de ello hizo que su flequillo se agitara. Se frotó la parte posterior del cuello. Miró el bolígrafo que yacía inocentemente de lado, esperando que lo recogiera y firmara la solicitud. —¡Todavía no! Todavía tengo tiempo. No estoy listo—, gruñó Harry. —Mierda. Ahora estoy hablando con la pluma—, murmuró. Se frotó la cara con la mano durante unos segundos. Se sentía nervioso. No podía soportar estar sentado en esa mesa un segundo más. Se puso en pie de un salto, listo para hacer su recorrido por la casa una vez más.

Miró el contenido de la nevera, se dirigió a la sala de estar, miró la televisión con indiferencia y se repitió a sí mismo una y otra vez que no estaba pensando en Wolsford, ni en los papeles, ni en su bolígrafo, o en el señor Snape. Todo era su culpa, decidió Harry.

El señor Snape había estado yendo al vivero y lo había acosado hasta el cansancio con el asunto del internado. Mientras comprara cosas, el señor Wells lo dejaba hacer lo que quisiera. Harry estaba seguro de que un día iba a ir a trabajar solo para descubrir que el señor Snape había reorganizado todo el criadero por zona de resistencia, con referencias cruzadas por tolerancia a la sombra.

No. Eso no sucedería. Estaba demasiado concentrado en otras cosas, una cosa, en realidad, la aplicación a Wolsford de Harry. El señor Snape incluso había llegado a advertirle a Harry que si no tomaba una decisión en los próximos días, retiraría su recomendación y su apoyo. Las constantes quejas de Severus acerca de eso le causaban a ataques de pánico y, al parecer, le hacían tener conversaciones con objetos inanimados. Harry había tratado de explicarle que no estaba siendo insolente; había sido honesto, no sabía qué hacer. Descubrió que no podía explicar por qué podría optar por quedarse donde estaba, donde sabía cómo funcionaba el mundo y donde conocía su lugar en él, en lugar de arrojarse a lo desconocido. Había sobrevivido mucho tiempo contando con lo predecible. Wolsford era impredecible.

Sin embargo, a pesar de esa reticencia, Harry se sentía atraído por el atractivo exótico de la vida en un internado de la alta sociedad. Era la oportunidad de ser él mismo y alguien más al atravesar y aprender en las salas elegantemente designadas de instituto. Habían otras razones tontas, triviales, para ir, Harry soñaba despierto con montar a caballo por primera vez, con ir de vacaciones a la costa con sus compañeros de curso, comer adecuadamente comidas hechas por otra persona que no fuera él, participar en las tradiciones de Wolsford transmitidas de generación en generación, todas estas pequeñas cosas le despertaron un anhelo que él no sabía que estaba allí. La idea de compartir todo eso con personas que parecían genuinamente preocupados por él era aún más seductor... y aterrador.

Los pensamientos de Harry tomaron un brusco cambio del señor Snape a Draco. Habían pasado varias semanas desde el proyecto de replantación en la propiedad Malfoy. Después de su espectacular explosión, Draco había trabajado con él, ayudándolo como podía. La mueca de disgusto de Draco por tener que esparcir el fertilizante (después de saber exactamente lo qué era) le había valido algunas risas a costa suya, pero el hecho de que Draco lo hubiera hecho y continuara haciéndolo, golpeó algo dentro de Harry. Habían pasado bastante tiempo juntos desde entonces. Era como cuando eran niños, al parecer, Draco persiguiendo a Harry y nunca dándole descanso, arrastrándolo a lo largo de la vida, obligándolo a participar. Todo eso había derribado a Harry. Estaban renovando su amistad. Harry estaba contento de eso, aunque odiaba lo maravilloso que se sentía. Estaba aterrorizado de acostumbrarse, de quererlo, de no ser capaz de dejarlo ir si la sensación quería abandonarlo de nuevo.

El sonido del teléfono sobresaltó a Harry. Una pequeña sonrisa brilló en su rostro. Tenía que ser Draco. Nadie llamaba mientras los Dursley estaban fuera.

—Hola—, respondió Harry. Hubo una vacilación al otro lado de la línea.

—Harry. Hola. Es Draco. ¿Estás ocupado?.

—Muchísimo.

—De alguna manera lo dudo. Escucha, me preguntaba si, bueno, si quieres venir a casa a cenar. Pensé que después podríamos ir a ver esa nueva película en el cine de la ciudad, la que dijiste que creías que lucía bien.

Harry vaciló. —Um. No lo sé. La película suena bien. Solo tengo, eh... Tengo algunas cosas en las que trabajar en casa.

—Siempre dices eso.

—Bueno, es verdad.

—¿Regresaron los Dursley? ¿Es por eso que no puedes venir?.

Harry suspiró. —Draco, sabes que no lo han hecho.

—Una razón más para que vengas, entonces. No deberías estar solo. No puedo creer que te dejen allí. Solo. Eso es... eso es... bueno, ya sabes lo que es.

—Hemos pasado por esto. No vamos a hablar de eso otra vez.

—Bien. Ven a cenar, entonces. Tío Severus o mamá pueden recogerte si ese es el problema.

—No, no es eso.

—Bueno, ¿qué pasa entonces? Sigues rechazando mis invitaciones a cenar, a menos que sea para comer algo en la ciudad. Es terriblemente grosero, ya sabes—, dijo Draco bufando.

Harry se rio entre dientes. Draco todavía era Draco. —Aquí tengo mucho que hacer.

—¿De verdad? ¿Cómo ver cómo los paneles de yeso se despegan de las paredes mientras te deshaces para que regrese tu querida familia?.

Harry frunció el ceño. —Mira, no me vas a provocar con eso.

—Claro que sí. Es lo que hago. Así que, saltémonos los dramas, ¿de acuerdo? Tío Severus te recogerá alrededor de las cinco y media, entonces.

—Draco...

—...Te veo luego, Harry.

—...Draco, dije que... maldita sea,— maldijo en voz baja cuando Draco colgó. —Maldición Draco, no tienes idea de lo que estás haciendo—, dijo a las paredes de yeso. Suspiró. Podía simplemente devolver la llamada y decir que no iría. Podía esconderse cuando el señor Snape llegara y no atender la puerta. Sacudió la cabeza. No, era mejor terminar con eso. Había tardado mucho tiempo en llegar y Draco no estaba dispuesto en dejarlo ir. Además, las sobras de curry no lucían muy bien. Echó un vistazo a la aplicación Wolsford y levantó las manos en señal de rendición o de frustración, sin estar seguro de cuál. Su vida se había vuelto demasiado complicada.

Draco colgó el teléfono y sonrió. Había aprendido hacía mucho tiempo que la forma más fácil de hacer que Harry hiciera lo que él quería era darle pocas opciones en el asunto. Por supuesto, eso había fracasado espectacularmente en algunas ocasiones, pero eso era demasiado importante como para no correr el riesgo. Draco estaba cansado de que nadie hiciera nada acerca de la "situación de Harry", como lo llamaba. Cada vez que intentaba hablar con su padrino acerca de alejar a Harry de los Dursley, le decía que lo dejara en paz. No había hablado con su madre sobre nada, había estado tan nerviosa y molesta últimamente que dudaba que supiera algo. Draco pensó que funcionaría lo que había planeado. Sonrió y fue en busca de su madre.

—Mamá—, dijo Draco mientras se dirigía a la cocina, —Harry vendrá a cenar y luego iremos al cine. ¿Está bien si se queda a pasar la noche?.

Narcissa giró desde donde estaba parada en el fregadero. —¿Qué?.

Draco parpadeó. No estaba acostumbrado a ver a su madre tan inquieta. —Dije...

—...Te escuché, —murmuró Narcissa. Respiró hondo, armándose de valor. —Bien—, dijo con una sonrisa agradable, decidida a mantener las apariencias. Era mejor que superaran todo eso, de cualquier forma. Hacía mucho tiempo que lo veía venir. Estaba sorprendida de que no hubiera sucedido antes, cuando Harry había ido a ayudar a Severus a replantar el jardín. Pero cada vez que Harry la había visto había retrocedido, la expresión de su cara había decaído, y había murmurado, "Sra. Malfoy", en tono cortés antes de salir corriendo. —¿A qué hora? ¿Debería hacer asado?— Preguntó Narcissa.

Draco parpadeó de nuevo. —Um, a las seis en punto. Le pediré a tío Severus que lo recoja a las cinco y media. El asado suena bien.

—Maravilloso—, dijo Narcissa con voz delgada y aguda.

—Mamá, ¿todo está bien? ¿Debí haberte preguntado con más tiempo? No tenías nada más planeando, ¿o sí?.

—No, está bien, mi dragón. Simplemente me pillaste por sorpresa.

—Está bien—, dijo Draco, desconfiando totalmente de esa respuesta. —Gracias.

Narcissa vio a Draco salir de la cocina antes de maldecir en voz baja. Iba a ser una noche difícil. Todas sus pesadillas y pensamientos inducidos por la culpa se colocaron al frente de su mente. Imaginó a Harry, hosco y malhumorado, de pie, derribando su silla, señalándola con un dedo tembloroso, y acusándola de ser cómplice del abuso infantil que había sufrido en respuesta a si quería más guisantes. No, tal vez aparecería con un ojo ennegrecido o moretones visibles y bufaría mientras explicaba o mentía sobre ellos. Imágenes de confrontación, gritos, llantos, cuencos de patatas batidas y platos rotos llenaron su mente. —Draco, no tienes idea de lo que has hecho,— murmuró en voz baja mientras obedientemente comenzaba a preparar un asado, sintiéndose un poco como si fuera su última comida.

Draco estaba en la puerta escuchando las instrucciones de Severus través de su móvil a alguien llamado Passuer. Su francés era impecable, al igual que su latín, italiano y portugués.

Non—, espetó Severus mientras caminaba de un lado a otro, suspirando irritado.

Draco cruzó sus tobillos y se inclinó hacia el marco de la puerta, la diversión jugando en sus labios. Era una escena familiar, Severus paseaba de un lado a otro, gritándole a su asistente de laboratorio por su incompetencia. Lo único que cambiaba era el acento.

¡Non, Passuer! ¡Je ne pense pas!— Sevuers hizo una pausa antes de que su espalda se pusiera rígida y soltara una sarta de obscenidades. —¡Oui, Oui, Passuer! Oui, la Bletilla striata— ladró. —Por el amor de... Oui, je suis sûr que-Passuer, ¡Passuer! Estoy seguro... Sí... Bon... Salut", dijo antes de cerrar el pequeño móvil y tirarlo en su silla.

—¿Problemas en el laboratorio?.

Severus se giró. —Oh, eres tú—, dijo, todavía agitado por su conversación con Passuer.

—Parece que estás teniendo problemas con ese proyecto de orquídeas.

—No tienes idea. ¿Necesitas algo?— Preguntó, todavía molesto, todavía distraído.

—Sí, en realidad. Esperaba que pudieras ir a buscar a Harry a las cinco y media. Viene a cenar y luego vamos al cine.

—Has logrado cansarlo, entonces—, Severus se burló.

Draco miró su jersey. —No es así. Simplemente no le di la oportunidad de decir que no.

—Sí, bueno, eso parece funcionar con él. ¿Le has preguntado a tu madre?.

—Sí, por supuesto. Está encantada de ver a Harry otra vez—, dijo Draco.

Severus miró a Draco, sin creerle. —Bueno, eso es ciertamente interesante—, dijo después de un largo tiempo.

—Sí, bueno, ¿puedes o no?— Draco espetó, sintiéndose incómodo. Había algo extraño sucediendo y no podía saber que era.

—Cuidado con tu tono—, dijo Severus. —Sí, está bien. Haré lo que me pides.

—¿Eso te convierte en mi súbdito?" Draco bromeó, alejándose antes de que Severus pudiera extender la mano, agarrarlo y golpetear dentro de él algo del sentido común que Severus insistía en que no tenía.

Tres pequeños golpes sonaron exactamente a las cinco y media. Harry luchó contra el impulso de hundirse más en el sofá. No se movió. Solo necesitaba unos segundos más para tranquilizarse.

A las cinco treinta y uno, sonaron tres golpes más. Esta vez, sin embargo, fueron acompañados por el staccato[1] irritado del señor Snape. —No tengo el hábito de esperar a por petulantes escolares—, ladró a través de la puerta. Incluso amortiguado por la madera y la piedra, su voz hizo que Harry saliera corriendo del sofá hacia la puerta.

—Voy—, dijo Harry mientras trotaba hacia el pasillo y abría la puerta. —Lo siento. Estaba... eh... solo terminando... eh, algo—, Harry tartamudeó.

—Ya veo. No sería tu aplicación Wolsford, ¿o sí?— preguntó con una mueca.

—Déjelo en paz—, gruñó Harry.

—Solo tienes unos cuantos días más.

—...Lo sé, ¿está bien? Lo sé. Lo ha dejado perfectamente claro. Solo, simplemente deténgase, me está volviendo loco con esto, ¡me tiene hablando con bolígrafos y papel, y con las paredes!

Severus vaciló. —No has puesto eso en tu ensayo de solicitud, ¿o sí?

—Maldita sea—, escupió Harry. —¡Solo déjelo!.

Severus miró a Harry, pero Harry se negó a retroceder. —Muy bien—, murmuró después de un largo momento. —¿Nos vamos?.

Harry bufó. —Bien, Jeeves[2]. ¿Puedo sentarme en la parte de atrás y todo?— El Sr. Snape gruñó. Harry palideció. —Solo quería divertirme un poco, señor Snape,— dijo mientras cuidadosamente daba un paso alrededor del hombre ceñudo y caminaba hacia el auto.

Narcissa oyó que el auto se detenía en el camino. Sus manos flaquearon, haciendo que dejara caer las flores que había estado arreglando para la mesa. —Deténganlo—, susurró para sus adentros antes de volver a levantar los crisantemos. Los recompuso rápidamente, dejándolos caer en el jarrón que les esperaba. —Allí. Hecho—, dijo mientras tomaba el jarrón y miraba hacia el comedor. Trató de mantener su respiración incluso cuando escuchó a Draco abrir la puerta. No. Aquello no era más que una simple cena. No había razón para estar tan nerviosa. A pesar de eso, Narcissa casi deja caer el jarrón cuando escuchó la suave voz de tenor[1] de Harry. Se detuvo y respiró profundamente. —Mantén la compostura—, dijo, recordando que ella era una Malfoy y que había sobrevivido a cosas mucho peores que esa.

—Mamá, Harry está aquí—, llamó Draco mientras él, Harry y Severus entraban al comedor.

Narcissa se quedó quieta por un momento antes de darse la vuelta. Sonrió. —Harry. Encantada de verte de nuevo—. Por costumbre, dio un paso adelante para besarlo en la mejilla. Por costumbre, él comenzó a alejarse. Ambos se detuvieron cuando se dieron cuenta de lo que estaban haciendo. Narcissa notó que Severus los estaba mirando. Observándolos.

—Señora. Malfoy—, dijo Harry finalmente con un breve asentimiento de cabeza. Se aclaró la garganta. —Gracias por invitarme a cenar—, murmuró, sus ojos en todo lo que había en la habitación excepto ella.

—Es un placer—, dijo ella, resaltando la formalidad de su tono.

—A cenar, entonces—, dijo Draco, mientras acompañaba a todos a la mesa. —Tenemos una película que ver—, dijo como disculpándose cuando todos lo miraron extrañados.

—Bueno, no lo retrasemos, entonces—, dijo Narcissa mientras se sentaba.

La noche comenzó bastante bien. La única respuesta de Harry a si quería más guisantes fue un educado: "No, gracias". Y fuera de algunas miradas extrañas entre los chicos y la expresión de halcón de Severus al ver todo lo que sucedía, la cena era algo normal.

Y luego todo se fue directo al infierno.

—Leí un artículo de lo más interesante ayer—, comenzó Draco mientras hacía dos cortes limpios y tomaba un pequeño bocado de carne asada.

—¿En serio? Cuéntanos—, dijo Narcissa, sintiéndose relajada. La cena casi había terminado.

—Era acerca de esa horrible situación en Shopshire, ya sabes, la familia que estaba abusando de sus tres hijos y sus vecinos lo sabían, pero no hicieron nada al respecto. Bueno, hasta que el más pequeño murió, por supuesto.

Narcissa se atragantó con su vino. El cuchillo y el tenedor de Harry resonaron en su plato. Severus fingió que nada de lo que acababa de decirse había sido dicho mientras tomaba un trago generoso de pinot noir.

Draco miró a su madre. Su mandíbula estaba en una línea firme y sombría. Eso era exactamente lo que quería ver. Ella estaba indignada. Perfecto. —¿Puedes creerlo, mamá? Los vecinos sabían y no hicieron nada. ¿Qué piensas de eso?.

Narcissa entornó los ojos. Su mirada se movió de un lado a otro entre Harry y Draco. Harry estaba mirando y obviamente estaba golpeando a Draco por debajo de la mesa, como diciendo, "¿Qué estás haciendo? ¡Te dije que nunca lo mencionaras!" Su mirada se movió hacia Draco, quien la estaba mirando fijamente, desafiándola a decir algo. Así que así era como iba a ser, entonces. Su propio hijo estaba en contra de ella. Basándose en años de experiencia en evitar una confrontación tan indecorosa, Narcissa tomó otro bocado de asado. —Severus—, dijo mientras su cuchillo y su tenedor hacían pequeños movimientos de apuñalamiento, —¿Comprendí que has contratado a un joven de Provenza? ¿Qué tal está trabajando?— ella preguntó, tomando un bocado delicado.

Antes de que Severus pudiera responder, Draco lo interrumpió. —Mamá, ¿me oíste? ¿Qué piensas de lo que pasó en Shopshire?.

Narcissa tomó un generoso trago de vino, su mirada se dirigió a Harry por un breve momento. Su cara estaba sonrojada, sus ojos demasiado brillantes. —Sí, te escuché—, dijo con un resoplido. —Esa es una conversación inapropiada para la cena Draco, estaba tratando de ahorrarte un poco de vergüenza—, murmuró cortésmente, su mirada continuaba a la deriva hacia Harry, esperando su reacción.

—No estoy de acuerdo,— dijo Draco.

—Draco, detente—, susurró Harry, aunque sonó más como un silbido en los oídos de Narcissa.

—No, no lo haré—, dijo Draco. —¿No vamos a hablar de esto? ¿Vamos a pretender que Harry no está en peligro, viviendo con esa horrible gente? Tenemos que ayudarlo. ¿No lo ves?.

—Draco, por favor—, suplicó Harry.

—Quizás este no es el mejor momento, Draco,— dijo Severus, finalmente uniéndose a la conversación.

—Creo que es el momento perfecto. Todos estamos aquí. Es hora de que hablemos de ese horrible elefante rosa[3]. Además, es hora de que mamá sepa lo que está pasando—, dijo Draco.

Harry suspiró y cerró los ojos. —Draco, no sabes lo que estás... mira, déjalo ir. Detente.

—No. No cuidarás de ti mismo, así que yo lo haré. Lo haremos. No seremos esas horribles, horribles personas en Shopshire que le dan la espalda a los problemas. Todas esas personas deberían ser ahorcadas por lo que han hecho.

—¿Crees que son horribles, verdad?— Narcissa estalló antes de poder detenerse.

—Sí. ¿Tu no?— Draco preguntó. Cuando Narcissa miró hacia otro lado y no dijo nada, Draco continuó. —No puedes simpatizar con esas... esas horribles personas—, dijo Draco. —No puedes.

El sonido de la silla de Harry al traquetear cuando la empujó hacia atrás captó la atención de todos. —Gracias por la cena. Creo que volveré a casa. Draco, lo siento, pero no estoy listo para la película. Señor Snape. Señora Malfoy—, dijo Harry antes de darse la vuelta para irse.

—¿Que está pasando?— Draco exigió. —Harry, no puedes irte. No te dejaremos. ¿No lo haremos, verdad mamá? ¿Mamá?— Draco preguntó.

—Déjalo—, Harry ladró. —No sabes... Draco, esto no es... ¡Mierda! ¡Solo déjalo!

—¡No!— Dijo Draco mientras agarraba el brazo de Harry y evitaba que se fuera. —No te vas a ir. No estás solo. No voy a dejar que pases por esto. Estoy aquí, también lo están el tío Severus y mamá. No vamos a dejar que esto te pase a ti, Harry. No seremos esas personas horribles en Shopshire.

—¡Ya lo eres!— Harry rugió, sacudiendo la mano de Draco.

—¿De qué estás hablando? ¡Estamos tratando de ayudarte!.

Harry maldijo por lo bajo. No había querido decir nada. —No necesito tu ayuda. No quiero tu ayuda. Haz que pase por tu gruesa cabeza. ¡De ninguno de ustedes! ¡No los necesito!.

—¿Qué está mal contigo?— Draco gritó justo cuando Severus se levantó de su asiento.

—Eso es suficiente—, ladró Severus.

Ni Harry ni Draco le hicieron caso. —No hay nada malo conmigo, Draco, pero hay algo muy mal contigo. ¿Qué te poseyó para hacer esto?— Harry trató de alejarse una vez más, pero Draco curvó sus dedos con más fuerza. —Déjame ir—, Harry gruñó mientras tiraba con más fuerza.

—No. No voy a dejar que te vayas esta vez. Es hora de resolver esto. Queremos ayudarte, ¿qué hay de malo con eso? Y en cuanto a por qué dejé salir esto, ¿por qué no lo haría? Eres mi amigo. ¡Quédate quieto!.

En cuestión de segundos, los muchachos fueron encerrados en un extraño forcejeo, empujándose el uno al otro, tirando, gruñendo, todo mientras Severus les gritaba que se estaban comportando como matones callejeros y amenazaban con separarlos.

—No somos como esas personas en Shopshire,— gruñó Draco mientras agarraba la muñeca de Harry.

—Lo eres, maldita sea—, rugió Harry mientras trataba de apartar a Draco.

—¡No sabíamos, no lo hacíamos! ¿Cómo te atreves a decir que lo sabíamos?—, Siseó Draco mientras se alejaba de una cruel patada dirigida a su espinilla derecha.

—¡Ella lo sabía!—, Gritó Harry mientras Draco usaba su cuerpo claramente más grande para inmovilizarlo.

—Has perdido la cabeza. ¿Ella, quién?— Draco estalló. —¡Deja de patearme!.

Fue demasiado para Narcissa. Años de culpa aplastante la golpearon mientras el combate cuerpo a cuerpo se desarrollaba. No podía soportarlo más. —Déjenlo. ¡Deténganse en este instante!— dijo Narcissa mientras se levantaba. Los chicos no le prestaron atención. —¡Detente! ¡Lo sabía! Lo sabía, Draco. Por favor, detente—. Los chicos se detuvieron y se volvieron asombrados. Harry no podía creer que ella finalmente lo hubiera admitido. Draco no podía creer que su madre fuera así, como esa gente en Shopshire.

—¿Mamá?— Draco preguntó en un susurro.

—Lo sabía—, murmuró Narcissa mientras caía de nuevo a su silla.

El silencio cayó, su efecto fue estuporoso. Harry y Draco se quedaron en una parodia de abrazo, sus manos todavía se aferraban el uno al otro.

—¿Qué?— Draco preguntó después de que el shock inicial pasó. Soltó a Harry y avanzó tambaleándose un paso. —Eso es... eso es... no. No es verdad. Tu no... no es verdad.

—Lo es—, dijo ella. Ella volvió su mirada hacia Harry. —Lo siento mucho—, susurró, las lágrimas corrían por su rostro. —Lo lamento mucho.

Harry dio un paso atrás. Se abrazó, bajó la cabeza y asintió. Habría hecho cualquier cosa, habría dicho cualquier cosa, para salir de allí. —Bien. Gracias. Yo sólo... sólo me iré ahora.

La mano de Draco se estiró hacia atrás y agarró su muñeca, evitando que se fuera.

—Déjame ir—, siseó Harry.

—No—, dijo Draco antes de volverse hacia su madre. —¿Qué quieres decir con que lo sabías?.

—Tal vez sería mejor tener esta conversación en la sala de estar—, murmuró Severus.

La mirada de Draco se dirigió hacia Severus. —¿Lo sabías también, entonces?.

Harry alzó la vista ante eso; sus ojos estaban oscurecidos y llenos de preguntas.

—Lo sospechaba, pero no, no lo sabía—, dijo Severus.

—No eres mucho mejor, entonces—, dijo Draco con una sonrisa burlona.

La réplica estaba en la punta de la lengua de Severus, pero la dejó morir ante la expresión de angustia en el rostro de Harry. Severus se negaba a jugar de esa manera. Draco, sospechaba Severus, estaba a punto de ver su mundo al revés y Harry, sus secretos cuidadosamente guardados se derramaban. Observó a Harry cuando Draco soltó su muñeca y dio otro paso adelante. Severus podía ver a Harry cerrándose, retirándose. Sería doloroso, Severus sabía, pero era lo que tenía que suceder.

—Dime —, espetó Draco mientras caminaba hacia su madre.—¿Dime cómo pudiste permitir que esto sucediera? Explícame.

—No me hablarás de esa manera—, siseó Narcissa, su tono frío e inquebrantable. —Hubieron circunstancias de las que no estás enterado. Ninguno de ustedes—, dijo, —incluso Harry.

Harry se alejó un poco más hasta que estuvo en la esquina de la habitación. Se abrazó a la pared con la espalda, deseando poder desaparecer. Había pensado en irse, imaginando que podría escapar sin ser visto mientras Draco y su madre discutían. Pero la mirada inquebrantable del señor Snape lo tenía inmovilizado. Harry no iría a ninguna parte, no por un largo tiempo.

Harry luchó por controlar sus emociones. La mirada del señor Snape era desconcertante y no deseaba meterse en medio de Draco y su madre. Harry miró hacia abajo, tratando de enfocarse en la alfombra. Él casi se rio. Habría reconocido el patrón de esa alfombra en cualquier lugar. Pensó en los tiempos en que era niño, deseando ser parte de la familia Malfoy, deseando ser imbuido por su encanto dorado. Se sonrió a sí mismo ante la idea de que el oro había sido bronce todo el tiempo. La idea no lo dejó tan vindicado como había pensado que lo dejaría. Lo hizo sentir bastante triste.

Levantó la vista cuando se dio cuenta de que la señora Malfoy lo había incluido en la histérica pelea a gritos que Draco estaba empeñado en librar. Se arrastró aún más lejos, maldiciendo a las paredes mientras se negaban a tragárselo entero. No era la conversación que siempre quiso tener. Había guardado todo eso, lo había enterrado cuidadosamente, esperando no tener que volver a encontrarlo. Por supuesto, sería Draco quien cavaría y cavaría y cavaría e ignoraría los límites sin pensarlo dos veces. Eso era lo Draco que hacía. Harry descubrió que no podía envidiarle eso.

—¿Qué circunstancias? ¿Qué podría haber justificado esto?— Draco dijo.

—No lo entiendes, Draco. Si pudieras simplemente escuchar—, suplicó Narcissa.

—No, no hay nada que puedas decir que justifique esto. ¡Nada! ¿Cómo pudiste hacerle eso?.

Harry volvió a mirar la alfombra, fingiendo no notar la mirada del señor Snape, fingiendo no escuchar la conversación que Narcissa y Draco estaban teniendo sobre él. Era parte del proceso, realmente. La gente siempre hablaba de él como si él no estuviera en la habitación, incluso cuando estaba allí mismo.

—Te estás comportando como un niño mimado. Este no es ni el momento ni el lugar para esto—, dijo Narcissa.

Draco resopló. —Sí, el decoro es tan importante como la vida de un niño maltratado, ¿no es así, madre? Me disgustas. Si solo padre estuviera aquí. Él nunca hubiera defendido esto. Si papá estuviera aquí...

Narcissa se irguió en toda su estatura y cerró la distancia entre ella y Draco en unos pocos pasos. —Tu padre, dices—, gruñó, interrumpiendo a Draco. —¿Crees que tu padre lo hubiera hecho de manera diferente?.

—Narcissa,— susurró Severus, su mirada dejando a Harry por un breve segundo.

—Sí. Él fue valiente y honesto. No hubiera sido un cobarde como tú—, escupió Draco.

Narcissa ignoró a Severus. —Déjame contarte algunas cosas sobre tu querido y muerto padre.

—Narcissa, este no es el momento,— siseó Severus mientras se acercaba al lado de Narcissa.

—Creo que es hora de que derramemos todos nuestros sucios secretitos—, lloriqueó Narcissa mientras se alejaba de Severus.

—¿De qué estás hablando?— Draco preguntó, su mirada amplia.

—Deja que los muertos mientan, Draco, —advirtió Severus. Draco no escuchó.

—No. Mamá está tratando de desviar el tema. Padre no hubiera permitido que esto sucediera. Dile, tío Severus.

Los labios de Severus se fruncieron y miró fijamente a Draco, deseando que se alejara del tema. Harry pudo ver eso. Podía ver que el mundo de Draco estaba a punto de derrumbarse. Su corazón saltó a su garganta. No podía soportarlo.

—¿Tío Severus?— Draco cuestionó, su voz, junto con su determinación, vacilaron. —Dile. Dile que miente. Padre fue valiente. Fue un héroe.

—Era un desvergonzado y sinvergüenza que fue asesinado por avaricia. Nos dejó con poco más que un legado de engaño y vergüenza—, dijo Narcissa antes de que pudiera contenerse.

Harry se preguntó cuánto tiempo había mantenido ese secreto encerrado. Las palabras habían salido volando de su boca con tanta fuerza, que estaba seguro de que solo años y años de ira y amargura podrían haberlo producido.

Draco dio un paso hacia atrás. —Estás mintiendo—, lloró, negando con la cabeza.

Narcissa se arrastró hacia adelante, encontrándose con Draco paso por paso. —Oh, cómo me gustaría estarlo haciendo, mi dragón. Pasé años, AÑOS, sufriendo los efectos de su desastre mientras trataba de mantenerte seguro y feliz. ¿Sabes cómo murió, Draco? ¿Lo sabes de verdad?.

—Él estaba... estaba salvando a alguien. Me dijiste que...

—Sé lo que te dije, pero no sucedió de esa manera. Verás, tu padre traicionó a algunos hombres muy, muy desagradables, que no tomaron amablemente su traición. Entonces, lo mataron. Nos destruyó.

Harry sintió la bilis subiendo en su garganta mientras miraba lo que estaba sucediendo. Quería hacer algo, cualquier cosa, pero no sabía qué. Dio un paso adelante, un movimiento inconsciente.

—No, no te creo. No es verdad.

—Pregúntele a tu padrino entonces.

—Narcissa,— gruñó Severus.

Draco se dio media vuelta de manera agresiva. Su cara estaba pálida, su pecho estaba agitado. Algo dentro de Harry se rompió el ver a su amigo tan asustado, tan inseguro. El mundo de Draco acababa de colapsar y Harry estaba parado a un lado, sin querer involucrarse, intentando desesperadamente fingir que no estaba sucediendo. En ese momento, tuvo una idea de lo que Narcissa debía haber sentido hacía tantos años. Dio otro paso adelante, y luego otro.

—¿Tío Severus?— Draco preguntó en voz baja. —No es cierto, ¿verdad? Está mintiendo. Dime que está mintiendo.

Severus vaciló por un momento. Tragó saliva. Respiró profundamente. —Tienes que entender,— comenzó Severus en un suave murmullo.

—¡NO!— Draco se sobresaltó, sabiendo que Severus quería confirmar lo que Narcissa había dicho, no refutarlo.

Harry no pudo soportarlo más. —¡Basta! ¡Lo están lastimando! ¡Solo, deténgase!— gritó, mientras se alejaba más de su escondido rincón. Sus manos estaban cerradas en apretados puños. —No lo valgo, ¡solo basta!.

Narcissa se dio la vuelta, al igual que Draco. Ambos miraron a Harry.

—Harry, deja que resuelvan esto,— murmuró Severus mientras se dirigía hacia Harry y trataba de alejarlo del comedor.

—No—, gruñó Harry mientras se soltaba del ligero agarre de Severus. —Esto es por mi culpa. Deja de lastimarlo. ¡Deja de mentirle!.

Narcissa suspiró y sonrió tristemente. —Lo siento, pero es la verdad—, murmuró en voz más baja. Intentó tomar a Draco en sus brazos, pero él retrocedió.

—¿Por qué? Es... ¿por qué?— Preguntó Draco, sin estar seguro de lo que quería preguntar, decir o hacer.

—Hay muchas razones. Es... complicado—, dijo Narcissa. Le lanzó una mirada a Harry. —¿Recuerdas el día antes de que te fueras a Wolsford, Draco?.

Draco tenía el rostro colorado. —¿Por qué mencionas eso ahora?— siseó.

—Había un hombre, un hombre muy malo, llamado Trotter Blackmun. Era un socio de tu padre. Tu padre lo engañó con una gran cantidad de dinero y lo implicó en algunos de sus tratos. Blackmun pasó un tiempo en prisión por eso.

—¿Qué tiene eso que ver con esto? ¿Más tácticas para hacer que el comportamiento de mi padre sea más horrible que el tuyo?.

Narcissa agarró a Draco por la parte superior del brazo y lo sacudió ligeramente. Aflojó su agarre ante la aguda respiración de Harry. —Vas a escucharme—, gruñó mientras sentaba a Draco en la silla de un comedor. —Ustedes dos—, dijo asintiendo a Severus y a Harry. —Siéntense. Si vamos a hacer esto, por lo menos vamos a ser civilizados al respecto.

Harry se arrastró hacia la mesa, cauteloso y suspicaz. Empezó a tomar su lugar pero, en el último momento, corrió al otro lado de la mesa y se sentó junto a Draco. El paso de Severus era mucho más ligero. Regresó a su asiento en la cabecera de la mesa. Levantó una ceja cuando Harry se acercó a Draco.

Narcissa alisó su cabello y tomó otro trago de vino. Se echó hacia atrás y cerró los ojos por un momento, concentrándose en sus pensamientos. —Unos meses antes de ese día, Trotter Blackmun fue liberado de prisión. Comenzó a venir a la casa, amenazándome, burlándose de mí. No te lo dije porque no quería preocuparte.

Draco se hundió en su lugar, algo de su justa indignación se desvaneció. —Deberías haberme dicho algo—, gruñó.

—Tal vez, pero lo que está hecho está hecho. El día de la fiesta de cumpleaños de Harry, descubrí una nota del señor Blackmun. Nos había amenazado, a los dos en esa ocasión y estaba claro que había estado en la casa. Vino a la casa otra vez al día siguiente, había hecho que pareciera que los había secuestrado a ti y a Harry y que estaba planeando hacer cosas terribles con ustedes. Cuando desapareciste ese día... Draco, pensé que te había perdido—. Narcissa agarró las manos de Draco y las sostuvo fuertemente. —Pensé que te había perdido—, repitió, las lágrimas corrían por su rostro. —No podía soportar perder a nadie más.

Harry notó que Draco también estaba llorando, aunque lo estaba escondiendo bastante bien.

—Mamá—, dijo Draco, recordando cómo había pensado que había perdido a su madre esa noche también. —Mamá—, repitió, incapaz de decir mucho más. Madre e hijo se acurrucaron en la esquina de la mesa del comedor, con la cabeza enterrada.

Harry miró el mantel, su rostro estaba rojo de vergüenza. No manejaba bien ese tipo de escenas emocionales. Pasó el dedo por la servilleta de la cena, maravillado por la suavidad y la precisión de los bordes bordados a mano. Estaba tan concentrado en la servilleta, que casi se perdió cuando Draco y su madre comenzaron a hablar otra vez.

—Me sentí muy aliviada cuando entraste por la puerta, cuando los dos llegaron a casa—, agregó Narcissa mientras alargaba la mano para consolar a Harry también.

Sobresaltado por el contacto, Harry intentó escabullirse. Envolvió sus brazos alrededor de sí mismo otra vez y volvió a examinar la servilleta de la cena, negándose a reconocer la mirada de decepción y arrepentimiento en la cara de Narcissa.

—No estaba en el mejor estado de ánimo esa noche. Todo en lo que podía concentrarme era en alejarte de allí, alejarnos. Cuando ayudé a Harry a bañarse, vi...

—Por favor no—, interrumpió Harry con un susurro. —Por favor, no es importante.

—Sí. Lo es, — respondió Narcissa antes de que Draco o Severus pudieran hacerlo. —Cuando vi todos los hematomas—, continuó, ignorando el jadeo de Harry, —supe entonces que te estaban lastimando. Finalmente tenía la prueba que quería desde hacía tanto tiempo y quería hacer algo, lo quería... pero el tiempo se me escapó —, terminó en un suave susurro. —Te fallé, Harry. Nunca entenderás cuánto lo lamento. Dios sabe que nunca quise hacerte esto. Quiero decir que... bueno, quise hacer muchas cosas y nunca lo hice. Estoy muy arrepentida.

Harry se levantó. Tenía que salir de allí. Sentía como si las paredes se estuvieran cerrando a su alrededor. No podía respirar. Todos lo miraban. Compadeciéndolo. No podía soportarlo. Se abrazó a sí mismo y asintió con la cabeza en movimientos bruscos. —Entiendo. Lo entiendo—, dijo. En cierto nivel, realmente lo entendía. Había pensado durante mucho tiempo que había hecho algo mal, que ella lo odiaba, que era tan sucio e inútil como su tía le decía que era. La aceptación de Narcissa le dio un giro totalmente diferente a las cosas, pero no quitó el dolor. —Me tengo que ir—, espetó mientras salía de la habitación. —Estoy bien—, dijo, respondiendo sus silenciosas preguntas.

Draco se levantó. —Voy contigo.

—Draco, Harry, no hay razón para irse. Hay mucho más por discutir. Tengo mucho más que decir, muchas más cosas que deben escuchar—, suplicó Narcissa mientras se levantaba y caminaba hacia los chicos.

Harry y Draco dieron un paso atrás.

—No puedo. No es necesario decir nada. Tengo que irme—, dijo Harry, saliendo de la habitación. Escuchó a Draco salir de la habitación con él, pero Harry no se volvió a verlo.

La puerta de entrada se abrió y cerró de golpe. Dos pares de pies bajaron por los escalones de la entrada y corrieron por el sendero elegantemente arqueado, por la calle perfectamente recta, y entraron en el suave y brumoso resplandor de la noche.

Cuando no pudieron correr más, Harry se detuvo. Se agachó y jadeó a través de las dolorosas punzadas en su costado. Sintió que Draco se detenía cerca de él. Irradiaba calor y olía a colonia costosa y a sudor. Harry se dejó caer y se sentó.

—¿Estás bien?— Draco preguntó, sentándose a su lado.

Harry asintió. —¿Y tú?.

Draco se encogió de hombros. —Lo estaré, supongo. Lo que no te mata[4]... ¿verdad?.

Harry bufó. —Algo así—, murmuró. Pasó los dedos por la suave hierba, disfrutando de la sensación del rocío de la tarde y el suave cosquilleo de las hojas sin cortar.

Se sentaron allí por un largo tiempo, cada uno perdido en sus propios pensamientos.

—No voy a volver casa. Al menos no esta noche—, dijo Draco, mirando a lo lejos.

Harry asintió. —Entiendo.

—¿Puedo quedarme contigo, entonces?

Harry vaciló cuando sus dedos rasparon la hierba con más fuerza que antes. Había vivido suficientes revelaciones por una noche. La casa Dursley, su dormitorio de broma, el cómo habían cerrado todas sus puertas antes de marcharse para que él no entrara a las otras habitaciones, no era algo que pudiera compartir en este momento. Pero necesitaban dormir en algún lugar. Los dedos de Harry se detuvieron. Había un lugar, un lugar en el que había pasado muchas noches, en realidad. ¿Sin embargo, estaba dispuesto a compartirlo? Miró a Draco y vio a alguien que había madurado un poco, un poco cansado de lo que había tenido que soportar. Había una nueva sensación de circunspección acerca de él. Harry comprendió la ligera arruga alrededor de sus ojos, la leve insinuación de un ceño fruncido en sus labios, y la sensación general de introspección que ahora rodeaba a Draco. Sí, podía compartir eso con él. Lo entendería, pensó Harry.

—Vamos—, dijo Harry mientras se ponía de pie y le tendía la mano.

Draco levantó la vista, parpadeó confundido. —¿A dónde vamos? ¿Vamos a ir a tu casa?

—Más o menos... es... tengo algo que mostrarte, ¿de acuerdo?.

Draco asintió lentamente. —Sí, vale.

Harry miró su reloj y miró alrededor para orientarse. Podía ver la puerta de guardia a la distancia. —Vamos, tenemos un autobús que tomar.

—Así que vamos a tu casa—, dijo Draco mientras bajaban por Magnolia Crescent. Habían grillos y perros ladrando en la distancia. La noche estaba viva con los sucesos de otras personas.

—Dije que no exactamente—, dijo Harry.

—¿Viste a esa mujer? ¿La que se acostó en el banco? No llevaba ningún calzado. ¿Te diste cuenta? Me pregunto por qué no llevaba zapatos. Sus calcetines tenían agujeros horribles en ellos. ¿Habrá que su dedo gordo estaba sobresaliendo?.

Harry suspiró. Supuso que Draco estaba en una especie de extraño shock que lo hacía hablar en un constante flujo de conciencia. Había estado haciendo eso desde que habían tomado el Knightbus Número 4. Primero, había estado hablando del conductor que parecía estar cerca de la muerte y parecía ciego como un murciélago. Luego, había comenzado a hacer comentarios sobre los usuarios del autobús, adivinando qué hacían para ganarse la vida y por qué iban en el autobús en función a sus bolsas de compras y de su vestimenta. Harry pensó que había estado demasiado concentrado en un tipo que era atractivo, pero que parecía como si hubiera sido golpeado un poco por la vida. Draco había estado bastante fascinado con su ceño fruncido y sus jeans rotos, al parecer.

—¿Te diste cuenta, Harry? ¿Del dedo del pie? ¿Ese enorme dedo gordo del pie?— Draco preguntó de nuevo.

—No, Draco. No lo hice. No noté el dedo del pie—, dijo Harry.

Draco no respondió de inmediato. Harry esperaba que hubiera terminado con su charla. Estaba equivocado, por supuesto. —¿Cómo podrías haberte perdido ese dedo?— Draco preguntó después de que habían pasado varias casas en silencio.

Harry rodó los ojos. —No has cambiado nada—, dijo en voz baja.

Draco los detuvo. —¿Que se supone que significa eso?— dijo, sacando la mandíbula de una manera que buscaba expresar indignación.

—Quiero decir que aún tienes aventuras, inventas historias, ese tipo de cosas. Es agradable. Lo he echado de menos, supongo.

La cara de Draco se suavizó. —Supongo que puedo vivir con eso—, dijo con un toque de dureza en la superficie a su voz. Pasaron por unas pocas casas más antes de que Draco se detuviera otra vez. —No puedo creer que te hayas perdido el dedo del pie—, dijo con una risa suave.

Harry negó con la cabeza. —Vámonos. No quiero estar parado en medio de la carretera toda la noche.

Draco se puso serio. —Sí. No es como si pudiera ir a casa o algo.

—Puedes, en realidad. Estás eligiendo no hacerlo. Hay una diferencia.

Draco bufó. —Semántica.

Harry rodó los ojos. —Ya casi llegamos—, dijo, y la casa de los Dursley se hizo visible.

—Entonces vamos a tu casa—, dijo Draco nuevamente.

—Ya te lo dije, no exactamente—, espetó Harry.

Caminaron por el césped de los Dursley, hacia la parte trasera de la casa. Harry se metió en el pequeño garaje después de trabajar en la puerta cerrada durante unos minutos.

—¿Qué estás haciendo?— Draco susurró, sintiéndose un poco como un ladrón.

—Obteniendo suministros—, dijo Harry, su voz amortiguada. Unos momentos más tarde regresó con un par de suaves y gastados sacos de dormir, linternas y una vieja lámpara de aceite. Las suaves llamas ya estaban bailando, arrojando un dorado resplandor sobre Harry. —Aquí—, dijo, dándole a Draco una manta de dormir y una lámpara. —Querrás encenderla, el suelo puede estar un poco resbaladizo.

—¿A dónde vamos?.

Harry se giró y le mostró una brillante sonrisa. El aliento de Draco quedó atrapado en su garganta al verlo. —Vamos a una aventura.

Una sonrisa perezosa se enroscó en la cara de Draco. —¿Una aventura, dices? ¿Somos buscadores de tesoros?— bromeó.

—No, reyes errantes viajando por el mundo—, dijo Harry con una sonrisa. —Vamos, no está lejos—, dijo, deslizándose en la noche.

Draco encendió su linterna y lo siguió.

No era un largo camino hacia el jardín trasero, pero cada paso dejaba a Harry sintiéndose un poco más nervioso. Él nunca había compartido su jardín especial con nadie. Tenía miedo de que Draco se riera o se burlara o, peor aún, que no pudiera ver su belleza. Era muy importante para Harry que Draco entendiera qué su pequeño Eden era muy importante para él, aunque no supiera por qué. Se detuvo a unos pasos por delante del bosquecillo que ocultaba su sombreado enclave. La brisa se elevó, llevando consigo el olor acre del jazmín que florecía de noche. Harry escuchó una fuerte respiración detrás de él. Contuvo la respiración.

—¿Qué huele tan bien?— Draco preguntó, olfateando el aire de la noche una vez más.

Harry se relajó y comenzó a caminar de nuevo. —El Jazmín que florece de noche—, murmuró.

—¿Florece solo por la noche?.

—Um, más o menos—, respondió Harry. —Suelta su fragancia por la noche.

—Es extraño.

—En realidad no. Muchas plantas solo florecen o huelen por la noche.

Draco resopló. —No debería haberte contradicho—. Olfateó de nuevo. —Se está volviendo más fuerte.

Harry asintió y se escondió detrás de los árboles que ocultaban su jardín. —Esto es lo que quería mostrarte—, dijo, entrando en el pequeño espacio. Colocó la linterna en el medio se detuvo a un lado.

Draco entró. Echó de menos la mirada ansiosa en el rostro de Harry, seducido por los olores intoxicantes y la vista de flores voluptuosas ondulando en la brisa de la noche. Era como si hubiera entrado en otro mundo. Nunca había visto algo así. —Joder—, maldijo por lo bajo mientras dejaba caer su bolsa de dormir y su lámpara. Caminó por allí, deteniéndose aquí y allá para pasar los dedos por una flor grande y gruesa o para trazar la línea de un enrejado hecho a mano con alambre de cobre, trozos de madera y otras cosas. Alzó la vista al oír las suaves campanillas que tintineaban en los árboles. La plenitud de la luna y el asombroso brillo de las estrellas eran deslumbrantes. —¿Qué es este lugar?— preguntó eventualmente.

Harry se encogió de hombros. —Solo un pequeño jardín que hice. Los Dursley nunca llegaron tan lejos y yo... yo quería algo que fuera solo mío—, susurró.

—Es como otro mundo. Es increíble, Harry—. Draco no podía estar seguro, pero pensó que Harry se había sonrojado por eso.

—Es solo un pequeño jardín. Está un poco andrajoso, lo sé, son solo un montón de retazos. No es como un jardín real ni nada—, dijo Harry, dándose vuelta y desenrollando su bolsa de dormir. Se sentó y se miró las manos mientras Draco continuaba examinando el pequeño espacio.

—Es perfecto. Es como si realmente fuéramos reyes errantes—, susurró Draco.

Harry asintió, nunca más feliz de permitirse un poco de juego. Cualquier cosa para ayudarlos a olvidar su día terrible sería bienvenida.

Draco giró y miró a Harry, una extraña intensidad iluminando sus ojos. —Acabamos de rescatar a una bella princesa de unos salvajes sedientos de sangre. Al llegar a casa, descubrimos que nuestras familias habían sido destrozadas por un malvado señor oscuro. Hemos jurado venganza y salimos al amanecer, decididos a encontrarlo—. Draco miró a Harry expectante, deseando que le siguiera el juego.

—Er, sí—, comenzó Harry, luchando con qué decir cuando Draco desenrolló su saco de dormir y se sentó. —Nosotros... salimos al amanecer, como dijiste, y, eh, nosotros... nos encontramos con una enorme serpiente parlante que intentó engañarnos para que le diéramos nuestras, nuestras... nuestras capas—, dijo Harry, encogiéndose de hombros como una débil disculpa.

A Draco no pareció importarle. Se encorvó más cerca. —Luchamos con valentía. '¡No!' gritaste, negándote a darle nada. 'Te mataré, bestia malvada', le dijiste mientras te abalanzas hacia adelante, hundiendo tu espada en ella.

—Ella se retorció de dolor, gritando, no, silbando, por su amado maestro, eh... Volde-Voldemort—, dijo Harry, esforzándose por recordar las raíces etimológicas francesas.

Vuelo de la muerte—, murmuró Draco. —Me gusta. Continúa, entonces—, dijo, empujando a Harry en el costado.

—Ella se retorció y volteó y logró aterrizar encima de mí.

—Y salté sobre ella, alejando sus mandíbulas de tu garganta, sus colmillos listos para darte muerte.

—Y empujé la espada más profundamente, girándola. Ella lloró y se sacudió y cayó muerta.

—Sí, pero no antes de que descubriéramos que ella era una serpiente mágica y que su maestro había dejado una parte de su alma dentro de ella.

Harry hizo una mueca. —¿Dejó una parte de su alma dentro de ella? ¿No es un poco exagerado?.

Draco puso los ojos en blanco. —¿No crees que pasamos de largo con la serpiente parlante?. preguntó, arqueando una de sus cejas.

Harry se rio. —Sí, supongo. Continúa, cuéntanos sobre el alma de su maestro.

Draco se mordió el labio, —Sí, está bien. Um, primero necesitamos un hechizo o algo, algo que destruya el alma. Una maldición asesina de algún tipo.

—Hmm... ¿Abracadabra?— Harry preguntó con una risita.

—Idiota—, dijo Draco. —Eso me da una idea sin embargo. Algo que suene como eso, tal vez. Abra... abra... abra...—, repitió Draco una y otra vez, deseando que otra palabra viniera a él.

Harry se unió. —Abra... abra... avabra... avadra... avada... ¿avada cadabra?.

Draco se alegró al oír eso. —Avada cadabra. No, eso no... Oye, ¿qué tal avada kedavra?

Harry asintió con entusiasmo. —Sí. ¡Genial! Continúa, entonces.

—¿Dónde me quedé? Oh, sí, la serpiente mágica tenía sus colmillos a centímetros de tu garganta, listo para petrificarte con su veneno. Así que, miré sus mandíbulas abiertas y luché para apartarlas de ti mientras tú torcías la espada más profundamente. Ella dejó salir un gran chillido mientras una rezumante niebla verde escapaba de su garganta en forma de... de...

—¡Cráneo, con una serpiente saliendo de su boca!— Harry espetó.

—¡Sí! ¡Exactamente! Una bruma verde en forma de calavera con una serpiente salió de su boca. ¡Era Voldemort!.

—Nos pusimos de pie—, dijo Harry, con los ojos brillantes de alegría y emoción. —Nos preparamos para lanzar la maldición asesina.

—Nos agarramos de las manos, palma con palma—, dijo Draco, agarrando las manos de Harry y mirándolo fijamente a los ojos. —Juntos, somos los reyes errantes, juntos somos familia, juntos protegemos el mundo y asesinamos demonios.

Harry se encontró diciendo las mismas palabras junto con Draco, sus miradas se encontraron. Agarraron sus manos con más fuerza y los dos dispararon hacia el cielo nocturno, gritando: —¡Avada Kedavra!— antes de desplomarse sobre sus espaldas y disolverse en aullidos de risa y cánticos de "¡Larga vida a los reyes de los errantes, a los chicos que vivieron!".

Cayó en un silencio cómodo interrumpido por breves carcajadas. Draco rodó a su lado y se enfrentó a Harry. Harry lo miró. —Gracias—, murmuró Draco. —Lo necesitaba, creo.

Harry sonrió. —Yo también. A veces es bueno fingir.

—No tienes que fingir conmigo, ya sabes. No tienes que fingir que no duele, o que estás bien.

Harry asintió y miró la suave hierba. —Tú tampoco. No tienes que fingir.

Draco rodó sobre su espalda. Levantó las manos y enmarcó una pequeña constelación. —No puedo creer que tenga que volver a la escuela en cinco semanas. Tendremos que escribirnos y visitarnos. Realmente quiero que seamos amigos, ¿sabes?.

Los dedos de Harry recorrieron la hierba. Él también lo quería. —Sí, sé lo que quieres decir—, dijo, sabiendo que la próxima vez que recogiera la pluma sobre la mesa del comedor de los Dursley, no habrían dudas. Respiró profundamente. —Tu padrino me está ayudando a postular a Wolsford.

Draco jadeó y se sentó. —¿En serio?.

—Sí. Cree que me gustaría ir allí—, dijo Harry, tratando de parecer despreocupado, aunque sus manos temblaban y su corazón latía con fuerza. —Hay becas y cosas. No hay garantía, por supuesto—. Harry levantó la vista y se sorprendió de ver la expresión de Draco. Parecía querer saltar por el pequeño espacio que los separaba y asfixiar a Harry con un abrazo o algo así.

—Entonces, ¿vas a postularte?.

Harry vaciló. —Sí. Sí, voy a hacerlo.

Draco sonrió, su fuerza más brillante que la luna. —Brillante—, dijo en un suspiro. Se recostó. —Muy brillante.

Harry también se acostó, olvidando guardar esa sonrisa en su rostro.

Se quedaron tumbados allí, hasta bien entrada la noche, hipnotizados por las enredaderas que se balanceaban suavemente, la fragancia de las flores gordas y desparramadas, y el sonido de delicadas campanas. La hierba era suave debajo de ellos y el cielo nocturno proyectaba su red de estrellas como hilos de luces de hadas. Los árboles que los rodeaban formaban los postes de su tienda beduina, y el cielo, su techo de gasa. Por un momento, pudieron deleitarse con la emoción y la promesa de la oportunidad, del azar; por un momento pudieron olvidarse de las heridas, el dolor y la tristeza; y pudieron ser reyes errantes: camaradas, hermanos, familia, deambulando por el mundo una vez más.


[1] Staccato y tenor hacen referencia a notaciones musicales.

[2] Jeeves es un personaje de la literatura popular. Un tipo mayordomo de un adinerado joven londinense llamado Bertie.

[3]La expresión "El elefante rosa de la habitación" hace referencia a una situación que es muy obvia y destacable pero que por alguna razón, se decide ignorar.