—¿Estás seguro de que vas a estar bien durante las vacaciones?— Preguntó Ron mientras levantaba su equipaje de un pequeño carrito en el pasillo del Gran Comedor.

—Sí, por supuesto—, dijo Harry encogiéndose de hombros.

—Solo es una semana. Podrás adelantar muchas tareas.

—Es por eso que decidí quedarme—, dijo Harry, la mentira sabor a ceniza.

Ron se lamió los labios y miró a su alrededor. —Siempre puedes venir a casa conmigo, amigo. Con tantos de nosotros, mamá nunca se dará cuenta de que hay otro adolecente corriendo por allí. —Los ojos de Ron se alzaron. —Aunque el pelo negro podría ser problemático. Mala suerte que no seas pelirrojo.

—Realmente no lo veo como un problema—, dijo Harry, riendo.

—No hay nada de malo con el cabello pelirrojo—, dijo Ron, cambiando su equipaje de una mano a otra y claramente tratando de luchar contra el rubor que florecía en su rostro.

—No, no lo hay. Y ciertamente no es problema para cierta señorita Granger—. Harry rio disimuladamente cuando el sonrojo de Ron se hizo más profundo.

—Mira si alguna vez te invito a casa otra vez.

—Lo siento, Ron. Sabes que no me refiero a nada malo.

—Por supuesto estúpido idiota. No soy un tonto. Quiero decir, ¿has conocido a Fred y George?

Harry se rio de nuevo, recordando su única reunión con los tortuosos hermanos gemelos de Ron. —Todavía no creo que hayan hecho la mitad de esas cosas.

—Lo hicieron—, dijo Ron con su rostro serio. —Créanme, compañero, lo hicieron.

Harry sonrió.

Ron se aclaró la garganta. —Debería irme, no quiero perder el transporte a la ciudad. ¿Estarás bien?

Harry rodó los ojos. —Me estoy quedando en la escuela, Ron, no estoy siendo arrojado a la jungla.

—Es solo que...— Ron vaciló. —Has estado... ya sabes.

Harry se puso rígido. —¿He estado, qué?

Ron se encogió de hombros. —Ya sabes. Callado, malhumorado... eh... supongo que pareces apagado.

Harry inclinó la cabeza hacia un lado, dejando que su cuerpo se relajara, y logrando una sonrisa perezosa. Una pose clásica de Harry Potter, una que había comenzado a usar nuevamente con mayor frecuencia. Gracioso. Había pensado que ir a Wolsford significaba que ya no tendría que hacer tales cosas.

—Estoy bien—. Harry rio ligeramente. Se relajó cuando la expresión preocupada de Ron se aclaró. —Sabes, algún día serás una mami grandiosa.

Ron empujó el hombro de Harry. —Maldito idiota. Bueno, entonces. Nos vemos.

—Nos vemos—, dijo Harry, viendo a Ron alejarse, aliviado de haber logrado un escape brillante, una vez más.

Observó a los otros estudiantes irse, la mayoría metiéndose en lujosos autos y solo un puñado tomando el autocar hacia la ciudad, hasta el tren. Harry deseó ser uno de esos chicos que luchaban rígidamente, eludiendo los intentos de abrazos de su madre.

Dedos rozaron su costado, haciéndolo temblar. —Te veo en la alcoba—, susurró Draco al pasar.

Harry suspiró, viendo como un chico subía al asiento trasero de un auto, su rostro dividido por su radiante sonrisa, antes de darse la vuelta y seguir a Draco a una distancia segura.

Esperó unos momentos antes de zambullirse en la alcoba, asegurándose de que nadie lo viera. Cuando entró, unas manos lo agarraron y lo empujaron contra la pared.

—Jesús, Draco—, dijo Harry antes de que Draco comenzara a besarlo. —Alguien está feliz—, murmuró entre besos.

—Tengo que darte todos los que pueda, antes de irme. No tengo mucho tiempo—, dijo Draco, empujando la cabeza de Harry hacia un lado para poder besar su garganta. Entonces Draco retrocedió, sus ojos se dispararon con pánico. —Nadie te vio, ¿verdad?

—Nadie me vio—, dijo Harry con un amargo suspiro. Los ataque de Draco y el posterior pánico al pensar que podrían ser descubiertos se estaban convirtiendo en algo así como un ritual.

—Bueno—. Draco dijo, su mano acariciando la polla de Harry. —Joder, pasará una eternidad antes de que podamos hacer esto de nuevo.

Harry soltó un silbido de placer. —Es, es solo una semana—, dijo antes de darse por vencido en la conversación.

De alguna manera, al final, terminaron en el suelo con los pantalones desabrochados y el jersey de Harry medio desarreglado

—Nunca me cansaré de esto—, dijo Draco, tendido contra la pared.

—Hmm—, respondió Harry, irritado y sintiéndose bastante confundido acerca de por qué estaba molesto.

—Siete días sin esto. ¿Cómo lo vamos a soportar?

—Es solo una semana.

—Sí, bueno, tienes toda la escuela para ti. Me voy con mamá en un loco viaje para visitar a primos de los que nunca había oído hablar.

Harry odiaba pensar en el viaje de Draco, en lo abrupto que había sido, en que no había sido invitado. Lo odiaba casi tanto como a la confusa sensación de desconcierto que parecía brotar dentro de su pecho después de cada reunión secreta con Draco. Se levantó y comenzó a enderezar su ropa.

Draco hizo lo mismo, jugueteando con el cuello y los puños de su camisa hasta que los consideró presentables. —Supongo que es todo—, dijo, extendiendo la mano y deslizando sus dedos por el brazo de Harry.

—¿Te vas, entonces?

Draco se mordió el labio y asintió. —Lo siento por eso. No pensé que mamá programaría este 'viaje familiar obligatorio' durante las vacaciones. ¿Vas a estar bien?

Harry resopló. —Desearía que todos dejaran de preguntarme eso, y sí, estaré bien. Es una semana, Draco. No la eternidad.

—Lo sé. Pensé que pasaríamos las vacaciones juntos.

Harry lo hizo un gesto con la mano, sonriendo e intentando desesperadamente mantener una fachada de indiferencia. —Tendremos muchas vacaciones juntos. Además, el Profesor Snape tiene mucho trabajo para mí.

—Es genial que te haya pedido que lo ayudes en el invernadero; dice mucho sobre lo que piensa de ti.

Harry asintió, mirando hacia otro lado. No le había contado a Draco sobre su mala calificación o el castigo del Profesor Snape. Gracias a Dios, sus detenciones con Filch habían sido en los jardines.

—Te traeré algo, un recuerdo de Viena.

Harry se lamió los labios. —Un poco de chocolate, ¿tal vez?

—Ya está en la lista. Sé sobre tu fetiche con el chocolate. Tal vez pueda obtener un poco de chocolate líquido— Draco sonrió con esa sonrisa que solo Harry tenía permitido ver.

—Erm, claro—, dijo Harry, pateándose a sí mismo, deseando que las suaves palabras que podía escuchar dentro de su cabeza pudieran salir de su boca.

Draco se rio. Extendió la mano, apretando el hombro de Harry. —Te veré en una semana.

—Sí. Una semana.

Draco lo miró fijamente, como si memorizara cada línea de su rostro, cada cabello, antes de darse la vuelta y lanzarse fuera de la alcoba. Harry lo vio irse, permaneciendo en las sombras hasta que la escuela estuvo quieta y en silencio.

—Necesito que los cortes sean extraordinariamente precisos. Dos centímetros, nada más, nada menos.

—Sí señor.

—Y solo de las puntas. Cualquier cosa más abajo que eso será inútil.

—Sí señor.

—Encuentra el tallo más saludable de cada espécimen, no quiero esquejes marchitos.

—Sí, señor—, dijo Harry con un suspiro exasperado. —Cortes a dos centímetros de los esquejes más saludables. Lo entiendo.

El Profesor Snape miró por encima de sus gafas de leer. —Cuidado. Y no olvides colocarlos en la solución.

Harry asintió, siguiéndole un murmullo de: —Sí, señor—, mientras colocaba un corte en un pequeño vaso de solución de preservación.

—¿Cómo va tu proyecto?

—Bien. El liquen de la izquierda se ve exactamente como el liquen a la derecha.

—¿No hay licencias creativas esta vez?

—No señor.

—Muy bien. Cuidado con ese corte, parece un poco desigual.

Harry miró el corte. A él le parecía igual a todos los demás y le gustaba creerse bastante exigente con algo tan importante como un corte. Con un encogimiento de hombros y la promesa de "cuidar sus cortes", Harry volvió al trabajo.

Trabajaron en un silencio amistoso durante un largo rato, el sonido de las tijeras y el cuchillo creando un ritmo relajante. Eso fue hasta que el Profesor Snape comenzó a tomar tragos de aire como si tuviera la intención de decir algo. Harry le disparó al Profesor Snape una mirada furtiva, preguntándose cuándo decidiría decir cualquier cosa que estuviera evitando decir. Eso puso a Harry muy nervioso.

—El director mencionó que había hablado contigo.

Harry miró el tallo que estaba a punto de cortar, sin moverse. —Sí, es un buen tipo.

El Profesor Snape lo miró, pero Harry solo se encogió de hombros en respuesta.

—¿Has hecho alguna aplicación?

Harry continuó mirando el tallo, sin hacer algún movimiento que indicara que iba a cortarlo. —¿Aplicaciones a dónde?

El Profesor Snape no dijo nada durante varios segundos, en su lugar, se concentró en un delicado injerto. —Sería muy cuidadoso si fuera tú—, dijo por fin, haciendo un corte preciso. —He estado jugando estos juegos mucho más tiempo de lo que has estado vivo.

La cara de Harry se tiñó de vergüenza.

—Ahora te preguntaré de nuevo, ¿has hecho alguna aplicación?

Harry negó con la cabeza.

—¿Por qué no?

Harry se encogió de hombros otra vez, el ritmo de la conversación lo ponía ansioso. —No es necesario.

—¿Y por qué crees eso?

Harry respiró hondo. —Solicité la ayudantía en Chile—, dijo, sin atreverse a levantar la vista.

El Profesor Snape no respondió.

—Si eso no funciona, me quedaré con Draco durante las vacaciones.

—El directo alentó a todos los que solicitaron ingresar al proyecto en Chile para que solicitaran otras oportunidades. No eres el único.

—Sí, lo sé—, dijo Harry, con el corazón martilleándole en el pecho.

—Odiaría verte perder tus vacaciones cuando podrías estar aprendiendo algo que te ayudará más adelante, tanto aquí en Wolsford como en tu carrera.

Harry hizo un corte particularmente cruel con sus tijeras, tratando sacar con acciones lo que no quería decir con palabras.

—Cuidado con tus cortes.

—¿Qué importa? No es como si fuera a ir a Chile, ¿verdad? ¿No es eso lo que intenta decirme?

—Te lo he dicho una y otra vez, no se ha tomado una decisión y se te considerará junto con todos los que hayan presentado la solicitud. Pero te haría bien tener un plan de respaldo. Draco no es un respaldo. Es una indulgencia.

—No lo es. El me am...— Harry se detuvo a tiempo, contento de no haber dicho algo tan ridículo como... como... no, ni siquiera pensaría en la palabra. No era como si Draco lo hubiera dicho alguna vez. ¿Y por qué lo haría? Draco no quería que nadie supera sobre ellos.

—¿Él qué?— Preguntó el Profesor Snape, como si lo hubiera estado preguntando por algún tiempo y Harry acabara de darse cuenta.

—¿Qué?

El Profesor Snape bajó su cuchillo con un fuerte golpe. —¿Qué pasa contigo? ¿Estás drogado? ¿Acaso Draco te ha metido en algo?

—¡No! ¿Cómo puede siquiera pensar eso sobre él? ¿Sobre mí? ¿Qué? ¿Porque la vida no me ha tratado bien, automáticamente soy un desperdicio de la sociedad? ¿Alguna clase de adicto? Bueno, muchas gracias.

—No trates de jugar la carta de indignación conmigo. Estás sentado mirando al vacío, con los ojos vidriosos y la mandíbula floja, negándote a responder a mis preguntas, las cuales he repetido más de una vez. Has estado distraído y ansioso durante semanas. ¿Qué se suponía que debía pensar?

—Tal vez... tal vez... mira, mejor no diga nada.

Sorprendentemente, el Profesor Snape lo hizo. Apretó los labios con tanta fuerza que Harry estuvo seguro de que se le caerían, pero de todas formas no dijo nada durante un buen rato. Harry pensó que eso sería agradable, pero en cambio solo le dio tiempo para pensar.

—¿Por qué la señora Malfoy no quería que fuera con ellos?— espetó un tiempo después.

La mano del Profesor Snape se sacudió, casi haciendo que calculara mal su corte. —¿Disculpa?

—¿Ella no quiere que pase el verano con ellos? ¿De eso se trata todo esto?

—¿Estás enfermo? Si no son drogas, ¿estás realmente trastornado? No importa, no respondas. No se te habría permitido pasar con ellos las vacaciones de primavera incluso si ella te hubiera invitado, entonces ¿por qué es importante?

A Harry no le pasó desapercibido que el Profesor Snape había ignorado por completo su pregunta sobre el verano, haciéndolo sentir más ansioso de lo que ya estaba. —¿Entonces? Es importante para mí. ¿Por qué ella no me quiere? No soy lo suficientemente bueno para Draco, ¿verdad?— Harry se burló.

—¿Qué pasa contigo? Hablar contigo es como tratar con un niño pequeño.

Harry no sabía qué estaba mal con él. El solo estaba conteniendo toda esa ira, todos esos sentimientos y no tenía idea de qué hacer con ellos, lo único que sabía era que los quería fuera.

—¡No soy un niño pequeño!— replicó, sonando como un niño hasta para sus oídos.

—Me niego a hablar contigo si vas a comportarte así. Vete. Puedes regresar esta noche y trabajar solo.

Las palabras se abrieron paso a través de Harry, doliéndole profundamente. Ni si quiera el Profesor Snape soportaba estar cerca de él. —Lo que sea—, espetó, apartando ciegamente su bandeja de muestras. —No me hagas ningún jodido favor—, gruñó mientras cerraba la puerta del invernadero, corriendo tan rápido como podía.

Harry no supo por cuánto tiempo corrió. Se detuvo, sin aliento, y se dobló. Una vez que pudo respirar sin contracciones dolorosas en su costado, miró a su alrededor. Realmente no era sorprendente dónde había terminado.

—Hola, Harry,— gritó el señor Hagrid, desde el frente de los establos una vez que lo vio.

Harry le devolvió el saludo, deseando que el señor Hagrid no lo hubiera visto. Él solo... él quería estar solo. ¿Qué estaba mal con estar solo?

El señor Hagrid le hizo señas con una gran sonrisa en su rostro. Harry suspiró y se dirigió hacia allí.

—Hola, señor Hagrid.

—Te vi salir corriendo. Como si estuvieras saliendo de una casa en llamas. Como el viejo Buckbeak al galope. Te vi y pensé, ¿qué es lo que hizo que ese chico corriera de esa forma? ¿Estás bien, Harry?

—Sí, señor. Er, lo siento. Yo solo, um...— Harry negó con la cabeza. —Estaba trabajando con el Profesor Snape, y...

—Bah. No digas más. Una sola palabra del Profesor Snape es suficiente para hacer a un hombre ponerse de pie. A veces va por allí dando vueltas como un maldito murciélago.

La mandíbula de Harry cayó en completo shock. Nunca había escuchado a ningún adulto decir una mala palabra sobre el Profesor Snape. Pero luego la descripción del señor Hagrid lo alcanzó. Harry colocó su mano sobre su boca, desesperado por detener las risitas que suplicaban salir al pensar en el Profesor Snape con enormes alas brotando de su espalda.

El señor Hagrid no se molestó en ocultar su alegría. —Continúa, entonces. Déjalo salir. Un poco de risa nunca ha lastimado a un hombre. Ni si quiera una tan punzante como la del Profesor Snape. Él es como algunas de esas punzantes plantas suyas.

Harry no pudo detener la risa burlona. El señor Hagrid se rio junto con él hasta que finalmente ambos se detuvieron. Harry se sintió inmensamente mejor.

—Espinoso, como dije, pero no te confundas con Snape—, dijo el señor Hagrid, sonando muy serio de repente. —Se preocupa un poco por ti. Nunca pensé que vería a ese hombre dedicarse a alguien. Pero tú, desaliñado y malhumorado como ese maldito caballo ahí dentro, él te procura. ¿No es cierto?

—¿Que? Que quiere decir?

El señor Hagrid rechazó sus preguntas. —Nada en particular. Solo... él siempre viene, asegurándose de que no te hayas metido con Buckbeak, que todo esté en orden, que sabes cómo usar todo correctamente, que no pases demasiado tiempo aquí cuando debería estar estudiando—. El señor Hagrid negó con la cabeza. —Como dije, nunca pensé que vería a ese hombre cuidar ni un alma.

—Tiene una manera graciosa de demostrarlo—, murmuró Harry.

—Y tú tienes una boca bastante irónica

—¡Yo no!

El señor Hagrid le dirigió a Harry una mirada que decía, con toda claridad: "Paleo mierda para ganarme la vida. Sé lo que es cuando lo veo". Eso era lo que a Harry le gustaba sobre el señor Hagrid. Era honesto, sin aires, sin palabras snob, él era solo el señor Hagrid. Y Harry solo era Harry. No tenía que fingir.

—Me hace sentir realmente enojado—, dijo Harry.

—Probablemente tan enojado como tú lo haces sentir a él.

Harry abrió la boca para replicar, pero la pesada mano de Hagrid sobre su hombro lo sobresaltó.

—Es lo que hacen los adolescentes, es lo que hacen todos los chicos. Atraviesan el mundo, ansiosos por hacer su propio camino, tan seguros de que saben todo. Heh. Pero Snape te mantendrá por el buen camino. Te ha puesto un ojo encima. Como te dije, te ha tomado bajo su ala. Nunca pensé que vería ese día.

—Erm, ¿por qué me está diciendo esto?

El señor Hagrid se encogió de hombros. —Porque un chico tan inteligente como tú a veces se cree demasiado listo para su propio bien.

—Yo no... ¿a qué se refiere?

El señor Hagrid resopló. —Tendrás que darte cuenta por ti mismo, ¿verdad?

Antes de que Harry pudiera presionarlo, el señor Hagrid lo estaba corriendo. —Ya te vas. Tengo trabajo que hacer. Y tienes plantas espinosas que atender. Ven por aquí mañana si quieres y te dejaré atender a Buckbeak.

—Gracias, señor Hagrid. Y, um, gracias.

El señor Hagrid asintió y volvió a su trabajo.

Harry comenzó el lento viaje de regreso, preguntándose qué había intentado decirle el señor Hagrid.

Las hojas eran largas y brillantes, su verde de un lima brillante. Manchas doradas salpicaban sus centros, el abigarrado aspecto de polvo de hadas en vez de crema moteada. El tallo era alto y elegante, de pie imposiblemente recto. Regio. Las flores pequeñas y cerosas al fin en profusión estaban estallando como destellos blancos y chisporroteaban con fuego en sus gargantas de color rojo rubí.

Los dedos de Harry recorrieron el borde de las hojas, sin atreverse a tocar ninguna otra parte, hipnotizado por la planta, completamente desconcertado por lo que podría ser. Cómo hubiera deseado haber tenido algo así en su pequeño jardín detrás de la casa de los Dursley. La habría mantenido en secreto, codicioso, sin preocuparse por su celoso jazmín.

Sus ojos se cerraron, recordando su jardín, recordando por un momento que sus plantas habían sido su escape. ¿Cómo se había alejado tanto de ese rumbo?

Las plantas no esperaban cosas, pero la gente sí. Incluso Harry había llegado a esperar cosas, a esperar por ellas. Echaba de menos la simplicidad de su vida de antes. De alguna manera, las partes malas ahora parecían soportables, cubiertas como estaban con la agradable bruma de la distancia y el tiempo. Claro que su habitación era pequeña y su tía y su tío eran insoportables. Bien, no comía lo suficiente y, por supuesto, tenía que lidiar con los puños y el estado de ánimo de tío Vernon. Pero él era invisible la mayor parte del tiempo. A nadie le importaba su vida o su futuro. Cuando escapó, escapó por completo. Eso no había sido tan malo, ¿verdad?

Hubo momentos en que quería todo eso de nuevo. Hubo momentos en que incluso lo anhelaba. Eso lo aterrorizaba

¿Qué había de Draco? ¿De la señora Malfoy? ¿Del Profesor Snape? ¿Qué pasaría con ellos si Harry volviera a una vida menos vivida?

—No me importan—, dijo en voz alta, sus dedos aún trazaban los bordes de las hojas, alejando la voz que le decía que esa era la mentira más grande que hubiera dicho nunca.

—¿Qué no importa?

Harry se sobresaltó, derribando algunas macetas de arcilla en su sorpresa. Se puso de pie y se giró. —Me asustó.

Los ojos del Profesor Snape se detuvieron en las macetas rotas. —Así lo veo.

—Lamento lo de las macetas.

—No importa.

Harry asintió y jugueteó con el dobladillo de su jersey mientras el silencio se extendía. Alzó la vista y vio al profesor Snape inspeccionando el invernadero.

—Has hecho algo de limpieza—, dijo el profesor Snape.

—Terminé con los esquejes. Pensé que podía arreglar un poco.

—¿Dónde están los esquejes?

—En el rincón. Allí está la mejor luz del invernadero. Fui muy cuidadoso al mover sus cosas.

—Así lo veo—. El Profesor Snape caminó hacia los esquejes y los inspeccionó. —¿Y las macetas vacías?

—Aquí. En la parte de atrás. Cerca de estas, eh... otras plantas.

—Quieres decir, cerca de mis experimentos fallidos.

El calor se deslizó por las mejillas de Harry. Bajó la cabeza.

—Has hecho un buen trabajo. Gracias.

Harry se encogió de hombros. —No es nada, realmente. Solo moví algunas cosas y apilé las macetas vacías.

—Sin embargo, no se requería que lo hicieras y lo has hecho por tu cuenta. Eso merece un poco de agradecimiento.

—Sí señor.

El Profesor Snape se movió por el invernadero, inspeccionando todo, haciendo comentarios aquí y allá. Hablando de todo, excepto de lo que había sucedido al principio del día.

Era un baile extraño el que estaban bailando, pero era uno que Harry conocía bastante bien. Hubo momentos en que tía Petunia parecía casi apenada por algunas de las cosas que tío Vernon le hacía. Ella nunca le dijo nada, pero después de noches particularmente difíciles, a veces, le daba a Harry pudding o comentaba que el piso de la cocina estaba especialmente limpio. Era lo más cercano a una disculpa que alguna vez recibió. Suponía que era por eso que había limpiado el invernadero, era la única disculpa que sabía dar en situaciones como esas. Especialmente después de lo que le había dicho el señor Hagrid.

—Veo que has encontrado mi híbrido pleurathalis marthae—, dijo el profesor Snape, haciendo un gesto hacia las flores blancas que habían captado la atención de Harry antes.

—Sí. Las encontré con los otros... erm, lo encontré aquí en la parte posterior.

—Está bien. Puedes llamarla por lo que es, uno de mis muchos experimentos fallidos.

—Pero es hermosa.

—Y, sin embargo, sigue siendo un fracaso.

—¿Por qué? ¿Por qué es un fracaso?— Harry oyó que su voz se alzaba y estaba disgustado por su lloriqueo. No era de extrañar que el Profesor Snape pensara que era un niño pequeño.

—Porque no hizo lo que necesitaba hacer. Por lo tanto, el experimento fue un fracaso.

—¿El hecho de que no se comportó de la manera que usted quería, la hace un fracaso? Hizo algo diferente y... mírala, es tan... tan bonita como si hubiera hecho lo que quería que hiciera.

—Lo sé, Harry.

—Er, ¿qué?

—Dije, lo sé. Sé que está bien tal como está, incluso si no hizo lo que yo quería o cumplió con mis expectativas.

—Oh. ¿Lo sabe?

—¿Por qué crees que todavía está aquí? Obviamente cuidada y no cubierta de maleza como estas otros.

—Oh.

—Mi experimento fue un fracaso. La planta no. ¿Comprendes la diferencia?

—Yo...

—Deberías ocuparte de ella, creo. Es demasiado hermosa estar encerrada aquí, abandonada. Necesita buena luz, ser regada diariamente y ser remojada minuciosamente una vez cada tres semanas. El nitrógeno es increíblemente importante, por lo que el suelo donde sea plantada debe contar con una gran variedad de minerales. Deberás desojarla tan pronto como las flores comiencen a marchitarse y al final de la temporada de floración, las hojas inferiores se deben quitar. ¿Crees que puedes recordar todo eso?

Harry asintió, con los ojos muy abiertos.

—Bien. Espero que la cuides muy bien. Siempre he tenido debilidad por ella. La llevarás contigo este verano y la cuidarás, independientemente de dónde pases tus vacaciones—, dijo antes de que Harry pudiera interrumpirlo con más preguntas sobre Chile. —Es bastante delicada, lo sé, pero es tan resistente como una conífera en algunos aspectos. Puede vivir en cualquier lugar.

—Sí señor.

—Está bien, entonces. Es hora de irnos a dormir. Mañana empezaremos con mi próximo experimento.

El Profesor Snape no esperó una respuesta mientras salía del invernadero, confiando en Harry para que cerrara la puerta. Harry se volvió hacia la pleurathalis marthae y tocó sus hojas suaves y bajas, agradecido por la disculpa del profesor Snape, probablemente, la única que sabía dar.

En un momento, Harry estaba caminando por el pasillo, pensando en todos los libros que todavía tenía que buscar para su ensayo de literatura. En el siguiente, habían tirado de él hacia el armario de escobas, lo habían empujado contra la pared y sus labios habían sido devorados por los labios de Draco.

—¿Qué demonios?— se las arregló para preguntar entre besos.

—Quería sorprenderte.

—¿Cómo lo sabías? ¿Cómo supiste que estaría aquí?

—Simple. Las vacaciones están por terminar y supe que dejarías tu ensayo de literatura para el final.

—Idiota—, dijo Harry, tratando de alejar a Draco.

—Está bien, y te vi caminando, yendo y viniendo por el pasillo, completamente ajeno a todo lo que te rodea. ¿Cuántos viajes a nuestra habitación hiciste?

Harry se giró, accidentalmente escondiendo su rostro en una mopa mohosa. —Oh, por el amor de... ¿así que tú, qué, entraste aquí? ¿Esperando a que apareciera de nuevo?

—Exactamente—. Draco sonrió con orgullo. Él se inclinó para otro beso. —Hablas demasiado, ¿lo sabías?— Tiró del jersey de Harry y trató de quitarle los pantalones, pero el espacio era tan pequeño y estrecho que en el proceso derribó varios cubos de metal.

Harry quería salir.

—No hay nadie aquí, Draco. Podrías haberme detenido en el pasillo. Podrías haberme besado allí si hubieras querido.

Draco retrocedió. —¿Que se supone que significa eso?

—No tiene un significado profundo u oculto.

Draco enderezó su jersey y alisó su cabello. Su rostro se había cerrado y había adoptado la despreciativa expresión que a Harry no le gustaba. —Genial. De nuevo con eso. Bueno, alguien está de buen humor.

Harry suspiró. No quería pelear. Había tenido suficiente tensión durante las vacaciones con el profesor Snape. No quería pasar por lo mismo con Draco.

—Solo digo, ¿no hay otro lugar un poco más, erm, cómodo en el que podamos decir hola?

—¿Cómo dónde?

—Nuestra habitación, para empezar. Blaise y Ron no volverán antes de mañana por la tarde.

—Me había olvidado de eso.

—Sí, bueno, es bueno que me tengas aquí para pensar por ti.

—Imbécil.

—Pero parece que no puedes apartar tus manos de mí, ¿verdad? ¿Siendo un imbécil y todo?

—Oh, así es como será...— Hubo un destello divertido en la voz de Draco.

Harry se rio. —Sí, así es. Tienes que trabajar por ello.

—Eso no será un problema.

Draco se inclinó para otro beso, este fue lento y seguro. Harry gimió y lo agarró con fuerza, acercándolo lo más que pudo. Podía sentir la erección de Draco y una parte de él lo instó a acabar con el trabajo allí mismo, en ese momento. Pero la parte más grande de él quería hacerlo abiertamente, como las personas normales en una relación normal. Estaba cansado de andar escondiéndose, en reuniones clandestinas en armarios de escobas.

—De vuelta a la habitación. Ahora—, dijo Harry, su voz áspera.

Draco se apartó y abrió la puerta, tomando a Harry de la mano y tirando de él hacia el corredor, pero no antes de mirar a ambos lados, Harry notó. En el momento en que estuvieron libres, Draco soltó su mano. La pérdida de eso dejó a Harry sintiéndose frío.

—¿Tuviste unas buenas vacaciones?— Preguntó Draco mientras caminaban uno al lado del otro.

—Lo suficiente, supongo. ¿Tú?

Draco puso los ojos en blanco. —Jodidamente fantásticas.

Harry lanzó una risita. Dejó de caminar un momento después. —Oye, has vuelto antes.

—¿Acabas de darte cuenta?

—Idiota. ¿Por qué? ¿Por qué volviste antes?

Draco parecía un poco incómodo. —No hay razón. Solo terminamos antes— dijo, la evasiva prácticamente golpeándolos a los dos en la cara.

—Pero eso no tiene sentido. Tenías los boletos y esas cosas. Reservaciones en los hoteles. Parientes lejanos que visitar. ¿Cómo terminas algo así antes?

Los labios de Draco se presionaron en una delgada línea. —Tenía que terminar mi ensayo de literatura, ¿no?

—Pero ya terminaste eso... oh. Oh—. Harry sonrió, sabiendo que el asunto era tonto y vergonzoso, pero se había dado cuenta de por qué Draco había vuelto antes. Lo agarró y lo besó profundamente. —Me extrañaste.

—Tal vez lo hice,— dijo Draco, sin ceder, lo que solo sirvió para que Harry sonriera aún más.

—¿Quieres mostrarme cuánto?

Draco sonrió en respuesta. Fue genial y calculador e hizo temblar a Harry de una manera muy buena. Se inclinó y mordisqueó el caparazón de la oreja de Harry antes de susurrar: —No tienes idea—. Agarró su mano y tiró de él, la promesa aferrada con fuerza de sus dedos.