Pasó la cena en un relativo estado shock y no era el único, los alumnos e incluso los profesores parecían estar igual de sumergidos que él aquella incertidumbre. Al parecer todos esperaban que el héroe del mundo mágico, el chico de que vivió, terminara justamente en la casa rival a la de su más grande enemigo, Lord Voldemort y no precisamente en la misma, todos habían dado por hecho que, como era un héroe vencedor de señores tenebrosos, terminaría en Gryffindor, la casa de los valientes, la casa de los justos, de los caballeros y no en la casa de los ambiciosos, los astutos e ingeniosos, en la casa de las serpientes. Antes de aquella noche Harry abría jurado que no le importaba quedar allí o en cualquier otra casa, pero al parecer la comunidad de Hogwarts no había pensado igual que él, al parecer habían decidido sin preguntarle cual era la mejor casa para él y Slytherin no había entrado dentro del ranking.

Se sentía observado, todos parecían realmente atentos a su persona, como si intentaran encontrar en él algo que lo hiciera merecedor de semejante clasificación, como si quisieran ver a través de él y encontrarle poseedor de conocimientos oscuros o prejuicios sobre los nacidos de muggles, prejuicios que él, por supuesto, no poseía.

Se viera por donde se viera, Harry no era como el resto de los Slytherin o al menos eso pensaba él, no era sangre pura, era un mestizo pues su madre era una nacida de muggles y, aunque su padre fuese un sangre pura aquello no lo convertía a él en sangre pura. No era asquerosamente rico, sí, sus padres habían dejado en su cámara de Gringotts una pequeña fortuna pero nada comparado con lo que escuchaba que sus compañeros presumían en voz demasiado alta para su gusto, sobre todo Draco Malfoy. Él no odiaba a los muggles ni a los magos nacidos de éstos, su misma madre había sido una bruja en esta condición. Él definitivamente no era oscuro, como había escuchado decir a Ron en su viaje al colegio. Él no era malvado.

Si, tal vez debía admitir que algunas veces era calculador (sobre todo a la hora de elegir a sus amistades), que a veces era demasiado ingenioso para zafarse de los problemas y algunas otras veces era un tanto ambicioso, solo un poco, si ser ambicioso significaba haber soñado cada noche con salir de la casa de los Dursley en busca de una vida sin maltratos y pequeños lujos que le habían sido negados; como el poseer una habitación propia o poder comer una comida de cumpleaños mucho más decente que aquel tocino quemado que su tía le ofrecía comúnmente (y no por su cumpleaños, siempre que él no cocinaba su tía le daba la parte de la comida que generalmente se le echaba a perder). Además era cauteloso y precavido, pero había tenido que aprender a serlo, con su brabucón primo buscándole la cara solo para molerlo a golpes con ayuda de sus amigos igual de gigantes.

Suspiró, bueno, tal vez no era precisamente lo opuesto a un Slytherin, aunque él podía ser caballeroso, su tía Petunia era amante de la cortesía y la educación y siempre le había exigido comportarse como tal, él podía ser valiente, una vez había enfrentado a su primo quién gandaya había intentado patear a un pobre perro callejero y, aunque después había tenido que correr, lo había encarado sin problemas, él podía ser osado, él no era prejuicioso, él no era como Voldemort aunque todas las miradas sobre él sospecharan que podría serlo, acusándolo, analizándolo, preguntándose que había hecho en esos once años que nadie supo nada de él para merecer terminar entre las serpientes, como si estar en Slytherin fuese una clase de castigo, aunque para las serpientes era un claro orgullo pertenecer a la casa de Salazar.

Pasó la cena en silencio, pensando, con la mirada de Ronald Weasley clavada en su nuca, como si quisiera decirle algo y no se atreviera a hacerlo —vaya Gryffindor—, con las pequeñas sonrisas de Hermione Granger desde la mesa de Ravenclaw diciéndole que estaba bien, que para ella las cosas no eran diferentes, con los ojos de Neville Longbottom rehuyéndole, gritándole silenciosamente que, para él, las cosas si habían cambiado, si hasta parecía tenerlo algún tipo de miedo infundado, pues Harry había sido especialmente amable con él durante su encuentro en el tren. Y no entendía nada, porque él se sentía como el mismo Harry Potter que aquella mañana había llegado al andén nueve y tres cuartos, pero el resto de la gente parecía no pensar igual y aquello le hacía sentir aislado, rechazado, incomprendido, una vez más, como se había sentido toda su vida en compañía de su familia muggle, con diferencia que ahora no era invisible, para ellos existía, era el centro de atención y aquello era mucho peor.

Después de cenar casi nada –pues las miradas insistentes no le dejaban probar bocado— uno de los prefectos comenzó a guiar a todos los de primero hacia la sala común de Slytherin, explicando en el camino hacia donde conducían algunas escaleras, algunos pasillos y donde se encontraban algunas de las clases cercanas, Harry intentó memorizar aquella información más por entretenerse en otra cosa y no en las ansiosas miradas de algunos de los chicos que parecían realmente emocionados de compartir casa con Harry Potter, todos menos Draco Malfoy que, junto a sus dos amigos Crabbe y Goyle, iba en su propio mundo, como si nada extraordinario hubiera ocurrido, no le miraba, no le buscaba, simplemente continuaba con su vida, como si él y no Harry, fuese el centro de atención, como si fuese el nuevo miembro más llamativo de Slytherin en ese momento.

Harry no pudo evitar observarlo, se movía como pez en el agua con la atención de algunos chicos y chicas sobre él, charlando sobre algunas cosas poco importantes, gesticulando con las manos y dando énfasis a algunas de sus palabras, riendo cortésmente cuando el asunto lo merecía y tomando perfectamente bien su papel líder, aquel que Harry ya había presentido que poseía. El moreno supo entonces que, aún entre serpientes y aristócratas existía alguien que siempre iba a la cabeza y ese alguien bien podía ser Draco Malfoy, ese alguien podía ser el mismo incluso pero ¿cómo competir ante el carisma del rubio? ¿Ante sus modos sangrepura? ¿Harry de verdad quería competir? Él pensaba que no, pero con las miradas insistentes de algunos que expresaban adoración y fascinación, comenzaba a creer que tendría que hacerlo, contra su voluntad incluso.

Entonces Malfoy dejó su charla por un segundo, le miró y le sonrió, como la primera vez que se encontraron en la tienda de túnicas, como si él viera más allá de la cicatriz de su frente y tal vez era verdad, Draco Malfoy veía más allá, mucho más allá. Desde su primer encuentro había mostrado interés en él aún sin reconocerlo y, aunque no había sido muy agradable, apreciaba que existiera alguien que viera mucho más allá de "el niño que vivió", él era Harry, solo Harry y desde que había comenzado a mezclarse con magos, parecía que aquello había dejado de ser verdad. Tan solo en su primer día en el mundo mágico había estrechado más manos que en toda su vida, había recibido más agradecimientos y palabras de elogio, había recibido muchas más sonrisas, todas de ellas sinceras, pero no dirigidas a él, si no al pequeño bebé que había acabado con el que no debía ser nombrado.

Extrañamente había sido Malfoy uno de los pocos en haberse dirigido a él, a Harry, al chiquillo flacucho por la falta de alimentación, con la ropa tres veces más grande, completamente vieja y desgastada, cabello indomable y gafas redondas nada elegantes. Él junto con Ron y Hermione habían sido de los pocos en interesarse en él por sobre su cicatriz y aquella era una de las cualidades que Harry estaba aprendiendo a valorar en sus amistades, el desinterés en el héroe, pero, ¿acaso Malfoy era tan de fiar como lo podía ser Ron? ¿Cómo lo podía ser Hermione? Pensaba que no, porque Draco Malfoy era un Slytherin sí, pero sobre todo era un Malfoy y no había hecho más que escuchar cosas negativas de su familia y aquello lo tenía dudoso.

El prefecto de Slytherin finalmente los guió bajando las escaleras hacia las mazmorras y a Harry en realidad no le sorprendió mucho que la sala común de Slytherin se encontrara ahí. Se detuvieron frente a un muro de piedra que a simple vista era parte del pasillo pero cuando el prefecto dijo con voz clara la contraseña "Saturnidenterelictamanguis" Ésta se movió, dejando ver una puerta que daba hacia la sala común, una que Harry no tuvo mucho tiempo de observar pues casi de inmediato les habían guiado escaleras arriba hacia las habitaciones. Uno a uno los chicos de primer años fueron acomodados en parejas en diferentes habitaciones donde sus cosas ya estaban dentro. Harry fue de los últimos en ser acomodado, pero finalmente fue llamado.

—Harry J. Potter —dijo el prefecto frente a la puerta— y Draco L. Malfoy ésta es su habitación, espero que se lleven bien, porque serán compañeros de cuarto hasta su graduación —y una vez dicho esto se marchó a repartir el resto de las habitaciones.

Malfoy se despidió de sus amigos y se adentró a la habitación al ver que Harry no lo había hecho primero, rápidamente se apropió de la cama con dosel junto a la ventana y se sentó en ella, como probando si era suficientemente cómoda y finalmente hizo un gesto que decía que el colchón podría estar mejor.

Harry, aún desde la puerta se dedicó a observar aquel que sería su hogar por los siguientes siete años; la habitación era espaciosa, con paredes de piedra oscura y todo decorado en tonos verdes y plata, incluyendo las cortinas alrededor de las camas, las colchas y los tapices en las paredes con el escudo de Slytherin. Junto a su cama —la más cercana a la puerta— tenía una mesita con una pequeña lámpara, había un par de escritorios de madera oscura y tallados a mano y en medio de las dos camas una puerta más que él supuso daban al baño. Había un par de armarios de madera y un espejo de cuerpo entero en una de las esquinas del cuarto.

—¿Vas a quedarte ahí toda la noche? —le preguntó Malfoy—. Porque si es así, lo mejor será que te quedes afuera, me gusta la privacidad y quiero la puerta cerrada —Harry pareció reaccionar ante esto y finalmente se adentró a la habitación y cerró la puerta a sus espaldas, la habitación era mejor de lo que había esperado, lujosa y mucho, mucho mejor que su vieja "habitación". Era tan bonita que ni si quiera le molestaba tener que compartir—. Pareces bastante satisfecho con éste lugar —su siseante voz interrumpió sus pensamientos —, sinceramente no entiendo por qué, mi cuarto en Malfoy Manor es mucho más grande y apuesto que la tuya igual —Harry hizo una mueca pero no intentó sacar al rubio de su error.

—Está bastante bien —dijo entonces, sentándose en su propia cama, sintiendo la suavidad y lo acolchado que estaba.

Sí, definitivamente era mejor que el horrible catre sobre el que descansaba y que cada mañana le dejaba con un horrible dolor de espalda. Malfoy podría decir lo que quisiera, pero para Harry era perfecto.

Se dedicó a sacar sus cosas del baúl con cuidado y en silencio, no muy seguro de querer socializar con su nuevo compañero de cuarto, no muy seguro de querer comenzar a integrarse entre los Slytherin, no muy seguro de querer pertenecer a su casa.

Había escuchado de Ron muchas cosas sobre la casa de las serpientes y ninguna era demasiado buena, había escuchado de él muchas cosas sobre los Malfoy y tampoco habían sido las mejores. No estaba seguro de poder confiar en él, ni si quiera estaba seguro de poder confiar en alguien en aquella casa, todos lo decían, los Slytherin no eran de fiar, ellos siempre te traicionarían por sus propios intereses y él no se quería ver envuelto con aquella gente, él necesitaba amistades como la de Ron, o la de Hermione, él necesitaba gente que lo respaldara en caso de que Voldemort volviera a levantarse, alguien que se quedara a pelear a su lado, no alguien que huyera ante la más mínima señal de peligro. Él necesitaba la valentía Gryffindor a su lado y la inteligencia Ravenclaw respaldándolo, no el sentido de auto conservación Slytherin.

—¿Cuánto tiempo vas a seguir con esa expresión de aflicción? Porque déjame decirte que está comenzando a ser irritante.

—¿Disculpa? —preguntó atónito.

—Sí, desde que te pusieron en Slytherin no has hecho más que poner ese gesto de incredulidad, aflicción que a veces se torna en una calibración, como si planearas algo, luego vuelvas a afligirte y la verdad es que comienzo a sentirme irritado ¿tanto te molesta estar en ésta casa? —Harry lo miró, el rubio estaba sentado en el borde de la cama, mirándolo penetrantemente y entonces se hizo la misma pregunta.

—Yo... no, claro que no —mintió, pues si, se sentía un poco incómodo.

—Mentiroso —le respondió con una sonrisa— ¿es por qué el-que-no-debe-ser-nombrado estudió aquí? ¿O es porque tu amiguito Weasley no paró de hablar sobre lo malvados que somos? —alzó una ceja divertido cuando Harry intentó hablar y ninguna palabra salió—. ¿O es tal vez porque yo estoy en esta casa? —Harry le miró por un instante, no parecía molesto, sino más bien genuinamente interesado en su respuesta—. No me sorprendería, en absoluto, después de todo, mi padre servía al hombre que asesinó a tus padres —sonrió ampliamente, descarado.

—Él... ¿es verdad entonces? —preguntó sorprendido.

—Por supuesto que no —soltó una carcajada— los Malfoy no servimos a nadie, solo nos tenemos lealtad a nosotros mismos —se puso de pie, caminando hasta Harry, rodeando su cama— ¿Sabes lo que creo? —le preguntó en tono confidencial—. Creo que te tiene aterrado la manera en la que todos te miraron después de que te pusieran en Slytherin, crees que por haber terminado aquí eres malvado o cualquiera de las estupideces que Weasley dice, crees que estás traicionando a tus padres, ambos Gryffindor, asesinados por un Slytherin —sonrió satisfecho cuando mostró una expresión que le decía que iba por buen camino. Entonces Malfoy se sentó en la cama, frente a él y alzó el rostro para mirarlo a la cara, a él que estaba de pie a escasos centímetros—. Sin embargo, Potter, voy a decirte algo, algo que los Gryffindor como los Weasley no comprenden; ellos dicen que somos malvados y que no somos de fiar, ellos dicen que somos frívolos y prejuiciosos, como si ellos no lo fueran, vanagloriándose únicamente por pertenecer a la casa de Godric y señalándonos a nosotros por pertenecer a la de Salazar ¿la diferencia entre ellos y nosotros? Ellos recurren a la hipocresía, nosotros no tememos mostrarnos tal cual somos, porque sabemos que tenemos razones para actuar de una o de otra manera. Ya has escuchado la opinión de alguien cuya familia a pertenecido a la casa de los leones por años —sonrió— es hora de que escuches a alguien cuya familia no ha pertenecido a otra casa más que Slytherin.

«Ser Slytherin no va a transformarte en Voldemort o en mortífago, Potter, ser Slytherin solo significa que estás en un lugar donde la gente que te rodea te va a obligar a demostrar de que estás hecho, utilizando cada uno de los recursos a tu alcance, recursos que tal vez otros no vean con buenos ojos, pero que son necesarios si quieres sobrevivir. Estar en Slytherin significa demostrarle al mundo la grandeza que reside en ti y si no estás hecho para ello, puedes colocarte al pie de la pirámide, cargando en tus hombros a aquellos que si están preparados para dar lo mejor de sí, puedes ir y hacerle compañía a Crabbe y Goyle y ayudarles a cargarme a mí o a Zabini o a Nott. Es verdad, no somos como los Gryffindor, pero si eres un poco inteligente —y sé que lo eres— entonces aprenderás a ver, a distinguir a los que te ayudarán a subir y a los que intentarán hacerte caer y está en ti dejarlos hacer contigo lo que quieran o demostrarles que no eres únicamente un nombre en los libros de historia; los Gryffindor compiten por diversión, nosotros lo hacemos porque de ello depende nuestro futuro. Los Slytherin estamos hechos para la grandeza, los Slytherin somos leales a aquellos que nos demuestran que se lo merecen, aquí no vas a tener de amigos a todos los chicos del curso, vas a tener tres o menos, pero ellos jamás van a darte la espalda.

El poder no es algo que deba hacerte temer, el poder también puede ser benigno, Merlín es la prueba de ello, Dumbledore —aunque me cueste aceptarlo— también lo es, el poder no solo es para presumir, es para proteger a los nuestros, el poder es para disfrutarlo y compartirlo con aquellos que se han ganado nuestra mano y eso, Potter, es de lo que estamos hechos los Slytherin, no de sentimentalismos baratos, ni de proezas heróicas sin sentido, nosotros planeamos, nosotros observamos, nosotros llegamos silenciosamente, tomamos lo que deseamos y nos marchamos, arriesgamos nuestra propia vida por los nuestros, le demostramos al mundo que no necesitamos desenvainar nuestra varita para mostrar poder, lo hacemos con nuestra presencia y aquello es lo que tiene tan molestos a los leones, porque ellos si necesitan correr como idiotas tras el peligro para ser reconocidos, para proteger lo que aman.

Y yo sé, Harry, que tu entiendes de todo lo que te estoy hablando; la manera en que analizas a la gente y decides si son de fiar, la manera en que observas sus cualidades y desechas a los que no tienen nada que aportar a tu vida, vas por ahí regalando dulces y sonriendo de manera desentendida y ellos creen que eres amable, pero yo veo, yo veo el potencial que tienes, llegaste aquí para formar alianzas beneficiosas, porque no quieres que pasen sobre ti y aunque tampoco quieres ser el centro de atención es innegable que lo serás, hoy y dentro de siete años, incluso después de ello, eres Harry Potter después de todo.

Ahora solo te queda decidir, ¿vas a ser un don nadie? ¿Alguien que se puede pisar y desechar? ¿O vas a hacer honor a tu fama y vas a ser el líder que todos esperan que seas? ¿Vas a tener el valor de demostrar de que estás hecho? ¿De probarte y probarle al mundo de lo que eres capaz? ¿Tendrás el valor de hacer lo necesario si el-que-no-debe-ser-nombrado se levanta de nuevo? Dime, Potter ¿No harías lo que fuera por vengar a tus padres y proteger a este mundo de aquel hombre? Porque yo sé, puedo verlo en tus ojos, que sí, qué harías lo que fuera y eso, eso es precisamente lo que hace de ti un Slytherin.»

Harry le miró directamente a los ojos, sus palabras, cada una de ellas se habían gravado en su mente como al fuego vivo, Draco estaba realmente convencido de cada acosa que había dicho y aquello le había removido algo en el interior y había disipado la duda y la incertidumbre que había sentido momentos atrás. Sabía que Malfoy hablaba así seguramente por enseñanza de sus padres, pero la verdad era tan avasallante y el orgullo de pertenecer a Slytherin era tanto que pronto comprendió que estaba en el lugar correcto; el ojigris tenía razón, estar en la casa de los serpientes no lo volvería Lord Voldemort, ni un mortífago, simplemente lo ayudaría en su camino a la grandeza, al poder que le ayudaría a proteger aquello que amara, de poder salvar las vidas de las personas que apreciara, porque tal vez no había podido salvar a sus padres, pero podría ayudar a otras personas y Slytherin abría ante él el camino para hacerlo, silencioso, inteligente, analizando cada detalle.

Entendía lo que Malfoy quería transmitirle y se sintió motivado, él no quería reconocimiento, él quería el poder de proteger y vivir. Porque tal vez Harry era un Slytherin diferente; no era un sangre pura, ni tenía prejuicios contra los muggles, pero tenía ambiciones, tenía metas y el sombrero había leído aquello en su mente y por ello lo había mandado ahí y ahora, Draco Malfoy le abría el panorama completo y le gustaba lo que veía, Harry Potter podía ser un héroe, uno discreto, no como los Gryffindor.

—No sé nada sobre Slytherin, o sobre este mundo —dijo con semblante serio y Draco Malfoy volvió a sonreír, poniéndose de pie frente a él.

El rubio le miró intensamente, como orgulloso de que por fin comprendiera, colocó su pálida mano sobre su mejilla y dijo.

—Déjame enseñarte —entonces acercó su rostro y le besó castamente en los labios.