Se encontraba sentado en su escritorio, intentado hacer su ensayo de transformaciones sin éxito, demasiado ocupado pensando en el paquetito de la bóveda setecientos trece y en la misteriosa actitud de Hagrid quién se había negado a soltar la sopa y vaya que Harry había sido astuto a la hora de preguntar, si hasta se había comido cortésmente los duros pastelillos que el guardabosque siempre le ofrecía cada que lo visitaba en su cabaña y lo único que había conseguido había sido una muela adolorida y un "Oh, Harry, no hay nada de qué preocuparse, Dumbledore tiene todo bajo control". Pero Harry no estaba preocupado, estaba total y completamente fascinado con aquel tema misterioso, quería, necesitaba saber de qué se trataba pues él siempre había sido curioso por naturaleza. Pensaba que debía ser importante, mucho, si alguien se había aventurado a irrumpir en Gringotts no sería por unas cuantas moneditas, no, debía ser algo realmente valioso, más que el oro, algo que tuviera valor real para un mago oscuro, algo que le concediera poder, tal vez.
Le había dado vueltas al asunto un millón de veces, pero sus suposiciones siempre se quedaban en el mismo punto, pensaba que la lista de cosas que un mago oscuro podía desear era muy reducida, pero como él no tenía ni idea de cuales cosas podían ser útiles para ellos pues simplemente dejaba que su imaginación hiciera todo el trabajo; a veces pensaba que se trataba de una poción para hacerte mágicamente más poderoso pero no tenía idea de si aquello existía realmente, a veces creía que se trataba de algún amuleto que te concedía cualquier deseo o de un sortilegio que te permitiera conocer el futuro o algo similar, pero cada que repensaba alguna idea cada se hacía más absurda y es que conocía tan poco del mundo mágico que no sabía ni por dónde empezar.
Por supuesto no había compartido con nadie aquella información, temeroso de meter la pata y meterse en problemas no solo con Hagrid quién era un gran amigo, si no con el mismísimo Dumbledore con quién en realidad no había cruzado más de dos palabras pero que le imponía un respeto digno del poder que el viejo director emanaba de su cuerpo, poder que era tan grande y aplastante que hacía que los vellos de su nuca se erizaran en su presencia. Y es que Albus Dumbledore era de los pocos magos que le podían proyectar su poder de aquella manera, sí, los profesores tenían su propia aura mágica, pero no había sentido ninguna como la del director y estaba seguro de que no había sido el único en percatarse de ello, Draco podía sentirla y lucía claramente incómodo en su presencia.
Miró a su derecha, Malfoy se encontraba leyendo quien sabe que recostado en su cama, con el cabello inusualmente desarreglado y los ojos entrecerrados por la poca luz que había en la habitación. El calamar gigante pasó frente a su ventana haciendo aún más sombra pero ninguno de ellos se inmutó, ya demasiado acostumbrados a su presencia como para si quiera voltear a verlo como los primeros días. Entonces Harry volvió su vista a su pergamino e intentó recordar todo lo que sabía sobre el cambio de textura de un objeto y cuando se dio cuenta de que no podía pensar en nada más que el estúpido y misterioso paquetito, simplemente dejó su pluma en el tintero, se puso de pie, caminó hasta su cama y con un pesado suspiro se dejó caer sobre ella, desarreglándola por completo.
Miró el techo por un instante y luego cerró los ojos, cansado, sabía que debía ponerse el pijama pero ya no se sentía con ganas de volver a levantarse. Después de un momento escuchó que su compañero de cuarto suspiraba pesadamente y cerrara su libro. Bajo sus parpados noto como las luces que aún estaban encendidas se apagaban, dejándolos en una inmensa oscuridad, pero cuando Harry creyó que Draco se disponía a dormir lo escuchó ponerse de pie y caminar hasta su cama para inmediatamente sentir su peso hundiendo el colchón.
El pelinegro abrió los ojos entonces, una vez que se acostumbró a la penumbra se dio cuenta de que Draco se estaba acomodando sobre él, recostándose sobre su pecho. Sus ojos grises penetrándole hasta el alma.
—¿Qué haces? —le preguntó en un susurro, para nada incómodo con la situación pues el rubio a veces hacía cosas extrañas que él no comprendía, cosas como el beso de la primera noche.
—Tratando de adivinar qué es lo que te tiene tan distraído ¿estás ocultándome algo, Potter?
—Solo es estrés por las clases —respondió y Draco, con su pecho contra el suyo estiró su mano para apartar un mechón de cabello negro de su frente, descubriendo su cicatriz.
—Apenas y han dejado tareas, pequeño mentiroso —hizo una pequeña pausa mientras delineaba su cicatriz con el dedo índice —. Sabes que puedes confiar en mí —Harry quién no estaba muy seguro de ello simplemente asintió en silencio, Malfoy lo miró un poco más y volvió a besarlo en los labios, un beso corto, un roce apenas pero que hizo que una descarga eléctrica recorriera la espina dorsal del ojiverde.
—¿Por qué lo haces? —preguntó entonces, cuando Malfoy se apartó.
—¿Hacer qué? —le respondió con otra pregunta mientras volvía a la tarea de delinear su cicatriz.
—Besarme —aclaró— ¿No se supone que solo debemos hacer eso con chicas? —Draco soltó una pequeña risita.
—Hago lo que se me da la gana con quién se me da la gana —aclaró y sonrió sutilmente—. Además, es agradable hacerlo contigo, me gusta ¿a ti no? —Harry no respondió, no muy seguro de que decir, Draco parecía haber dado veinte vueltas cuando él apenas estaba dando la primera y aquello le tenía desconcertado.
—Fue mi primer beso —confesó entonces, todo seriedad y Draco alzó las cejas, sorprendido, luego sonrió un poco y se recostó en su pecho.
Sin mirarlo respondió:
—También el mío.
Ambos se quedaron en silencio, únicamente con el relajante ruido del agua del lago envolviéndolos lentamente, arrullándolos.
Draco era ligero como una pluma, por lo que no era incómodo tenerlo encima, Harry cerró los ojos nuevamente, sintió el momento preciso en que ambas respiraciones se sincronizaron y aquello le trajo una paz inexplicable. Estaba cayendo rendido al sueño cuando Draco se levantó, lentamente, tal vez intentado no despertarlo. Cuando logró ver a través de la oscuridad notó que el rubio se había colocado los zapatos y una capa sobre el uniforme que tampoco se había molestado en quitarse.
Iba a salir.
—¿A dónde vas? —preguntó con voz ronca.
—Tengo un duelo de media noche que atender.
—¿Qué? ¿Por qué?—Preguntó acomodándose las gafas que se le habían enchuecado— ¿Dónde? ¿Con quién? ¿Sabes que si te cachan podrían castigarte? —Draco le sonrió.
—Con Weasley, en el salón de trofeos, porque se lo buscó.
Harry se puso de pie de un salto, aún medio adormilado. Se paró frente a la puerta decidido a detener aquella locura, no iba a permitir que sus dos amigos mantuvieran un duelo absurdo, podían hacerse daño... o Draco podía hacerle daño a Ron, dudaba que los Weasley, a comparación de los Malfoy, hubieran enseñado a su hijo a defenderse desde que había dejado los pañales. Definitivamente no podía dejar que se enfrentaran.
—Estás loco si crees que te voy a dejar ir a enfrentarte en duelo con Ron —le dijo decididamente y Malfoy sonrió seguro de sí mismo.
—¿Ah, sí? ¿Y exactamente qué piensas hacer para impedírmelo? —Se cruzó de brazos, decidido— ¿Maldecirme? ¿Acusarme con algún profesor? —Harry lo miró a los ojos, sabía que no podía ir de soplón, de ello dependía la lealtad que tanto Malfoy como Weasley le tenían y lanzarle un maleficio a su compañero de cuarto no podía ser la mejor de las ideas, no si quería dormir tranquilo por el resto de su estancia en Hogwarts.
Suspiró, rindiéndose.
—Iré contigo —sentenció finalmente.
—¿Serás mi segundo? —preguntó divertido y Harry rodó los ojos, sabía lo suficiente sobre duelos para entender a lo que se refería.
—Ron no va a matarte y tú tampoco vas a matarlo, no necesitan un segundo y si voy es únicamente para detener esta tontería... ¿De todas formas, por qué se han retado a un duelo?
—Por ti —respondió llanamente y no agregó nada más.
Se encaminó hacia la salida con una capa calentita encima, sabía que Malfoy le seguía por lo que sin girarse abrió la puerta de la sala común y siguió caminando hasta la sala de trofeos. Era peligroso, él lo sabía, no solo Filch el conserje andaba por ahí merodeando y asegurándose de que ningún estudiante desobediente estuviera fuera de la cama a horas indebidas, también estaba Peeves el poltergeist del colegio quién amaba meter en problemas a los estudiantes, a los chicos como ellos que creían que podían salirse con la suya.
Los pasillos estaban desiertos y aquello era una buena señal, no habían prefectos a la vista y lo único que se escuchaba eran los casi silenciosos pasos de ambos Slytherin. Harry mantenía el oído atento a cualquier señal de movimiento, Draco en cambio caminaba tranquilamente, con la nariz en alto, como si fuera medio día y no tuviera nada de malo estar fuera de la cama.
Llegaron al salón de trofeos cuya puerta estaba entreabierta y el moreno supo que Ron estaba dentro y no estaba solo, la voz de Hermione también se escuchaba desde dentro. El ojiverde no podía creer que la chica se hubiera prestado a semejante cosa, la creía mucho más inteligente que eso, pero cuando se acercó un poco más y escuchó su charla se percató de que Granger, al igual que él, solo buscaba detener aquella tontería.
Un poco más aliviado empujó la puerta; tal cual había sospechado Ron estaba ahí, con Hermione y además Neville Longbottom quién un poco nervioso y temeroso se había mantenido alejado de la discusión de los otros dos chicos. Malfoy lo hizo a un lado delicadamente, abriéndose paso y sacando su varita con suma elegancia, Ron reaccionó segundos después, sacando su varita bastante torpemente.
—Suficiente —dijo el moreno interponiéndose entre ellos.
—Es lo mismo que he dicho yo —apoyó Hermione—, lo mejor será volver a nuestras respectivas casas antes de que alguien nos encuentre y nos metamos en problemas.
—Puedes irte si quieres, Granger —dijo Ron su bajar su varita— nadie te ha invitado de todas formas— la chica abrió mucho la boca, claramente ofendida, pero Harry no le dejó replicar nada pues rápidamente dijo:
—No va a haber un duelo ahora, ni nunca —tomó el brazo de Draco quién mantenía una sonrisa burlona y lo bajó, luego se acercó a Ron he hizo lo mismo —No voy a consentir que mis amigos se dañen entre ellos ¿entendido? —Ron bufó pero se dio media vuelta, alejándose, Draco desvió la mirada hacia alguno de los anaqueles aún sonriendo.
—No sabía que tu padre había sido cazador, Harry —dijo Neville entonces, rompiendo el incómodo silencio.
Todos se acercaron hacia el anaquel donde el Gryffindor miraba, dentro descansaban todos los trofeos de Gryffindor y algunas placas conmemorativas de los jugadores que habían sido capitanes del equipo; dentro de ellas había una con el nombre de James Potter, capitán de Gryffindor al parecer y cazador del equipo, con honores.
Los dos leones, el águila y las dos serpientes miraron detenidamente la chapa, pero solo Harry sintió que, por un momento, había descubierto algo invaluable, algo relacionado con sus padres que iba más allá de lo que los libros de historia contaban y se sentía fabuloso. Necesitaba saber más, conocer más de aquellas dos fabulosas personas que habían dado su vida para proteger, tenía todo el derecho, él era su unigénito, él deseaba saber.
Entonces un ruido en la habitación de al lado los hizo saltar. Harry ya había levantado su varita cuando oyeron unas voces.
—Olfatea por ahí, mi tesoro. Pueden estar escondidos en un rincón— era Filch, hablando con la Señora Norris.
Aterrorizada, Hermione gesticuló para que los demás la siguieran lo más rápido posible. Se escurrieron silenciosamente hacia la puerta más alejada de la voz del conserje. Neville acababa de pasar, cuando oyeron que Filch entraba en el salón de los trofeos.
—Tienen que estar en algún lado —lo oyeron murmurar—. Probablemente se han escondido.
—¡Por aquí! —señaló Harry a los otros y, aterrados, comenzaron a atravesar una larga galería, llena de armaduras.
Podían oír los pasos de Filch, acercándose a ellos. Súbitamente, Neville dejó escapar un chillido de miedo y empezó a correr, tropezó, se aferró a la muñeca de Ron y se golpearon contra una armadura. Los ruidos eran suficientes para despertar a todo el castillo.
—¿Es que acaso eres idiota? —exclamó Malfoy perdiendo la paciencia.
—No ahora, Draco —le regañó Harry— ¡Corran, por aquí! —y los cinco se lanzaron por la galería, sin darse la vuelta para ver si Filch los seguía.
Pasaron por el quicio de la puerta y corrieron de un pasillo a otro, Harry delante, sin tener ni idea de dónde estaban o adónde iban. Se metieron a través de un tapiz y se encontraron en un pasadizo oculto, lo siguieron y llegaron cerca del aula de Encantamientos, que sabían que estaba a kilómetros del salón de trofeos.
—Creo que lo hemos despistado —dijo Harry, apoyándose contra la pared fría y secándose la frente. Neville estaba doblado en dos, respirando con dificultad.
—Se... los... dije —añadió Hermione, apretándose el pecho—. Esto... era... era una mala idea.
—Tal vez no estaríamos en ésta situación si Wesel conociera su lugar —espetó Draco.
—Repite eso —le retó el pelirrojo y ambos se fulminaron con la mirada.
—Tenemos que regresar lo más rápido posible —interrumpió Harry.
Pero aquello no sería tan sencillo. No habían dado más de una docena de pasos, cuando se movió un pestillo y alguien salió de un aula que estaba frente a ellos. Era Peeves. Los vio y dejó escapar un grito de alegría.
—¿Vagabundeando a medianoche, novatos? No, no, no. Malos, malos, niños malos.
—No, si no nos delatas, Peeves, por favor. —rogó Hermione.
Draco bufó fastidiado.
—Debo decírselo a Filch, debo hacerlo —dijo Peeves, con voz de santurrón, pero sus ojos brillaban malévolamente.— Es por su bien, ya lo saben.
—Quítate de en medio —ordenó Ron, y le dio un golpe a Peeves. Aquello fue un gran error.
—¡ALUMNOS FUERA DE LA CAMA! —gritó Peeves—. ¡ALUMNOS FUERA DE LA CAMA, EN EL PASILLO DE ENCANTAMIENTOS!
Pasaron debajo de Peeves y corrieron como para salvar sus vidas, recto hasta el final del pasillo, donde chocaron contra una puerta... que estaba cerrada.
—¡Estamos fritos! —gimió Ron, mientras empujaban inútilmente la puerta—. ¡Esto es el final!
—¿Y de quién es la maldita culpa? —le recriminó el rubio.
Podían oír las pisadas: Filch corría lo más rápido que podía hacia el lugar de donde procedían los gritos de Peeves.
—Oh, muévete —ordenó Harry. Cogió su varita, golpeó la cerradura y susurró—: ¡Alohomora! —el pestillo hizo un clic y la puerta se abrió.
Todos se adentraron a la oscura sala, empujándose sin reparos y cuando estuvieron listos volvieron a cerrar la puerta. Escucharon a Filch y a Peeves discutir, pero al parecer ya ninguno de los dos sabía por dónde habían desaparecido. Hermione reía bajito, aliviada, Neville temblaba aún nervioso, Draco había aferrado su mano a la túnica de Harry, Ron respiraba con dificultad y Potter simplemente se giró, no muy seguro de donde se encontraban.
Durante un momento, pensó que estaba en una pesadilla: aquello era demasiado, después de todo lo que había sucedido. No estaban en una habitación, como él había pensado. Era un pasillo. El pasillo prohibido del tercer piso, aquel que Dumbledore había aclarado durante la primera cena que nadie, absolutamente nadie podía entrar. Y ya sabían por qué estaba prohibido.
El resto se giró al escuchar su jadeo de sorpresa, estaban mirando directamente a los ojos de un perro monstruoso, un perro que llenaba todo el espacio entre el suelo y el techo. Tenía tres cabezas, seis ojos enloquecidos, tres narices que olfateaban en dirección a ellos y tres bocas chorreando saliva entre los amarillentos colmillos. Estaba casi inmóvil, con los seis ojos fijos en ellos, y Harry supo que la única razón por la que no los había matado ya era porque la súbita aparición lo había tomado por sorpresa. Pero se recuperaba rápidamente: sus profundos gruñidos eran inconfundibles.
Harry abrió la puerta. Entre Filch y la muerte, prefería a Filch.
Retrocedieron y Harry cerró la puerta tras ellos. Corrieron, casi volaron por el pasillo. Filch debía de haber ido a buscarlos a otro lado, porque no lo vieron. Pero no les importaba: lo único que querían era alejarse del monstruo. Jadeantes llegaron hacia una sala de clases y se mantuvieron entre jadeos de esfuerzo hasta que Ron finalmente rompió el silencio, tan aterrado como lo estaban todos.
—¿Qué pretenden, teniendo una cosa así encerrada en el colegio?. Si algún perro necesita ejercicio, es ése.
Draco había recuperado el aliento y el mal carácter.
—¿Es que no tienes ojos en la cara? —dijo enfadado—. ¿No vieron lo que había debajo de él?
—¿El suelo? —sugirió Harry—. No miré sus patas, estaba demasiado ocupado observando sus cabezas —respondió fastidiado de tanto misterio.
—No, el suelo no. —Aclaró Hermione que al parecer también lo había visto— Estaba encima de una trampilla. Es evidente que está vigilando algo. —Se puso de pie, mirándolos indignada. —Espero que ya estén satisfechos. Nos podía haber matado. O peor, expulsado. Ahora, si no les importa, me voy a la cama. —Ron la contempló boquiabierto.
Pero Hermione le había dado a Harry algo más para pensar, mientras se dirigía la sala común de Slytherin, acompañado de un inusualmente silencioso Draco. El perro vigilaba algo y él sabía de primera mano que Dumbledore necesitaba proteger cierto paquetito arrugado recién salido de Gringotts.
Sonrió, había descubierto por fin, después de días de estarse rompiendose la cabeza pensando en ello, por fin había dado con él y podría saber de qué se trataba pero... ¿de verdad valía la pena arriesgar su vida solo para descubrir que era aquello? Él no era un Gryffindor, era un Slytherin y pensaba que no, probablemente no lo valía.
Se mordió el labio pensativo, pensaba que si estaba a salvo de los magos oscuros que lo querían estaba bien.
—Tú sabes lo que esa cosa está cuidando —le dijo Malfoy nada más llegaron a la habitación. Harry, haciéndose el desentendido le ignoró y se colocó el pijama. —Vamos Harry a mí no tienes por qué ocultarme nada, puedo leerlo en tus ojos, lo sabes y yo quiero saber lo que es.
—Te equivocas —dijo entonces y suspirando le explicó lo de la bóveda, el paquete y lo poco o nada que Hagrid le había dicho sobre él.
—Es algo muy valioso, o muy peligroso —dijo Draco.
—O las dos cosas —opinó Harry. Pero como ninguno de los dos tenía más pistas de las que ya sabían pues dejaron el tema y se fueron a dormir.
A la mañana siguiente ni Hermione, ni Neville habían mostrado el más mínimo interés sobre lo que fuese que el perro resguardase, pero Ron sí y Harry terminó contándole lo poco que sabía en la hora del desayuno, comida que tomaron en los jardines.
Hermione se negaba a hablar con Harry y Ron, pero como era una sabihonda mandona, el pelirrojo lo consideraba un premio, en cambio el moreno pensaba que debía hacer las paces, la chica era de gran apoyo a la hora de hacer la tarea y además era muy suspicaz e inteligente, sabía que era conveniente tenerla de su lado.
Una semana después, mientras desayunaba en la mesa de Slytherin, Harry y Draco se encontraban charlando sobre los entrenamientos de quidditch que comenzarían pronto, entusiasmados por que Flint les había hecho la prueba y les había dejado unirse al equipo satisfecho con sus habilidades. No había otra cosa de la que se hablara y Potter estaba realmente contento con ello, la gente había dejado de observarlo como si fuese el siguiente Lord Voldemort y ahora le miraban nuevamente con fascinación y respeto por ser uno de los jugadores más jóvenes de Hogwarts en jugar para su respectiva casa, incluso algunos muchachos de otras casa lo habían felicitado, como Ron o sus hermanos gemelos Fred y George quienes jugaban en Gryffindor y habían prometido aplastarlo.
Cuando la hora de la correspondencia llegó, Harry simplemente se sumergió en su nada interesante ejemplar de El Profeta, por alguna razón le incomodaba ver el cariño y la frecuencia con la que los Malfoy le escribían a su hijo, al menos tres veces a la semana; presenciarlo le hacía sentir solitario y algo deprimido, claro, se alegraba por Draco quién podía disfrutar de sus padres, pero no por eso le afectaba menos.
Mientras las lechuzas volaban por el Gran Comedor, como de costumbre, la atención de todos se fijó de inmediato en un par de paquetes largos y delgados, que llevaban doce lechuzas blancas, respectivamente. Harry levantó la vista únicamente por los cuchicheos de los demás alumnos, por lo que se sorprendió mucho cuando las lechuzas bajaron y dejaron uno de los paquetes frente a él, tirando al suelo su tocino. Se estaban alejando, cuando otra lechuza dejó caer una carta sobre el paquete. Ni si quiera notó que el otro paquete había caído en manos de Draco, quien a su lado le miraba expectante.
Harry tomó la carta y miró el selló en el sobre, el emblema de los Malfoy reposaba en él, elegante y sofisticado, solo entonces miró a su rubio amigo quién le dedico una pequeña y sincera sonrisa.
La carta decía:
Estimado señor Potter
¿Cómo se encuentra?. Espero que gozando de impecable salud y pasando sus días en el colegio gratamente. Sé que le sorprenderá recibir una carta mía y más aún un paquete, pero mi querido hijo Draco no ha dejado de hablar de lo atento y buen mozo que se ha potado con él, agregando por supuesto, lo buenos amigos que se han hecho.
Mi intención es únicamente agradecerle las atenciones que ha tenido con mi hijo y aclararle que, cualquier amigo de Draco es considerado por mí, un hijo más. Espero que el presente sea de su agrado, ya he puesto al profesor Dumbledore y al resto de los profesores al tanto de que el paquete contiene una nimbus 2000 completamente nueva y me han pedido, que le diga a usted, se abstenga de abrirla frente a todos, para ahorrar problemas o algo similar, según me han informado.
Espero que la encuentre útil para sus entrenamientos de quidditch, Draco está muy entusiasmado con el asunto, le hace realmente feliz poder jugar con usted, imagine lo contento que estará si ganan la copa de las casas, que es lo único que espero a cambio de mi presente.
En fin, debo despedirme no sin antes agregar que Severus me ha pedido avisarles que esta noche empiezan sus entrenamientos con el resto del equipo. Espero poder conocerlo pronto en persona, señor Potter.
Atentamente, Narcissa Malfoy.
Harry tuvo problemas para contener su alegría, nunca, jamás en la vida alguien le había regalado algo y se sentía tan increíblemente bien que habría podido saltar sobre la mesa, feliz. Estaba agradecido, mucho, demasiado, tanto era así que, cuando su mirada se encontró con la de Draco, no tuvo manera de expresarlo en palabras, pero tal parecía que su amigo lo entendía y simplemente le sonrió, satisfecho de que Harry pareciese tan contento por algo tan insignificante como una escoba de carreras.
El pelinegro miró a la mesa de los profesores, McGonagall le sonreía, contenta por él, al igual que Dumbledore, Snape en cambio solamente rodó los ojos y evitó cualquier contacto visual. Miró a la mesa de los leones, Ron, Seamus, Dean, Neville y los gemelos Weasley preguntaban con la mirada que era aquello, incluso Hermione pareció olvidar un poco su enojo y lo miró curiosa.
Harry jamás se había sentido más feliz, porque definitivamente recibir algo de alguien que te aprecia, como Draco, era la mejor parte, aunque por supuesto, la escoba no estaba nada mal.
Durante aquel día, Harry tuvo que esforzarse por atender a las clases. Su mente volvía al dormitorio, donde su escoba nueva estaba debajo de la cama, o se iba al campo de quidditch, donde aquella misma noche aprendería a jugar, como su padre, como James Potter.
