Harry aferraba su mano con fuerza a la escoba que vibraba tanto que era casi imposible que pudiera seguir colgado durante mucho más tiempo. Todos miraban aterrorizados, mientras los Weasley —pese a ser del otro equipo— volaban hacía él, tratando de poner a salvo a Harry en una de las escobas. Pero aquello fue peor: cada vez que se le acercaban, la escoba saltaba más alto. Se dejaron caer y comenzaron a volar en círculos, con el evidente propósito de atraparlo si caía. Marcus Flint cogió la quaffle y marcó cinco tantos sin que nadie lo advirtiera y Draco, aunque acongojado, se mantenía en su posición de juego por órdenes de su capitán. Harry no sabía exactamente lo que ocurría, solo recordaba que todo había estado perfectamente bien durante el inicio del partido y luego, bueno, su escoba había perdido la razón.

Cerró los ojos para intentar descubrir de donde provenía el maleficio que tenía al objeto completamente fuera de control. Grande fue su sorpresa cuando descubrió que venía del palco de los profesores, pero le asombró aún más que ninguno de los maestros se hubiera percatado de que uno de ellos, muy cerca, estaba haciendo uso de magia para hacerlo caer desde tan terrible altura.

Por supuesto el principal sospechosos era Severus Snape, sobre todo desde que el día anterior le descubriera aquella terrible herida que el perro de tres cabezas le había causado, Snape estaba asustado, pensaba Harry, asustado de que él abriera la boca y le gritara al mundo sus intenciones; porque Harry sabía, porque lo intuía, que el profesor de pociones quería robar aquello que se ocultaba tras la trampilla.

El perro aquel había cumplido magníficamente con su tarea de proteger la puerta bajo sus pies, pero aquello no aseguraba que Snape se rendiría y Harry, por supuesto, no estaba dispuesto a dejarlo salirse con la suya, número uno, porque lo detestaba, segundo, porque lo que sea que Dumbledore guardaba con tanto recelo podía ser peligroso en las manos equivocadas, en las manos de Snape quién, según había averiguado, en su tiempo había servido a Voldemort para después "redimirse". Claro que Harry no era ingenuo, ni tonto y aunque Dumbledore se tragase el cuentecito del mortífago reformado, Potter no lo hacía y la clara prueba de ello eran sus planes de traicionar al director del colegio y obtener aquel paquete misterioso del tercer piso.

Entonces la escoba se detuvo de repente, el tiempo suficiente para que Harry tomara impulso y se trepara a ella nuevamente. Jamás habría creído que los entrenamientos intensos de Flint dieran tales resultados en tan corto tiempo, pero lo habían hecho y ya no era tan debilucho, aunque en apariencia si lo fuese.

Recobró el ritmo de juego tan rápido como le fue posible no sin antes dirigir una mirada suspicaz al palco de los profesores donde algo había ocurrido, no sabía qué, pero había funcionado para que Snape dejara de maldecir su escoba.

Draco voló cerca de él y palmeó el hombro, animándolo a seguir cuando la quaffle llegó a sus manos y anotó un tanto más a favor de Slytherin. Fue justo cuando Harry iba a decirle algo Malfoy que la snitch se cruzó en su camino y sin poder evitarlo casi se la traga.

Patéticamente se la sacó de la boca, sintiéndose sumamente idiota, había estado cerca de una hora tras la estúpida pelotita para que al final la hubiera atrapado de aquella manera tan poco digna de un... sacudió la cabeza, ¿Qué importaba cómo la hubiese atrapado, lo había hecho y había ganado el partido para gran confusión de todos los presentes quienes no entendían nada lo que había ocurrido.

Alzó la mano al cielo, victorioso, Lee Jordan, el comentarista un Gryffindor anunció la victoria de Slytherin de manera desanimada y finalmente descendió para recibir los gritos y los aplausos de las serpientes y de algunos otros alumnos de otras casas.

Disfrutó del momento, solo un poco, sintiéndose realmente bien al convertirse en el centro de atención, nunca en su vida lo habían aclamado tanto y el impacto fue tan grande que por un momento casi olvidó que estuvo a punto de morir.

Draco se acercó y lo abrazó fuertemente, con su cabello rubio picándole en el rostro y arrancándole una carcajada, luego llegó el resto del equipo quienes contentísimos lo cargaron en hombros mientras fanfarroneaban frente a los leones su victoria.

Se sentía bien, muy bien, se sentía grandioso que todos le adularan de aquella manera porque de entre todos, él había hecho algo importante para el equipo. Jugar era divertido, sí, pero ganar, ganar era otra cosa, la victoria sabía dulce y Harry quería probarla una vez más, quería probarla todas las veces que fuese posible, quería que sus compañeros le miraran como si fuese un héroe, quería que Draco le sonriera de aquella manera, quería volver a sentir la snitch como parte de su leyenda.

Rio, gritó, cantó y celebró todo lo que pudo sin sospechar que aquella primera victoria solo lo dejaría con ganas de más, de más miradas, de más atención, de más celebraciones.

Flint finalmente lo bajó, una fiesta les esperaba en la sala común, pero Harry había prometido encontrarse con Ron y Hermione después del partido sin importar el resultado. Draco, no muy contento se marchó con el resto de los Slytherin y Harry se quedó ahí hasta que la Ravenclaw y el león fueron a su encuentro, ambos sospechosamente silenciosos mientras se dirigían a la cabaña de Hagrid donde habían prometido ir un rato antes de la fiesta de celebración por la victoria de alguno de los dos equipos.

Atravesaron los jardines y bajaron la cuesta hasta divisar la pequeña casita donde Fang, el perro jabalinero de Hagrid los recibió llenándoles de baba. Cinco minutos después el trío ya se encontraba sentado y con una taza de té en las manos mientras Ron decía:

—Era Snape. Hermione y yo lo vimos. Estaba maldiciendo tu escoba. Murmuraba y no te quitaba los ojos de encima.

—Tonterías —dijo Hagrid, que no había oído una palabra de lo que había sucedido. — ¿Por qué iba a hacer algo así Snape?

Harry, Ron y Hermione se miraron, preguntándose qué le iban a decir. Harry decidió contarle la verdad.

—Descubrimos algo sobre él —dijo a Hagrid. — Trató de pasar ante ese perro de tres cabezas, en Halloween, usando al troll como distracción. Y el perro lo mordió. Nosotros pensamos que trataba de robar lo que ese perro está guardando. —Hagrid dejó caer la tetera.

—¿Qué saben de Fluffy? —dijo.

—¿Fluffy? —preguntó Harry.

—Ajá... Es mío... Se lo compré a un griego que conocí en el bar el año pasado... y se lo presté a Dumbledore para guardar...

—¿Sí?—dijo Harry intentando fingir indiferencia, tal cual Draco le había enseñado.

—Bueno, no me pregunten más —dijo con rudeza Hagrid. — Es un secreto.

—Pero Snape trató de robarlo —insistió el pelinegro.

—Tonterías —repitió el guardabosque. — Snape es un profesor de Hogwarts, nunca haría algo así.

—Entonces ¿por qué trató de matar a Harry? —gritó Hermione. Si antes había dudado que Snape fuese malvado o algo, ahora ya estaba convencida de que Harry probablemente siempre había tenido razón sobre él. —Yo conozco un maleficio cuando lo veo, Hagrid. Lo he leído todo sobre ellos. ¡Hay que mantener la vista fija y Snape ni pestañeaba, yo lo vi!

—Están equivocados —dijo ofuscado Hagrid.— No sé por qué la escoba de Harry reaccionó de esa manera... ¡Pero Snape no iba a tratar de matar a un alumno! Ahora, escúchenme, se están metiendo en cosas que no les conciernen y eso es peligroso. Olvídense de ese perro y olviden lo que está vigilando. En eso sólo tienen un papel el profesor Dumbledore y Nicolás Flamel...

—¡Ah! —dijo Ron pero Harry le sujetó una pierna con fuerza, no necesitaba que Hagrid se percatara de que había cometido un grave error al revelar aquel nombre. Necesitaba que creyera que ellos no habían prestado atención y cuando miró a Hermione se dio cuenta de que, tal vez, había hecho lo correcto.

Finalmente se despidieron amablemente, el guardabosque había parecido algo nervioso, pero no retomó el tema y Harry había sido bastante inteligente al cambiarlo por su anécdota de cómo había atrapado la snitch.

Potter se dirigió en compañía de Hermione hasta su sala común, despidiéndose a la mitad del camino, pues la chica urgía por encontrar algo sobre Flamel, Harry, en cambio, tenía una cita pendiente en la sala común de las serpientes; una enorme fiesta en su honor por su papel en el partido de aquella mañana de sábado.

Nada más abrir la puerta fue recibido entre un montón de fuegos artificiales mágicos de color verde que lo hicieron sobresaltarse y reír, todos los Slytherin estaban congregados ahí y le dedicaban un montón de palabras zalameras que lo hicieron ensanchar su sonrisa.

Festejaron hasta el anochecer y ni si quiera Snape fue capaz de detener la fiesta, aunque Harry lo prefería así, tenía asuntos pendientes con él y no iba a darse por vencido hasta dejarle bien en claro que no le tenía miedo, que sabía quién era y que quería y que usaría aquello a su favor.

Bebió cerveza de mantequilla hasta saciarse, comió tantos dulces como le fue posible e incluso recibió un par de pequeños besos de un par de chicas de grados mayores que estaban fascinadas con el joven buscador, con el famoso Harry Potter.

Se sentía bien ser el rey, tenía que admitirlo.

Cuando Harry decidió que había sido suficiente y subió a su habitación apenas y se había percatado de la ausencia de Draco en la sala común, el chico yacía dormido, o aparentemente dormido, sobre su cama, con las cobijas hasta la cabeza, cubriéndole por completo.

El moreno, aún con una enorme sonrisa en el rostro se dirigió al baño donde tomó una ducha lo más silenciosamente posible, temeroso de despertar al ojigris quién se ponía de muy mal humor si no dormía lo suficiente.

Al salir intentó encontrar su pijama en la oscuridad y justo cuando estuvo listo para meterse a la cama, dispuesto a disfrutar que al día siguiente era domingo y podría dormir más, la voz siseante y conocida de Draco se coló entre el silencio de la habitación, preguntándole:

—¿Te has divertido? —su voz sonaba apagada, pero Harry sabía que no era por que estuviese adormilado allí había algo más.

Sin embargo y para no arruinar la noche simplemente respondió:

—Sí, ha sido genial.

—Me alegro —respondió pero no sonaba alegre.

Harry le vio removerse un poco bajo las cobijas, estaban en otoño, el frio en las mazmorras era mucho más notable y en invierno seguramente sería peor.

El moreno se recargó en sus antebrazos y miró su silueta, por un momento le pareció ver que se encogía sobre su propio cuerpo y se preguntó si estaría enfermo o si algo le habría caído mal, tal vez había comido demasiados dulces, Harry le había dicho que se detuviera, peor él le había respondido que se jodiera que él hacía lo que quería y Harry, encogiéndose de hombros no insistió más.

Lo observó un poco un rato hasta que decidió que, si el rubio no se había quejado, entonces nada malo ocurría y volvió a acostarse, mirando hacia el techo.

Largos minutos pasaron y Harry no podía conciliar el sueño y todo por el extraño cambio de humor del ojigris que, hasta la mitad de la fiesta había sido todo sonrisas y bromas crueles a otros Slytherin. Sabía que no debía darle tanta importancia, pero Draco era su amigo y no se estaba portando como él mismo, así que, un poco contrariado se sentó sobre el colchón, dispuesto a preguntarle si todo estaba en orden, total, si lo mandaba al carajo bien podría darse por buen amigo y entonces si podría dormir.

Dejó que sus ojos se acostumbraran nuevamente a la oscuridad y cuando lo hicieron se aclaró ligeramente la garganta. Apenas había abierto la boca para decir la "O" de "Oye" cuando las cortinas de la cama de su compañero se cerraron y Harry supo que estaba haciendo un berrinche.

Intentó hacer memoria, como cada que Draco le hacía algún berrinche, cosa que sucedía con más frecuencia de la que le gustaba admitir.

Bien, ¿Qué había sido ahora? Se preguntaba Harry; la última vez se había enojado con él por haber ensuciado su uniforme accidentalmente con tinta, la vez anterior a esa porque se había comido la última de sus grajeas que había resultado ser su favor favorito, el de manzana, la vez anterior a esa porque había olvidado entregar el libro que le había pedido de favor regresara a la biblioteca, y la anterior a esa porque le había llamado Malfoy en vez de Draco como habían acordado llamarse ahora que eran mejores amigos o algo así. Si, Draco Malfoy se enojaba por cualquier cosa, todo el tiempo y, aunque Harry a veces se preguntaba cómo lo soportaba, la verdad es que no se veía siendo amigo de nadie más. En esos meses habían aprendido a conocerse mutuamente y Harry podía decir con seguridad que, no había persona que le conociese más que Malfoy, ni si quiera Ron que también era un gran amigo.

Y es que con Malfoy tenía una extraña conexión que hacía que, aunque diferentes, se llevaran bástate bien, porque Draco no era con Harry como era con el resto del mundo, Draco no lo trataba como alguien inferior ni superior, —como la mayoría en el castillo— Draco lo trataba como su igual, con respeto y amistad bien marcadas y que todo el mundo podía ver. Nadie se metía con ellos, especialmente si estaban juntos, Harry no se había percatado de ello hasta ese momento, pero ellos dos, juntos, inspiraban respeto y Potter sabía, porque no era tonto, que aquello se lo debía a Draco, pues había sido él el que había trabajado arduamente en que ambos se posicionaran bien en lo alto. Gracias a Draco Harry había dejado de ser el chiquillo flacucho que todos podían golpear por placer y se había convertido en una clase de líder y todo en poco menos de un año, no podía ni imaginarse lo que harían juntos al llegar a la graduación; serían los reyes del colegio seguramente.

Se puso de pie y caminó hasta la cama del rubio donde intentó descorrer las cortinas pero estas estaban bien afianzadas con magia. Fue por su varita sobre su mesita de noche e intentó romper el encantamiento, notando que además de aquel que le permitía tener sus cortinas cerradas, Draco también había colocado un encantamiento silenciador que ni si quiera sabía que conocía.

Trabajó silenciosamente tratando de revocar ambos hechizos, sintiendo como la magia del rubio se resistía a la suya, en un juego de estira y afloja que les llevó minutos enteros hasta que el rubio decidió sentarse en la cama y revocar los encantamientos por él mismo.

—¡¿Qué!? —preguntó claramente fastidiado.

—Sólo quería saber porque de repente te has enojado —dijo encogiéndose de hombros.

—No estoy enojado —dijo volviendo a acostarse y dándole la espalda—. Ahora si me disculpas quiero volver a dormir. —Harry lo miró por un instante, con sus delgados pies descalzos congelándose contra la madera del piso.

—¿Seguro? —preguntó finalmente. Draco no contestó y dio media vuelta dispuesto a volver a su cama.

Fue entonces cuando el rubio dijo:

—¿Te han gustado? —preguntó casi en un susurro. Harry se quedó de pie allí, no sabiendo a lo que se refería—. Los besos de esas chicas —aclaró.

El pelinegro se quedó nuevamente sin palabras. ¿Por qué Malfoy insistía tanto con el tema de gustar y los besos?, Harry no tenía la respuesta, no sabía si le había gustado o no, simplemente había sucedido y él se había prestado porque negarse hubiera sido algo tonto. Sin embargo aquello parecía ser algo importante para su amigo, así que hizo un gran esfuerzo por analizarlo, pero justo cuando estuvo a punto de contestar Malfoy suspiró pesadamente y dijo

—No importa Harry, está bien, buenas noches —y las cortinas se cerraron de nuevo.

Harry volvió a su cama, un tanto enojado por la manera en que el rubio le había cortado la conversación. Quería abrir las malditas cortinas y pedirle, no, exigirle que le encarara y le dijera con palabras claras que había sido aquello que le había molestado, pero conocía los límites y obligar a Malfoy a hablar podría costarle su amistad y a esas alturas no quería jugársela, lo apreciaba demasiado.

Se sentó en medio de la oscuridad mirando las cortinas cerradas y pensando, pero no encontrando respuesta a su dilema, Malfoy no parecía enojado, para nada, más bien parecía decepcionado y Harry se preguntó si había sido por su manera tan burda de atrapar la snitch, aunque aquella idea la desechó casi de inmediato, percatándose de que, sí, Draco podía ser absurdo algunas veces, pero aquello sería demasiado.

Suspiró pesadamente y se acostó, acomodándose entre las cobijas mientras intentaba —nuevamente—desechar aquel pensamiento que le gritaba que tenía que arreglar lo que fuese que había echado a perder, pero no podía y aquello le irritaba por lo que cerró los ojos con fuerza, repitiéndose una y otra vez que si Draco no quería hablar era claramente su problema, que él no tenía por qué hacerse responsable.

Pero ni aquello le había ayudado a conciliar el sueño, porque, aunque le costara admitirlo, Malfoy era su mejor amigo, con quién pasaba gran parte de su tiempo y quién, además, le había ayudado en su estadía en Slytherin, sí, a veces desconfiaba de él, pero el rubio jamás le había dado razones para dudar, al contrario, no había mentido cuando le había dicho la primera noche que los Slytherin eran leales con quién se lo merecía... y Harry al parecer se lo había ganado.

Pero al día siguiente, cuando intentó retomar el tema, el rubio simplemente minimizó el problema, agitó una mano restándole importancia, le sonrió y le apuró para que no se perdieran el desayuno. Entonces Harry supo que había estropeado algo, que lo había echado a perder y ahora no sabía cómo solucionarlo.

¿Lo peor? Ni si quiera sabía que era eso que se sentía diferente.