Cuando llegó el invierno, y con ella la próxima navidad, Harry estaba preocupado por dos cosas, la primera de ellas era que aún no se había dado a la tarea de averiguar quién era Flamel, demasiado ocupado con los exámenes, las tareas y los entrenamientos del equipo de quidditch. La segunda de ellas era que Draco Malfoy no se estaba portando como él, como siempre. Desde aquella noche después de la victoria de Slytherin, el rubio había despertado aparentando que nada había ocurrido, pero algo en su actitud le decía a Potter que estaba equivocado, muy equivocado, que las cosas con Draco eran diferentes y si alguien le preguntara a que se refería, él simplemente diría que no lo sabía pero que podía sentirlo.
Draco no lo evitaba, no lo evadía, charlaba como siempre, compartían algunas comidas y eran pareja en todas las clases excepto pociones y defensa contra las artes oscuras, seguía dándole la mitad de la caja de dulces que su madre le enviaba cada tres días, bromeaba con él, se ayudaban mutuamente con las tareas e incluso habían incursionado en un par de bromas a algunos de sus compañeros —principalmente hufflepuffs— y profesores —como Quirrell que parecía ser un blanco fácil—. Sin embargo y pese a que todo parecía exactamente igual, Harry sentía que había perdido algo, algo realmente importante y no podía dejar de pensar en ello; cuando Draco le sonreía de manera amistosa, cuando le palmeaba el hombro, cuando se reía de alguna de sus bromas, cuando sus miradas se cruzaban a través del campo de quidditch mientras entrenaban o cuando charlaban en medio de la noche.
Sabía que era tonto extrañar algo que no tenía idea de que era, pero las cosas eran así para él y no había nada que hubiese podido cambiar, y vaya que lo había intentado. Había intentado convencerse a sí mismo que no era nada, al menos al principio, pero conforme pasaron los días el vacío de ese "algo" se hizo mucho más grande a tal grado de hacerle sentir ansioso y nervioso en presencia de Draco quién, o no notaba nada, o fingía muy bien que no lo hacía y Harry, al borde del colapso mental, ni si quiera podía poner en palabras lo que sentía, por lo que reclamar o exigir lo que fuese quedaba fuera de consideración.
Lo único bueno entre toda aquella conmoción era que en Hogwarts por fin se habían acostumbrado a verlo en Slytherin, sin que parecieran atemorizados o algo, y aquello le quitaba un peso extra a su vida escolar. Era como si, desde su llegada, Slytherin hubiera ganado popularidad por tener entre sus filas al niño que vivió y eso era algo bueno, grandioso y no lo hacía sentir como un mago tenebroso o algo parecido, sino solamente como Harry, el chiquillo que tenía grandes expectativas sobre su vida desde que se había enterado que era un mago y el sombrero había tenido toda la razón cuando le había dicho que toda esa grandeza solo Slytherin se la podía otorgar, cuando había dicho que solo en sus filas encontraría gente que le impulsara, y esa persona había resultado ser Draco Malfoy.
Cuando las vacaciones de navidad llegaron al fin, Harry optó por ocupar su mente tratando de averiguar sobre Flamel todo lo que pudiera, pero los cientos de libros sobre grandes exponentes de la magia moderna no sirvieron de mucho. Sabía que había escuchado aquel nombre en alguna parte, recordaba haberlo leído, pero su cerebro se encontraba tan ofuscado por el tema de Malfoy que por más memoria que hacía, simplemente no podía recordarlo y era frustrante pues nunca, en su corta vida había olvidado ni los más mínimos detalles de sus lecturas, mucho menos aquellas relacionadas con el mundo mágico, pues el saber que era un mago había sido una gran motivación para investigar y aprender. No por nada era uno de los mejores alumnos de su curso, además, por supuesto, de la habilidad innata que todos le decían que poseía para la magia.
—Sigues aquí —dijo entonces una voz, la voz de Draco quién con todo y maletas se adentró en la vacía biblioteca. —No sabía que habías dejado tanta tarea pendiente.
—Estoy por terminar —mintió— ¿te marchas?
—Sí, mi madre me recogerá en Hogsmeade y me llevará a casa... —hizo una pequeña pausa— ¿estás seguro de que no quieres venir? Mis padres estaban bastante entusiasmados por conocerte y tú... bueno, dijiste que no querías volver con tu familia muggle. Podríamos pasar las vacaciones jugando al quidditch en los jardines de Malfoy Manor, son enormes... apuesto a que te gustaría mucho.
—Ya he puesto mi nombre en la lista de alumnos que se quedarán —sonrió— pero tal vez el próximo año, te enviaré tu regalo. —Draco frunció el ceño, abrió la boca para decir algo pero la cerró de inmediato. Harry quiso preguntar que sucedía pero no se atrevió.
—De acuerdo, Harry, entonces yo... bueno, me marcho —se acercó y se inclinó hacia su rostro, por sobre la mesa de madera. Potter con el corazón latiéndole a mil por hora, por primera vez en su vida, cerró los ojos con fuerza, esperando el beso en los labios, pero en lugar de eso simplemente recibió un besito en la mejilla que lo dejó ¿desilusionado?
Draco se marchó con una pequeña sonrisa en el rostro y Harry se quedó ahí, completamente rígido, mirando hacia la salida, sintiéndose extrañamente feliz por ese gesto tan simple como un beso en la mejilla. Sí, no había sido como el beso en los labios pero era mejor que nada... Sacudió la cabeza, no entendía nada, se sentía abochornado, se sentía abrumado, se sentía bien, pero también se sentía culpable. Durante toda su vida había crecido rodeado de unos tíos que odiaban las cosas anormales, lo odiaban a él por ser hijo de magos, odiaban a la vecina por ser madre soltera y odiaban al chico del periódico por ser homosexual. Tío Vernon no dejaba pasar nunca ningún comentario desagradable para cualquiera que no fuera normal, para cualquiera que no fuera como ellos; una familia conformada por un padre trabajador, una madre que se ocupara de la casa y de la crianza del niño y finalmente el pequeño que aprendería de ellos las buenas costumbres y, aunque Harry no quería, era verdad que algunas cosas se le habían quedado.
Por ello, cuando Draco le había besado la primera vez había decidido no pensar en ello y dejarlo pasar, se había sentido inseguro, sí, pero no había hecho un alboroto solo porque no había podido, la naturalidad con la que Malfoy le había besado le había descolocado por completo, como si aquello fuese lo más normal del mundo, como si no le importara nada, como si no fueran dos chicos. Y después, cuando le había preguntado el por qué y recibió la respuesta "hago lo que quiero porque soy Draco Malfoy" no pudo evitar pensar que aquello era solamente un juego para él y una vez más lo dejó pasar. Tal vez si fingía que no había pasado, o le daba poca importancia entonces la culpa de haber besado a otro chico se desvanecería y su tío no podría volver a señalarlo por ser, además de un mago, un marica.
Suspiró cansado, hacía mucho tiempo que no pensaba en los Dursley y hacerlo le causaba dolor de cabeza, era increíble que ni a miles de kilómetros de ellos pudiera sacárselos de encima, con sus críticas y prejuicios. Por ello no había regresado a casa para navidad y si hubiese sido por él, no regresaría ni durante el verano, pero sabía que no podía —ya le había preguntado sobre eso a McGonagall— y solo le quedaba aprovechar el tiempo lejos de aquellos a quienes tanto detestaba por haber hecho su vida miserable, mintiendo sobre sus padres, siempre haciéndole creer que era un bueno para nada, un inútil como su padre que nunca había sido tal cosa. Hogwarts se había convertido en su nuevo hogar, con una verdadera familia como lo eran Hermione, Draco y Ron, ahí había encontrado su lugar y no uno cualquiera, allí en el mundo mágico él era alguien, él era un mago destacado aún entre los chicos de su edad, allí no era un enclenque que no podía defenderse, allí era Harry James POTTER, el vencedor de Voldemort, jugador estrella de quidditch, uno de los miembros más respetados de Slytherin y del colegio entero.
Intentó regresar a su lectura mientras intentaba olvidar lo duro que sería volver al mundo muggle, lo duro que sería volver a su vida pasada y tener que soportar aquellas situaciones que tanto detestaba ¿y lo peor? Que había descubierto que no podía hacer magia fuera del colegio, así que trasformar a Duddley en cerdito quedaba completamente fuera de la lista.
Hermione llegó un momento después para ayudarlo a buscar antes de marcharse, Ron le siguió y entre los tres se embarcaron en la tarea de descubrir que rayos era aquello que Dumbledore ocultaba en la trampilla bajo Fluffy. Finalmente Hermione se marchó y Ron y él se quedaron solos, el pelirrojo mortalmente aburrido y él sumamente cansado por lo que, en común acuerdo de volver a buscar al día siguiente, ambos regresaron a sus dormitorios.
La habitación sin Draco no se sentía igual.
Durante las vacas, Ron y Harry tuvieron mucho tiempo para pensar en Flamel. Tenían el castillo entero solo para ellos y aunque sus salas comunes estaban mucho más vacías que de costumbre, ninguno se animaba a llevar al otro a sus respectivas salas, así que elegían sitios neutrales como el comedor que, a esas alturas, estaba completamente decorado con temática navideña. Se quedaban comiendo todo lo que podían pinchar en un tenedor de tostar (pan, buñuelos, melcochas) y repasaban cada libro que caía en sus manos. Harry por supuesto, había estado tentado en buscar en la sección prohibida, pero para ello necesitaba un permiso especial, uno que no iba a conseguir. Pensaba que si Draco estuviera allí él ya le hubiera ayudado a idear el plan perfecto para colarse, y no que a Ron no gustara de saltarse las reglas, pero definitivamente no era tan astuto como el rubio.
A veces, Harry y Ron pasaban el tiempo jugando ajedrez mágico. Era igual que el de los muggles, salvo que las piezas estaban vivas, lo que lo hacía muy parecido a dirigir un ejército en una batalla. El juego de Ron era muy antiguo y estaba gastado. Como todo lo que tenía, había pertenecido a alguien de su familia, en este caso a su abuelo. Sin embargo, las piezas de ajedrez viejas no eran una desventaja. Ron las conocía tan bien que nunca tenía problemas en hacerles hacer lo que quería. Al contrario de Harry a quién nunca obedecía, haciendo que este dudara sobre su capacidad de liderazgo, uno que Draco le había dicho que era importante desarrollar. Él todavía no era muy buen jugador, y las piezas le daban distintos consejos y lo confundían, diciendo, por ejemplo: «No me envíes a mí. ¿No ves el caballo? Muévelo a él, podemos permitirnos perderlo». Y le desesperaba, detestaba no tener el control.
Finalmente durante víspera de Navidad Harry se fue a la cama, cansado de leer libros que no le servían para lo que deseaba encontrar y no esperando de regalo nada que no fuese de Draco o Hermione, primero que nada porque sabía que Ron no tendría dinero para obsequiarle algo aunque quisiera y segundo porque sus tíos solían mandarle nada o algo completamente inútil que solo lo hacía sentir peor cuando despertaba y miraba la montaña de regalos de su primo entre los que figuraban los juguetes más nuevos y aparatos electrónicos de última generación que terminarían en la basura cuando Duddley descubriera que no sabía usarlos y los azotara contra el piso, frustrado. Por eso, cuando despertó y encontró a los pies de su cama un montón de regalos no puedo evitar sentirse visible, como parte del mundo.
Había recibido de sus tíos cincuenta peniques y una escueta nota que prácticamente no decía nada, una caja de ranas de chocolate de parte de Hermione, un suéter verde esmeralda y pastel casero de chocolate de la señora Weasley, una capa de invierno verde botella de parte de Draco, con sus iniciales bordadas en hilo de plata y finalmente un paquete que no tenía remitente, únicamente una nota que decía:
"Tu padre dejó esto en mi poder antes de morir. Ya es tiempo de que te sea devuelto. Utilízalo bien.
Una muy Feliz Navidad para ti."
Alucinando como estaba de haber recibido algo que había pertenecido a su padre, desenvolvió el regalo solo para encontrarse con una delgada tela plateada, al tacto se sentía como el agua y aquello era verdaderamente extraño. Pero cuando Harry se la colocó encima y descubrió que era una capa de invisibilidad no pudo más que exclamar asombrado. Poseer una capa de esas cambiaba muchísimo las cosas, podría colarse en la sección prohibida sin ser descubierto, incluso podría seguir a Snape en caso de que fuese necesario. Pero sabía que debía esperar, que debía planear todo, tranquilamente, él era un Slytherin, por Merlín, no podía simplemente arrojarse a la nada e improvisar en el momento. Así que con ese pensamiento tomó una ducha y se dirigió en busca de Ron, vistiendo incluso el jersey marca Weasley que combinaba tan bien con sus ojos.
Aquella navidad, fue la mejor de su vida, en compañía de Ron, Fred, George e incluso Percy, comieron hasta reventar y se llenaron de sorpresitas navideñas que habían repartido los profesores a los alumnos que se habían quedado. Jugaron en la nieve, bebieron chocolate y al final del día, los leones habían decidido que Harry ya era parte del clan y le habían invitado a la sala común donde, por supuesto, había tenido que taparse los oídos para no escuchar la contraseña. Jugaron ajedrez y comieron más dulces para finalmente terminar el día nuevamente solo, en su habitación, preguntándose si Draco se habría divertido tanto como él. Dudaba que en Malfoy Manor las cosas fueran tan informales como lo eran con los Weasley.
Fue el mejor día de Navidad de Harry. Sin embargo, algo daba vueltas en un rincón de su mente. En cuanto se metió en la cama, pudo pensar libremente en ello: la capa invisible y quién se la había enviado.
De su padre... Aquello había sido de su padre. Dejó que el género corriera por sus manos, más suave que la seda, ligero como el aire. «Utilízalo bien», decía la nota. Tenía que probarla. Se deslizó fuera de la cama y se envolvió en la capa. Miró hacia abajo y vio sólo la luz de la luna y las sombras. Era una sensación muy curiosa. «Utilízalo bien.» De pronto, Harry se sintió muy despierto. Con aquella capa, todo Hogwarts estaba abierto para él. Mientras estaba allí, en la oscuridad y el silencio, la excitación se apoderó de él. No podía esperar más, necesitaba ir en busca de información a la sección prohibida.
La biblioteca estaba oscura y fantasmal. Harry encendió una lámpara para ver la fila de libros. La Sección Prohibida estaba justo en el fondo de la biblioteca. Pasando con cuidado sobre la soga que separaba aquellos libros de los demás, Harry levantó la lámpara para leer los títulos. No le decían mucho. Las letras doradas formaban palabras en lenguajes que Harry no conocía. Algunos no tenían títulos. Un libro tenía una mancha negra que parecía sangre. A Harry se le erizaron los pelos de la nuca, estaba fascinado, jamás había estado tan cerca de volúmenes tan extraños, jamás se había sentido tan atraído por un libro como en ese momento. Tal vez se lo estaba imaginando, tal vez no, pero le pareció que un murmullo salía de los libros, como si supieran que había alguien que no debía estar allí y sonrió. Tenía que empezar por algún lado. Dejó la lámpara con cuidado en el suelo y miró en una estantería buscando un libro de aspecto interesante. Le llamó la atención un volumen grande, negro y plateado. Lo sacó con dificultad, porque era muy pesado y, balanceándolo sobre sus rodillas, lo abrió. Un grito desgarrador; espantoso, cortó el silencio. ¡El libro gritaba! Harry lo cerró de golpe, pero el aullido continuaba, en una nota aguda, ininterrumpida.
Retrocedió y chocó con la lámpara, que se apagó de inmediato. Aterrado, oyó pasos que se acercaban por el pasillo, metió el volumen en el estante y salió corriendo. Pasó al lado de Filch casi en la puerta, y los ojos del celador; muy abiertos, miraron a través de Harry. El chico se agachó, pasó por debajo del brazo de Filch y siguió por el pasillo, con los aullidos del libro resonando en sus oídos. Se detuvo de pronto frente a unas armaduras. Había estado tan ocupado en escapar de la biblioteca que no había prestado atención al camino. Tal vez era porque estaba oscuro, pero no reconoció el lugar donde estaba. Había armaduras cerca de la cocina, eso lo sabía, pero debía de estar cinco pisos más arriba.
—Usted me pidió que le avisara directamente, profesor, si alguien andaba dando vueltas durante la noche, y alguien estuvo en la biblioteca, en la Sección Prohibida. —Harry sintió que se le iba la sangre de la cara. Filch debía de conocer un atajo para llegar a donde él estaba, porque el murmullo de su voz se acercaba cada vez más y, para su horror, el que le contestaba era Snape.
—¿La Sección Prohibida? Bueno, no pueden estar lejos, ya los atraparemos. —Harry se quedó petrificado, mientras Filch y Snape se acercaban. No podían verlo, por supuesto, pero el pasillo era estrecho y, si se acercaban mucho, iban a chocar contra él. La capa no ocultaba su materialidad.
Retrocedió lo más silenciosamente que pudo. A la izquierda había una puerta entreabierta. Era su única esperanza. Se deslizó, conteniendo la respiración y tratando de no hacer ruido. Para su alivio, entró en la habitación sin que lo notaran. Pasaron por delante de él y Harry se apoyó contra la pared, respirando profundamente, mientras escuchaba los pasos que se alejaban. Habían estado cerca, muy cerca. Transcurrieron unos pocos segundos antes de que se fijara en la habitación que lo había ocultado. Parecía un aula en desuso. Las sombras de sillas y pupitres amontonados contra las paredes, una papelera invertida y apoyada contra la pared de enfrente.
Había algo que parecía no pertenecer allí, como si lo hubieran dejado para quitarlo de en medio. Era un espejo magnífico, alto hasta el techo, con un marco dorado muy trabajado, apoyado en unos soportes que eran como garras. Tenía una inscripción grabada en la parte superior: Oesedlenoz aro cutedonisaracut se onotse. Ya no oía ni a Filch ni a Snape, y Harry no tenía tanto miedo. Se acercó al espejo, deseando mirar para no encontrar su imagen reflejada. Se detuvo frente a él. Tuvo que llevarse las manos a la boca para no gritar. Giró en redondo. El corazón le latía más furiosamente que cuando el libro había gritado... Porque no sólo se había visto en el espejo, sino que había mucha gente detrás de él. Pero la habitación estaba vacía. Respirando agitadamente, volvió a mirar el espejo.
No podía creerlo, ahí frente a él estaban sus padres, tan jóvenes como los mostraban las fotografías de los libros donde aparecían y no solo eso, también reconocía a los Potter ahí con él, sonriéndole y saludándolo, los había visto en un viejo libro de líneas familiares de sangre pura ilustrado, los conocía a todos y cada uno de ellos, ellos eran su familia.
Tomó aire no sabía que pensar ¿aquello era real? No, no podía serlo, sus padres estaban muertos, toda su familia lo estaba, el espejo no podía decirle el futuro, eso era claro, pero entonces que era aquello que miraba. No le dio mucho tiempo de pensar sobre ello, pues de repente y abriéndose paso entre los Potter, Draco apareció, luciendo altivo y sonriente. ¿Qué hacía Malfoy ahí, entre su familia? Aquello pronto dejó de importar, el rubio se acercó a su yo del reflejo, lo tomó del rostro y le besó, pero no como en las otras ocasiones, éste había durado más.
Se sonrojó hasta las orejas mientras sus padres los miraban, bueno, no a él, al reflejo y no comprendía nada pero la paz de haber visto a sus padres se evaporó con aquel gesto. ¿Su padre se pondría furioso? Lo miró, no parecía que le molestara que su pequeño hijo de once años estuviese compartiendo besos con otro muchacho. Miró a su madre, ella solamente parecía enternecida y él no lo comprendía, se suponía que aquello era incorrecto, anormal ¿Por qué no estaban enojados o decepcionados? Draco le besó de nuevo y una vez más y el Harry del reflejo parecía contento con ello, pero él, el de verdad, se sentía al borde del colapso nervioso. Finalmente salió del aula, no muy seguro de volver al día siguiente para intentar descubrir que era lo que veía reflejado en el espejo.
