Harry no podía comer, no podía dormir y no podía pensar. Había visto a sus padres y podría verlos cuando quisiera, pero había sido demasiado cobarde con el tema de Draco como para volver. Casi se había olvidado de Flamel, el asunto ya no le parecía tan importante. ¿A quién le importaba lo que custodiaba el perro de tres cabezas? A él ya no. ¿Y qué más daba si Snape lo robaba? Total, lo que quisiera hacer con ella, incluso si eso regresaba a Voldemort a la vida, no era su asunto mientras aquel espejo quedara completamente intacto. Era tanta su obsesión que soñaba con él cada noche que no pasaba frente a él, omitiendo, obviamente, el pequeño detalle de Draco Malfoy besándolo suavemente. Durante el día no podía pensar en otra cosa y definitivamente nadie estaba enterado de su pequeño secreto, de su espejo, era suyo y de nadie más, no lo compartiría con nadie, nunca, no se arriesgaría a que quisieran arrebatarle la única imagen casi real de sus padres, de los Potter, de su familia, aquella que le había sido arrebatada.
No le importaba ser egoísta, no cuando se trataba de las personas que más amaba pese a no haberlas conocido, pese a saber de ellos únicamente por un montón de textos que no existirían si ellos no hubieran muerto y él no hubiera detenido a Voldemort. Pensaba que era justo, porque él les había salvado a todos y a cambio había perdido a Lily y a James, lo normal sería que le dejaran conservar el espejo, lo normal sería que le perteneciera por derecho. Pero sabía que muchos no lo entenderían, que intentarían apartarlo y por ello había guardado silencio, esperando pacientemente la noche que por fin se diera el valor de enfrentarse al reflejo en el espejo y por fin comprender que hacía Malfoy colado en aquella visión.
La noche llegó finalmente, casi al final de las vacaciones, decidió que era estúpido acobardarse por Malfoy y simplemente se encaminó hasta el aula donde él sabía que estaba el espejo. Tuvo mucho cuidado de no hacer el mínimo ruido, confiaba en su capa pero ella no ocultaba el sonido y lo mejor era ser precavido, lo último que necesitaba era encontrarse con Snape y ser castigado, nadie le impediría ver a su familia, absolutamente nadie.
Cuando encontró la puerta simplemente se adentró sin molestarse en mirar a los lados y entonces ahí estaba, el espejo se erguía a la mitad de la sala, con su familia saludándole, dándole la bienvenida, mientras Draco, quien se había mantenido sentado en el suelo se levantaba y le recibía con una sonrisa. Harry no se había dado cuenta de cuanto había extrañado verlo.
Se sentó frente al espejo, silencioso, su madre comenzó a arreglarle el cabello en el reflejo mientras Draco se reía de sus inútiles intentos por hacerlo lucir menos despeinado, y su padre, charlando con uno de sus abuelos, simplemente le sonreía cálidamente. Y era tranquilizante, se sentía tan completo, como nunca en su corta vida se había sentido. Estaba rodeado de su familia, y acompañado del que, ahora debía admitir, era su mejor amigo, la única persona viva que le había tendido la mano desde el principio, sin interés, sin preocuparse por su cicatriz, mirando únicamente el muchacho flacucho con la ropa desgastada. Suspiró, tal vez si lo pensaba más a fondo hasta le debía una disculpa, generalmente Draco era bastante expresivo con él y él bueno, simplemente solía ignorarlo. Había sido un pésimo amigo y probablemente el rubio ya se había percatado de ello ¿por eso su cambio de actitud? Probablemente, tal vez incluso debió irse a Malfoy Manor con él durante las vacaciones, pero estaba aterrado de que las cosas se pusieran mucho más incómodas, le estaba rehuyendo, lo sabía pero ¿Qué otra cosa hacer?
Entonces sintió una ola de energía mágica invadir el aula, sabía de quién se trataba pero decidió fingir que no se había percatado de su presencia y esperó. Los vellos se le erizaban por tal poder mágico, era abrumante y le causaba jaqueca. Cerró los ojos y tomó aire, relajándose hasta que aquella sensación se desvaneció; no sabía cómo lo había hecho, pero su propio poder le había protegido del poder de Dumbledore quién por fin y luego de un breve instante se animó a hablar.
—Entonces de vuelta otra vez, ¿no, Harry?
Miró por el reflejo del espejo, pero tal cual esperaba la imagen de su familia seguía ahí y nada de lo que estuviera en esa sala, excepto él, se reflejaban en la superficie. Entonces miró hacia atrás por sobre su hombro; sentado en un pupitre, contra la pared, estaba Albus Dumbledore mirándolo con una expresión serena, como si para él no estuviese quebrantado el toque de queda. Harry no entendía si simplemente se había aparecido allí, suponía que sí, su poderosa magia lo hubiera delatado ante él... o tal vez era que el profesor era capaz de ocultarla y solo la había desplegado para que se percatara de que no estaba solo.
—¿Estoy en problemas, profesor? —preguntó girándose totalmente hacia él, aunque creía conocer la respuesta.
—Para nada —dijo Dumbledore, y Harry se sintió aliviado al ver que le sonreía.— Entonces — continuó Dumbledore, bajando del pupitre para sentarse en el suelo con Harry—, tú, como cientos antes que tú, has descubierto las delicias del espejo de Oesed.
—Con que ese es su nombre... —expresó en un susurro al recordar que había leído sobre él mientras hacía su investigación sobre Flamel. No recordaba mucho realmente, no había profundizado en el tema.
—Supongo que ya te habrás dado cuenta de lo que hace, ¿no? —Harry lo sospechaba, pero el recordar a Malfoy y el beso se negó rotundamente a reconocerlo, seguramente estaba equivocado, tenía que estar equivocado.
—Bueno... me mostró a mi familia y... —se calló de golpe, Dumbledore no necesitaba saber aquel otro pequeño detalle.
—Y ahora ¿puedes pensar qué es lo que nos muestra el espejo de Oesed a todos nosotros? —Harry negó con la cabeza, nervioso, mientras le dirigía una fugaz mirada al Draco del reflejo quién ya se había acostado en su regazo y le miraba con curiosidad. —Déjame explicarte. El hombre más feliz de la tierra puede utilizar el espejo de Oesed como un espejo normal, es decir, se mirará y se verá exactamente como es. ¿Eso te ayuda? —Harry miró al profesor, luego al reflejo en el espejo, cerró los ojos, derrotado.
—Nos muestra lo que queremos, lo que sea que queramos.
—Sí y no —dijo con calma Dumbledore, ignorando completamente su actitud atribulada.— Nos muestra ni más ni menos que el más profundo y desesperado deseo de nuestro corazón. Para ti, que nunca conociste a tu familia, verlos rodeándote. —Y Draco Malfoy besándome como si estuviera bien, pensó con pesar mientras dicho rubio le sonreía, burlándose de su miseria sin apartar la cabeza de sus piernas. — Sin embargo, este espejo no nos dará conocimiento o verdad. Hay hombres que se han consumido ante esto, fascinados por lo que han visto. O han enloquecido, al no saber si lo que muestra es real o siquiera posible. —Harry miró a sus padres una última vez, comprendiendo finalmente y Dumbledore agregó: —El espejo será llevado a una nueva casa mañana, Harry, y te pido que no lo busques otra vez. Y si alguna vez te cruzas con él, deberás estar preparado. No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir, recuérdalo. Ahora ¿por qué no te pones de nuevo esa magnífica capa y te vas a la cama? —el moreno asintió y se puso de pie, pensativo, estuvo a punto de comenzar a avanzar hacia la salida cuando el viejo profesor agregó— Una cosa más Harry, es sobre Draco Malfoy —Automáticamente se tensó, era imposible que Dumbledore supiera lo que veía... ¿cierto?
—¿Qué hay con él? —preguntó intentado recobrar la compostura, como si aquello no lo hubiera tomado por sorpresa.
—Tengo entendido que son buenos amigos —Harry asintió, fingiendo naturalidad. — Me gustaría darte... un pequeño consejo, no dejes que influya demasiado sobre ti, él fue criado de una manera... diferente y aquello podría traerte problemas —sonrió.— Estaría más tranquilo si intentaras relacionarte más con personas como los Weasley, o la señorita Granger, sé que te llevas muy bien con ellos —el ojiverde frunció el ceño.
—Con todo respeto, señor —dijo entonces, irguiéndose cual alto era, aunque no era mucho—, creo que sé escoger a mis amistades sin problemas, Draco ha sido realmente bueno conmigo y de ninguna manera ha sido una influencia negativa, todo lo contrario, me ha ayudado a encontrar mi lugar en Slytherin y gracias a él incluso he entrado el equipo de quidditch de nuestra casa —el hombre le miró profundamente, pero su rostro no reflejó nada que él pudiera leer y Harry se sintió irritado por eso. —Pero, lo tomaré en cuenta— agregó, siendo cauteloso, luego sonrió como si nada. — Ahora creo que debo irme, buenas noches y... gracias. —Y salió de ahí sin volver a mirar al hombre
Se sentía ofendido, realmente ofendido pese a que había sabido disimularlo lo mejor que pudo, pero es que estaba cansado de que todo el mundo creyera que era un completo inútil, un chiquillo fácil de influenciar, un ciego total que no sabía diferenciar lo bueno de lo malo. Él no era una víctima de nada, había decidido dejar de serlo el día que pisó el callejón Diagon por primera vez, no sería víctima de sus tíos o de su pesado primo y mucho menos lo sería de alguno de sus compañeros. Ahí todos le respetaban, sobre todos los chicos de su casa qué hasta parecían adorarlo tanto como al mismo Salazar y, aunque Draco era la excepción —pues era el único que se atrevía a mostrarle sus errores o a burlarse de él— la verdad era que siempre había sido respetuoso y él con el rubio, era algo mutuo. Harry influenciaba a todo el mundo menos al rubio y al revés, era como si la jerarquía silenciosa que se había establecido con su llegada no lo permitiera.
Cuando las vacaciones terminaron finalmente y el regreso del rubio fue inminente, un nervioso Harry Potter se había propuesto olvidar el asunto del espejo y del beso y concentrarse en lo que era importante, volver a ganarse la amistad de Draco y ver si aquello era lo que sentía que le hacía falta a su relación. Había decidido ser mejor amigo de lo que había sido en los meses pasados, ser un poco más atento, dejar un poco la indiferencia y ser más sincero con el ojigris. Pasaba que en todo ese tiempo, Malfoy le había hablado por largos ratos sobre su familia, su casa y su vida en general, probablemente esperando a que Harry hiciera lo mismo y nunca lográndolo. Así que decidió que, aunque no le diría todo —por vergüenza más que otra cosa— si le hablaría un poco más de él y reforzarían su alianza, él era fuerte por que Draco le fortalecía entre los suyos y eso debía agradecérselo, pues la habilidad innata del rubio para la política —aún entre estudiantes— le había salvado en más de una ocasión, además de que aprendía de ella, resultaba que la diplomacia era más divertida de lo que pensaba y Malfoy la manejaba tan bien como si se la hubieran enseñado incluso antes de enseñarle a decir papá o mamá.
Si Draco notó su cambio de actitud no lo dio a notar y Harry agradeció aquello, demasiado incómodo como para que se lo tiraran en la cara. Quería creer que estaba aprendiendo a ser sutil, así como estaba aprendiendo muchísimas cosas, no solo de las actitudes refinadas de los Slytherin, si no de los comportamientos sangrepura, más específico de los Malfoy, de los Black y en ello ocupaba gran parte de su mente para evitar recordar el espejo, el cual se había tentado en ir a buscar en más de una ocasión, sobre todo desde que había comenzado a tener pesadillas, justo la noche en que supo que no debía volver a visitarlo. Una horrible pesadilla con la voz de su madre gritando su nombre y una luz verde que lo cegaba.
Sabía que con todos sus deberes, el quidditch y mantener su amistad con el rubio había dejado de lado a Flamel, pero sentía que tampoco era de su incumbencia, que si odiaba a Snape y se empeñaba en detenerlo era únicamente por verlo de patitas en la calle cundo descubrieran que era un traidor, pero ¿acaso las cosas no caían por su propio peso? Él creía que sí y de todas formas Voldemort estaba muerto, él se había encargado de ello y lo que el terrible profesor tramara no podía ser peor que lo que Voldemort había hecho por años. Cuando llegara el momento simplemente podía decirle a Dumbledore lo que sabía, aunque dudaba que el viejo no estuviera ya al tanto; había notado lo bien informado que parecía estar sobre todo lo que ocurría en su castillo y a Harry no le extrañaba, era lo suficientemente poderoso como para ocultarse en cada rincón o tener ojos en todas partes.
En aquello estaba pensado cuando Malfoy entró a la habitación desternillándose de risa mientras se despedía de Goyle y Crabbe que se dirigían a su propia habitación, entre palabras entrecortadas por la falta de aire. Harry entonces dejó de lado el libro de trasformaciones avanzadas que había tomado de la biblioteca y se acomodó en la cama, no había bajado a cenar, demasiado ocupado en su lectura y Draco se había marchado en compañía de Parkinson a quién debió dejar a medio camino pues había regresado con Gregory y Vincent. El rubio tomó aire y volvió soltar una carcajada mientras una lagrimita escurría por su rostro de lo divertido que estaba. Harry le miró con el entrecejo fruncido y una media sonrisa, ansioso de saber que era tan divertido.
—Ha sido lo mejor, en serio —dijo finalmente el rubio—, debiste verlo, debiste estar ahí —soltó otra risita. — Longbottom, él —más risas— nosotros le pegamos las piernas con un encantamiento y el muy tonto calló al suelo unas treinta veces de camino a su sala común, Merlín, fue sensacional.
—Neville es amigo de Ron —dijo pero de todas formas sonrió imaginándose la escena— Los leones no van a estar muy contentos.
—¿Y a mí qué? —Harry sonrió y negó, volviendo a su lectura. —Te he traído algo — Agregó entonces, arrojándole un objeto pequeño que aterrizó sobre su libro. Harry levantó la vista mientras el rubio se encaminaba al baño para tomar una ducha, le había llevado una rana de chocolate— Se le cayó al inútil de Longbottom una de las veces que se cayó, y como no habías cenado y te perdiste la diversión, pensé en traerte un recuerdo del momento.
El moreno lo vio desaparecer tras la puerta del baño y finalmente desenvolvió su golosina, él había tenido una caja entera de ellas que Hermione le había dado en navidad, pero todas se le habían acabado durante la primera semana de vuelta a clases, repartiéndolas entre alumnos que él creía útiles para crear una alianza. Abrió la caja con cuidado, se aseguró de que la rana no saltara y se la comió de un bocado mientras sacaba el cromo del interior. Dumbledore de nuevo, pensó, pues aquel había sido su primer cromo, de su primera rana de chocolate en su viaje a Hogwarts. Y entonces se sobresaltó, giró el cromo y releyó la información sobre el director. Se preguntó cómo había podido olvidarlo, pero no se regañó más tiempo, se puso de pie y corrió a su escritorio donde tomó un libro que Hermione le había recomendado a inicios del curso, antes de que supieran que debían buscar a Flamel. Abrió el grueso tomo de páginas amarillentas y cuando encontró lo que buscaba comenzó a leer:
El antiguo estudio de la alquimia está relacionado con el descubrimiento de la Piedra Filosofal, una sustancia legendaria que tiene poderes asombrosos. La piedra puede transformar cualquier metal en oro puro. También produce el Elixir de la Vida, que hace inmortal al que lo bebe.
Se ha hablado mucho de la Piedra Filosofal a través de los siglos, pero la única Piedra que existe actualmente pertenece al señor Nicolás Flamel, el notable alquimista y amante de la ópera. El señor Flamel, que cumplió seiscientos sesenta y cinco años el año pasado, lleva una vida tranquila en Devon con su esposa Perenela (de seiscientos cincuenta y ocho años).
—¿Harry ocurre algo? —preguntó Draco saliendo del baño, ya vistiendo sus pijamas.
—Lo que oculta el perro —le dijo sonriendo ampliamente— ¡Debajo de la trampilla se encuentra la piedra filosofal!
—¿Qué? —preguntó acercándose el libro para leer la página donde el moreno tenía abierto, luego se giró hacia él y sonrió —Pero como...
—Hablamos con Hagrid —Draco frunció el ceño— él nos dijo que aquello que custodiaba Fluffly, su perro ¡porque es su perro! —exclamó excitado por haber descubierto la verdad—, era asunto de Dumbledore y de Flamel. Ron, Hermione y yo estuvimos buscando por semanas y semanas, pero nada de lo que encontrábamos era útil y tú, con ésta rana de chocolate ¡mira! —se la enseñó y el rubio la tomó, frunciendo el ceño aún más.
Harry finalmente borró su sonrisa, Draco estaba enojado.
—Entonces llevas semanas buscando a mis espaldas la verdad sobre el perro y la trampilla —reflexionó, mirándolo directamente a los ojos, con una expresión tan fría que por un momento creyó que estaba en pleno invierno de nuevo. — En compañía de un Gryffindor y una Ravenclaw... y ahora me dices que... —miró el libro— gracias a mi rana de chocolate descubriste la verdad —Harry no se atrevió a responder mientras el poder de Draco comenzaba a levantarse y a envolver la habitación, furioso. La cabeza comenzó a punzarle y las rodillas le temblaban un poco. Tal cual hizo con Dumbledore se encargó de que su propia magia estuviera por encima de la de Draco y el dolor menguó. —¿Sabes algo? Si me hubieras dicho antes que estabas buscando a Flamel yo te hubiera respondido hace... no sé... ¿desde cuando estás buscando al hombre?
—Desde el primer partido de Slytherin —contestó sabiendo por donde iba la cosa.
—Ah... claro, noviembre —respondió con una indiferencia que no convencía al moreno.— ¿Cuánto trabajo te hubieras ahorrado si hubieras confiado en mí.
—Tú... ¿sabías sobre él?
—Sé sobre muchas cosas, mi educación en casa fue la mejor.
—¿Estás molesto? —Draco sonrió.
—Por supuesto que lo estoy. Pero ya decidí que voy a dejar de perder mi tiempo contigo —se dio la media vuelta. —Es claro que tú no te sientes parte de Slytherin, no confías en mí, aunque soy tu compañero de cuarto, el primer niño mago que conociste, la única persona que te extendió una mano cuando fuiste sorteado aquí, la única persona que se ofreció a guiarte —suspiró dramáticamente.— Es obvio que, si después de todo eso aún no confías en mí, o no me consideras un amigo, nada lo va a hacer, así que, no vale la pena.
—No Draco, te equivocas yo...
—Última lección para ti, Potter —Lo miró una última vez, con la mano en la manija de la puerta de salida— Los Slytherin no tomamos las migajas, los Malfoy no tomamos las sobras, los Black no nos rebajamos, ni si quiera por el salvador del mundo mágico. Si no vas a ofrecerme el platillo completo es mejor no me ofrezcas nada, por que no voy a tomarlo... y recuerda la primera lección, los Slytherin solo somos leales a aquellos que nos demuestran que lo merecen y tú —sonrió— , ya me has demostrado que no lo vales —y salió de la habitación.
