Harry pasaba horas enteras en la biblioteca, repasando todo lo que habían visto a lo largo del año escolar y otras tantas cosas que no figuraban dentro de su formación de primero año, pero que le servirían para el inminente encuentro que tendría con Voldemort y que Draco se empeñaba en recordarle cada dos por tres, alegando que su protegido no iba a morir a manos de un bastardo cualquiera.

El quidditch había llegado a su fin y Slytherin se había llevado la copa, principalmente por la habilidad de Malfoy para anotar y por la rapidez en que Harry solía atrapar la snitch. Cualquiera que los viera juntos no dudaría ni un segundo que eran el equipo perfecto y Potter estaba completamente de acuerdo, él y el rubio se complementaban de una manera que parecía sobre humana, pero estaba bien, porque aquello acarreaba notas impecables en los trabajos en equipo —incluso en la materia de Snape— o en los partidos de quidditch.

Sin embargo, ni los exámenes, ni el quidditch era preocupación de ninguno, como lo sería de un par de chicos de once años, era más bien que estaban ocupados con otras cosas, averiguando por aquí y por allá, oyendo rumores, persuadiendo, escabulléndose y es que tenían un objetivo claro; hacerse con la piedra filosofal antes que Snape, antes de que éste tuviera oportunidad si quiera de mostrársela a Voldemort. No era que Draco estuviera muy convencido de que Snape sirviera a alguien tan inútil como el-que-no-debía-ser-nombrado, pero hasta él debía admitir que algunas de las cosas que Harry le había contado resultaban sumamente sospechosas.

Sigilo, paciencia y una capa de invisibilidad era de lo que vivían aquellas últimas semanas de clase. Ambos muchachos se las habían arreglado para averiguar cómo sortear a Fluffly, lo cual en realidad no fue difícil con lo distraído que era Hagrid. Habían descubierto al menos dos obstáculos más que debían cruzar y habían planificado todo con lujo de detalle, trabajando hasta la madrugada, ajustando los detalles de su plan, no cabía un error, no frente a Voldemort y ambos lo sabían. Y no era que quisieran dárselas de chiquillos listos, sabían que eran jóvenes e inexpertos, pero tenían el conocimiento y la habilidad; si aquel mago tenebroso había sido vencido por un bebé Potter, no duraría más de cinco minutos contra un Harry consiente de sus poderes. O al menos eso decía Draco.

Sin embargo, ambos estaban conscientes de que la unión hacía la fuerza y no tardaron en incluir a Weasley y Granger al plan. Por supuesto, eran únicamente los Slytherin quienes estaban al tanto de la verdad tras aquello para el resto del mundo era un acto heroico, porque nadie quería ver a Voldemort de regreso, pero Harry no lo hacía para salvar el día o para salvar al mundo, él tenía una razón mucho más fuerte, él tenía una razón mucho más poderosa. La venganza.

Potter había llegado rápidamente a la conclusión de que todo lo malo que había ocurrido en su vida era culpa de él; el que creciera sin una familia, el que fuera criado por un grupo de gente detestable, el que siempre se sintiera fuera de lugar, menospreciado, minimizado, él que ni si quiera fuera capaz de hacer un grupo sincero de amigos aparte de los pocos que tenía, el que creciera alejado del mundo al que pertenecía, todo, todo era culpa de Voldemort y le haría pagar por ello.

No se trataba de obtener la piedra para su beneficio propio, siendo tan jóvenes ninguno pensaba en la vida eterna y el oro era poca cosa comparado con la necesidad de librarse de aquel peso que llevaba cargando desde que tenía un año, el peso de la pérdida; la pérdida de sus padres, la pérdida de su vida, la pérdida de la felicidad, la pérdida del autoestima. Por qué no bastaba con haber vencido al Lord una vez, vez que no recordaba, él necesitaba desquitarse y hacerle saber lo mucho que le detestaba, aquello era personal.

Draco estaba consciente de su necesidad de venganza y no parecía incómodo por lo cruel y egoísta que aquello sonaba, le entendía y le apoyaba, le animaba a seguir adelante y le daba las armas necesarias para la batalla; no había mentido, no iba a dejarlo solo y Harry agradecía profundamente aquello. Imaginaba que ni Ron ni Hermione lo entenderían, ellos no eran Slytherin, ellos no entenderían como Draco que odiar no tenía nada de malo y de saber sus verdaderas intenciones seguramente se interpondrían en su camino y eso era lo que menos quería: más obstáculos.

Todo pasó después de los exámenes, aquellos en los que Harry sabía obtendría una nota perfecta. Uno de sus informantes —un Hufflepuff de tercero— les había dicho que se había enterado por allí que Dumbledore abandonaba el castillo por un llamado del ministerio, una que Draco aseguró era demasiado sospechosa dadas las circunstancias.

Dieron el aviso a Granger y a Weasley y todos acordaron encontrarse frente a la puerta del tercer piso donde el perro de tres cabezas resguardaba la trampilla, debía ser a media noche, cuando ya todos se hubieran marchado a dormir y merodear fuese mucho más sencillo, ya McGonagall y Snape habían amenazado con expulsarlos si volvían a cacharlos fuera de la cama en horas inapropiadas, no querían ni imaginar lo que sucedería si los encontraban precisamente en el tercer piso, piso prohibido por el mismísimo Dumbledore.

Potter y Malfoy se encontraba leyendo unos cuantos libros frente a la chimenea mientras la sala común se vaciaba lentamente. El último en marcharse había sido Zabini quien no se había resignado a recuperar el puesto de mano derecha de Malfoy ahora que Harry volvía a ser su amigo, su mejor amigo. Potter había estado a punto de lanzarle un encantamiento de sueño para quitárselo de encima cuando él moreno había decidido que seguir leyendo libros era demasiado aburrido, sobre todo ahora que estaban al final del curso y podían disfrutar haciendo otras cosas. Draco lo siguió con la mirada hasta que lo vio desaparecer por las escaleras, fue entonces que se giró al ojiverde y le dijo:

—Ve por la capa.

Harry obedeció silencioso, poniéndose de pie y caminando sigilosamente hasta su habitación. Cuando volvió a la sala común Draco ya había cerrado todos los libros y los había ordenado sobre una pequeña mesita.

—¿Listo? —le preguntó y el rubio sonrió en respuesta.

—Recuerda Harry, si Snape no es quién está tras la piedra pasarás las vacaciones haciendo mis deberes.

—No entiendo cómo puedes confiar en él —le respondió rodando los ojos.

Subieron las escaleras de las mazmorras y caminaron rápidamente entre pasillos hasta que al pie de la primera escalera divisaron a la Señora Norris. Harry miró alrededor, pero Filch no parecía estar cerca.

—Si no me gustaran tanto los gatos la patearía —murmuró Draco en el oído de Harry, quién negó con la cabeza.

Mientras pasaban con cuidado al lado de la gata, ésta volvió la cabeza con sus ojos como linternas, pero no los vio. No se encontraron con nadie más, hasta que llegaron a la escalera que iba al tercer piso. Peeves estaba flotando a mitad de camino, aflojando la alfombra para que la gente tropezara.

—¿Quién anda por ahí? —dijo súbitamente, mientras subían hacia él. Entornó sus malignos ojos negros. —Sé que están aquí, aunque no pueda verlos. ¿Aparecidos, fantasmas o estudiantes detestables? —Se elevó en el aire y flotó, mirándolos de soslayo. —Llamaré a Filch, debo hacerlo, si algo anda por ahí y es invisible —Entonces Draco dijo:

—Peeves —su voz en un ronco susurro—, el Barón Sanguinario tiene sus propias razones para ser invisible. —Peeves casi se cayó del aire de la impresión. Se sostuvo a tiempo y quedó a unos centímetros de la escalera.

—Lo siento mucho, sanguinaria señoría —dijo en tono meloso.— Fue por mi culpa, ha sido una equivocación... no lo vi... por supuesto que no, usted es invisible, perdone al viejo Peeves por su broma, señor.

—Tengo asuntos aquí, Peeves —gruñó Draco—. Manténte lejos de este lugar esta noche.

—Lo haré, señoría, desde luego que lo haré —dijo Peeves, elevándose otra vez en el aire—. Espero que los asuntos del señor barón salgan a pedir de boca, yo no lo molestaré —y desapareció.

—Eso ha sido genial —dijo Harry conteniendo una risita— ¿cómo has sabido que...?

—¿Por qué crees que nunca se mete con los Slytherin? Le teme al Barón más que a nada, si nos hiciera algo nuestro fantasma le castigaría —Harry sonrió divertido y continuaron con su camino.

Unos pocos segundos más tarde estaban allí, en el pasillo del tercer piso. Antes de acercarse a la puerta Harry, se guardó la capa y la ocultó, nadie más que él y Draco sabían de la capa y no iba a compartirlo con nadie más. Al llegar a la puerta se percataron de que ya estaba entreabierta y Ron y Hermione esperaban muy cerca, con rostros alerta y temblando ligeramente. Draco rodó los ojos y Harry se acercó para saludarlos en voz muy bajita.

—Snape ha llegado antes, la puerta ya estaba así cuando llegamos —informó la chica.

—Si es que es Severus —defendió el rubio, a una distancia prudente del grupo.

—No perdamos más el tiempo —dijo Harry y empujó la puerta. Cuando la puerta crujió, oyeron unos gruñidos. Los tres hocicos del perro olfateaban en dirección a ellos.

Draco rápidamente divisó un arpa a los pies del perro y con un encantamiento la hizo funcionar de nuevo. Poco a poco, los gruñidos se fueron apagando, se balanceó, cayó de rodillas y luego se derrumbó en el suelo, profundamente dormido.

—Demasiado fácil —dijo el Slytherin— La escuela debe estar en decadencia si esto es lo que protege la piedra más codiciada del mundo —Ron bufó claramente fastidiado por su fanfarronería. —Rápido Weasley, abre la trampilla.

De mala gana el pelirrojo se acercó hasta el perro, sintiendo su aliento golpeándole el rostro, quitó una de las pesadas patas del animal de la trampilla y jaló del aro metálico que funcionaba como manija.

—¿Qué puedes ver? —preguntó Hermione con ansiedad.

—Nada... sólo oscuridad... no hay forma de bajar, hay que dejarse caer —el Gryffindor sonrió— primero las damas.

Hermione rodó los ojos pero aun así se arrojó a la oscuridad, pensando en que los Gryffindor no siempre eran tan valientes. El siguiente fue Ron, con algo de temor. Luego Harry, cuando Draco hizo un exagerado ademán inclinándose y cediéndole el paso, para finalmente arrojarse también.

Después de superar el frio aire de la caída, se percataron de que habían aterrizado sobre una especia de planta, Harry no veía nada, todo estaba sumamente oscuro. Pero no necesitaban ver para darse cuenta que la planta no estaba precisamente para amortiguar la caída; se les enredaba en las extremidades, atándolos por completo. Ron luchaba contra la planta, haciendo que ésta lo atrapara a una velocidad mayor. Harry, quien intentaba acostumbrarse a la oscuridad finalmente lo hizo; la herbología no era precisamente su mejor materia pero conocía aquella planta.

—¡Deja de moverte! —ordenó Hermione.— ¡Es Lazo del Diablo!

—Oh, me alegro mucho de saber cómo se llama, es de gran ayuda — gruñó Ron, tratando de evitar que la planta trepara por su cuello.

—Salazar bendito, que ignorante —se quejó Draco pero ya no pudo replicar más pues Hermione ya había usado su varita para matar a la planta cuya debilidad era el fuego. —Es bueno contar con alguien con neuronas —Agregó el rubio.

—Él trata de decir gracias —aclaró Harry a la chica quién se ruborizó. —Por aquí —dijo Harry, señalando un pasadizo de piedra que era el único camino.

Lo único que podían oír, además de sus pasos, era el goteo del agua en las paredes. El pasadizo bajaba oblicuamente. Después de un momento un leve tintineo y un crujido se escucharon y parecían proceder de delante. Llegaron hasta el final del pasillo y vieron ante ellos una habitación brillantemente iluminada, con el techo curvándose sobre ellos. Estaba llena de pajaritos brillantes que volaban por toda la habitación. En el lado opuesto, había una pesada puerta de madera.

—La puerta debe estar cerrada —observó Harry.

—Y la llave debe estar por aquí —agregó Hermione.

—Ahí —dijo Draco— el ave llave que tiene el ala rota, la de plata que luce más antigua que las otras —sus ojos grises se dirigieron al otro extremo de la habitación donde unas cuantas escobas descansaban. Sonrió. —Bueno Potter, todo tuyo.

—¿Por que no usamos un encantamiento de invocación? —preguntó el ojiverde caminando hacia las escobas.

—Porque así no sería divertido —Respondió Malfoy. Harry alzó una ceja.— Por que dudo que funcione —se corrigió sonriendo, ganándose una mirada extrañada de Hermione y Ron.

Potter montó la escoba y con la habilidad de "el buscador más joven de la historia" se dirigió hacia la llave, esquivando al resto. Le costó un par de volteretas, dos caídas en picada y una curva perfecta bajo la cúpula del techo, pero finalmente la atrapó y aterrizó para llevarla hasta la puerta donde sus amigos ya esperaban. La llave se removía sobre su mano así que rápidamente la introdujo en la cerradura y dio vuelta. Para su alivio era la llave correcta, Draco no se había equivocado, aunque rara vez lo hacía, si era justo.

La puerta se abrió. La habitación siguiente estaba tan oscura que no pudieron ver nada. Pero cuando estuvieron dentro la luz súbitamente inundó el lugar, para revelar un espectáculo asombroso. Estaban en el borde de un enorme tablero de ajedrez, detrás de las piezas negras, que eran todas tan altas como ellos y construidas en lo que parecía piedra. Frente a ellos, al otro lado de la habitación, estaban las piezas blancas. Ron y Hermione se estremecieron: las piezas blancas no tenían rostros.

—Parece que mi momento ha llegado —dijo Ron, bastante seguro de sí mismo.

—No te ofendas Weasley pero dudo que seas mejor jugador que yo —intervino Draco. — Somos las piezas negras. Harry —le sonrió— serás el rey, Weasley, el caballo, Granger... Tal vez el alfil. —Hermione y Harry se miraron preocupados de que Ron fuese a reaccionar mal, pero de igual forma obedecieron, entonces Draco se colocó al lado de Harry, ocupando el lugar de la reina.

El juego comenzó con Draco Malfoy comandando sus piezas como si fuera un general, firme y sin titubeos, Harry lo miraba de reojo, asombrado por su capacidad de liderazgo y su habilidad estratégica. Era verdad que Potter había intentado aprender a jugar, pero no era ni por poco tan bueno cono Ron o Draco y en ese momento agradecía tener a los mejores ayudando con aquella prueba.

A mitad de la partida Malfoy se había quedado en silencio, pensando su siguiente movimiento cuando Ron intervino, seguro de lo que hacía y había sido tan buena elección que el rubio ni replicó. Después de eso, ambos se complementaron bastante bien para llevar el juego sin tener que arriesgarse ellos mismos, sacrificando peones u otras piezas. Sin embargo, era obvio que todos ellos debían vagar por el tablero en algún punto, los primeros en tener que moverse habían sido la Ravenclaw y el Gryffindor. Harry pronto se dio cuenta de que la única razón por la que Draco le había asignado el puesto de rey había sido para no tener que arriesgarlo demasiado y se sentía bien, mirando como todas las piezas se movían a su favor, por su propósito, porque él era el rey.

—Ya casi estamos —murmuró Ron de pronto—. Déjenme pensar... déjenme pensar —La reina blanca volvió su cara sin rostro hacia Ron quién a su vez miró a Malfoy.

—Sabes lo que hay que hacer ¿No, Weasley? —le preguntó el rubio y el pelirrojo asintió de manera seria.

—Sí... —murmuró Ron—. Es la única forma... tengo que dejar que me eliminen.

—Debe haber otra manera —dijo Hermione nerviosa, mirando las piezas rotas que habían sido sacrificadas por Draco y Ron.

—¡Esto es ajedrez! —dijo enfadado Ron—. ¡Hay que hacer algunos sacrificios!

—Ron tiene razón, Hermione —Intervino Harry y ella le miró con el ceño fruncido. —La reina irá sobre él y la reina... Draco podrá hacer jaque —el ojiverde miró al otro Slytherin que, orgulloso le sonreía.

—Pero...

—¿Quieres detener a Snape o no? —preguntó entonces el pelirrojo y ella se quedó callada.

Ron se movió hacia delante y la reina blanca saltó. Golpeó a Ron con fuerza en la cabeza con su brazo de piedra y el chico se derrumbó en el suelo. Hermione gritó, pero se quedó en su casillero. La reina blanca arrastró a Ron a un lado. Parecía desmayado. Harry levantó el rostro desde su posición mientras Malfoy caminaba dignamente a través de las piezas rotas, los cadáveres de piedra a sus pies, como si fuera un guerrero de verdad. Finalmente se plantó frente a rey, con una sonrisa victoriosa en el rostro que hizo que a Harry se le erizaran los vellos de la nuca. El rey blanco tiró su corona a los pies de Malfoy y este caminó de regreso con la corona en las manos hasta Potter quién lo recibió con una sonrisa igual de grande. El rubio colocó la corona sobre el cabello azabache de su amigo y le hizo una pequeña reverencia.

—Su majestad —dijo y Harry levantó el rostro, orgulloso.

—¿Cómo está? —preguntó Harry sobre Ron a Hermione sin apartar su mirada de los grises ojos de Malfoy que brillaban de manera extraña.

—Va a estar bien —respondió la voz de Hermione, pero Draco y Harry seguían frente a frente, mirándose, midiéndose.

—Será mejor que vuelvas —le dijo el pelinegro—, toma a Ron y llévalo a la enfermería, Draco y yo nos encargaremos de ahora en adelante, él último obstáculo debe ser el de Quirrell o el de Snape y no hay nadie mejor que Malfoy para ello —entonces si se volteó y miró a la chica arrodillada junto al pelirrojo.

—¿Vas a estar bien? —le preguntó mirando la corona en su cabeza. Harry asintió.

—Manda una lechuza a Dumbledore de todas formas —tomó al rubio de la mano y le dijo: —Vamos.

Dejaron atrás a los dos chicos, caminando firmemente hasta la puerta del otro lado de la sala, Harry abrió la puerta sin problemas solo para encontrarse con un Troll de cabeza sangrante inconsciente en el suelo. Pasaron por sobre su cuerpo aliviados de no tener que lidiar con él y finalmente llegaron a la otra puerta. En el centro de la sala solo había una mesa con siete botellas acomodadas en fila. Al ver que no había nada peligroso cruzaron el umbral, al instante un fuego se encendió detrás de ellos. No era un fuego común, era púrpura. Al mismo tiempo, llamas negras se encendieron delante. Estaban atrapados.

—Debo admitir que esto es muy de Severus —dijo Draco caminando hacia la mesa y recogiendo un pergamino que decía:

El peligro yace ante ti, mientras la seguridad está detrás, dos queremos ayudarte, cualquiera que encuentres, una entre nosotras siete te dejará adelantarte, otra llevará al que lo beba para atrás, dos contienen sólo vino de ortiga, tres son mortales, esperando escondidos en la fila.

Elige, a menos que quieras quedarte para siempre, para ayudarte en tu elección, te damos cuatro claves: Primera, por más astucia que tenga el veneno para ocultarse siempre encontrarás alguno al lado izquierdo del vino de ortiga; Segunda, son diferentes las que están en los extremos, pero si quieres moverte hacia delante, ninguna es tu amiga; Tercera, como claramente ves, todas tenemos tamaños diferentes: Ni el enano ni el gigante guardan la muerte en su interior; Cuarta, la segunda a la izquierda y la segunda a la derecha son gemelas una vez que las pruebes, aunque a primera vista sean diferentes.

—Creo que está bastante claro —dijo el rubio. — La más pequeña nos llevará por el fuego negro, hacia la Piedra.

—Y esa de allí —Harry señaló una botella redonda en el extremo derecho de la fila —, nos dejará volver por el fuego púrpura. Solo hay poción suficiente para una persona.

Draco le miró un instante en silencio, comprendiendo lo que debía hacer. Le sonrió cálidamente, y sus orbes plata se calvaron en él, haciéndolo sentir extrañamente fortalecido y complementado.

El rubio avanzó un paso hacia él, era más alto por algunos centímetros pero aquello no era importante, no cuando se había inclinado y le había besado. Harry no se había dado cuenta de lo mucho que aquello le había hecho falta; los labios de Draco eran fríos y cálidos a la vez y le hacían sentir... si, le hacían sentir. Duró solo unos segundos, había sido un piquito apenas, pero le revolvió las entrañas como nada nunca lo había hecho. No sabía que significaba pero quería volver a sentirlo. Se miraron un poco más, Harry recordó el espejo y las visiones y comprendió todo. Aquello le hizo ruborizar.

—Si el-que-no-debe-ser-nombrado está allí, no dejes que te mate, hemos estudiado mucho y tienes un gran potencial Harry —sonrió— ya lo has vencido una vez, hazlo de nuevo —señaló la corona sobre su cabeza— tú eres el nuevo rey.

El moreno asintió y ambos tomaron su respectiva botella con poción, la bebieron y se separaron.