Harry vio la cabellera rubia de Draco desaparecer tras las llamas a sus espaldas sin problemas. Se sentía extraño al quedarse repentinamente solo, pero tal vez era así como siempre debía ser, él solo contra Voldemort, solo ellos dos, cara a cara, como los dos lados de una misma moneda.

Tomó aire y atravesó el fuego oscuro sin una pizca de duda, confiaba en que había tomado la poción correcta. Se acercó a la puerta de madera, tomó la argolla metálica que fungía como manija y haló de ella. Potter había esperado encontrar una sala oscura únicamente alumbrada por velas, había esperado ver a Voldemort al centro de ésta, mirándole y sonriéndole, retándole. Así que, cuando se encontró con una sala bien iluminada por varias antorchas, llena de columnas y arcos, con el profesor Quirrell de defensa contra las artes oscuras —y no con Snape— al centro de ésta, mirándose en el espejo que Dumbledore insistió no buscara más, simplemente no pudo evitar fruncir el ceño.

Tal vez si lo pensaba un poco las cosas eran más lógicas de lo que parecían, ¿quién sospecharía de aquel perdedor y tartamudo profesor en comparación con Snape que a simple vista no solo era inteligente, sino también un tanto tenebroso? Nadie, ni si quiera él y se sentía sumamente imbécil por no haberlo previsto. Había sido inteligente, mucho, actuar como el corderillo para que cualquiera asumiese que otro era el lobo. Astuto, no había otra palabra para describirlo y Harry supo que aún tenía muchas, pero muchas cosas que aprender, no podía permitirse errores como aquellos, no si quería ganar, no si quería convertirse en un Slytherin ejemplar, no si no quería terminar muerto a manos de sus enemigos, enemigos poderosos e inteligentes como había resultado ser Quirrell o mejor dicho Voldemort.

A simple vista no había rastro del señor oscuro por ninguna parte, pero Harry podía sentirlo, en la piel, con su magia, con su cicatriz, él estaba ahí, probablemente dentro del cuerpo del profesor, aunque a simple vista no pareciera estar poseído. Y era agobiante, pues la energía mágica de Voldemort, aunque débil, le calaba hasta los huesos, haciéndole estremecer, erizándole los bellos de la nuca. Sabía que aquel no era todo su poder, porque no había manera de que alguien con aquel nivel de magia tan inferior fuese el mago tenebroso más poderoso de todos los tiempos, el asesino de sus padres, pero aun así podía sentir como aquel poder mágico se igualaba al suyo y le superaba por muy poco, si iban a enfrentarse él tendría que ser más inteligente, tenía que ser más hábil, el milagro que lo había mantenido con vida la primera vez no volvería a repetirse, no podía depender del azar, debía ser un Slytherin.

Aferró su varita con fuerza, Quirrell no se había percatado de su presencia, demasiado ensimismado con el reflejo que el espejo le mostraba; el deseo más desesperado de su corazón. Miró a su alrededor, no parecía que hubiera más salida que la que tenía a sus espaldas así que lanzó un encantamiento a la puerta para mantenerla abierta en caso de necesitar volver a la sala anterior y protegerse. Pero aquel pequeño encantamiento hizo que su adversario le notara, su magia había fluido por el cuarto y se maldijo internamiente por no poderla hacer pasar por desapercibida. El profesor se dio la vuelta y levantó su varita contra él, lanzándole un encantamiento que debió haberlo atado con unas sogas mágicas y que Harry logró bloquear con un escudo mágico. Ambos se miraron, desafiantes hasta que Quirrell dijo:

—Bienvenido, Potter —ya no tartamudeaba, todo había sido una actuación. —No te veo muy sorprendido de encontrarme aquí —Lanzó otro encantamiento par inmovilizarlo, encantamiento que el chico esquivó.

—Soy un Slytherin —dijo fingiendo que aquello no le había sorprendido. Una de las primeras lecciones de Draco habían sido fingir saberlo todo para obtener información de verdad y él había aprendido a valorar aquella lección; la gente soltaba la lengua cuando creía que no había necesidad de ocultarte nada, porque tú ya lo sabías.

El pelinegro lanzó un encantamiento de fuego contra el profesor que rápidamente se cubrió con un escudo que brilló en prismático, era poderoso, pero no irrompible, por lo que Harry intentó con un par de maldiciones más. Fuego y rayos se estrellaban contra la protección y el moreno la sintió tambalearse justo un segundo antes de que su enemigo contrarrestara el ataque. Se cubrió tras un pilar de piedra y luego tras otro, uno a uno caía hechos pedazos por los maleficios que se estrellaban contra ellos, al menos hasta que el muchacho reforzó el quinto pilar con un encantamiento. Sintió la magia chocar contra el objeto, una y otra vez, pero él no quería enfrentarse a Quirrell, él quería enfrentarse a Voldemort, tenían asuntos pendientes.

Salió de detrás de su pilar, rodeado la sala circular y posándose justo detrás del espejo, dejó que el siguiente maleficio se estrellara contra él, entonces salió de detrás y lanzó un encantamiento de desarme. Pero éste no dio en la varita del hombre, si no en su turbante, haciéndolo volar por los aires y dejando al descubierto algo que le horrorizó y le asombró a partes iguales; Voldemort estaba ahí, detrás de la cabeza del hombre, quién por el impacto se había girado un poco, dejándolo cara a cara con el asesino de Lily y James Potter, sonriente, macabro y poderoso. Harry retrocedió un poco, incapaz de pensar en nada, era repugnante, como un parásito, un parásito en la nuca del hombre que orgulloso lo mostraba.

—Harry Potter —dijo Voldemort con su escaza apariencia humana y Harry se estremeció, pero intentó recomponerse rápidamente —, mi viejo enemigo, la causa de mi caída —sonrió débilmente— no pareces tan valiente como hace unos minutos. Una gran batalla debo decir, mira que no cualquier muchacho podría haberse enfrentado a un adulto, aun siendo el inútil de Quirrell. Dime Potter, ¿sabes acaso cómo funciona el espejo? Sé que la piedra se encuentra dentro y quisiera obtenerla.

—Sé como funciona —admitió, sabía que aquello lo mantendría con vida—, pero dime, ¿Qué he de obtener yo si te ayudo? —Voldemort soltó una carcajada ronca.

—El sombrero ha hecho bien en colocarte en Slytherin —contestó mirando su uniforme. — Poder, Potter, un poder tan grande que ni si quiera podrías alcanzar a comprender por completo. A menos, por supuesto, que seas suficientemente fuerte como para buscarlo.

Lo miró por un instante, pensando. Él no necesitaba poder, él necesitaba venganza y aquello era su motor en aquel momento. ¿Unirse al hombre que le había arrebatado a su familia? Nunca en la vida. Pero necesitaba mantenerse en un estado neutro mientras algo más se le ocurría, debía planear y lo más lógico en aquel momento parecía hacer tiempo y fingir que sí, que era un muchachito ambicioso, ansioso de obtener poder lo más pronto posible. Bien, aquello no era mentira del todo, Harry quería reconocimiento, pero lo quería por su propia mano, no por ser uno de los esclavos de aquel tipo. Solo necesitaba mirar a Quirrell para percatarse de lo muy idiota que tenía que ser uno para ceder a servirle; no se obtenía nada del Lord, él lo tomaba todo de ti y lo volvía suyo, te usaba y Harry no lo juzgaba, pues aquella era la mejor manera de llegar a la cima, trepando por los cuerpos de aquellos que estuvieran dispuestos a entregarte su vida con tal de verte en lo alto, defendiendo sus ideales en común. Prometiendo y nunca dando.

El pelinegro caminó cautelosamente frente al espejo, mientras sus ojos recorrían la sala entera en busca de algo que le ayudara a ganar aquella batalla. La puerta seguía abierta a sus espaldas aunque no podía verla, pues el cuerpo del profesor se había parado justo detrás de él, obstaculizándole la visión. Miró el espejo y se vio a sí mismo, completamente solo y se preguntó si sus deseos habían cambiado en los últimos meses. Pensó que necesitaba la piedra, no para volverse asquerosamente rico o inmortal, si no para asegurar su vida. Sabía que a esas alturas Hermione ya había localizado a Dumbledore y que Draco seguramente buscaría la ayuda de Snape, así que solamente debía esperar.

—¿Qué es lo que ves? —le preguntó Voldemort, pero Harry ya no lo veía tras él en el reflejo, en su lugar Draco se acercaba caminando, elegantemente.

—Solo la sala —mintió.

Draco le miró, un tanto sucio y desarreglado por las múltiples pruebas que había tenido que enfrentar y se rio de él ligeramente. Luego metió su mano en el bolsillo de su pantalón y sacó algo. Entre sus delgadas y pálidas manos sostenía la piedra filosofal y Harry tuvo que luchar muchísimo por no exclamar nada. De repente Quirrell apareció en el reflejo, tendido en el suelo, y su yo del espejo comenzó a tortúralo con un sinfín de maldiciones que Harry ni si quiera conocía. El rubio le susurraba al oído algo que Harry no podía escuchar pero que parecía animar a su otro yo a seguir con la tortura, el mayor deseo de su corazón. En algún punto Quirrell parecía haber perdido la batalla y había caído muerto a los pies de Potter y con él Voldemort, Draco le sonrió ampliamente y como si se tratara de un trofeo simplemente colocó la piedra en el bolsillo de su pantalón. Harry sintió el peso de la piedra de verdad y supo que la había obtenido.

—Puedo ver la piedra —anunció entonces. Quirrell, ansioso por ser él quién cumpliera el deseo de su amo le apartó bruscamente.

—Hazte a un lado —le dijo y Harry se paró detrás de él con semblante serio.

—Justo a tus pies —volvió a mentir con maestría y Voldemort sonrió complacido— en el ladrillo suelto bajo ellos, brilla.

—Yo no puedo... —Harry creyó que diría "ver nada" pero no le dio tiempo de terminar la frase.

La sonrisa del Lord se desvaneció en cuanto el pelinegro levantó su varita contra él y murmuró "incendio". El cuerpo del profesor se prendió en llamas pero los gritos que desgarraban la sala por completo eran los de Voldemort cuyo rostro comenzaba volverse de cenizas. El hombre se tiró al suelo, incapaz de mantenerse de pie por las quemaduras y Harry sabía que no debía, pero sentía satisfacción al ver a aquel monstruo pagar por la muerte de sus padres. Le vio consumirse lentamente, su fuego no era fuego normal, éste se alimentaba de su tormento interior; de las noches bajo la alacena, de las humillaciones de Duddley, de las veces que su tío le dejó sin cenar, de las veces que su tía insultó a su padre, de los golpes de los amigos de su primo, de todas la veces que se sintió invisible, insignificante, un fenómeno. De las veces que le dijeron que era un bueno para nada, de las veces que le hicieron sentir inferior, de las veces que soñó con sus padres gritando, a punto de ser asesinados.

Lo último que vio de Voldemort fueron sus ojos rojos clavársele en el alma y una sonrisa que no esperaba verle cuando estaba punto de morir.

—No somos tan diferentes después de todo —le dijo en un susurro que se llevó el viento.

—No, yo soy mejor —respondió.

Y así, tanto Quirrell como Voldemort quedaron reducidos a cenizas, a nada y Harry se sintió liberado de un peso que no sabía que cargaba hasta aquella noche. Había vencido y no había recibido más que un par de golpes. Se miró de nuevo en el espejo, estaba tan sucio, pero a Draco no parecía importarle demasiado, se acercó a él y volvió a colocarle la corona de piedra sobre la cabeza, aquella que se había caído durante el combate y que debía estar por allí en alguna parte de la sala. Él era el rey, le habían coronado y Voldemort ya no significaba un problema para él. Sabía que volvería, su sonrisa se lo había dicho, pero para cuando aquello ocurriera él estaría listo y volvería a vencer, una y otra y otra vez. El reflejo le mostró a sus padres, agradecidos le besaron la frente y las mejillas y por primera vez en la noche quiso llorar.

—Lo has hecho bien, Harry —dijo Dumbledore a sus espaldas.

—Gracias señor —Respondió sacando la piedra de su bolsillo y entregándosela con su mejor sonrisa. Nadie debía saber cuáles habían sido sus verdaderas intenciones. Había aprendido algo de Voldemort y aparentar ser el cordero podría funcionarle.

—No pareces herido pero...

—Me gustaría ir a la enfermería —interrumpió mirando de nuevo el reflejo en el espejo, dejando que una lagrimita resbalara por su mejilla. Dumbledore le miró con aflicción y él tomó aire.

—De acuerdo —le respondió el viejo profesor y lo tomó del hombro. Harry, débil como se encontraba perdió el conocimiento.

Soñó que se encontraba en una casa antigua que no conocía, solo podía ver sus manos por lo que su apariencia le era desconocida. Se encontraba sentado en una especie de trono de metal negro, con piedras que brillaban y le adornaba, incrustados entre su ornamentación. Se sentía terriblemente solo y vacío, la sala, oscura como estaba, le recordaba a la alacena donde solía dormir.

Miró a su lado, Draco estaba ahí, de pie, firme como un soldado, mirando hacia al frente, siempre alerta, pero no lucía como él, lucía mucho más grande de edad, era realmente guapo pero las sombras majo sus ojos indicaban que no descansaba lo suficiente. El rubio se percató de su mirada y le miró, dedicándole una sonrisa ladina, una que Harry le había visto muchas veces, llena de complicidad. Se paró entonces frente a él y acaricio su rostro, Harry cerró los ojos y luego los abrió nuevamente, Draco lloraba pero sonreía de igual manera, estiró sus pálidas manos sobre su cabeza y le retiró algo de la cabeza, una corona de oro negro y esmeraldas.

Cuando abrió los ojos Harry no recordaba lo que había soñado pero tenía una sensación bastante extraña en el estómago, no desagradable, más bien agridulce. Aquella sensación quedó en el olvido cuando sus ojos se encontraron con los de Draco quién muy atento le miraba, con una sonrisa en los labios y un libro de pociones en el regazo. El rubio se puso entonces de pie y le abrazó fuertemente. Harry correspondió el acto y sonrió ampliamente. Draco olía a jabón y su cabello estaba ligeramente húmedo.

—Al fin —le dijo separándose de él. —Tres días, Potter, llevamos tres días esperando a que despiertes.

—¿Tres? —preguntó asombrado mientras tomaba de la mesita a su lado sus gafas. Cuando pudo enfocar mejor se encontró con que frente a él, una mesa entera era cubierta por regalos —¿Y esto?

—Regalos de tus admiradores y de tus amigos, por supuesto —sonrió, — él más grande es mío, como es obvio. Eres el tema central en todo el colegio, no dejan de hablar de lo heroico y poderoso que eres, todos están sumamente impresionados, claro que yo me he asegurado de decirles a todos que no deberían estar tan asombrados, después de todo eres Harry Potter. ¿No es genial? Incluso los chicos de nuestra casa que aún estaba reacios a tratarte como parte de nuestro grupo han tenido que morderse la lengua, eres el orgullo de Slytherin, Potter y también el alumno más respetado de todo el colegio.

—¿Pero cómo...? —se interrumpió a media pregunta y sonrió. —Tú, pequeña serpiente.

—Última lección del año, la publicidad positiva siempre es importante y yo, soy bastante bueno en hacer que los rumores corran. Granger no está muy contenta y Weasley está bastante enojado pero solo porque no le he mencionado —soltó una carcajada.

—¿Y qué hay de ti? ¿Disfrutando de la atención?

—Ellos no saben que estuve allí —dijo tomando una rana de chocolate de Harry y desenvolviéndola.— Creo que prefiero mantenerme en el anonimato.

—Pero...

—No me interesa colgarme de tu gloria Harry, yo anhelo cosas diferentes —le sonrió una vez más, pero cuando el moreno estuvo a punto de preguntar que era aquello el rubio se puso de pie, Dumbledore había entrado a la sala.— Creo que los dejaré solos —y robando una cajita con dulces salió de la enfermería.

Dumbledore tomó el asiento que el otro Slytherin había dejado y le sonrió paternalmente.

—Harry ¿cómo te encuentras?

—Bastante bien —respondió correspondiendo la sonrisa por cortesía.

—Creo que te alegrará saber que Slytherin se ha llevado la copa de las casas —la sonrisa del moreno se ensanchó— y que la piedra ha sido destruida.

—Creo que ha sido lo mejor, Voldemort va a volver tarde o temprano y mientras menos armas tenga, mejor —el director asintió y sonrió satisfecho con su respuesta. Luego de un corto silencio dijo.

—Me gustaría hablar contigo —le miró y Harry se puso serio, atento— , es sobre... tu poder mágico, no he podido evitar percatarme que después de tu encuentro con Voldemort ha crecido y bastante, lo noto, así como tu notas el mío ¿te has percatado de ello? —Harry negó con la cabeza.— Escucha bien, Harry, eres un muchacho especial, no solo por la cicatriz de tu frente y parece que todo el mundo se ha percatado de ello... me gustaría pedirte que estudies, mucho, un poder tan grande como el tuyo fuera de control podría causar estragos y ninguno de los dos quiere eso.

—¿Usted nota mi poder?

—Desde el primer día, muchacho, pero me temo que ahora es como si le hubieran quitado el candado que lo mantenía al margen, se está desbordando —lucía genuinamente preocupado.

—Haré lo que pueda para aprender a controlarlo —dijo.

—Te enviaré un par de libros antes de que te marches, estoy seguro que te serán de ayuda —entonces dejó su expresión preocupada y le sonrió. —Ahora estoy seguro de que Madame Pumfrey querrá revisarte. Si todo está en orden podrás volver a tu sala común, después de todo son los últimos días de clase y después de eso, el verano. —Harry frunció la boca recordando que debía volver al agujero de donde proveía.

Dumbledore se despidió no sin que Harry le ofreciera antes una caja con grageas de todos los sabores. Potter no sabía que pensar sobre el hombre, para él era obvio que Dumbledore había sabido todo ese tiempo que las cosas terminarían de aquella manera y sentirse utilizado no le agradó en lo más mínimo. Incluso sospechaba que el viejo había sido quién le había enviado la capa y que había dejado el espejo en aquella sala en desuso para que lo encontrara y supiera como funcionara.

Las personas misteriosas no le gustaban, le parecía que estaban fuera de sus planes, de su alcance y aquello era incómodo. Sin embargo había callado sus dudas para no meterse en problemas, no podía darse el lujo de perder el favor del director, Voldemort regresaría en cualquier momento y entre más aliados tuviera mejor, sobre todo si eran tan poderosos como Albus.

El tema de su poder también lo tenía inquieto, pero de manera positiva, era una buena noticia que su magia hubiese crecido, aquello aumentaba las posibilidades de, en un futuro, volver a enfrentarse a Voldemort y salir victorioso de aquello. Se sentía confiado, aquel año no solo había hecho buenas alianzas, como tenía planeado, sino que además había adquirido muchos conocimientos que aprovecharía ahora que sabía que era más poderoso. Debía irse con cuidado, lo sabía, debía aprovechar cada oportunidad que se le presentara para ir siempre un paso adelante. Sabía que tenía mucho por aprender, pero no iba a darse por vencido, no ahora que había demostrado de que era capaz, no ahora que había demostrado lo que valía.

Aquella misma tarde volvió a Slytherin donde lo recibieron entre apretones de mano y respeto expresado de manera verbal. Pasó sus últimos días con Draco y sus compañeros serpientes sirviéndole como si fuera el nuevo príncipe de Slytherin. Pasaba algunas tardes con Hermione y Ron y otras tantas en el campo de quidditch. Cuando fue el momento de volver ya tenía dos invitaciones, una de Ron para pasar el verano en la madriguera y otra de Draco para pasarla en Malfoy Manor. Aceptó ambas sin problemas y volvió a número cuatro de Privet Drive sintiéndose como una persona nueva. Tal vez no podría hechizar a su primo, pero había aprendido métodos diferentes que no dudaría en utilizar, después de todo, era un Slytherin, los Dursley no la tendrían fácil para fastidiarlo, ya no más.