Draco Lucius Malfoy Black era su nombre completo. Draco lo había elegido su madre como una antigua tradición de los Black de elegir el nombre de estrellas o constelaciones, hacía referencia a la constelación del dragón situada al norte, sus estrellas no eran muy brillantes, pero era enorme y podía verse desde casi cualquier parte. Lucius lo había elegido su padre como una manera de recordarle que era su amado hijo, iguales y diferentes a la vez, una manera de que jamás olvidara quién le había dado la vida y quién la seguiría dando por él. Malfoy era su apellido, proveniente de Francia, los Malfoy eran una venerable familia de sangre pura que había llegado a Londres en busca de expandir sus horizontes, los Malfoy eran competitivos, eran ambiciosos, eran directos y altaneros y aquello les había costado la existencia, reduciendo la lista de los Malfoy a Draco como el último en la lista. Su segundo apellido era Black, pero Draco había aprendido a valorarlo incluso sobre su primer apellido, porque los Black tenían muchas características que él encontraba cuando menos interesantes.

Porque los Black, al igual que los Malfoy, eran ambiciosos pero tenían métodos muy diferentes para obtener lo que deseaban. Porque un Black tomaba cada oportunidad que se les presentaba, incluso pasando sobre su orgullo, no desaprovechaban ningún contacto importante, incluso si este no tenía un estatus de sangre digno de apreciarse, los Black no se vanagloriaban, ellos callaban y esperaban el momento indicado para darse a conocer, eran discretos, pero dignos, eran elegantes pero se cuidaban no caer en la pedantería, porque la fuerza de los Black residía en su paciencia, en su habilidad de observar al enemigo, de distinguir el potencial en los desconocidos con una sola mirada, de mantener la cabeza en alto, silenciosos, aguardando por el momento, no cualquiera, su momento. Un arte que los Malfoy jamás habían dominado.

Draco sabía que su padre no estaba muy de acuerdo con aquella manera de ser, un Malfoy jamás se mezclaba con sangre sucias ni aunque sus vidas dependieran de ello, los Malfoy no eran pacientes, si ellos querían algo lo tomaban y listo, jamás perdían la oportunidad de echar en cara todo lo que poseían, el poder, el dinero, la posición. Un Malfoy era competitivo hasta los huesos, siempre ávido de ser el centro de atención, de ser el mejor. No soportaban la derrota, eran explosivos, rara vez planeaban y la mayoría del tiempo se movían únicamente por su sed de más; más poder, más dinero, más influencias. No les importaba que la gente les mirara mal, no solían ser discretos ni porque aquello fuese de vida o muerte. Un Malfoy.

Y no que Draco no hubiera heredado muchas de las características de su apellido paterno, en muchas ocasiones era más parecido a Lucius de lo que le gustaba admitir, pero siempre tenía a Narcissa para regresarlo al camino seguro, al camino de los Black. Su madre le había enseñado muchas cosas, pero la más importante de ellas y la que llevaría tatuada en la sangre hasta su muerte sería aquella que le fue revelada con solo ocho años de edad, una noche antes de dormir. Su madre le había arropado, le había besado la mejilla y luego le había dicho:

—El dinero no es nada si no se tiene poder y la inteligencia para ejercerlo.

Draco no recordaba exactamente a que había venido aquel comentario, solo recordaba que su madre había estado un tanto enojada por como su padre llevaba los bienes familiares últimamente. Aquello bastó y sobró para que Draco entendiera que sí, él iba a heredar una gran fortuna, pero que aquello no servía de nada sin el carácter correcto.

Tuvo la suerte de ser instruido por su madre —aún a espaldas de su padre— de haber sido enseñado a tragarse los prejuicios para obtener beneficios, a diferenciar a un fanfarrón de alguien cuyo poder era verdaderamente grande, a sonreír de manera natural cuando buscaba conseguir algo, a mirar como si no hubiera roto ni un plato y la vez a gobernar con aquella misma mirada, sin necesidad de palabras, sin necesidad de amenazar o imponerse, sin necesidad de la máscara Malfoy.

Draco sospechaba que su madre había usado aquella sabiduría para casarse con su padre y el pobre ni si quiera lo sospechaba, demasiado cegado por sus aires de grandeza. Era más que obvio que en aquella relación Narcissa lo era todo; era quién comandaba todo desde las sombras, detrás de la silueta de su marido. Junto a él, nadie imaginaba que fuera ella quién tomaba la mayoría de las decisiones, ni si quiera Lucius. Para el resto del mundo era Lucius Malfoy quién tenía el poderío de su familia, él era el patriarca.

Al principio el joven Malfoy se había preguntado por qué su madre se empeñaba en mantenerse oculta cuando era ella y solo ella la que llevaba las riendas de todo. Con su potencial podría conseguir el mundo entero, ocupar el puesto en el ministerio que su marido había conseguido gracias a ella, ser la persona más respetada entre sus socios, tener todos esos titulares en El Profeta que su padre no desaprovechaba. Y al no obtener respuesta de sí mismo decidió preguntarle a lo que ella respondió:

—Mi querido Dragón, estás pensando como un Malfoy. Estás pensando en la gloria, no en el poder.

Y Draco comprendió. Lo importante del poder no era la gloria, lo importante del poder eran los beneficios que otorgaba y aquello podía o no incluir la gloria. La gloria podía traer problemas, como los múltiples enemigos de su padre o aquella ceguera que causaba ser adorado por todos. Tenía solo diez cuando lo entendió, tenía solo diez cuando decidió que quería seguir los pasos de su madre, obtener poder y usarlo a su favor, mantenerse seguro detrás de alguien que quisiera la parte pública del asunto, que sirviera como ancla al poder y a la vez como escudo.

Pasó meses enteros educando su propia magia para poder sentir el poder de los otros, como pequeñas vibraciones que en segundos le revelaban el potencial mágico del prójimo. Se basaba en ello para hacer sus amistades, para darles un rango en su vida, esperando, aguardando por aquella persona cuya magia no solo fuera poderosa, si no que se adaptara a la suya para que ambos pudieran construir un reino y no uno en miniatura como el que su madre había creado al desposar al último de los Malfoy. No Draco veía más allá, mucho más allá, el buscaba algo grande, mil veces más grande y para eso necesitaba una persona destinada a la grandeza. ¿De qué le servía buscar lo que ya tenía? Una mansión, sirvientes, oro ¿No decía su padre siempre que él merecía lo mejor? ¿Y quién mejor que Harry Potter para él?

Harry James Potter Evans, el mago más célebre de los últimos tiempos, con solo un año de edad había vencido al que se suponía era el mago tenebroso más poderoso del mundo. Hijo de una sangre sucia y un traidor a la sangre, nimiedades pensaba él, lo valía si lo que decían de Potter era verdad y era tan poderoso como contaban. Pensaba que definitivamente él estaba a su altura, él y nadie más.

No podía decir que aquella tarde en la tienda de túnicas cuando lo vio por primera vez había estado planeado, todo había sido una coincidencia bastante agradable. Draco no había visto la cicatriz y como el muchacho había desaparecido del mundo mágico desde la noche en que se enfrentó al-que-no-debía-ser-nombrado pues ni si quiera tenía idea de que luciera así en la actualidad. Si le había hecho plática había sido por qué sintió como su magia se adaptaba a la suya, como un trozo de arcilla, porque aquel poder era tan grande que le causaba un zumbido en los oídos. La apariencia del salvador del mundo mágico dejaba mucho que desear y de haber sido únicamente un Malfoy ni si quiera lo habría volteado a ver, peor él era un Black también y él valoraba el potencial, no la apariencia.

Cuando descubrió que aquel flacucho muchacho de gafas redondas era Harry Potter estuvo más seguro que nunca de que los dioses conspiraban a su favor, cosa que se reforzó cuando el salvador fue sorteado en Slytherin junto con él y además, fue asignado como su compañero de cuarto. Estaba seguro, no tenía más dudas, el universo conspiraba para que él obtuviera lo que fuese que deseara y todo de mano de Potter quién además de ser poderoso, era bastante moldeable. El héroe había crecido con muggles y no sabía muchas cosas, Draco sabía que debía enseñarle, moldearlo, hacerle saber de lo que era capaz y aprovecharse de eso. Potter era inseguro, estaba perdido y no veía su potencial, pero Draco lo hacía y se había encargado de que todos lo notaran.

Los besos los usaba porque había visto a su madre hacerlo cuando quería algo en específico y su padre se negaba a dárselo —al final siempre cedía—, los ánimos sutiles porque su madre los usaba con él y siempre funcionaban, el apoyo moral porque su intuición se lo dictaba y el hacerle creer que sin él no era nada porque era el arma favorita de Narcissa. Tenía todo bajo control, Harry coopera con él sin dudarlo, aprendía rápido y aquello le motivaba a seguir.

Pero entonces algo comenzó a fallar, algo que el joven heredero de los Malfoy no había tomado en cuenta y es que se había encariñado con Potter. Intentó desesperadamente mantener el control, pero entre más obediente era Harry más difícil se le hacía. Ya no quería llevarlo a la grandeza por interés, sino porque sabía que se lo merecía. Y es que Harry era tan poderoso que dolía verlo desperdiciado entre sus inseguridades. Él quería verlo brillar, porque tenía el potencial. Y se preguntó si su madre aprobaría aquello, ayudar a alguien desinteresadamente a crecer, se preguntó si en algún momento ella se habría sentido así con Lucius. Era una sensación incómoda, pero no incorrecta.

Al final le había dado gloria al héroe a cambio de su confianza y su amistad. Pensaba que tal vez después podría obtener algo más pero que por el momento con aquello tenía suficiente. No estaba siendo un Malfoy o un Black, estaba siendo Draco y era extraño, tal vez después de todo aún tenía un millón de cosas por aprender, pero mientras aquel momento llegaba disfrutaría de la compañía de su nuevo mejor amigo, del poderoso y legendario Harry Potter que tan solo en unos días llegaría a Malfoy Manor para pasar las vacaciones.