Si a Harry le hubieran dicho muchos años atrás que solo necesitaba de una mirada fría y una actitud segura de sí mismo para evitar que sus tíos dejaran de insultarle y su primo dejara de golpearle, seguramente se habría ahorrado muchas noches llorando contra la almohada a causa de la impotencia. Porque aquello había sido justamente lo único que había necesitado, mostrarles su nueva cara, su nuevo rostro Slytherin para dejarles bien en claro que si creían que volverían a abusar de él estaban sumamente equivocados.

Era verdad que el abuso se había reducido en niveles increíbles, que ya no pasaban cada segundo que tenían en insultar a sus padres muertos o dejándolo sin comer por días, pero aquello no significaba que se hubiesen vuelto agradables ni algo por el estilo, parecía que ahora optaban por fingirlo completamente invisible y Harry lo disfrutaba muchísimo.

La primera semana de vacaciones le habían dejado una habitación, una de verdad, para él y solo para él. No era la mejor de la casa, de hecho era pequeña, anteriormente servía como el almacén de todas las cosas de Dudley que echaba a perder por poseer la delicadeza de un troll.

Había bastado con que Harry mencionara lo muy enojados que estarían sus poderosísimos amigos magos de encontrarlo durmiendo bajo la alacena y que agregara casualmente el incidente en el faro donde Hagrid le había puesto una cola de cerdo a su primo. Prácticamente habían sacado sus cosas y las habían ido a aventar a aquella habitación extra que por supuesto él había tenido que acondicionar, tirando cosas por aquí y por allá, guardando aquellas que servían de algo como el viejo armario que en nada se comparaba con el hermoso armario que tenía en su habitación de Hogwarts, o el escritorio al que le había tenido que poner mucha cinta para que no se destartalara por completo.

Una vez que logró tener una habitación decente, lo siguiente había sido sacarse de encima la responsabilidad de preparar el desayuno y la cena como si fuera alguna especie de elfo doméstico.

Aquello había sido mucho más fácil, simplemente se había encargado de pasearse por la sala con un libro de pociones venenosas que Draco le había enviado a petición suya, recitar los ingredientes en voz alta —muchos de los cuales podían encontrarse en la cocina de su tía— y luego dejar bien en claro que los había memorizado todos. Su tía había estado tan asustada que había cerrado con llave todos los anaqueles de la cocina y le había prohibido terminantemente acercarse a la comida, temerosa de terminar envenenada, o algo peor, que su pequeño retoño, bueno para nada, pagara las consecuencias.

Los Dursley no sabían —y Harry tampoco se los diría— que tenía prohibido hacer magia fuera del colegio, por ello, cada que Duddley comenzaba a tomar valor para molestarlo; empujándolo por las escaleras o comiéndose su desayuno, Harry simplemente se limitaba a susurrar palabras inventadas y su primo salía despavorido de allí, tal vez Vernon le regañaría después, pero la satisfacción de verle temer a lo que era, a su magia, era suficiente para que Harry aceptara pasar el resto de la tarde encerrado en su habitación leyendo sus libros de texto, realizando sus tareas y las de Draco quién tranquilamente le escribía cada tres días para recordarle como le gustaba la presentación de sus ensayos.

Parecía que el único que no se dejaba intimidar por Harry era su tío, quién furioso con su nueva actitud estaba más insoportable que nunca. Tal vez era porque, en comparación con su esposa, el hombre no había presenciado de primera mano ningún acto mágico o extraordinario, pues la mayor parte del tiempo la pasaba en el trabajo fuera de casa. Tal vez era que le temía tanto que hacerse el fuerte era su única manera de sobrellevarlo. Fuese como fuese el asunto, Harry se sentía capaz de soportar sus gritos incivilizados el tiempo que fuese necesario, su motivación residía en el ideal de que algún día, cuando fuese mayor de edad, o quizá antes, sería capaz de irse de ahí, no sin antes dejarles un pequeño recuerdo de los años de trato insoportable.

Harry añoraba tanto Hogwarts que estar lejos de allí era como tener un dolor de estómago permanente. Añoraba el castillo, con sus pasadizos secretos y sus fantasmas; las clases (aunque quizá no a Snape); las lechuzas que llevaban el correo; los banquetes en el Gran Comedor; dormir en su cama con dosel en el dormitorio de las mazmorras; visitar a Hagrid, añoraba el quidditch, pero sobre todo echaba de menos a sus amigos; a Ron con sus ocurrencias y sus chistes dichos con la boca llena de pan, a Hermione con su cara sabelotodo y su nariz en alto, ofendida por el chiste de Ron, a Draco con su sonrisa ladeada y sus brillantes ojos grises, mirándolo con complicidad por alguna broma. Su vida entera estaba en el mundo mágico, allá él era alguien, allá no necesitaba fingir que envenenaría los alimentos para ser tratado con respeto, allá era un héroe, un príncipe.

Se levantó la mañana de su cumpleaños por los golpes de su tío en la puerta quién le apuraba para el desayuno. Harry, por supuesto, como en años anteriores no esperaba nada especial por aquella fecha que era especialmente ignorada por su familia, para él no habían cenas especiales, o vente millones de regalos esperando en la sala desde la primera hora del día, no tenía un trato especial o un viaje divertido a la playa. Harry sospechaba que ese día lo único que obtendría sería una escoba y no la de carreras que su tío había guardado bajo llave junto con su varita, si no aquella que servía para barrer el piso, pues la limpieza era alguna de las cosas de las que no se había podido librar ¡Ya podía imaginarse el horror de los Slytherin si vieran al gran Harry Potter limpiando la tierra que su gordinflón primo metía a propósito!

La mitad del desayuno pasó en un tranquilo semi silencio, únicamente interrumpido por la forma tan poco elegante que tenía su primo para masticar el tocino. Harry picoteó su comida tratando de formular una excusa conveniente al hecho de que ninguno de sus amigos le había mandado ni una felicitación de cumpleaños, o si faltaría mucho para que llegaran algunas, aún era temprano y siendo vacaciones era probable que todos sus amigos estuvieran durmiendo aún. En aquel pensamiento estaba cuando Vernon, con el bigote lleno de pan dijo:

—Bueno, como todos sabemos, hoy es un día muy importante. —Harry levantó la mirada, incrédulo. —Puede que hoy sea el día en que cierre el trato más importante de toda mi vida profesional. —El muchacho volvió a su desayuno viéndolo venir. Vernon se refería a una estúpida cena. No había hablado de otra cosa en los últimos quince días. Un rico inversionista, su esposa y su hijo irían a cenar, y tío Vernon esperaba obtener un contrato descomunal. —Creo que deberíamos repasarlo todo otra vez. Tendremos que estar en nuestros puestos a las ocho en punto. Petunia, ¿tú estarás...?

—En el salón —respondió enseguida tía Petunia—, esperando para darles la bienvenida a nuestra casa.

—Bien, bien. ¿Y Dudley?

—Estaré esperando para abrir la puerta. —Dudley esbozó una sonrisa idiota—. ¿Me permiten sus abrigos?

—¡Les va a parecer adorable! —exclamó embelesada tía Petunia.

—Excelente, Dudley —dijo tío Vernon. A continuación, se volvió hacia Harry—. ¿Y tú?

—Me quedaré en mi dormitorio, sin hacer ruido, fingiendo que no existo —dijo Harry, con voz cansina.

—Exacto —corroboró con crueldad tío Vernon—. Yo los haré pasar al salón, te los presentaré, Petunia, y les serviré algo de beber. A las ocho quince...

—Anunciaré que está lista la cena —dijo tía Petunia—. Y tú, Dudley, dirás...

—¿Me permite acompañarla al comedor, señora? —dijo Dudley, ofreciendo su grueso brazo a una mujer invisible.

—¡Mi caballerito ideal! —suspiró tía Petunia.

—¿Y tú? —preguntó tío Vernon a Harry con brutalidad.

—Me quedaré en mi dormitorio, sin hacer ruido, fingiendo que no existo —recitó Harry.

—Exacto. Bien, tendríamos que tener preparados algunos cumplidos para la cena. Petunia, ¿sugieres alguno?

—Vernon me ha asegurado que es usted un jugador de golf excelente... Dígame dónde ha comprado ese vestido...

—¿Y tú, niño? —volvió a dirigirse a Harry.

—Me quedaré en mi dormitorio, sin hacer ruido, fingiendo que no existo —repitió.

—Eso espero —dijo el tío duramente—. Ellos no saben nada de tu existencia y seguirán sin saber nada. Bien..., voy a ir a la ciudad a recoger los esmóquines para Dudley y para mí. Y tú —gruñó a Harry—, mantente fuera de la vista de tu tía mientras limpia.

Harry salió por la puerta de atrás. Era un día radiante, soleado. Cruzó el césped, se dejó caer en el banco del jardín y canturreó entre dientes: «Cumpleaños feliz..., cumpleaños feliz..., el mejor cumpleaños de la vida...»

No había recibido postales ni regalos, y tendría que pasarse la noche fingiendo que no existía. Abatido, fijó la vista en el seto. Nunca se había sentido tan solo. Antes que ninguna otra cosa de Hogwarts, antes incluso que jugar al quidditch, lo que de verdad echaba de menos era a sus mejores amigos, Draco Malfoy, Ron Weasley y Hermione Granger. Pero ellos no parecían acordarse de él. Ninguno —a excepción de Malfoy— le había escrito en todo el verano, a pesar de que Ron le había dicho que lo invitaría a pasar unos días en su casa.

¿Dónde estaban esa bola de aduladores que no hacían más que limpiarle los zapatos cuando les necesitaba? Se había acostumbrado tanto a ser el centro de atención que volver a ser un don nadie era sumamente pesado.

—Sé qué día es hoy —canturreó Dudley, acercándosele con andares de pato.

—Enhorabuena —respondió Harry—. ¡Por fin has aprendido los días de la semana!

—Hoy es tu cumpleaños —dijo con sorna—. ¿Cómo es que no has recibido postales de felicitación? ¿Ni siquiera en aquel monstruoso lugar has hecho amigos?

—Procura que tu mamá no te oiga hablar sobre mi colegio —contestó Harry con frialdad.

—¿Por qué miras el seto? —preguntó con recelo.

—Estoy pensando cuál sería el mejor conjuro para prenderle fuego —dijo Harry. Al oírlo, Dudley trastabilló hacia atrás y el pánico se reflejó en su cara gordita.

—¡Mamaaaaaaá! —vociferó Dudley, dando traspiés al salir a toda velocidad hacia la casa—, ¡mamaaaaaaá! ¡Harry está haciendo lo que tú sabes!

Se rio como nunca en la vida, al menos hasta que su tía le castigó pasando la tarde abonando las flores del jardín mientras su primo rebosaba de placer viéndolo acalorado y sudoroso mientras él degustaba un bote entero de helado. Harry no había querido usar magia, pero lo había terminado derritiendo del puro coraje.

Tendrían que ver ahora al famoso Harry Potter, pensaba sin compasión, echando abono a los arriates, con la espalda adolorida y el sudor goteándole por la cara. Eran las siete de la tarde cuando finalmente, exhausto, oyó que lo llamaba tía Petunia. Entró a la refrescante cocina y cenó a toda velocidad dos trozos de pan y un cachito de queso que su tía había dejado para él, cosa que era una porquería comparado con el cerdo que se estaba asando en el horno o el budín sobre el refrigerador. Petunia prácticamente le arrebató el plato al terminar y lo hecho de allí a gritos mientras se alisaba el vestido de coctel color salmón.

Cuando estuvo en su habitación, cansado como se sentía, solamente atinó a echarse en la cama, sonrió recordando la cara de pánico de su primo al pensar que haría magia y soltó una carcajada maliciosa pensando que tenía que hacerlo una vez más, al menos molestando a su primo olvidaba aquel pequeño detalle de haber sido olvidado por el mundo que decía adorarlo.

Salió de la habitación a hurtadillas y tomó una ducha refrescante. Cuando volvió, dispuesto a dormir toda la noche se sorprendió al encontrar a un elfo doméstico junto a su cama, jamás había visto a uno, pero si que había leído sobre ellos. El elfo había dejado una caja sobre el colchón.

—¿Hola? —preguntó el pelinegro y el nervioso elfo le miró con sus enormes ojos verdes. Solo vestía una sucia funda de almohada y estaba descalzo.

—¡Harry Potter, señor! —exclamó la criatura con su voz chillona—. Hace mucho tiempo que Dobby quería conocerle, señor... Es un gran honor... —Harry sonrió. ¡Por fin alguien que le recordaba!

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó cerrando la puerta tras de sí, todavía envuelto en una toalla. Afuera se escuchó el sonido del timbre. —Eres un elfo doméstico ¿cierto?

—Sí, señor, sí, mi nombre es Dobby.

—Bueno, no quisiera ser descortés, pero no me conviene precisamente ahora recibir en mi dormitorio a un elfo doméstico. Estoy encantado de conocerlo —se apresuró a añadir—. Pero, en fin, ¿ha venido por algún motivo en especial?

—Sí, señor —contestó Dobby con franqueza—. Dobby ha venido a decirle, señor, dos cosas, señor, la primera de ellas es que el joven Malfoy y el ama Narcissa han enviado esto para usted —señaló la caja de regalo sobre la cama—. Ellos dicen, señor, que debe ponérselo de inmediato... la segunda cosa... Dobby se pregunta por dónde empezar...

—Siéntese —dijo Harry educadamente, señalando la cama. Ya antes había descubierto las ventajas de tener de su lado a algunas creaturas mágicas, como los centauros.

—¡Sen-sentarme! —gimió—. Nunca, nunca en mi vida... —A Harry le pareció oír que en el piso de abajo hablaban entrecortadamente.

—Lo siento —murmuró—, no quise ofenderle.

—¡Ofender a Dobby! —repuso el elfo con voz disgustada—. A Dobby ningún mago le había pedido nunca que se sentara..., como si fuera un igual.

—¿Los Malfoy no lo hacen?

—¡Por supuesto que no! ¡El amo jamás...! —entonces calló de golpe. Harry le miró atentamente. —Harry Potter no debe aceptar nada que venga del amo —soltó de repente y entonces desapareció con un chasquido.

Harry se quedó de pie, mirando el espacio vacío que el elfo había dejado, había ido a advertirle sobre su amo, sobre Lucius Malfoy, el padre de su mejor amigo.

Miró la caja, Dobby había dicho que aquello venía de parte de Draco y de su madre. ¿Sería seguro abrirlo? ¿Sería una broma de Draco? Después de todo los elfos estaban obligados a cumplir con cada orden que se les daba, incluso mentir.

Suspiró y se sentó en la cama, mirando el regalo envuelto a la perfección. El único que había recibido en todo el día. Colocó la palma de su mano sobre la caja y cerró los ojos, intentando sentir algo que le alertara de algún peligro, tal cual los libros que Dumbledore le había dado le habían enseñado. Al no encontrar nada decidió abrirlo. Dentro había un conjunto de seda negra, una túnica, unos pantalones, una camiseta un chaleco e incluso un par de zapatos. Sobre todo aquello había una nota en la que reconoció la letra de Draco.

"Ponte esto y baja, tengo el mejor regalo del mundo."

Harry miró el conjunto de manera sospechosa. ¿Bajar? ¿Bajar las escaleras cuando su tío había expresado de manera rotunda que debía quedarse arriba y guardar silencio? Se encogió de hombros y comenzó a vestirse. Aquello podía ser divertido.

Mientras se arreglaba comenzó a imaginar un montón de cosas que podían suceder; se imagino a Draco apareciendo por la chimenea del salón para llevárselo a Malfoy Manor —por fin— no sin antes haberle causado a su familia un paro cardiaco. Se lo imaginó llegando junto a sus padres por medio de la aparición o haciendo una gran entrada, aterrizando un carruaje con pegasos negros en el jardín. Todo le parecía divertidísimo y la cara de sus tíos y de su primo seguramente no tendrían precio.

Se miró en el roto espejo detrás de la puerta y salió de su habitación. Los zapatos relucientes hacían el mínimo de ruido sobre la madera por lo que Harry no se molestó en ser sigiloso. Su túnica arrastraba ligeramente sobre el suelo, era sumamente suave y ligera. Bajó los escalones uno a uno, preguntándose si debía esperar a algo en específico, Draco no mencionó nada sobre una señal. Se quedó de pie sobre el último escalón, pensando y fue entonces que lo escuchó, la voz de su amigo proviniendo del salón, charlando, tranquilamente.

Caminó como metido en un trance hasta que se encontró en la entrada del salón donde la imagen más extraña del universo se pintaba frente a él; los Dursley y los Malfoy, tomando el té. Las personas que más detestaban a los muggles y los enemigos número uno de los magos. Harry parpadeó un par de veces, incluso los Malfoy vestían como muggles pero... ¿Dónde estaba Lucius? El primero en percatarse de su presencia fue su tío que furioso se aproximó hasta él, el segundo fue Draco quién le guiñó un ojo de manera cómplice. Vernon había estado a punto de gritarle algo cuando Narcissa Malfoy se adelantó.

—Harry Potter —dijo la mujer con voz angelical. Tío Vernon se quedó congelado en su lugar. Narcissa Malfoy, con su increíble cabellera rubio platino y sus hermosos ojos azules se acercó hasta él, empujando a su tío de manera sutil, le sonrió y dijo:— Me alegra que hayas podido bajar, comenzaba a aburrirme con los muggles.

—¿Usted es el inversionista de mi tío? —preguntó atónito.

—Eso aún está por decidirse —le respondió tomándolo de los hombros y guiándolo hasta uno de los sillones. Tía Petunia y Dudley les miraban con la boca abierta.

—Quisiera saber... ¿Qué significa esto? —preguntó Vernon saliendo de su estupefacción, prácticamente balbuceaba. Entonces se puso rojo de la ira y dirigiéndose a Harry exclamó —¡Tú! ¡Les has hecho algo! ¡Sabía que no podía confiar en que dejaras las cosas tranquilas! ¡Tenías que venir y arruinarlo todo! ¿¡Es por que ignoramos tu estúpido cumpleaños!?

—Vernon... —intentó tranquilizarlo su esposa. Narcissa, impasible le miraba con sus ojos de hielo.

—¡Es suficiente! ¡Lo que sea que estás haciendo, termínalo ya!

—Ugh, Harry, no habías exagerado, ellos de verdad son horribles —dijo Draco de pronto, ganándose la mirada de todos—. Mi nada estimado señor, me temo que no podemos hacer un trato en estas condiciones, mucho menos cuando ha osado hablarle así a mi mejor amigo —se puso de pie, apurando su último sorbo de té. —Madre ¿podemos retirarnos ahora?

—Tú —lo señaló su tío, con la boca abierta —y ellos... —señaló a los Malfoy.

—Si hubieras preguntado tal vez te habría contado sobre ellos, sin magos sí, pero también son una de las familias más ricas de Inglaterra —respondió restándole importancia. Los Dursley mantenía la quijada en el suelo, como no creyéndose que semejantes personas, distinguidas y elegante estuvieran dentro de su círculo social.

—Gracias por la cena —dijo Narcissa finalmente. —Me temo que el negocio no podrá llevarse a cabo, pero nos gustaría poder llevar a Harry a casa unos días, Draco estaba muy ansioso por verlo —Los miró educadamente—. Quiero creer que no se negarán —los Dursley negaron atónitos— Que amabilidad. Vamos Harry, Dobby se encargará de tus cosas.

—La mansión va a encantarte —dijo Draco lo suficientemente fuerte como para que Dudley chillara algo como "¡¿Se lo llevan a una mansión?!" —. Podremos jugar al quidditch sin problemas, tenemos unos jardines inmensos.

—Más de veinte hectáreas —intervino Narcissa—. El traje te ha quedado perfecto, espero que te haya gustado, lo he elegido yo, Draco dice que prefieres las cosas más sencillas.

—Es perfecto señora Malfoy —giró por última vez para ver el cuadro de su familia de pie, mirándolo como si el mundo se hubiera vuelto loco. —Gracias.

—Por favor llámame Narcissa.

Al llegar a la puerta se aparecieron directo en Malfoy Manor.