Aquel había sido el mejor cumpleaños de su vida y nada tenía que ver con el hecho de que jamás le habían celebrado uno, era más bien que los Malfoy sabían cómo hacerte sentir especial, como un rey. Harry no lo quería admitir, pero entendía por qué Draco solía ser tan mimado en algunas ocasiones, tenía todo lo que quería, cuando quería, por que podía. Y es que si a él como mejor amigo de su hijo le habían organizado, no solo una cena increíble, sino además una cantidad de regalos sorprendentes, no dudaba que Draco tuviera lo doble de lo que a él le habían ofrecido y no era para menos, los Malfoy podían costearse eso y más.
Nada más llegar a la mansión lo habían recibido algunos elfos con un sinfín de alabanzas a su persona mientras le ofrecían algo de tomar para aquella noche de verano especialmente calurosa. Declinó la oferta haciendo uso de todos los modales que a lo largo de su primer año había aprendido de Draco, modales sangre pura que lo hacían sentir torpe, sobre todo por la naturalidad con la que su amigo rubio los utilizaba. Después del caluroso recibimiento le llevaron directamente a la que sería su habitación, una tres veces más grande de lo que era la suya con los Dursley y mil veces más lujosa, sin muebles de quinta mano ni a punto de caerse de un solo soplido, únicamente madera fina, telas de seda, tapices carísimos, ornamentaciones de oro y plata, candelabros de cristal y una cama donde bien podrían dormir él y los hermanos Weasley sin problemas.
Sus ganas de explorar y conocer la casa eran enormes, pero Draco le había pedido que esperara en su habitación, que tomara una ducha más y se colocara el atuendo habían preparado para él y que se encontraba dentro del armario. El baño exclusivo de su habitación era una enorme bañera que más que bañera parecía una piscina miniatura de mármol blanco y oro donde pasó alrededor de una hora, sumergiéndose hasta la cabeza, disfrutando de las sales y los aromatizantes que hacían que su piel se sintiera suavecita, no como aquel horrible jabón con el que su tía le hacía lavar los trastos y que le dejaban la piel con picor y unas feas ronchas. Después de tomarse muy literal aquello de "Tómate tu tiempo, hoy es tu día", finalmente salió y se vistió con la ropa que le habían preparado, un traje de mago tan lujoso como los que Draco solía llevar, la tela era fina, incluso la de la ropa interior que no le pertenecía, pues sus calzoncillos ya estaban tan viejos que eran casi transparentes.
El traje era verde Slytherin, tenía una nota hecha por Draco que decía "Por qué combina con tus ojos" y aquello le hizo reír. Se colocó el conjunto entero, no era tan ligero como el traje negro que solo un par de horas antes se había colocado y que ahora los elfos seguramente se habían llevado para lavar. Era cómodo y aún más suave. Se calzó unos zapatos completamente nuevos, se acercó al espejo sobre el tocador de madera y miró allí las lociones y las cremas. No muy seguro de como usarlas simplemente tomó un poco de crema de una botellita lila que decía que era para cabello y dejó que sus alborotados risos se llenara de él, dejándolo brillante y sedoso, pero igual de despeinado.
Se miró en un espejo de cuerpo completo que se encontraba junto a la ventana, era como si el chiquillo de la ropa gastada y tres tallas mayor jamás hubiera existido, su reflejo le devolvió a una persona que Harry no conocía, pero que no le desagradaba para nada. Era como si su apariencia le diera voz a como se sentía por dentro, seguro de sí mismo y poderoso, ni los Dursley le habían fastidiado el cumpleaños y se regocijaba internamente al recordar sus caras de estupefacción al darse cuenta de la clase de personas con las que Harry se codeaba, al darse cuenta —seguramente— que aquello de la cena de negocios había sido únicamente una treta para humillarlos una centésima parte de lo que ellos habían humillado a su huérfano sobrino y se sentía bien, Draco y su madre habían actuado impecablemente, denotando superioridad y riqueza y Harry jamás olvidaría esas caras de incredulidad antes de marcharse. Así era como debía ser el verdadero Harry Potter que en nada se comparaba con el chico que se manchaba de estiércol abonando las flores de su insoportable tía.
Draco había llegado por él a eso de las diez, había tocado la puerta suavemente, estaba tan elegante como Harry, quién no pudo evitar pensar en lo rígido que lucía su amigo en el ambiente Malfoy, como si fuese un adulto miniatura y no el muchacho que se comía la mitad de la caja de dulces de una sentada para no tener que compartirle. Draco le mostró Malfoy Manor, o al menos la parte que quedaba de camino al comedor principal. Cuando llegaron a la mesa, un festín mejor que el de Hogwarts ya los esperaba. A la cabeza de la mesa se encontraba Lucius Malfoy.
Aquella era la primera vez que Harry veía al hombre, pero era tal cual lucía en todos esos libros y periódicos donde se estuvo informando sobre el mundo mágico; rígido, serio y sumamente imponente. Lucius Malfoy era la viva representación de todos los sangre pura tradicionales, con un semblante que gritaba a los cuatro vientos quién tenía el poder en aquella propiedad, vistiendo lujosamente y peinado a la perfección. Con sus grises ojos tan parecidos a los de Draco pero endurecidos para no dejar ver a través de ellos ninguna debilidad. Y Harry le admiró. Comprendió por que Draco era como era, su padre le había enseñado todo lo que sabía sobre apariencias, sobre modales y costumbres y le fascinó. Era una cara del mundo mágico que no había podido ver de cerca y él quería saber, quería empaparse, pero sobre todo, quería aprender.
No que la frivolidad le llamara demasiado la atención, pero si algo había aprendido en Slytherin era que si quería seguir subiendo debía demostrar que era el mejor y Harry siendo un mestizo cuya fortuna no se igualaba ni por poco, debía trabajar el doble, debía aprender a mantener las apariencias y no porque se avergonzara de su linaje, sino porque rodeado de serpientes que querían su corona —una que apenas se estaba ganando—, lo mejor siempre era dejar las debilidades enterradas, donde nadie pudiera encontrarlas y provecharas. Y no solo por los Slytherin, ya podía hacer una lista de la cantidad de gente que quería verlo caer, envidiosos de su fama y de la hazaña que le había ganado más seguidores que nunca, el asunto de la piedra filosofal.
Narcissa le sonrió amablemente desde su lugar a la izquierda de su marido, Draco le ofreció a Harry la otra cabeza de la mesa, pero este, mirando la manera en que Lucius calculaba todo desde su lugar, lo rechazó y prefirió sentarse a la derecha de su amigo, diciéndole al patriarca Malfoy de manera silenciosa que, de ninguna manera osaría faltarle al respeto, que él tenía él control. Draco le sonrió discretamente cuando tomó aquella decisión y Harry supo que había sido una prueba y que la había pasado con éxito. Tal vez había aprendido más de lo que esperaba.
La cena comenzó con un Lucius Malfoy que silencioso le observaba charlar con su unigénito y su mujer, casi entre murmullos. Y terminó con un patriarca Malfoy charlando con él tranquilamente y de manera civilizada. Al principio era claro que Lucius había intentado humillarlo, Harry suponía que al creerlo criado entre muggles él sería un ignorante desmerecedor de todos los lujos que su esposa y su hijo habían insistido en tener con él. Pero grande fue la sorpresa del hombre —y del mismo Harry— cuando se percató de que el chico no solo no era un ignorante, sino que además, estaba muy bien informado de todo. La idea de que Draco lo hubiera preparado sutilmente para aquel momento, día a día, entre charlas casuales, hizo que el moreno temblara internamente y se hizo la nota metal de reforzar su habilidad de sigilo y sutileza. Se alegró de que Draco fuera su amigo, no se imaginó lo perdido que estaría de no haber sido así, tener al rubio como enemigo podía ser mortal, sobre todo porque era tan silencioso que cuando te percatabas del veneno ya estaba en todo tu organismo.
Cuando el delicioso festín terminó, Lucius parecía sumamente impresionado con él, o al menos lo suficiente como para dejar de mirarlo con recelo. Después del postre recibió sus regalos; Algunas túnicas de primavera y de invierno de parte de Narcissa, así como equipo de lujo de quidditch, además de su agradecimiento por haberle dado la copa a Slytherin, no solo de quidditch, sino de las casas. Un anillo de plata con forma de serpiente y ojos de esmeralda de parte de Draco quién tenía uno exactamente igual, haciéndolos algún tipo de anillos de la amistad. Y finalmente una colección de libros de todo tipo de parte de Lucius, entre los que figuraban pociones, encantamientos, historia, herbología, criaturas mágicas, defensa contra las artes oscuras y un pequeño diario de tapas negras que nada más tocar le hizo sentir extraño, despedía magia antigua, una que no conocía, pero que le hacía sentir inevitablemente atraído.
Se sentía tan contento por aquel espectacular día de cumpleaños que ni si quiera recordó la advertencia de Dobby y con la insensatez de un muchacho que se deja cegar por las cosas brillantes, guardó todas sus nuevas pertenencias en su habitación.
Sin embargo, el diario no estuvo demasiado tiempo en sus manos, al tercer día —con los Malfoy fuera de la mansión— Draco había vuelto a ser el niño berrinchudo de siempre y había expresado bastante disgustado las veces que había querido quedarse con el objeto, alegando que lo encontraba fascinante, supuestamente había sido fabricado por duendes. Harry, por supuesto, ya acostumbrado a sus pataletas silenciosas se limitó a dárselo como agradecimiento por los días fabulosos que habían pasado juntos y Draco, fingiendo muy bien que no lo quería, finalmente accedió.
Pasaron las mañanas jugando al quidditch, las tardes practicando los encantamientos que verían el siguiente año escolar, aprovechando que nadie en el ministerio se atrevería a molestar a los Malfoy por que dos menores de edad estuvieran haciendo magia sin autorización. Harry pensó que ser influyente era genial, no como él que ni si quiera había podido ponerle orejitas de cerdo a su molesto primo. Pasaban las noches en la habitación del otro charlando hasta que estaban demasiado cansados como para seguir. Hedwig pasaba las noches por los terrenos de Malfoy Manor, cazando ratones o lagartijas, libre, tan libre como su dueño que por primera vez se sintió cómodo fuera de Hogwarts.
Cuando faltaba solamente una semana para que las vacaciones terminaran Harry recibió una carta de Ron quién realmente preocupado de no causarle problemas con sus tíos le invitaba a pasar el tiempo en la madriguera. A lo que Draco dijo:
—No estarás pensando meterte en esa pocilga pudiendo quedarte aquí ¿cierto?
—Ron es mi amigo, y la verdad es que tengo curiosidad por saber cómo viven los magos que no gastan quinientos galeones en chocolate.
—Eso era una emergencia —respondió el rubio poniéndose de pie, ambos estaban sentados en el jardín, leyendo. Entonces le sonrió. —De acuerdo, entre más aliados mejor. Le diré a mi madre que te prepare un carruaje ¿o prefieres un traslador?
—Creo que prefiero el traslador. Gracias.
—Lo que sea para su majestad —Respondió el rubio a modo de juego y ambos entraron a la mansión.
Harry llegó a la madriguera aquella misma noche, Ron le había ido a recoger junto a sus hermanos en los límites donde se le tenía permitido aparecerse con el traslador. Los Weasley, por supuesto, le recibieron de manera completamente diferente a los Malfoy, ellos eran mucho más cálidos y blandos, le sonreían sin reparos y dejaban al descubierto sus sentimientos y emociones, eran sumamente sinceros. Cosa que para Harry era un grave error. Pensaba que de ser el enemigo no le sería difícil atacarles sin necesidad de violencia física, pero él estaba allí para divertirse, no para ser el príncipe de Slytherin. Sin embargo bajar las protecciones no estaba a discusión, solo debía dejar que los Weasley pensaran que era tan sincero como ellos y no tendría problemas.
La propiedad de los Weasley parecía como si en otro tiempo hubiera sido una gran pocilga de piedra, pero aquí y allá habían ido añadiendo tantas habitaciones que ahora la casa tenía varios pisos de altura y estaba tan torcida que parecía sostenerse en pie por arte de magia, y Harry sospechó que así era probablemente. Cuatro o cinco chimeneas coronaban el tejado. Cerca de la entrada, clavado en el suelo, había un letrero torcido que decía «La Madriguera». En torno a la puerta principal había un revoltijo de botas de goma y un caldero muy oxidado. Varias gallinas gordas de color marrón picoteaban a sus anchas por el corral. Y Harry no pudo evitar pensar en la diferencia de familias, no que la panda de pelirrojos fuera inferior, pero si Harry no le tuviera afecto a Ron, seguramente tampoco les tendría respeto, no como a Lucius Malfoy que toda su apariencia gritaba "No te conviene meterte conmigo".
Los Weasley eran un gigante oso de felpa ya algo viejo y polvoso, pero bonito, los Malfoy como una escultura de piedra tallada con maestría junto al que sentarte en una tarde calurosa de verano. Y es que eran tan diferentes que a Harry le fascinaba a partes iguales. Eran como las dos caras de una moneda y Harry estaba en medio, pensaba que aprender de ambos sería lo mejor, tener la lealtad de gente que no le traicionaría y el apoyo de gente poderosa que le ayudaría a llegar cuán lejos quisiera, tal cual le había dicho el sombrero.
Con los Weasley no tuvo una gran cena de comida exótica, ni una habitación con baño para él solo, de hecho, tenía que compartir cama con Ron, pero se divirtió jugando con los gemelos e incluso con la hermana mejor de su amigo quién entraría a Hogwarts ese año y quién parecía sumamente interesada en él y no solo por ser Harry Potter. Ron le había dicho que al parecer era su amor platónico o algo así, pero la chiquilla en su presencia no solía decir más de dos palabras balbuceadas con inseguridad. Fred y George no dejaban de molestarlos con eso, pero Harry no se molestaba en lo más mínimo, pensaba que no tenía tiempo para perderlo en tonterías, aún tenía que dejar su nombre bien en alto.
Recibió cartas de Draco casi todos los días en las que le contaban lo aburridos que eran sus tardes ahora que se había marchado e intentaba convencerlo de volver sobornándolo con ese chocolate de quinientos galeones que terminó compartiendo con los Weasley. Estar con los pelirrojos era divertido, pero no lo era tanto como estar con Draco, incluso cuando Neville los visitó un par de días. Y es que Harry se sentía sumamente extraño rodeado de leones, suponía que era la costumbre, la costumbre a las actitudes menos cálidas, la costumbre a Draco cada mañana en la cama de al lado y es que por muy buen amigo que fuera Ron, Malfoy era su mejor amigo y él le entendía mejor que nadie.
Ron necesitaba de palabras, Draco le entendía aun cuando su mirada aparentaba aburrimiento y es que ambos se complementaban tan bien que Harry no imaginaba ni por un momento su vida en otra casa, con otros compañeros. Era como si la vida le hubiera puesto al rubio para abofetearle en la cara y gritarle cuan equivocado estaba sobre la vida. Para que le enseñara y él aprendiera, para ser camaradas, para ser aliados, para llegar lejos, juntos. A lado de Draco, Harry se sentía capaz de dominar al mundo entero, junto a Ron solo quería descansar, comer golosinas y hablar de quidditch, como si fuera un chico normal. Solo que Harry no era un chico normal, él era el niño que vivió, quién había derrotado a Voldemort ya dos veces, quién volvería a vencerlo cuando el momento llegara.
Y es que mientras había estado con los Dursley, Harry no solo había estudiado al derecho y al revés los libros que Dumbledore le había dado para aprender a controlar su poder, sino que se había hecho con otros —provenientes del acervo de los Malfoy— que le habían enseñado un montón de cosas. Tal vez no tendría tanto conocimiento como Dumbledore, pero como mínimo sabía lo mismo que un alumno de cuarto año, eso sumado a su poder mágico natural le hacían sentir muy seguro de sí mismo.
La carta de Hogwarts con los materiales del siguiente años llegó finalmente, junto a una carta de Hermione quién preocupada preguntaba donde había estado Harry quien no se había molestado en responder sus lechuzas. Al final los tres chicos habían acordado ir juntos al callejón Diagon para comprar los materiales que terminó en un desastroso encuentro entre los Weasley y los Malfoy y todo por que Draco había decidido burlarse de Ginny quién no se le había despegado para nada desde que había agarrado confianza.
Fue ahí que Potter comprendió que tal vez sería imposible mantener las alianzas con ambas familias, que en algún punto tendría que elegir. Y le daba pena, porque no quería perder los beneficios de ninguna. Pensaba que siempre elegiría a Draco, después de todo era su mejor amigo y compañero de casa, pero además le había mostrado cosas de sí mismo que nadie había hecho, le había ayudado a recuperar su seguridad y a ver qué tan capaz era de lograr todo lo que quisiera. Y no que Ron valiera menos, solo era que para Harry no valía lo mismo. Pero como para aquello tal vez faltasen siglos, Harry decidió que lo más inteligente sería mantenerse neutral, aquello no solo le aseguraba ambas alianzas, sino además le ahorraba problemas.
Finalmente aquella tarde de compras volvió a la madriguera con los inútiles libros de Lockhart que eran pura basura, una fotografía para El Profeta junto a aquel inútil que seguramente saldría en la edición del día siguiente, un Arthur Weasley disculpándose con él por algo que no había sido su culpa y una Ginny Weasley que había terminado de flecharse por haber dicho un "Draco, no la molestes" más por cortesía que por otra cosa. El segundo año auguraba ser bastante movido y Harry no sabía si prefería enfrentar a Voldemort en la nuca de alguien o los ojitos de corazón de la hermana de su amigo. Como fuese esperaba que Draco estuviera allí para ayudarlo.
