El mes que pasó lejos de los Dursley en compañía de Draco y Ron había sido el mejor de su vida, sin nadie que le gritara cada dos por tres, sin nadie que le tratara como esclavo veinticuatro horas, siete días a la semana.

Durante sus vacaciones había descubierto muchas cosas, pero quizá la más importante de ellas era que poseía más poder del que creía y ahora, habiendo estudiado y entrenado, no tenía duda de que regresaría al colegio siendo el mejor. No estaba seguro de si sus amigos se habían percatado de ello, era seguro que Draco si lo hubiera hecho, incluso sus padres, quienes parecían genuinamente encantados con él y Harry pensaba que no era para menos, después de todo, era obvio que los Malfoy eran ese tipo de familia que solo se codeaban con los mejores. Y le hacía sentir importante que Draco hubiera decidido incluirlo en su vida y le mostrara las maravillas de tener un nombre bien posicionado.

No era que la vida de los Weasley le pareciera desagradable, era verdad que vivían escasos de todo, pero su falta de dinero solo les otorgaba valores diferentes que Harry como buen Slytherin valoraba, como la lealtad y la sinceridad. Estaba seguro de que de necesitar de ellos, los Weasley no dudarían en estrechar su mano y aquello incluso podía salvarle la vida. Sin embargo, su más grande defecto (como bien había apuntado Lucius Malfoy cuando tuvo aquella pelea con Arthur Weasley unos días atrás en la librería) residía en el terrible hecho de que ninguno de ellos perseguía la gloria. La panda de pelirrojos hacía el bien únicamente por la satisfacción de ayudar y Harry no podía comprenderlo por mucho que lo intentara. Era obvio que a ninguno de ellos le importaba su nombre y eso estaba bien, pero ¿por qué no buscar un beneficio de ello? En un futuro no muy lejano, Potter se encontraría bien posicionado entre magos importantes, sangre puras de puestos altos en el ministerio, pero parecía que el patriarca de los Weasley ni si quiera buscaba un puesto mejor en su trabajo.

—Sé que no gano mucho, pero soy feliz haciendo lo que hago. Mi familia se ama y es unida, es todo lo que necesito.

Aquello le había dicho, como un comentario casual, pero Potter pensaba que estaba completamente equivocado, que le hacía falta una casa decente donde albergar a tantos muchachos, ropa que sus hijos pudieran usar sin sentirse avergonzados (como Ron había expresado sentirse muchas veces), incluso un par de camas más cómodas, las suyas eran tan viejas como la de él en casa de los Dursely y cabe decir que su colchón fue recogido de la basura cuando llegó a la edad de un año y desde entonces no se lo habían cambiado.

Tal vez era que pasaba demasiado tiempo con Draco, antes no le daba tanta importancia a lo material, pero nada tenía de malo querer vivir mejor que antes ¿no?

La última noche en casa de los Weasley a Harry le hicieron una cena especial con todos sus platillos favoritos, al menos los que podían costearse, encendieron bengalas mágicas y se fueron a dormir, solo para al día siguiente levantarse temprano. Con baúles, mascotas, túnicas y escobas, toda la familia —y Harry— se montaron en el automóvil del señor Weasley, uno completamente viejo y oxidado, pero que había sido modificado para poder volar y hacerse invisible. Harry no lo había visto en acción y al parecer no lo vería nunca, pues la señora Weasley no estaba de acuerdo en usarlo.

Llegaron a Kings Cross a las once menos cuarto. El señor Weasley cruzó la calle a toda velocidad para hacerse con unos carritos para cargar los baúles, y entraron todos corriendo en la estación. La dificultad estaba en llegar al andén nueve y tres cuartos, había que hacerlo con cuidado para que ningún muggle notara la desaparición. Harry pensó que la estación más concurrida de Londres no era el mejor lugar para colocar el andén para los magos, suponía que la idea había sido de alguien no muy bien dotado de materia gris pero bueno, no todos podían ser Ravenclaw o Slytherin ¿Verdad?

Los primeros en cruzar la barrera fueron Percy y el señor Weasley, luego los gemelos Fred y George, después de ellos la señora Weasley con Ginny, quién le había dedicado una sonrisita antes de desaparecer. Finalmente fue el turno de Ron quién cruzó sin problemas. Pero Harry en lugar de cruzar se quedó ahí de pie, mirándose hacia la pared entre el andén nueve y diez. Sentía una fuerza mágica conocida, oculta a simple vista, sabía que no era un enemigo, podía sentir las intenciones nada hostiles vibrar aquella magia, la magia de un elfo.

—Sé que estás allí Dobby —dijo en voz muy bajita. —Sé que estás ahí y que has cerrado el paso al andén. Será mejor que me dejes pasa ahora o tendré que aparecerme —mintió, había aprendido la teoría pero no se había atrevido a ponerlo en práctica.

Sintió la magia vibrar una vez más y la entrada mágica se agitó frente a él, como un golpe de calor en pleno verano. El pelinegro ni si quiera se molestó en ubicar físicamente al elfo, cruzó el portal rápidamente, pues el tren debía estar a punto de marcharse y él no iba a perderlo. Llegaría a Hogwarts así fuera volando en su nimbus 2000 y tardase tres días en hacerlo. Pensó que aprender a aparecerse ilegalmente podía ser de ayuda, pero no tendría oportunidad de practicarlo fuera de Hogwarts así que, recorriendo el prácticamente vacío andén subió al tren justo a tiempo para marcharse. Arrastró su baúl y la jaula de su lechuza por los pasillos, cuidadoso de no encontrarse con nadie que pudiera criticar su vestimenta usada y tres tallas más grande. Iba pasando delante de un compartimento cuando unas manos le sujetaron y le hicieron entrar.

Draco había cerrado la puerta tras de él y se había recargado en ella mostrándole una sonrisa ladeada que le hizo sonreír a él también. El rubio ya tenía encima el uniforme del colegio y parecía de muy buen humor, casi de inmediato le recibió con un abrazo fuerte y una lamida en la mejilla que lo hizo sonrojar hasta las orejas. Draco simplemente soltó una carcajada y se sentó en su lugar. Harry, aún avergonzado le imitó y se sentó frente a él, recordando aquellos besos que habían dejado de compartir desde... desde la primera victoria de Slytherin. Vale, Harry no podía decir que los extrañaba, porque no los extrañaba, es decir, eso de los besos eran cosa que solo se compartían con personas que querías... él quería a Draco, pero Draco era un chico y a los chicos no se les besaba en la boca... ¿verdad? Como fuera, Harry no extrañaba los besos, pero habían sido tan recurrentes al principio del primer año que había sido extraño a no tenerlos y no que él esperara tener alguno por haber vencido a Voldemort o por haber descubierto todo sobre la piedra filosofal, es decir, porque él, él no...

—¿Harry? —preguntó la voz de Malfoy trayéndolo de vuelta a la realidad. El pelinegro fingió con toda naturalidad que su cabeza no había sido, hasta hacía un momento atrás, una máquina de engranajes tratando de procesar todo y nada al mismo tiempo. —Estas muy callado.

—Trato de recuperarme de los gérmenes que me dejaste en la mejilla —mintió limpiándose con exageración la zona. Draco solo sonrió divertido y volvió a fijar su mirada en su libreta, donde comenzó a escribir. Harry reconoció el diario que él le había regalado. —Entonces si lo usas.

—Por supuesto —respondió su amigo, aun escribiendo sobre las amarillentas hojas— a que tú también lo sientes, el poder que emana.

—Si, pero no puedo distinguir si es bueno o malo —dijo frunciendo el ceño. Draco rio.

—¿No había quedado claro que no existe poder bueno o malo? Solo poder, Harry.

—Sí, pero Dumbledore...

—Dumbledore no entiende muchas cosas —alzó la mirada, penetrándolo con sus ojos grises— y a menos que aspires a director de Hogwarts no deberías seguir sus pasos —Harry arqueó una ceja.

—¿Entonces los de quién? —Draco sonrió mostrando todos sus dientes.

—Los míos por supuesto.

Ambos se sonrieron y volvieron a lo suyo, Harry leía el final del último libro que Dumbledore le había mandado para aprender a controlar su poder y Draco volvió a su escritura sobre la libreta. El moreno se preguntó en más de una ocasión que tanto escribía en ella, parecía fascinado. Más que escribiendo, lucía como si leyera algo. Harry pensó que probablemente sí había cosas escritas, pues él ni si quiera le había hojeado antes de regalárselo al rubio. Probablemente eran notas antiguas de encantamientos o pociones y Draco solo estaba agregando sus propias notas a lo ya escrito. Como fuese, no iba a preguntar, si algo había aprendido de Draco, era que su privacidad era importante, no le gustaban los entrometidos y Harry no iba a hacer nada que le hiciera enojar, no después de lo bien que se había portado con él.

En algún punto del viaje, Harry decidió colocarse el uniforme usando un encantamiento que había aprendido, Draco le miró con aprobación y luego volvió a lo suyo. Un par de minutos después Ginny Weasley aparecía por la puerta del compartimento. Tocó débilmente, pero lo suficientemente fuerte como para ser escuchada. Draco le dirigió una mirada indiferente y luego miró a su amigo.

—¿Y esa? —preguntó antes de que Harry se pusiera de pie para abrir el compartimento.

—Ginevra Weasley.

—Debí suponerlo —dijo de mal humor antes de volver a su diario —el pelinegro le miro con el ceño fruncido, Draco generalmente no mostraba sus emociones de esa manera y aquello le descolocó.

De todas formas abrió la puerta.

—Hola Ginny.

—H-Harry hola —sonrió—. Mi hermano y yo nos preguntábamos... —miró a Malfoy por sobre su hombro— Bueno, te perdimos en el andén y queríamos saber si querrías venir a sentirte conmigo, con nosotros, quiero decir, con Ron, Hermione y Neville, estamos todos... en...

—Lo siento pelirroja —dijo la voz de Draco a sus espaldas. Se había puesto de pie a su lado y le sujetaba por el hombro con fuerza, como si pensara que Harry se iría de allí si lo soltaba.— Por si no lo has notado está conmigo —agitó su mano, ahuyentándola como a un bicho, mirándola con sus fríos ojos grises.

La chica se estremeció ante la mirada pero no se aminoró, entrecerró los ojos, furiosa. Draco se irguió imponente, cual largo era, apoyándose de los centímetros que había ganado durante vacaciones. Harry sabía que Ginny tenía carácter, había crecido rodeada de puros hombres y la chica no era para nada una florecilla frágil, aunque se portara como tal frente a él. Sin embargo, Draco era otra cosa, él había sido criado solo, pero bajo la vara y el yugo de un padre rígido que no le permitiría ser humillado por una traidora a la sangre. Harry esperó silencioso aquella batalla, una que Draco no tardó en ganar. Potter pensaba que si Ginny hubiera sido educada bajo los estándares de los magos tradicionales, probablemente la pelea hubiera durado más, pero los Weasley no eran ese tipo de familia y aquello le había costado a la chica la derrota.

El rubio sonrió con satisfacción cuando la pelirroja se marchó de allí con el rostro enrojecido del enojo, sin si quiera despedirse. Ambos Slytherin volvieron a sus asientos, Draco a su diario y Harry a su libro, en un silencio un tanto incómodo. El moreno no terminaba de explicarse por qué su mejor amigo se había molestado en mantener semejante pelea sin importancia. Aquello no era cosa de un Slytherin, ni de un Black, pensaba que tal vez el gen Malfoy había tenido algo que ver, Harry solo esperaba que aquello no les causara problemas, Draco siempre había sabido elegir sus batallas, y aquella había sido una que no solo no valía la pena, sino que además era bastante tonta.

El moreno se percató de lo mucho que había estado observando a su mejor amigo, hasta que éste le devolvió la mirada de manera seria. El ojigris se puso de pie entonces, afuera estaba anocheciendo y pronto llegarían al castillo. Draco se inclinó hacia adelante, con sus ojos fijos en los de Harry quién no podía ni respirar de lo cerca que se encontraban. El moreno vio al rubio cerrar los ojos lentamente y acercarse, podía sentir su aliento sobre sus labios y Harry no supo que hacer; si se hacía solo un poco hacia adelante le besaría pero ¿aquello era lo que Draco quería? ¿era lo que él quería?

No tuvo tiempo de averiguarlo, la señora del carrito de dulces pasó y tocó la puerta, el rubio se apartó con expresión indiferente y con fría amabilidad pidió un par de ranas de chocolate que no compartió con Harry. El moreno, aún en estado de shock ni si quiera respondió a la mujer.

—Chicos —dijo entonces la voz de Pansy Parkinson en la puerta. La muchacha se sentó junto a Draco y éste le dio su segunda rana de chocolate—. Creí que se sentarían con nosotros, Blaise, Greg, Vince y yo nos quedamos esperando.

—Estábamos poniéndonos al corriente, ya sabes, las vacaciones —respondió el rubio guardando su diario.

—Pero si han pasado tres semanas juntos —respondió ella soltando una risita.

Harry los vio platicar amenamente, mientras una sensación extraña se instalaba en su pecho. Entonces, en algún punto de esa charla, Draco miró a Pansy exactamente igual que a él minutos antes. Sus grises ojos penetrando los ojos verde de Parkinson quién le correspondió de la misma manera, Draco se inclinó hacia adelante, la chica cerró los ojos, Malfoy desvió su mirada hacia él, como retándolo a que hiciera algo, a que le detuviera. Pansy se acercó lentamente, Draco seguía mirándolo pese a tener prácticamente los labios de la chica sobre los suyos. Harry quería apartar la mirada pero no podía, le parecía totalmente desagradable tener que presenciar aquello. La mirada del rubio reflejaba decepción segundos antes de que cerrara los ojos.

Harry reaccionó junto a tiempo para impedir ese beso, haciendo uso de su magia abrió la ventanilla del compartimento por donde se coló una ráfaga de viento tan fuerte que Pansy se sobresaltó, apartándose. Ninguno de los dos parecía avergonzado por lo que acababa de ocurrir, pero Harry ni si quiera se atrevía a mirarlos. Por el reflejo de la ventanilla ya cerrada, Potter vio a su mejor amigo salir del compartimento de la mano de Parkinson, se sentía sumamente enfadado y no se explicaba el porqué, o tal vez sí; no había esperado que Malfoy fuese de esos que iban por allí repartiendo besos.

—Nueva y primera lección del año —le dijo el ojigris, deteniéndose en la puerta antes de marcharse—, si deseas algo tómalo, arrebátalo de ser necesario. Aplica para muchas cosas.

Harry se quedó ahí, mirando el espacio vacío que su amigo había dejado, pensando. Sentía que lo mejor era ser sincero consigo mismo ¿Necesitaba acaso más pruebas aparte de lo que el espejo de Erised le había mostrado el año anterior? ¿Por qué se negaba a aceptar su realidad? Aquella que le gritaba que para él, Draco Malfoy era más que un amigo, que le tenía más cariño del que le había tenido jamás a nadie. Pensaba que era demasiado joven para pensar en aquellas cosas, sobre todo cuando la amenaza de Voldemort aún estaba latente. Y no quería, se negaba a aceptar cruzar aquella línea porque de todos modos ¿Qué caso tendría? Estar enamorado de una persona de tu mismo sexo no era mejor visto en el mundo mágico que en el muggle ¿acaso lo respetarían de la misma manera si supieran que él... que él? No, no iba a decirlo, ni si quiera para él mismo, porque él no, definitivamente no.

Cerró los ojos, el tren se detuvo, sabía que debía descender pero definitivamente estaba demasiado abrumado como para encarar a algunos de sus compañeros, debía distraerse, tenía prioridades.

Justo en ese momento una de sus prioridades pasó frente a su compartimento; Cedric Diggory. Durante las vacaciones de verano había llegado a la conclusión de que tenía amigos en casi todas las casas de Hogwarts, todas excepto Hufflepuff. Se había dado a la tarea de preguntar por aquí y por allá y al final, Diggory había resultado ser el tejón más influyente en su casa. Quince años, se encontraba cruzando el quinto año del colegio, con habilidades excepcionales en transformación, popular entre muchos de los alumnos por su habilidad mágica y su buen parecido; cabellos castaño, ojos grises casi azules, buscador del equipo de su casa, todo un estuche de monerías.

—¡Eh! ¿Diggory, cierto? —le preguntó al muchacho que acompañado de la buscadora de Ravenclaw se detuvo.

—Harry Potter —dijo el otro amablemente. Le extendió la mano—. Cedric Diggory.

—Si, no hemos tenido la oportunidad de jugar juntos pero te he visto —dijo el chico con zalamería bien disimulada—. Eres realmente bueno y pensé que podrías ayudarme con algunos consejos.

—Merlín, jamás creí que Harry Potter, el buscador más joven de la historia quisiera consejos de mi parte —Harry sonrió con cálida amabilidad. Pensaba que manipular a Diggory sería más fácil de lo que creía.

Caminaron hacia los carruajes mientras se adentraban en una plática sobre quidditch a la que se unió Ron nada más verlos. Hermione llegó poco después, completamente sola y los cuatro tomaron un carruaje. Harry observó a cada uno de sus aliados detenidamente; sus habilidades, sus personalidades, sus destrezas. Hermione era el cerebro, pero también era la dirección, el alfil. Ron era la justicia y la valentía, el caballo. Draco la ambición y la visión, la reina. Y Diggory sería la lealtad y el alma, la torre, si conseguía hacerlo entrar dentro de su círculo.

Con ellos cuatro de su lado, Harry estaba seguro de poder ser el rey, con su ayuda estaba seguro que conseguir peones no sería difícil, después de todo ya podía contar entre ellos a Dean, Seamus, Fred, George, Neville, Vincent, Crabbe, incluso Parkinson, Zabini y Nott.

Las cuatro casas reunidas en aquel carruaje le dieron la seguridad de estar preparado para su ascenso, tenía el apoyo y el complemento de aquellos que veían las cosas diferentes y que además, podían protegerle. Trabajaría en su relación con Diggory quién parecía más que dispuesto a cooperar con él. Era tanta su emoción que olvidó por completo el asunto de los besos y los sentimientos sin sentido, lo único que quería era encontrar a Malfoy para hablarle de sus planes y ver su mirada orgullosa. Total, tiempo para aclarar sus sentimientos tenía de sobra, ahora lo más importante era contar con un grupo de personas dispuestas a ayudarle, no solo a derrotar a Voldemort, sino a verlo tomar su lugar, como el mago más grande de todos los tiempos.