El poder era un asunto frágil, se obtenía con dificultad y se perdía fácilmente, al igual que las influencias y las alianzas. A Harry le tomó un año y algunos meses hacerse con la empatía de muchos de sus compañeros de Hogwarts, los más difíciles de convencer siempre eran los mayores. Sin embargo, solo fue cuestión de que la gente comenzara a temerle para que las cosas se facilitaran y la verdad es que Harry no lo comprendía muy bien.

Después de que lo encontraran en la escena del crimen donde Filch y la señora Norris habían sido las víctimas, la escuela se había dividido en tres; en aquellos que creían que era inocente y le defendían hasta la muerte, en aquellos que le creían culpable y le respetaban aún más y aquellos que le temían al creerlo un monstruo, rehuyéndole como las cucarachas a la luz.

Absolutamente nadie en el castillo sabía exactamente que pensar de aquello, era bien sabido que Filch nunca había sido del agrado de Potter y no por que el hombre fuese un squib, sino porque era completamente desagradable. Temerosos de terminar igual que el conserje, muchos alumnos trataban de ganarse la simpatía de Harry, sonriéndole forzadamente por los pasillos, dejándole pasar por delante cuando el espacio en los corredores era demasiado reducido y aunque aquello no había estado planeado, la verdad era que Potter aprovechaba la situación al máximo; nadie se atrevía a cruzarse en su camino, ya no digamos chocar con él si quiera y Draco parecía extrañamente complacido ante la reacción de la gente que les rodeaba. No era que el rubio fuese el centro de atención, pero no necesitaba serlo para verse beneficiado por tal giro de acontecimientos, era tan respetado y temido como Harry, solo bastaba con que sonriera de manera maligna y dijera: A Harry no le va a gustar saber que has osado hablarme así" para que su adversario pidiera perdón y saliera corriendo del lugar.

Filch por supuesto, no estaba muerto, la enfermera del colegio y los profesores habían dictaminado que simplemente estaba petrificado. Dumbledore había llegado a la conclusión de que aquello no podía ser cosa de un alumno, por lo que nadie estaba bajo sospecha, aunque Harry pensaba que el viejo director pasaba más tiempo observándolo durante las comidas en el gran comedor, como si intentara adivinar si Harry sería capaz de tan terribles acciones.

El conserje sería despetrificado a finales del año, cuando las mandrágoras del invernadero de la profesora Sprout estuvieran lo suficientemente maduras para ser usadas. Mientras tanto se había establecido un toque de queda mucho más estricto para los alumnos y el personal, nadie, absolutamente nadie, podía estar fuera de sus aposentos después de las nueve de la noche y los alumnos se veían obligados a ir de clase en clase acompañados del profesor de la clase anterior.

Los alumnos más jóvenes agradecían las medidas, lo más grandes lo aceptaban con fastidio y resignación, sin embargo nadie podía negar que, lo que fuese que estuviese sucediendo, era peligroso y grande. Nadie quería terminar petrificado en algún pasillo fantasma y que nadie nunca los encontrara. Incluso algunos se atrevían a comparar el estado de petrificación con el beso del dementor, aunque aquello era claramente una exageración.

Harry se encontraba en su habitación haciendo los deberes de pociones, Draco estaba en su propio escritorio, atendiendo encantamientos pues la tarea de Snape siempre era la que terminaba primero. El moreno suspiró al dar la vuelta a su libro de pociones de segundo año; ya lo había leído y memorizado durante las vacaciones y sin embargo nunca estaba de más corroborar la información antes de plasmarla en cuarenta centímetros de pergamino. Era de noche, hacía solo un par de horas que habían subido de la sala común donde habían estado jugando ajedrez contra otros de los chicos de Slytherin. Harry había mejorado bastante, no era mejor que Malfoy pero creía que con el tiempo podría igualarle o superarle.

Los Slytherin estaban especialmente encantados con el niño que vivió o al menos aquellos que lo creían el heredero que se había encargado de abrir la cámara de los secretos. La mayoría de las serpientes estaban conscientes de que Harry era un mestizo, hijo de una sangre sucia y sin embargo parecían olvidarlo cuando cosas como esas ocurrían; creían que Potter era capaz de odiar a aquellos magos de sangre impura o a los nacidos de magos que habían sido despojados de sus poderes, tal cual Voldemort. El que no debía ser nombrado se había despojado de sus orígenes; hijo de una squib y un muggle, historia que pocos parecían conocer y que Harry solo había oído de boca de Draco.

Voldemort no se había equivocado cuando le había dicho que eran similares, ambos poderosos y ambiciosos, con ganas de probarse y probarle al mundo hasta donde eran capaces de llegar a pesar de haber salido de un agujero pestilente. Mestizos de la casa de Salazar Slytherin, con el único objetivo de mostrar que eran el mejor mago sobre la tierra. Sin embargo Harry comprendía —y suponía que Voldemort también— que para ocupar aquel puesto sería necesario enfrentarse hasta que solo uno quedara de pie y se proclamara como el mago más poderoso. Voldemort ya había dado el primer paso, intentando asesinarle cuando bebé, fallando completamente, dejándole huérfano y obligándole a vivir entre un grupo de personas que lo trataban peor que a la basura.

Sin embargo había algo que Voldemort no entendía y es que Harry sí deseaba llegar a la cima, pero también deseaba venganza y esa era su motor principal para levantarse cada día y estudiar para ser el mejor. Para Harry se trataba de poder, de venganza, de familia y de placer personal aunque el resto del mundo creyera que se trataba de simple y llano heroísmo que era la mejor tapadera para al egoísmo y la ambición. No podía evitarlo, él estaba consiente de todo lo manipulador y ambicioso que era, pero era tan natural que con el tiempo había dejado de intentar ser diferente, al menos hasta que entró a Slytherin y conoció a Draco quién le mostró que aquello no era malo, que solo debía trabajar en la discreción y no tendría problemas.

Draco Malfoy, el muchacho junto a él que parecía sumamente inmerso en sus tareas, con su piel un poco pálida por la enfermedad que hacía poco le había aquejado, aquel que le había mostrado un mundo completamente diferente, el único con el que Harry podía ser él mismo, mostrar sus miedos e inseguridades, el único que podía ver a través de esa máscara de indiferencia y seguridad que le protegían de cualquiera que quisiera dañarle, su mano derecha, su fiel compañero, inteligente, astuto y calculador. Draco era como la reina en el ajedrez, siempre a su lado, la pieza más poderosa del tablero, con un montón de movimientos en todas direcciones que le permitían a él —como el rey— moverse lentamente, paso a paso, hasta su objetivo, mientras el rubio limpiaba el camino para él, ayudándole a llegar tan lejos como quisiera.

Sí, Harry apreciaba a Draco más que a cualquier mago que conociera; más que a Ron, más que a Hermione, más que a Dumbledore, más que a McGonagall. Él sabía, estaba consciente de que sin él, seguramente jamás hubiese dejado de ser el muchacho inseguro que no quería ser colocado en Slytherin. Pero había algo, algo que últimamente le tenía realmente preocupado y es que Draco no parecía él mismo; se irritaba con facilidad y ni si quiera se molestaba en ocultarlo bajo su máscara, lo que le estaba ganando mala fama entre los suyos. La mayoría del tiempo estaba ausente, como si planeara algo a espaldas de él. A veces se desaparecía por un par de horas y regresaba sin ninguna excusa, solo silencio y una sonrisa misteriosa seguido de un beso en la mejilla.

Harry suspiró sin apartar su mirada de su compañero, sabía que probablemente estaba pensando las cosas demasiado pero no podía evitarlo, Draco le ocultaba algo y le hacía sentir incómodo. Estaba seguro de que si Draco quería, le haría caer y le arrebataría la corona, pero su mayor miedo no era ese, era ser traicionado por la persona en quién más confiaba. Le aterraba no ser capaz de mantener su lealtad, le aterraba que decidiera ser el guía de alguien más, alguien como Nott, alguien como Zabini o Parkinson, le aterraba no ser digno, que aquello que Draco había visto en él ya no fuese suficiente para mantenerlo a su lado. Y si, era inseguridad, pues Malfoy jamás le había dado razones para dudar pero ¿por qué tanto misterio últimamente?

—¿No te has cansado de mirarme? —le preguntó entonces, con una sonrisa ladeada, sin levantar la vista de sus deberes.

—¿Te molesta? —preguntó, descarado, indiferente.

—Para nada —respondió entonces, mirándolo y sonriendo. Harry pensó que era el momento de preguntarle si todo estaba bien pero en su lugar dijo:

—¿Qué es lo que sabes de la cámara de los secretos?

La sonrisa de Draco se desvaneció lentamente y sus ojos se posaron nuevamente sobre sus libros. Cualquiera que no le conociera podía deducir que había sido totalmente casual, sin embargo Harry supo que lo había incomodado, al menos un poco, que incluso era probable que le mintiera, no le miraba a los ojos como generalmente lo hacía. Esperó en silencio una respuesta, Draco escribió un par de palabras sobre su pergamino y cuando Harry creyó que no le respondería le dijo:

—Tú sabes, naturalmente, que Hogwarts fue fundado hace unos mil años por los cuatro brujos más importantes de aquella época: Godric Gryffindor, Helga Hufflepuff, Rowena Ravenclaw y Salazar Slytherin. Los cuatro juntos construyeron este castillo, lejos de las miradas de los muggles —pronunció la última palabra con algo de repugnancia y rencor—, aquélla era una época en que la gente tenía miedo a la magia, y los magos y las brujas fuimos perseguidos y asesinados brutalmente, quemados vivos, dentro de cajas que arrojaban a los ríos y lagos hasta que moríamos por la falta de oxígeno, despellejados, cortándonos la cabeza o desmembrándonos —suspiró, intentando contener la rabia que Harry aún no acostumbraba a ver en él—. Durante algunos años, los fundadores trabajaron conjuntamente en armonía, buscando jóvenes que dieran muestras de aptitud para la magia y trayéndolos al castillo para educarlos. Pero luego surgieron desacuerdos entre ellos y se produjo una ruptura entre Slytherin y los demás. Slytherin deseaba ser más selectivo con los estudiantes que se admitían en Hogwarts. Pensaba que la enseñanza de la magia debería reservarse para las familias de magos. Lo desagradaba tener alumnos de familia muggle, porque no los creía dignos de confianza, y la verdad no lo culpo, con todo lo que nos hicieron pasar. Un día se produjo una seria disputa al respecto entre Slytherin y Gryffindor, y Slytherin abandonó el colegio. La leyenda dice que Slytherin había construido en el castillo una cámara oculta, de la que no sabían nada los otros fundadores. Slytherin, según la leyenda, selló la Cámara de los Secretos para que nadie la pudiera abrir hasta que llegara al colegio su auténtico heredero. Sólo el heredero podría abrir la Cámara de los Secretos, desencadenar el horror que contiene, un monstruo poderoso y legendario que solo el heredero pudiese controlar y usarlo para librar al colegio de todos los que no tienen derecho a aprender magia, personas como Filch, un squib inútil o Creevey, tu noviecito de Gryffindor, un sangre sucia sin talento.

—Pareces demasiado de acuerdo con Slytherin.

—¿Y tú no? —preguntó seriamente, detenido su escritura sobre el pergamino. Entonces le miró —. Los muggles nos temen y no en un buen sentido, nos temen y quieren vernos muertos, dañaron linajes mágicos ancestrales por su ignorancia, ignorancia que es la razón principal por la que joden todo lo que no comprenden. Tus tíos son el claro ejemplo de ello, te trataron como basura toda tu vida porque te temían, necesitaban creer que tenían el control y te hicieron creer que no valías nada, te ocultaron la verdad sobre tus padres, sobre tu verdadera esencia, sobre tu verdadero poder.

—Pero no todos los muggles son así —dijo, pero por un momento ni si quiera él se lo creyó, recordando todos los malos momentos que los Dursley le habían hecho pasar.

—Probablemente no, pero eso tampoco los hace iguales a nosotros —sonrió cariñosamente—. Nosotros somos superiores —Y Harry correspondió la sonrisa, comprendiendo.

—Tienes razón.

—...Y algún día necesitaremos a alguien que unifique nuestros mundos... y los gobierne... —el rubio se puso de pie y caminó hasta él, Harry le miró sentarse sobre sus piernas—. Alguien como tú Harry Potter.

—Creo que estas exagerando —le dijo sonrojándose hasta las orejas. Draco soltó una carcajada.

—Piénsalo bien, Voldemort lo intentó y no funcionó, creo que tú podrías, tienes algo que él no —acercó su blanquecina nariz a la del moreno y las frotó.

—¿Lo tengo?

—Ajá... a mí —Harry cerró los ojos, disfrutando del aroma a jabón que Draco poseía.

—¿Significa que debemos dejar que el heredero haga lo suyo?

—Significa que debemos seguirle de cerca el rastro, observarlo y luego —hizo una pausa y Harry podía sentir su aliento sobre sus labios— deshacernos de él. Cuando todos en la escuela se enteren de que nosotros... no, de que tú le detuviste van a adorarte.

—Como el año pasado.

—Justamente así.

—¿Draco?

—¿Um?

—Tú... tú jamás me traicionarías, ¿cierto?

—¿Te asusta? —El ojiverde pasó saliva y contorsionó el rostro en un gesto de atribulación.

—Sí —respondió finalmente, no muy seguro de exponerse de aquella forma—. Eres mi mejor amigo.

Pero Draco no respondió, en su lugar besó la comisura de sus labios y se puso de pie para cerrar sus libros e irse a dormir. Harry lo observó hacer todo aquello en silencio, sintiéndose repentinamente nervioso, abrumado, como si aquel silencio significara mucho más de lo que alcanzaba a comprender. Quiso abrir la boca y volver a preguntar, pero sabía que de hacerlo su voz temblaría y aquello no era digno de un Slytherin. Draco ya había apagado la luz de su lado de la habitación así que simplemente se puso de pie y ya enfundado en su pijama se fue a acostar. Al día siguiente tenían partido contra Gryffindor y capitán estaría furioso si no se encontraba al cien por ciento.

Pero decidir irse a dormir era mucho más fácil que hacerlo y pasando cuarenta minutos Harry no había logrado pegar el ojo pensando en Draco, la cámara, el heredero y la bestia que ocultaba. Se preguntaba quién sería aquel que había abierto la cámara de los secretos y con qué propósito, pensaba que aniquilar a cualquiera cuya sangre fuese impura era contraproducente, pues en la actualidad lo que más abundaban eran los mestizos. Como heredero de Slytherin Harry sospechaba que debía haber algo más, una segunda intención que no alcanzaba a vislumbrar por que no conocía el contexto por completo. Debía estudiar, investigar y prepararse, el heredero solo podía ser de Slytherin pero, aunque aquello reducía las posibilidades seguía significando un gran trabajo. Pensó que podía hablar con Ron, Hermione... e incluso Diggory, seguro de que ellos le ayudarían a investigar todo lo que los alumnos de sus respectivas casas supieran del asunto.

No supo en qué momento se quedó dormido, por lo que distinguir aquel sueño de la realidad le estaba costando más trabajo del que hubiese deseado. En su sueño se encontraba sobre su cama, en la oscuridad de la habitación, tal vez fue por ello que distinguirse de la realidad le fue imposible. Fue entonces que aquella voz en las paredes, tétrica y misteriosa se hizo presente, obligándolo a levantarse de golpe y asegurarse de que Draco estaba a salvo en la cama de al lado. El rubio descansaba como un muñeco de porcelana sobre el colchón, con las manos sobre su pecho y tan pálido que brillaba ligeramente entre la oscuridad, como la luna ausente aquella noche. Sin embargo la voz según ahí, susurrándole sobre muerte y sangre a través de las paredes, como un fantasma.

El muchacho se puso de pie, con varita en mano y preparado para lo que fuese que estuviese ocurriendo. Abrió la boca para llamar a su compañero de cuarto y alertarlo pero su voz no salía, como si de repente se hubiese quedado mudo. Caminó sobre la alfombra de la habitación que amortiguaba sus pisadas, daba vueltas por el cuarto, siguiendo a la voz, que se deslizaba lentamente de un lado a otro, haciéndolo sentir atrapado dentro de aquellas cuatro paredes. La voz pasó cerca de la cama del rubio quién sin inmutarse permanecía dormido y afligido, como si se encontrara dentro de una pesadilla. La voz pasó cerca de la mesita de noche de Malfoy, por sobre el diario que aún descansaba en ella. Y entonces se detuvo.

Harry intentó con un lumos pero al encenderse la luz se apagaba casi de inmediato. Allí, dentro de la habitación, lo único que alumbraba era el cuerpo de Malfoy, inerte como un muerto. Al ser la única fuente de luz, el moreno se acercó hasta él y le observó, olvidando completamente su última pesadilla. No lucía tan diferente a tan solo unos momentos atrás, sin embargo, en cuanto más le observaba, más se consumía la vitalidad del muchacho, a cada segundo se volvía más pálido, más ojerosos, más delgado, el cabello se le caía lentamente y se marchitaba hasta quedar de un rubio opaco. Asustado, Potter intentaba despertarlo, sacudiéndolo, pero era inútil, pesaba más que uno de los pilares de la entrada del colegio.

Justo cuando Harry creyó que Malfoy quedaría en los huesos un sonido de proveniente del diario le hizo apartar su mirada de su mejor amigo, era como un suspiro pausado y débil, como si aquel libro respirara por cuenta propia. Entonces Potter se vio obligado a separarse de su amigo para acercarse al objeto y tomarlo entre sus manos. Todo el diario gritaba Draco Malfoy, en esencia, sin embargo había algo más, algo que no le dejaba tranquilo. Miró a Draco sobre la cama, había abierto los ojos, los tenía fijos en él, acusándole, advirtiéndole que por nada del mundo se atreviera abrirlo, que era suyo y que no tenía derecho, pero Harry lo hizo de todos modos.

Dentro solo había una cosa, una palabra. Riddle, decía. De las letras que conformaban aquella palabra comenzó a brotar sangre pestilente y casi coagulada. Asustado, el muchacho soltó el diario y las páginas corrieron frente a él por si solas, salpicando sangre por todas partes. Le apuntó con la varita, intentando destruirle pero nada de lo que hacía daba resultado, miró a Draco éste le sonreía débilmente y entonces, cuando la sangre ya le llegaba a los tobillos, despertó.

El sol se asomaba por entre el agua del lago negro, Harry alterado como estaba, lo primero que hizo fue asegurarse de que su magia no hubiera hecho de las suyas nuevamente. El sonido de la ducha le dijo que Draco ya estaba despierto y que tomaba un baño. Miró el diario sobre la mesa y lo tomó; no sintió nada extraño, sin embargo esta vez decidió abrirlo, ya no le importaba lo que Draco pudiera pensar, ya después se las arreglaría para que le perdonara, era mucho más importante asegurarse de que sus malos sueños solo se debían a una coincidencia. Con manos temblorosas sujetó la pasta negra de cuero, echó una última mirada a la puerta que daba al cuarto de baño y lo abrió.

Dentro no había ni una palabra escrita.