Su cuerpo se sentía pesado y débil. La cabeza la punzaba y el brazo derecho le dolía. Intentó abrir los ojos pero sus párpados se negaban a obedecer, demasiado cansados. Escuchaba voces a su alrededor, pequeños murmullos que fueron cobrando forma, como si saliera de las profundidades del agua.

Reconoció la voz de Hermione que regañaba a alguien, seguramente Ron, reconoció la vocecita de Colin Creevey tratando de incluirse en la charla que Fred y George mantenían, distinguió la voz de Ginny charlando con otra chica cuya voz no reconocía y finalmente a Cedric hablando con la enfermera. Intentó recordar cualquier cosa que le revelara porque se encontraba en la enfermería, ya no había duda de que aquel era el único lugar donde todos esos chicos de diferentes casas podían congregarse a su alrededor.

Soltó un quejido cuando intentó removerse sobre la cama y todos guardaron silencio, por fin. El dolor en su brazo derecho era casi insoportable, era como si el hueso le quemara por dentro, como si quisiera crecer dentro de su piel. Y entonces recordó. Bufó por lo bajo, recordando que debía mantener las apariencias, recordando que rodeado de los Gryffindor, Ravenclaw y Hufflepuff no podía ser él, que fuera de Slytherin tenía que mostrarse tranquilo, comprensivo y maldecir a Lockhart a todo pulmón por haberle quitado los huesos del brazo mientras prometía congelarle los dedos del pie en venganza podía no ser tomado del todo bien. Draco solía decir que tener emociones negativas como el enojo o la venganza no eran malas mientras el resto del mundo no pudiera verlas, así, si tomabas represalias, nadie podría culparte.

Abrió los ojos lentamente, gracias al cielo no había luz que le cegara, era de noche. Las personas que había deducido estaban a su alrededor le miraron en silencio y con interés, Hermione, Ginny, Cho, Cedric y Colin con suma preocupación, Fred, George y Ron con diversión. Sin embargo, entre el mar de rostros Harry buscaba uno que no encontró. ¿Dónde diablos estaba Malfoy? ¿No era su deber como mejor amigo permanecer a su lado en situaciones como aquella? En la sala no había ni un solo Slytherin, solo una Ravenclaw que se le parecía, al parecer de primer año con cabellos rubios y ojos grises que no conocía de nada pero que parecía buena amiga de Ginny quién algo avergonzada se había ocultado tras Ron y lo miraba discretamente por sobre su hombro.

—Les dije que sobreviviría —dijo Fred estirando la mano y recibiendo un galeón de Georg.

—¿Dónde está Draco? —preguntó acomodándose sobre la cama, haciendo que todo le diese vueltas.

—En detención —dijo Hermione al ver que nadie más respondía—. McGonagall lo castigó por haber maldecido a Angelina quien sin querer te golpeó con la quaffle en la cabeza.

Harry se quedó en silencio, no le parecía normal que Draco se portara de aquella manera, generalmente si estaba enojado se desquitaba discretamente, no frente a todo el mundo perdiendo los estribos y ganándose una detención, Flint debía estar furioso, seguramente se habían quedado sin cazador como castigo por su actitud poco deportiva y eso le daría a Slytherin la desventaja contra Ravenclaw en el segundo partido. Tendría que hablar con la jefa de Gryffindor, incluso con Snape de ser necesario, inventar cualquier cosa para que Malfoy saliera bien librado y pudiera jugar sin problemas, pero lo más importante era hablar con Draco, pedirle que pusiera en práctica todo lo que le había enseñado, no podía ir por allí siendo así de indiscreto, como si se tratara de un Gryffindor. Sus padres no estarían muy orgullosos de saberlo.

—¿Y cómo está Angelina? —se obligó a preguntar por mera cortesía.

—Está bien, los profesores lo arreglaron casi de inmediato, aunque no sabíamos que Malfoy podía aplicar encantamientos tan poderosos como el que le lanzó, era una mezcla de aquel que te saca furúnculos con el que te saca verrugas, se necesitó de Flikwick y McGonagall para desvanecerlo —dijo George nada molesto.

—Había pus por todas partes —agregó Ron entre entusiasmado y asqueado.

—Por favor envíenle disculpas a Johnson por el comportamiento de Draco y a Wood también, estoy seguro que no se repetirá... Draco... él está algo estresado, generalmente no es así.

—No tienes que disculparte por algo que no hiciste —intervino Colín—, es Malfoy quién debe disculparse —él sí que lucía molesto por la actitud de Slytherin.

—Lo hizo por mí, así que sí, debo disculparme... ¿Al final el partido...?

—Ganaron —respondió Ron con amargura— atrapaste la snitch antes de que la bludger te rompiera el brazo... al parecer alguien la encantó para hacerte daño.

—Ya están averiguando sobre ello —intervino Cedric— solo esperemos que atrapen al bromista antes de tu siguiente partido o podría hacerte daño de verdad... sospechan que fue cosa de algún Gryffindor que no quería verlos ganar.

—De todas formas ya estamos investigando —dijo Ron sonriéndole. Pero Harry sabía que su agresor no había sido un mago, había podido sentir la esencia mágica.

—Bueno chicos —intervino la enfermera— seguro que el señor Potter querrá descansar, será mejor que vayan a cenar.

El grupo de chicos asintió y se marchó prometiendo que volverían a visitarlo al día siguiente. Colin se quedó un poco más de tiempo charlando sobre las increíbles fotografías que le había tomado durante el partido y que prometió le enseñaría nada más revelarlas. Harry no se perdió el gesto de disgusto de Ginny al abandonar la enfermería, como si deseara sacar a Creevey de allí a golpes. Decidió no darle demasiada importancia, los asuntos de Ginevra y Colin eran suyos y de nadie más y él no iba a meterse, primero porque Colin era un gran aliado, iba de aquí para allá siempre hablando de lo maravilloso que era Harry Potter, presumiendo sus fotografías y defendiéndolo de aquellos que no simpatizaban con él. Ginny por otro lado era la hermana pequeña de un gran amigo, la hija menor de los Weasley quienes habían sido sumamente amables con él. Era tímida frente a él, pero ya había notado que poseía una actitud fuerte y decidida que llegaba a intimidar, era una líder natural y muchos la respetaban pese a ser tan pequeña, incluyendo a sus hermanos más grandes.

Cuando todos se marcharon Madame Pumfrey no perdió tiempo y le hizo una revisión antes de marcharse a cenar como el resto de los habitantes de castillo. Junto a su cama había una mesa llena de dulces y regalos, la mayoría de los Slytherin y de sus aliados de las otras casas, ingirió dos cajas de grajeas de todos los sabores y una rana de chocolate para finalmente quedarse dormido casi de inmediato, agotado por el largo día que había tenido; por el partido, la bludger que había decidido asesinarlo a la mitad del partido, su odio casi incontrolable hacia Lockhart que en un intento de curar los huesos rotos de su brazo los había desaparecido dejándole solo la piel y los músculos y en Draco portándose como todo menos un Malfoy Black.

Horas después, Harry despertó sobresaltado en una total oscuridad, dando un breve grito de dolor: sentía como si tuviera el brazo lleno de grandes astillas. Por un instante pensó que era aquello lo que le había despertado. Pero luego se dio cuenta de que alguien, en la oscuridad, le estaba poniendo una esponja en la frente.

—Dobby —dijo. El elfo se sobresaltó y se alejó.

—Harry Potter señor, oh, lo siento tanto, Dobby no quería, pero Dobby debía...

—Será mejor que tengas una buena excusa, mis huesos casi han sanado y no dudaré en estrangularte.

—Dobby está acostumbrado a las amenazas, señor. Dobby las recibe en casa cinco veces al día. —hizo una pequeña pausa—¡Harry Potter debe volver a casa! Dobby creía que su bludger bastaría para hacerle...

—¿Morir? No ha sido muy inteligente.

—¡No, matarle no, señor, nunca! —dijo Dobby, asustado—. ¡Dobby quiere salvarle la vida a Harry Potter! ¡Mejor ser enviado de vuelta a casa, gravemente herido, que permanecer aquí, señor! ¡Dobby sólo quería ocasionar a Harry Potter el daño suficiente para que lo enviaran a casa!

—Me imagino que no querrás decirme por qué querías enviarme de vuelta a casa hecho pedazos. —dijo Harry irritado.

—¡Ah, si Harry Potter supiera...! —gimió Dobby, mientras le caían lágrimas de los ojos—. ¡Si supiera lo que significa para nosotros, los parias, los esclavizados, la escoria del mundo mágico...! Dobby recuerda cómo era todo cuando El-que-no-debe-nombrarse estaba en la cima del poder, señor. ¡A nosotros los elfos domésticos se nos trataba como a alimañas, señor! Desde luego, así es como aún tratan a Dobby, señor —admitió, secándose el rostro en el almohadón—. Pero, señor, en lo principal la vida ha mejorado para los de mi especie desde que usted derrotó al Que-no-debe-ser-nombrado. Harry Potter sobrevivió, y cayó el poder del Señor Tenebroso, surgiendo un nuevo amanecer, señor, y Harry Potter brilló como un faro de esperanza para los que creíamos que nunca terminarían los días oscuros, señor... Y ahora, en Hogwarts, van a ocurrir cosas terribles, tal vez están ocurriendo ya, y Dobby no puede consentir que Harry Potter permanezca aquí ahora que la historia va a repetirse, ahora que la Cámara de los Secretos ha vuelto a abrirse...

Dobby se quedó inmóvil, aterrorizado, y luego cogió la jarra de agua de la mesilla de Harry y se dio con ella en la cabeza, cayendo al suelo. Un segundo después reapareció trepando por la cama, bizqueando y murmurando:

—Dobby malo, Dobby muy malo...

—¿Dices que se había abierto en anteriores ocasiones? ¡Habla, Dobby! —Sujetó la huesuda muñeca del elfo a tiempo de impedir que volviera a coger la jarra del agua—. Además, yo no soy de familia muggle. ¿Por qué va a suponer la cámara un peligro para mí?

—Ah, señor, no me haga más preguntas, no pregunte más al pobre Dobby —tartamudeó el elfo. Los ojos le brillaban en la oscuridad—. Se están planeando acontecimientos terribles en este lugar, pero Harry Potter no debe encontrarse aquí cuando se lleven a cabo. Váyase a casa, Harry Potter. Váyase, porque no debe verse involucrado, es demasiado peligroso...

—¿Quién es, Dobby? —le preguntó Harry, manteniéndolo firmemente sujeto por la muñeca para impedirle que volviera a golpearse con la jarra del agua—. ¿Quién la ha abierto? ¿Quién la abrió la última vez?

—¡Dobby no puede hablar, señor, no puede, Dobby no debe hablar! — chilló el elfo—. ¡Váyase a casa, Harry Potter, váyase a casa! ¡Y aléjese de los Malfoy! —y desapareció.

Harry se quedó quieto sobre la cama, bufando por la repentina pérdida de información valiosa. La cámara de los secretos ya había sido abierta, aquello podía ser interesante, la cuestión era saber cuándo. Si el acontecimiento no tenía mucho tiempo era posible que el heredero fuese el mismo que en antaño, antes un alumno y ahora, un profesor. También existía la posibilidad de que el culpable jamás hubiera sido atrapado y ahora su hijo fuese el encargado de abrirla... Las posibilidades eran infinitas, la mayoría de los Slytherin bien podrían cumplir con los estándares de Salazar, incluyendo a Draco Malfoy. Pero si Draco fuera el heredero Harry lo sabría; dormían en la misma habitación, iban juntos a todas partes y además eran mejores amigos, Draco se lo hubiera mencionado y no se hubiera tomado la molestia de sugerirle que investigaran quién era el heredero, sin embargo...

No terminó de cavilar aquel pensamiento pues casi de inmediato unos pasos provenientes del pasillo llamaron su atención. Caviló en fingirse dormido, pero abandonó la idea en cuanto escuchó la voz de Dumbledore, si el viejo director se dirigía a la enfermería debía ser algo importante. Se acomodó sobre la cama y esperó paciente. Dumbledore entró en el dormitorio, vestido con un camisón largo de lana y un gorro de dormir. Acarreaba un extremo de lo que parecía una estatua. La profesora McGonagall apareció un segundo después, sosteniendo los pies. Entre los dos dejaron la estatua sobre una cama.

—Traiga a la señora Pomfrey —susurró Dumbledore, y la profesora McGonagall desapareció a toda prisa pasando junto a los pies de la cama de Harry.

—¿Quién ha sido esta vez? —se atrevió a preguntar el muchacho, colocándose la gafas para poder ver mejor. Dumbledore le miró con ojos impasibles y respondió.

—Colin Creevey.

Oyó voces apremiantes, y la profesora McGonagall volvió a aparecer, seguida por la señora Pomfrey, que se estaba poniendo un jersey sobre el camisón de dormir. Harry la oyó tomar aire bruscamente.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó la señora Pomfrey a Dumbledore en un susurro, inclinándose sobre la estatua.

—Otra agresión —explicó Dumbledore—. Minerva lo ha encontrado en las escaleras.

—Tenía a su lado un racimo de uvas —dijo la profesora McGonagall—. Suponemos que intentaba llegar hasta aquí para visitar a Potter. —los tres le miraron un segundo y luego volvieron a la suyo.

En el cielo un par de nuves se apartaron de frente a la luna, dejando que un rayo de luna le cayera a la víctima sobre el rostro. Colin Creevey tenía los ojos muy abiertos y sus manos sujetaban la cámara de fotos encima del pecho.

—¿Petrificado? —susurró la señora Pomfrey.

—Sí —dijo la profesora McGonagall—. Pero me estremezco al pensar... Si Albus no hubiera bajado por chocolate caliente, quién sabe lo que podría haber... —Los tres miraban a Colin. Dumbledore se inclinó y desprendió la cámara de fotos de las manos rígidas de Colin.

—¿Cree que pudo sacar una foto a su atacante? — preguntó la Harry con expectación.

—Pareces demasiado interesado en esto —le dijo el director abriendo el compartimento del rollo.

—Colin es un buen amigo —mintió. Albus asintió concentrado en el objeto en sus manos. Un chorro de vapor salió de la cámara. A Harry, que se encontraba tres camas más allá, le llegó el olor agrio del plástico quemado.

—Derretido —dijo asombrada la señora Pomfrey—. Todo derretido...

—¿Qué significa esto, Albus? —preguntó apremiante la profesora McGonagall.

—Significa —contestó Dumbledore— que han abierto de nuevo la Cámara de los Secretos —la señora Pomfrey se llevó una mano a la boca. La profesora McGonagall miró a Dumbledore fijamente.

—Pero, Albus..., ¿quién...?

—La cuestión no es quién —dijo Dumbledore, mirando a Colin y luego a Harry—; la cuestión es cómo.

La noticia de que habían atacado a Colin Creevey y de que éste yacía como muerto en la enfermería se extendió por todo el colegio durante la mañana del lunes. El ambiente se llenó de rumores y sospechas. Los de primer curso se desplazaban por el castillo en grupos muy compactos, como si temieran que los atacaran si iban solos. Para su buena suerte, el que Harry se encontrara convaleciente en la enfermería había disipado los rumores de ser él el heredero de Slytherin, aunque algunos de los estudiantes aún se encontraban reacios a creer en su inocencia. El terreno en Hogwarts era neutral, lo que era realmente conveniente pues así mantenía a raya a las serpientes y al resto de las casas.

Durante la segunda semana de diciembre, la profesora McGonagall pasó, como de costumbre, a recoger los nombres de los que se quedarían en el colegio en Navidades. A Harry le extrañó que Draco se quedase pero no preguntó nada, después de todo, un poco de compañía siempre era bien recibida.

Una semana más tarde, Harry, Ron y Hermione se dirigían al gran comedor para cenar cuando vieron a un puñado de gente que se agolpaba delante del tablón de anuncios para leer un pergamino que acababan de colgar. Seamus Finnigan y Dean Thomas les hacían señas, entusiasmados.

—¡Van a abrir un club de duelo! —dijo Seamus—. ¡La primera sesión será esta noche! No me importaría recibir unas clases de duelo, podrían ser útiles en estos días...

—¿Por qué? ¿Acaso piensas que se va a batir el monstruo de Slytherin? —preguntó Ron, pero lo cierto es que también él leía con interés el cartel.

—Podría ser útil —Dijo Harry. Miró por entre la multitud hasta que divisó la rubia cabellera de su mejor amigo y disculpándose le siguió hasta la mesa de Slytherin— Han abierto un club de duelo —le dijo a modo de saludo y el rubio le sonrió de lado.

—No querrás ser humillado por mí frente a todos ¿o sí?

—Hablas demasiado, Malfoy —le respondió empujándolo amistosamente. —No será igual que en Malfoy Manor durante el verano, he aprendido trucos nuevos.

—Ya lo veremos Potter —le respondió tomando asiento y el moreno solo le sonrió.

Charlaron tranquilamente. Harry estaba realmente aliviado de que su mejor amigo pareciera recuperarse de la extraña enfermedad que le había aquejado a principios del año, ya no se le veía tan agotado ni distraído, era verdad que seguía sin comer bien pero al menos daba más de dos bocados. Al terminar la cena se dirigieron a su sala común para darse una ducha y adelantar algo de los deberes y a las ocho en punto volvieron al gran comedor. Las grandes mesas de comedor habían desaparecido, y adosada a lo largo de una de las paredes había una tarima dorada, iluminada por miles de velas que flotaban en el aire. El techo volvía a ser negro, y la mayor parte de los alumnos parecían haberse reunido debajo de él, portando sus varitas mágicas y aparentemente entusiasmados.

—Escuché que Snape es uno de los encargados —dijo Zabini.

—Si es él seguramente aprenderemos muchas cosas nuevas —afirmó Malfoy, pero Harry no estaba muy seguro de querer verle la cara justo ese día que no había tenido pociones con él.

Sin embargo, y para su sorpresa, el segundo profesor a cargo era ni más ni menos que Lockhart quién en su demostración de duelo contra Snape había terminado sumamente humillado, y ni sus más radiantes sonrisas pudieron disimularlo. Harry detestaba a Snape con toda el alma, pero sabía reconocer a un mago poderoso cuando lo veía y Snape era hábil. Su poder mágico era fuerte, podía sentirlo en el aire, a comparación del de Lockhart y además tenía cierta maestría para dominarla. A Harry no le sorprendía del todo, algo en Snape le gritaba que debía andarse con cuidado y no solo porque anteriormente hubiera servido a Voldemort, el hombre podía ver más allá de lo que la gente común podía, entre las sombras, silencioso, como una verdadera serpiente.

Sin embargo, y pese a todo el entrenamiento de duelo no fue un total desastre, al menos los Slytherin no lo habían echado a perder. No podía decir lo mismo de los Gryffindor y los Hufflepuff quienes en los primeros veinte minutos casi prenden en llamas el gran comedor. Snape no desaprovechó la oportunidad para gritar a los cuatro vientos como "El señor Malfoy" era el claro ejemplo de un mago digno de llamarse uno, atención que el rubio recibió con la cabeza en alto, ganándose unas cuantas miradas de reproche de los chicos de otras casas. Fue casi al final que Snape decidió que sería buena idea ponerlo a él y a Draco en la tarima principal, Draco era el ejemplo de como hacer las cosas y Harry, bueno, él todo lo contrario. El moreno subió con gesto enojado, sintiéndose humillado pero no atreviéndose a abrir la boca.

—No lo tomes personal —le dijo Draco parándose frente a él, con la varita en ristre. Pero Harry sabía que aquello si era personal.

—No importa —tomó aire y se tranquilizó— ¿listo para perder?

—Este es el desempate —le respondió y Harry sonrió.

Ambos se miraron a los ojos y se apartaron unos cuantos pasos hasta llegar a los extremos opuestos del pequeño escenario. Al sujetar sus varitas con la mano derecha, en las manos de ambos jóvenes resplandecieron las esmeraldas que hacían de ojos a sus anillos en forma de serpiente. Lockhart había dicho que debían esperar a la cuenta de tres, pero ambos eran Slytherin y era una obligación adelantarse a los movimientos del enemigo. Draco disparó antes de que el profesor de defensa dijera dos y Harry se protegió con un escudo mágico. Las chispas volaron por aquí y por allá, ataque y defensa bien empleados por parte de las serpientes. De entre la multitud de estudiantes fascinados solo se podía escuchar ¡Wow! y ¡Ah! y Harry se estaba divirtiendo como en mucho tiempo no lo hacía.

—¡Ríndete Potter! —le decía Draco con una sonrisa en los labios, protegiéndose del ataque de Harry.

—¡Nunca! —le respondió lanzando un hechizo más.

El duelo duró solo un poco más, ambos chicos habían dado una vuelta entera a la pista, Snape parecía realmente ocupado tratando de desviar los encantamientos fallidos del resto de los estudiantes que observaban. Harry no iba a negarlo, estaba luciéndose de más con el único objetivo de demostrar el poder que poseía. Draco lo había notado y había decidido seguirle el juego, estando a la misma altura, dándole batalla y Harry pensó que si debía ser derrotado por alguien, ese alguien debía ser Draco, Draco y nadie más, pues era el único digno de derrocarle en aquel juego infantil.

¡Serpensortia! —exclamó entonces el rubio y del extremo de su varita hubo un estallido. De ella salió una larga serpiente negra que cayó al suelo entre los dos y se erguía, lista para atacar. Todos se echaron atrás gritando y despejaron el lugar en un segundo.

—No te muevas, Potter —dijo Snape sin hacer nada, disfrutando claramente de la visión de Harry, que se había quedado inmóvil, mirando a los ojos a la furiosa serpiente—. Me encargaré de ella...

Harry miró a su mejor amigo quién con ojos indescifrables esperaba a que reaccionara. Harry no supo por qué lo hizo, ni siquiera fue consciente de ello. Sólo percibió que las piernas lo impulsaban hacia delante como si fuera sobre ruedas y que gritaba absurdamente a la serpiente: «¡Abajo!» Y milagrosa e inexplicablemente, la serpiente bajó al suelo, tan inofensiva como una gruesa manguera negra de jardín, y volvió los ojos a Harry. A éste se le pasó la conmoción. Sabía que la serpiente ya no atacaría, aunque no habría podido explicar por qué lo sabía.

Escuchó jadeos en la habitación, Snape le miraba con los ojos desorbitados. El terror que pasó por el rostro de todos los presentes se le quedó gravado en las retinas. La negra serpiente avanzó hasta él y le hizo una reverencia antes de desvanecerse por orden de Draco quién con una sonrisa misteriosa lo tomó de la mano y lo sacó de allí.