Las vacaciones pasaron tranquilamente rápido, sin ningún otro ataque del heredero de Slytherin por el cual preocuparse. Harry estuvo rodeado de sus amigos quienes preocupados habían decidido acompañarlo en caso de que alguien decidiera atacarlo, ya había quedado bastante claro que al heredero le importaba más bien poco deshacerse de los sangre pura y los sangre sucia por igual, Justin, hijo de muggles y Ernie nacido de magos, eran la prueba petrificada, pero viviente de aquello. Y era curioso como los Slytherin, antes segurísimos de que estaban a salvo, ahora habían salido huyendo como cucarachas hacia la seguridad de sus casitas. Solo Draco, Gregory y Vincent habían decidido quedarse con Harry, fieles creyentes de que éste no era el heredero de Slytherin.

Fred, George, Percy, Ginny, Ron y Hermione habían sido los pocos otros amigos quienes se habían quedado con el único propósito de hacerle compañía y protegerlo, aunque era claro que, si alguien corría peligro eran ellos; unos, traidores a la sangre, Hermione, una sangre sucia. Y sin embargo allí habían estado, todos reunidos en el gran comedor la mayor parte del tiempo, con Draco Malfoy especialmente pacífico y un Crabbe y Goyle dispuestos a llevar la fiesta en paz si los leones no osaban meterse con sus líderes.

Y había sido agradable por unos pocos días sentir la tranquilidad, la paz, no solo de la ausencia de gente, si no de problemas. Todo lo contrario a lo ocurrido el año anterior en que Harry había pasado día y noche, junto con Ron, en la biblioteca en busca de algo relacionado al misterio de la piedra filosofal. Y no era que el asunto de la cámara de los secretos no lo tuviera intrigado, era simplemente que estando tan seguro de que nadie se atrevería a atacarlo, había decidido tomarse las cosas con un poco más de clama. Total, Draco tampoco parecía tener demasiada prisa en involucrarse en aquello pese a su afirmativa de descubrir quién era el perpetrador anónimo de todos esos ataques.

Lo único que el moreno necesitó para olvidarse de todo aquello fue que llegara la navidad y recibiera más regalos de los que jamás había recibido en su vida. Las alianzas que había formado desde que inició el curso estaban dando resultado. Chicos y chicas de todos los grados y todas las casas le habían enviado obsequios. Unos más caros que otros pero todos gritaban lo mismo; "Por favor, si eres el heredero de Slytherin, quiero que sepas que estoy de tu lado, no me petrifiques. Y si no lo eres, entonces solo quiero que sepas que te admiro". Y había sido sensacional. La habitación aquella mañana había estado tan repleta de cajas entre lo que Draco había recibido y lo que él mismo había recibido que apenas y se podía andar por la habitación. Ropa muggle y túnicas mágicas, esencias de baño, lociones, artículos de quidditch, revistas, joyas, dulces, bufandas, guantes, sombreros, posters de su equipo favorito de quidditch, plumas, tinta, rollos de pergamino y calcetines. Todo envuelto en cajas con papeles de colores, papeles a secas, moños y pequeñas tarjetitas.

De entre todos aquellos regalos, habían dos que Harry había valorado más que el resto y por razones completamente diferentes. El de Draco, por supuesto; la nueva Nimbus 2001 que le ayudaría a aplastar a Hufflepuff y Ravenclaw en los siguientes partidos y el regalo de los Dursley. Sí, el regalo de los Dursley. Una tarta navideña con glaseado, un calcetín lleno de libras con lo equivalente a veinte galeones, una pijama totalmente nueva, de su talla y perfecta para el invierno, además de una nota de navidad expresándole lo mucho que sentían haber sido tan malos con él y no haberse dado cuenta de lo talentoso que era. Por supuesto, junto a todo aquello, había una finísima capa de chismeare gris para Draco, junto una nota de disculpa por su comportamiento durante el verano en que se portaron "nada educados"

Aquello les regaló a ambos muchachos horas y horas de carcajadas sofocadas y dolores de estómago. Harry pensaba, ahora más que nunca, en lo patéticos que eran sus tíos, quienes después de haberlo odiado por ser diferente, ahora se arrastraban a sus pies por el simple hecho de codearse con gente como Malfoy; ricos, poderosos y elegantes. Sin embargo, cuando el momento de diversión pasó, Harry no pudo evitar sentir repugnancia hacia ellos. Tantos años intentando ganarse su cariño, su comprensión, aquella por la que jamás debió haber rogado y resultó que al final solo le bastó un año de buenas relaciones para saberse tan consentido como Dudley quién seguramente debía estar haciendo una rabieta en aquel instante.

Sentía que comprendía después de todo un poquito a Salazar Slytherin cuando decidió que los suyos no debían codearse con Muggles. Hogwarts era un refugio, un refugio para gente como él, gente especia, fantástica e incomprendida, gente que allá, en el mundo muggle sería repudiada. El mundo jamás hubiera entendido a alguien como Harry, tan poderoso que a veces le costaba trabajo controlarse a sí mismo. Los Dursley jamás habían tenido intenciones de ponerse en su lugar, de saber lo que era ser huérfano, no tener amigos, que olviden tu cumpleaños cada año, que no te dejen mirar ni una sola fotografía de tus padres. Ellos jamás habían intentado comprenderlo cuando cosas extraordinarias pasaban a su alrededor, como aquella vez que su tía le cortó el cabello a la fuerza y en tan solo en una noche volvió a la normalidad, o la vez que Dudley, junto con sus amigos, le perseguían para darle una paliza y mágicamente había aparecido en el techo del colegio.

Lo único que había recibido de ellos a causa de su magia habían sido castigos; días sin comer, con solo un cambio de ropa limpia a la semana, siendo su elfo doméstico las veinticuatro horas al día. Viendo pasar año con año como Dudley conocía el mundo entre salidas al cine y al parque de diversiones, mientras él se quedaba al cuidado de su vecina, quién siempre amable le dejaba incluso mirar la televisión, cosa que con los Dursley era imposible. Y Harry creía que, de no haber llegado Draco a su vida probablemente las cosas seguirían igual, él hubiera agachado la cabeza por el resto de su vida, aceptando que en aquella casa no era más que un estorbo. Hasta, claro estaba, que se cansara de aquello y se hubiera deshecho de ellos con magia y con riesgo de terminar en Azkaban.

Estaba ansioso por volver a la casa de sus tíos por primera vez en mucho tiempo, solo para jugar un ratito a "Draco dice que..." y "Narcissa dice que..." y atormentarlos unos cuantos días, hacerlos sentir avergonzados de los que eran, unos muggles sin importancia, ruines y egoístas. Y luego, marcharse por supuesto a Malfoy Manor, muy lejos de ellos, a un lugar donde lo trataban como se merecía, a pasar el rato con la persona viva que más quería, volar de nuevo sobre los jardines de la mansión, aprender a nadar en el lago, explorar una vez más la basta biblioteca de los Malfoy, tener charlas interesantes y profundas con Lucius Malfoy, tomar el té y hablar sobre sobre política con Narcissa, pasar noches enteras durmiendo con Draco, mirando las constelaciones que gloriosas se mostraban sobre el despejado cielo de Wiltshire.

Para cuando llegó febrero, algunos estaban tan convencidos de que el heredero había desaparecido que las cosas casi habían regresado a la normalidad. Ni un ataque más, las pesadillas de Harry eran cada vez menos, la voz en las paredes no se había aparecido ni una vez y Draco parecía haberse recuperado casi por completo del desequilibrio mágico que casi le había costado su lugar en el equipo de quidditch de su casa. Ya no se mareaba repentinamente por los pasillos, parecía que sus paseos por la noche a falta de sueño se habían terminado, comía mucho mejor y gracias a todo eso su humor había mejorado. Aunque ciertamente aún se comportaba un poquito imprudente con todo aquel que amenazaba su integridad o la de su mejor amigo Harry, aunque halagado, moría de ganas de recuperar al viejo Draco, discreto como una serpiente, astuto y silencioso.

—¿Draco? —le preguntó Harry a Draco al ver que no le estaba prestando atención, demasiado sumergido en sus pensamientos.

—¿Disculpa? —preguntó taciturno. Harry frunció el ceño—. No te he escuchado, lo siento.

—Que si estás listo para ir a cenar —repitió observándolo detenidamente. Aquella tarde su amigo se había portado especialmente silencioso y Harry temía que hubiera recaído en su enfermedad.

—La verdad es que no tengo ganas de ir al gran comedor —le respondió echándole una mirada a su escritorio, gesto que Harry imitó, pero entre el montón de cosas que tenía allí regadas (algo nada común en Draco) no adivinó que era lo que miraba—. ¿Por qué no vas a cenar con Granger y Weasley? Yo me quedaré a descansar un poco.

—¿Seguro que te sientes bien? —le preguntó esperando la mentira.

—Sí, claro, solo tengo un poco de sueño —y ahí estaba.

Harry lo vio quitarse los zapatos y sin molestarse en ponerse el pijama se acostó en su cama, dándole la espalda. El moreno quiso insistir, decirle algo más pero simplemente no encontró las palabras y terminó por marcharse, tal vez si llegaba antes que todos podría robar unos cuantos cupcakes de zarzamora y un vaso de leche para su amigo quién seguramente se despertaría a media noche muriendo de hambre.

El camino al gran comedor lo hizo acompañado de Zabini y Nott quienes no dejaron de parlar sobre el grandioso entrenamiento del día anterior. No era que a Harry le desagradaran aquellos chicos, ambos eran inteligente y hábiles, pertenecían a familias importantes y parecían realmente dispuestos ser sus secuaces ahora que Draco había demostrado confiar plenamente en él. Ambos eran interesantes, sí, pero Harry creía que también eran algo... cortos. Ninguno había demostrado tener la habilidad de Draco para la palabra, ni su sentido de la grandeza, ninguno de los dos apuntaba demasiado alto y eran, hasta cierto punto conformistas. No eran fáciles de manipular, muy pocos Slytherin lo eran, pero Draco ya les tenía tomada la medida y para él no significaba mayor esfuerzo. Y si Draco lograba hacerse con un par de aliados (como ese par), automáticamente eran aliados de Harry.

Al llegar se despidió de ellos cortésmente y se dirigió a la mesa de Ravenclaw donde una Hermione recién salida de la enfermería estaba esperando. Había tenido un accidente con un caldero durante pociones y había estado internada un par de días. Ron se le unió poco después y los tres cenaron en aquella mesa, charlando y bromeando sobre los resultados del siguiente partido de Gryffindor contra Hufflepuff. Ginny intentó unirse a la charla por un momento, aprovechando que su amiga, Luna Lovegood pertenecía a Ravenclaw igual que Hermione.

Harry no se perdió las miradas pizpiretas que la chica le lanzó, aunque ésta no parecía muy consiente de estarlo haciendo, ni de eso, ni de los suspiros cada que él se reía de algún chiste dicho por Ron, o de las veces que le miraba por más de tres segundos, con las mejillas sonrosadas. Sin embargo, cuando Harry la miraba directamente, ella simplemente desviaba la mirada, apresurada y nerviosa, casi temblando, intentando regresar a la charla de Luna sobre solo Merlín sabía que. Parecía que los sentimientos de Ginny por Harry había sido notado por todos en la mesa, y en las otras mesas también, pero nadie dijo absolutamente nada, ni si quiera Ron quién no sabía si disculparse con su amigo o pedirle que le correspondiera a su pobre hermanita.

Al término de la cena, tal cual había prometido, Harry tomó algunos panqués de zarzamora y un vaso de leche al que encantó para que el líquido no se derramara y lo metió todo en su morral. Hermione les pidió que la acompañaran a la biblioteca y los dos muchachos aceptaron, Harry porque estaba interesado en un libro nuevo sobre criaturas mágicas, y Ron para no tener que volver a su sala común y que Ginny comenzara con el interrogatorio sobre "Harry Potter". Los tres chicos recorrieron el castillo entre pasillos hasta llegar a su destino.

Al salir de la biblioteca los tres comenzaron a despedirse, se detuvieron un momento más porque Hermione le preguntó a Harry sobre la tarea de defensa contra las artes oscuras y entonces lo escucharon, un llanto, el llanto de una niña. Era tan fuerte que los tres se preguntaron cómo es que nadie más salía a ver lo que estaba ocurriendo. Rápidamente los tres caminaron lentamente hasta el segundo piso, el llanto provenía del baño de niñas, el baño de Myrtle la llorona.

—Probablemente solo sea Myrtle —aseguró Hermione— llora por todo, todo el tiempo, por eso nunca usamos este baño.

—¿Pero por qué el pasillo está lleno de agua? —preguntó Harry levantándose la túnica inútilmente, ya estaba empapada.

—...No ocurrió lo mismo cuando... —preguntó Ron entonces.

Los tres se miraron, recordando el ataque al conserje que nadie extrañaba y su gatita. Entraron a gran velocidad hacia el baño, sin importarles demasiado a los muchachos que fuera el baño de chicas. Dentro, el desastre de agua era todavía peor que en el pasillo. Myrtle la Llorona estaba llorando, si cabía, con más ganas y más sonoramente que nunca (o eso afirmaba Hermione). Parecía estar metida en su retrete habitual. Los aseos estaban a oscuras, porque las velas se habían apagado con la enorme cantidad de agua que había dejado el suelo y las paredes empapados.

—¿Qué pasa, Myrtle? —inquirió Hermione.

—¿Quién es? —preguntó Myrtle, con tristeza—. ¿Vienes a arrojarme alguna otra cosa?

Hermione fue hacia el retrete y le preguntó:

—¿Por qué tendría que hacerlo?

—No sé —gritó Myrtle, provocando al salir del retrete una nueva oleada de agua que cayó al suelo ya mojado—. Aquí estoy, intentando sobrellevar mis propios problemas, y todavía hay quien piensa que es divertido arrojarme un libro...

—Pero si alguien te arroja algo, no va a dolerte —intervino Harry, bastante desentendido de sus emociones—. Quiero decir, que simplemente te atravesará, ¿no? —Myrtle se sintió ofendida y chilló:

—¡Vamos a arrojarle libros a Myrtle, que no puede sentirlo! ¡Diez puntos al que se lo cuele por el estómago! ¡Cincuenta puntos al que le traspase la cabeza! ¡Bien, ja, ja, ja! ¡Qué juego tan divertido, pues para mí no lo es!

—Pero ¿quién te lo arrojó? —le preguntó Ron, intentando cambiar de tema.

—No lo sé... Estaba sentada en mi retrete, pensando en la muerte, y me dio en la cabeza —dijo Myrtle, mirándoles—. Está ahí, empapado.

Harry, Hermione y Ron miraron debajo del lavabo, donde señalaba Myrtle. Había allí un libro pequeño y delgado. Tenía las tapas muy gastadas, de color negro, y estaba tan humedecido como el resto de las cosas que había en los lavabos. Harry se quedó sin aire al reconocer aquel objeto, el diario de Draco. Harry se acercó para cogerlo, pero Ron lo detuvo con el brazo.

—¿Qué pasa? —preguntó Harry, temeroso de que algo en su expresión revelara la preocupación que sentía. No entendía por que Draco se desharía de aquella manera de su diario, a menos, por supuesto, de que alguien hubiera osado robarlo y luego deshacerse de la evidencia. Una tontería, claro estaba, nadie se atrevería a jugarle tal broma. Pero entonces... ¿por qué?

—¿Estás loco? —dijo Hermione—. Podría resultar peligroso.

En su estado de shock había olvidado la regla número uno en el mundo de los magos; existían objetos realmente peligrosos que, con un solo toque, podían acabar contigo. Derretirte los ojos, envenenarte, pulverizarte las manos. Que idiota y descuidado... Se alegraba de tener amigos tan precavidos como los que tenía, Draco hubiera hecho muy mala cara de haberle pillado a punto de sujetar un objeto sumamente extraño, abandonado a la mitad de un baño inundado, en un colegio donde, hasta el momento habían cuatro personas petrificadas y un gato.

Cerró los ojos, colocando la mano a solo unos cuantos centímetros de distancia de la tapa principal, toda la magia que emanaba decía "Draco Malfoy" como sello personal, sin embargo, al notar que no había nada más, al menos algo que terminara dejándole sin brazos, abrió los ojos y lo tomó. Sus amigos le miraban con la boca abierta.

—¿Puedes sentir la esencia mágica de las cosas? —preguntó Ron y Harry se encogió de hombros, como restándole importancia —Muy pocos pueden hacerlo... en mi familia solo Bill... pero dicen que es algo con lo que naces...

—Aprendí durante el verano —respondió mirando la cubierta de piel negra. Allí, en una esquina, grabado se encontraba algo. Leyó: —T.M. Riddle...

—Yo lo conozco... —dijo Ron, que se había acercado con cuidado y miraba por encima del hombro de Harry—, ese nombre me suena... T.M. Riddle ganó un premio hace cincuenta años por Servicios Especiales al Colegio. —Hermione y Harry lo miraron asombrados, jamás habían oído hablar de aquel tipo. La primera y única vez que Harry tuvo en manos aquella libreta no había notado aquel detalle. Se preguntó si Draco lo habría hecho.

—¿Y cómo sabes eso? —preguntó Harry, mortalmente serio.

—Lo sé porque McGonagall me hizo limpiar su placa unas cincuenta veces cuando me castigaron la semana pasada —dijo Ron con resentimiento—. Si te hubieras pasado una hora limpiando un nombre, tú también te acordarías de él.

Harry separó las páginas humedecidas. Estaban en blanco. No había en ellas el más leve rasto de escritura, ni siquiera porque había visto a Draco pasar horas enteras trazando frases y palabras sobre aquellas páginas.

—No llegó a escribir nada —dijo Hermione, decepcionada.

—Me pregunto por qué querría alguien tirarlo al retrete —dijo Ron con curiosidad.

Harry se preguntaba lo mismo. ¿Por qué Draco querría deshacerse de algo a lo que al parecer le había tomado tanto cariño? Potter rara vez le veía sin él. Siempre lo cargaba en el morral y si ese no era el caso, sabía que podía encontrarlo en la mesita junto a la cama. Draco había esperado pacientemente a que Harry se marchara a cenar, mintiéndole sobre sentirse cansado y esas cosas. No se había quedado en cama, se había escabullido fuera de los dormitorios y había llegado hasta aquel baño que todos sabían estaba abandonado, para deshacerse de aquel objeto que a Harry siempre le pareció tan misterioso.

Sabía que probablemente debía compartir con Ron y Hermione quién era el dueño de aquel objeto, sin embargo le daba pánico que algo malo estuviera ocurriendo y abrir la boca metiera a su mejor amigo en problemas. No sabía si confiar en Draco era seguro, no sabía absolutamente nada, solo que Malfoy se había estado comportando demasiado extraño los últimos meses como para dejar pasar algo como eso. La cuestión era encararlo o no. De hacerlo ¿le diría la verdad? No estaba seguro. Tal vez lo mejor era observarlo, asegurarse de estar pisando terreno firme. Era probable que el diario tuviera algún encantamiento de ocultamiento, si lograba revocarlo, tal vez descubriría lo que contenía, la razón por la que Draco había buscado de manera desesperada —y absurda— deshacerse de él.

Se despidió de sus amigos quienes habían prometido buscar algún método para revelar información de ese tipo de libretas. Era una libreta muggle, por lo que era seguro que cualquier hechizo que tuviera encima, sería fácil de remover. Harry se detuvo en seco justo cuando llegó a la puerta de su dormitorio. ¿Por qué Lucius Malfoy le había regalado una libreta muggle? ¿No había dicho Draco que había pertenecido a su familia o algo así? ¿Desde cuándo los Malfoy, sangre pura, eternos enemigos de los no mágicos adquirían objetos como esos?

Abrió la puerta, no esperaba encontrar a Draco dormido, pero lo estaba. Dormía como nunca antes lo había visto dormir, completamente rendido sobre el colchón, como si nada más acercarse se hubiera dejado caer, deshaciendo la cama entera. Su semblante, relajado y pacífico, las ojeras debajo de sus ojos habían desaparecido casi por completo y respiraba por la boca, manteniéndola entre abierta.

Harry se quedó estático junto a la puerta, no muy seguro de que hacer, todo era un desastre, él era un desastre. Finalmente cerró la puerta detrás de él y suspirando decidió que lo mejor era tomar una ducha e irse a dormir. Al salir se colocó el pijama y se secó el cabello de manera desatendida. Miró a Draco una vez más y suspiró. Se acercó hasta su cama y le tapó con las cobijas, causando que éste soltara un pequeño ronquido, que más que ronquido sonó como el ronroneo de un gato.

Justo cuando el pelinegro se dirigía a su cama para descansar y olvidarse un momento de aquel enredo, sonido de papel crujiendo desde sus pies le llamó la atención. Dirigió la mirada hacia sus pies descalzos, había pisado lo que parecía una nota, una carta que Draco había estado sujetando antes de caer dormido. Se agachó y la recogió, pero justo cuando iba a dejarla sobre su mesita de noche decidió que, aunque no le gustara la idea tenía que leerla. Draco no le ocultaría nada más.

Querido Draco,

Lamento no poder ayudar a saciar tu curiosidad repentina sobre la cámara de los secretos, no hay nada que pueda decirte sin comprometer tu integridad, si supieras demasiado la gente podría comenzar a señalarte y aquello sería contraproducente para nuestro apellido.

Lo único que puedo contarte, y aun así te pido total discreción, es que la cámara fue abierta hace cincuenta años, antes incluso de que yo ingresara a Hogwarts como alumno, el director en turno tuvo mucho cuidado de mantenerlo en secreto, tal cual Dumbledore lo está haciendo en este momento, una chica murió, no era de menos que no quisieran que se supiera lo que de verdad estaba ocurriendo. De todas formas no fue una gran pérdida, una sangre sucia cualquiera.

Confío en tu criterio y en que sabrás mantenerte al margen de todo, que dejarás que el heredero de Slytherin se encargue de todo sin mezclarte en nada. Nuestra sociedad necesita ser purificada, necesita deshacerse de aquellos que manchan nuestro linaje.

Espero tener noticias tuyas pronto, Lucius.

Harry miró la nota con detenimiento, Lucius como siempre era demasiado inteligente como para dejar que su hijo se viera involucrado, si algo salía mal y el heredero era atrapado lo mejor era no verse envuelto en nada. Sin embargo, el claro odio de Lucius Malfoy por los que no eran puros de sangre no le sorprendió en lo más mínimo, lo que le tenía rígido como una roca, de pie, frente a la cama de su amigo era aquella pequeña información que le había sido revelada sin querer. La cámara de los secretos había sido abierta cincuenta años atrás y en su morral tenía, justamente un diario cuyo propietario, había recibido una placa por servicios al colegio, más o menos al mismo tiempo.

¿Sería posible que ese tal Riddle hubiera desenmascarado al heredero y aquello le hubiese valido la condecoración? Era probable pero... ¿Por qué Lucius Malfoy había tenido en su posesión tal objeto? ¿Y por qué se lo había dado a él? ¿Algún tipo de señal para el heredero?

Miró a Draco una vez más, pero seguía sin entender por qué había deseado deshacerse del diario. Tal vez había descubierto la verdad y obedeciendo a su padre se deshizo de toda evidencia que lo vinculara al heredero... Tal vez Draco era el heredero...

Sacudió la cabeza, imposible, Draco no podía ser el heredero. Había algo más, algo que se le estaba escapando y que iba a averiguar por su cuenta, seguro de que Malfoy no abriría la boca solo para no perjudicar a su padre.