Harry se mantuvo rígido junto a Draco quién con mala cara clavaba sus grises orbes en Ginny Weasley, una multitud se había reunido alrededor de ellos, por el escándalo que el enano disfrazado de querubín había hecho para llamar la atención de Potter. Las risas nada discretas se estaban haciendo presentes. Harry, rojo de la vergüenza por ser el centro de atención por una razón tan vergonzosa estaba alcanzando unos niveles de enojo e indignación que pocas veces había experimentado y Draco no lucía mucho mejor que él.
—Tiene los ojos verdes como un sapo en escabeche y el pelo negro como una pizarra cuando anochece. —dijo la criatura con voz chillona a forma de canto y las risas terminaron por explotar en aquel corredor
Harry no lo soportó mucho más y con aire digno se dio la vuelta, dispuesto a marcharse y no escuchar ni una frase más de aquel ridículo poema, canción o lo que sea que fuese. Era horrible, era humillante y sobre todo ridículo. Él era el gran Harry Potter, vencedor de señores tenebrosos y el líder más joven que Slytherin hubiese tenido nunca, no quería ni imaginarse lo que sus compañeros de casa dirían de encontrarse con semejante escena, una cosa era una carta, como las muchas que había recibido aquella mañana por San Valentín, otra cosa los chocolates, pero aquello... aquello no tenía nombre, Merlín y Salazar lo sabían.
—¡Párate! —gruñó el enano, aferrando a Harry por la bolsa para detenerlo.
Había caminado solo un par de metros, con Draco a su lado con la expresión más seria que jamás le hubiese visto nunca. De aquella manera se parecía tanto a su padre que era imposible no inclinar la cabeza en señal de respeto. Sin embargo, Harry estaba más ocupado mirando al enano con todo el odio que le fue capaz mientras éste tiraba de su bolso y de camino, regaba las cosas que traía dentro. Cosas que se mancharon de tinta roja de su tintero que se había quebrado al dar contra el suelo. ¡Que falta de respeto!. Pensaba Harry. ¡Soy el príncipe de Slytherin, no su bufón!.
— Tiene los ojos verdes como un sapo en escabeche y el pelo negro como una pizarra cuando anochece —repitió el enano, una que vez que aseguró de que Harry no escaparía—. Quisiera que fuera mío, porque es glorioso, el héroe que venció al Señor Tenebroso.
Para ese momento todos los chicos habían salido de sus aulas solo para ver al gran Harry Potter en aquella situación tan bizarra. Risas estruendosas invadían todo el corredor y Harry, explotando como jamás, dejó fluir su magia. Los cristales de las ventanas vibraron, la furia era palpable en el aire helado que nada tenía que ver con la naturaleza. Y todos se quedaron en sepulcral silencio, como si de repente hubieran recordado de quién se estaban riendo.
Draco levantó la nariz con gesto de desagradable superioridad mientras Harry recogía sus cosas con un movimiento de varita, percatándose por primera vez de que el diario, que había pertenecido a Draco, había caído al suelo junto al resto de sus cosas. Cuando todo estuvo a salvo dentro de su morral miró al rubio, pero al no notar alteración en su comportamiento llegó a la conclusión de que posiblemente no se había percatado de nada. Aquello era un real alivio, Harry no quería, ni podía dar explicaciones en aquel momento, no quería estar bajo la mirada de su amigo, no cuando Harry ya había puesto a Draco bajo la suya, sospechando e intuyendo un montón de cosas que no había podido comprobar a falta de pruebas y vaya que había sido observador. Sin embargo era obvio que, o Draco era muy bueno simulando, o simplemente no ocultaba nada y Harry cada día se encontraba más desesperado por debelar aquel misterio.
—Patético —dijo entonces Draco y Hrry levantó la vista para encontrarse con Ginny muy cerca de ellos, con las mejillas encendidas de vergüenza. —Sin clase, absolutamente desagradable. ¿Qué intentabas, niña? ¿Avergonzar a Harry con tu patética dedicatoria? —bufó molesto—. No vuelvas a intentar algo similar o tendré que maldecirte.
Ginny se tapó la cara con las manos y entró en clase corriendo. Dando un gruñido, Ron, quién había salido de una de las aulas para observar el desastre que había tomado forma en el pasillo, sacó su varita mágica, dispuesto a maldecir a Draco por haber hecho llorar a su hermanita, pero Harry se la quitó con un encantamiento de desarme, tan serio que Ron no se atrevió ni si quiera a abrir la boca para replicar. Harry le devolvió su varita después de que Percy Weasley le regañara por usar magia en los pasillos usando su posición como prefecto y se marchó a su propia clase, la de encantamientos, solo para percatarse de que algo extraño había ocurrido; el diario de Riddle estaba impecable, la tinta le había caído encima al igual que el resto de sus cosas, pero se había mantenido intacto.
Aquella noche, haciendo acopio de toda la información sobre la cámara que había logrado reunir a lo largo de los meses, se sentó en su cama y cerró las cortinas, pidiendo silenciosamente algo de privacidad a la que Draco accedió tan sencillo que hasta desapareció de la habitación, seguramente había ido a pasar el rato junto a Zabini o Parkinson.
Los libros sobre criaturas mágicas se encontraban abiertos de par en par a su alrededor, justo en las páginas que mostraban las criaturas que podían petrificar a su víctima, también habían unos cuantos libros de la sección prohibida —robados por supuesto, con ayuda de su capa— que hablaban sobre la cámara de los secretos y finalmente, justo frente a él, el diario, abierto por la mitad, presumiendo sus blancas páginas.
Harry lo miró en silencio, tratando de procesar todo. Cerró los ojos y trató de unir todo mentalmente, pero como siempre, algo se le escapaba, era un detalle pequeñísimo, pero de suma importancia, algo que no estaba mirando. Suspiró pesadamente, no tenía idea de cuánto tiempo llevaba en eso y tampoco importaba, pensaba que rendirse era lo mejor, sin embargo que los Malfoy estuvieran involucrados le hacían sentirse curioso y aquella era la única razón por la que no claudicaba. Como último recurso tomó una pluma y remojándola en tinta escribió:
«Mi nombre es Harry Potter.» Las palabras brillaron un instante en la página y desaparecieron también sin dejar huella. Entonces, casi inmediatamente después otras palabras comenzaron a dibujarse en la superficie de la página.
«Hola, Harry Potter. Mi nombre es Tom Riddle. ¿Cómo ha llegado a tus manos mi diario?»
«Alguien intentó tirarlo por el retrete.»
«Menos mal que registré mis memorias en algo más duradero que la tinta. Siempre supe que habría gente que no querría que mi diario fuera leído.»
«¿Qué quieres decir?», escribió Harry, fascinado por cómo se estaban dando las cosas.
«Quiero decir que este diario da fe de cosas horribles; cosas que fueron ocultadas, cosas que sucedieron en Hogwarts; Cosas relacionadas con la cámara secreta». El corazón le latía violentamente, extasiado, por fin recibiría respuestas.
«¿Qué sabes sobre ello?». Preguntó con manos temblorosas, tanto que la tinta manchaba casi toda la hoja y las letras se emborronaban.
«Te lo mostraré». Le respondió y Harry fue arrastrado por una especie de magia hacia una memoria que no le pertenecía.
—Sigues despierto— dijo Draco entrando a la habitación con gesto somnoliento. Trayendo a un Harry en shock hacia la realidad—. Aún falta demasiado para los exámenes, no tienes por qué matarte demasiado —le dijo con gesto neutro antes de entrar al baño y que el sonido de agua cayendo se hiciera presente.
Solo entonces Harry pudo procesar todo lo que Riddle le había mostrado; un chico huérfano, hijo de una bruja y un muggle, héroe anónimo del colegio por haber detenido a aquel que había abierto la cámara de los secretos... Rubeus Hagrid a quién Harry le conocía muy bien esa afición por hacerse de criaturas peligrosas como si se trataran de cachorritos. Tal cual había leído en la carta de Lucius a Draco, un alumno había muerto y otros tantos habían sido atacados, Hogwarts habría cerrado sus puertas de no haber sido por Tom Riddle, quién había descubierto la verdad y solo la había revelado para no tener que volver al orfanato durante el verano. Y Harry no lo culpaba, él habría hecho lo que fuese el año pasado por no tener que volver durante el verano con los Dursley.
Sin embargo, habían dos cosas que no le habían quedado del todo claras, la primera de ellas, era que el monstruo de la cámara parecía alguna especie de araña gigante, muy similar a una acromántula, pero Harry no conocía a ninguna araña mágica que pudiera petrificar a sus víctimas. Todas ellas eran letales, sus mordidas te mataban casi al instante por el veneno y si tenían la oportunidad de devorarte, lo hacían, no te dejaban allí, petrificado a la mitad del pasillo.
La segunda de aquellas dudas que aún le quedaban era Lucius Malfoy y su papel en todo aquel embrollo. Después de la visión que Tom le mostró, no habló más pese a que Harry preguntó y en la visión no había ni un solo Malfoy que se hubiera involucrado. Sabía que Riddle había sido un Slytherin, había visto el emblema en su túnica del colegio, era posible que hubiese dejado su diario en Hogwarts y que el patriarca Malfoy lo encontrara mucho después y se adueñara de él, pero Harry no pensaba que fuese una casualidad que justo cuando la cámara había sido abierta de nuevo el diario hubiese regresado a Hogwarts. Además estaba el hecho de que Lucius parecía genuinamente interesado en que le heredero de Slytherin hiciera de las suyas. Pero aquello era una contradicción, si Lucius hubiera querido que todo siguiera en pie, no le habría entregado el diario de aquel que había detenido a Hagrid.
Para él nada tenía sentido, o Riddle estaba mintiendo, o Lucius Malfoy en realidad no era tan racista como todos decían que era.
Fue el día en que Slytherin se enfrentó a Ravenclaw que las cosas comenzaron a salirse de control, alguien había irrumpido en la habitación de Harry y Draco y habían robado el diario de Tom, dejando la habitación como si un huracán hubiera tenido lugar dentro. Draco había estado furioso, habían roto todos sus frascos con ingredientes para pociones en su paso por encontrar lo que sea que estuviesen buscando, pues Harry jamás le reveló lo que hacía falta, y habían destrozado su escoba de carreras.
Ambos muchachos estaban conscientes de que, quien fuera el que había hecho tales destrozos debía ser un Slytherin o algún profesor con autoridad de irrumpir en la sala común. Harry había estado a punto de acusar a Snape, al menos mentalmente, pues todo el año había permanecido extrañamente tranquilo, sobre todo después de haber descubierto que hablaba párcel. Sin embargo era posible que se tratara del mismísimo heredero de Slytherin tratando de borrar l única evidencia de sus fechorías. Harry se preguntó si Hagrid tendría acceso a las salas comunes, él pensaba que era improbable.
Ginevra Weasley apareció petrificada muy cerca de la torre de Gryffindor esa misma noche.
[...]
—Sé que lo hiciste tú, Hagrid —le encaró el pelinegro nada más el hombre abrió la puerta de la cabaña—. Sé que has robado el diario de mi habitación y que le has hecho algo a Draco para que no diga nada de lo que sabe, lleva días enteros en la enfermería, semiinconsciente por la fiebre y quiero que lo detengas, ahora.
—¿Harry? Yo... ¿de qué hablas? —le preguntó con genuina duda.
—Deja de mentir ¿no te bastó con ser expulsado? ¿ahora quieres ser despedido también? No seas tonto Hagrid, detén esto ahora o iré a contarle a Dumbledore todo lo que sé —amenazó, esperando a que con ello bastara para sacarle información.
—Yo no abrí la cámara de los secretos —se defendió, bastante ofendido— ni ahora, ni antes, ese Tom Riddle, él... —entonces unas voces provenientes de los terrenos, acercándose le detuvieron— Oh no...
—¿Qué sucede? —preguntó el pelinegro colocándose la capa de invisibilidad encima.
—El ministro y Dumbledore vienen a por mí... ellos creen que... Lucius Malfoy él... escucha Harry, no hay tiempo, ve tras arañas, el rastro comienza justo en la parte trasera de la cabaña, dile a Aragog que yo te he enviado.
Harry corrió de vuelta al castillo en busca de Ron y Hermione, necesitaba ponerlos al corriente, necesitaba de su ayuda para avanzar en aquel juego que parecía haberse complicado, sin embargo, pronto descubriría que Hermione no participaría en aquella aventura; había sido encontrada petrificada cerca de la biblioteca, junto a Ginny Weasley.
El consejo de padres, dirigido por Lucius Malfoy pidió entonces la renuncia de Dumbledore, y sin él por el castillo no había chico o adulto que no temiera lo peor.
Harry había dejado de ser, para todo el mundo, el culpable de los ataques, nadie lo había creído capaz de haber atacado a Hermione o a la hermana menor de Ron, quién cuando escuchó todo lo que Harry sabía sobre la cámara, no dudó en ayudarlo a terminar con todo, temiendo por su hermana y el resto de su familia, parecía que ya nadie estaba a salvo.
[...]
—Aragog —dijo Harry con voz imponente, irguiéndose lo más que pudo ante aquella criatura. —Hagrid nos ha enviado, está en problemas y cree, al parecer, que tú puedes ayudarlo.
—Hagrid nunca ha enviado hombres a nuestra hondonada —dijo despacio—. ¿Por qué les ha enviado?
—Creen que ha abierto la cámara de los secretos, de nuevo, hay estudiantes en peligro, justo ahora, me temo, se encuentra en Azkaban.
—Él nunca abrió tal cámara y yo no soy el monstruo que la habita. Yo no nací en el castillo. Vine de una tierra lejana. Un viajero me regaló a Hagrid cuando yo estaba en el huevo. Hagrid sólo era un niño, pero me cuidó, me escondió en un armario del castillo, me alimentó con sobras de la mesa. Hagrid es un gran amigo mío, y un gran hombre. Cuando me descubrieron y me culparon de la muerte de una muchacha, él me protegió. Desde entonces, he vivido siempre en el bosque, donde Hagrid aún viene a verme. Hasta me encontró una esposa, Mosag, y ya ven cómo ha crecido mi familia, gracias a la bondad de Hagrid. Por respeto a él nunca ataqué a nadie, el cuerpo de la muchacha asesinada fue descubierto en los aseos. Yo nunca vi nada del castillo salvo el armario en que crecí. A nuestra especie le gusta la oscuridad y el silencio. Lo que habita en el castillo es una antigua criatura a la que las arañas tememos más que a ninguna otra cosa, nunca lo nombramos.
Harry sintió como algo se encendía dentro de su cabeza, por fin comprendía todo, el monstruo, la cámara, Tom Riddle, Lucius Malfoy y Draco...
—Debemos volver al castillo —dijo Harry a su pelirrojo amigo quién, aunque se mostraba envalentonado, en realidad temblaba de miedo interiormente.
—Yo creo que no —dijo entonces Aragog y sus hijos comenzaron a acercarse hacia los muchachos— Nosotros no atacamos a Hagrid pero... no puedo negarles a mis hijos carne fresca cuando se acerca con su propia voluntad.
—Yo creo que no —dijo Potter entonces, en pársel, haciendo que las arañas retrocedieran aterrorizadas —Y partir de ahora, si no quieren tener al monstruo de la cámara rondando por aquí van a considerarme su amigo también —sonrió cuando Aragog soltó un gruñido afirmativo— buen chico —levantó la varita, iluminando aquella zona del bosque excesivamente y tomando a Ron del brazo lo sacó de allí.
[...]
A finales de curso el quidditch ya había sido cancelado, así como los paseos por los pasillos después de clase, todos los almuerzos se tomaban en las salas comunes y los profesores hacían rondas de seguridad por todo el castillo, ni si quiera los prefectos tenían permitido salir de sus habitaciones. Sin Dumbledore, las cosas parecían un perfecto caos y Harry sabía que lo era.
De las muchas bestias pavorosas y monstruos terribles que vagan por nuestra tierra, no hay ninguna más sorprendente ni más letal que el basilisco, conocido como el rey de las serpientes. Esta serpiente, que puede alcanzar un tamaño gigantesco y cuya vida dura varios siglos, nace de un huevo de gallina empollado por un sapo. Sus métodos de matar son de lo más extraordinario, pues además de sus colmillos mortalmente venenosos, el basilisco mata con la mirada, y todos cuantos fijaren su vista en el brillo de sus ojos han de sufrir instantánea muerte. Las arañas huyen del basilisco, pues es éste su mortal enemigo, y el basilisco huye sólo del canto del gallo, que para él es mortal.
Leyó de nuevo aquel párrafo, sin entender como durante tanto tiempo se le había pasado revisar su propio ejemplar de "Animales fantásticos y donde encontrarlos" de primer año. Tal vez debió haberse dado cuenta antes, pero lamentarse ya no tenía sentido.
Pasó el resto de su receso buscando en le habitación el diario de Riddle, sin resultado alguno, como todas aquellas veces que lo había intentado. Suspiró cansado, pensando en que lo mejor sería hablar con McGonagall, acción de la que se había abstenido principalmente para no meter a su mejor amigo en problemas. Sin embargo ahora las cosas se le habían salido de las manos, no podía jugar al héroe cuando su mejor amigo estaba en riesgo y todo porque no había podido verlo antes.
Y estaba furioso, furiosos consigo mismo y con Draco por haber antepuesto el honor de su despreciable padre por sobre su integridad. Harry ya imaginaba que aquella era la única razón por la que su mejor amigo no había abierto la boca. Draco ya se lo había dicho una vez, los Malfoy solo se eran fieles a ellos mismos, a su familia, aunque esto implicara que el resto del mundo callera a su alrededor. Y Harry se sentía celoso, celoso de no poder tener una familia a la cual defender con uñas y dientes hasta la muerte, pero sobre todo se sentía celoso de no tener un lugar tan importante en la vida de Draco. Se carcomía en furia cada que imaginaba que, de haber sido una víctima del monstruo de la cámara, Draco hubiese callado para proteger a su progenitor, cuyo único propósito al entregarle el diario había sido hacerle sucumbir, sin imaginarse que sería su hijo quién terminaría bajo el control del mismo Voldemort, un Voldemort joven, pero no por eso menos astuto.
Humillado era algo que no le describía por completo, se sentía completamente estúpido por no haberlo visto venir, se sentía estúpido por que Voldemort había demostrado ser superior a él. Harry había estado tan ocupado entrenando mágicamente que había olvidado aquello que mejor caracterizaba a los Slytherin, la astucia.
Llegó hasta la sala de los profesores donde la puerta estaba entreabierta, pensó en que después de ello podría ir a la enfermería y asegurarse de que Draco estaba estable, pues a pesar de su enojo seguía siendo para él su mejor amigo. Se detuvo frente a la puerta, dispuesto a tocar, pero la voz de Minerva McGonagall le detuvo, al parecer dentro estaban teniendo algún tipo de discusión. Harry frunció el ceño ligeramente, pero finalmente decidió asomarse por la rendija de la puerta.
—Ha sucedido —dijo a la sala, que la escuchaba en silencio—. Un alumno ha sido raptado por el monstruo. Se lo ha llevado a la cámara.
El profesor Flitwick dejó escapar un grito. La profesora Sprout se tapó la boca con las manos. Snape se cogió con fuerza al respaldo de una silla y preguntó:
—¿Está usted segura?
—El heredero de Slytherin —dijo la profesora McGonagall, que estaba pálida— ha dejado un nuevo mensaje, debajo del primero: «Sus huesos reposarán en la cámara por siempre.»
—¿Quién ha sido? —preguntó la señora Hooch, que se había sentado en una silla porque las rodillas no la sostenían—. ¿Qué alumno?
—Draco Malfoy —dijo la profesora McGonagall.
Harry no escuchó nada más de la discusión que se estaba llevando dentro de la sala. Sintió que las piernas le fallaban y que no sería capaz de mantenerse en pie durante mucho más. Draco, Draco había sido raptado y llevado a la cámara de los secretos para morir. Si Harry alguna vez había creído que odiaría a alguien tanto como odiaba Voldemort por haberle arrebatado a sus padres, pronto se encontró con que si existía alguien a quien odiaba más; Lucius Malfoy.
Y no iba a permitirlo, claro que no, su mejor amigo iba a volver con vida para gastarle bromas a los de primer año, para burlarse de aquellos cuyas habilidades mágicas rayaban en lo absurdo, para que siguiera enseñándole todo lo que sabía. Draco debía volver y crecer para ver Harry comerse al mundo de un bocado, para compartir con él la gloria y el poder que él sabía, solo conseguirían juntos, uno al lado del otro.
—Lo dejaremos todo en tus manos, Gilderoy —dijo la profesora McGonagall y Harry salió de su trance—. Esta noche será una ocasión excelente para llevarlo a cabo. Nos aseguraremos de que nadie te moleste. Podrás enfrentarte al monstruo tú mismo. Por fin está en tus manos.
Harry se apartó rápidamente de la puerta al tiempo que Lockhart salía pálido como un muerto de allí. El moreno tardó aproximadamente un par de segundos en decidir que seguirlo sería buena idea, lo llevaría consigo hasta la cámara que sospechaba se encontraba en el baño de mujeres del tercer piso, el baño de Myrtle la llorona.
—¡Harry! —llamó Ron a la mitad del camino— escucha, Malfoy... él...
—Lo sé Ron —respondió sorprendido de la velocidad con la que todos parecían enterarse de las cosas.
—¿Planeas...?
—¿Ir a buscarlo? Por supuesto.
—¿Y pensabas ir solo?
—Pensaba llevar al profesor de defensa conmigo.
—¿A ese inútil?
—Siempre es bueno tener un cebo —respondió y el pelirrojo sonrió y negó divertido.
—Déjame ir contigo, tal vez pueda ser de ayuda, como cuando fuimos tras la piedra ¿recuerdas?
Harry sabía que las intenciones de Ron eran sinceramente nobles, era un Gryffindor después de todo. Pero aquel asunto, era algo personal. ¿Voldemort quería regresar año con año y joderle la vida? Que lo intentara, Harry no se lo permitiría, nunca más, lo destrozaría una y otra y otra vez, así se le fuera la vida en ello.
—Creo que lo mejor será que avises a los profesores, por si algo sale mal —Ron hizo mala cara pero finalmente accedió.
Harry siguió con su camino hasta que encontró el despacho de Lockhart. Abrió la puerta de manera decidida y lo que encontró le hizo sonreír irónicamente; el tipo estaba empacando todas sus cosas rápidamente, como el cobarde ratón que era. Casi le pareció que ese instinto de supervivencia demasiado marcado lo hacía más Slytherin que otra cosa. Pero bueno, Harry era el príncipe de las serpientes y estaba a punto de ponerse en peligro por su mejor amigo, como todo un Hufflepuff.
—¿Se va a algún lado? —preguntó Harry con tono sombrío.
—Esto..., bueno, sí... —admitió Lockhart, arrancando un póster de sí mismo de tamaño natural y comenzando a enrollarlo—. Una llamada urgente..., insoslayable..., tengo que marchar...
—¿Y que hay de Draco Malfoy? —preguntó con la furia a punto de desbordársele. Los cobardes le asqueaban.
—Bueno, en cuanto a eso... es ciertamente lamentable —dijo Lockhart, evitando mirarlo a los ojos mientras sacaba un cajón y empezaba a vaciar el contenido en una bolsa—. Nadie lo lamenta más que yo...
—Escuche, profesor de pacotilla —dijo entonces con voz peligrosa, los espejos de la sala temblando por su magia que furiosa hacía de las suyas—, sé dónde puede estar la entrada de la cámara y usted va a acompañarme. Sí es o no un farsante eso es lo de menos —sonrió con malicia—, él día de hoy va a tener su primera y gran verdadera aventura, tendrá el honor de acompañar al gran Harry Potter.
Entonces el profesor desenvainó rápidamente su varita y le apuntó exlcamando:
—¡Ovibl...!
—¡Avada kedravra! — repuso el chico, dejando al hombre frente a él prácticamente petrificado. La maldición asesina había pasado cerca de él, solo alborotándole el cabello. —¡Expelliarmus! —Dijo entonces, desarmando al tipo y mirándolo con asco—. Tú elijes Gilderoy, morir ahora mismo o a ir a enfrentar al monstruo y tal vez salir ileso.
Lokhart asintió y le siguió en silencio. Harry no había tenido la intención de utilizar la maldición asesina, bien sabía que era ilegal, pero si algo había aprendido ese segundo año, era que si la gente no te seguía por las buenas, siempre lo haría por las malas. Debía usar todo lo que tuviera a la mano para rescatar a Draco y si debía sacrificar a alguien tan insignificante como ese hombre, lo haría, la vida de su mejor amigo valía un millón de Gilderoys Lokhart.
Y así, se dirigió rumbo a la cámara de los secretos.
