Sacó su varita y avanzó por entre las columnas decoradas con serpientes. Sus pasos resonaban en los muros sombríos. Iba con los ojos entornados, con Lockhart tembloroso y al punto del desmayo por delante, si el basilisco decidía atacar, atacaría primero al profesor y Harry tendría el tiempo suficiente para dejarlo ciego de manera temporal. Si alcanzaba a devorarse al hombre o a morderlo aquello era lo de menos, Harry debía asegurar su supervivencia y estaba seguro de que nadie extrañaría a aquel estafador y cobarde que durante años se había robado la gloria de otro para llegar a ser lo que era.
Y pensar que Hermione lo admiraba muchísimo, Harry suponía que el físico ayudaba demasiado.
Al llegar al último par de columnas, vio una estatua, tan alta como la misma cámara, que surgía imponente, adosada al muro del fondo. Harry tuvo que echar atrás la cabeza para poder ver el rostro gigantesco que la coronaba: era un rostro antiguo y simiesco, con una barba larga y fina que le llegaba casi hasta el final de la amplia túnica de mago, donde unos enormes pies de color gris se asentaban sobre el liso suelo. Y entre los pies, boca abajo, vio una pequeña figura con túnica negra y el cabello de un rubio pálido.
La imperiosa necesidad de salir corriendo hasta allí, sujetar a Draco entre sus brazos y ponerlo a salvo se instaló en su pecho pero Harry no iba a saltar y salir corriendo a por Draco así como así, gritando su nombre y alertando al enemigo de su presencia. Él necesitaba un plan, ser sigiloso y sobre todo salir ileso para poder sacar a Draco de ahí y asegurarse de lanzarle al menos tres maldiciones diferentes como castigo por haber sido tan descuidado haber dejado que aquello pasara, por qué, para ser realistas, aquellas eran el tipo de cosa que le podían pasar a alguien como... Ginny Weasley y no a Draco Malfoy.
—Tú por delante —le dijo a Gilderoy quién en vez de avanzar retrocedió un par de pasos, lleno de miedo. Harry le clavó los ojos, advirtiéndole que hablaba en serio cuando le dijo que le asesinaría si no obedecía.
Lockhart avanzó temeroso, mirando en todas direcciones. Grave error, pensaba Harry, pero como el hombre no tenía ni idea de a lo que se enfrentaba, y él no se lo aclaró, simplemente lo vio ir sigiloso, asustado como un bebé que quiere a su mamá, casi al borde de las lágrimas. El moreno rodó los ojos, no creyendo que se pudiera ser tan patético. Claro que Harry tenía miedo, pero sabía perfectamente bien todo lo que debía hacer para salir victorioso y con todas sus extremidades completas. El primer paso era encargarse de la bestia, después, del diario. Estaba seguro de que aquella era la fuente de poder de Voldemort, como el año anterior lo había sido el profesor Quirrell.
Gilderoy llegó junto al cuerpo inconsciente de Draco Malfoy, Harry le hizo una seña para que se asegurara de que se encontraba con vida. El hombre hizo gesto de no entenderle, pero Harry no podía hablar, no si quería mantener el factor sorpresa completamente de su parte. Debatió internamente entre acercarse o esperar a que algo ocurriera. Finalmente, con la varita en mano caminó silencioso, con sus oídos alerta, no debía fiarse de la vista, para nada.
—Draco... —susurró hincándose de rodillas junto a él—. Draco, por favor, no puedes morir así ¿Qué crees que pensará tu madre? —Dejó la varita a un lado, cogió a Draco por los hombros y le dio la vuelta. Tenía la cara tan blanca y fría como el mármol—. Draco, por favor, despierta — susurró Harry, sentía la esperanza abandonarle el cuerpo— No puedes dejarme, no como mis padres, tú me lo prometiste, lo prometiste.
—No despertará —dijo una voz suave que Harry sabía que no pertenecía a Lockhart que, asustado como estaba se quedó como piedra detrás de él.
Un muchacho alto, de pelo negro, estaba apoyado contra la columna más cercana, mirándole. Tenía los contornos borrosos, como Harry si lo estuviera mirando a través de un cristal empañado. Riddle había estudiado en Hogwarts cincuenta años atrás, pero en aquel momento lucía como si tuviera dieciséis.
—Tom Riddle —dijo el moreno en voz muy baja, casi para sí mismo. Verlo ahí tan tranquilo le hizo encenderse en furia que a duras penas podía controlar. Sabía que debía ser frío, que debía controlar sus emociones para poder pensar pero cada que estaba frente a aquel hombre no podía sentir más que odio ciego—. O mejor dicho, el recuerdo de lo que alguna vez fuiste.
—No por mucho tiempo, Harry Potter, no por mucho tiempo. Cuando él muera yo podré salir del diario por completo, volveré a ser un ser vivo de carne y hueso —Harry buscó a tientas la varita que hasta solo un par de minutos atrás había colocado en el suelo a su lado —¿Buscabas esto? —Preguntó Tom con una sonrisa triunfante, mientras sus manos traslúcidas sujetaban la varita—. Tu buen amigo tuvo la decencia de patearla lejos de ti.
Harry miró con odio a Lockhart que ya se había ido a esconder detrás de una columna.
—¿Ahora te das cuenta de tu posición, Potter? —Preguntó Riddle con una sonrisa que en cualquier otra situación hubiera sido encantadora—. Vas a morir, eso es inminente, sin embargo, si te he hecho venir atacando a la sangre sucia y secuestrando a Draco no es simplemente para acabar contigo, sino para hacerte algunas preguntas. Entre más charlemos, más tiempo con vida tendrás. Apuesto a que tú quieres saber cómo fue que éste chiquillo que a todas luces parecía inteligente terminó así —Harry no respondió, lo miró en silencio, planeando su siguiente paso—. Fue algo verdaderamente conveniente, al menos para mí —comenzó a narrar—. El chico es muy bueno aparentando, pero debajo de su máscara de fría indiferencia logré encontrar sus verdaderas emociones, tan explosivas y puras que me hacían estremecer. Nunca logré entender como era que las mantenía a raya de aquella manera tan profesional, sin embargo, solo bastó de un pequeño empujoncito para hacerlas salir, para mostrarlas al mundo,
«Apuesto a que lo notaste, que probablemente estaba siendo más emocional y no necesariamente en el buen sentido; mal humor, enojos espontáneos, estrés, depresión nocturna, pesadillas. Todo lo causé yo con un solo propósito, hacerme con su alma. Y funcionó, vaya que funcionó, a los cuatro meses ya lo tenía colgado del diario por horas, hablándome de todo lo que le hacía sentir terriblemente mal, sin que sospechara que era yo quién le causaba tales malestares y se sentía tan protegido por mí que no dudó, ni un segundo».
Harry soltó un gruñido involuntario al escuchar aquello, mientras un sentimiento que no reconoció se instaló en su pecho; era una mezcla entre amargura, enojo y tristeza.
—Si es necesario que yo lo diga, Harry, la verdad es que siempre he fascinado a la gente que me ha convenido. Así que Draco me abrió su alma, y era precisamente su alma lo que yo quería. Me hice cada vez más fuerte alimentándome de sus temores y de sus profundos secretos. Me hice más poderoso, mucho más que él. Lo bastante poderoso para empezar a alimentar al joven Malfoy con algunos de mis propios secretos, para empezar a darle un poco de mi alma. Pero sin duda la mayor parte del trabajo te lo debo a ti y solo a ti, Potter, no tienes ni idea de la gran ayuda que significó que seas un mocoso inmaduro y sin sentimientos. Draco sufría, sufría por que no estaba seguro de poder obtener tu cariño nunca, al menos de la forma en que él deseaba, ser mejor amigos le parecía insuficiente. ¿Sabes lo que significaba aquello para alguien a quien nunca se le ha negado nada? Una tortura, la peor de las torturas —Harry desvió su mirada hasta Draco y frunció las cejas con aflicción, él le quería, le quería muchísimo, era su mejor amigo, por eso estaba allí, por él y solo él—. En mi encontró todo lo que deseaba de ti, alguien que le escuchara, que le comprendiera, alguien que le hizo creer que era importante e indispensable. Creo que el que nos parezcamos tanto físicamente también ayudó un poco, Draco me encontró atractivo, pero muchos lo han hecho.
—Draco no sabía lo que hacía —dijo con su voz como veneno.
—En eso tienes razón —le respondió con amargura—. Cuando se percató de que lo estaba utilizando para llegar a ti intentó deshacerse de mí, arrojando el diario al baño, pero las cosas no pudieron haber salido mejor, tú lo encontraste —Tom miró en dirección a los pies grisáceos de la estatua y Harry hizo lo mismo, el diario estaba allí, abierto de par en par—. Draco me había hablado mucho de ti, me habló de cómo me derrotaste siendo un bebé y luego un año atrás, me habló de lo poderoso que eras, me habló de como habías perdido a tu familia y yo pensé que quería conocerte y regresarte todo lo que habías hecho, quería que vieras a tu mejor amigo morir lentamente por mí, que te quedaras solo nuevamente, quería hacerte sufrir. Pero tú nunca confiaste en mí, muy bien viniendo de alguien de la casa de Salazar, investigaste, uniste las pistas y llegaste aquí conociendo mi verdadero ser...
—Lord Voldemort...
—Exacto, Potter, viste a través de lo que nadie pudo cuando estudié aquí, viste a través de Tom Riddle, pobre pero muy inteligente, sin padres pero muy valeroso, prefecto del colegio, estudiante modelo. Tal vez solo el estúpido de Dumbledore, pero ni si quiera él logró detenerme, ni antes ni ahora. ¿Sabes lo que eso demuestra? Que soy el hechicero más grande de toda la historia.
—Te equivocas, Tom —dijo Harry sonriendo— Tú no eres el hechicero más grande de la historia, ese soy yo —Riddle soltó una carcajada.
—Tenía curiosidad, ¿sabes? Porque existe una extraña afinidad entre nosotros, Harry Potter. Incluso tú lo habrás notado. Los dos somos de sangre mezclada, los dos huérfanos, los dos criados por muggles. Tal vez somos los dos únicos hablantes de pársel que ha habido en Hogwarts después de Slytherin. Incluso nos parecemos físicamente... Pero, después de todo, sólo fue suerte lo que te salvó de mí. Creo que Draco te tenía en muy alta estima, se sentirá muy decepcionado cuando sepa que te vencí... es una lástima que tenga que morir, con lo guapo que es...
Harry se quedó inmóvil, esperando a que Riddle le apuntara con la varita que tenía entre manos. No estaba muy seguro de si en su condición podría usarla. Y había localizado dos de sus tres objetivos, Draco, que se encontraba a sus pies, el diario que se encontraba los pies de la estatua gigantesca de piedra, solo faltaba el basilisco. Sin embargo no tardó demasiado en descubrir dónde estaba.
—Háblame, Slytherin, el más grande de los Cuatro de Hogwarts —hablaba párcel.
El gigantesco rostro de piedra de la estatua de Slytherin se movió y Harry vio que abría la boca, más y más, hasta convertirla en un gran agujero. Algo se movía dentro de la boca de la estatua. Algo que salía de su interior. Harry cerró los ojos, escuchó a Lockhart gritar despavorido e intentar huir de aquel lugar en vano, la puerta de la cámara no se abriría si no se lo ordenaba algún hablante de párcel. Una gran mole golpeó contra el suelo de piedra de la cámara, y Harry notó que toda la estancia temblaba. Sabía lo que estaba ocurriendo, podía sentirlo, podía ver sin abrir los ojos a la gran serpiente desenroscándose de la boca de Slytherin. Entonces oyó una voz silbante.
—Mátalo.
El basilisco se movía hacia Harry, éste podía oír su pesado cuerpo deslizándose lentamente por el polvoriento suelo. Con los ojos cerrados, Harry comenzó a mover los dedos de su mano derecha, esperando. Riddle reía, creyéndolo completamente indefenso.
—Creí que eso de enfrenar al monstruo sin un arma entre manos era cosa de un Gryffindor —se burló Riddle.
—Y lo es —respondió Potter metiendo la mano en el bolsillo interior de la túnica para sacar su varita y apuntar hacia el monstruo que se encontraba a un escaso medio metro de él.
Harry había estado sosteniendo la varita de Lockhart y había sido esa la que Tom había robado después de que Gilderoy la pateara lejos de él, en un desesperado intento por desarmarlo.
La serpiente chilló y Harry supo que había dado en el blanco. Abrió los ojos. La serpiente, de un verde brillante y gruesa como el tronco de un roble, se había alzado en el aire y su gran cabeza roma zigzagueaba como borracha entre las columnas, los globos oculares le habían explotado dentro de las cuencas y la sangre chorreaba por su rostro. La serpiente ciega se balanceaba desorientada, herida de gravedad.
—¡No! —oyó Harry gritar a Riddle—. ¡El chico está frente a ti! ¡Puedes olerlo! ¡Mátalo!
Harry aprovechó el momento para salir disparado hacia el diario. Tom parecía cada vez más sólido, lo que quería decir que Draco estaba muriendo. Se alegró de haber dejado que Lockhart creyera que había dejado su varita en la oficina después de desarmarlo, había ido con la varita del hombre hasta que se hincó junto a su amigo y había guardado la propia dentro de la túnica. Y había aguardado pacientemente, tal cual Draco hubiera hecho, había planeado y ahora, solo lo quedaba deshacerse de aquello que unía a su mejor amigo a aquel bastardo infeliz. Apuntó con su varita hasta el objeto y murmuró.
—Avada Kedravra —no muy seguro de si funcionaría.
Pero lo hizo.
Harry volteó justo a tiempo para ver a Tom apuntarlo con la varita de Lockhart, con el rostro descompuesto en furia fiera. Se oyó un grito largo, horrible, desgarrado. La tinta salió a chorros del diario, inundando el suelo. Riddle se retorcía, gritando, y entonces... Desapareció. Se oyó caer al suelo la varita de Gilderoy y luego se hizo silencio, sólo roto por el goteo de la tinta que aún manaba del diario. La maldición asesina había abierto un agujero incandescente en el cuaderno.
Cuando se aseguró de que todo había terminado, Harry corrió hasta el cuerpo de Draco quién se removió en el suelo, llamando la atención del basilisco.
—Huélelo bien, porque no vas a tocarle ni un cabello —le ordenó a la criatura y ésta obedeció silenciosa, enroscándose en su lugar, sufriendo por sus heridas.
Harry se arrodilló junto a su amigo y sin poder contenerse más lo abrazo, haciéndolo caer de espaldas,n con Draco sobre él. Lo abrazó fuerte, tanto el rubio profirió un quejido suave que le hizo apartarse y ayudarlo a levantarse. Draco apenas había puesto los pies en el suelo cuando Harry se lanzó de nuevo sobre él y le besó; estrelló sus labios rojizos contra los labios aún pálidos del rubio y lo hizo durante unos segundos que se le antojaron demasiado cortos. Cuando se separó Draco le miraba con seriedad helada.
—Todo este tiempo fui yo —dijo finalmente, con voz enronquecida por la humillación de haberse dejado manipular de aquella manera—. Yo dejé que él... me porté como un estúpido, dejándome llevar por lo que sentía y ahora... —pasó saliva, angustiado. Abrazándose a sí mismo, como si quisiera protegerse de sus errores.
—Tranquilo, lo único que importa es que estás a salvo, que las mandrágoras terminarán de madurar en cualquier momento y todo estará en orden.
—¿Es que no te das cuenta? Yo elegí a las víctimas, todas y cada una de ellas...
—Bueno, si no lo dices nadie va a saberlo y no te expulsarán.
Draco le miró con incredulidad, abrió la boca como para replicar algo, pero no lo hizo. Sus ojos reflejaron tristeza por un segundo y luego resignación, entonces suspiró y dijo:
—Quiero salir de aquí.
—Solo aguarda un momento —Dijo Harry dirigiéndose al basilisco. Su cuerpo enroscado permitía que su cabeza estuviera a la altura del chico —Ven aquí Draco, profesor Lockhart, beban una gotita de su sangre no les matará y ya no podrá petrificarlos.
Lockhart salió de su escondite, disparado a obedecer, disculpándose entre balbuceos por haber creído que Harry podía ser realmente cruel. Draco bebió solo una gotita con algo de desagrado antes de preguntar.
—¿Vas a quedártelo como mascota, o qué? —Harry sonrió en respuesta, bebiendo una gotita de la sangre de los ojos del basilisco.
Cuando los tres estuvieron listos, Harry aplicó el contra hechizo a la criatura que recuperó la vista al instante. Agradecida, la serpiente se inclinó ante él y le siseó algo que sonó a "gracias amo". Caminaron en silencio ante la salida, con Gilderoy ansioso de alejarse de aquel lugar.
—Supongo que ahora si se marchará, profesor —dijo Harry amablemente.
—Por supuesto y nadie tendrá que enterarse de lo que ocurrió aquí. No diré ni una palabra, por mi honor de mago.
—De eso estoy muy seguro, Gilderoy —dijo Harry sonriéndole.
Potter apuntó su varita hacia el desarmado profesor que en ningún momento intentó recuperar su varita. El hombre salió disparado unos cuantos metros hacia el centro de la cámara, muy cerca del basilisco. Con un movimiento más de varita el ojiverde apareció todas las pertenencias del profesor, aquellas que había estado empacando antes de que Harry le obligara a acompañarlo.
—Lamentablemente no soporto a los traidores, si no hubiera intentado apartarme de la varita, tal vez le hubiera dejado vivir desmemorizado. Sin embargo, ahora me temo que no puedo perdonarlo, su tontería casi nos cuesta la vida... —entonces dijo en párcel:— Cómetelo, que no queden ni los huesos.—sonrió falsamente—.Disfrute su estadía aquí profesor. Si sobrevive, que lo dudo, podrá escribir un libro fantástico sobre ello.
Y así, ambos Slytherin salieron de la cámara de los secretos.
[...]
Como todo en Hogwarts, la nueva hazaña de Harry Potter no tardó en pasar de ser un secreto a la noticia del momento. Todos hablaban de lo heroico que había sido y los Slytherin ni si quiera pudieron enojarse, el que salvara a Draco le otorgó el máximo respeto y la lealtad de todos los miembros de su casa. Harry definitivamente ya gobernaba Slytherin.
Dumbledore estaba sumamente contento con su desempeño y hasta le otorgaron una placa que descansaba en la sala de trofeos, era la más grande y brillante de todas. Incluso Snape parecía sumamente interesado en su papel en aquel enfrentamiento y hasta lo trataba con un poquito de respeto que se le antojó sumamente grato.
Sin embargo, hubo algo que a Harry le conmovió más que todos esos honores otorgados por el mismísimo ministro de magia. Ocurrió el último día de clases, Draco se había portado mortalmente serio y distante después de que saliera de la enfermería. Harry no lo comprendía, Malfoy no se había metido en problemas, todas las víctimas habían sido despetrificadas y todos comprendían que no había sido su culpa y sin embargo parecía que había algo que le atormentaba.
Harry se encontraba jugando al ajedrez con Nott cuando Draco había bajado de la recámara, se había plantado frente a él, se había hincado, con la cabeza agachada y había dicho:
—Mi honor es tú honor ahora, en pago por mi vida te la ofrezco sin miramientos. Este es un juramento de lealtad sangrepura, por mi vida, por mi sangre, por mi honra, yo... —levantó la vista— Draco Lucius Malfoy Black juro lealtad a Harry James Potter Evans, como pago por la deuda de vida.
Todos los presentes le miraron con la boca abierta, Harry había leído sobre aquel juramento, pero jamás creyó que Draco... Sabía que ahora el chico estaba obligado no solo a protegerlo, sino a siempre estar de su lado, y no porque un lazo mágico los uniera, sino porque así lo marcaba la tradición. En traducción, Draco ahora era una especie de caballero para el rey.
En cuestión de segundos los presentes reaccionaron, hincándose, imitando a Malfoy y Harry se enderezó, sintiendo la sensación de poder invadiéndole, era la primera vez que era tan palpable y era deliciosa.
—Acepto tu lealtad, mi querido amigo y como agradecimiento voy a otorgarte algo a cambio, lo que sea que tu corazón desee —respondió como dictaba la costumbre. Harry esperaba que Draco no pidiera nada, generalmente nadie se atrevía a hacerlo, pero Draco asintió y se puso de pie, tomándolo de la muñeca y llevándolo hasta la habitación, donde una vez en privado le dijo:
—Perdona la falta de mi padre y la deshonra que ha causado —su rostro era mortalmente serio. Harry quiso gritarle que no fuese estúpido, que era por padre que casi moría. Sin embargo logró tragarse su enojo y responder:
—De acuerdo, no le diré a nadie que él fue quien me dio el diario, pero es la primera y última vez Draco.
—Gracias...
—...Y... el elfo, Dobby, lo quiero para mí, intentó advertirme de ello, es un elfo leal.
—De acuerdo —accedió sin ofenderse de que el elfo hubiera traicionado a su familia.
Aquel año el regreso a Hogwarts fue particularmente incómodo, Harry sabía que definitivamente había algo diferente con su amigo pese a que se comportaba como siempre. No sería hasta el regreso a clases, después del verano, que se enteraría de que era lo que había cambiado.
