Sabía que las cosas no volverían a ser las mismas y sin embargo se obligó a sí mismo a no abandonar aquello que le había tomado dos años de trabajo y esfuerzo. Sabía que probablemente en el futuro aquella situación le costaría cara y aun así decidió que lo mejor sería seguir adelante con su plan, porque la remuneración que obtendría cuando todo terminara y él se hubiera posicionado en la cima valía la pena, lo que no lo valía era tener que pasar cada miserable día de su vida junto a una persona que quería y que sabía jamás tendría y es que después del asunto del diario, Draco estaba convencido de que Harry jamás lo vería como algo más que un amigo, un aliado poderoso.
Sabía que él tenía la culpa, él tenía la culpa de todo; de la nueva actitud de Harry, tan seguro de sí mismo que no desviaba la vista de su objetivo, el de ser el mago más poderoso de todos los tiempos, ni si quiera la apartaba para mirarle a él y Draco sospechaba que así sería para toda la vida. Tenía la culpa de su propia desdicha, había sido él y solo él quién le había enseñado al muchacho que las alianzas eran importantes y Harry había aprendido tan bien que, cuando volvieron a casa ese verano, Potter ya era el alumno más respetado de todo el colegio.
Malfoy sabía que debía alegrarse, aquel era un paso importante si es que algún día querían llegar a ser alguien. Las relaciones en la escuela podían parecer una broma, pero todos aquellos muchachos algún día crecerían, se volverían personas con importantes cargos en el ministerio, en San Mungo, Gringotts e incluso Hogwarts y Draco había aprendido, por que Narcissa era una gran mentora, que incluso aquel que decidiera abrir una pequeña boticaria era importante, nunca sabías cuando necesitarías de un buen amigo que te vendiera alguna plata exótica y un poco ilegal. Sin embargo, ser el aliado más importante de Harry poco a poco parecía una realidad más lejana; compitiendo con una bruja tan inteligente y suspicaz como Hermione Granger, alguien tan atractivo y poderoso como Cedric Diggory o con el tan bien entrenado como él Blaise Zabini.
Y aquella desesperación e inseguridad —que dicho sea de paso, jamás había experimentado—, había sido lo que le había llevado a confiar en Tom Riddle y en el estúpido diario que casi le cuesta la vida. Por qué Tom le comprendía mejor que nadie en todo el castillo, ni si quiera Harry parecía tan interesado en él como Riddle y aunque fue un error fatal, debía admitir que con Tom, se había sentido seguro, irremplazable e invencible.
Mientras Harry iba de un lado a otro haciendo nuevas amistades, tal cual él le había enseñado, Draco había encontrado un nuevo aliado; invisible, pero tan poderoso como el mismo Harry, uno que incluso se le parecía físicamente; cabellos oscuros, piel clara y, aunque los ojos eran de diferente color, sí que miraban con la misma intensidad, como si pudieran alcanzar las estrellas con una sola mano. Malfoy casi podía apostar que al llegar a los quince, Harry sería igual de atractivo que Riddle y no que en la actualidad no lo fuera, era que aún lucía demasiado como un niño para pensar en él como alguien atractivo.
A Tom le entregó, no a propósito, todos sus miedos, sus inseguridades, sus temores y su rencor. Le entregó los secretos que Harry le había confiado en calidad de amigo y todo por el alivio momentáneo que significaba sentirse importante para un mago tan poderoso y es que Draco Malfoy, detrás de aquella mascara de frialdad y seguridad aristocrática ocultaba a un muchacho ávido de lograr más de lo que cualquier Black o Malfoy hubiera logrado nunca, ávido de demostrar que era más que un muchacho nacido en cuna de oro, que era más de lo que su apellido dejaba ver, que era mucho, mucho más. Que era astuto, inteligente, poderoso y que podía lograr llegar a la cima sin si quiera mancharse las manos, como su madre lo había hecho al volverse una Malfoy, como su tía Bellatrix lo había hecho al volverse la mano derecha de Voldemort. Ellas habían hecho cosas grandes detrás de hombres poderosos, pero ninguna se compararía con lo que el pequeño Draco Malfoy planeaba a costas de Harry Potter.
Y había intentado de todo para seducirle, mostrándole a él y solo a él los encantos que como Malfoy podía poseer, seduciéndole con poder, con posición, con oro, con control. Su madre le había enseñado —aún sin saberlo— a llamar la atención de hombres poderosos que podían ofrecerle el mundo entero, pero Draco no había comprendido hasta terminar aquel segundo año, que si su madre tenía aquellas facilidades era por el hecho de ser del género femenino y no por ser una Black.
Harry se lo había dicho el primer año, los besos y los abrazos no se suponía que se compartieran con alguien de su mismo sexo y Draco había sido lo suficientemente inexperto, inmaduro e infantil como para comprender lo que Harry en realidad quería decirle; que no importaba cuantos besos le diera Draco, que no importaba cuanto se pavoneara frente a él, demostrándole que no encontraría mejor mano derecha, esto simplemente no tendría los mismos efectos que cuando su madre lo hacía con su padre y estaba completamente perdido.
¿Por qué él si se sentía irremediablemente atraído por Potter si se suponía que no debía ser así? No lo sabía, no lo entendía, no tenía una respuesta y aquello fue la gota que derramó el vaso, porque jamás, en toda su vida, se había sentido tan diferente. Había sido como abrir los ojos de un sueño donde había estado sumergido por años y años, se sentía como él mismo y a la vez como una persona diferente, se sentía como una persona que Harry podía querer y repudiar al mismo tiempo.
Fue a mitad del segundo curso que se percató de la realidad abrumadora y todo gracias a la chica Weasley, quién hermosa, como pocas niñas del colegio, iba por aquí y por allá con su perfecto cabello de fuego y pecas encantadoras, batiendo sus pestañas larguísimas y sonriendo como tonta para Harry Potter quién complacido le brindaba toda su atención. ¿Si Draco hubiera recurrido a semejantes bajezas Potter hubiera caído sus pies? Él sabía que la respuesta era no, porque había una gran diferencia entre una chica moviendo su melena coquetamente y un chico intentando pestañear de manera adorable.
Tom se lo dijo, le dijo lo equivocado que estaba al albergar sentimientos por Harry Potter quién jamás lo vería como otra cosa que no fuese su mejor amigo, que estaba completamente perdido si pensaba que algún día ellos dos podrían tener lo que Lucius y Narcissa, y Draco tan triste, tan enojado, tan frustrado, al final solo le había dado a Riddle lo que deseaba, un alma que consumir para poder volver a la vida, un alma llena de confusión por unos sentimientos que no comprendía y que jamás comprendería por miedo a externarlos, porque no estaba bien, porque ambos eran chicos.
Confuso, aquella era la palabra que mejor le describió durante todo ese año. Confuso porque acababa de descubrir que probablemente no era bien visto que quisiera besar a un muchacho, confuso porque él creía saberlo todo y estaba equivocado, confuso por que seguía queriendo a Harry pese a que sabía que el moreno no le quería de la misma manera en que él lo hacía. Confuso porque no sabía que podía odiar y querer tanto a una sola persona, confuso porque ahora le quedaba claro que debía madurar y seguir creciendo, que seguía siendo un chiquillo pese a su habilidad para manejar palabras complejas y situaciones extraordinarias.
Y después de pensar y llorar y patalear cual niño al que se le ha negado una cosa que deseaba con todo su corazón, decidió que, si no podía tener a Harry como algo más que un amigo, se encargaría de ser el mejor aliado que jamás hubiera tenido, que se esforzaría lo triple de ser necesario para que, cuando fuese el momento y el moreno encontrara a la reina que jugaría a su lado, no se olvidara de él. Patético, doloroso, pero había trabajado mucho como para abandonar el propósito y de todas formas, no existía alguien en el mundo mágico con mayor potencial que Potter. Aunque sabía que de encontrar a alguien, no sería capaz de traicionar a su amigo.
Fue por ello que decidió jurarle lealtad con toda la sarta de palabras que dictaba el protocolo de los sangre pura y Harry había lucido tan conmovido que no tuvo duda de que aquella, había sido la mejor de sus jugadas. Tenía a Harry como un amigo incondicional y se conformaría con ello porque le quería y porque le convenía, si es que podía agregarlo.
Había decidido, no más besos, no más intentos de convencimiento al estilo de Narcissa, solamente el método de Draco Malfoy para ganarse un trozo de aquel pastel que llevaba por nombre gloria; trabajo, esfuerzo y entrenamiento arduo. Él no podía ganarse las cosas a base de besos, pero si podía hacerlo a base de una mano firme, de un carácter fuerte. Sabía que algún día necesitaría encontrar a alguien que se mantuviera a su lado, sabía que algún día tendría que encontrar a una joven que estuviera dispuesta a ser lo que Harry jamás sería, sabía que algún día tendría que formar un lazo con alguien como Pansy Parkinson. Pero mientras aquel día no llegara, Draco permanecería junto a Potter y Potter junto a él y ambos escalarían lo más lejos posible, implorando a Salazar y a Merlín que aquello fuese suficiente para mantenerlos unidos y poderosos.
Draco pensaba que lo que en realidad le dolía de aquella situación era el hecho de que Harry ni si quiera se percatara del duelo interno que lo llevó a desplomarse sobre su cama más de una vez. Rememorando aquel último beso en la cámara de los secretos que Harry seguramente le había dado como un acto reflejo de preocupación y que no significaba para el moreno, lo que significaba para el rubio. Y sin embargo pensaba en él como lo más maravilloso del momento, como la primera vez que montó su escoba, como la primera vez que sujetó su varita mágica.
Y entonces ahí estaba, de regreso a Malfoy Manor donde sabía que se sentiría fuera de lugar, luego de que su padre mostrara, por fin, ante él su simpatía por el señor tenebroso. Ya no había manera de negarlo, Lucius era su simpatizante y Draco comenzaba a creer que, si aquello no cambiaba, algún día tendría que escoger, entre la lealtad a su mejor amigo, o la lealtad a su padre. Y no estaba seguro de saber tomar la decisión correcta llegando el momento; por una parte, él creía ciegamente que Harry era por mucho, más poderoso que Voldemort, pero su a padre no le intentaría persuadirlo para traicionar a Potter y unirse a los mortífagos —si es que tal asociación seguía existiendo—.
Pensaba que debía intentar averiguar la posición de Narcissa dentro de todo ese embrollo, parecía que su madre simpatizaba con Potter y su madre era inteligente y observadora. Pero si Narcissa había permitido que Lucius se involucrara con Voldemort debía haber sido por algo. Y era peligroso oponerse a los deseos de su padre, pues Lucius estaba acostumbrado a obtenerlo todo con una sola mirada y no le culpaba, Narcissa le había hecho creer que podía conseguirlo de aquella manera. No quería ser desheredado, pero su instinto le decía que con Potter no perdería o tal vez era el cariño que le tenía lo que hablaba.
Fuese, como fuese, Draco creía que el momento de elegir no estaba muy lejos, Harry se levantaría como un mago poderoso, más poderoso que Voldemort o Dumbledore en al menos dos o tres años más. Ya había demostrado poseer habilidades innatas para la magia y si seguía a ese ritmo, a los catorce estaría capacitado para enfrentarse a ambos rivales que se interponían en su camino a la grandeza y Draco tendría entonces tres caminos a elegir, el bando de la luz junto a Dumbledore, el de la oscuridad, con Tom Riddle y el camino nuevo que él había empezado a construir con sus propias manos, el de Harry Potter.
