Toda su vida había vivido engañado por las porquerías que la gente de la televisión, los libros y la radio decían; la gente buena siempre obtiene su recompensa, los humildes de corazón, los nobles, los valientes, los honestos y los sinceros, la gente que obra bien, los que ven por su prójimo más que por sí mismo, quienes se preocupan por los que les rodean, los que dan a los que menos tienen y los que dan sin esperar nada a cambio. Y todo ello era una bazofia, una mentira invitada por algún tipo demasiado inteligente que quería recibir de los incautos algún beneficio, aprovechándose de la situación y Harry ya lo había comprendido. Siendo el niño bueno no había obtenido más que una comida al día, una alacena que servía de dormitorio y un dolor de cabeza permanente al tener que soportar los gritos de sus tíos quienes no se cansaban de tratarlo peor que a una basura.
Sin embargo las cosas habían cambiado muchísimo, Harry no era el mismo; su personalidad, fuerte y seguro de sí mismo. Sus relaciones, pues aunque se codeaba con gente de todo tipo, se aseguraba de mantener a los más prometedores dentro de su círculo. Sus sentimientos, antes era demasiado sensible para considerarse un Slytherin de verdad, le importaba demasiado obtener la aprobación de sus tíos y de la gente que se suponía debía quererle, ahora, la única opinión que le importaba realmente era la de Draco Malfoy, su mejor amigo y por quién había comenzado a sentirse irremediablemente sobreprotector.
Saber que Draco vivía bajo el mismo techo que un enemigo potencial le causaba dolor de estómago, y no que creyera a Lucius capaz de dañar a su propio hijo para hacerle caer a él, era más bien que temía que Draco le abandonara por la causa contra la que él peleaba fervientemente, la causa de Lord Voldemort. Harry pensaba que de ocurrir no podría soportarlo, la idea de perder a la única persona que había confiado en él le hacía miserable, pero comprendía, y muy bien, que de pasar tendría que ver a Draco como lo que era, un traidor que bien podía servir de tentempié para su basilisco, pero al que daría una muerte rápida porque le había querido como nunca le habían dado la oportunidad de querer.
Como fuese, no le gustaba pensar demasiado en ello, Draco era demasiado bonito como para morir y el solo imaginárselo siendo enterrado o incinerado le causaba escalofríos. Draco debía vivir para mostrarle su sonrisa altanera todos los días, Draco debía vivir para seguir haciendo lo que mejor sabía; ayudar a Harry a escalar hasta la cima. Solo esperaba que Lucius no intentara arrancarlo de su lado ahora que era obvio para todos donde estaba su lealtad, o tendría que verse con él cara a cara y Draco no podría hacer nada para evitarlo; no habrían ojos de cachorrito, ni ruego que sirviera para calmar su furia. Si Lucius Malfoy quería arrebatarle a la persona que más le importaba iba a tener que enfrentarse a él y a su basilisco de ser necesario.
Así era como Harry quería a Draco, con una intensidad y una gratitud que solo otorgaban los desdichados que habían sido salvados de sus propias vidas, con la devoción de alguien que jamás había tenido quien le quisiese, quien se preocupase por él. Draco había sido el primero, Draco, quién había visto a través de sus ojos el anhelo de ser alguien importante en la vida y le había estrechado la mano para ayudarle a lograrlo. Y era tanto su agradecimiento que le costaba ponerlo en palabras incluso para sí mismo. Sin embargo Harry se consideraba un muchacho que prefería las acciones y no las palabras y después del incidente con Tom Riddle y la cámara de los secretos, había decidido que protegería a su mejor amigo de todo y de todos.
No que Harry creyera que Draco era incapaz de cuidarse, era un sangre pura entrenado prácticamente desde su nacimiento para ser el mejor. Era más bien que prefería poner un ojo sobre él y evitar algún tipo de contratiempo como el del diario. Ver al rubio fuera de si, misterioso, extraño, susceptible y debilitado no le había agradado nada. Debía admitir que se sentía culpable, los sueños, las circunstancias, todo había apuntado a que algo malo le sucedía a su mejor amigo, pero él, demasiado ocupado jugando a ser el príncipe de Hogwarts había estado demasiado ciego como para notarlo, pero no de nuevo, nada le pasaría a Draco Malfoy sin que Harry se entera de ello, y había trabajado muchísimo en legeremancia para asegurarse el camino fácil.
Harry estaba seguro de que Draco protegería a su padre a toda costa y no le culpaba, era su padre después de todo, de haber tenido la oportunidad, Harry mismo habría hecho lo que fuese por asegurar el bienestar de los difuntos Lily y James. Pero Potter podía ser bastante persuasivo, mucho más ahora que sabía que podía obtener todo lo que deseara con solo proponérselo y si Harry quería conservar la amistad de Draco, aún a costa de la lealtad de su padre, iba a hacerlo y nadie iba a detenerle.
Ese nuevo año tenía un objetivo, cuidar de Malfoy con todo lo que tuviera a su alcance, no le descuidaría nuevamente, se aseguraría de demostrarle que su lealtad sería recompenzada, se aseguraría de dejarle bien en claro que, de seguir a su lado, tendría todo lo que siempre soñó y mucho más, que su padre estaba equivocado, que Voldemort solo los llevaría a la ruina y que él, él podía ser su salvador, él y nadie más, ni si quiera Riddle que había fingido bastante bien estar interesado en el rubio, ni si quiera ese bastardo, porque Harry estaba seguro de ser mejor, mucho mejor, después de todo, el marcador ya iba Harry tres, Voldemort cero.
Riddle tendría que esforzarse quince veces más si deseaba ponerle a Draco un dedo encima una vez más, tendría que esforzarse cien veces más si intentaba seducirlo y llevarlo a su bando. Draco era su mano derecha; inteligente, astuto, imponente, poderoso, un Malfoy, un Black y Voldemort tendría que conformarse con su padre, porque el día que Harry decidiera entregarle a Draco por mano propia, sería únicamente para demostrarle que el rubio volvería a sus brazos nada más tener la primera de las oportunidades. ¿Qué Tom Riddle tenía la habilidad de ser encantador con cualquiera? Tal vez debía planteárselo nuevamente, Harry podía ser el doble de fascinante.
No era difícil averiguar la fuente de aquella seguridad que se había instalado en su ser, después de derrotar a su más grande enemigo dos veces y haber logrado lanzar la maldición asesina dos veces con solo doce años tenía mucho que ver, que se hiciera con la lealtad de las acromántulas que residían en el bosque prohibido y un basilisco también, que todos en Hogwarts lo vieran como un héroe, un mago poderoso y que Slytherin hubiera ganado —gracias a él— la copa de las casas y el torneo de quidditch, tenían mucho que ver. Pero lo más importante, el cambio más radical residía en como lo habían recibido en casa de los Dursley al inicio del verano.
Desde navidad que sabía que las cosas no serían las mismas, con sus tíos enviándole regalos decentes y pidiendo disculpas después de que se enteraron de la clase de gente importantísima que eran los Malfoy. No era de menos que al llegar encontrara su habitación completamente remodelada, con pintura nueva en las paredes y sin rastro de aquellos muebles de segunda mano que estaban por caerse al más mínimo roce. Colchón nuevo, cortinas, armario y hasta ropa que era de su talla exacta —y Harry sospechaba que aquello era obra de Draco y de su madre—.
Sus tíos habían ido a por él a la estación de trenes, la parte muggle por supuesto. Tío Vernon había cargado amablemente su equipaje mientras de manera nada discreta preguntaba por su buen amigo Draco y su bondadosa madre. Tía Petunia, aunque algo incomoda, intentó seguirle el juego a su marido y Harry sospechaba que con mucho trabajo, pues para la mujer esa sumamente incómodo hablar de magos, magia, lechuzas mensajeras y todo lo que había aborrecido de su hermana. Dudley era otro caso, parecía que cada día que pasaba odiaba más a Harry, su carita regordeta se encendía de color rojo cada que su primo recibía un desayuno especialmente delicioso y lleno de grasas que a él le tenían prohibido por estar a dieta; panqueques, jugos súper azucarados, cereales que eran más carbohidratos que otra cosa y malteadas hasta reventar de dulce.
¿Qué los buenos obtienen siempre sus recompensas? Harry no había necesitado ser bueno, a él le bastó y le sobró con demostrar que era superior, lo suficientemente importante como para poder relacionarse con gente como los Malfoy. Y no que no se diera cuenta de lo superficiales y convenencieros que estaban siendo sus tíos, no era idiota, sabía que ellos solo buscaban beneficiarse de aquella alianza y Harry, aunque no les iba a dar ese placer, sí que iba a aprovecharse de la situación, tal vez un televisor en su cuarto y un par de libras más para poder comprarle a Draco un regalo de cumpleaños decente, tal vez ese poster autografiado por Viktor Krum que exhibían en el callejón Diagon y no como el mediocre set de pociones que le había dado antes de salir de vacaciones. Draco era un Malfoy, merecía algo mucho mejor.
Pero sin duda, si existía algo mejor que de ser el repudiado de la familia y pasar a ser el consentido, era que podía darse el lujo de ser tan malcriado como su primo en sus peores tiempos; rabietas sin sentido solo por molestar, como en aquella ocasión en que tia petunia le llevó un bote de helado de fresa a petición suya y luego fingió que todo ese tiempo había esperado el helado de sabor chocolate.
—¿Es que ni si quiera puedes poner atención? —le preguntó—. Cho-co-la-te, ese fue el sabor que pedí —suspiró dramáticamente—. La señora Malfoy jamás hubiera cometido un error así, con lo atenta y linda que es, el otro verano, cuando estuve de visita en la mansión me trajo tres botes de helado de chocolate, importado, por supuesto y... por obvias razones, querida tía, no voy a comerme ese que has traído.
Petunia se puso de mil colores, furiosa, indignada, humillada. Harry había terminado robando el helado para su primo quién se lo comió sin sospechar la cantidad de verrugas de rana que Harry había introducido dentro. Aunque tampoco le importó demasiado, la dieta lo tenía al límite, y así se lo hubiera dicho, lo habría comido igual.
Tío Vernon era incluso más fácil de chantajear, mencionabas oro justo después de quejarte por que habías pedido muy amablemente que no guisaran espárragos, porque los detestabas y el hombre de inmediato reprendía a su esposa, recordándole que habían decidido tratar al pequeño Harry como a un hijo más y que no iba a soportar que el pobre muchacho soportara aquel sabor tan horrible. Bien decía el dicho que con dinero bailaba el perro y desde que Vernon había firmado un contrato con Narcissa (de una cantidad ridículamente pequeña para los Malfoy y gigantesca para un muggle de clase media como él), no hacía más que tratar a Harry como al rey de la casa.
Pero ese repentino cambio de trato no hacía más que acrecentar la repulsión que ya sentía por ellos, su hipocresía le repugnaba hasta niveles que no había creído imposibles. No soportaba a los lame suelas por conveniencia, detestaba a la gente que se humillaba de aquella manera para obtener algo, lo que fuera. ¿A caso sus tíos hubieran reaccionado igual de haberle presentado a Ron Weasley como mejor amigo? Claro que no, la familia de Ron era humilde, no tenía nada que ofrecerles y que Harry se codeara con alguien así solo hubiera reforzado la visión que sus familiares tenían de él; un chiquillo que no valía más de lo que poseía. Nada.
Sin embargo podía soportar sus hipocresías y sus falsas sonrisas acompañadas de regalos interesados por el placer de humillarlos la mitad de lo que le habían humillado a él. Harry no veía la hora de hacerse con su propio poder, con su propio dinero para entonces sí patearles el orgullo hasta que no les quedara nada, no veía la hora de llegar hasta las estrellas y burlarse de ellos a carcajadas tan fuertes que todos en Londres le oirían. Pero sería paciente, el momento llegaría en algún punto, solo esperaba que no decidieran volver a ser desagradables con él o no resistiría la tentación de arrojarlos a la cámara de los secretos junto a su nueva mascota.
Guardó el último de sus libros dentro de su baúl y revisó que todo estuviera en orden. Llevaba dentro sus túnicas del colegio, ropa muggle que solía usar los fines de semana que no estaban obligados a usar el uniforme, rollos de pergamino, los libros de ese curso que había ido a comprar con Ron y Hermione una semana atrás, libros extra de consulta personal sobre legeremancia, transformaciones y encantamientos avanzados, así como una enciclopedia gigante que mostraba a casi todas las criaturas mágicas existentes. Algunos dulces que le habían llegado como regalo de cumpleaños, plumas, tinta, su varita mágica y el permiso para ir a Hogsmeade firmada por tío Vernon. Colocó a Hegwig en su jaula y le acarició la cabeza suavemente mientras ella ululaba lo conforme que estaba con la atención. Miró por última vez el libro sobre animagia que había adquirido y decidió dejarlo en el librero, ya antes le había dado una leída, pero no se sentía preparado para ahondar en el tema.
Bajó las escaleras deseando poder levitar la maleta que, aunque encantada para guardar más de lo que aparentaba, no tenía ningún hechizo para hacerla más liviana. Tío Vernon ya lo esperaba en la sala, listo para llevarlo a King Cross y porque no, toparse con los Malfoy para hacerles la barba una vez más. Harry no había visto a Draco ni una sola vez en todas las vacaciones, los Malfoy habían pasado su tiempo libre en Francia, al igual que Hermione y sus padres. Ron, en cambio, se había ido a Egipto con una recompensa que había recibido su padre durante el verano, cuando su ley para proteger los artículos muggles de magos mañosos comenzó a dar frutos.
Con todos sus amigos fuera, Harry creyó que se aburriría, pero aprovecharse de los Dursley era su nuevo deporte favorito y era casi tan entretenido como el quidditch. Había recibido regalitos de sus amigos, como un chivatocopio de parte de Ron, un set de mantenimiento de escobas por parte de Hermione y un libro magnífico sobre criaturas oscuras de parte de Draco que Harry ya había memorizado, originalmente estaba en francés, pero Narcissa lo había encantado para que pudiera leerse en inglés de ser requerido.
Y ahora Harry estaba ansioso de volver a Hogwarts, con sus escaleras en movimiento, sus pasadizos secretos, sus cuadros parlantes, pero sobre todo, para poder recuperar su pequeño reino que poco a poco iba tomando forma. Sí, ser un tirano con su familia era divertido, pero su verdadero hogar se encontraba en el colegio, donde tenía a Draco, su mejor amigo, mano derecha y la persona que más quería. Dónde tenía a Hermione, la bruja más inteligente de todo Hogwarts, suspicaz y muy hábil en encantamientos. Donde tenía a Ron, siempre fiel y valiente, dispuesto a sacrificarse por él. Donde incluso tenía a Cedric Diggory, ingenuo pero noble, siempre pensando en el prójimo antes que en sí mismo, muy bueno en transformaciones. Sus cuatro pilares, aquellos que le ayudaba a unificar la escuela, la prueba de que los Ravenclaw, los Hufflepuff, los Gryffindor y los Slytherin podían unirse y simpatizar con una sola causa, la causa de Harry Potter y lo mejor es que ni si quiera lo sospechaban.
Subió sus cosas al automóvil y se montó en el asiento del copiloto pensando en que le hubiera encantado probar el choche volador de los Weasley y en que su vida sería más fácil si hubiera aprendido a aparecerse de manera ilegal. Su tío subió poco después, enfundado en un abrigo ligero. Comenzó a charlar sobre quien sabe que cosas del trabajo que Harry ignoró pensando en todo lo que haría ahora que tenía permitido visitar Hogsmeade; había ahorrado bastante y esperaba que fuera suficiente para invitar a su mejor amigo por una cerveza de mantequilla y tal vez un postre. Había sacado también algo del dinero de sus padres, pero todo se había ido prácticamente en sus materiales para ese año.
Llegaron a la estación al diez para las once, Harry se despidió de Vernon en la entrada para la confusión del hombre que seguramente pensaba encontrarse con Narcissa, o incluso Lucius. El muchacho caminó entre la multitud, con la cabeza en alto, con sus ropas muggles nuevas y decentes; era verdad que no vestía tan elegante como Draco, pero era mejor que traer encima los harapos que antes habían pertenecido a Dudley. Le sonrió a un par de niñas que al igual que él esperaban cruzar al andén nueve y tres cuartos y luego se volteó para por fin adentrarse en aquel mundo que sentía tan suyo como si hubiera nacido en él.
Varios rostros conocidos le saludaron y no perdieron la oportunidad de expresar, extasiados, lo mucho que le admiraban, sobre todo desde que había detenido a Voldemort por segunda vez. Él, con toda la cortesía que fue capaz de reunir, les sonrió y respondió con fingida humildad. Incluso saludó a algunos padres que parecían más emocionados que los chiquillos de conocer al gran Harry Potter. Sí, definitivamente había vuelto a casa, ahí era donde pertenecía, ahí era donde debía pasar toda su vida de ser posible, los muggles eran demasiado ordinarios, sus aparatos tecnológicos no igualaban lo que era poseer magia, sus edificios con elevadores y paredes de cristal no se asemejaban a la extraordinaria arquitectura antigua que los magos conservaban con tanto recelo.
Al cruzar la barrera lo primero que hizo fue conjurar su varita y cambiarse la ropa por una de las túnicas regaladas por los Malfoy a la cual le tuvo que hacer algunos ajustes. Había crecido bastante durante el verano, suponía que se debía a la, ahora sí, buena alimentación que estaba recibiendo. Intentó arreglar su melena sin éxito y envidiando el cabello sedoso, brillante y completamente dócil de Draco, se dirigió a buscar a su mejor amigo entre la multitud.
Ron se le atravesó en el camino, el señor Weasley parecía algo preocupado, como si hubiese querido decirle algo que no se atrevió a mencionar. La señora Weasley hizo un mejor trabajo tratando su cabello y Harry se lo agradeció. Los gemelos le saludaron e intentaron hacerle una broma con un par de dulces que Harry conocía muy bien de Zonco. Percy no estaba allí, su último año en Hogwarts había sido el anterior y ahora trabaja en el ministerio. Quién si estaba allí era Ginny quién un poco más desenvuelta le saludó, ruborizándose apenas e intentando hacerle la plática sobre la temporada de quidditch que iniciaría ese año. Ron, fastidiado por la actitud de su hermana intentó acaparar la atención de Harry, al menos hasta que éste anunció que se retiraba para buscar a Draco.
Los Malfoy estaban casi al final del andén, Draco, junto a su madre y padre charlaban casi en susurros, con movimientos de manos sutiles y elegantes. Harry miró a Lucius y dudó por un instante en acercarse, no muy seguro de poder contenerse ahora que tenía al hombre de frente. Sin embargo, decidió que lo mejor sería no demostrarle al hombre ni una pizca de debilidad, sino todo lo contrario. Emplearía todo lo que había aprendido de su hijo para dejarle bien en claro quién era y que era lo que quería. Sí Lucius no estaba de acuerdo con ello, Harry estaría complacido de que le declarara la guerra frente a Draco, así la culpa no sería suya.
—Buenos días —saludó educadamente, sonriendo de manera tan perfecta que nadie sospecharía que se contenía para no asesinar al padre de su mejor amigo.
—Harry, buenos días —le saludó Draco estirando la mano para ofrecérsela. El moreno se extrañó, ya que generalmente se abrazaban para saludarse y despedirse, pero no lo demostró, en su lugar tomó su mano firmemente y la acarició suavemente con su pulgar, sonriéndole sinceramente.
—Señora Malfoy —dijo entonces apartándose de su amigo, tomando la mano de la mujer y besándola con cortesía. —Señor Malfoy — soltó con falsa amabilidad, estirando su mano.
Lucius le correspondió la sonrisa, parecía tan sincera que Harry no pudo evitar admirarlo como la primera vez que lo conoció. Lucius pertenecía al bando enemigo, sí, pero eso no le quitaba la clase y la elegancia con la que hacía todo. Eran tan hábil en el arte de engañar que no podía simplemente despreciar su esfuerzo. Nadie diría que detrás de ese rostro amable, tan parecido al de su hijo, se ocultaba una serpiente rastrera y completamente ruin capaz de sacrificar a su propio hijo por el propósito de su señor. Y no que lo hubiera hecho a propósito, pero Harry suponía que había sospechado algo y no había intentado detenerlo. Lucius era todo un señor, pero también era un Malfoy y Harry sabía que estaba por explotar, así que apretó más la mano del hombre, dejando que su magia fluyera, demostrándole que era superior, ofendiéndole sutilmente.
—¿Subimos al tren? —dijo Draco entonces, probablemente sintiendo el cambio del flujo mágico en el ambiente.
Lucius había cambiado su expresión, su pálida piel se había enrojecido ligeramente por la furia y su gesto se había descompuesto hasta hacerlo lucir completamente desagradable. Narcissa, en cambio, le miraba con sus ojos azules de manera suspicaz, como si quisiera averiguar sus intenciones. Al contrario de su marido, no parecía ofendida por su atrevimiento, si no genuinamente intrigada, Draco solía hacer exactamente el mismo gesto cuando planeaba algo, parecía que no pensaban en nada, pero Harry había aprendido bien a distinguir cada gesto que su mejor amigo, al parecer, había adoptado de sus padres.
—Pero aún no me cuentan de su viaje a Francia —dijo fingiendo total inocencia, apartándose del patriarca Malfoy.
—Oh, toda una aventura —respondió Narcissa como si su marido no estuviera a punto de moler al muchacho a crucios—. Estuvimos en la capital, París es bellísimo todos los días del año, pero en verano es mucho mejor. Fuimos por negocios, como Draco ya debió haberte explicado, pero paseamos un poco también, Draco y yo hemos comprado para ti una caja entera panqués, su repostería es divina. Es una lástima que no hubieras podido acompañarnos ¿cierto, cariño?
Lucius miró a Harry con odio impregnado en sus pupilas. No respondió al instante, pero de repente, su rostro se iluminó de manera poco agradable y Harry supo que iba a soltar el primer golpe y no necesariamente mágico o físico, Malfoy era un aristócrata después de todo, no iba por allí batiéndose en duelo al estilo muggle, mucho menos ahora que Harry tenía información que podía hundirlo y hacerlo pudrir en Azkaban hasta la muerte.
—Es verdad, Draco no paraba de hablar de lo mucho que te hubiera gustado conocer más allá del barrio muggle de clase mediocre... quiero decir, media, del que nunca has salido por que tus parientes muggles te detestan —suspiró con falsa indignación.
Draco enrojeció y se irguió para no perder la compostura, claramente arrepentido de haberles hablado de Harry a sus padres antes de que supiera que las cosas serían así. Pero si Harry se ofendió no lo demostró, únicamente sonrió como si no pudiera causar una explosión mágica en aquel mismo instante —y Draco sabía que podía— y respondió:
—Hubiera sido fantástico, pero no quise ser inoportuno, era un viaje de familia después de todo, sólo espero que Draco no haya recaído en su enfermedad, con lo mal que se puso durante todo el año usted debió preocuparse mucho por él, ¿no es así, Narcissa? —preguntó pero Harry no apartó al mirada de Lucius quién se tensó. Era obvio que su esposa no sabía que él había causado que su hijo casi muriera—Aunque supongo que sin aquel viejo diario que usted...
—Harry, vayamos al tren —interrumpió su amigo y Potter sonrió, desentendido.
—De acuerdo, señor y señora Malfoy, nos veremos después.
Pero ninguno de los dos respondió, Narcissa miraba a su esposo con una furia tan fría que a penas y se reflejaba en su rostro. Harry sabía que el hombre estaría en problemas y no podía sentirse mucho más satisfecho. Si Lucius no iba a sucumbir ante los dementores que cuidaban la prisión mágica, lo haría ante la furia de su esposa, una mujer que Harry ya imaginaba, era de cuidado.
Fue cuando ya estaba a un par de metros de distancia que la voz de Narcissa se escuchó.
—Espero poder verlo en navidad señor Potter —algo en su tono de voz le dijo a Harry que le pediría una explicación a su comentario.
—Por supuesto —respondió.
—Potter —dijo entonces Lucius y Harry se dio la vuelta una vez más. Malfoy sonreía siniestramente mientras decía:— Ten cuidado con Sirius Black, no queremos que termines muerto como tus padres ¿o sí?
