El gran comedor se encontraba lleno del bullicio de los jóvenes que animadamente compartían charlas banales sobre las clases, los profesores y lo rico que estaba el almuerzo de ese día. Las chicas cuchicheaban sobre el chico que les gustaba, soltando risitas tontas cuando el susodicho pasaba cerca. Los muchachos hablaban de quidditch y sobre lo muy interesados que estaban en que Slytherin perdiera —de una vez por todas— la copa. Pero Harry Potter, demasiado inmerso en su investigación sobre dementores ni si quiera se había servido una porción de comida; en lugar de un plato, frente a él descansaba un libro antiquísimo con hojas amarillas y pasta de cuero desgastada.
Draco, silencioso y sumamente elegante, comía de manera refinada la carne asada que Pansy le había servido sin si quiera preguntar qué era lo que deseaba. De vez en cuando Harry sentía la mirada de su amigo sobre él, pero rápidamente la desviaba para seguir hablando con Parkinson de un montón de cosas que Harry creía eran absurdas e irrelevantes. Y es que desde que habían iniciado el tercer curso, Harry se había dado cuenta del cambio radical de algunas de las chicas, chicas como Pansy que al parecer estaban entrando en la adolescencia y ya no se conformaban con una bonita amistad con alguno de los chicos que, menos interesados en el tema se hacían los desentendidos.
Harry no era tonto, ni ingenuo, estaba consciente de que Pansy gustaba de Draco y aquello le hacía sentir irritado por que Harry no necesitaba que Draco tuviera a alguien detrás de él cada minuto de cada hora de cada día, la presencia de Parkinson solía entorpecer sus actividades como mejores amigos y si no le había pedido que se perdiera por ahí, simplemente era por que respetaba el hecho de que la chica fuese amiga de Draco desde que prácticamente habían nacido y por qué éste parecía tan interesado en ella como lo estaba Harry por la adivinación, materia que por supuesto no había tomado.
Sin embargo era obvio que las cosas en el colegio estaban cambiando, todos estaban creciendo y aquello era bueno, Harry podía ver como aquellos a los que había seleccionado como aliados cercanos maduraban y lo demostraban con pequeñas acciones. Claro que los de cursos avanzados siempre les llevarían ventaja, que los de tercero aún tenían muchas cosas por aprender, pero era una satisfacción enorme saber que no se había equivocado y había elegido bien sus amistades.
De entre todas las casas, Slytherin parecía llevar mucho mejor la madurez. Harry suponía que se debía a la educación sangre pura que la mayoría de ellos recibía. Gryffindor, en cambio, era el caso opuesto, parecía que sus chicos en vez de madurar lo hacían al inverso, Ron iba quedándose muy, muy atrás, en comparación con Hermione o el mismo Harry; mientras la Ravenclaw había memorizado por completo el libro de artimacia, el Gryffindor se encontraba riendo nasalmente por que Seamus se había puesto los calzoncillos al revés.
Claro que Harry estaba consciente de que no era cuestión de casas, su hermano Percy siempre había parecido más un Ravenclaw, e incluso Longbottom, aunque torpe, era bastante maduro y centrado.
Suspiró cuando escuchó que algo explotó en la mesa de los Leones y escuchó las estruendosas risas de los gemelos Weasley, entonces Draco terminó de tomar su té de la taza y le tendió un vaso con malteada de fresa que Harry se tomó de manera distraída mientras intentaba recuperar el hilo de la lectura después de la distracción.
—Finnigan ha hecho explotar su sopa —dijo Malfoy con aburrimiento—, una vez más. ¡Oh! Y ahí va McGonagall... una vez más, a regañarlo una vez más y ahí está la chica Weasley fingiendo que aquellos no son sus compañeros de casa, otra vez, escapándose con la lunática a la mesa de Ravenclaw. No la culpo, yo haría lo mismo, oh no... Creevey viene para acá, me rindo, no puedo con tanto, si me necesitas estaré por allí.
Harry rodó los ojos ante el dramatismo de Draco quién muy dignamente se había levantado de su lugar y ahora se dirigía hasta la puerta de salida. Harry tomó una tostada y contuvo una sonrisita cuando Pansy intentó seguirlo y el rubio le dijo que estaría en los baños de hombres donde por obvias razones no podría entrar. Sin embargo aquella felicidad momentánea se esfumó cuando Dphne se acercó a Pansy y juntas comenzaron con su interminable charla sobre lo encantador que era Draco, "Como un príncipe", solían decir constantemente, "Todo un sueño", agregaban y no mentían, Harry sabía que Draco era guapo, millonario y que siempre caminaba como si perteneciera a la familia real de Inglaterra y aquel era su atractivo, junto con su fría indiferencia y su personalidad cruel e hiriente.
—Harry —dijo Colin tomando el lugar donde Draco había estado sentado segundos atrás. Parkinson hizo un sonido de asco al notar su presencia, se puso de pie y se marchó junto a Greengrass.
—Colin.
—¿Has visto lo que ha hecho Seamus? Su sopa casi alcanza el techo, tengo una fotografía que lo prueba —levantó la cámara que colgaba de su cuello y la mostró sonriente—. ¿Qué lees? —preguntó al ver que Harry no estaba nada interesado en el tema de la foto con la sopa y la explosión—. ¿Dementores? —preguntó al ver el texto y sonrió.
—Ajá —contestó Harry, sin apartar la mirada de su libro.
—Lo que hiciste en el tren fue fantástico, nunca había escuchado que alguien desintegrara así a un dementor, mucho menos con un patronus —decía emocionado—. Ojalá hubiera podido estar ahí y sacar algunas fotos, Malfoy no deja de hablar de lo increíble que fue y no que me importe que Malfoy vaya por ahí presumiendo algo que él no hizo, pero no entiendo por qué escogiste como amigo a alguien tan...
—Colin —dijo mirándolo por primera vez—, será mejor que cuides lo que planeas decir porque Draco es mi mejor amigo y no voy a dejar que hables mal de él —el Gryffindor se sonrojó, Harry no había levantado la voz, pero había sonado tan imponente que se quedó sin aliento —. ¿Algo más?
—No, yo... bueno, me preguntaba, olvídalo —Agachó la mirada y Harry tomó su último sorbo de jugo, cerró su libro y se puso de pie.
—De acuerdo, entonces nos veremos por ahí —y le sonrió como si un segundo atrás no hubiera querido hechizarlo por haber osado hablar mal de Draco.
Antes de salir del comedor se detuvo a charlar con un par de chicos de Hufflepuff, momento que Ginny aprovechó para pasar a saludarlo. Finalmente emprendió su camino hacia los jardines donde tendría su clase de cuidado de creaturas mágicas, impartida por Hagrid, el guardabosque y buen amigo suyo. Se había terminado de ganar su confianza cuando gracias a Harry, se descubrió quién había abierto la cámara de los secretos y aunque al hombre aún no le dejaban usar una varita, sí que sería posible en el futuro.
Atravesó los corredores a paso resuelto, con el rostro bien en alto y regalando sonrisas encantadoras a todos los que le saludaban. Tal vez él no sabía porque había logrado desintegrar al dementor, pero aquello le había valido mucho respeto y admiración. Todos le creían tan poderoso e invencible que caer en su gracia había sido sencillo y Harry juraba que, de no ser porque Sirius Black andaba suelto, tal vez ese año hubiera podido ser el mejor desde que había llegado a Hogwarts. Pero Harry ya se había resignado a que su vida sería un mar de líos, después de todo, la gente importante siempre tenía enemigos que enfrentar y vencer.
Fue cuando escuchó una risita conocida que detuvo su paso, miró alrededor buscando a la dueña de tal sonido y cuando la encontró sonrió, dispuesto acercarse a saludar. Fue entonces que se percató de que no estaba sola, Hermione se encontraba sentada bajo un árbol, dándole la espalda y junto a ella estaba Draco, ambos sonriendo y mirando un libro que Draco sujetaba entre manos. Ambos hablaban sobre cosas que Harry no alcanzaba a escuchar pero que sin duda le parecía sumamente sospechoso, ¿Cuando Draco se había acercado a Granger sin que Harry estuviera de por medio? Él creía que nunca y el desazón que se instaló en su pecho fue tan irregular que ni si quiera pudo ponerle nombre.
Se quedó de pie allí un rato más, viéndolos charlar y sonreír, conocía a Draco lo suficiente como para distinguir aquel brillo en sus ojos y no le gustó para nada lo que estaba mirando. ¿Cuánto tiempo esos dos habían estado encontrándose a sus espaldas? ¿Y con qué propósito? Harry había jurado confiar mucho más en su amigo pero simplemente no podía pensar en nada bueno que saliera de aquello.
Hermione era bonita, verdad que su cabello era un desastre y sus dientes eran más grandes que los dientes de la gente normal, pero era inteligente, astuta, observadora y muy hábil. Harry pensó que había sido muy tonto al no darse cuenta, solo había sido cuestión de tiempo para que Draco se diera cuenta de que ella, de entre todas las chicas del colegio, era su mejor opción para... ¿Para qué?
—¡Harry! —saludó Ron de improvisto y Potter se puso rígido.
—Ron, hola —se apresuró a saludar para no parecer un idiota. Se colocó de tal manera que Ron no tuviera que voltear a ver la escena entre Malfoy y Granger.
—¿Vamos a la clase?
Harry asintió en silencio y ambos se encaminaron hacia la clase de cuidado de creaturas mágicas. Ron charlaba animadamente sobre el asunto de la sopa explosiva, pero Harry no le escuchaba, demasiado inmerso en sus pensamientos. ¿Y si Draco planeaba hacer a Hermione su nueva mejor amiga? Si Harry mismo tuviera que elegir a alguien después de Draco, esa sería Granger, pero Granger era una sangre sucia... ¿Draco se fijaba en esas cosas? No, él no era como su padre, si Draco veía algún tipo de beneficio en alguna persona su estatus de sangre era lo menos importante... ¿eso significaba que Malfoy solo estaba usando a la Ravenclaw? ¿Pero usándola para qué?
— ¿Has escuchado lo que te he dicho? —le preguntó el pelirrojo. Harry sonrió a modo de disculpa—. Sobre Hermione.
—¿Que hay con ella? —preguntó repentinamente interesado, tal vez Ron sabía algo que él no.
—Que hemos discutido, su gato, su estúpido gato ha ido desde la torre de Ravenclaw hasta la de Gryffindor solo para hacerse con Scabbers, la pobre estaba muy asustada, casi muere de un infarto y ella no quiere hacerse responsable, botar a su animal lejos, después de todo, mi ratita llegó primero. La obsesión que tiene esa bola de pelos no es normal, Harry, hazme caso.
—Tal vez tu rata está poseída, he leído que los gatos pueden sentir ese tipo de vibras —Ron palideció del miedo.
—¿Tú crees? —preguntó.
Pero Harry no respondió, solo se encogió de hombros mientras seguía su camino hasta la cabaña de Hagrid donde este ya les esperaba, rodeado de los otros Gryffindor y Slytherin.
—¡Vamos, dense prisa! —gritó el profesor a medida que se aproximaban sus alumnos—. ¡Hoy tengo algo especial para ustedes! ¡Una gran lección! ¿Ya está todo el mundo? ¡Bien, síganme! —Hagrid anduvo por el límite de los árboles y cinco minutos después se hallaron ante un prado donde no había nada—. ¡Acérquense todos a la cerca! —gritó—. Asegúrense de que tienen buena visión. Lo primero que tienen que hacer es abrir los libros... ¿Y tu libro Malfoy? —Harry quién hasta ese momento no se había percatado de la presencia del rubio le miró, efectivamente llevaba su morral, pero estaba vacío.
—Lo he memorizado ya —dijo la voz fría y arrastrada de Draco.
—¿En serio? —dijo Hagrid.
—No sé por qué parece tan sorprendido profesor —Hagrid enrojeció de vergüenza por el sarcasmo usado por el chico —. De todas formas no lo tengo conmigo, lo he prestado a alguien.
A Hermione. Pensó Harry.
—¿Profesor? —Preguntó Neville débilmente —. Yo no he podido abrirlo.
Harry aprovechó que Hagrid estaba demasiado entretenido explicando que, para usar el libro sería suficiente con acariciar su lomo para acercarse a Draco quién ya había tomado lugar en primera fila y se encontraba recargado en la cerca donde se supone que tendría la exhibición de la criatura de ese día.
—Te he visto con Hermione —dijo sin rodeos pero Draco no respondió, como si no hubiera nada que explicar—. No sabía que eran amigos... —continuó presionando.
—Sólo estábamos charlando.
—¿Sobre qué exactamente? —Draco lo miró entonces, con una ceja arqueada.
—Tranquilo Potty, ¿a qué vienen todo esto? —Harry abrió la boca para contestar pero una exclamación proveniente de Lavander Brown le interrumpió. De todas formas tampoco tenía una respuesta.
Trotando en dirección a ellos se acercaba una docena de Hipogrifos. Tenían el cuerpo, las patas traseras y la cola de caballo, pero las patas delanteras, las alas y la cabeza de águila gigante. El pico era del color del acero y los ojos de un naranja brillante. Las garras de las patas delanteras eran de quince centímetros cada una y parecían armas mortales. Cada bestia llevaba un collar de cuero grueso alrededor del cuello, atado a una larga cadena. Hagrid sostenía en sus grandes manos el extremo de todas las cadenas. Se acercaba corriendo por el prado, detrás de las criaturas.
—¡Para allá! —les gritaba, sacudiendo las cadenas y forzando a las bestias a ir hacia la cerca, donde estaban los alumnos. Todos se echaron un poco hacia atrás cuando Hagrid llegó donde estaban ellos y ató los animales a la cerca.
—Hipogrifos —murmuró Harry, quién solo los conocía por los libros— son más bonitos de lo que creí.
—Lo primero que tienen que saber de los hipogrifos es que son orgullosos —dijo Hagrid—. Se molestan con mucha facilidad. Nunca ofendan a ninguno, porque podría ser lo último que harían.
—Cómo tratar con Harry —dijo Draco seriamente—. Estoy bastante acostumbrado.
—¿Alguien sabe lo que hay que hacer para acercarse a uno? —preguntó el profesor. Draco alzó la mano.
—Tenemos que esperar siempre a que el hipogrifo haga el primer movimiento —respondió el rubio—. Vas hacia él, te inclinas y esperas —miró de reojo a Potter quién lo miraba con ojos bien abiertos—. Si él responde con una inclinación, querrá decir que te permite tocarlo. Si no hace la inclinación, entonces es mejor que te alejes de él enseguida, porque puede hacer mucho daño con sus... garras.
Harry lo miró por un momento, no sabía si sentirse ofendido o halagado, Draco lo comparaba con una criatura tan majestuosa como aquella y tanto había sido su fascinación que, cuando Hagrid preguntó quién quería intentar acercarse a uno de ellos, no dudo en ofrecerse. Recibió aplausos y halagos de los chicos de la clase, Ron incluso gritó animándolo. Draco, por su parte, sonrió de lado y negó divertido, esperando.
—¡Bien, Harry! —gritó Hagrid—. Veamos cómo te llevas con Buckbeak.
Soltó la cadena, separó a un hipogrifo gris de sus compañeros y le desprendió el collar de cuero. Los alumnos, al otro lado de la cerca, contenían la respiración. Malfoy entornaba los ojos, expectante.
—Tranquilo ahora, Harry —dijo Hagrid en voz baja—. Primero mírale a los ojos. Procura no parpad... pero se detuvo a media frase.
Harry había saltado la cerca y se había plantado frente al animal sin mostrar una pizca de temor, seguro de que podría manejarlo sin problemas. Lo que nadie había esperado, ni si quiera Harry, era que el hipogrifo se postrara ante él nada más tenerlo de frente. Hagrid se había quedado congelado, con las instrucciones en la punta de la lengua. Los Gryffindor tenían la quijada por el suelo, tan asombrados que solo atinaban a boquear cual pez fuera del agua. Los Slytherin, como estatuas mantenían la vista clavada en la escena para inmediatamente después comenzar a aplaudir.
—Bien, Harry —dijo Hagrid—. ¡Creo que el hipogrifo dejaría que lo montaras! —aquello fue lo que los Gryffindor necesitaron para reaccionar y comenzar a aplaudir.
—¿Vamos? —le preguntó Harry a Draco, extendiéndole la mano.
Draco sonrió y saltó la valla con agilidad y tan rápido que aquello alertó a la creatura. Sucedió en un destello de garras de acero. Draco emitió un grito ahogado y un instante después Hagrid se esforzaba por volver a ponerle el collar a Buckbeak, que quería alcanzar a un Malfoy que yacía encogido en la hierba y con sangre en la ropa. Harry fulminó al hipogrifo con la mirada y éste se encogió en su lugar, como si fuese un pequeño cachorrito, como si temiera terminar hecho pedazos por esa única mirada.
—¿Te llevaré a la enfermería? —le dijo a Draco quién sostenía la herida con su otra mano. La sangre salía a chorros —¿Puedes pararte? —el rubio asintió para nada más intentarlo se tambaleó.
El rostro de Draco se había tornado mucho más pálido que de costumbre, era obvia la pérdida de sangre. Todos los demás chicos miraban con horror la escena, Pansy incluso se había soltado a llorar, preocupada por su amigo. Ron abrió la puerta del corral y Harry miró a Hagrid, furioso como nunca.
—¿Qué estás esperando? ¡Hay que llevarlo a la enfermería!
El hombre asintió y tomó a Malfoy entre sus enormes manos. La sangre escurría y dejaba un caminito de rojo vivo tras él. Harry se puso de pie para alcanzar a su amigo en la enfermería. Sin embargo, antes de abandonar los jardines se paró frente al hipogrifo, podía ver el miedo en su mirada y Harry se preguntó si podría sentir su magia y la furia que la acompañaba. Quiso gritarle, pero sabía que perder el control no era una opción, así que simplemente le miró hasta que se encogió, retrocediendo junto a los otros hipogrifos que al igual que Buckbeak se amilanaron por su presencia. Harry alzó el rostro y todos ellos le reverenciaron silenciosamente, con las alas pegadas al cuerpo.
Cuando el moreno estuvo satisfecho bufó y se dirigió a la enfermería.
