Habían sido unos días terribles, Draco había pasado demasiado tiempo en la enfermería. La enfermera había hecho su mejor trabajo curándolo pero el dolor seguía allí y Harry sospechaba que seguiría de la misma manera por varios días más. Tanto así que Marcus Flint ya estaba buscando al reemplazo del chico en el equipo de quidditch, era obvio que jamás encontraría un mejor cazador que Malfoy, pero al moreno le preocupaba realmente que la herida afectara a su amigo de manera permanente. Harry esperaba que el primer partido contra Hufflepuff no fuese tan difícil de sobrellevar, Cedric era un rival digno de todas formas y los tejones llevaban en segundo lugar en la copa desde que Harry había entrado al equipo de Slytherin. Los Gryffindor por su parte lo hacían lo mejor que podían, Oliver Wood, el capitán, parecía sumamente obsesionado con ganarse la copa a toda costa y entrenaba arduamente a su equipo, o al menos de ello se quejaban los gemelos Weasley todo el tiempo. Ravenclaw por su parte lo hacía lo mejor que podía sin acongojarse por la derrota, para ellos habían cosas más importantes en las cuales pensar.

Harry había olvidado a medias el tema de Black, demasiado ocupado atendiendo a su mejor amigo. Pasaba sus horas libres en la enfermería ayudándole con las comidas o los almuerzos mientras le explicaba lo que acababan de ver en clases, duplicando sus algo desastrosos apuntes para que Draco tuviese una copia y pudiera leerlos durante sus días de incapacidad. No era que Draco lo necesitara en realidad, parecía que durante el verano el chico había pasado día y noche aprendiendo todo lo que podía, estaba adelantado por al menos dos cursos y había sido muy cuidadoso para que ni los profesores, ni los alumnos lo notaran, sin embargo Harry era otra cosa muy diferente, él se había percatado, y si insistía en llevarle las tareas y los apuntes era porque aquello era lo que hacían los amigos y porque Hermione Granger parecía muy interesada en estar al pendiente de su mejor amigo.

Potter no entendía, por más que lo pensaba no lograba comprender en que momento aquellos dos se habían hecho tan buenos amigos y cada que le preguntaba a Draco éste solamente le sonreía y le cambiaba el tema. Harry nunca había deseado tanto que Malfoy fuera más Malfoy, tan Malfoy como su padre y repudiara con todo su ser a los sangre sucia, porque llegar a la enfermería y encontrarse con que Granger ya estaba allí, mostrándole sus libros y sus apuntes comenzaba a ser irritante. Se sentía como una competencia en la que él no quería participar, no se suponía que aquello fuese de esa manera, él y Draco eran mejores amigos, que no debía haber preocupación, pero la había y cada vez era más palpable.

El resto de los Slytherin no veían tan bien el asunto, Granger era nacida de Muggles, una Ravenclaw destacada, sí, pero no por eso su sangre obtenía un mejor estatus. Harry sabía que aquella actitud desatendida de las tradiciones sangrepura solo podía venir de Narcissa, la mujer había instruido a su hijo para que dejara de lado las cuestiones racistas si con eso lograba obtener un beneficio y vaya que Granger podía ser de gran ayuda. Harry mismo la apreciaba como aliada y aquello era lo que más molesto le tenía, que tenía conciencia de lo valioso que era tener a Hermione cerca.

Caminó entre los pasillos de las mazmorras hasta la enfermería, aquel era el último día de Draco ahí y había prometido ir por él en cuanto Madame Pumfrey le diera el visto bueno. Snape se había mostrado reacio a dejarlo salir a la mitad de la clase de pociones, pero como Harry había acabado la primera mitad de la poción para encoger sin problemas, al profesor no le quedó de otra más que dejarlo salir. Después de todo, Draco era su alumno favorito.

Se detuvo frente a la puerta y acomodó su túnica, alisándola con un encantamiento y quitándole los olores de los ingredientes de su poción con otro. Se miró en el reflejo de una de las ventanas cercanas y se acomodó las gafas y el cabello para finalmente erguirse y entrar con paso resuelto. Cuando entró, su amigo estaba completamente solo, batallado con la túnica, con el brazo en el cabestrillo y quejándose sonoramente al pensarse solo. Harry, aliviado de no tener que lidiar con la presencia de Hermione, se acercó y se rio un poco de la situación; Draco, de pie junto a la cama, con medio brazo dentro de la túnica, la cabeza atorada entre la tela y la otra mano, completamente inútil y vendada, pegada a su cuerpo.

—Parece que necesitas ayuda —le dijo y Draco detuvo su pelea con la prenda.

—Te lo agradecería mucho —le respondió con la voz ahogada por tener la cabeza entre la tela de la túnica.

Harry se rio un poco y Draco bufó. El moreno le retiró por completo la prenda de la cabeza y con manos suaves le acomodó la camisa blanca que vestía debajo, el rubio había logrado colocársela, seguramente con mucho trabajo, pero lo había hecho. Harry tomó la parte de debajo de la camisa y la fajó dentro del pantalón para inmediatamente colocarle el cinturón. Las mejillas de Draco se encendieron sobre su pálida piel y Harry pensó que debía avergonzarle sentirse tan inútil. Luego pasó a acomodarle el cuello de la camisa y a ponerle la corbata verde y plata que al parecer Draco se había rendido en ponerse. Harry había aprendido a anudarla con ayuda de Draco en primer año. Y así, finalmente colocó la túnica, primero metiendo la cabeza de su mejor amigo, con mucho cuidado de no despeinarlo, luego el brazo sano y finalmente el brazo malo. Le alisó la túnica, se la acomodó de los hombros y luego sonrió satisfecho.

—Ni una palabra a nadie... —dijo el rubio de mal humor. Harry sonrió y le apartó un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Ni una sola —le prometió—. Me gusta más ahora que has dejado de pegártelo al cráneo con fijador —dijo, refiriéndose al cabello de Draco.

—¿Desde que empezó el año que lo tengo de esta forma y a penas te has percatado? —se cruzó los brazos y sonrió divertido por lo distraído que Harry podía ser.

—También lo tienes más largo —acercó su mano para tocar un mechón y acariciarlo. Harry pensó que era lo más suave que hubiese tocado nunca.

—¡Draco! —exclamó entonces una voz en la puerta. Harry se apartó de su amigo de inmediato y luchó muchísimo por no rodar los ojos. Hermione había llegado—. Lamento no haber llegado antes, pero la profesora Vector me estaba explicando el tema de la siguiente semana ¿has podido vestirte solo?

—Harry me ha ayudado —confesó y Hermione le sonrió al pelinegro.

—Menos mal, había prometido hacerlo yo —luego miró a Draco—. ¿Seguro que puedes volver a clases?

—Está bien Granger —Hermione mostró una expresión de desilusión.

—Creí que ya era Hermione... —murmuró la chica y Harry sintió que iba a vomitar.

Los tres se quedaron en un silencio que Harry se le antojó sumamente incómodo. Draco comenzó entonces a acomodar dentro de su morral los libros que había estado revisando todos esos días y Harry decidió que ya era momento de intervenir.

—Será mejor que nos marchemos, Snape nos espera —Draco asintió en silencio y se despidió de Hermione con una sonrisa muy pequeña. La chica se mordió el labio, era obvio que quería decirle algo.

—¿Nos vemos esta noche en la biblioteca? —soltó por fin, cuando Harry, cargando el morral de su amigo estaba a un metro de la puerta.

—Draco y yo tenemos cosas que hacer, Mione, tal vez otro día —contestó Potter por el rubio. Su voz sumamente amable, hasta cariñosa, cuando de verdad sentía en el pecho un vacío extraño, aquel que había aprendido no se marcharía así como así, aquel que había comenzado desde que Draco parecía más unido a la Ravenclaw.

Como Draco no dijo nada más y Hermione solo soltó un "Ah..." bastante triste, Harry continuó su camino de vuelta a la clase de pociones. Sin la presencia de Hermione y con el asunto prácticamente en caliente, Harry comenzó a sentirse irritado, y tal vez Draco lo notó porque le miraba de reojo cada dos por tres, cosa que lo hacía enojar mucho más. Se preguntaba cómo era que su mejor amigo podía permanecer tan tranquilo con él ese estado... como si no le importara.

—Puedo cargar mis propias cosas si quieres —le dijo el rubio al doblar una esquina.

—Lo estoy haciendo yo —le respondió Potter con tono frío. O tal vez preferirías que las cargara Hermione. Pensó con amargura.

—No sé porque estas tan enojado, pero comienza a ser irritante —le confrontó pero Harry no dijo nada, continuaron su camino hasta las mazmorras.

Al llegar Snape recibió al rubio con una sonrisa que más que una sonrisa parecía una mueca extraña. Harry, irritado como se encontraba simplemente atinó a dejar las cosas del rubio en el asiento junto al suyo y a mirar su poción la cual ya debía estar a punto de hervir. Draco saludó a sus amigos Slytherin quienes lo habían ido a visitar varias veces a la enfermería. Pansy fue la primera en hablar.

—¿Qué tal, Draco? —dijo sonriendo como una tonta—. ¿Te duele mucho?

—No en realidad, ya no —contestó sonriéndole amablemente. Draco siempre era así con ella.

—Me alegro, si necesitas que corte las ra...

—No hace falta, ya se las he cortado yo —interrumpió Harry con autoritarismo. Sacando un frasco lleno de raíces frescas y cortadas a la perfección, dejándoselas a Draco enfrente sin decir una palabra.

—Entonces tal vez quieras que te ayude con el hi...

—He pelado el higo seco —volvió a interrumpir Harry y Pansy hizo un puchero de frustración. Potter dejó el higo junto a las raíces, sin decir nada más.

La clase avanzó entre un silencio que no se sintió incómodo únicamente por que los Gryffindor y los Slytherin mantenían charlas animadas entre ellos. Incluso Harry comenzó una plática intrascendente con Theodore Nott sobre el nuevo director de finanzas del ministerio.

—¡Naranja, Longbottom! —exclamó Snape de repente, levantando un poco con el cazo y vertiéndolo en el caldero, para que lo viera todo el mundo—. ¡Naranja! Dime, muchacho, ¿hay algo que pueda penetrar esa gruesa calavera que tienes ahí? ¿No me has oído decir muy claro que se necesitaba sólo un bazo de rata? ¿No he dejado muy claro que no había que echar más que unas gotas de jugo de sanguijuela? ¿Qué tengo que hacer para que comprendas, Longbottom?

Los Slytherin rieron.

—Draco, ¿has hablado con tu padre sobre tu herida? —preguntó Pansy entonces—. Creo que deberían hacer algo al respecto, ese profesor nuevo es un bueno para nada y lo que esa cosa te hizo...

—No he escrito a mis padres y espero que tú no lo hayas hecho, Hagrid es amigo de Harry y el hipogrifo solo estaba asustado, yo he tenido la culpa por haberme acercado de aquella manera.

—Pero Draco...

—Ya has oído, Parkinson —intervino Harry y ella guardó silencio, mirándole con sus ojos verdes como si quiera arrancarle la lengua por entrometido.

—¡Eh, Harry! —dijo Seamus Finnigan, inclinándose para tomarle prestada a Harry la balanza de bronce—. ¿Has oído? El Profeta de esta mañana asegura que han visto a Sirius Black.

—¿Dónde? —preguntaron con rapidez Harry y Draco, intercambiando una mirada cómplice.

—No muy lejos de aquí —dijo Seamus, que parecía emocionado—. Lo ha visto una muggle. Por supuesto, ella no entendía realmente. Los muggles piensan que es sólo un criminal común y corriente, ¿verdad? El caso es que telefoneó a la línea directa. Pero cuando llegaron los del Ministerio de Magia, ya se había ido.

—No muy lejos de aquí... —repitió Draco, mirando a Harry de forma elocuente.

—¿No irás a buscarlo verdad? —le susurró Ron que se encontraba a su lado.

—Por supuesto que no... —y no mentía, Harry no iría tras Black, Black iría a él.

Al término de la clase, Harry salió de las mazmorras en compañía de los Gryffindor, pues Draco parecía demasiado ocupado con el resto de los Slytherin quienes no dejaban de hablar de su accidente. Harry vio a Hermione subir las escaleras sin detenerse a saludarlos, demasiado ocupada revisando su morral y un libro que traía entre manos, el moreno supuso que se perdería el almuerzo, pero al llegar al gran comedor se encontró con que Hermione estaba ahí, llegando de los jardines con expresión concentrada. Miró al resto de los leones para ver si alguno de ellos reaccionaba ante tal hecho y es que para haber llegado allí antes que ellos, la chica hubiese tenido que aparecerse, cosa que era imposible porque nadie podía aparecerse en Hogwarts.

Pero ni Ron, ni Dean, ni Seamus o Neville parecieron darse cuenta de aquel pequeño detalle, por lo que dirigió a Draco una mirada, él y su grupo iban solo un par de metros por delante. La expresión de Draco, a primera vista totalmente neutra, le confirmó que algo extraño estaba sucediendo, Malfoy sabía algo y Harry quería saber que era lo que le ocultaba. Potter pensaba que tal vez era cosa de un traslador.

—¿Has hablado con Hermione? —preguntó Harry a Ron y este frunció el ceño.

—No mucho, sigo enojado por el asunto de su feo gato.

Después del almuerzo se dirigieron a la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras. El profesor Lupin no estaba en el aula cuando llegaron. Todos se sentaron, sacaron los libros, las plumas y los pergaminos, y estaban hablando cuando por fin llegó el profesor. Lupin sonrió vagamente y puso su desvencijado maletín en la mesa. Estaba tan desaliñado como siempre, pero parecía más sano que en el tren, como si hubiera tomado unas cuantas comidas abundantes y una siesta reparadora.

Harry estaba consciente de la manera en que sus compañeros miraban al profesor que siempre iba de aquí para allá con ropa vieja y gastada, a la mayoría de los sangre pura les gustaba mirar por sobre el hombro a la gente que no tenía tanto dinero como ellos y Harry a veces creía que, de no haber sido por la amistad de Draco, probablemente le hubiesen mirado de la misma forma, con aquella ropa vieja que solía usar cuando los Dursley le trataban peor que a una alimaña.

Si Harry había estado enojado con Draco —sin razón aparente—, aquello fue suficiente para que lo olvidara, a Draco le debía mucho más que su amistad, le debía su reputación, sus alianzas, el que le respetaran pese a su falta de recursos económicos y es que la pequeña fortuna heredada por los Potter no podría compararse nunca con los millones de galeones que algunos como los Malfoy, los Nott o los Parkinson poseían.

—Buenas tardes —dijo—. ¿Podrían, por favor; meter los libros en la mochila? La lección de hoy será práctica. Sólo necesitarán las varitas mágicas.

La clase intercambió miradas de curiosidad mientras recogía los libros. Nunca habían tenido una clase práctica de Defensa Contra las Artes Oscuras, a menos que se contara la memorable clase del año anterior, en que el antiguo profesor había llevado una jaula con duendecillos y los había soltado en clase. Todo un desastre, aunque a Harry no le gustaba pensar demasiado en Gilderoy, hacerlo le causaba desagrado.

—Bien —dijo el profesor Lupin cuando todo el mundo estuvo listo—. Si tienen la amabilidad de seguirme...

Desconcertados pero con interés, los alumnos se pusieron en pie y salieron del aula con el profesor Lupin. Este los condujo a lo largo del desierto corredor. Doblaron una esquina. Al primero que vieron fue a Peeves el poltergeist, que flotaba boca abajo en medio del aire y tapaba con chicle el ojo de una cerradura. Peeves no levantó la mirada hasta que el profesor Lupin estuvo a medio metro. Entonces sacudió los pies de dedos retorcidos y se puso a cantar una monótona canción:

—Locatis lunático Lupin, locatis lunático Lupin, locatis lunático Lupin...

Aunque casi siempre era desobediente y maleducado, Peeves solía tener algún respeto por los profesores. Todos miraron de inmediato al profesor Lupin para ver cómo se lo tomaría. Ante su sorpresa, el mencionado seguía sonriendo.

—Yo en tu lugar quitaría ese chicle de la cerradura, Peeves —dijo amablemente—. El señor Filch no podrá entrar a por sus escobas.

Se pusieron otra vez en marcha. Los condujo por otro corredor y se detuvo en la puerta de la sala de profesores. En la sala de profesores, una estancia larga, con paneles de madera en las paredes y llena de sillas viejas y dispares, no había nadie salvo un profesor. Snape estaba sentado en un sillón bajo y observó a la clase mientras ésta penetraba en la sala. Los ojos le brillaban y en la boca tenía una sonrisa desagradable. Cuando el profesor Lupin entró y cerró la puerta tras él, dijo Snape:

—Déjela abierta, Lupin. Prefiero no ser testigo de esto. —Se puso de pie y pasó entre los alumnos. Su toga negra ondeaba a su espalda. Ya en la puerta, giró sobre sus talones y dijo—: Mis chicos son bastante confiables pero no puedo decir lo mismo de Potter, no lo apartes de Malfoy si no quieres que todo termine en desastre y júntalo con Granger solo si quieres que ella comience a portarse como una insoportable sabelotodo.

—He dado a Harry las suficientes clases como para saber que el chico no necesita de nadie para sobresalir, Severus, ¿supongo que has escuchado lo que le ha hecho a ese dementor en el tren?

—Suerte y solo suerte —dijo el profesor y salió con la túnica ondeando tras él.

Harry mantuvo su expresión fría e indiferente, demasiado acostumbrado a lidiar siempre con los comentarios de Snape. Draco se paró a su lado, confortándole silenciosa y sutilmente y aquella acción le hizo sentir importante.

—Harry —le dijo entonces Lupin en modo confidencial — ¿podrías quedarte después de clases?

—Si profesor.

—¿Te metiste en problemas? —le susurró Draco y Harry le sonrió ligeramente, negando.

—Ahora —dijo el profesor Lupin llamando la atención del fondo de la clase, donde no había más que un viejo armario en el que los profesores guardaban las togas y túnicas de repuesto. Cuando el profesor Lupin se acercó, el armario tembló de repente, golpeando la pared—. No hay por qué preocuparse —dijo con tranquilidad cuando algunos de los alumnos se echaron hacia atrás, alarmados—. Hay un boggart ahí dentro. ¿Pueden decirme que es lo que saben sobre estas criaturas?

—Es un ser que cambia de forma —dijo Harry sin molestarse en alzar la mano—. Toma la forma de nuestros peores miedos. Les gustan los lugares oscuros y cerrados, como el armario.

—Yo no lo podría haber explicado mejor —admitió el profesor Lupin, y Harry creyó que lo miraba con orgullo—. El boggart que está ahí dentro, sumido en la oscuridad, aún no ha adoptado una forma. Todavía no sabe qué es lo que más miedo le da a la persona del otro lado. Nadie sabe qué forma tiene un boggart cuando está solo, pero cuando lo dejemos salir; se convertirá de inmediato en lo que más temamos. Esto significa —prosiguió el profesor Lupin, optando por no hacer caso de los balbuceos de terror de Crabbe— que ya antes de empezar tenemos una enorme ventaja sobre el boggart. ¿Sabes por qué, Draco? —El rubio hizo una mueca de desagrado al ser llamado por su nombre de pila pero respondió de todas formas.

—Porque somos muchos y no sabe por qué forma decidirse.

—Exacto —dijo el profesor Lupin—. Siempre es mejor estar acompañado cuando uno se enfrenta a un boggart, porque se despista. ¿En qué se debería convertir; en un cadáver decapitado o en una babosa carnívora? En cierta ocasión vi que un boggart cometía el error de querer asustar a dos personas a la vez y el muy imbécil se convirtió en media babosa. No daba ni gota de miedo. El hechizo para vencer a un boggart es sencillo, pero requiere fuerza mental. Lo que sirve para vencer a un boggart es la risa. Lo que tienen que hacer es obligarle a que adopte una forma que ustedes encuentren cómica. Practicaremos el hechizo primero sin la varita. Repetitan conmigo: ¡Riddíkulo!

—¡Riddíkulo! —dijeron todos a la vez.

—Bien —dijo el profesor Lupin—. Muy bien. Pero me temo que esto es lo más fácil. Como ven, la palabra sola no basta. ¿Gregory podrías ayudarnos con la demostración?

El armario volvió a temblar. Aunque no tanto como Gregory Goyle, que avanzaba como si se dirigiera a la horca.

—Bien, Greg —prosiguió el profesor Lupin—. Empecemos por el principio: ¿qué es lo que más te asusta en el mundo? —Greg movió los labios, pero no dijo nada—. Perdona, Greg, pero no he entendido lo que has dicho —dijo el profesor Lupin, sin enfadarse.

—Draco...

Harry le sonrió a su amigo y este le miró extrañado pero le correspondió. Harry entendía por qué Gregory le temía; no era que la apariencia de Malfoy fuese aterradora, Draco era como un veela, era más bien que Draco tenía la capacidad de hacer tu vida miserable si se lo proponía, tenía ese tipo de poder sobre la gente y aquello, si era aterrador.

—¿Draco? —preguntó Lupin soltando una carcajada cosa que imitaron todos los presentes. El rubio alzó una ceja pero era obvio que intentaba aguantar la risa —. Bueno pues entonces ven aquí —y el chico obedeció, colocándose frente al armario —. Cuando "Draco" salga del armario lo que tienes que hacer es pensar en algo que lo haga lucir menos aterrador, tal vez cambiándole el peinado o vistiéndolo completamente diferente, visualiza algo, y cuando estés listo abriré la puerta, no olvides el encantamiento.

Hubo una carcajada general. El armario tembló más violentamente.

—Si a Gregory le sale bien —añadió el profesor Lupin—, es probable que el boggart vuelva su atención hacia cada uno de nosotros, por turno. Quiero que ahora todos dediquen un momento a pensar en lo que más miedo les da y en cómo podrían convertirlo en algo cómico...

Cuando el armario se abrió y de él salió un Draco que solo se distinguía del original por sus túnicas, todas de color negro y bordado de oro, Gregory se tensó, pero nadie más se rio, la mirada del boggart que imitaba a Malfoy helaba hasta los huesos, la creatura incluso imitaba la sensación de su magia, descontrolada y furiosa, sin embargo, no cargaba con el brazo enfundado en vendas por la herida del hipogrifo. Algunos jadearon, otros incluso necesitaron mirar al Draco original para asegurarse de que estaban a salvo. El rubio solo se irguió cual alto era, con su respingada nariz al aire, digno y fingiéndose ofendido. Harry en cambio, no pudo evitar pensar en lo parecido que era a Lucius de aquella manera, imponía muchísimo, pero Harry ya se había enfrentado a Lucius antes y no le temía.

Greg sacó su varita y le apuntó, murmurando apenas el encantamiento. El boggart se sacudió un poco y el resultado fue un Draco Malfoy con cara angelical, enfundado un en vestido que parecía carísimo, de seda azul cielo y el cabello tan largo que le llegaba hasta la baja espalda. Y se parecía tanto a Narcissa que era sorprendente.

Todos rieron, incluido Draco que al parecer no encontraba ofensivo el parecerse tanto a su madre de aquella manera. Harry en cambio se mantuvo rígido como una estatua. Su corazón latía a mil por hora, sus ojos no podían apartarse de aquel rostro angelical y le parecía retorcido, pero satisfactorio, porque lo que veía le gustaba, le gustaba muchísimo y sintió miedo de sí mismo. Entonces miró al Draco a su derecha, este reía a carcajadas por la situación, con las mejillas encendidas y el cabello algo desarreglado y Harry sintió que se le detenía el corazón, por que aquella visión le gustaba todavía más que la del boggart.