Era la mañana del treintaiuno de octubre y Harry se encontraba vagando por los corredores del colegio, completamente solo y pensativo. Aquel día era Halloween, pero también era el aniversario luctuoso de sus padres, aquellos en los que había estado pensando muchísimo últimamente, desde que había descubierto que probablemente, Draco le gustaba de una manera muy diferente en la que un amigo común y corriente podría gustarle. Se preguntaba qué pensarían sus padres de él, si acaso le reprenderían por haber descubierto en él sentimientos que se le antojaban impuros pero no incorrectos. Harry era una mente de trece años confundida y agobiada que necesitaba de ser orientada, que necesitaba de un par de palabras que no obtendría porque estaba completamente solo, porque no existía nadie que se sentara a su lado y le dijera que todo estaría bien.

Jamás le había pesado tanto estar completamente solo, jamás le había pesado no contar con una figura paterna o materna que le ayudara a resolver aquellas dudas que los libros no podían resolver. Ni durante su cumpleaños, ni cuando obtenía las mejores calificaciones del colegio, tampoco cuando aprendió a hablar o a caminar o a ir al baño solo, todas esas veces la falta de alguien que le alentara había sido palpable, pero jamás le había asfixiado tanto y su desesperación era tanta, que incluso se había sentido tentado a buscar a Dumbledore quien siempre le recordaba que con él podía hablar de lo que quisiera, cuando quisiera.

Pero Dumbledore no era su padre ,aunque el viejo intentara ser un falso remedo de uno, y por mucha lástima que McGonagall le tuviera y le consintiera pese a no pertenecer a su casa, tampoco la volvía su madre. La única persona con la que probablemente podía hablar era Draco, él no necesitaba compartir un lazo de sangre para que Harry lo sintiera dentro de la piel, pero como el asunto iba sobre él, Harry no creía conveniente abrir la boca, ni si quiera usando aquel ridículo y tonto truco del "amigo de un amigo", Draco era demasiado inteligente como para caer en esas cosas.

Así que ahí se encontraba, caminando sin rumbo, evitando a su mejor amigo para ahorrarse la vergüenza de mirarlo a la cara, no podía, simplemente no podía y pensaba que jamás podría. ¿Cómo era que podía enfrentarse a Voldemort y a dementores succiona almas y no podía darle los buenos días a su mejor amigo? Tal vez se debía a que manejar el odio y la tristeza era fácil, pero aquello que sentía por Draco era totalmente diferente, jamás se había sentido igual y le descolocaba hasta el punto de no saber manejarlo; sus piernas temblaban, tartamudeaba como un idiota, las palmas de sus manos sudaban y no pensaba racionalmente. En pocas palabras, no era un Slytherin.

Y sentirse tan indefenso le aterraba, la debilidad que aquello significaba le dejaba en jaque y detestaba sentirse así. Quería deshacerse de aquel sentimiento, tomarlo y enterrarlo en lo profundo de su ser, en un lugar donde no pudiera salir nunca más y, cuando pasara mucho, mucho tiempo, pudiese reírse de lo ingenuo e infantil que era por haber pensado que podía sentir algo mucho más allá de una amistad por un hombre, por su mejor amigo, por Draco Malfoy. Y aunque sabía que manejar el odio era mucho más sencillo, a Draco no podría odiarle nunca, el rubio le había regalado demasiado en solo dos años y medio, no era así de malagradecido.

Subió una escalera, pensando en que tal vez podía ir a la pajarera de las lechuzas y visitar a Hedwig, e iba por otro pasillo cuando dijo una voz que salía del interior de un aula:

—¿Harry? —Harry retrocedió para ver quién lo llamaba y se encontró al profesor Lupin, que lo miraba desde la puerta de su despacho—. ¿Qué haces? —le preguntó en tono amable —. ¿Dónde están Draco, o Ron o Hermione?

—En sus salas comunes, supongo, he querido dar una vuelta.

—Ah —dijo Lupin. Observó a Harry un momento y éste creyó ver una chispa de lástima en su mirada—. ¿Por qué no pasas? Acabo de recibir un grindylow para nuestra próxima clase.

Lo dudó por un momento. Se sentía ligeramente ofendido por aquella mirada que había recibido, pero como Lupin no tenía forma de saber por qué había decidido pasar la mañana del sábado completamente solo, simplemente entró en el despacho siguiendo a Lupin. En un rincón había un enorme depósito de agua. Una criatura de un color verde asqueroso, con pequeños cuernos afilados, pegaba la cara contra el cristal, haciendo muecas y doblando sus dedos largos y delgados.

—Un demonio del agua —dijo el muchacho mirando a la creatura—. Para debilitarlo hay que deshacerse de su tenaza.

—Parece que sabes demasiado —le respondió el profesor, entusiasmado—. Has estudiado todas tus lecciones, no hay clase en que no sepas la respuesta.

—Me crié con muggles, por eso cuando descubrí que era mago decidí que sería el mejor, compré un montón de libros y los estudié durante el verano.

—También escuché que te entiendes muy bien con los hipogrifos.

—Ellos me respetan o algo similar —Lupin le sonrió.

—Siéntate. ¿Té? —dijo Lupin, destapando una caja polvorienta. Harry asintió—. Lo lamento, pero sólo tengo té en bolsitas.

—Estoy bien con eso —contestó amablemente y se sentó a esperar su bebida.

—¿Estás preocupado por algo, Harry? —el profesor dejó frente a él la taza con té de manzanilla.

—No —mintió Harry. Sorbió un poco de té y vio que el grindylow lo amenazaba con el puño—. Sí —dijo de repente, dejando el té en el escritorio de Lupin—. ¿Recuerda el día que nos enfrentamos al boggart?

—Sí —respondió Lupin.

—¿Por qué no me dejó enfrentarme a él? —le preguntó. Lupin alzó las cejas.

—Creí que estaba claro —dijo sorprendido. Harry, que había imaginado que Lupin lo negaría, se quedó atónito.

—¿Por qué? —volvió a preguntar.

—Bueno —respondió Lupin frunciendo un poco el entrecejo—, pensé que si el boggart se enfrentaba contigo adoptaría la forma de lord Voldemort.

—Yo no le temo a Voldemort —respondió impresionado, Lupin había pronunciado el nombre de Voldemort. La única persona a la que había oído pronunciar ese nombre (aparte de él mismo) era el profesor Dumbledore.

—Es evidente que estaba en un error —añadió Lupin, frunciendo el entrecejo aún más—. Pero no creí que fuera buena idea que Voldemort se materializase en la sala de profesores. Pensé que se aterrorizarían.

—Debe creer que soy patético —dijo Harry con sinceridad—, teniéndome miedo a mí mismo.

—Yo creo que más que miedo a ti mismo, es miedo a lo que eras —dijo Lupin pensativamente—. Un muchacho solitario que creía que no llegaría a ningún lado debajo de ese armario. —Sonrió ligeramente ante la cara de sorpresa que ponía Harry—. Eso sugiere que lo que más miedo te da es... el fracaso. Muy sensato, Harry. Muy humano.

Harry no supo qué contestar; de forma que dio otro sorbo al té.

—Me recuerdas a tu padre, mucho, siempre buscando destacar entre todos, luciéndose en los pasillos para ganarse las miradas de todos. Aunque también eres muy parecido a tu madre; ella, nacida de muggles sentía la responsabilidad de destacar pese a su condición, quería demostrar que su sangre no tenía nada que ver con su habilidad como bruja, conocía más encantamientos que nadie, era fiera y decidida, nadie se interponía en su camino, ni si quiera tu padre y vaya que James lo intentó.

—¿Usted conocía a mis padres? —le preguntó asombrado, ahora entendía muchos de los comportamientos de Lupin.

—Compartí dormitorio con James, ambos fuimos Gryffindor, buenos amigos, pero no tanto como James lo era con Si... —Se silenció de golpe.

—Puede decirlo, no tanto como lo era con Sirius Black.

Lupin iba a decir algo pero le interrumpieron unos golpes en la puerta.

—Adelante —dijo Lupin. Se abrió la puerta y entró Snape. Llevaba una copa de la que salía un poco de humo y se detuvo al ver a Harry. Entornó sus ojos negros. —¡Ah, Severus! —dijo sonriendo—. Muchas gracias. ¿Podrías dejarlo aquí, en el escritorio? —Snape posó la copa humeante. Sus ojos pasaban de Harry a Lupin—. Estaba enseñando a Harry mi grindylow —dijo con cordialidad, señalando el depósito.

—Fascinante —comentó Snape, sin mirar a la criatura—. Deberías tomártelo ya, Lupin.

—Sí, sí, enseguida —dijo Lupin.

—He hecho un caldero entero. Si necesitas más...

—Seguramente mañana tomaré otro poco. Muchas gracias, Severus.

—De nada —respondió Snape. Pero había en sus ojos una expresión que a Harry no le gustó. Salió del despacho retrocediendo, sin sonreír y receloso. Lupin sonrió.

Harry observó el recipiente con mucho cuidado, era de un color azulado y emitía humo del mismo color, débil y que remolineaba en el ambiente, dejando al aire el olor a acónito. Potter entornó los ojos pero colocándose la máscara con éxito, logró mantener sus sospechas dentro de su mente. Lupin sonrió.

—El profesor Snape, muy amablemente, me ha preparado esta poción — dijo—. Nunca se me ha dado muy bien lo de preparar pociones y ésta es especialmente difícil. —Cogió la copa y la olió—. Es una pena que no admita azúcar —añadió, tomando un sorbito y torciendo la boca—. No me he encontrado muy bien —añadió—. Esta poción es lo único que me sana. Es una suerte tener de compañero al profesor Snape; no hay muchos magos capaces de prepararla.

—Puedo imaginarlo —respondió en un susurro —. Creo que será mejor que me marche profesor, veo que tiene mucho trabajo por hacer —señaló el montón de tareas sin revisar que se descansaban en una esquina del escritorio. Lupin volvió a sonreir por milésima vez en ese rato y Harry se preguntó que le hacía tan feliz.

—De hecho tienes mucha razón, pero antes de que te vayas me gustaría darte algo.

Lupin se puso de pie y caminó hasta un pequeño armario en una esquina de la sala. Abrió con cuidado un cajón de madera cuyo pomo estaba desgastado y de él extrajo un trozo de pergamino doblado en varias partes, amarillento y desgastado. El profesor miró aquel objeto con añoranza y volvió a sonreír, pero de una manera muy diferente a la que Harry le había visto hacerlo; era una mezcla de alegría, nostalgia y orgullo. El hombre finalmente se volvió a sentar en su silla y deslizó el pergamino en blanco, Harry lo tomó dejando de lado su taza de té y lo observó. Entonces el profesor sacó la varita, tocó con ella el pergamino y pronunció:

—Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas.

E inmediatamente, a partir del punto en que había tocado la varita de Lupin, empezaron a aparecer unas finas líneas de tinta, como filamentos de telaraña. Se unieron unas con otras, se cruzaron y se abrieron en abanico en cada una de las esquinas del pergamino. Luego empezaron a aparecer palabras en la parte superior. Palabras en caracteres grandes, verdes y floreados que proclamaban:

Los señores Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta proveedores de artículos para magos traviesos están orgullosos de presentar EL MAPA DEL MERODEADOR.

Era un mapa que mostraba cada detalle del castillo de Hogwarts y de sus terrenos. Pero lo más extraordinario eran las pequeñas motas de tinta que se movían por él, cada una etiquetada con un nombre escrito con letra diminuta. Estupefacto, Harry se inclinó sobre el mapa. Una mota de la esquina superior izquierda, etiquetada con el nombre del profesor Dumbledore, lo mostraba caminando por su estudio. La gata del portero, la Señora Norris, patrullaba por la segunda planta, y Peeves se hallaba en aquel momento en la sala de los trofeos, dando tumbos. Y mientras los ojos de Harry recorrían los pasillos que conocía, se percató de otra cosa: aquel mapa mostraba una serie de pasadizos en los que él no había entrado nunca.

—Fue idea de tu padre, alias cornamenta. Claro que todos ayudamos a crearlo, tuvimos que pasar por un montón de cosas, pero finalmente lo logramos. Es maravilloso, ¿cierto? —Harry asintió aún con la vista en el mapa, pensaba que con él en sus manos tendría una enorme ventaja sobre cualquiera, incluso sobre... sobre Dumbledore, sobre Sirius Black si éste decidía entrar al castillo.

—Usted... ¿me lo está dando? —Remus sonrió amablemente.

—Es lo justo —respondió—. Solo asegúrate de borrarlo al terminar de usarlo, solo hace falta decir travesura realizada —Lupin tocó con su varita el mapa y éste volvió a ponerse en blanco —. Ahora márchate Harry, apuesto a que Draco debe estarte esperando para ir a Hogsmeade, hoy es la primera excursión ¿cierto?

Harry, desprevenido torció la boca, recordando el asunto de Draco. Si Lupin notó su cambio de humor no dijo nada y le dejó partir después de una cordial despedida. Con el mapa en los bolcillos de la túnica se dirigió a las mazmorras. De camino se topó con algunos conocidos quienes le saludaron animadamente, pero Harry solo podía pensar en cómo darle la cara a Draco después de días de prácticamente haberlo evitado, fingiendo que únicamente se sentía cansado por lo mucho que estudiaba por las noches. Con un poco de suerte Draco simplemente habría pensado que su cambio de actitud se debía al asunto de su boggart; un Harry Potter de nueve años, flacucho, con la mirada perdida, envuelto en ropas desgastadas y gigantescas, luciendo patético y completamente solo.

Al llegar a la sala común sus compañeros de casa le recibieron con el respeto de siempre. Algunos iban de salida, pues los carruajes hacia Hogsmeade debían haber llegado ya, otros, los más grandes, simplemente permanecían junto al fuego, leyendo algún libro o charlando, poco interesados en ir al pueblo mágico por excelencia. Harry buscó a Draco por la sala, aliviándose al no encontrarlo y no era que fuese cobarde, es que su instinto de auto conservación no le dejaba exponerse de aquella manera. Fue cuando se dirigía a las escaleras que escuchó los cuchicheos de Daphne y Astoria Greengras que decían:

—No puedo creer que Pansy por fin consiguiera que Draco la invitara a salir ¡Y a Hogsmeade! Qué envidia.

Harry se dio la vuelta solo para confirmar que efectivamente, Parkinson no se encontraba en la sala común. Casi de inmediato subió corriendo las escaleras hacia su habitación donde cerró de un portazo nada más entrar en ella. De su túnica sacó el mapa del merodeador y sin molestarse si quiera en apartarse de la puerta dijo las palabras que lo activaban y como alma que lleva el diablo comenzó a buscar la etiqueta de Draco, con la esperanza de que la de Parkinson no se encontrara cerca ni por poco.

Encontró el nombre de Draco justo en la entrada del castillo, en el momento preciso en que la etiqueta desaparecía en uno de los bordes del mapa, indicando que salía de los terrenos de Hogwarts, iba con Parkinson, solo ellos dos, en el mismo miserable carruaje. Tomó su morral, aventó dentro el mapa, la capa de invisibilidad y una poción para volver la piel de quién la tocara de color amarillo (en caso de que accidentalmente necesitara arrojársela a Parkinson) y salió con paso digno hasta la entrada del castillo.

McGonagall revisó su permiso y le sonrió forzadamente, era obvio que la mujer creía insensato dejarle partir de Hogwarts con Sirius Black suelto por ahí, pero Harry no pensaba en Black, al menos no en ese Black y se marchó deseando haber aprendido a aparecerse de manera ilegal. Casualmente se encontró con Ron y Hermione y con ambos a su costado salió de los terrenos del colegio montados en los viejos carruajes. Ambos chicos intentaban hacerle la plática, teniendo mucho cuidado de no hablarse entre ellos, Harry suponía que habían tenido otra pelea a causa de la rata de Ron y el gato de Hermione, pero ignoró el hecho sin una pizca de sutileza y mantuvo su atención en lo importante; localizar a Draco y hacerle ver lo poco que Parkinson le convenía.

Pansy era rica, era bonita también, pero era torpe, poco astuta o creativa. Se preocupaba más por como llevaba la falda que en lo que el profesor decía durante las clases. Simplemente era el tipo de chica que Draco no merecía. Draco era un rey y merecía a una reina a su altura, que le ayudara en su camino a la grandeza que Harry sabía que merecía. Sin embargo, verlo cerca de Hermione tampoco le apetecía pese a que ella parecía solo un poco más digna. Tal vez Harry debió admitir para esas alturas que no le apetecía verlo con nadie, que lo quería solo para él, solo ellos dos para siempre, pero no iba a hacerlo, no iba a hacerlo porque no podía, porque ni si quiera él podía procesarlo.

Al llegar al pueblo rápidamente se separó del Gryffindor y la Ravenclaw quienes extrañados por su comportamiento tan inusual simplemente le dejaron marchar. Harry apuró el paso entre el montón de alumnos que entusiasmados se dirigían a las tiendas y cuando finalmente divisó la cabeza rubia de su mejor amigo sintió que el corazón se le detenía. ¿Ahora qué? No podía simplemente armar una escena estúpida de... ¿celos? O lo que fuese. Debía pensar, debía planear, no podía atacar a Pansy, aquello se consideraría traición entre las serpientes y tampoco quería ir y lucir patético interrumpiendo esa pseudo cita. Harry frunció el ceño, sabiendo que solo tenía una opción.

Se escondió en un pequeño callejón apartado de las miradas de todo el mundo. Una vez se aseguró de que nadie le veía, se colocó la capa y volvió a salir. Agradeció que aún estuviesen en otoño, pues la nieve de invierno hubiera delatado sus pisadas. Caminó hasta la pareja quienes al parecer se dirigían a una taberna llamada "las tres escobas" y justo cuando se preparaban para entrar, Harry levantó su varita, apuntó a Pansy y susurró:

Imperio —Pansy se quedó quieta de repente, Draco ni si quiera se percató de ella y se adentró en el local—. Vuelve al castillo Pansy, te sientes muy, muy enferma.

Y esta sin decir o replicar nada se sujetó el estómago y comenzó a caminar de vuelta a los carruajes. Harry por su parte, sonrió satisfecho, aquel maleficio era mucho más difícil de mantener y gastaba muchas energías pero se alegraba de que le hubiese salido bien para ser la primera vez. Volvió a una calle poco concurrida y se deshizo de la capa. Fue cuando se preparaba para volver a las Tres escobas y encontrarse con Draco algo llamó su atención; al fondo de la callejuela abandonada había un perro gigantesco, de color negro y espectral que le miraba escondido a la sombra de un edificio.

—El grim... —murmuró.