Harry se elevó al cielo cuando el silbato sonó. Slytherin se enfrentaba a Ravenclaw ahora que Draco había logrado recuperarse de su herida en el brazo y podía arrojar la quaffle con la fuerza suficiente como para hacerla volar al menos ocho metros. El clima era terrible, el invierno estaba a la vuelta de la esquina y las nubes furiosas no hacían más que gritarlo de manera silenciosa. Ni un solo rayo de soy atravesaba aquella pared de nubes negras en el cielo, el viento, iracundo, soplaba en remolinos violentos que helaban el cuerpo entero y las gruesas gotas de lluvia que comenzaban a caer causaban tal incomodidad que ni si quiera el mejor encantamiento impermeable permitían poder ignorarlas.

En cuanto la quaffle se elevó y los jugadores comenzaron a revolotear de un lado a otro, Harry se dedicó específicamente a la tarea de localizar la snitch. Pudo ver a Draco pasar a su lado a toda velocidad, con su rubio cabello oscurecido por el agua de lluvia y expresión seria, lo vio tomar la quaffle y salir disparado hacia la zona de anotación de las águilas, segundos después, Lee Jordan anunciaba que Slytherin había hecho su primera anotación.

Harry sabía que debía concentrarse, aquel era su primer partido y era crucial tomar posición en la tabla de puntos tal cual lo habían hecho los años anteriores. Sin embargo, el joven príncipe de la honorable casa de Salazar tenía la cabeza tan llena de cosas que cuando Cho Chang localizó la snitch, él ni si quiera se percató.

Se encontraba demasiado ocupado pensando en las cosas que le habían pasado un par de semanas atrás; el augurio del grim lo tenía sumamente intrigado, todos sabían que verlo significaba la muerte, lo que lo había tenido en un estado de constante alerta, temeroso de que Black hubiera podido, de alguna manera, irrumpir en el castillo pese a las protecciones de Dumbledore y lograse alcanzarlo sin que él lo viese venir. Y estaba tan paranoico que incluso había colocado protecciones dentro de su habitación, como si hubiese manera de que Black conociera la contraseña de la sala común.

Otra de las cosas que le tenían sumamente ocupado era Remus Lupin, el profesor de defensa contra las artes oscuras, de apariencia amable, gentil y bondadosa, apariencia que ocultaba perfectamente bien lo que Lupin con tanto empeño escondía; su licantropía. Harry siempre había sospechado que algo extraño había con aquel tipo, cada que la luna estaba en su punto máximo no solía presentarse a clases y cuando volvía, siempre lucía demacrado, desnutrido y sumamente cansado. Pero sin duda, la confirmación había sido la poción mata lobos que Snape le había llevado cuando tuvieron su pequeña reunión con té. Tal vez era que ninguno de los dos esperaba que Harry reconociera la poción, era tan avanzada que ni si quiera la enseñaban en el colegio, si querías aprenderla debías especializarte como pocionista.

Entonces tenía al asesino de sus padres suelto por alguna parte, buscando acabar con su vida por haber derrotado a Voldemort y haberlo hecho caer justo en el punto más alto de su reinado. Tenía a un profesor con problemas de licantropía que podía perder el control en cualquier momento y con el que tendría que acabar en caso de que quisiera dañarlo a él o a Draco. Tenía al grim, el peor de los augurios de muerte que podían existir en el mundo mágico. Y finalmente tenía una amistad con Draco Malfoy que se estaba tornando en algo completamente diferente sin que el rubio se percatase de nada, yendo por aquí y por allá con Granger o Parkinson. Y Harry sentía que se volvía loco con tantas cosas encima. No creía que alguien de su edad pudiese soportar mucho más.

Una bludger pasó rozándole la cabeza y aquello le hizo reaccionar. Subió un par de metros más pensando que sobre las nubes encontraría mayor visibilidad. Flint le gritaba que se concentrara, que Chang había estado a punto de coger la snitch, pero Harry no escuchaba nada en realidad, demasiado ocupado mirando a los dementores que rodeaban el estadio y le miraban detenidamente, entre las sombras de sus capuchas, aquellas que ocultaban su apariencia putrefacta. Llevó su mano hasta la varita dentro de la túnica de quidditch, los dementores, como leyendo su mente retrocedieron, asustados de terminar como aquel dementor que había osado intentar robar su alma a inicios del curso.

Potter sonrió con suficiencia al percatarse del efecto que tenía sobre las criaturas y volvió a la tarea de buscar la snitch. La pelotita dorada no se veía por ninguna parte.

Chang voló cerca de él y le regaló una sonrisa que Harry comparó con las muchas que Pansy le dedicaba a Draco y el estómago se le revolvió; si Chan creía que se lo dejaría fácil por coquetear con él estaba muy equivocada. Entonces la snitch apareció por segunda vez y ambos se lanzaron a toda velocidad tras ella. Volaron cual ráfaga, esquivando al resto de los jugadores, los postes de anotación y a las furiosas bludgers que sin compasión se arrojaban contra ellos. Harry hizo una pirueta espectacular cuando por poco choca con Draco quién le sonrió ampliamente la verlo lucirse de esa manera. Aquella distracción fue suficiente para que Chang tomara la delantera y Harry solo podía pensar: «Que no la tome, no puede tomarla».

Y como si los dementores lo hubieran escuchado, comenzaron a avanzar hacia la chica quien de inmediato frenó, completamente horrorizada de tenerlos tan cerca. Harry a sabiendas de que no le atacarían avanzó a gran velocidad entre los guardianes de Azkaban, ganándose las expresiones asombradas de todos en el público. Los dementores formaron una pared entre Cho y Harry quien ya estaba a solo medio metro de la snitch. Estiró su mano, apoyándose de la escoba únicamente con las piernas y finalmente cogió la pelotita dorada.

Pero nadie gritó de emoción y el grito a sus espaldas le dijo el por qué. Los dementores habían avanzado hasta el centro del campo donde los jugadores intentaban alejarse de ellos. Harry buscó a Draco con la mirada lo más rápido que pudo, sabía que su mejor amigo no solía cargar la varita cuando jugaban y aunque Draco probablemente podría invocar un patronus, lo habían estado practicando por las noches ahora que había dementores por todas partes, definitivamente no podría hacerlo sin su herramienta mágica así que Harry salió disparado hacia él, dispuesto a defenderlo hasta que los profesores (que ya se habían puesto de pie) intervinieran.

Harry vio a Draco alejarse de un par de dementores solo para ser rodeado por otros tres que llegaron desde su espalda. Potter podía ver en su rostro la desesperación, el miedo que uno inevitablemente estaba obligado a sentir cuando aquellas criaturas se acercaban lo suficiente.

«¡Basta!» Pensó con furia. «Si alguno se atreve a tocarlo yo mismo lo mataré».

Y una vez más, aquellas criaturas retrocedieron, como si le escucharan, le temieran y le obedecieran. Fue en ese momento que Harry vio a Draco ponerse sumamente pálido, aflojar el agarre de su escoba y caer como en cámara lenta de ella. Potter se soltó de su propia escoba, saltando a la de su amigo que por poco salía volando con el viento y sujetando al rubio apenas por poco de la túnica, evitándole una fea caída de varios metros. Vio a su escoba salir disparada por el viento hasta el sauce boxeador y ser destrozada.

«¡Largo! ¡Todos largo, ahora!» pensó mientras desenvainaba su varita y la apuntaba al cielo. Los dementores inclinaron la cabeza hacia él y se marcharon.

—¿Harry? —preguntó Draco recobrando la conciencia de su pequeño momento de debilidad.

Pero Harry no respondió, tenía la mirada perdida más allá de las gradas del estadio, a las orillas del bosque prohibido donde el grim le miraba entre las sombras. Apenas se le distinguía por la lluvia y la poca luz de aquel día tan nublado, pero Harry sabía que era él. Por un momento se vio tentado en salir disparado hasta la criatura y asesinarla, sin grim no había augurio y por lo tanto, nada de que preocuparse. Miró a Draco quien se aferraba a él débilmente, con sus ojos grises un tanto apagados por el momento que acababa de vivir... ¿Y si el augurio de muerte no era para él?

Aferró a su mejor amigo en un abrazo tan fuerte que nadie hubiera podido separarlos nunca. Cerró los ojos con fuerza jurando que no dejaría que nada le ocurriera y cuando los volvió a abrir el grim ya se había marchado.

Descendieron con sumo cuidado, Harry podía ver los labios pálidos de su amigo fruncidos en una mueca de inconformidad por haberse dejado llevar de aquella manera. Nadie lo culparía de eso estaban seguros, Draco había usado su magia, pura, para repeler a los dementores, lo que siempre significaba un esfuerzo sobre humano, además de que era algo que pocos magos podían hacer. De haber sido otro, en la misma situación, sin duda hubiera caído en el segundo uno y Draco había aguantado como un campeón hasta que Harry había llegado por él.

Madame Pumfrey revisó a todos los jugadores, Cho Chang había sido de las más afectadas, la chica había caído de su escoba rápidamente y solo había sido atrapada por el capitán de su equipo a medio metro antes de que se estrellara contra el suelo. El pánico general era realmente palpable y Dumbledore estaba tan furioso que los rumores de que los dementores se marcharían de Hogwarts se escuchaban en cada rincón. Harry pensaba que no era la mejor de las ideas ahora que sabía que los dementores le servían. Ya antes se había percatado de la facilidad que tenía para aliarse con las creaturas mágicas; en primer año con los centauros, en segundo año con las acromántulas y el basilisco, solo un par de meses atrás con los hipogrifos y ahora, con los dementores. Parecía que todos ellos podían sentir su magia, su poder y le respetaban por ello.

Draco estuvo en la enfermería solo un par de horas, comiendo chocolate y quejándose como si tuviera cinco años sobre la incompetencia de Dumbledore para contener a los dementores, haciendo especial énfasis en la carta que su madre recibiría sobre el asunto. Harry se había mantenido en silencio, sentado a su lado y sonriéndole con el ceño fruncido, cosa que hacía enfadar a su amigo mucho más. Finalmente, cuando ambos estuvieron autorizados para abandonar la enfermería, se dirigieron a las mazmorras donde una gran conglomeración les esperaba.

—¿Por qué no entran? —preguntó Draco con fastidio, deseando llegar a su habitación y dormir hasta el día siguiente.

Harry miró delante de él, por encima de las cabezas de todos los Slytherin que buscaban impacientemente adentrarse a su sala común. La puerta camuflada de la mazmorra estaba cerrada pero mostraba señales de forcejeo, o Harry se estaba volviendo paranoico o alguien había intentado abrirla con magia y ésta se había resistido.

—Déjenme pasar; por favor —dijo la voz de la prefecto. Se esforzaba por abrirse paso a través de la multitud, dándose importancia—. ¿Qué es lo que ocurre? No es posible que nadie se acuerde de la contraseña —se quejaba.

La multitud guardó silencio entonces, empezando por los de delante. Fue como si un aire frío se extendiera por el corredor. Oyeron que la prefecto decía con una voz repentinamente aguda:

—Que alguien vaya a buscar al profesor Dumbledore, rápido.

Las cabezas se volvieron. Los de atrás se ponían de puntillas.

—¿Qué sucede? —preguntó Blaise, que acababa de llegar.

Al cabo de un instante hizo su aparición el profesor Dumbledore, dirigiéndose velozmente hacia la puerta. Los alumnos de Slytherin se apretujaban para dejarle paso, y Harry; Draco y Blaise se acercaron un poco para ver qué sucedía. Dumbledore dirigió una rápida mirada a la puerta estropeada y se volvió. Con ojos entristecidos vio a los profesores McGonagall, Lupin y Snape, que se acercaban a toda prisa. Para ese entonces, los alumnos de todas las casas ya estaban reunidos en las mazmorras.

—¡Con mucho cuidado Potter! —dijo una voz socarrona. Era Peeves, que revoloteaba por encima de la multitud y estaba encantado, como cada vez que veía a los demás preocupados por algún problema.

—¿Qué quieres decir, Peeves? —le preguntó Dumbledore tranquilamente. La sonrisa de Peeves desapareció. No se atrevía a burlarse de Dumbledore. Adoptó una voz empalagosa que no era mejor que su risa.

—Se enfadó con porque no se le permitió entrar, ¿sabe? — Peeves dio una vuelta de campana y dirigió a Dumbledore una sonrisa por entre sus propias piernas—. Ese Sirius Black tiene un genio insoportable.

Y como si aquellas palabras hubieran sido lo necesario para desatar el pánico, todos los cuchicheos y miradas se dirigieron a Harry cuya expresión se había endurecido no más que la de Draco. Ambos Slytherin se miraron y aquello fue suficiente para que entendieran que debían andarse con cuidado, si Black ya había encontrado la forma de entrar a al castillo lo haría de nuevo, y una vez más, hasta por fin atrapar a Potter y tomar venganza por lo que le había hecho a su señor.

El profesor Dumbledore mandó a todos los estudiantes volvieran al Gran Comedor. Todos parecían confusos.

—Los demás profesores y yo tenemos que llevar a cabo un rastreo por todo el castillo —explicó el profesor Dumbledore, mientras McGonagall y Flitwick cerraban todas las puertas del Gran Comedor—. Me temo que, por su propia seguridad, tendrán que pasar aquí la noche. Quiero que los prefectos monten guardia en las puertas del Gran Comedor y dejo de encargados a los dos Premios Anuales. Comuníquenme cualquier novedad — añadió, dirigiéndose a Percy Weasley, que se sentía inmensamente orgulloso—. Avísenme por medio de algún fantasma. —El profesor Dumbledore se detuvo antes de salir del Gran Comedor y añadió—: Bueno, necesitarán... —Con un movimiento de la varita, envió volando las largas mesas hacia las paredes del Gran Comedor. Con otro movimiento, el suelo quedó cubierto con cientos de mullidos sacos de dormir rojos. —Felices sueños —dijo el profesor Dumbledore, cerrando la puerta, dirigiéndole a Harry una mirada de preocupación que hizo que el moreno bufara bajito.

El Gran Comedor empezó a bullir de excitación. Los de Slytherin contaban al resto del colegio lo que acababa de suceder con algo de apatía.

—¡Todos a los sacos! —gritó Percy—. ¡Ahora mismo, se acabó la charla! ¡Apagaré las luces dentro de diez minutos!

—¿Qué es exactamente lo que ha ocurrido? —preguntó Ron a Harry, llegando recién y alentándolo a colocar su saco de dormir junto a él, cosa que hizo que Draco frunciera el ceño.

—No lo sé —le respondió Harry mientras los tres se dirigían a un rincón. Draco en completo silencio. —Yo estaba con Dray en la enfermería, por lo que ocurrió en el partido, ya sabes...

—¿Creen que Black sigue en el castillo? —susurró Hermione con preocupación, uniéndose a la plática.

—Evidentemente, Dumbledore piensa que es posible —dijo Ron.

—Es una suerte que haya elegido esta noche, ¿se dan cuenta? —dijo Hermione, mientras se metían vestidos en los sacos de dormir y se apoyaban en el codo para hablar—. La única noche que no estábamos en los dormitorios... ¿Cómo ha podido entrar?

—A lo mejor sabe cómo aparecerse —dijo un alumno de Ravenclaw que estaba cerca de ellos—. Cómo salir de la nada.

—A lo mejor se ha disfrazado —dijo uno de Hufflepuff, de quinto curso.

—Podría haber entrado volando—sugirió Dean Thomas.

—No sean absurdos —intervino Draco—. El castillo no está protegido sólo por muros, sino también por todo tipo de encantamientos para evitar que nadie entre furtivamente. No es tan fácil aparecerse aquí. Y quisiera ver el disfraz capaz de engañar a los dementores. Vigilan cada una de las entradas a los terrenos del colegio. Si hubiera entrado volando, también lo habrían visto. Filch conoce todos los pasadizos secretos y estarán vigilados.

—Hay algo que se nos está escapando —murmuró Harry a Draco, acostándose a su lado cuando Percy amenazó con apagar las luces. El rubio y el pelinegro estaban muy cerca uno del otro, mirándose de frente y recostados sobre sus costados. Lo único que impedía que se tocaran eran las bolsas de dormir.

—No dejaré que Black te haga daño —le dijo y Harry sonrió—. Estoy seguro que entre los dos podremos acabar con él pero... ahora con todos alerta será difícil —suspiró—. Ha sido un día largo, vayamos a dormir.

Cada hora aparecía por el salón un profesor para comprobar que todo se hallaba en orden. Hacia las tres de la mañana, cuando por fin se habían quedado dormidos muchos alumnos, entró el profesor Dumbledore. Harry, quién en realidad no podía dormir con tantas cosas en la cabeza, vio que iba buscando a Percy, que rondaba por entre los sacos de dormir amonestando a los que hablaban. Percy estaba a corta distancia de Harry, Draco, Ron y Hermione. Potter fingió estar dormido cuando se acercaron los pasos de Dumbledore.

—¿Han encontrado algún rastro de él, profesor? —le preguntó Percy en un susurro.

—No. ¿Por aquí todo bien?

—Todo bajo control, señor.

—Bien. No vale la pena moverlos a todos ahora. He logrado reparar la entrada de la sala común de Slytherin.

Harry oyó crujir la puerta del salón cuando volvió a abrirse, y más pasos.

—¿Señor director? —Era Snape. Harry se quedó completamente inmóvil, aguzando el oído—. Hemos registrado todo el primer piso. No estaba allí. Y Filch ha examinado las mazmorras. Tampoco ha encontrado rastro de él.

—¿Y la torre de astronomía? ¿Y el aula de la profesora Trelawney? ¿Y la pajarera de las lechuzas?

—Lo hemos registrado todo...

—Muy bien, Severus. La verdad es que no creía que Black prolongara su estancia aquí.

—¿Tiene alguna idea de cómo pudo entrar; profesor? —preguntó Snape. Harry alzó la cabeza ligeramente, para desobstruirse el otro oído.

—Muchas, Severus, pero todas igual de improbables. Harry abrió un poco los ojos y miró hacia donde se encontraban ellos. Dumbledore estaba de espaldas a él, pero pudo ver el rostro de Percy, muy atento, y el perfil de Snape, que parecía enfadado.

—¿Se acuerda, señor director; de la conversación que tuvimos poco antes de... comenzar el curso? —preguntó Snape, abriendo apenas los labios, como para que Percy no se enterara.

—Me acuerdo, Severus —dijo Dumbledore. En su voz había como un dejo de reconvención.

—Parece... casi imposible... que Black haya podido entrar en el colegio sin ayuda del interior. Expresé mi preocupación cuando usted señaló...

—No creo que nadie de este castillo ayudara a Black a entrar —dijo Dumbledore en un tono que dejaba bien claro que daba el asunto por zanjado. Snape no contestó—. Tengo que bajar a ver a los dementores. Les dije que les informaría cuando hubiéramos terminado el registro.

Los profesores salieron y el silencio reinó otra vez, pero Harry solo podía pensar en que Snape podría tener razón, si había alguien que pudiese ayudar a Black a entrar al castillo ese era Remus Lupin.