—¿Has guardado todo lo necesario? —preguntó Draco cerrando su maleta.

—Ropa suficiente para las vacaciones, los caramelos que obtuvimos en nuestra última visita a Hogsmeade, los libros que sacamos ilegalmente de la sección prohibida de encantamientos y pociones, la capa de invierno que tu madre me regaló el año pasado, y... los regalos —contestó Harry echándole una última mirada a su maleta.

—Entonces parece que podemos marcharnos —le respondió el rubio, sonriéndole—. ¿Recuerdas tu promesa, cierto?

—No voy a enfrentarme a tu padre, Draco —su respuesta la dio con voz cansada, su amigo no había parado de pedirle que detuvieran aquella rivalidad.

—Bien —aceptó tomando su equipaje y arrastrándolo hasta la puerta. —En la mansión tenemos suficientes libros sobre hombres lobo y como combatirlos así que no es necesario que llevemos los libros de defensa del curso —Harry asintió distraídamente mientras se colocaba una bufanda de casimir verde musgo que resaltaba sus ojos—. Sigo sin entender por qué Dumbledore deja que pasen estas cosas, ya antes hizo como que no pasaba nada con el asunto de la piedra y de la cámara de los secretos, ahora no solo contrata a un profesor con licantropía, sino que además bien podría haberse aliado con Black.

—Lupin siempre me pareció bastante extraño; sonriendo todo el tiempo, luciendo tan amable que nadie lo creería capaz de romper una taza y ahora... aunque me duela en el orgullo admitirlo, Snape siempre ha tenido buen ojo para esas cosas, sospechando de Quirrell en primero y mirándote durante segundo como si quisiera confirmar algo que no creía. Él es el único, al parecer, en todo el castillo con la habilidad de detectar problemas y dudo que con Lupin se haya equivocado.

—Dumbledore debe tener algo planeado, siempre lo tiene —corroboró Draco—. Es decir, Severus ya le ha dicho sus sospechas y el viejo no hace más que ignorarlo, tal vez está esperando a que tú...

—¿Lo enfrente? — completó abriendo la puerta del dormitorio y saliendo con Draco detrás de él. —Sí, ya he sospechado de aquello antes. Siempre parece que sabe lo pasa en el castillo pero no mueve ni una mano para arreglarlo, como si esperara que yo demostrara tener los pantalones para hacerlo. Incluso con el asunto del espejo...

—¿Espejo? —preguntó el rubio y Harry se tensó ligeramente, recordando que jamás le había revelado aquella información a nadie. Mucho menos lo que veía reflejado cuando se paraba frente a el.

Caminaron por el pasillo hasta las escaleras que los llevaba a la primera planta. Harry levitaba ambas maletas mientras Draco se acomodaba el gorro de lana sobre la cabeza y los guantes en las manos. Sus pisadas, junto con las de los otros alumnos que también salían del castillo para tomar los carruajes que los llevarían a Hogsmeade retumbaban por la piedra que conformaba el suelo del castillo. Murmullos y risitas por aquí y por allá era todo lo que se escuchaba. Harry dudó en decir una palabra sobre el asunto del espejo pero Draco ya le dedicaba miraditas poco discretas que le decían que no iba a dejar el tema hasta obtener una respuesta.

—¡Harry! —exclamó entonces Hermione que venía de los jardines—. Draco, hola, ¿se marchan?

—Pasaremos navidad en Malfoy Manor —anunció el rubio.

—Me alegra haberte encontrado entonces, conseguí un poco de... —la chica miró a Harry y se calló paulatinamente. Se aclaró la garganta en un obvio gesto de que había estado a punto de decir frente a Harry algo que no debía—. Toma —dijo finalmente, tendiéndole a Draco un grueso rollo de pergamino.

—Gracias —dijo el rubio sin molestarse en abrirlo y simplemente metiéndolo en uno de los bolsillos interiores de la túnica de invierno.

—Vamos, ese está vacío —dijo Harry señalando alguno de los carruajes —. Despídeme de Ron, Hermione —la chica hizo una mueca pero no dijo nada, Harry comprendió que no se hablaban aún.

Ambos Slytherin tomaron el primer carruaje que no iba ocupado por nadie más que ellos dos. El silencio incómodo entre ellos era palpable, pero se había vuelto tan común que intentaron restarle importancia. Parecía que aquel nuevo año se ocultaban más cosas de las que deseaban, pero ninguno de los dos quería dar su brazo a torcer. Harry sabía que de exigir saber el contenido del pergamino, Draco querría a cambio la información sobre el espejo y no creía estar preparado para revelarle a su mejor amigo que, tal vez, desde que se habían conocido, había comenzado a sentir cosas por él, o algo similar, algo que le atormentaba internamente hasta el punto de desear desesperadamente obtener un beso de esos que Draco hacía más de medio año que no le daba, no desde que él le había besado sin pensarlo cuando lo salvó de las garras de Tom Riddle.

La puerta del carruaje se cerró y comenzó a avanzar. Sentados, uno frente al otro se miraban silenciosamente; "Si tú me dices yo te diré" se decían con la mirada. Draco se mordió el labio inferior, divertido, Harry tragó duro, intentando que la risa no escapara por su boca, pero finalmente ambos cedieron, soltando una carcajada. Draco negó divertido mientras rebuscaba entre su morral un par de ranas de chocolate. Le tendió una al moreno y él le agradeció con una sonrisa.

—Durante nuestra aventura con la piedra filosofal me topé con el espejo de Erised —dijo entonces, dándole una mordida al chocolate—. ¿Has oído de él?

—He leído sobre él, sí —dijo atrapando la ranita de chocolate que por poco escapaba de la cajita que la envolvía—. ¿Qué es lo que veías?

—A mi familia... —respondió sinceramente.

—No me sorprende en realidad, era demasiado obvio.

—...Y a ti... —agregó.

Draco quien había estado a punto de meterse el primer bocado de su golosina a la boca se detuvo. Miró con sus ojos grises a Harry quien, impasible, le correspondió la mirada. Aquel silencio no era incómodo, pero tampoco era agradable, Harry no tenía idea de que era lo que pasaba por la cabeza de su mejor amigo y aquello le hacía sentir inseguro. Aquella era una de las maravillas que Draco le hacía sentir, inseguridad, miedo, incluso pavor. Para el resto del mundo Harry Potter era un héroe, era poderoso e invencible y Harry muchas veces se sentía así. Pero cuando estaba con Draco, cuando estaba con él era diferente, podía tener mil defectos, portarse como un niño, podía dejar de lado, por un segundo, el peso de ser un líder y ser solo Harry. Ser solo Harry era una parte de él que no le mostraría a nadie más, una parte que solo Draco y los Dursley conocían.

—Me halagas —respondió el rubio con pose aristócrata, comiendo por fin su rana de chocolate—. Me alegra saber que me aprecias lo suficiente.

—No solo te aprecio y lo sabes...

—¿Ahora vas a decir que me quieres? —preguntó y Harry se sonrojó solo un poco.

—¿Qué somos Hufflepuff? —respondió intentando aliviar el ambiente. Draco soltó una carcajada comprendiendo lo que Harry había intentado decir.

—Lo que Granger me entregó es una investigación exhaustiva sobre los patronus —dijo entonces el rubio, terminando su chocolate y mirando el cromo de Merlín que venía dentro de la caja—. Desde el asunto del tren no he podido quitarme aquello de la cabeza, me preocupaba que tu magia estuviese demasiado descontrolada como para ejercer un patronus de forma correcta, así que le pedí a Granger su ayuda para investigar —Harry abrió la boca para protestar que él mimo pudo haberlo ayudado, pero Draco levantó la mano, pidiéndole silencio—. Si no te dije nada es porque no quería que pensaras que había algo mal contigo, además Granger cree que el del problema soy yo, recuerda que no le hemos dicho a nadie que tu patronus es una criatura mágica, un Thestral, augurio de desgracia.

«Según lo que hemos averiguado, solo un mago con habilidades excepcionales y una conexión muy fuerte con el mundo mágico puede hacer de su patronus una criatura mágica. Solo se han registrado tres casos de este tipo, sin contar el tuyo. Un dragón, una sirena y un fénix, esos eran los que se habían visto hasta ahora. Al parecer las personas cuyo patronus es una criatura mágica tiene facilidad para entablar relaciones con ellas y domarlas, lo cual es totalmente cierto, al menos en tu caso. Tu magia es tan fuerte, Harry, que tu patronus puede asesinar dementores, pero esto no está ligado a la forma de tu patronus, es más bien tu habilidad natural»

—¿Todo eso encontraron? –preguntó sorprendido mientras Draco le pasaba el pergamino que Hermione le había dado.

—Los Ravenclaw tiene en su sala común una biblioteca propia llena de libros rarísimos. Sí, nos tomó bastante tiempo, pero creo que la información es útil; ahora sabemos que debes aprender a moderar la cantidad de magia que usas al lanzar tus encantamientos. Deberías ser capaz de invocar un patronus normal que simplemente ahuyente a los dementores, no que los destruya —sonrió—. No me mal entiendas, fue sensacional, pero un mago como tú debe aprender a controlarse, no es digno de un Slytherin dejarlo salir todo de aquella manera.

Harry asintió distraído. Todo aquel tiempo había creído que tenía controlado el asunto, que con los libros que Dumbledore le había enviado durante las vacaciones después del primer año bastaría, pero al parecer estaba equivocado y Draco tenía razón, no podía seguir de aquella manera. Sin embargo, el pensamiento que reinaba dentro de su cabeza nada tenía que ver con grandes cantidades de magia descontrolada, sino con el alivio que significaba saber que si Draco se había acercado a Hermione había sido por mera conveniencia, para ayudarle a él, porque estaba preocupado por Harry, por Harry y por nadie más. Y aquello era como quitarse un peso de encima, uno enorme que lo había estado mortificando hasta la médula. Que tonto había sido al creer que entre Draco y Hermione podía existir algo.

Llegaron a la parada del tren en Hogsmeade, pero ellos no tomaron el tren de vuelta a Londres. Se desviaron hasta el pueblo mágico que en aquel momento rebosaba de decoraciones Navideñas. Ahí, en el centro de una placita, junto a una fuente, Narcissa los esperaba; con su túnica pulcra, el cabello peinado a la perfección y sus ojos azules puestos en el agua que corría por la fuente. El corazón de Harry dio un vuelco al recordar el boggart de Gregory y no pudo evitar mirar a su mejor amigo; Narcissa era como un ángel, sí, pero incluso así Harry creía que Draco era mucho más hermoso siendo un varón.

—Buenas tardes señora Malfoy —saludó Harry tomando su mano y besándola por sobre el guante de seda blanca.

—Señor Potter, me alegra que haya podido venir —Draco se aclaró la garganta, claramente demandando la atención de su madre.

—Yo también me encuentro bien, madre, gracias por preguntar —Harry sonrió enternecido mientras Narcissa soltaba una risita y abrazaba a su hijo.

—Has crecido bastante —le dijo—. Y también estás mucho más guapo. ¿Tú qué opinas Harry?

—Jamás me atrevería a contradecirla, señora Malfoy —respondió y el rubio le sacó la lengua.

Se trasladaron a Malfoy Manor por medio de la aparición. Los jardines de la mansión se dibujaron nada más la sensación de vértigo desapareció a su alrededor. Aquella era la segunda vez que visitaba la propiedad principal de los Malfoy y a pesar de ello, jamás terminaba de maravillarle. Sus bastos terrenos llenos de flores y plantas mágicas y exóticas, sus prados, sus animales rondando por los alrededores. Pero sin duda, lo mejor era la casa; de arquitectura clásica, situada en la cima de la colina donde el sol entraba por sus ventanas a todas horas, con sus techos altos repletos de lámparas de cristal, con sus suelos de madera fina y sus escaleras de mármol. Malfoy Manor era, sin lugar a dudas, la morada digna de un rey y Harry pensaba que algún día quería tener algo igual.

Para suerte de Harry, Lucius se encontraba fuera por asuntos en el ministerio y no volvería hasta después. Así que Narcisa, Draco y él, pasaron el resto de la tarde frente a la chimenea del salón principal, degustando algunos panecillos y un té delicioso mientras charlaban de asuntos escolares y familiares de poca importancia.

—Señor Potter, nunca le agradecí el haber salvado a mi hijo de... bueno, ya sabe. No había tenido la oportunidad y hora creo que es el momento adecuado.

—No tiene por qué agradecerme, Draco es mi mejor amigo, no iba a dejar que nada le pasara —dijo sinceramente.

—Creo que Draco no podría encontrar nunca mejor compañía que la suya, parece que ni su propio padre ha sabido mantenerlo a salvo —dijo con seriedad. Draco se mordió el labio, Harry sabía que se sentía culpable por no haberle dicho la verdad a su madre.

—Así que lo sabe... —dijo Harry dejando la taza sobre su platito.

—Lucius ha tenido que decírmelo, después de nuestro encuentro en King Cross a inicio del año... —lucía molesta—. Créame que de haberlo sabido lo habría impedido, jamás hubiera dejado que mi hijo...

—No tiene que excusarse, yo lo entiendo a la perfección. Además, el señor Malfoy no contaba con que su hijo terminara con aquel diario entre sus manos, él esperaba que fuese yo quien lo conservara. Esta bastante claro donde se encuentran sus lealtades.

—Le alegrará saber que Draco y yo no compartimos las mismas intenciones que mi marido. Nosotros nunca serviríamos a alguien como Voldemort.

—Ustedes jamás servirían a nadie —aclaró Harry, haciendo que la mujer alzara las cejas, sorprendida—. No lo tome a mal, me parece fantástico que solo se sean leales a ustedes mismos, Draco ya me lo había dicho antes, no me ofende, todo lo contrario. Ustedes comprenden cuál es su mejor opción y yo soy la mejor opción. Voldemort no va derrotarme, no lo hizo antes y no lo hará ahora, están a salvo conmigo y Lucius lo comprenderá tarde o temprano.

—Parece que Draco está en buenas manos —dijo la mujer con un brillo de codicia en la mirada.

—Se equivoca, soy yo quien cayó en las mejores manos, las manos de Draco.

Para cuando llegó el atardecer, Harry y Draco dispusieron de una habitación para practicar sus encantamientos y maldiciones. Ambos habían estado ansiosos de jugar al quidditch pero con Sirius Black irrumpiendo en Hogwarts con ayuda de Lupin pensaron que lo mejor era seguir entrenando hasta la hora de la cena. Frente a frente, ambos muchachos se batían en duelo con la habilidad de un profesional, por supuesto que no se lanzaban ningún encantamiento mortal, en caso de que el otro no alcanzara a protegerse o a esquivar el maleficio. Esto no significaba que no hubieran memorizado del montón de libros de la sección prohibida encantamientos mucho más obscuros.

Ambos estaban conscientes de la delicadeza del asunto; Black era uno de los seguidores más fieles de Voldemort, tanto así que había traicionado a su mejor amigo para ganarse su favor y además estaba loco, completamente loco. No se trataba del Lord, eso también era verdad, pero era un mago oscuro y ambos muchachos habían llegado a la conclusión de que, para combatir la magia oscura, era necesario emplearla también. Para solucionar su pequeño problema Harry había propuesto conseguir algunas ratas de campo, salir a cazarlas por los terrenos de los Malfoy, pero aquello no sería esa noche, esa noche debían bajar a cenar y agradecer a los astros por la prosperidad que les brindaban, aquella noche era navidad.

Harry se protegió de una maldición lanzada por Draco con un escudo tan poderoso que hizo rebotar la maldición. Draco, afortunadamente se las arregló para evitar que le diera. Ambos habían aprendido las maldiciones, sí, pero también los contra hechizos en caso de que algo saliera mal. Ninguno de los dos quería tener que recurrir a un profesor o a la señora Malfoy quien seguramente les preguntaría por que ponían tanto empeño en entrenar de aquella manera. Ya en un par de ocasiones se habían lesionado mutuamente, no de gravedad, pero si lo suficiente como para que un medimago los atendiera, cosa que no fue necesaria porque ambos sabían cada remedio contra cada maleficio que habían aprendido y si a ello le agregaban que habían mejorado notablemente en pociones curativas, se podía considerar que estaban seguros.

Draco repelió el encantamiento de Harry y lanzó otro de inmediato que le dio al moreno justo en el centro del pecho, dejándole sin aire, tendido de espaldas contra el frio mármol. Draco aplicó el contra-hechizo de inmediato y se acercó para ayudarlo a levantarse. Harry, agradecido porque aquel dolor punzante que se había instalado en la zona de impacto se detuviera, tomó la mano de su amigo y se dejó ayudar. Ambos se miraron por un largo instante, estaban sucios y era muy notable incluso a través de la oscuridad que reinaba en la habitación.

—Creo que debemos ir a ducharnos —dijo el rubio sin soltar la mano de Harry—. Madre no debe tardar en enviar a un elfo para avisarnos que la cena está lista —Harry asintió y lo siguió hasta a fuera de la sala—. Por cierto... ¿qué pasó con el elfo... Dobby?

—En Hogwarts ¿de dónde crees que provienen esas tartas de manzana que aparecen en tu mesita de noche cada mañana?

Draco sonrió y ambos comenzaron su camino hacia las habitaciones. Se encontraban en habitaciones distintas, una a lado de la otra. Harry se metió a tomar una ducha y como siempre que se quedaba en los aposentos de los Malfoy, se sentía como un rey. Rodeado de lujos innecesarios y extravagancias que estaba seguro algún día será capaz de obtener por su propia mano. Recordó amargamente como más de año atrás, cuando había estado por primera vez en aquella enorme casa, había admirado a Lucius por haber logrado todo ello, poder, dinero, influencias y una buena posición, ahora deseaba no sentir nada por él, pero lo hacía irremediablemente, Harry tenía cierta debilidad por el poder y para él Lucius pudo haber sido una figura a la que seguir de no haber descubierto a quién servía. Una lástima pensaba Harry.

Salió del enorme baño de mármol y oro envuelto en una bata. Su oscuro cabello escurría agua aún pero al tocar la alfombra ésta no se mojaba en lo más mínimo; cosa de los elfos, suponía él. Se colocó la túnica que había adquirido especialmente para ese momento. Había tenido que sacar un poco de dinero de su bóveda en Gringotts y había tenido que recurrir al chantaje para que Vernon le mandara más libras para comprarla. Era una túnica negra y gruesa de cuello de tortuga, perfecta para el invierno. La acompañaban una camisa de lino blanco y bordados en plata, así como unos pantalones del mismo color que la túnica.

Se miró en el espejo percatándose de que su cabello ya había crecido bastante, pero decidió que no lo cortaría. Ya quería ver a su tía Petunia intentar arrancárselo a tijerazos inservibles. Se calzó los zapatos, se colocó su anillo de serpiente en el dedo anular y sonrió satisfecho con su apariencia.

—Todo un príncipe —dijo una voz en la puerta y Harry sonrió cuando se encontró con Draco a través del reflejo del espejo.

—Me ofendes Draco, creí que yo era el rey.

—Debo dejar de alimentar tu ego —se regañó a modo de broma—. La cena está lista y papá ha llegado.

—Va a ser una noche inolvidable —dijo cuando ambos salieron de la habitación, entonces Draco se detuvo justo antes de poner el pie en el primer escalón— ¿Qué sucede? —Preguntó Harry y el rubio le indicó que mirara arriba. Del techo colgaba un muérdago que había aparecido (literalmente) de manera mágica.

Ambos se quedaron de pie allí, sin decir absolutamente nada. Ni si quiera el sonido de sus respiraciones se atrevía a interrumpir el momento.

—Bueno, una tradición tonta que puede ignorarse —dijo Draco, minimizando el asunto y comenzando a bajar los escalones—. Después de todo... se supone que solo hagamos eso con chicas.

Harry se quedó de pie debajo del muérdago que lentamente se hizo tan pequeño que desapareció. Draco había usado sus propias palabras para dejarle bien en claro que no le besaría y dolió tanto que por un instante quiso traerlo de vuelta a la fuerza y morderle el labio hasta hacerlo sangrar. Pero se contuvo, nada ganaría portándose de aquella manera, mucho menos ahora que las vacaciones recién empezaban.