La primavera había llegado y con ella los exámenes. Habían sido unos días difíciles para todos los alumnos en Hogwarts, especialmente para alguien como Hermione que llevaba más materias de las que podía tomar alguien y, aunque Harry ya había sopesado la idea de que la chica usaba algún encantamiento para crear algún tipo de doble, no había podido corroborarlo.
El viento soplaba cálidamente y el sol, aunque no tan caluroso como en verano, brillaba en lo alto del cielo. Era el clima perfecto para que todos aquellos chicos estresados por las pruebas presentadas salieran a relajarse un momento entre amigos.
A Harry le había ido especialmente bien. Según el mismo Dumbledore, Granger y Malfoy eran los únicos dos estudiantes con quien Harry competía por las mejores calificaciones de toda su generación. Pero sin duda, defensa contra las artes oscuras se había convertido en su especialidad. Harry pasaba tanto tiempo entre las páginas de libros prohibidos robados de la sección restringida de la biblioteca, que ya era todo un experto combatiendo la magia oscura... y aplicándola también.
Hermione parloteaba algo sobre los deberes de la semana. Ron comía algunos de los dulces que había traído de Hogsmeade y Harry mantenía su vista fija en Draco quien se encontraba del otro lado de los jardines, en compañía de Parkinson quién parecía más decidida que nunca a demostrar que había dejado de ser una chiquilla y que ahora era una jovencita con todas las características que un Malfoy merecía y mucho más.
Harry los vio reír y en su pecho creció un instinto asesino que se obligó a apaciguar por dos razones. La primera de ellas, era que si le veían haciendo magia oscura era probable que, no solo le expulsaran, sino que además perdiera a los seguidores que tanto trabajo le había costado conseguir. Y la segunda, por que no era digno de un Slytherin y de un líder como él perder los estribos de aquella manera. Ya encontraría la manera de deshacerse de Parkinson sin tener que darla de tentempié a su basilisco, el cual, por cierto, ahora patrullaba a través de las paredes del castillo en busca de Sirius Black, por órdenes de Harry, por supuesto. Era magnífica la inteligencia que demostraba tener.
Toda la felicidad que había significado el ganar la copa de quidditch se había desvanecido para Harry. El último partido contra Gryffindor había sido espectacular. Oliver Wood, el capitán de los leones, había incluso llorado la derrota, pues aquel era su último año en el colegio y por lo tanto, su última oportunidad para entregarle a los leones la copa. Tal vez el dolor ajeno hubiera sido suficiente para subirle el humor, pero no, no con su mejor amigo sonriéndole encantadoramente a una persona que no era él. Y Harry sentía que si no moría de celos, terminaría asesinando a alguien.
Gracias a Merlín el compartir tanto tiempo con Draco le había enseñado a tomar sus más oscuros sentimientos y enterrarlos bien en el fondo, aunque estos le consumieran y le carcomieran el alma. Era tan experto como cualquier Black, casi tan bueno en la materia como el mismo Draco quién nunca parecía enojarse más de lo necesario, aunque por dentro estuviese hecho el mismo diablo. Harry pensaba que de haber convivido más con personas como Ron, seguramente no sabría ni disimular su alegría, pues las personas como él eran tan sinceras con sus sentimientos que se les podía leer solo mirándoles a la cara por un segundo.
Ron se quejó con Hermione sobre su gato y Harry escuchó la risa de Draco aunque ésta había sido discreta. Pansy había dicho algo gracioso al parecer, pues ambos compartían risitas. Hermione replicó algo sobre que crookshanksno tenía la culpa de ser como era y Pansy se animó a tomar la mano del rubio quién le correspondió el gesto con una sonrisa cariñosa. Harry se planteó seriamente el uso de alguna imperdonable en ese momento. Le estaba costando el mundo entero contenerse.
—No sabía que Draco y Pansy salían juntos —dijo entonces Hermione. En su voz se notó la resignación. Ella era inteligente, probablemente ya se había percatado de que Draco solo la necesitaba para intercambios de información académica.
—No lo hacen —dijo Harry más para él que para la chica.
—Pues no parece que falte mucho para ello—agregó Ron.
Y era verdad. Draco jamás la rechazaría, era su mejor amiga desde siempre, habían crecido juntos, habían aprendido a volar en escoba juntos e incluso habían conseguido sus varitas al mismo tiempo. Pansy parecía realmente interesada en el rubio desde que Harry la conocía. La diferencia del antes y ese momento, era que ahora todos estaban creciendo, habían madurado y descubierto cosas nuevas. Las chicas comenzaban a fijarse en los chicos, los chicos, aunque no tan interesados como ellas, dejaban de verlas como una molestia y comenzaban a mirarlas de verdad y a pensar: "bueno, su cabello es bonito, huele bien". Y se suponía que Harry pensara lo mismo de chicas como Ginny quienes siempre le miraban y le sonreían de manera soñadora al pasar. Pero no. Porque Harry era diferente. Y por primera vez en toda su vida, no le gustó serlo.
En el mundo mágico, desde que había entrado a él, Harry no había visto nunca, jamás, a un chico mirando a otro de la manera en que Harry creía que miraba a Draco. En todo aquel tiempo que llevaba investigando, leyendo, visitando y aprendiendo, jamás, nunca, había oído hablar de un par de chicos que hicieran todo lo que él quería hacer con Draco, empezando por recuperar los besos que el primer año habían sido tan abundantes y que después habían desaparecido. Lo único que sabía era que, en el mundo mágico era tan mal visto como en el mundo muggle, que sintieras cosas que debías sentir por una chica, hacia un chico.
Podían llamarlo cobarde, y tal vez lo fuese, porque le aterraba aceptar que sentía por Draco cosas que no debía. Le aterraba volver a ser un marginal, como lo había sido toda su vida, mientras vivía entre muggles. Allá nadie le comprendía por ser diferente, por ser extraño, por ser poco común. No se creía capaz de soportar el rechazo también en aquel mundo que él consideraba su hogar, su pequeño reino. No quería volver a la alacena, no quería ser aislado y señalado, no quería perder sus contactos y su influencia, pero sobre todo, no quería perder la alianza que tenía forjada con Draco Malfoy, Draco era lo más importante que tenía.
Cuando Pansy abrazó a Draco, Harry pensó que había sido suficiente. Se puso de pie y prometiendo que volvería comenzó a caminar de vuelta al castillo. Ron y Hermione se quedaron sentados sobre el banco de piedra, aún sin hablarse y él llegó hasta un árbol de gran follaje que le cubría del poco sol que había ese día.
Y entonces lo vio.
Del otro lado del terreno, muy cerca de la entrada al bosque prohibido, el grim le miraba y junto a él estaba crookshanks, con su pelaje anaranjado y su gesto gruñón. Parecía que el gato trataba de llamar la atención de la criatura que se fundía entre las sombras de bosque, pero este solo le miraba a él. Sus ojos plateados eran tan humanos que le hicieron sentir escalofríos. No entendía aquel augurio, ¿no se suponía que nadie más sería capaz de verlo? ¿por qué entonces parecía que el gato de Granger se había vuelto el mejor amigo del grim?
Estuvo a punto de dar un paso al frente y acercarse al enorme perro negro, pero un grito y el sonido de algunas cosas estrellándose contra el suelo le hicieron darse la vuelta. Dentro del castillo, la profesora Trelawney había dejado caer una caja llena de bolas de cristal y algunas se habían partido. Cuando Harry volvió su mirada hacia el bosque, el gato y el perro habían desaparecido. Harry suspiró y se encaminó de vuelta al castillo. Había algo extraño en aquel grim y no lograba descifrar que era.
No tardó demasiado en llegar al pasillo donde había visto desde el exterior a la profesora de adivinación arruinar todas esas bolas de cristal. Era una mujer de complexión delgada, con alborotados cabellos castaños y ojos verde oscuro que lucían inmensos detrás de sus gafas redondas con demasiado aumento. Su piel era pálida y vestía de manera extravagante; haciendo uso de collares y pulseras de colores vivos, así como pañoletas y aretes que le colgaban de las orejas.
Trelawney no tenía buena fama en el colegio. Hermione había renunciado a su materia poco antes de las vacaciones de primavera alegando que era una charlatana y Ron, quién aún tomaba la clase, jamás decía nada para defenderla. Harry por supuesto, al igual que Draco, no habían tomado adivinación, en su lugar habían tomado Artimacia, pues como la adivinación era una rama muy, muy inexacta de la magia, lo creyeron poco importante. Y al parecer habían hecho bien, las dos únicas alumnas en todo Hogwarts que de verdad se creían sus predicciones eran Lavander y Parvati, ambas Gryffindor del curso de Ron.
—¡Ah! Muchacho, ayúdame con esto, vamos —le dijo la profesora y Harry asintió. Le convenía llevarse bien con todos los profesores que le fuese posible. Snape era la única excepción.
Poco a poco fue reuniendo las esferas de cristal que no se habían quebrado y las había dejado dentro de la caja de cartón con mucho cuidado. La profesora mascullaba algo sobre que el ojo interior a veces le impedía a sus ojos físicos ver por dónde iba y que por eso tropezaba demasiado cuando Harry tomó la última bola de cristal intacta. Cuando sus manos la tocaron, el humo interior empezó a revolotear y Harry vio como comenzaba a tomar forma. Dentro, podía ver a un hombre, vio dementores y la luna llena, una rata también. Todo era tan abstracto y a la vez tan claro que Harry no tuvo duda de que algo iba a ocurrir y él lo había presenciado.
Dejó la bola de cristal dentro de la caja. Sorprendido consigo mismo recordó que él jamás había tenido el don de la adivinación y que tal vez todo había sido un truco de su imaginación, como cuando te acuestas a mirar las nubes y casualmente les encuentras algunas formas. Aunque no era extraño que un mago pudiera tener visiones de vez en cuando, accidentalmente y sin planearlo, como en aquel momento. Eran pocos los verdaderos magos que podían traer imágenes del futuro a su mente a voluntad.
—Muchas gracias, chico —le dijo la profesora cuando terminaron de recoger los trozos de cristal sobre el suelo.
—No hay por qué —le respondió.
Dispuesto a marcharse hacia su sala común dio media vuelta. Sin embargo no había dado ni tres pasos cuando el sonido de la caja azotando contra el suelo retumbó por el corredor una vez más.
—Sucederá esta noche. —dijo con voz potente y áspera.
Harry dio media vuelta. La profesora Trelawney estaba rígida con las manos a sus costados. Tenía la vista perdida y la boca abierta. Harry lo veía pero no lo creía. Estaba, probablemente, presenciando una profecía de verdad.
—¿Cómo dice? —preguntó Harry.
Pero la profesora Trelawney no parecía oírle. Sus pupilas comenzaron a moverse. La profesora parecía a punto de sufrir un ataque. El muchacho se acercó con paso discreto, sin apartar sus ojos de ella. Y entonces la profesora Trelawney volvió a hablar con la misma voz áspera, muy diferente a la suya:
—El Señor de las Tinieblas está solo y sin amigos, abandonado por sus seguidores. Hoy, antes de la medianoche, el vasallo irá a reunirse con su amo. El Señor de las Tinieblas se alzará de nuevo, con la ayuda de su vasallo, más grande y más terrible que nunca. Hoy... antes de la medianoche... el vasallo... irá... a reunirse... con su amo...
Su cabeza cayó hacia delante, sobre el pecho. La profesora Trelawney emitió un gruñido. Luego, repentinamente, volvió a levantar la cabeza.
—Lo siento mucho, chico —añadió con voz soñolienta—. El calor del día, supongo. Bueno, ahora debo irme, mis muchachos esperan por el examen de adivinación.
Recogió la caja del suelo y se marchó.
Harry se quedó de pie un segundo más. Aquella mujer había predicho el regreso de Voldemort y ni si quiera se había percatado de ello. Harry sabía que el momento llegaría tarde o temprano, pero casi creyó, por un segundo, que el tercer curso terminaría sin noticias de su enemigo. No sabía que pensar, debía encontrar a Draco y contarle lo que sabía, pero también debía alertar a Ron y a Hermione, incluso a Diggory de ser posible. Debía hacer todo lo que estuviese en sus manos para evitar que aquella profecía se cumpliera. Pero ¿por dónde empezar? ¿Sería Sirius Black su fiel vasallo? ¿Sería Lucius Malfoy? ¿O sería algún otro mortífago libre de Azkaban que Harry no había contemplado?
Si estaban hablando de Lucius, probablemente no podría involucrar a Draco, no a menos que quisiera correr el riesgo de ser traicionado por su mejor amigo. Pero si se trataba de Black definitivamente no podía ir solo a enfrentársele. Aún quedaban unos cuantos minutos para el atardecer y algunas horas para la media noche. Sin embargo sería imposible localizar al vasallo de Voldemort, podía estar en cualquier parte del mundo, muy lejos de Hogwarts.
Miró por la ventana a su lado, el sol no tardaría mucho en ocultarse tras el horizonte. Entonces sus ojos se desviaron hasta la cabaña de Hagrid donde los Hipogrifos de una de sus primeras clases de cuidado de creaturas mágicas parecían estar pasando el rato tranquilamente. El recuerdo de la bola cristal y la visión le vinieron a la mente y de pronto creyó que tenía una idea de por dónde comenzar, pero para eso necesitaba su capa de invisibilidad y el mapa del merodeador.
Cuando llegó a las mazmorras de Slytherin el sol ya se había ocultado por completo. Sus compañeros le saludaron amablemente y él les correspondió con una sonrisa que ocultaba su nerviosismo. Después de casi un año, probablemente podría encarar al hombre que había traicionado a sus padres y torturarlo hasta la muerte, como cualquier traidor lo tenía merecido. En caso de que fuera Lucius y no Black el enemigo, entonces podría saber la verdadera lealtad de Draco, y si resultaba que éste escogía la sangre por sobre su amistad, entonces Harry podría deshacerse sin culpa de esos sentimientos impuros que tenía por él y su vida sería más fácil.
Entró a su habitación y guardó dentro de su morral algunas pociones venenosas y otras tantas curativas, el mapa y la capa. Se acercó a su escritorio y miró el mapa de astrología en el que había estado trabajando la semana anterior corroborando que aquella noche, era efectivamente luna llena. Si su visión fugaz había sido auténtica, entonces tenía que arreglárselas para que Lupin revelara su estado como traidor y como licántropo. Aún no tenía muy en claro que papel jugaban cada una de las figuras que había visto, pero esperaba todo se resolviera lo antes posible. Tenía el presentimiento de que al final, terminaría tan envuelto en el asunto como siempre.
Salió de la sala común de Slytherin, no muy seguro de a donde debía dirigirse. Sus pies lo llevaron al despacho del profesor Lupin donde el susodicho seguramente se encontraba resguardado de la luna. Harry se detuvo frente a la puerta, pensando en que probablemente podía usar veritaserum, la poción de la verdad, para sacarle a Lupin información sobre Black y luego borrarle la memoria, o freírlo a crucios hasta que le dijera la verdad y luego entregarlo a los dementores.
Sacó el mapa de morral y usó su varita para activarlo, no sin antes asegurarse de que el pasillo estaba desierto. Vio que Lupin si se encontraba dentro de su despacho. Pero también vio otra cosa. En los jardines, muy cerca del lago, Draco seguía junto a Parkinson y no muy lejos de ahí, la etiqueta de Sirius Black bailaba, anunciando que el hombre acechaba a su mejor amigo.
Harry no se molestó en de desactivar el mapa con la clave que Lupin le había dado, lo dobló como pudo y lo echó apresuradamente dentro de su bolsa. Fallando y dejándolo caer al suelo.
Echó a correr con la varita en mano, dispuesto a asesinar al bastardo que había entregado a sus padres, dispuesto a despedazarlo para que sintiera un poco, solo un poco de la miseria que Harry había sentido viviendo entre muggles tanto tiempo.
Harry asesinaría a Sirius Black y nada iba a detenerlo.
