Corrió por los pasillos del castillo con su túnica del colegio alzándose por sus movimientos. Su mente estaba completamente poseída por la idea de encarar a Sirius Black y hacerle pagar por todo lo que le había hecho. Ya no le importaba si Black era o no el vasallo de Voldemort, no le importaba si aquel bastardo volvía a la vida más poderoso que nunca, ya acabaría con él de nuevo, una vez más. Lo único importante en ese momento era satisfacer aquella sed de venganza que le embriagaba hasta el punto de lo irracional. Si lograba encargarse de Sirius Black, lo demás eran nimiedades; Lupin, Voldemort, las predicciones y el hecho de que tal vez, su mejor amigo podía traicionarlo. No estaba actuando como un Slytherin, lo sabía, pero aquello no podía importarle menos.

Se topó con un prefecto de Hufflepuff que le llamó la atención por correr por los pasillos con la varita en la mano. Harry, sin detenerse si quiera a mirarlo, le lanzó un obliviate y lo aturdió. El sonido sordo del cuerpo cayendo sobre la fría piedra del corredor fue lo único que necesitó para asegurarse que podía seguir corriendo hacia su objetivo. Y lo hizo. Harry sabía que a esa hora del día todos debían estar cenando, o al menos la mayoría, así que no se preocupó demasiado por ser descubierto escabulléndose del casillo cuando obviamente no debía. Todos sabían que Black estaba detrás de él y no se tentaban el corazón a la hora de restringirle cosas, cosas como salidas tardías a los terrenos del colegio, por ejemplo.

—¿Harry? —preguntó la voz de Draco por uno de los corredores. Seguía acompañado de Pansy pero no parecía haber nada extraño en él. Tal vez no había visto a Black.

—No hay tiempo —le dijo el moreno tomándolo de la mano y arrastrándolo consigo. Pansy quiso replicar algo pero no sirvió de nada.

Cuando ambos hubieron doblado el recodo y se aseguraron de que no había nadie escuchándoles Harry comenzó a hablar.

—He visto a Black en el mapa, muy cerca de donde hasta solo unos minutos estabas pasando el rato con Parkinson...

—Imposible... —le dijo Draco, ahí no hay nada donde pudiera ocultarse, frente a nosotros solo estaba el lago, ni si quiera un árbol. Había un perro... —se quedó callado de golpe. Ambos muchachos se miraron y como si supieran lo que pensaba el otro dijeron al mismo tiempo:

—Un animago...

—Tiene sentido —agregó Harry—. Lo que yo veía no era el grim, era a Sirius Black. Pero no lo entiendo, antes de entrar al castillo lo vi cerca del bosque prohibido, estaba bastante lejos de mí, pero de haber querido pudo haberme matado, estaba completamente solo.

—Aún hay dementores por todas partes, no iba a arriesgarse a usar su forma humana —reflexionó el rubio.

—Debemos ir tras él.

—Sabemos cómo luce pero no tenemos idea de dónde puede estar —Harry abrió su morral y removió todo lo que contenía en busca del mapa. No estaba.

—El mapa... debí dejarlo caer cerca del despacho de Lupin...

—¿Que hacías ahí?

—Planeaba torturarlo hasta que me revelara el paradero de Sirius Black —Draco sonrió y soltó una sonrisita.

—Demasiado Slytherin incluso para ti.

Harry había estado a punto de abrir la boca para decirle que debían volver por él cuando por la ventana a su lado un grito se coló junto con el viento. Ron le gritaba a Sacabbers, su rata, que se había escapado y a quién perseguía en dirección al sauce boxeador. Hermione iba detrás de él con gesto afligido. Crookshanks apareció de repente, uniéndose a la carrera y rebasando rápidamente al Gryffindor y la Ravenclaw en la caza de la rata. Y a Harry aquello le hubiera importado absolutamente nada, pero cabía la casualidad que, casi de inmediato, la silueta de un perro negro como la noche se dibujó cerca de ellos. De pronto volver por el mapa importaba más bien poco, que lo encontrara quien quisiera y se lo quedara, él tenía asuntos más importantes que atender.

Se acercó a la ventana y la abrió con un conjuro no verbal y sin ayuda de la varita. Sintió las protecciones del castillo vibrar, tal vez las ventanas estaba protegidas para que nadie se colase por ellas a horas indebidas. Pero la magia de Harry, tan poderosa como era, logró revocar el encantamiento sin problemas y hacer su voluntad. El espacio era suficiente como para un chiquillo de su talla se colase fácilmente. Saltó hacia los jardines, con sus ojos clavados en el animago que no le miraba, sus ojos parecían demasiado ocupados en la persecución de la rata, el gato, Ron Weasley y Hermione Granger.

—Espera —le dijo entonces Draco, justo cuando se disponía a dar su primer paso hacia el inminente enfrentamiento—. Tenemos que pensar esto, Black es peligroso ¿recuerdas?. Somos serpientes, no leones.

Hasta ese momento Harry no se había percatado de que tenía la cabeza en otra parte, que no estaba pensando con claridad pero, ¿quién podría mantener la calma en una situación como aquella?. Se avergonzó de sí mismo, su comportamiento dejaba demasiado que desear y lo sabía, sabía que se estaba dejando consumir por la venganza y se alegró de tener a alguien como Draco, alguien que le pusiera los pies sobre la tierra cuando estuviese demasiado cegado.

—Parece que está muy interesado en el gato —dijo Draco—. Eres bueno con los animales, ordénale que venga para acá, Black seguramente vendrá tras él.

Harry se tomó su tiempo para responder. Vio a Ron gritarle al gato de Hermione que se detuviera, que no lastimara a Scabbers. Pero Harry no estaba muy seguro de que Black quisiera al gato; ya antes los había visto juntos y no le había hecho ni un rasguño.

—No quiere al gato —dijo finalmente—. Quiere a la rata... —reflexionó.

Y justo en ese momento, el perro gigantesco salió de su escondite y se unió a la cacería de la rata. Harry y Draco no perdieron el tiempo y fueron tras ellos. Ambos Slytherin con los maleficios que seguramente necesitarían en la mente, preparados para cualquier situación que se presentara. Harry sentía correr la sangre por cada una de sus venas, la adrenalina le zumbaba en el oído y la mano con la que sujetaba la varita le hormigueaba ansiosa de lanzar por primera vez todos aquellos encantamientos que había leído en esos libros prohibidos y que no había sido capaz de utilizar contra Draco por miedo a dañarlo de verdad. Black no tendría una muerte rápida, claro que no, Black tendría una de las muertes más lentas y dolorosas que nadie, nunca, en toda la historia de la magia, haya aplicado, ni si quiera Grindelwald o Voldemort. Pero entonces el perro se perdió de vista entre la oscuridad.

—Aléjate de él..., aléjate... Scabbers, ven aquí... —decía Ron y casi de inmediato oyeron un golpe seco. —¡Te he atrapado! Vete, gato asqueroso.

Hermione casi choca contra Ron. Estaba tendido en el suelo. Scabbers había vuelto a su bolsillo y Ron sujetaba con ambas manos el tembloroso bulto.

—Vamos, Ron, volvamos al castillo —dijo Hermione jadeando—. Lamento que Croo... ¿Harry?

—Hermione —dijo el pelinegro—. Escúchame bien, Sirius Black, está cerca.

—¿Qué? —preguntó asombrada—. ¿Y que se supone que haces aquí? No deberías estar afuera con él por aquí, deberíamos ir inmediatamente con Dumbledore, él...

Pero antes de que pudieran terminar la frase, antes incluso de que pudieran recuperar el aliento, oyeron los pasos de unas patas gigantes. Algo se acercaba a ellos en la oscuridad: un enorme perro negro de ojos claros. Harry con la varita en mano no dudó ningún segundo en lanzar el primer maleficio, pero el perro lo esquivó sin problemas dando un gran salto. Sus patas delanteras le golpearon el pecho. Harry cayó de espaldas. Sintió el cálido aliento del perro, sus dientes de tres centímetros de longitud. Escuchó a Draco bramar una maldición y sintió el peso extra apartarse de su cuerpo con brusquedad. Se apartó rodando. Aturdido, sintiendo como si le hubieran roto las costillas, trató de ponerse en pie; oyó rugir al animal, preparándose para un nuevo ataque. Cuando el perro volvió a saltar contra ellos, Ron empujó a Harry hacia un lado y el perro mordió el brazo estirado de Ron. Harry embistió y agarró al animal por el pelo, pero éste arrastraba a Ron con mucha facilidad, como si fuera un muñeco de trapo.

Entonces, algo surgido de no se sabía dónde golpeó a Harry tan fuerte en la cara que volvió a derribarlo. Oyó a Hermione chillar de dolor y a Draco apenas quejarse y caer también. Harry manoteó en busca de la varita, parpadeando para quitarse la sangre de los ojos.

Mierda. Pensó. El sauce boxeador.

Invocó un lumos que alumbró la tétrica noche sin luna solo para comprobar que era verdad su conjetura. Sin darse cuenta habían avanzado hasta el sauce boxeador quién les había golpeado nada más sentir su presencia. Sus ramas crujían como azotadas por un fortísimo viento y oscilaban de atrás adelante para impedir que se aproximaran. Al pie del árbol estaba el perro, arrastrando a Ron y metiéndolo por un hueco que había en las raíces. Ron luchaba con fervor, pero su cabeza y su torso se estaban perdiendo de vista.

—¡Ron! —gritó Hermione, intentando seguirlo, pero una gruesa rama le propinó un sonoro y terrible golpe que la obligó a retroceder.

Lo único que podían ver ya de Ron era la pierna con la que el muchacho se había enganchado en una rama para impedir que el perro lo arrastrase. Un horrible crujido cortó el aire como un pistoletazo. La pierna de Ron se había roto y el pie desapareció en aquel momento.

—Harry, tenemos que pedir ayuda —gritó Hermione. Ella también sangraba. El sauce le había hecho un corte en el hombro.

—No es que la vida de Weasley me importe demasiado —dijo Draco en voz muy bajita, con la cabeza sangrando—. Pero si perdemos de vista a Black no tendremos otra oportunidad —Harry asintió, era obvio que tampoco le importaba otra cosa que no fuera atrapar a Sirius Black. Aunque la manera en que Ron le había protegido momentos atrás sí que le conmovió un poco.

—Avanzaremos —corroboró— Pero debemos ir con cuidado, hay algo muy extraño en todo esto, Black no parecía muy interesado en atacarme.

Draco frunció el ceño y asintió. Hermione se encontraba a unos metros de ellos, mirándo hacia el castillo, como esperando que de entre alguna de sus puertas surgiera algún profesor que les ayudara. Entonces Crookshanks dio un salto al frente. Se deslizó como una serpiente por entre las ramas del sauce que azotaban el aire y se agarró con las zarpas a un nudo del tronco. De repente, como si el árbol se hubiera vuelto de piedra, dejó de moverse.

—¡Crookshanks! —gritó Hermione, dubitativa. Cogió a Draco por el brazo tan fuerte que le hizo daño—. ¿Cómo sabía...?

—Es amigo del perro —dijo Harry con frialdad imparcial. Celoso—. Los he visto juntos... Vamos. Con la varita en alto.

En unos segundos recorrieron la distancia que les separaba del tronco, pero antes de que llegaran al hueco que había entre las raíces, Crookshanks se metió por él agitando la cola de brocha. Harry lo siguió. Entró a gatas, metiendo primero la cabeza, y se deslizó por una rampa de tierra hasta la boca de un túnel de techo muy bajo. Crookshanks estaba ya lejos de él y sus ojos brillaban a la luz de la varita de Harry. Un segundo después, entró Hermione y Draco detrás de ella.

—Por aquí —indicó Harry, poniéndose en camino con la espalda arqueada, siguiendo a Crookshanks.

—¿Adónde irá este túnel? —le preguntó Hermione, sin aliento.

—No sé... Está señalado en el mapa del merodeador, daba la impresión de que iba a Hogsmeade...

—¿Mapa? —preguntó la chica. Harry había olvidado que los únicos que sabían del mapa del merodeador eran él, Draco y Lupin.

—Eso no importa ahora —intervino Draco usando su caballeroso encanto—. Guardemos silencio por si escuchamos algo.

Hermione asintió efusivamente y Harry rodó los ojos fastidiado con la situación. Avanzaban tan rápido como podían, casi doblados por la cintura. Por momentos podían ver la cola de Crookshanks. El pasadizo no se acababa. Lo único en que podía pensar Harry era en Sirius Black y en la manera de atraparlo... Al correr agachado, le costaba trabajo respirar y le dolía... Y entonces el túnel empezó a elevarse, y luego a serpentear; y Crookshanks había desaparecido. En vez de ver al gato, Harry veía una tenue luz que penetraba por una pequeña abertura. Se detuvieron jadeando, para coger aire. Avanzaron con cautela hasta la abertura. Levantaron las varitas para ver lo que había al otro lado. Había una habitación, muy desordenada y llena de polvo. El papel se despegaba de las paredes. El suelo estaba lleno de manchas. Todos los muebles estaban rotos, como si alguien los hubiera destrozado. Las ventanas estaban todas cegadas con maderas.

Harry salió por la abertura mirando a su alrededor. La habitación estaba desierta, pero a la derecha había una puerta abierta que daba a un vestíbulo en sombras. Hermione volvió a cogerse del brazo de Draco. Miraba de un lado a otro con los ojos muy abiertos, observando las ventanas tapadas.

—Harry —susurró—. Creo que estamos en la Casa de los Gritos.

Harry miró a su alrededor. Posó la mirada en una silla de madera que estaba cerca de ellos. Le habían arrancado varios trozos y una pata.

—Eso no lo han hecho los fantasmas —observó. En ese momento oyeron un crujido en lo alto. Algo se había movido en la parte de arriba. Miraron al techo.

Tan en silencio como pudieron, entraron en el vestíbulo y subieron por la escalera, que se estaba desmoronando. Todo estaba cubierto por una gruesa capa de polvo, salvo el suelo, donde algo arrastrado escaleras arriba había dejado una estela ancha y brillante. Llegaron hasta el oscuro descansillo.

—Nox —susurraron a un tiempo, y se apagaron las luces de las varitas. Solamente había una puerta abierta. Al dirigirse despacio hacia ella, oyeron un movimiento al otro lado. Un suave gemido, y luego un ronroneo profundo y sonoro.

Intercambiaron una última mirada y un último asentimiento con la cabeza. Sosteniendo la varita ante sí, Harry abrió la puerta de una patada. Crookshanks estaba acostado en una magnífica cama con dosel y colgaduras polvorientas. Ronroneó al verlos. En el suelo, a su lado, sujetándose la pierna que sobresalía en un ángulo anormal, estaba Ron. Hermione se acercó rápidamente.

—¡Ron!, ¿te encuentras bien? ¿Dónde está el perro? —preguntó la chica.

—No hay perro —Dijo Harry apuntando hacia las sombras su varita —. Él es el perro. Es un animago...

Ron y Hermione miraba por encima del hombro de Harry. Draco quién se encontraba a su lado también apuntaba la varita hacia la oscuridad. El hombre oculto en las sombras cerró la puerta tras ellos. Una masa de pelo sucio y revuelto le caía hasta los codos. Si no le hubieran brillado los ojos en las cuencas profundas y oscuras, Harry habría creído que se trataba de un cadáver. La piel de cera estaba tan estirada sobre los huesos de la cara que parecía una calavera. Una mueca dejaba al descubierto sus dientes amarillos. Era Sirius Black.

—Pensé que vendrías a ayudar a tu amigo. Atrapar al rubio me habría costado más trabajo —dijo con voz ronca. Su voz sonaba como si no la hubiera empleado en mucho tiempo—.Tu padre habría hecho lo mismo por mí. Fueron muy valientes por no salir corriendo en busca de un profesor. Muchas gracias. Esto lo hará todo mucho más fácil...

Harry oyó la burla sobre su padre como si Black la hubiera proferido a voces. Notó la quemazón del odio, que no dejaba lugar al miedo. En la mano su varita le quemaba como el fuego mismo y le rogaba que lanzara un cruciopara aliviar el dolor hirviente, quería atacar... quería matar. La mano de Draco sobre su hombro le impidió hacer una locura y le decía silenciosamente que era un Slytherin, que debía esperar a la mejor oportunidad. Black tenía una varita en la mano y si los rumores eran ciertos, podía desintegrarlos en unos segundos. Ron, sin embargo, se dirigió a Black:

—Si quiere matar a Harry, tendrá que matarnos también a nosotros —dijo con fiereza, aunque el esfuerzo que había hecho para levantarse lo había dejado aún más pálido, y oscilaba al hablar.

Algo titiló en los ojos sombríos de Black.

—Échate —le dijo a Ron en voz baja— o será peor para tu pierna.

—¿Me ha oído? —dijo Ron débilmente, apoyándose en Harry para mantenerse en pie—. Tendrá que matarnos a los cuatro.

Ron se encontraba a la derecha de Harry, Hermione se paró a la izquierda, asintiendo fervientemente a la declaración del pelirrojo. Draco en cambio, no permitiría que Harry muriera aquella noche y él tampoco estaba muy dispuesto a morir. Al rubio le parecía que el razonamiento de los Gryffindor era bastante idiota. ¿Por qué morir cuando podías asesinar a tu enemigo? Morir era para los débiles y cortos de ingenio, para aquellos que no tenían la habilidad de escurrirse cual serpiente. Y al parecer Harry pensaba igual porque dijo:

—El único que morirá esta noche es él.

—¡Harry! —sollozó Hermione—. ¡Cállate!

—¡ÉL MATÓ A MIS PADRES! —gritó Harry.

Había olvidado que era bajito y que tenía trece años, mientras que Black era un hombre adulto y alto. Lo único que sabía Harry era que quería hacerle a Black todo el daño posible, y que no le importaba que el que recibiera a cambio lo mismo. Lanzó un maleficio que causaba a la víctima heridas similares a unas quemaduras de gravedad. Sirius se protegió con algo de dificultad, lanzando un encantamiento escudo a tiempo. Ron y Hermione intentaron detener a Potter, pero Draco no les dejó, se interpuso entre su mejor amigo y los otros dos muchachos y alzó la varita amenazando con maldecirlos si osaban interponerse. Aquello era entre Harry y Sirius Black y nadie más debía intervenir.

—¿Vas a matarme, Harry? —preguntó Black. Harry se paró delante de él, sin dejar de apuntarle con la varita.

—No, Sirius Black, primero voy a destrozarte.

Y la batalla se reanudó. Luces de colores iban de un lado a otro. Draco había tenido que colocar un escudo que lo protegía a él y a los otros dos muchachos de los encantamientos que rebotaban. Era una suerte que Draco conociera tan bien la magnitud del poder de Harry, así podía crear el escudo perfecto. Black en cambio, parecía estar batallando bastante con el asunto de protegerse y es que Harry era muy poderoso. Sin embargo, Draco no dejaba de preguntarse por qué Black solo se defendía y no atacaba en ningún momento.

—Tienes que escucharme —dijo Black con un dejo de apremio en la voz—. Lo lamentarás si no... si no comprendes...

—Sé todo lo que necesito. ¡Miserable traidor!

Antes de que nadie pudiera decir nada más, algo canela pasó por delante de Harry como un rayo. Crookshanks saltó sobre el pecho de Black y se quedó allí, sobre su corazón. Black cerró los ojos y los volvió a abrir mirando al gato. Crookshanks volvió a Harry con su cara fea y aplastada, y lo miró con sus grandes ojos amarillos. Hermione, que estaba a su derecha, lanzó un sollozo. Harry miró a Black y a Crookshanks, sujetando la varita aún con más fuerza. ¿Y qué si tenía que matar también al gato? Si estaba dispuesto a morir defendiéndolo, no era asunto suyo. Si Black quería salvarlo, eso sólo demostraría que le importaba más Crookshanks que los padres de Harry...

Harry levantó la varita. Había llegado el momento de vengar a sus padres. Iba a matar a Black. Tenía que matarlo. Era su oportunidad...

—¡Expeliarmus!

Exclamó una voz y la varita de Harry salió volando de su mano. También lo hicieron las de Hermione, Ron y Draco. Lupin las cogió todas hábilmente y luego penetró en la habitación, mirando a Black, que todavía tenía a Crookshanks protectoramente encaramado en el pecho.

—Usted... —dijo Harry con rencor.

Todo en la habitación había comenzado a temblar, la furia de Harry era arrasadora e iba a acabar con todo a su alrededor. Pero a Lupin y Black aquello no podía importarles menos. Nada más verse se acercaron y se miraron con un anhelo que Harry no había visto nunca. Y se besaron. Se besaron tan fervientemente que todos desviaron la vista, todos excepto Harry que no comprendía que demonios estaba ocurriendo. Su corazón dio un vuelco y su furia se esfumó, ahora solo quedaba la incertidumbre.

—¿Dónde está? —preguntó Lupin entonces.

—Lo tiene Weasley —le respondió Black.

Lupin les sonrió a los desconcertados muchachos. Rápidamente les arrojó a cada uno sus varitas. Lo que Harry creía que era un grave error, pero estaba tan perplejo que no se movió ni un poco. Una vez que todo tuvieron sus varitas, Lupin se acercó hasta Ron quién se encogió sobre su lugar, temeroso. Lupin volvió a sonreírle y le dijo con voz débil.

—¿Me dejas echarle un vistazo a la rata? —dijo con amabilidad.

—¿Qué? —preguntó Ron—. ¿Qué tiene que ver Scabbers en todo esto?

—Todo —respondió Lupin—. ¿Podría echarle un vistazo, por favor?

Ron dudó por un instante. Miró a Harry quién petrificado como se encontraba solo reaccionó a asentir cuando Draco le murmuró que dijera que sí. Lupin tomó entonces al animal y lo inspeccionó. Entonces con un movimiento de varita levitó a la rata y frente a los ojos expectantes de todos los presentes se trasformó en un hombre.

—Aquí tenemos al verdadero traidor —dijo Sirius con odio impregnado en la voz. El mismo tono que Harry había utilizado para decirle que lo destrozaría.

Lupin comenzó a explicar toda la historia. El como él y su padre se habían conocido en el colegio y junto con Peter y Sirius se habían vuelto unos amigos inseparables. Hablaba de la licantropía, del mapa y de las escapadas en la noche con sus amigos, unos animagos ilegales. Hablaba de cómo había encontrado el mapa frente a su oficina después de que Harry lo dejase caer y de cómo había llegado hasta allí. Habló de la noche en que los Potter habían sido traicionados por el hombre que se encogía en medio de la sala, temeroso porque Black parecía dispuesto asesinarle si osaba respirar más fuerte de la cuenta.

Y Harry comprendió, realmente comprendió que había estado tras el hombre equivocado. Lamentó que su furia ciega no le hubiese dejado investigar un poco más antes de actuar. Había estado a punto de asesinar al único hombre que después de muchos años aún estaba dispuesto a vengar a sus padres. Había estado a punto de torturar a Lupin quién solo buscaba ayudar a Sirius con su cometido.

Entonces Lupin terminó con su relato y Harry se acercó al traidor con semblante serio y atemorizante. Y le preguntó:

—¿Todo lo que dice Lupin es verdad? —Peter asintió asustado—. Durante todo este tiempo hemos pensado que Sirius había traicionado a mis padres y que tú lo habías perseguido para vengarlos. Te veían como un héroe y no eres más que una miserable alimaña —apuntó su varita hacia él.

—No lo asesines —Le dijo Draco al oído—. No si quieres que exoneren a Black —Luego el rubio se separó de Harry y con voz más fuerte exclamó.

—¿Has oído todo Severus? —Todos miraron a la puerta. Severus Snape estaba tras ella, con la varita en alto y les miraba con suma precaución. Draco sonrió satisfecho y agregó—. Será mejor que le des al profesor Lupin su poción matalobos y que volvamos al castillo. Fudge va a volverse loco cuando le contemos lo que acaba de ocurrir.