Convencer al ministerio de la verdad había sido una tarea especialmente difícil. Habían hecho falta testimonios, recuerdos vertidos en pensaderos y un montón de poción de la verdad. Todos en el mundo mágico estaban consternados por la reciente revelación. Y es que, después de doce años pensando que el culpable en realidad era un héroe no era un asunto que pudiera cambiarse de la noche a la mañana. Para su buena suerte, Black había contado no solo con el apoyo de Dumbledore, si no con el del mismo Harry que era la única persona en todo el mundo mágico al que no se le podía negar nada por ser quien era.
Aquella pequeña aventura le había dado a Potter la satisfacción de condenar al asesino de sus padres y la oportunidad de hacerse con un nuevo aliado, el mismísimo ministro de magia, Cornelius Fugde que estaba sinceramente encantado con el niño que vivió para hacer justicia. Por todas partes habían fotografías de él con el ministro y aquello le dio una popularidad con la que no había más que soñado. Sin duda, solía suceder que a veces, el destino conspiraba para otorgarte lo que más deseabas y Harry estaba haciéndose con su sueño poco a poco, mezclándose con la gente adecuada y mostrando al mundo su máscara de chico bueno y justo. Algo que no era más que puro teatro.
Si Harry había buscado algo de todo aquello había sido venganza, venganza ardiente y segadora. Él no necesitaba justicia, pues la justicia hubiera implicado informar a las autoridades de todo lo que ocurría. Dejar que los aurores intervinieran, dejar que Dumbledore supiera todo lo que había averiguado a lo largo del año. Cosa que Harry había ocultado con un solo propósito; el de obtener la venganza que sus padres merecían y que él mismo necesitaba para poder dormir más tranquilo todas las noches.
Tan ajetreado había estado con todo aquel embrollo que no se detuvo a pensar sobre la profecía de la profesora de adivinación, ni la visión en la bola de cristal que él mismo había presenciado. Y tampoco le importaba. Voldemort podía alzarse mil veces y enfrentarse a Harry. El único resultado posible en aquella batalla era simple y llanamente, una victoria para el chico dorado.
Sin embargo, el asunto de Black era tan delicado que dejarlo en libertar así como así no le daría ningún tipo de fama positiva al ministro. Así que cuando el verano llegó, Sirius Black no estaba en Azkaban, sino en la antigua casa de los Black que por derecho le pertenecía, bajo arresto domiciliario. Peter Pettigrew en cambio, sería llevado a Azkaban donde recibiría el beso del dementor lo antes posible. El caso sería de manejo público para que la comunidad mágica tuviese la certeza de que estaban liberando a un nombre inocente y que el verdadero culpable sería castigado. Tal vez dentro de un par de años, Black podría pasearse tranquilamente por el callejón Diagon, pero por lo pronto a Harry ni si quiera se le permitía vivir con él.
Potter se encontraba guardando todas sus pertenencias, al día siguiente se marcharía de nuevo al número cuatro de Privet Drive. Había terminado su tercer año con un reconocimiento por excelencia académica, su padrino liberado de prisión y más seguro que nunca de que Draco no le traicionaría. Solo tenía un asunto más por arreglar, y es que Harry no podía permitir por ningún medio que Pettigrew fuese a Azkaban sin que él le pusiera un dedo encima. Si antes no había actuado había sido por mera conveniencia, por que Malfoy había tenido razón al decirle que si quería probar la inocencia de Black tenía que dejarlo vivir. Sin embargo ahora que todo se había aclarado y que el resto eran puras formalidades, no había podido evitar intervenir para que Pettigrew quedara a su merced.
—Madre ha enviado el paquete —dijo Draco entrando por la puerta, cargando con una caja metálica con unos cuantos agujeros en la tapa.
—Será mejor que nos apresuremos, no queremos que nadie pregunte donde estábamos.
—¿Estás seguro de que no quieres desayunar algo antes de...? —Harry le sonrió y le acarició la mejilla. Draco se apartó discretamente y Harry fingió que no se había percatado.
—Estoy seguro, Dray. Ahora vamos.
Draco asintió en silencio, con gesto neutro a través del cual Harry pudo ver a la perfección; estaba preocupado.
Caminaron por lo corredores del castillo que estaban repletos de todos aquellos que ya estaban listos para marcharse. Harry saludó a algunos de los chicos y chicas que se detenían a recordarle lo muy fantástico que era. Colin Creevey incluso les tomó una foto juntos mientras Draco permanecía a una distancia prudente del alboroto; sumido en sus pensamientos. Incluso Ginny se atrevió a besar a Harry en la mejilla, muy cerca de los labios mientras susurraba cosas como "un héroe". El moreno por supuesto solo pudo sonreírle de manera más bien forzada, él no quería besos de nadie que no fuera de Draco. Como antes. Y estaba decidido a adueñarse de Malfoy costase lo que costase. Creía que cuarto año era el mejor momento para intentarlo.
Harry vio a su mejor amigo saludar a un par de Ravenclaw y a una Hufflepuff como si se tratase de un político haciendo diplomacia y sonrió. Draco casi nunca dejaba ver al mundo entero aquella parte de él que era como un niño inmaduro y berrinchudo. Había sido educado para actuar correctamente frente a todos y Harry era una de las pocas personas que conocía aquella parte oculta del rubio, aquella que le hacía maldecir en voz alta cuando osaba robar alguna de las golosinas que su madre le enviaba cada semana. Aquella que le hacía sonreír como un ángel al que le estaban por salir cuernos cuando tramaba alguna broma para algún compañero. Y a Harry le encantaba ser uno de los pocos privilegiados que podían presenciar a Draco, no a Malfoy o a Black, solo Malfoy.
Al llegar al segundo piso se encargaron de mirar a los dos lados de corredor para colocase la capa de invisibilidad encima y continuar con su camino. Subieron al tercer piso que estaba igual de desierto que el segundo, a excepción de Peeves que se encontraba haciendo de las suyas dentro de una de las aulas, arrojando las bancas contra la pared. Finalmente llegaron al baño de mujeres del tercer piso donde Myrtle la llorona se encontraba sentada en su retrete con aquel gesto de sufrimiento que tanto la caracterizaba. Ambos muchachos se plantaron frente al lavamanos y se quitaron la capa. Myrtle sonrió coquetamente.
—Hola Harry, Draco. No habían venido mucho por aquí.
—Querrás decir que no hemos venido para nada —afirmó Harry al notar que la fantasma flotaba junto a Draco e intentaba acariciarle el cabello.
—¿No le dirás a nadie que estuvimos aquí, verdad? —preguntó el rubio con una sonrisa encantadora que hizo que la fantasma le hiciera ojitos.
—Por supuesto que no, no me atrevería.
Harry rodó los ojos y se dispuso a su labor de abrir la entrada a la cámara de los secretos. Le bastó con decir "Ábrete" en párcel para lograrlo. Mytel se despidió de ellos abanicando con sus pestañas y volviendo al baño donde antes había estado sentada. Ambos muchachos comenzaron su descenso por el túnel que se había abierto frente a ellos y que se cerró con una orden de Potter. Caminaron con seguridad hasta donde se encontraba la cámara, seguros de que si el basilisco decidía aparecerse de la nada no les asesinaría ni les petrificaría. El lugar estaba tan húmedo y oscuro como siempre, así que Harry invocó sin ayuda de su varita una esfera de luz que avanzaba delante de ellos, alumbrándoles el camino.
—Debes recordarme darle a tu madre las gracias por lo que ha hecho. Supongo que con esto queda saldada la deuda que tenía conmigo por haberte salvado la vida.
—Ella cree en ti, como yo, cree que puedes lograr cosas grandes, que puedes ser mejor que ningún otro mago en la historia, esto ha sido para demostrarte que está de tu lado, no para saldar una deuda.
—Entonces estaré gustoso de recompensarle —sonrió—, algún día.
Llegaron hasta el centro de la sala donde la enorme estatua de Salazar Slytherin se levantaba orgullosamente, con su larga barba y su túnica esplendorosa. Harry se paró al centro de los pilares en forma de serpiente mientras Draco, de manera muy cautelosa le seguía de cerca. Ahí ya no había ni un vestigio de que Tom Riddle hubiese estado a punto de hacer de las suyas, ni si quiera el diario estaba allí, Harry se lo había entregado a Dumbledore cuando se habían reunido para discutir lo acontecido el año anterior. Sin embargo, aunque nada parecía haber pasado en aquel sitio, Harry pensaba que la incomodidad del rubio se debía principalmente a la humillación de haber caído como un idiota en la trampa de alguien como Lord Voldemort. Era palpable que Draco detestaba estar allí.
Draco miró a Potter y éste asintió. El rubio colocó la caja metálica sobre el suelo y esta se sacudió brutalmente. Harry apuntó su varita con firmeza hasta el objeto y Draco le imitó, su gesto era impasible. Con un encantamiento el rubio hizo desaparecer la caja de metal y en el centro de la cámara solo quedó el cuerpo inmóvil de una rata a la que le faltaba un dedo; Peter Pettigrew. Entonces Harry lanzó un encantamiento no verbal, y la rata se sacudió sobre el suelo, pero antes de que pudiera abrir los ojos por completo, Draco ya lo había forzado a su forma humana y Harry lo había inmovilizado.
El hombre abrió los ojos con gesto horrorizado cuando Harry se plantó frente a él y se percató de que no podía mover ni un músculo, que solo le quedaba quedarse sentado sobre la fría y húmeda piedra de aquel lugar que no reconocía. Y Harry se regocijó en su sufrimiento y temor, lo disfrutó tanto que casi podía olerlo, saborearlo. Ver a Pettigrew temblando de pies a cabeza, luciendo como una presa indefensa, le hacía sentir poderoso e inmisericorde, le hacía sentir que iba por el camino correcto. No estaba seguro de si Lily o James estarían de acuerdo con su manera de manejar las cosas. Por las historias que había oído pensaba que no, pero Remus y Sirius —sobre todo Sirius— se habían mostrado realmente dispuestos a asesinar a Peter con sus propias manos y eso era que lo que Harry iba a hacer, además, por supuesto, de agregarle el toque Slytherin que ahora era tan parte de él como su apellido.
Y un Slytherin definitivamente iba a fingir que lo mejor había sido que mandaran al asesino de sus padres a Azkaban para que cuando los aurores notaran que el culpable no estaba nadie pensara que el pobre huérfano tenía algo que ver y así, cuando lograra tener al bastardo que le había arruinado la vida entre manos pudiera hacerle entender lo grave de su error, lo terrible que era hacer enojar a Harry James Potter, el príncipe de Slytherin... no, de Hogwarts.
—Hola Peter, no pareces muy feliz de verme —le dijo con una sonrisa encantadora que no alcanzó a reflejarse en sus ojos llenos de furia.
—Harry... Harry, niño —tartamudeó y el moreno miró a Draco que con un rápido encantamiento le dejó mudo.
—No tengo ganas de escuchar tus lastimosas palabras de arrepentimiento —le dijo Potter y Peter se encogió sobre sí mismo —.Estamos aquí para que ruegues, supliques mentalmente que te devuelva a Azkaban —sonrió y comenzó a caminar de un lado a otro. Draco no abandonaba su posición firme y solemne, con la varita apuntando a Pettigrew—. ¿Sabes? Draco y yo habíamos estado buscando algo sobre lo cual practicar algunos encantamientos que ya hemos memorizado, no son sencillos y necesitábamos algo que resistiera mucho más que una pobre rata de campo o algún perro callejero.
Ante estas palabras Peter se sacudió violentamente en busca de liberarse, poro era imposible, Harry había usado una gran cantidad de magia y para romper la inmovilidad hacía falta un nivel de magia igual de poderoso y hasta el momento, solo Draco había logrado romper las ataduras de su encantamiento.
—Mírate, retorciéndote de miedo y orinándote encima... —dijo Potter con tono sombrío—. Eres patético, no entiendo como lograste figurar dentro del círculo de amigos de mis padres, pero es obvio que no tenían muy buen ojo para las alianzas.
Entonces Harry levantó su varita y le lanzó un encantamiento que hizo que el ojo izquierdo del hombre se saliera de la cuenca, lanzando chorros de sangre. Pettigrew abrió la boca y su rostro se descompuso en un gesto de dolor, pero de su garganta no salió absolutamente nada a causa del encantamiento silenciador de Draco.
—Si hay algo que no soporto es la traición Peter, y tú eres el traidor más grande de toda la historia.
Volvió a levantar la varita y Peter se cubrió el rostro en un acto reflejo. Harry soltó una carcajada y Draco no pudo evitar sonreír ladinamente. Por extraño que pareciera, le gustaba aquel Harry, con el control total entre sus manos, castigando a quienes osaran fastidiarlo y vaya que Peter Petigrew le había fastidiado en muchos sentidos.
Aprovechando que Peter mostraba sus manos Harry movió su varita como si blandiera una espada y tres de los dedos de su víctima se desprendieron y cayeron con ruido sordo sobre el suelo que comenzaba a impregnarse de sangre. Harry vio a Pettigrew abrir la boca e intentar gritar sin éxito.
—Draco —dijo Potter. Y Draco se sobresaltó solo un poco.
—¿Estás seguro que...?
—¿Asustado?
—Por supuesto que no —respondió ofendido.
Dio un paso al frente y lanzó a su víctima un crucio que duró minutos enteros. Harry le puso una mano en el hombro, orgulloso de haberlo visto lanzar una imperdonable de manera tan natural. Y Draco le correspondió la sonrisa, feliz de que Harry lo viese como un igual. Después del crucio pasó a cosas diferentes, un encantamiento que le tiró al hombre todos los dientes, como si se los arrancaran y otro que le quemó las plantas de los pies, derritiéndole la piel. Una vez que le había causado daño era mucho más fácil seguir adelante, sin embargo estaba convencido de que aquella no era su venganza y pronto se detuvo.
Harry en cambio, lanzó un maleficio tras otro, con una frialdad tan abrumante que Draco pensó que en algún momento tenía que pedirle que se detuviera. Su madre jamás le había enseñado a arreglar sus problemas de aquella manera... aunque Lucius era otro caso. Harry Potter podía odiar de una manera tan profunda que el perdón no tenía cabida. La furia se reflejaba en sus ojos verdes como una chispa tenebrosa y ésta se extendía por todo su cuerpo de tal manera que era palpable en el ambiente; no era su magia, era la esencia de su furia. Y daba miedo, intimidaba de tal manera que Draco creyó que, de no ser su mejor amigo, se hubiese tenido que arrodillar para que Harry comprendiera que estaba de su lado.
Un encantamiento para derretir el globo ocular derecho, para arrancar una pierna, para hacerlo vomitar ramitas con espinas que habían crecido dentro de su estómago, un crucio más y un maleficio que derretía la piel y los músculos hasta el hueso y Harry no parecía querer detenerse. La frente del moreno perlada en sudor por el esfuerzo, sus manos rígidas e imponentes sobre su varita y el gesto tan impasible como al principio. Ni si quiera la sangre escurriendo por su rostro parecía molestarlo y fue entonces que Draco le tomó de la muñeca, impidiéndole que reanimara a Peter para continuar con la tortura.
—Debes aprender a controlar tu temperamento, Harry —Le dijo con cariño fraternal.
Harry le miró a los ojos y Draco suspiró. Sus ojos parecían tan puros que incluso aunque había presenciado al tortura a Peter Petigrew que se encontraba prácticamente inconsciente y hecho una masa de sangre y hueso sobre el suelo, le costaba creer que Harry fuese capaz de algo similar. Pero lo era, y no tenía nada de malo, después de todo era venganza, Draco creía que sería capaz de lo mismo de estar en la situación de Potter. Le sonrió sintiendo una ola de cariño por él y un enorme impulso de volverlo a besar, pero Draco sabía que no debía así que simplemente le limpió la mejilla, borrando la mancha de sangre que había salpicado su morena tez, aunque fuese un poco.
Harry cerró los ojos y soltó un suspiro. Aquel toque había sido tan íntimo que le había hecho temblar desde dentro, calmando toda la furia que había sentido en la última hora. Draco siempre le hacía sentir así, era Draco y solo Draco quién lo mantenía con los pies sobre la tierra y lo adoraba por eso. Por qué le comprendía, porque no le había juzgado al querer tomar justicia por su propia mano, porque incluso le había pedido a su madre que cooperara con aquella locura. No se escandalizaba, ni le señalaba, simplemente asentía y le ayudaba.
Por un momento Harry creyó que Draco le besaría, por fin, pero cuando el rubio se apartó supo que se había equivocado y que debían volver. Llamó al basilisco con un siseo y éste, obediente y sumiso obedeció sin demorar. Harry le acarició la escamosa cabeza y le dijo que le tenía un pequeño regalo, que volvería después del verano. El basilisco aceptó agradecida la carne fresca que se retorcía sin poder hacer nada sobre el suelo. Ya ningún encantamiento de movilidad le retenía pero estaba tan débil que ya ni si gira intentaba apartarse.
Draco limpió a Harry la sangre con un encantamiento y luego el moreno le tomó la mano.
De aquella manera salieron de la cámara y caminaron de vuelta a las mazmorras por su equipaje. Pronto debían abordar los carruajes que los llevarían a Hogsmeade. Las miradas indiscretas no se hicieron esperar, y Harry, incómodo como se sentía soltó la mano de su amigo con la delicadeza de un troll. Sentía la vergüenza subir hacia su rostro, pero se contuvo antes de si quiera poder sonrojarse. Draco no hizo ningún comentario, por lo que ambos se apresuraron a ir por su equipaje y luego a los carruajes que los llevaría la estación de tren.
Un nuevo verano les esperaba.
