Jajajajajajaj no es cierto.

Día de los inocentes. 3

El banquete de bienvenida.

Los carruajes atravesaron las verjas flanqueadas por estatuas de cerdos alados y luego avanzaron por el ancho camino, balanceándose peligrosamente bajo lo que empezaba a convertirse en un temporal. Pegando la cara a la ventanilla, Harry podía ver cada vez más próximo el castillo de Hogwarts, con sus numerosos ventanales iluminados reluciendo borrosamente tras la cortina de lluvia. Los rayos cruzaban el cielo cuando su carruaje se detuvo ante la gran puerta principal de roble, que se alzaba al final de una breve escalinata de piedra. Los que desocupaban los carruajes de delante corrían ya subiendo los escalones para entrar en el castillo.

Draco se encontraba a su lado revisando un par de libros de pociones avanzadas, los leía al mismo tiempo comparando información de uno y de otro con gesto concentrado. Incluso, de vez en cuando, le echaba un vistazo a su libro de encantamientos y volvía a los libros de pociones. Se le veía tan concentrado en aquella tarea que a Harry le dio verdadera pena interrumpirlo para poder bajar del carruaje y adentrarse al castillo. Sin embargo advertirle que pronto bajarían no fue necesario. El rubio con su ya largo cabello rubio alzó la mirada en cuanto el vehículo comenzó a menguar en velocidad.

Harry le dirigió una sonrisa antes de comenzar a ayudarlo a guardar sus libros en la maleta que se quedaría a merced de los elfos domésticos, o bueno, de Dobby para ser más exactos. Ni Harry ni Draco confiaban en ninguna otra criatura para transportar sus pertenencias.

Draco correspondió la sonrisa con un gesto al que Harry no podía terminar de acostumbrarse; uno de pura y mera hermandad que le hacía enfermar hasta niveles insoportables.

Las cosas entre ellos eran así desde que Draco le había revelado que su familia había arreglado su compromiso y ahora estaba prometido a Pansy, quién ahora había pasado a ser su novia oficialmente. Era como si el rubio buscara poner entre ellos la mayor cantidad de distancia, tanto de manera física como emocional y aquello hacía que Potter se sintiera sumamente herido. Claro que si Harry dirigía hacia alguien su odio, esa era Parkinson.

Durante el tiempo que había permanecido en casa de los Malfoy, Pansy había estado ahí casi todos los días. Harry había estado muy aliviado cuando habían ido al mundial de quidditch y la chica había decidido no acompañarlos. Y tal vez la experiencia hubiese sido agradable si al final del partido la cicatriz no le hubiera ardido como los mil demonios y un montón de mortífagos (entre los que él sospechaba se encontraba Lucius Malfoy) no hubieran decidido hacer de las suyas; incendiando casas de campaña y lanzando avadas a diestra y siniestra hacia cualquiera que decidiera interponerse en su camino.

Harry estaba casi seguro que tanto Draco como Narcissa estaban al tanto de las actividades nocturnas de Lucius Malfoy, aquellas referentes a Voldemort y a su séquito. Sin embargo ambos Malfoy se las habían arreglado muy bien para no dar a Harry ninguna pista de lo que ocurría con el patriarca Malfoy y Potter no sabía cómo tomar aquello. Era obvio que intentarían proteger a Lucius, Draco le había dicho alguna vez que los Malfoy solo se tenían lealtad a ellos mismos, pero Harry había esperado un poco más de confianza por parte de Draco, una traición de su parte le podría costar la vida, después de todo, aquella noche en que Irlanda venció a Bulgaria el hecho de que Voldemort no tardaría en volver era cada vez más palpable.

Harry por supuesto, estaba más preocupado por Draco que por el retorno de su archienemigo.

Harry bajó del carruaje de un salto y con un hechizo se encargó de que la lluvia no le tocara ni a él ni a Draco a quién le ofreció una mano para ayudarlo a bajar. El rubio aceptó el gesto con una mueca de duda y finalmente subieron la escalinata con paso lento y elegante, mientras recibían saludos discretos de aquellos que, empapándose, solo se detenían a mirarlos. Dejaron los baúles cuando se refugiaron en el interior del cavernoso vestíbulo alumbrado con antorchas y ante la majestuosa escalinata de mármol.

—¡Caray! —exclamó Ron, sacudiendo la cabeza—. Si esto sigue así, va a terminar desbordándose el lago. Estoy empapado...

Hermione, Ron, Luna y Ginny acababan de llegar en el carruaje que iba detrás del de los Slytherin. Todos empapados por la lluvia. Ginny le sonrió a Harry de forma avergonzada e intentó arreglarse el cabello que enredado por el agua no cooperaba para nada. Luna al percatarse de que su amiga parecía batallar, únicamente le sonrió distraídamente y agitó su varita secándole el cabello y peinándoselo en un moño bastante extraño sobre la cabeza que hizo que la pelirroja se ruborizara incluso más que antes.

—¡Draco! —Exclamó Pansy desde la puerta.

La pelinegra iba acompañada por Blaise y por Theodore. Ninguno de los Slytherin, al parecer, había tenido la misma idea de Harry para no terminar empapados pese a que el encantamiento impermeabilizante había sido uno de los últimos encantamientos vistos el año anterior. Draco le sonrió a Parkinson y ésta completamente perdida en aquel gesto resbaló un par de veces a causa del piso que se encontraba mojado y salvándose de estamparse en el suelo únicamente por la intervención de Zabini quién, al igual que Harry, parecía genuinamente cansado de la actitud torpe de Pansy.

Los chicos comenzaron su camino al gran comedor cuando Peeves apareció sobrevolándolos y arrojando globos de agua a cualquiera que estuviese lo suficientemente distraído como para darse cuenta. Sin embargo, cundo intentó arrojar uno sobre Draco, bastó una mirada de Harry para que el poltergeist cambiara de víctima y Ron terminara incluso más empapado que al principio. Los Slytherin, por supuesto, rieron a carcajadas por ver la desgracia del Gryffindor que entre maldiciones que jamás diría frente a su madre se quejaba. Hermione fue la única lo suficientemente amable como para ayudarlo a secarse un poco con un encantamiento.

El Gran Comedor, decorado para el banquete de comienzo de curso, tenía un aspecto tan espléndido como de costumbre, y el ambiente era mucho más cálido que en el vestíbulo. A la luz de cientos y cientos de velas que flotaban en el aire sobre las mesas, brillaban las copas y los platos de oro. Las cuatro largas mesas pertenecientes a las casas estaban abarrotadas de alumnos que charlaban. Al fondo del comedor, los profesores se hallaban sentados a lo largo de uno de los lados de la quinta mesa, de cara a sus alumnos. Harry junto con Draco y el resto de los Slytherin se sentaron en la primera mesa, la mesa de las serpientes, separándose del resto del grupo; Ginny y Ron se unieron a la mesa de los leones en silencio y Hermione y Luna marcharon a la mesa de las águilas charlando entre risas.

—¿Qué tal las vacaciones Harry? —le preguntó Cedric Diggory entrando al gran comedor de la mano de Cho Chang. Sin detenerse.

—Bastante bien, debo admitir —le respondió el chico con un tono educado que había estado adoptando de Draco inconscientemente.

—Nos veremos por ahí —le respondió Diggory guiñándole el ojo y dirigiéndose a su propia mesa.

—¡Eh, Harry! —Saludó Colin Creevey que ahora estaba en tercer año junto con Ginny.

—Hola, Colin —respondió con poco entusiasmo.

—Harry, ¿a que no sabes qué? ¿A que no sabes qué, Harry? ¡Mi hermano empieza este año! ¡Mi hermano Dennis!

—Ve a molestar a otro lado con tus asuntos de poca relevancia, Creevey —intervino Draco con gesto realmente aburrido. Pansy se rio por su comentario.

El rostro de Colin se coloreó de un rojo intenso y haciendo un puchero se marchó sin agregar nada más. Solo entonces Draco dejó ver en su rostro una sonrisa malvada que hizo que el corazón de Harry se acelerara. A muchos no les gustaba cuando Draco se portaba como un bastardo, pero a Harry, a Harry le encantaba. Y al parecer a Parkinson también porque en cuanto tuvo oportunidad, besó al rubio en la mejilla, como felicitándolo por su comportamiento. Harry quiso arrancarle los labios a base de algún maleficio prohibido por el ministerio, uno realmente oscuro y doloroso. Pero entonces se le ocurrió que tenía formas más sutiles de llamar la atención de su mejor amigo.

Intentó no sonreír ante su nueva idea y simplemente se acomodó en su asiento para que su cuerpo estuviera en dirección al de Draco quien alzó la ceja al notar que le sonreía como quién no quiere la cosa. Entonces Harry ensanchó su sonrisa y discretamente apartó a Parkinson, poniendo una mano sobre el hombro de Draco y acercándolo, como si fuese a decirle algún secreto. Sin embargo, de su boca no salió nada, se dedicó únicamente a aspirar el olor que emanaba el cabello rubio.

—Sabía que algo olía diferente... —le dijo, sinvergüenza.

Draco abrió mucho los ojos y se apartó rápidamente. Dirigió su mirada a la mesa de los profesores y Harry sonrió satisfecho. Pansy ya se había entretenido en una plática con las hermanas Greengrass y no intentó acercarse de nuevo a Malfoy.

Harry notó que la mesa de los profesores estaba casi llena, a excepción del que sería el próximo profesor de defensa contra las artes oscuras. Lupin había renunciado para poder cuidar de Sirius a tiempo completo; su padrino presentaba un caso severo de desnutrición y agotamiento, aunque no era de menos, había pasado casi doce años en Azkaban, la mayoría no resistía tanto. En la mesa, Dumbledore ya se había instalado a la cabeza, charlaba con Severus quién desde su lugar le miraba como si fuese la peor de las alimañas. Hrry le sonrió engreídamente haciendo bufar al profesor de pociones. A un lado de Snape, estaban el profesor Flitwick, la profesora Sprout de herbología y la profesora Sinistra de astronomía. En toda la mesa solo había tres sillas sin ocupar, la de Hagrid que debía estar por llegar con los alumnos de nuevo ingreso quienes llegaban al castillo atravesando el lago en canoas. La de McGonagall quien había cumplido ya con su tarea de colocar el sombrero seleccionador sobre un taburete, y el del nuevo profesor que no se había aparecido.

—Mi padre dice que Moody será el nuevo profesor —dijo Draco susurrándole. Al parecer el momento incómodo había desaparecido.

—Sí, me lo habías comentado... —respondió Harry pensativo—. Alastor Moody, ex auror, un loco de remate y paranoico. Supongo que tendremos un año interesante.

—¿Otro? —Preguntó Draco con fingido cansancio—. Pensé que con tener el torneo de los tres magos en Hogwarts sería suficiente.

—¿De qué hablan? —preguntó Pansy inclinándose hacia ellos, intentando integrarse.

Harry la miró severamente y ella respetuosamente se alejó, volviendo a sus asuntos junto a Daphne y Astoria.

—No había necesidad de ser tan duro —le reclamó el rubio.

—A tu prometida le hace falta una clase de modales, no sabía que meterse en los asuntos de otros era cosa de sangrepuras —Draco rodó los ojos, fastidiado y se volteó para comenzar una charla con Blaise.

Harry sabía que últimamente se estaba comportando más infantil que de costumbre, que el asunto de Pansy lo estaba llevando al límite y que Draco estaba comenzando a fastidiarse de su muy inaceptable conducta. No era digno de un príncipe comportarse de aquella manera y, aunque Harry lo sabía, no podía evitarlo. Solo había de dos; quejarse discretamente de Parkinson en cada oportunidad que se le presentase o usar la maldición imperio para obligar a la chica de lanzarse desde lo alto de la torre de astronomía.

Por las puertas del gran comedor entró Hagrid y detrás de él el montón de alumnos de primero que fascinados y temerosos a partes iguales desfilaron en dirección al centro de la sala, donde McGonagall ya los esperaba para la selección. Harry pudo distinguir rápidamente a los hermanos menores de muchos de los alumnos del colegio, entre ellos el tal Denis que al cruzar miradas con él, abrió os ojos y comenzó a saltar emocionado mientras con nada de discreción lo señalaba. Harry pensó que se parecía muchísimo a su hermano y no solo físicamente.

—¡Colin, me caí! —dijo Denis Creevey de modo estridente, arrojándose sobre un asiento vacío una vez que fue puesto en Gryffindor—. ¡Fue estupendo! ¡Y algo en el agua me agarró y me devolvió a la barca!

—¡Tranquilo! —repuso Colin, igual de emocionado—. ¡Seguramente fue el calamar gigante, Dennis!

Cuando el sombrero seleccionador cantó su canción de aquel año y luego de que todos los alumnos de primero fueran seleccionados el banquete por fin comenzó. La charla en la mesa de las serpientes se inició de una manera tranquila y sin problemas, Theo Nott parecía muy dispuesto ese año a ganarse la confianza de Harry y había acaparado toda su atención con algunos temas de sociedad de los que Harry estaba al tanto únicamente porque Draco siempre tenía la amabilidad de darle un resumen de todo lo que su madre le comentaba al respecto.

Después de Draco, Theodore Nott era el chico más Slytherin que la casa de Salazar hubiese tenido nunca. Era un sangrepura con una fortuna bastante abundante, aunque no tanto como la de los Malfoy. Era conocido por su carácter realmente fuerte, al principio Harry había tenido problemas con él, ninguno de los dos quería estar a merced del otro, pero ahora Nott parecía realmente dispuesto a doblar las rodillas si aquello le daba como recompensa un buen estatus dentro de la casa de Salazar. Harry era el príncipe, a esas alturas ya nadie podía negarlo. Estar en contra de Harry era tener como enemigo al colegio entero, al mundo mágico en su mayoría.

Una vez terminados los postres y cuando los últimos restos desaparecieron de los platos, dejándolos completamente limpios, Albus Dumbledore se levantó. El rumor de charla que llenaba el Gran Comedor se apagó al instante, y sólo se oyó el silbido del viento y la lluvia golpeando contra los ventanales.

—¡Bien! —dijo Dumbledore, sonriéndoles a todos—. Ahora que todos estamos bien comidos, debo una vez más rogar por su atención mientras les comunico algunas noticias: El señor Filch, el conserje, me ha pedido que les comunique que la lista de objetos prohibidos en el castillo se ha visto incrementada este año con la inclusión de los yoyos gritadores, los discos voladores con colmillos y los bumerán-porrazo. La lista completa comprende ya cuatrocientos treinta y siete artículos, según creo, y puede consultarse en la conserjería del señor Filch —la boca de Dumbledore se crispó un poco en las comisuras. Luego prosiguió: — Como cada año, quiero recordarles que el bosque que está dentro de los terrenos del castillo es una zona prohibida a los estudiantes. Otro tanto ocurre con el pueblo de Hogsmeade para todos los alumnos de primero y de segundo. Es también mi doloroso deber informarles de que la Copa de quidditch no se celebrará este curso. Esto se debe a un acontecimiento que dará comienzo en octubre y continuará a lo largo de todo el curso, acaparando una gran parte del tiempo y la energía de los profesores... pero estoy seguro de que lo disfrutarán enormemente. Tengo el gran placer de anunciar que este año en Hogwarts...

Pero en aquel momento se escuchó un trueno ensordecedor, y las puertas del Gran Comedor se abrieron de golpe. En la puerta apareció un hombre que se apoyaba en un largo bastón y se cubría con una capa negra de viaje. Todas las cabezas en el Gran Comedor se volvieron para observar al extraño, repentinamente iluminado por el resplandor de un rayo que apareció en el techo. Se bajó la capucha, sacudió una larga melena en parte cana y en parte negra, y caminó hacia la mesa de los profesores.

—Les presento a nuestro nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras —dijo animadamente Dumbledore, ante el silencio de la sala—: el profesor Moody.

Moody parecía totalmente indiferente a aquella fría acogida. Haciendo caso omiso de la jarra de zumo de calabaza que tenía delante, volvió a buscar en su capa de viaje, sacó una licorera y echó un largo trago de su contenido. Al levantar el brazo para beber, la capa se alzó unos centímetros del suelo, y Harry vio, por debajo de la mesa, parte de una pata de palo que terminaba en una garra. Dumbledore volvió a aclararse la garganta.

—Hay algo en ese tipo que no me gusta... —le susurró Draco de manera confidente.

Harry creyó que había sido muy observador de su parte. Él también creía que había algo extraño en el profesor y nada tenía que ver con el ojo mágico que todo lo inspeccionaba, moviéndose de un lado a otro en un movimiento veloz, ni si quiera tenía que ver con su rostro deforme por las cicatrices. Era algo en su aura mágica, algo realmente sucio y turbulento.

—Como iba diciendo —siguió Dumbledore, sonriendo a la multitud de estudiantes que tenía delante, todos los cuales seguían con la mirada fija en Ojoloco Moody—, tenemos el honor de ser la sede de un emocionante evento que tendrá lugar durante los próximos meses, un evento que no se celebraba desde hacía más de un siglo. Es un gran placer para mí informarles que este curso tendrá lugar en Hogwarts el Torneo de los tres magos. En octubre llegarán los directores de Beauxbatons y de Durmstrang con su lista de candidatos, y la selección de los tres campeones tendrá lugar en Halloween. Un juez imparcial decidirá qué estudiantes reúnen más méritos para competir por la Copa de los tres magos, la gloria de su colegio y el premio en metálico de mil galeones.

En cada una de las mesas, Harry veía a estudiantes que miraban a Dumbledore con expresión de arrebato, o que cuchicheaban con los vecinos completamente emocionados. Todos ansiosos de gloria y riqueza. Harry sonrió internamente, ya había valorado la idea de participar en el torneo, después de todo ¿quién mejor que Harry Potter para traer la gloria a Hogwarts? La respuesta llegó de labios de Draco quién le dijo:

—Tienes que ganar, Potter, vas a ganar.

Harry sonrió satisfecho por la confianza de su mejor amigo.

—Aunque me imagino que todos estarán deseando llevarse la Copa del Torneo de los tres magos —dijo el anciano director—, los directores de los tres colegios participantes, de común acuerdo con el Ministerio de Magia, hemos decidido establecer una restricción de edad para los contendientes de este año. Sólo los estudiantes que tengan la edad requerida (es decir, diecisiete años o más) podrán proponerse a consideración. Ésta —Dumbledore levantó ligeramente la voz debido a que algunos hacían ruidos de protesta en respuesta a sus últimas palabras, especialmente los gemelos Weasley, que parecían de repente furiosos— es una medida que estimamos necesaria dado que las tareas del Torneo serán difíciles y peligrosas, por muchas precauciones que tomemos, y resulta muy improbable que los alumnos de cursos inferiores a sexto y séptimo sean capaces de enfrentarse a ellas. Me aseguraré personalmente de que ningún estudiante menor de esa edad engañe a nuestro juez imparcial para convertirse en campeón de Hogwarts. —Sus ojos de color azul claro brillaron especialmente cuando los guiñó hacia los rostros de Fred y George, que mostraban una expresión de desafío—. Así pues, les ruego que no pierdan el tiempo presentándose si no han cumplido los diecisiete años.

Después de eso los alumnos comenzaron a salir entre cuchicheos hacia sus respectivas salas comunes. Harry y Draco fueron unos de los primeros. Se mantuvieron en silencio de camino a su ya conocida habitación, incluso evadiendo las charlas del resto de sus compañeros. En la mente de ambos solo había una cosa que querían discutir y aquello sería en privado, solo ellos dos como cómplices.

Al entrar a la habitación encontraron sus maletas debajo de las camas y la ropa bien arreglada dentro del armario. Dobby incluso se había tomado el tiempo de acomodar sus libros en las estanterías y sus pergaminos, tintas y plumas en los escritorios.

Harry cerró la puerta a su espalda y Draco se quedó de pie en medio de la habitación con una sonrisa juguetona.

—Va a ser difícil —dijo Draco y Harry sonrió.

—Es perfecto, es la mejor manera de saber si nuestra magia puede rivalizar con la de Dumbledore.

—Va a estar furioso si te seleccionan —dijo Draco, divertido.

La idea de desafiar a Dumbledore les entusiasmaba de sobremanera.

—Siempre puedo fingir que no es cosa mía.

Draco soltó una carcajada y se pusieron a idear un montón de métodos que les permitiera burlar el sistema de seguridad de Dumbledore que les prohibía a los menores de edad participar en el torneo.

Aquel sería un año realmente divertido.