El fuego de la chimenea crepitaba mientras las llamas se mecían suavemente dentro de la chimenea. Sin embargo, el rojo del fuego no alcanzaba a invadir la sala debido al color verduzco que dominaba en las mazmorras gracias al efecto del agua del lago que los rodeaba. El color verde no era cálido, pero si era relajante, refrescante y sereno y a Harry le fascinaba aquel color más que cualquier otro. El verde era su color; Draco solía decir que no existía otro color que le quedase mejor. Ahí dentro de las mazmorras de Slytherin, Harry resaltaba como nadie a causa de sus ojos. Sus ojos verdes brillaban con un poderío que intimidaba, sus ojos verde Slytherin imponían el respeto que hacía que los alumnos más grandes de la casa de las serpientes agacharan la cabeza y que los más pequeños se paralizaran hipnotizados por su belleza.

Sí, definitivamente no había un color que le quedara mejor, ni una casa en la que encajara. Slytherin era el núcleo de su reino. Ahí era el príncipe.

Se quedó inmóvil sobre su asiento, mirando el tablero de ajedrez con una concentración extraordinaria. Blaise le sonrió muy discretamente al darse cuenta que lo había metido en problemas con aquella última jugada y Harry hizo acopio de toda su paciencia para no fulminarlo con la mirada por aquel atrevimiento tan irrespetuoso. Cruzó los dedos de sus manos y se recargó en su silla; la más grande y cómoda de toda la sala común, una que parecía más un pequeño trono de madera fina, oro y terciopelo verde que una asilla. Miró todas las posibilidades con ojo crítico, no le apetecía perder a su último caballo, pero sacrificar a aquel peón significaría exponer a su reina y la reina, para Harry, era la pieza más importante.

Los Slytherin pasaban el rato después de la cena en la sala común. Los chicos y chicas de todas las edades mantenían pláticas a voz discreta, alzando el volumen en contadas ocasiones y agregando al ambiente de la sala común aquella paz que la caracterizaba. Por allí habían algunos chicos de séptimo haciendo sus deberes, algunos otros de segundo compartiendo golosinas, unos de quinto intercambiando información (para no decir chismes y rumores) y algunos tantos de primero que poco a poco comenzaban a acostumbrarse al ambiente de las serpientes; frío y formal, pero agradable.

Sin embargo no todo era seriedad. Algunos grupitos reían maliciosamente pensando en la siguiente broma para algún Gryffindor incauto. Algunas parejitas se dedicaban miraditas que iban más allá del cariño y rayaban en la pasión. Algunos, en vez de estudiar se encontraban cuchicheando y señalando a alguna persona que se encontraba del otro lado de la sala para inmediatamente después reírse a carcajadas. Eran muchachos al fin y al cabo. No eran tan alborotadores y ruidosos como los Gryffindor pero se divertían a su manera. Algunos incluso hacían uso de los artículos de broma que los gemelos Weasley habían creado recientemente.

Estiró la mano cuando decidió que lo mejor sería sacrificar al caballo pero una mano pálida y tersa sobre su hombro le detuvo. Draco se había sentado a su lado, en el brazo de su trono y miraba el tablero atentamente. Blaise quiso abrir la boca para replicar que ayudarse era trampa, pero pronto pareció recordar que Harry era el rey serpiente y que, como tal, se iba a valer de cualquier recurso para ganar. Draco no se tomó más tiempo antes de inclinarse hacia el oído de Harry y susurrarle cual debía ser su siguiente jugada.

La sensación que le causo el aliento de Malfoy contra su oído le erizó los vellos de la nuca. Se hubiese estremecido pero definitivamente aquello no tenía absolutamente nada de clase y Harry tenía una reputación que cuidar. Sin embargo, el aroma que el cuerpo de Draco emanaba fue suficiente para hacerle recordar que la noche anterior, aquello había bastado para que sufriera un inconveniente en su entrepierna y tardara más de lo debido en la ducha. Aquello de la pubertad comenzaba no solo a ser fastidioso, si no vergonzoso. Harry se sorprendía a lo largo del día —o en la noche— pensando en su mejor amigo de maneras en que no debería.

Entonces Draco dijo:

—Mueve a la reina y luego al alfil —y su aliento olía tan dulce que quiso besarlo.

Pero en su lugar siguió su consejo sin dudarlo ni un instante más. Al final, su reina había caído pero había ganado la partida y el rictus de derrota plasmado en el rostro de Zabini le supo realmente dulce. Draco siempre lo guiaba hacia la victoria y Harry confiaba ciegamente en aquella habilidad del rubio. Era su mano derecha, su consejero, su mejor amigo, su pase hacia la victoria.

Draco sonrió satisfecho al ver que Harry no dudaba ni un segundo en aquel movimiento. Harry lo vio ponerse de pie y dirigirle a Zabini una mirada que le decía que era mejor no rezongar y simplemente aceptar los hechos antes de caminar con paso elegante y ligero donde Pansy, Gregory y Vincent reunidos compartían algunas golosinas. Draco llegó junto a su novio y ésta le recibió con una sonrisa. Ella le dio un beso en la mejilla y Draco le sonrió en respuesta. Greg y Vince, completamente ajenos a aquello seguían riendo con la boca llena de chocolate.

Harry quiso soltar un suspiro pero se reprimió. Blaise volvió a acomodar las piezas. Theodore Nott se sentó junto a Zabini, dispuesto observar la partida que pronto comenzaría.

—Fue fantástico como resististe la imperius de Moody —dijo Nott cuando Harry le ordenaba a su torre que se moviera.

—Es verdad, aunque no me sorprende para nada. Estamos hablando de Harry, después de todo —coincidió Blaise quién miraba el tablero en busca de su siguiente movimiento.

—¿Entonces es cierto? —Preguntó un chico de último año con renovado respeto reflejado en sus ojos.

—¿Lo dudabas? —intervino Draco con una ceja alzada

—Por supuesto que no —dijo con orgullo el muchacho—. Como sea, sigue así, Potter.

—¿Es la primera vez que lo intentas? —preguntó Daphne Greengrass sentándose cerca, con su hermana Astoria siguiéndola de cerca.

—¿Qué clase de pregunta es esa, Greengrass? —Preguntó Malfoy acercándose a Harry nuevamente, con Crabbe y Goyle flanqueándolo como guardaespaldas—. ¿Te imaginas a alguien tratando de lanzarle una imperdonable a nuestro chico dorado? —Daphne frunció el ceño y negó. Draco tomó a Harry por los hombros. — Talento natural y poder, sólo eso.

Harry movió un peón intentado no sonreír complacido por la manera en que Draco manejaba su imagen. Siempre dejándoles a todos bien en claro de lo que Harry estaba hecho.

La verdad es que la pregunta de Daphne no había estado del todo mal encaminada. Aquella tarde, durante la clase de defensa contra las artes oscuras Harry había fingido demasiado bien, al igual que Draco, que era la primera vez que se enfrentaba a aquella maldición. Una total mentira, por supuesto. Hermione había tenido clase de defensa dos días antes que ellos y les había informado casualmente lo que Moody planeaba para las clases de todos los chico de cuarto año. Harry conocía la maldición imperio únicamente en teoría, pero cuanto se enteró de lo que Alastor planeaba no perdió el tiempo. Junto con Draco estuvo de acuerdo que aprender a dominar aquella maldición era lo mejor. Después de todo, Alastor Moody les parecía tan indefenso como el mismo Dumbledore y no querían que se aprovechara de la imperio en cosas que les perjudicaran.

Sin embargo, que Harry logró dominar la maldición a la primera era verdad. Draco había usado todo su poder mágico para someter a Potter y este, aunque le costó algo de trabajo, logró deshacerse de su influencia. Cuando llegó el día de enfrentarse a Moody, Harry estaba seguro de que no caería por su encantamiento más que un par de segundos y así fue. Alastor lanzó la maldición, Harry se sintió entrar en trance y entonces, se liberó. Moody le había ordenado atacar a Malfoy y él simplemente se quedó de pie, mirando al profesor intentando no sonreír por la satisfacción de que todos le miraran asombrados. Draco podía resistir la imperio, pero fingió que no las primeras dos veces.

Sin embargo, que Moody le ordenara a Harry atacar a Draco fue la prueba que habían necesitado para comprobar que, por alguna razón que ninguno comprendía, Alastor Moody detestaba a Draco.

Todo había comenzado durante la primera semana de clases. Draco se había metido en una riña a palabras con Ron a causa de sus diferencias y Moody había intervenido; le había lanzado un maleficio al rubio que nadie sabía para que servía. Harry lo había interceptado rápidamente con un protego. El profesor se defendió diciendo que solamente quería desarmarlo. Harry no le creyó ni una palabra.

Era claro para todos que tenía algún tipo de preferencia sobre Potter y que no le agradaba en lo más mínimo que se codeara con Malfoy. Draco, por supuesto, jamás dejó ver su descontento, se limitaba a sacar al hombre de sus casillas demostrándole cual hábil era defendiéndose de las artes oscuras, restregándole en la cara su conocimiento teórico y práctico. Sin embargo, cuando llegaban a su habitación, Harry tenía que escuchar las palabrotas que el rubio le dirigía al profesor y, aunque el moreno le prometía que pronto harían algo para fastidiarlo, la verdad es que ambos se morían de curiosidad por saber qué diablos era lo que tenía en contra de Malfoy.

Ya había sucedido, en más de una ocasión, que Alastor los separaba a la hora de trabajar en parejas, incluso para los trabajos escritos. Era el único maestro en todo Hogwarts que se empeñaba en verlos separados y aunque Sirius le había dicho a Harry, por medio de una carta, que lo mismo le había ocurrido a él, con James, su padre, durante su época de estudiantes, Harry creía que el asunto de Moody era más personal.

—¿Y crees que serías capaz de resistir la maldición cruciatus? —preguntó entonces Astoria, con genuina curiosidad reflejada en sus ojos de doce años.

—No seas tonta, nadie puede resistir esa maldición —intervino Pansy.

Draco sonrió y dijo:

—Yo creo que Harry podría.

Y no mentía.

—¿Nos vamos a dormir? —preguntó Potter una vez que le hizo jaque. Blaise ni si quiera se había dado cuenta de como había ocurrido.

Draco asintió y se despidieron de todos con un seco "buenas noches". Se encaminaron hacia los dormitorios en un silencio bastante discreto, de vez en cuando comentaban en voz baja cosas sin relevancia solo para ocultarlo mejor posible que algo tramaban. Draco hablaba de la tarea de pociones que Snape les había puesto para el día siguiente y Harry respondía cualquier cosa sobre el tema que se le viniera a la mente, como el nombre de algunos ingredientes que podían servir para pociones diferentes. Fue hasta que llegaron a la habitación y cerraron la puerta que pudieron dejar de disimular. Draco lanzó un encantamiento a la puerta para que nadie intentara entrar y Harry le lanzó otro para que nada de lo que ocurriera dentro pudiera ser escuchado.

Desde que habían visto el tema de las tres maldiciones imperdonables en clase, ambos chicos se habían empeñado en dejar de lado sus sesiones nocturnas de legeremancia y oclumancia para ocuparse de aquellos asuntos un poco más tenebrosos. Aquella noche sería la primera en que se pondrían a prueba bajo los efectos de la cruciatus. La menos dañina de las tres maldiciones imperdonables era la maldición imperio que sometía a la víctima a la voluntad del victimario. Si era mal aplicada o si se aplicaba por mucho tiempo, podía causar daños cerebrales graves. La segunda maldición menos dañina era la cruciatus, aunque en realidad solo era una forma de hablar, recibirla era como sentir que te quebraban todos los huesos del cuerpo al mismo tiempo y que te arrancaban los ojos sin piedad. Aplicarla durante mucho tiempo causaba a la víctima la locura. Pero la peor de las tres maldiciones era sin duda era la maldición asesina, Avada Kedavra, contra ella no había ningún contra maleficio, ni una manera de interceptarla, si te alcanzaba era seguro que morirías.

Sólo había existido un mago en todo el universo capaz de resistirla. Harry Potter.

—¿Estás listo? —le preguntó Draco. No parecía preocupado.

Harry asintió y Malfoy dijo:

Crucio.

Cuando la maldición e golpeó, un dolor incomparable se instaló en todo su cuerpo. Sentía pequeñas agujas que le atravesaban los músculos y que chocaban contra sus huesos, resquebrajándolos. Harry estaba consciente de que la fuente principal de poder para aquella maldición era el odio. Entre más odiaras a la persona a la que se la lanzaras, más sufriría. Draco no lo odiaba, por lo tanto aquel ataque era leve si lo comparaba con el crucio que Voldemort podía lanzarle. Así que se obligó a concentrarse. Se obligó a concentrar toda su magia, su fuerza y su energía en disipar el dolor, e hacer que la maldición revotara fuera de su cuerpo. Por supuesto que interceptar el maleficio siempre era la primera opción, pero aquel entrenamiento era en caso de no haber podido hacerlo.

No podía ver nada, su vista nublada por el dolor. La silueta de Draco frente a él, completamente borrosa y apuntándole con la varita. No parecía que la mano le temblaba y Harry creyó que era por que confiaba en que podría con eso. Y sabía que estaba gritando, muy fuerte y desgarradoramente.

Entonces el maleficio se detuvo y Draco se acercó hasta él.

Con una mano y un trapito que encontró por alguna parte, Draco le secó la frente. Harry ni si quiera se había percatado de que estaba sudando. El tacto de Malfoy era firme, pero a la vez cariñoso y delicado. Harry sintió que el aire volvía a sus pulmones y que sus sentidos regresaban a su cuerpo. Se sentía infinitamente agotado, como si hubiera usado demasiada magia en solo unos minutos. Había creído que podría con aquello, pero era claro que tendría que entrenar mucho más.

—Lo hiciste muy bien —le susurró el rubio quién lo sujetaba entre sus brazos y le cuidaba como si fuera la persona más delicada sobre la tierra.

Ambos permanecían en el suelo, sobre la alfombra de la habitación. Harry poco a poco comenzó a ser capaz de percibir lo que le rodeaba, como el calor que emanaba el cuerpo de Malfoy o aquella colonia carísima que había comenzado a usar no hacía mucho tiempo. También fue consciente de su respiración y del ritmo de s corazón que golpeaba con fuerza su pecho. Harry podía oírlo porque se encontraba recostado muy cerca de él.

Draco apartó un mechón de cabello de su rostro y Harry sonrió.

—Eres hermoso —le dijo.

La silueta del rubio brillaba a contra luz, remarcando cada una de sus facciones. Su cabello rubio platinado que a la luz del exterior lucía ligeramente verde. Sus ojos grises que eran como mercurio líquido. Su nariz respingona y afilada, su mentón fino y que con el pasar del tiempo se había comenzado a endurecer. Harry podía ver muy poco del niño que había conocido aquel día en la tienda de túnicas; Draco se veía más varonil, menos infantil y aquello le gustaba, Draco le gustaba.

—Creo que el maleficio te afectó demasiado —respondió sin inmutarse por su comentario—. Ven, te ayudaré a ponerte de pie y a llegar a la cama, sujétate de mí.

Draco dejó que Harry enredara sus brazos alrededor de su cuello y usando su propio peso como ancla se levantó con el pelinegro colgando de él, de manera literal. Harry se quejó audiblemente. El cuerpo le dolía como los mil demonios. El efecto residual de aquella maldición era casi tan insoportable como estar recibiendo el maleficio en sí.

Con mucho trabajo, el rubio caminó hasta la cama de Potter y una vez que estuvo seguro de que caería en un lugar suave lo dejó caer. Sin embargo Harry tenía otros planes y terminó jalándolo con él hasta la cama, Draco sobre su pecho.

—Solías acostarte conmigo así algunas noches —le dijo en voz bajita, casi un susurro.

—Eso fue durante primer año, Harry, no sabía lo que hacía— se defendió e intentó ponerse de pie pero Harry lo aferró.

—Yo creo que lo sabías —rebatió obligándolo a mirarlo a los ojos.

A simple vista los orbes de Malfoy no reflejaban nada. Literalmente. Era como si solo esperara pacientemente a que Harry dejara aquel juego y lo dejase ponerse de pie para luego fingir que aquello no había ocurrido. Pero Potter podía ver algo más, una pequeña chispa casi invisible de pánico y un poco de vergüenza, tal vez, mezclados con coraje. Y Harry no entendía el porqué de aquella reacción. Antes ya habían estado de esa manera, podían volver a estarlo, él quería volver a estarlo, quería sentir a Draco tan cerca como fuese posible.

—No, no lo sabía, pero tú te encargaste de hacerme ver la verdad —respondía tranquilamente como quién quiere hacerle entender a un niño pequeño algo—. Estos acercamientos... son algo raro entre dos muchachos. Se supone que solo lo hagamos con chicas. Se supone que solo lo haga con Pansy.

Se quedaron en silencio, pero no era incómodo ni abrumante. Harry pensaba que Draco tenía razón en lo que decía, después de todo, había sido el mismo Harry quién había dado esa respuesta, durante primer año. Harry jamás olvidaría lo que Draco le dijo después de eso: "Hago lo que quiero, con quien quiero". Y se había visto tan seguro de ello que la idiosincrasia de Potter había flaqueado muchísimo y le había hecho dudar, le había hecho ver otras opciones que hasta ese momento no existían para él. Y ahora, en cambio, Draco parecía haber madurado, parecía haber crecido y entendido que a vece no se podía simplemente hacer lo que quisiera, cuando quisiera, con quién quisiera.

Y eso hizo que Harry se sintiera herido.

¿Qué aquello era algo que haría con Parkinson? Sobre mi cadáver. Penaba Harry. Sobre su cadáver Draco iría con Parkinson a hacer todo lo que había hecho con Harry. Aquello era su asunto, solo de ellos dos y de nadie más. ¿Qué si Parkinson era su prometida? Harry era mil veces mejor. Era más poderoso, más inteligente y respetado. ¿No era aquello todo lo que los Black buscaban? ¿No era Harry el espécimen perfecto para alguien como Draco Lucius Malfoy Black? Porque él pensaba que lo era. Tal vez no era rico, pero para tener una fortuna solo sería cuestión de tiempo, tiempo para que los magos, brujas y muggles se arrodillaran frente a él. Ser el gobernante supremo tenía que venir con una recompensa en metálico ¿no?

—¿Harry? —Preguntó Draco con voz sofocada, trayéndolo de vuelta a la realidad—. Harry... me lastimas...

El moreno no comprendió aquellas palabras a la primera. Fue hasta que sintió el dolor en sus propios dedos que supo de lo que su mejor amigo hablaba. Harry lo sujetaba tan fuerte con los brazos que le estaba haciendo daño. Aquella sensación de furia y posesión se habían apoderado de él en aquel arrebato de... de lo que fuera que había sentido cuando pensaba en Draco besando a otra persona que no fuera él.

Aflojó su agarre, consternado por su falta de control. Aquel en el que había estado trabajando arduamente. Draco provechó aquel momento para ponerse de pie si nada de discreción y encerrarse en el baño donde permaneció por un largo rato.

Harry suspiró y se frotó el rostro con las manos. Ciertamente estaba agotado y nada tenía que ver con el crucio que había recibido con anterioridad.

Entonces un plop se escuchóenla habitación y Dobby, el elfo domestico hizosuaparición.

—Harry Potter, señor —le dijo con amabilidad—. He traído algo para usted. Acaba de llegar, la trajo su lechuza, señor.

Harry asintió cansinamente mientras se ponía de pie y tomaba la masiva que le acababa de llegar.

Dobby desapareció tan rápido como llegó.

La carta era de Sirius.

Querido Harry,

Me temo que esta masiva no es por algún motivo de poca importancia como lo son generalmente todas las cartas que escribo.

Debo admitir que estoy preocupado, cuando me dijiste que tu dolor en la cicatriz había regresado pensé que sería buena idea indagar por aquí y por allá.

¿Recuerdas que le mencionaste a Remus que las únicas veces que te había dolido la cicatriz había sido durante primer año? ¿Por la presencia de Voldemort en el castillo?

Pues bien, están circulando un montón de rumores que envuelven a los Malfoy y a Voldemort.

Sé que el chico Malfoy es un gran amigo, pero me temo que tengo que pedirte que te andes con cuidado. Incluso Alastor me ha escrito preocupado por tu amistad con aquel chico. Y él, aunque te parezca un loco de remate la verdad es que ha logrado ser uno de los mejores aurores por su intuición

Algo grave está ocurriendo y los Malfoy están involucrados.

Confío en que serás prudente.

Sirius.

Harry miró la puerta del baño y suspiró.